No sé por qué demonios me compré este libro. Fue hace cosa de tres meses en Zaragoza. En una visita, por motivos nada placenteros, a la ciudad donde viví casi una década y paseando por calles que conozco de memoria tropecé con una pequeña librería (más o menos) nueva y allí me hice con la bio de Gainsbourg de la que les hablé por aquí y con este librito mínimo llamado Quince días en el desierto americano, de Alexis de Tocqueville.
Y digo que no sé por qué compré el libro porque el que me atrajo fue el del francés y, una de estas cosas de consumista cultural, cuando pasaba por caja vi esta miniatura y sin que me atrajera el tema ni el autor lo cogí sin pensarlo demasiado. Así somos.
Ahora tocaría decir que el libro ha cambiado mi vida, que ha sido una de esas sorpresas inesperadas o aquello de que el buen perfume se guarda en envase pequeño que dicen los horteras. Bueno, pues no, no creo que este librito marque un antes y un después en mi mísera existencia.
Este ejemplar está editado por Libros del Zorzal, una editorial porteña con cierta tendencia a las monografías de este grosor, especialmente en su serie Trazos. La literatura de viajes como género no es uno de mis fuertes, ni de mis preferidos, pero ha querido el bromista cósmico que encadene este volumen con otros 2 más dedicados a este noble arte de patearse el mundo. En el presente se narran las peripecias del francés Alexis de Tocqueville por los Estados de la Unión más allá del lago Michigan, desde Detroit hasta la bonita localidad de Saginaw. Si cogen Google earth por banda verán que el recorrido que hizo Lex tampoco es la repanocha en kilometraje, el peso de la hazaña está en lo agreste y asalvajado del terreno transitado. Allá por donde circulan ahora los autos a desmesurada velocidad cruzando la interestatal 75, allá donde ahora se puebla todo de shopping malls, de cemento y gases contaminantes, allá mismo hace no tantos años sólo había vegetación, ríos, cielos limpios y bestezuelas salvajes. Hasta que el maligno hombre blanco apareció con su apisonadora de progreso.
Alexis Henri Charles de Clérel, vizconde de Tocqueville, era sólo un jovencito de buena familia cuando con 26 añitos saltó el charco para estudiar el sistema penitenciario yanqui. Dedicó 2 años a esta empresa pero sacó suficiente provecho a su estancia como para publicar Del sistema penitenciario en los Estados Unidos y de su aplicación en Francia (pedazo de título) y La democracia en América. Si quieren entender el sistema político americano del XIX ya saben que tienen que hacer, seguro que se han leído ya esa obra capital. Entre los políticos conservadores norteamericanos (tautología) es reivindicado aun hoy en día por su elogio de los valores privados frente a las inversiones públicas en “caridad”; para que vean 2 cosas: las actualísimas y renovadas bases ideológicas que tienen los politicians yanquis y cómo se las gastaba Lex respecto a tontuelas ideas como la solidaridad.
En resumidas cuentas hay algo que destaca Alex a la hora de describir su trayecto, el hombre blanco es una plaga letal. Todo ese terreno de belleza en estado natural va poco a poco siendo arrasado casi en tiempo real mientras el francés recorre sus bosques a caballo. Vemos que la tierra donde dios dio al hombre una nueva oportunidad es un trasunto de nuestra propia contemporaneidad y de lo que hemos hecho a la madre tierra, ¡jau!.
El paisaje es intenso: indios caídos por las carreteras como en una canción de los Doors, esclavitud, desconocimiento de los derechos humanos más básicos, intoxicación etílica y gentes asilvestradas por doquier. Simientes de redneck, gourmets de ardilla frita, que esperan en la puerta de sus casas de madera protegidos por un oso. Una de las estampas que más impresionaron al bueno de Alexis fue ésta, contemplar al colono en el umbral del hogar protegido por un Mitrofan, claro que mucho más agresivo que nuestro finado y querido plantígrado de las estepas.
Y sin cartel alguno de oso peligroso.
Tengo que dejarles, recordar al exánime cuadrúpedo, intoxicado (miel y vodka, ¡malditos!), cocido y abatido hace que se me salten las lagrimas. Vale.
Tenemos una lacra los aficionados a la historieta. De tanto considerar al medio como un hijo pequeño y medio tonto hemos acabado por asumirlo como arte de gama baja. Y eso no tiene por qué ser así.
