Llamado a la autenticidad en tiempos difíciles
Por Albeiro Rodas
Las noticias que nos llegan de Colombia estos días están evidentemente permeadas por las elecciones de alcaldes. Recuerdo muy bien la atmósfera colombiana durante cualquier tiempo electoral y, aunque nuestra Patria guarda sus particularidades culturales, no creo que sea muy diferente de lo que se vive en muchos países latinoamericanos y tiene muchos puntos en común de lo que se vive en otros países de otros continentes, por ejemplo aquí en Camboya.
Mi abuelo solía decir que en tiempo de elecciones era mejor estar callados, porque se puede llegar a ser objeto de lapidación. Sin embargo, me siento obligado a escribir estas líneas especialmente dirigidas a la juventud colombiana de cualquier latitud del país e incluso de aquellos jóvenes colombianos que se encuentran en el exterior. No es esto para criticar a los políticos que ya bastante leña les damos especialmente por los medios de comunicación social, sino para exhortar a la autenticidad.
Defender la autenticidad
Es que en las generaciones jóvenes siempre estará latente la esperanza de un mejor futuro y cuando nos ponemos todos de acuerdo en los principios, entonces esa esperanza puede vislumbrarse. Ojo que digo ponernos de acuerdo en los principios y no digo sólo ponernos de acuerdo a secas. Resulta que poner de acuerdo a un país sobre cosas es utópico y que aquellos que sueñen con cosas tales pecan por ingenuos sino estúpidos. Y suele suceder que algunos "idealistas tontos" incluso intentan imponer los acuerdos como si un acuerdo se debiera imponer. Un país en donde existe una diversidad de pensamiento es un país inteligente y un país inteligente en donde unos quieran imponer a los otros determinadas maneras de pensar, es un país bajo la presión de una terrible utopía.
Tenemos que defender la autenticidad de nuestro obrar, de nuestra persona, de nuestro grupo social. Podés hacer parte del grupo político, económico o social que querás, pero hacé parte del mismo siendo vos mismo, sin imitar a nadie, sin ir detrás de discursos vacíos llenos de frases extrovertidas. Los colombianos tenemos que aprender a ver detrás de los discursos las realidades que a veces nos tratan de ocultar, los que se presentan como líderes carismáticos, pero que solo ocultan más de lo mismo, incluso aquellos que quieren presentarse como defensores de la verdad, pero que solo luchan con tenacidad por sus propios intereses. Es en eso en lo que tenemos que ponernos de acuerdo todos: en ser auténticos, en luchar por la paz, en defender los principios esenciales de la justicia, en tender al desarrollo de todos y no solo de unos. Las maneras como lo hagamos pueden variar, pero aún cuando dos individuos de dos pensamientos totalmente opuestos se encuentren en un lugar, en algo deben saber encontrarse: en ser auténticos.
Yo me siento confusión ante aquel que descalifica de manera total el proyecto de otro, lo destruye, le pone dudas sin tregua, no le encuentra nada bueno y lo hace con la mera intención de presentarse a sí mismo como el verdaderos salvador. Los colombianos tenemos que aprender a recordar la historia. Tenemos que tener en cuenta que llevamos más de 150 años intentando construir una nación y un estado y que todavía no hemos sido completamente exitosos en esa campaña e idea. Que han pasado cientos de individuos con miles de propuestas y que nada de lo que se diga hoy es nuevo.
El cacique
Tendríamos que terminar con esa concepción del cacique que aún subsiste. Un candidato no es una especie de estrella del espectáculo y a veces votamos por caras lindas, frases chéveres y banalidades. Ese es el cacique, una especie de hombre carente de un proyecto político porque se cree que él mismo es el proyecto político. Es una concepción primitiva de la política, una perteneciente a los tiempos tribales en donde el cacique probaba que era el jefe gracias a la fuerza física o a la superstición.
No se trata de votar por un nombre. Se trata de votar por un proyecto y un proyecto es uno que hemos pensado entre todos. Esa es en síntesis el sentido último de la democracia. Un candidato representa a un pueblo y no representa sus propios intereses o los intereses de un reducto social. Nuestros actos políticos, en el caso el de elegir, deben estar atentos a esto, deben estar atentos al proyecto que se nos presenta y debemos estar atentos a ser visionarios.
El alcalde que necesitamos
Un alcalde debe ser un proyecto más que un hombre. Este pensamiento se inspira mucho en lo que nuestro Jorge Eliecer Gaitán solía gritar. Decía que él no era un hombre, sino un pueblo. El candidato no puede, no debe ser un sujeto que presenta ideas caprichosas, discursos que le susurran los creadores de la pantomima, palabras extraidas de sueños irrisorios. El candidato debe ser aquel que nos muestre los caminos de la Patria, que sienta a su ciudad en sus necesidades, que abra los caminos al futuro.
