Así se llama el libro de Víctor, un amigo mío y mejor persona, al que acaban de dar la estupendísima notícia de que van a publicarle. No contento con esto, se propone, además, que su libro se venda. Yo creo que arrasará en las librerías, me consta que escribe de perlas. Por si esto fuera poco el chico goza de una iniciativa de aquellas de armas tomar, como tiene que ser. Os dejo con él (vereis qué guapo), para que le conozcais un poquito más, y os sumeis -si os apetece- a seguir sus aventuras. Tratádmelo bien ¿eh? Yo, mientras, me voy a hacer cola en su Güeb, para no perderme ni uno de los capítulos que publique. He pensado en acampar allí, ya tengo la mochila preparada y todo. SI alguien se viene a pasar la noche, por mi encantada: ahí estaré, con la pandereta, el termo y la manta ;-)
Hace algun tiempo, de pronto descubrí que a media partida me habían cambiado las reglas del juego. O era yo, que las tenía mal entendidas (que podría bien ser). De repente todas las cosas empezaron a encajar por sí mismas, pero en una casilla distinta a la que yo habría previsto. Fué un cacao, ni os lo podeis imaginar.
Si eso te ocurre jugando al parchís, incluso al ajedrez, el asunto tiene fácil arreglo: a tomar por saco ésta partida, ya ganaré en la siguiente. Cuando el juego en cuestión es la vida misma, el caso se pone más chungo. Porque ya se sabe que el pasado tiene poco arreglo, y que nacemos con fecha de caducidad, aunque desconozcamos a priori cual és. Vida, para bien o para mal, sólo tenemos una.
Es complicado saber qué hacer entonces. En el tablero las fichas estan dispuestas tal como tú tenías el juego planteado, pero a la vista de la nueva reglamentación se te antoja del todo ineficaz tu táctica. Podrás ir jugando, alargando la partida con cierto confort, pero nada más. Te das cuenta que para ser feliz, o serlo de veras, no queda otra que empezar a cambiar el rumbo. Claro que tambien puedes seguir jugando igual a sabiendas que tal como está el asunto no tienes opción de ganar. Para mí, eso es morir en vida.
Reconozco que aquella fué una época (tampoco tan remota) intensa porque sí. Con sus malos (malísimos) momentos, y miles (millones) de incertidumbres. Cuando uno se la juega sin red debajo llega un delirante punto en que prácticamente olvida el peligro que está corriendo, aunque solo sea para salvar el puto pellejo en el intento: si te paras a ser conciente de la que te viene encima, no harías nunca nada. Cuando miras de nuevo para abajo, es porque ya te encuentras a salvo. En la otra orilla.
Hoy he recordado todo esto al leer un fragmento de libro. Supongo que cada texto aterriza en la vida de uno en el momento adecuado, y a mí, éste me ha ayudado a sintetizar toda la experiencia que hoy os cuento. Cuando puedes resumir un capítulo de tu vida y verlo en prespectiva es señal que todo eso ha quedado ya atrás. Me he sentido tremendamente bien, por eso quiero compartirlo aquí. Por si a alguien más le puede venir bien leerlo. Allá va:
"Un enorme y majestuoso elefante de circo había vivido desde siempre atado por su pata a una estaca de madera y así aprendió desde pequeño que por mucha fuerza que hiciese no podía soltarse de la misma, ya que, entonces, no era muy vigoroso. Creció el elefante bajo esa experiencia. Ya de adulto no probó nunca más a soltarse, pues la incapacidad había germinado en su interior, y así lo creía firmemente. Si tan sólo una vez aquí y ahora hubiese probado a soltarse, habría comprobado que era muchísimo más fuerte de lo que imaginó de pequeño, lo suficiente como para soltar la estaca del suelo."
Acabo de terminar de leerlo ahora mismo. Aún estoy en estado de shock post-coital, como aquél que díce. Tengo el final aquí, en la campanilla, dudando si lo digiero a regañadientes o lo escupo sin remedio. Lo malo de los tragos amargos es que, encima, te pillen en el último mordisco de una cena exquisita. Esto es lo que me ha pasado con el final de la segunda novela de Albert Sánchez Piñol, "Pandora al Congo".
La he leído en catalán, idioma original. Y me ha sorprendido muy pero que muy gratamente la tremenda fluidez de la prosa. He devorado cada una de las frases, alucinada no solo de los juegos maravillosos que el autor hacía con las palabras sino también con unas asociaciones de ideas que me han fascinado. Por eso me sabe aún peor el final: muy bien escrito, pero a mi juicio del todo inapropiado.