La existencia de un aparato crítico, de unas vías de análisis, clasificación, ordenación y comentario no tiene que chocar con el espíritu del entretenimiento que encarna nuestro arte, ¿o al cine, medio de evasión casi representativo del siglo XX, le negamos un vocabulario crítico más que asentado? Bueno, habrá quienes lo hagan pero reconózcanme que los aspectos “técnicos” están más que codificados y asentados. Sin embargo, respecto a la historieta, cuando surge el momento del comentario o del análisis hay una tendencia muy asumida a ningunear, menospreciar o hacer de lado a todo ello, “argumentando” (o dando por sentado) que la noble misión del tebeo es, simple y llanamente, el entretenimiento y que cualquier reflexión que aparente más enjundia no interesa y son estupideces pretenciosas y sesudas. Esta tendencia, más que firme, no sólo está presente en el aficionado medio sino en los propios autores, sabido es que muchos ven su trabajo como puro divertimento. De hecho yo ya he concluido que a muchos autores del olimpo español de la historieta no les gusta el tebeo. Empeñados como están en repetir formas y formatos. Será la edad.
A mí me parece que dentro de la tendencia de normalización que el medio, en mucha teoría, está padeciendo deberíamos entender el análisis y comentario, y la normalización terminológica, añado. Tampoco tiene todo esto por qué encorsetar, estirar y almidonar el placer que supone leer un tebeo, no seamos bobos.
Y viene todo esto porque una sensación de rechazo a la mínima trascendencia, a lo que huela a pretenciosidad, a arte con minúsculas, queda tras la lectura del libro que les comento: El olor de los tebeos, de José María Conget.
Para don José María (que de tebeos sabe un rato) las historietas son una afición de adulto nostálgico. Un ejercicio de recuerdo de su infancia. Algo que tiene su valor, su emoción, pero que se me antoja poco, lamento pecar de esquimal. El tebeo es mucho más que papel amarillento, el tebeo es un medio vivo, cargado de posibilidades, cargado de futuro, ¡qué demonios!
Para Conget tebeo es el Capitán Trueno, El Jabato, Mandrake y Li’l Abner, obras todas clásicas y apasionantes pero no ve mucho más allá del tiempo de los sindicatos y las planchas dominicales. Es curioso el salto generacional, no llega al análisis ni de Marvel ni de DC, algo demasiado moderno para él. En nuestra generación, paradójicamente, se produce lo mismo, esa interpretación coyuntural del medio como entretenimiento sin pretensiones (ni futuro), no tienen más que mirar las novedades mensuales plagadas de reediciones. La historia se repite.
No es que apueste yo por la deconstrucción historietil, en realidad soy bastante convencional en este terreno y me siguen apasionando la forma yanqui y francobelga de concebir la trama, tan diferentes como entretenidas. Me gusta el concepto industrial, lo que de fabril tiene la forma de trabajar americana, el mercado y el aire de normalidad que tiene un tebeo en Francia y el calado y la producción extensiva de la Bonelli italiana. Me gusta el tebeo.
Y me gusta su estudio, su análisis y su crítica, me gustan las pretensiones y no lo pretencioso. Todo esto es algo que debemos exigir y en lo que debemos entrar, aunque el olor de la pasta de papel también nos guste mogollón.
Tras tanto palo debo resaltar que el libro del sr. Conget es maravilloso. Me cuesta no establecer un vínculo con el mil veces reverenciado por doquier Los príncipes valientes.
En estos artículos de prensa recopilados en volumen por Pre-textos, recorre don José María el mundo de hace 50 años a través de los trazos gruesos y los manchones de tinta sobre papel amarillento de Ambrós, Gago y tanto pionero patrio de la artesanía historietil.
Analiza con aparente ligereza y humor pero también con inteligencia y rigor el blandísimo concepto del tiempo en el cómic estadounidense. Repasa tebeos con dinosaurios y tebeos musicales. Conget no lo sabe (o no lo quiere saber, que para eso ha comisariado exposiciones de cómic) pero analiza y opina sobre historieta. Es un teórico aunque no quiera. Él también normaliza. Eso sí, siempre sobre un mantel de nostalgia, cariño, colores y papel impreso.
Siguiendo la máxima "el que mucho abarca poco aprieta" les presentamos el Flickr donde Fah-Lo-Sue da rienda suelta a todo el torrente de talento fotográfico que el buen dios ha tenido a bien darle.