En el mundo globalizado de hoy, un candidato a cualquier alcaldía de Colombia debería tener en cuenta varios elementos:
1. Que la gente de hoy es más crítica, más pronta al debate, más llena de información y que si el candidato trata al pueblo como ignorantes, el ignorante es él.
2. Que la corrupción es una lacra que nos desprestigia, una enfermedad vulgar que nos da ganas de vomitar y que quien sea acusado de corrupción es como si estuviera untado de mierda.
3. Que la educación es prioridad para nuestra nación hoy. Todos lo sentimos así, todos, pobres y ricos, queremos estudiar. Todos tenemos derechos a estudiar y que si no existe esa preocupación en el proyecto político, este es un proyecto desactualizado y cojo.
4. Que el municipio colombiano debe prepararse para las telecomunicaciones en todas sus formas. Un municipio colombianos debe tener Internet, su propio canal de televisión, su radio, su prensa, porque los medios de comunicación social en este siglo son las nuevas plazas para el encuentro social, cultural y polítco.
Desde este país asiático ver la realidad de la patria da el privilegio de la panorámica. Como aquella vez en Varesse que un amigo aviador me dió la vuelta en su avioneta por el Lago Maggiore y todo se me volvió un mundo distinto. No es que diga que veo las cosas desde arriba como un dios. De hecho también se pierden muchos detalles. Pero la realidad toda se junta y se toca.
Leí el artículo "Benedetti rechaza fallo absolutorio de la Iglesia al padre Efraín Rozo" publicado por el Senado de la República con fecha 24 de julio. Como es de esperarse, entré a la página de los "padres de la patria" con la intención de saber más de las reacciones a la que pienso es una de las noticias más importantes de Colombia: las víctimas de la violencia, y muy particularmente de las acciones de los paramilitares, visitan el Congreso de la República de Colombia. En el artículo, el senador Benedetti dice que la Iglesia Católica debería pedir al padre Rozo la "abidicación", para usar este término noble de las sociedades monárquicas.
Al caso Rozo también le he hecho un seguimiento, por ejemplo este artículo "El oro del mundo no callará una sola palabra", de Rana Berden, una descripción muy detallada de los hechos.
Es decir, sobre mi escritorio dos casos: el padre Rozo acusado de abusar sexualmente de muchachos hace 40 años y las víctimas de la violencia fría de nuestra patria desoidos por aquellos que se encargan de las leyes y de la garantía al orden institucional y constitucional de la República. Contrasta entonces con toda la atención que se le dio a los jefes paramilitares cuando entraron a los recintos patrios como señores, o para usar un término más colombiano, como doctores. Hoy la justicia en Colombia está enredada por sofismas distractivos, cuando tenemos a la vista crímenes de guerra, historias de genocidios, intimidación y terrorismo calculado y promovido, todos dignos de un tribunal internacional que garantice las condiciones del orden. Ahí tienen pues al padre Rozo, un hombre que ya está más que castigado por sus actitudes de inmoralidad y abuso de menores. Ahí está este que ya vio que todo lo que se hace a ocultas será gritado desde los terrados. Su nombre, Efraín Rozo, está asociado ya con pedofilia, abuso e inmoralidad. Basta escribir su nombre en los motores de búsqueda. Quedó ante su Iglesia - me refiero en especial a los fieles, no a los clérigos necesariamente - como un pecador y un mal ejemplo y ante la sociedad como un individuo de pésima reputación. En él se siguen empecinando porque tocó muchachos, mientras los que asesinaron pueblos enteros, torturaron y derramaron la sangre de sus compatriotas, reciben condenas de 8 años, son bienvenidos en el Congreso e incluso pretenden protagonismo político para liderar al pueblo que aterrorizaron.
Si el senador Benedetti no está de acuerdo con las decisiones del Tribunal eclesiástico que exhoneró en vano a Rozo, que tampoco esté de acuerdo con los tribunales que exhoneran a quienes hacen de la Patria una pesadilla con la complicidad de unos. Digo en vano, porque aunque lo exhoneren, las prubeas están sobre la mesa y la historia y Dios tienen siempre la última palabra. Que abdiquen también los terroristas que no tocaron muchachos: ¡los asesinaron!
De personalidades ilustres en Congresos y otras plazas
La indudable belleza de nuestra patria, la nobleza de nuestro pueblo y el anhelo de tener una tierra maravillosa en donde todos tengan las mismas oportunidades, no pueden dejar que pasemos lo que en este blogger vamos a llamar "los signos de la historia", a propósito de la visita de las víctimas de la violencia a los recintos del Congreso de la República de Colombia el pasado 24 de julio.