Creo que la realidad no debería nunca superar a la ficción, nunca. Menos en una novela, porque si no nos permitimos soñar entre letras estamos simple y llanamente perdidos ¿no? Soy de la opinión que hay verdades que es mejor no conocer.
En fin. Aquí queda dicho...voy a darme una duchita y a pensar qué puedo leerme ahora. ¿Alguna sugerencia?
Hace algún tiempo mi amiga Paula me dejó tres o cuatro libros de golpe, en un arranque de fraternidad literaria. Ella es así, espléndida, espontánea, loca. En fin. Recuerdo que entre ellos había "diario de un ladrón","histórias desde la cárcel", otro que no me viene ahora el nombre y el que me estoy leyendo ahora, a saber "Psiquiatras, psicólogos y otros enfermos".
Total, que este último, la verdad, pensé que sería un tostón, así que me empeñé en devolverselo en la primera cena sanroquera que se terció. Pero no. Ella que no. Que me lo leyera. Y yo: "ostia Paula, que no tengo tiempo... que me sabe mal, de verdad, que tengo la tira de libros colgados... anda llevatelo, que te lo agradezco igual pero no lo voy a leer". Y ella que no, que tenía que leerlo. Digo: "mira que no estoy para rollos, que sólo me faltaría darle más caña al coco". Y la tía, que sabe mucho y es de buena pasta como ella sola, me contesta: "joder Airuna, qué pesada eres. Ala va, léete las tres primeras frases y despues, si quieres, me llevaré el libro".
Lo abrí convencida que por buenas que fueran las línias, el librito en cuestión dormiría esa noche en casa de Paula, porque me estresan tantos libros pendientes por leer. Total, carraspeé la voz un poco (cuando estoy con los petardetes de escritura me río tanto que siempre tengo el pollo mal puesto cuando tengo que hablar, en fin) y leí lo que sigue:
"Hola. Me llamo Rodrigo. Rodrigo Montalvo Letellier. Antes de ir al psiquiatra yo era una persona feliz. Ahora soy disléxico, obsesivo, depresivo y tengo diemo a la muerte, o sea, miedo." jaajjajajajajaj.
No. Fuí incapaz de devolverle el libro. Así que me lo llevé de nuevo para casa y lo almacené con los "en espera". Hasta hoy. ¡Qué risa por Dios! Estaba tomándome un cortadito en una terraza, al sol, estaba divinamente yo, con todo mi glamour...hasta que he empezado a leer. ¡A carcajada limpia!, lo juro...el camarero me miraba dudando de si llamar a la urbana o qué. Es una pasada el librito, os lo recomiendo pero de qué manera!
Me ha encantado. Brillante en el relato, inteligente en la trama, eficaz en secuestrarle la respiración al lector.
Este es un libro de máscaras y carruajes, de pasiones y deslices, de tabúes rotos, de hedonismo. Detalla la moral del libertino, su modus vivendi. Pasión versus amor. Amor versus hipocresía. Libertad versus sometimiento. Esos son los temas con los que nos deleita en sus aventuras un héroe de los pies a la cabeza: Don Juan Tenorio.
El final está muy logrado, y confieso que releeré éste libro pues hay mucha sabiduría oculta en él. Allá va un retal. No sabeis cuanto me ha costado elegir uno de entre los muchos que bien pudieran ilustrar el libro. Espero que os guste!
“A los dos nos poseía una pasión febril, pero quise ir despacio, pues mi intención era prolongar al máximo su deleite. La piel de Fátima sabía a sal y a corteza de limón, que seguramente había utilizado para perfumarse, y resultaba tan refrescante como las bebidas de los vendedores callejeros. Le desabroché los botones muy despacio, deteniéndome en cada uno de éllos, para que Fátima respirara. Me mostró con gesto tímido sus minúsculos pechos, pero yo le miré a los ojos y sonreí. Fatima se relajó y dejó caer su blusa. Levanté una mano como si quisiera acariciarla a través del aire y ella se estremeció. Noté el calor que desprendía su piel antes incluso de tocarla. El comedimiento es la mayor virtud de un auténtica caballero: cualquier patán es capaz de lanzar una estocada, pero solo los espadachines cansagrados saben esquivarla.