No deberían perderse este caudal de arte con minúsculas.
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Enrique Jardiel Poncela es uno de los talentos artísticos más grandes que en el siglo XX se han parido la piel de toro. Uno de esos grandes malos escritores, laísta, loísta, derechista, centralista, enanista, con un conocimiento superficial de la ortografía española pero con una capacidad creadora y un talento literario para el humor sin comparación nacional o internacional. Humorismo de vanguardia, gestor del absurdo, lo grotesco y lo disparatado nada arbitrario; prueba de todo ello son sus novelas publicadas (lo mejor de su producción) todas antes de su salto a la meca del cine. Este librito es una selección (un tanto corsaria) de sus memorias por la parte que toca a su viaje a los USA, periplo laboral para una industria del cine no ya tan embrionaria allá por la década de los 30.
Vamos ya con Jardiel goes to Hollywood.
Comienza su narración en Madrid y en el tren que le llevará a París, desde donde se desplazará a la costera localidad de El Havre (como dice él) donde tomó un barco que le dirigiría a través del Atlántico a la costa este yanqui, a la ciudad de Nueva York.
Una sensación un tanto forzada desprende la lectura, Jardiel siempre es gracioso, no cabe la menor duda, pero la sucesión de bromas, chascarrillos y coñas por momentos resulta repetitiva y de ingenio limitado, sobre todo, sabiendo de lo que era capaz el enanín. Demuestra no estar en un momento álgido moralmente ni creativamente, de hecho el bueno de Enrique podría haber escrito estas líneas en Madrid antes de cruzar el charco si le hubiera venido en gana. Da cierta sensación de salida fácil y aún así tiene momentos memorables y golpes realmente graciosos. Aun les diría más, hay un regusto triste en las páginas, quizás la conocida situación personal ya delicada y sometida a serios vaivenes económicos y sentimentales hiciera ya mella: un poco de pena, repetición y bilis gotean de cada página.
El título no puede ser más impreciso porque la gran manzana impacta al madrileño pero es sólo una mínima escala en su recorrido hacia California. NY impacta como una patada en la mandíbula. A mí también me pasó, les cuento otra bonita anécdota personal sabedor del éxito que estas tienen entre los más pequeños.
Lo primero que impresiona al aterrizar es ver todo Manhattan dorado por la luz del atardecer, algo difícilmente descriptible, amigos. Una vez que yo llegué allí y superamos las barreras aduaneras nos encontramos con el primer reto interactivo: conseguir un taxi que nos llevara a Manhattan. Como la lengua de Washington la dominábamos sólo 2 de los 6 viajeros nos dividimos en 2 grupos de 3 para coger el transporte que nos llevara a nuestro destino, el Hotel Aladdin.
No sé como será la situación actual, pero entonces, hará 8 añitos, los taxis tenían una tarifa plana desde el JFK hasta la isla, eso hacía que los profesionales del volante recogieran y entregaran los pasajeros at full speed. Nuestro taxista se llamaba Donmez Halil, con eso les digo casi todo. Llevo desde entonces intentando localizarle, ya sea en las listas de los buscados del FBI, en alguna página de Al-Qaeda o en un listado de presos de Guantánamo; siempre sin éxito.
Una vez entramos 2 de nosotros en el coche Donmez pisó el acelerador, hasta el fondo, dejándose al tercero de los pasajeros en tierra y, obviamente, con la puerta abierta del carro. Recuerdo verse alejando su figura por la luna trasera y nuestros vanos intentos de hacer entrar en razón al piloto con gritos de “¡Pare, jefe, pare!”. Sin éxito hasta que metros más allá impactó la puerta derecha abierta con otro turismo aparcado. Tremendo galletón, tremendo estruendo, nuestro tercer pasajero llega corriendo, se sienta. Mientras tanto Donmez Halil sale raudo del coche, comprueba que el enorme bollo en la puerta no impide que esta cierre, vuelve a su puesto y pisa a fondo de nuevo.
Salimos despedidos otra vez hacia el downtown, esta vez sin choques y con todos los pasajeros pero con un miedo en el cuerpo y un descontrol adrenalínico absoluto. Tensión que me llevó a permanecer con la vista fija en su licencia (y en su foto) hasta que pagamos la tarifa al pasar por el túnel que nos daba entrada a la isla. Si alguien sabe de su paradero no saben lo agradecido que le estaría.
La intensidad para Jardiel no fue tanta por lo que leemos, la impresión que le causa Broadway resulta incluso extraña, para un visitante de un país del tercer mundo Manhattan es otro planeta pero “Mr. Ponsella” mantiene cierta distancia (hasta le encuentra parecido a Madrid). Pero no restemos mérito, Jardiel Poncela tiene un superpoder para el chiste fácil y para el difícil, mantiene sus toques vanguardistas y esos toques de collage variando tipografías e insertando imágenes. Aunque no es una obra mayor, ni mucho menos, conserva todo el sabor y la distinción características de toda su producción. A ello se suma una infestación de anglicismos, eso que tanto molesta aún hoy en día a los puristas; muchos de ellos con faltas ortográficas, no podía ser de otra forma siendo vos quien sois: riffles, sho to kill!, wellcome, ...
En esta casa gustan los pastiches, ese aire bastardo, esa explotación sin escrúpulos, ese antiacademicismo, esa falta de respeto al concepto de autor, esa idea de obra abierta, ese proselitismo mal entendido, ese dar a la gente lo que demande, esa literatura de perfil bajo.
En esta casa gusta Sherlock Holmes y ya habrán comprobado que estamos tan mal hechos que tenemos paladar para degustar el canon de Conan (je) y todos los pastiches habidos y por haber. Como para defender lo correcto, esto es, el canon, ya habrá cientos de voces, salta aquí la nuestra para reivindicar, alabar y encumbrar todas las explotations del investigador de Baker Street. Porque los pastiches, amigos, son supremos ejercicios de amor al personaje y, en extenso, a su público; acierten o no en la ejecución final, eso, después de todo, son sólo detalles.
Dentro de estos está el libro que sacamos aquí a la palestra, en sus páginas se narra un choque entre mundos, el de la realidad y el de la ficción, Sherlock Holmes y el misterioso amigo de Oscar Wilde.
Ni que decir tiene que el autor del pastiche, Russell A. Brown (se agradecería alguna referencia de su paradero literario), aprovecha plenamente las posibilidades más rosadas de la historieta mostrándonos a un Holmes reaccionario, homófobo, hipócrita y drogodependiente perdido (esto último ya era vox populi), un perfil poco moderno, desde luego, pero que a poco que lo conozcamos nos encajará con su aguileño perfil. Queda el carácter del buen doctor Watson un tanto más remozado sobre todo comparado con el sobrio narrador al que estamos acostumbrados. El momento en el que se pone en duda su heterosexualidad y su casta relación de sana camaradería masculina con Sherlock Holmes es uno de los más divertidos por el sonrojo, vergüenza y apuro que padece el orondo y retirado galeno que a punto está de salir de un armario que tiene más esqueletos dentro que la bonita población de Kutna Hora.
En cualquier caso el tratamiento de la historia (dentro de la continuidad y con manuscrito encontrado, of course) y de los personajes es purista, no se equivoquen. Junto a la parejita habitual discurren secundarios creados por sir Arthur como Mrs. Hudson, Langdale Pike, Stamford, Hopkins, Von Bork y los irregulares de Baker Street, entre otros.
El Oscar Wilde de ficción, sin embargo, discurre entre su proximidad a la realidad histórica con la propia familia Queensberry y la sombra del encarcelamiento cerniéndose sobre el irlandés y la pura ficción cuasi histriónica del personaje que parece tener dificultades para realizar con éxito ese tránsito entre la realidad y la fantasía. Digo esto porque, si bien no fue el sr. Wilde un ejemplo de sencillez, recato y moderación en las formas, el escritor en esta historia por momentos roza el paroxismo y parece una máquina de soltar axiomas, frases célebres, sentencias y gracias varias; vamos, como el Groucho de Dylan Dog.
Un divertimento, en cualquier caso, por parte del autor del que el lector no es ajeno, quizás también por ello las deducciones y misterios no son en este caso la parte más destacable de una páginas que, sin duda, deberían leerse; más si tienen en cuenta que puede que esta trama rosa sea empleada en una futura película protagonizada por Sacha Baron Cohen y Will Ferrell.
Ya les dijimos hace un tiempo que Fosca es un grupo que por aquí cae en gracia. Bien, pues casi sin solución de continuidad a aquel directo de amateur presentación y edición limitada ha llegado su larga duración titulado The painted side of the rocket. Algunas canciones ya nos suenan porque aparecían en aquel y las nuevas siguen esa línea de hedonismo y dandismo pop de pocas pretensiones, artys de perfil bajo.