Fátima se acercó muy despacio a mis dedos inmóviles. Lentamente le acaricié el cuello y el pecho con las manos y los labios, después le acaricié la cintura y los muslos, y por último le quité la falda. Me despojé de mi ropa con una sola mano, sin apartar la otra de su cuerpo. Le rocé la piel con las yemas de los dedos y le clavé las uñas con suavidad. Cuántos poetas han comparado el cuerpo de una mujer con una guitarra, pero lo que la mayoría de ellos no saben es que cada centímetro de piel tiene su propio sonido y que si se rasguean todos a la vez se obtiene la música más hermosa que jamás se haya escrito. Al fin y al cabo, una mujer ofrece su belleza a cambio de la habilidad de un hombre: de la experiencia de él dependerán los secretos de su cuerpo que ella decida revelarle”.
Y sigue con el relato de una sesión que bien podeis imaginar...
Estoy sin palabras. Me ha gustado mucho, mucho. Por la manera de contar, por la calidad de los personajes, por la historia, por que me lo regaló alguien muy especial en mi cumple y por otros motivos difíciles de explicar.
Es la historia de una vida sacudida por una relación tormentosa de esas que mortifican y, a la vez, dan sentido a esto de respirar. De las cuales, por mucho que uno se empeñe, no logra nunca salir, a pesar del tiempo y las jugarretas.
Soy de la opinión que en esta vida todas las cosas llegan para algo. Las personas, los conflictos, las sorpresas, los amores, los imprevistos, las crisis: siempre aparecen en el momento debido, aunque tal vez no entendamos el porqué hasta mucho despues. Incluso con los libros, eso pasa. Por lo menos a mí.
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La bodega (o "el celler", en su versión catalana) es una historia muy bien escrita, que pasa bien. Sencilla. Amena. Más entrañable que intensa. No es de esos libros que te engancha, ni te desvela tampoco ninguna noche. No. Pero sí que es verdad que uno siempre tiene ganas de pillar el libro un ratito y ver cómo va el viñedo. Está muy bien. Es una história faldera, en el sentido que hace compañía. Aterciopelada, por que acaricia bien. No hay grandes sobresaltos ni líos que quiten la respiración. No. No va por ahí la cosa.
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Como decía, este libro me ha venido en el momento adecuado. El protagonista encauza su vida poco a poco, casi a tientas. Por intuición. Sólo sabe una cosa: quiere hacer algo bueno, crear algo que valga la pena. Y tambien sabe otra: para conseguirlo, todo no vale. Hay una ética en las cosas. No busca la fama, ni la glória, ni la fortuna. Busca su orgullo personal. En este sentido, me ha encantado. Un empujoncito caído del cielo que me viene muy bien. O sea que gracias por el toque en el hombro: mi ángel de la guarda siempre está en todo. Él sabe a qué me refiero ;)
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Aquí os dejo un mordisquito de "la bodega", como va siendo ya costumbre. En él se sintetiza lo que más me ha gustado de esta novela. Poco tiene a ver con la trama, como ya he comentado antes. Allá va, en una traducción personal del catalán. Espero que os guste el trago:
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"-¿Qué haces?- le preguntó Maria del Mar, consternada, al verle podar el viñedo.
- A menos brotes, más fuerza y sabor para la uva. Quiero hacer vino- Respondió José.
- Ya hacemos vino.
- Pero yo quiero hacer vino de verdad, un buen vino que la gente se quiera beber. Si lo consigo y lo vendo, puedo hacer mas dinero del que gano vendiendo vino malo a Clemente (para hacer vinagre).
- Y ¿qué pasará si el vino no te sale tan bueno? Te arriesgas demasiado, desdeñando en la poda tanta uva! Eres demasiado ambicioso. ¿Nunca vas a conformarte? Eres un payes, como todos los de Santa Eulalia. No sé por qué no lo aceptas. Demasiada suerte has tenido hasta el día de hoy.
(...)
José continuó podando el viñedo. Las palabras de Maria del Mar se le repetían en los oídos, pero sabía que estaba equivocada. Él no tenía grandes pretensiones, sólo quería hacer un buen vino.
Con todo, si lo pensaba bien, debía confesar que había algo más. Si el vino le salía malo, quizá pudiera aprender a hacer un buen vinagre. Por lo tanto, tuvo que aceptar la evidencia que se moría de ganas de hacer algo que resultara un buen producto."
sobre mí
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