El caso es que su disquera, la sueca But is it art?, realizó una oferta a su fandom que no podíamos rechazar. Los primeros ejemplares solicitados del nuevo disco vendrían acompañados de un librito llamado The portable Dickon Edwards. Estábamos hablando de una edición de únicamente 100 ejemplares, ni que decir tiene que nos faltó tiempo para hacer el pedido.
The portable Dickon Edwards lleva el subtítulo Lyrics and other alibis 1993-2008 y, se sorprenderán, eso es lo que encontramos. Los libros de letras de grupos son una de las cosas más idiotas y horteras que rodean al mundo de la música pop, no me interesan nada y sólo sirven para demostrar en la mayoría de los casos que entre la composición musical y la literatura hay una zanja infranqueable. Pero como la coherencia no es una de mis características definitorias estoy realmente feliz de tener en mis zarpas este librito. Junto a las letras seleccionadas tanto de su etapa en Orlando como de los 3 discos que han editado ya Fosca; sin embargo, es en la parte que del Otros donde encontramos lo realmente interesante, ensayos acerca de estética (tampoco es Baumgarten, no esperen discursos novedosos) extraídos de su jugoso diario, disquisiciones sobre lo que implica ser Dickon Edwards o la explicación del ciertamente críptico título de su último disco, el lado pintado del cohete. Un objeto de coleccionista que se decía en tiempos de los libros en formato papel.
Leo que en unas semanas Fosca sacarán un single de vinilo, probablemente puedan comprarlo directamente aquellos que el 12 de septiembre se acerquen a La Pequeña Bety en Madrid a verles porque en esa fecha y no en otra darán en la capital del invento uno de sus escasos conciertos.
Y yo no iré a verlos porque ha querido el destino que esa noche esté a esas horas secándome de un baño terapéutico a altas temperaturas y preparándome para después cenar un excelente foie frío regado con un tokaji fresquito. Bueno, tampoco es un mal plan.
Hablo de 1993 y 1994, hace mucho tiempo. Hablo también de compartir piso.
Recuerdo sus calzoncillos minúsculos de leopardo y sus pantalones elásticos, recuerdo su habitación llena de matrículas de coche robadas, recuerdo que usaba la espuma de afeitar para ponerse los pelos tiesos, recuerdo sus borracheras, recuerdo cuando le reventaron la cabeza de una patada y volvió a casa sin 4 dientes, recuerdo la peste a biohazard que salía del wc los sábados y domingos por la mañana después de que defecara la variedad etílica ingerida la noche anterior, recuerdo que decía que era nihilista, universitario pero nihilista, apostillo.
A nosotros, recuerdo también, nos impresionaba un tanto al principio semejante declaración de intenciones políticas, pronto te dabas cuenta de que tampoco había mucho más detrás. De hecho no había más que un puñado de frases, guiños y actitudes leídas por ahí.
Yo ya no vivo allí pero me dijeron que vive con su novia, una jovencita de padres con los riñones bien forrados, que ahora viste de negro gothic-after-punk, que se doctoró en algo terriblemente burgués y que trabaja para la administración pública.
Acabo de leer la biografía, escrita en 1994, de John Lydon, alias Johnny Rotten, cantante de los Sex Pistols, titulada como habrán visto arriba Rotten: no irish, no blacks, no dogs y editada por Acuarela. No es que haya visto la luz sobre lo punk tras leerlo pero me ha traído del recuerdo un buen recuerdo de lo que no es punk.
Lo primero de todo, el libro es buenísimo, partamos de este hecho claro y meridiano.
El planteamiento que han tomado Lydon y sus colaboradores para construir el libro es completamente visual. Un complemento en papel a la excelente película de Julian Temple, The filth and the fury, que, aunque posterior en el tiempo, para nosotros ha resultado anterior por aquellas cosas de la difusión cultural hispana.
Como les decía, el libro es una película documental en papel y tinta, Lydon lleva la voz cantante en la narración pero a veces deja capítulos enteros para que otros, desde el resto del grupo hasta su propio padre, cuenten su parte de la historia. Intercalada en la narración de los hechos aparecen las postillas, las glosas a lo comentado por parte de Paul Cook, Steve Jones, sus amigos Rambo y Don Letts o compañeros de oficio como Marco Pirroni, Chrissie Hynde o Billy Idol, entre muchos otros. Esto hace que la historia de Lydon gane en matices si bien nunca nos alejamos de su historia y de su forma de ver lo que pasó, y ahí Malcolm McLaren es el malo y Glen Matlock el rastrero advenedizo (antes de la penúltima reunión). Aunque la reconstrucción de los acontecimientos históricos se escape un tanto, y definitivamente ¿qué más da?, la descripción del momento, de los protagonistas, es precisa como el bisturí de un cirujano plástico. Lydon, Cook, Jones, Matlock y Sid aparecen retratados desmitificados hasta el límite. Rotten se centra especialmente en Sid Vicious por aquello de ser el único finado, por su encumbramiento a los altares del punkismo y por haber caído como un tonto en las redes de la drug overdose como un dinosaurio rockero a los que tanto despreciaban y contra los que, precisamente, surgen los Pistols. Es esa también la historia de la pérdida del amigo de la infancia, un tanto boboperdido, fashion victim absoluto desde adolescente, con tendencias de incontrolada violencia y de búsqueda de novias autodestructivas (a Nancy nadie la tragaba, eso queda claro).
Rotten no cree que el punk exista, evidentemente no traga el invento comercial de McLaren, al que quita todo el peso ideológico en la creación del grupo, contradiciendo lo tradicionalmente admitido. Concibe Lydon el punk como el hazlo-tú-mismo y como la máxima expresión del individualismo, de la no imitación y de la no clonación, ni de pintas, ni de gestos, ni de actitudes, justo lo que “el punk” hizo con él, con lo que hacía y decía; ahora entenderán porque les conté aquello al iniciar este texto.
La rabia se pierde, la ofensa (más que necesaria) pasa a ser hábito y todo se normaliza. Cuando todo eso sucede, cuando se convierten en un grupo de gira más, entonces los Sex Pistols mueren y hay que buscar un nuevo camino, el de PiL en su caso.
Sus filias y fobias son parte también de esta historia (de comunión salvo lo del reggae, con el que no puedo) y en ese terreno de la pura creación musical, como dice Patricia Godes, también hay que reivindicarles porque tendemos a quedarnos con el escupitajo en el ojo.
De su concierto de hace unos días no voy a decir nada porque la clase periodística nos esta subinformando diariamente sobre el tema.
Su historia queda contada, su furia, su perspectiva, su lucidez y su sentido del humor saltan y salpican, sangre y saliva, desde las páginas.
¡Ah! una última cosa, yo también quiero darle un galletón al de Bloc party.
Entiéndanme, no es que lleve un recuento morboso de los ídolos pop finados, pero es raro también que pasen sus caídas inadvertidas.
Aunque en este caso sí, porque yo, lo confieso, descubrí muy tarde a Gainsbourg. En 1995, concretamente, por el disco de versiones de Mick Harvey, Intoxicated man. Conocía Je t’aime... , claro, tenía noción del personaje y de alguna melodía luego reconocida pero soy víctima del bloqueo hispano a lo cultural en general y a lo francés en particular. Bloqueo acrecentado por la vida en provincias que, sépanlo, fuerza al individuo a dar lo mejor de sí en su búsqueda de identidad, singularidad y definición. Buena excusa para el mediocre.
Descubrir a Gainsbourg por esta puerta falsa casi fue mejor porque la llegada a las verdaderas versiones fue más intensa, fuerte como una calada de Gitanes. Gainsbourg, en mi modesta opinión, supone otro concepto de artista pop. Acostumbrados al estereotipo más anglosajonizado Serge es algo distinto, una vuelta del calcetín, alguien que no encaja en un estilo musical, que se mueve, que se adapta, que se deja calar por la novedad. Un monumento de la cultura popular francesa que no tiene parangón hispano, ni por aproximación de hiladas.
El caso es que yo venía aquí a hablar de un libro. El título que las gentes de Mondadori le han dado es Serge Gainsbourg: La biografía en un alarde típicamente ibérico de simplificar un excesivamente complicado para nuestras mentes Serge Gainsbourg: A fistful of Gitanes que seguro no íbamos a comprender. La biografía en cuestión está escrita por SylvieSimmons, que como dice la guarda es “una de las periodistas musicales más prestigiosas del panorama anglosajón”. La señorita Simmons ha escrito libros sobre Neil Young, Johnny Cash, los Kiss o Joe Strummer. El objetivo del libro no se oculta desde el principio, hay que acercar la figura y la música de Serge al público de habla inglesa. Otra cosa es que esa numerosa audiencia británica quiera que se le acerque nada.
Podríamos establecer un paralelismo con nuestra amada piel de toro, también necesitada de ver la luz camino de Damasco, pero el tradicional panorama musical local, la imperfecta difusión de la cultura (que, ya les dije, diría Washington Irving), la atávica incapacidad con las lenguas extranjeras (y con la propia) y el rechazo cerril de todo lo bueno que viene del norte, hacen que no arrendemos la ganancia del empeño.
Este loable objetivo empaña, sin embargo, la factura del libro. La autora se empecina en conectar al público inglés con Lucien con las numerosísimas opiniones de Marianne Faithfull, de los chicos de Air y sobre todo de Jane Birkin, cuyas declaraciones resultan excesivas pese a la importancia fundamental que tiene en la vida y música de Gainsbourg. Esta obligación de conectar, de emparentar, de hacer de nuevo el túnel del Canal de la Mancha, lastra el libro hasta el límite. A ello se une una redacción floja, como para salir del paso. Se espera algo más de investigación, señorita, no sólo adaptar los libros de Gilles Verlant al inglés. Hay pasajes que parecen simplemente abocetados, sin profundizar; en su descaro o descargo, la autora lo reconoce. Además hace cosas realmente absurdas como llenar nosecuantas páginas resumiendo (y más que eso) el cuentito que escribió Serge, Evguenie Sokolov (recientemente publicado en castellano).
En el aspecto positivo debemos destacar que los matices morales son tratados adecuadamente, sin mojigatería y sin dar la paliza de lo mal ejemplo para los niños que era el francés. No se busca un análisis crítico de la figura de Lucien, es más hagiografía que otra cosa. Musicalmente todo es versatilidad, adaptación a los tiempos y actitudes visionarias; yo estoy con ella en lo inclasificable de su producción aunque habrá también quien diga que muchos años de la carrera de Serge fueron erráticos; formas de ver las cosas. Vitalmente la autora entra en el juego de distinguir entre Gainsbourg y Gainsbarre, ese supuesto alter ego que se “inventó” el cantante para justificar sus desvaríos etílicos y que fue doblegando al pobre Ginzburg. A título personal les diré que esta idea de las dobles personalidades para justificar los desbarres, excesos y boutades no me parece más que una convención estúpida para distinguir comportamientos socialmente aceptados de otros no aceptados; como si estos últimos fueran un fatum impuesto desde fuera y no participara el interesado en ello. A mí me gusta Gainsbourg, globalmente, no tengo que distinguir el cantante del borracho que en las entrevistas prendía fuego a billetes o le hacía proposiciones indecentísimas a Whitney Houston (antes de que su lado malvado también la dominara), me gusta el Gainsbourg pichabrava y el que se iba de copas y volvía con las placas de nosecuantos gendarmes de recuerdo, el que escondía sus paquetes de Gitanes junto a la cama del hospital después de nosecuantos infartos porque, en definitiva, es el mismo tipo. ¡Déjense de justificaciones y ejemplos morales!
Podríamos pensar que vivimos una recuperación de la figura de Lucien Ginzburg pero nos equivocaríamos, nunca se ha ido de aquí. Su tumba en Montparnasse sigue llena de coles y billetes de metro, su casa en rue de Verneuil llena de pintadas que no le olvidan y un porrón de canciones siguen esperando ser escuchadas, ya sea en su voz o en la de Juliette Greco, Jane Birkin, BB o en esa joya (perdonarán la debilidad personal) que es Pull marine de Isabelle Adjani.
Con todo, estén atentos y alarguen sus dientes, Joann Sfar está ultimando un biopic, Vida heroica, sobre Serge con un clónico (lo pueden ver por aquí fumando) Eric Elmosnino interpretando al chanteur. Comienza la cuenta atrás.
Son las 10 de la mañana, esto está lleno de humo, no se hacen idea de lo que me esta apeteciendo un Ricard.
En el día más brillante, en la noche más oscura, esquivando a los dacoits más peligrosos, salvando precipicios, iniciándonos en la Quinta de Regaleira, justificando lo injustificable, hemos llegado aquí...