Por Albeiro Rodas
Decía Lisinia Collazos, una líder paez (cf. El Tiempo), que veía muchas sillas vacías, las mismas que deberían estar ocupadas por los "padres de la Patria", es decir, los congresistas, para escuchar de primera voz la realidad escabroza del conflicto colombiano. Es posible que las víctimas de los paras y de la guerrilla hayan sentido el portazo del Congreso como una señal de abandono total en su drama, pero no es así. Por el contrario, a mis ojos constituye el signo más estupendo de la historia de Colombia, condenada a estos 197 años de soledad, como dijimos varios párrafos atras para conmemorar el 20 de julio. Es que el 20 de julio fue conmemorado este año justamente el 24 y no el 20 y de tajo en el Congreso de la República. Ya me explico.
La historia es el juez más implacable. Es posible engañar a todo un sistema judicial en un país, es posible sobornar y tapar con dólares los conductos de la justicia, es posible destruir las bases de la moral y aterrorizar a todo un pueblo, es posible incluso enmascarar el crimen con nobles ideales, pero los ojos de la historia, silenciosos y trascendentales, no caen en semejantes tretas. Incluso es posible re-escribir todos los libros de historia a la manera de los interesados, y ello de hecho se ha intentado muchas veces, pero ni esos libros falsos de la realidad sobrepasan al libro eterno de la historia.
El 24 de julio de 2007 deberá entrar algún día entonces como uno de los más importantes de la historia colombiana del siglo XXI, a 197 años del Grito de Independencia. Si uno fue un Grito incendiario que rasgó los lazos de la tiranía trasoceánica, el de esta semana puede ser el Grito de la Paz que tanto esperamos los colombianos. Fue un Grito proferido por los colombianos más oprimidos de nuestros tiempos, los más aterrorizados, los más lanzados al abismo de la desesperanza. Ellos pueden llegar a ser los nuevos padres de la Patria en paz, por su valentía, no menos que la de Bolívar en Boyacá con su ejército de raidos para cortar el paso de la muy real infantería reconquistadora.
Es que los congresistas que abandonaron el recinto constituyen el signo más maravilloso de los últimos tiempos en esta historia macabra de dramas y violencias. La presencia de las víctimas de la violencia más brutal, inhumana y despiadada en el espacio que se supone heredero de los sueños del Libertador y de los héroes queridos de la Patria, fue una presencia poderosa, esperada y querida, mientras que aquellos que abandonaron la reunión más importante de principios de este siglo en Colombia, demostraron con ello su verdadera identidad y cuán indignos son de sentarse en el recinto sagrado de las leyes enarbolando la Bandera que nos dejaron aquellos que la tejieron con su sangre. No se puede soportar la historia. Mirarla a los ojos causa espaviento en aquellos que le tienen cuentas o en aquellos que no sienten amor verdadero por la justicia, la paz y el progreso. Sentados sí con los amos de la violencia, no pueden tolerar el Grito de la Libertad.
Ese momento requiere un enorme cuidado. Es necesario registrarlo, porque os aseguro que volverá a ser citado. Ese momento revela la debilidad de nuestras instituciones y su afan de fortalecerse en la parafernalia del sofisma. Revela cuán baja es nuestra cultura política de votar por cualquiera que pinte el afiche más bonito y reparta más almuerzos en las veredas y pueblos. Revela cómo es que le damos la batuta de liderar una cosa tan delicada como las leyes y la democracia, a personas incapaces de dolerse con su propio pueblo. Si ello hubiera pasado en muchos otros congresos del mundo, los que curiosamente se llaman padres de la Patria hubiesen ido a abrazar a las víctimas de la violencia, les hubieran dado los puestos de honor, les hubieran dicho todos al unísono, sin distinción de partidos políticos, que el Congreso de su país no va a hacer todo lo posible por reparar el dolor, sino que lo va a hacer, porque ellos son primero. Que bien que se relacione ese momento con la intervención de los jefes paramilitares algunos años hace para que el contraste de los signos de la historia hablen por sí solos ante todo el mundo.
Decía Elizabeth Burgos, para explicar porqué el comunismo francés comenzaba a ser más crítico de Castro, que en una manifestación en París frente a la Embajada de Cuba para exigir la liberación de periodistas retenidos por el régimen, que el embajador salió con sus esbirros y nos pegó con cabillas: "Los franceses quedaron traumatizados con ese evento, decían ´si esta gente era capaz de hacer eso en París, imagínense lo que hacen en La Habana" (El Nacional). Esos son los signos de la historia. Esos son los que hablan más que un millón de intelectuales humanistas o no tanto, más que trillones de periodistas en toneladas de papel, más que billones de ondas de radio por el aire. Ese es el momento maravilloso cuando habla la historia y ya nadie la puede rebatir. Decía nuestro prócer Antonio Nariño: "Qué se diría de unos hombres que viendo asaltar su casa por los ladrones, se pusiera a disputar con sutilezas los derechos que cada uno tenía para vivir en esta sala o en la otra." Este Nariño simplemente hubiese besado las manos de las víctimas, las mismas que este 24 de julio se ganaron el título de Padres de la Patria, por encima de tantos que lo habían comprado, pero que lo dejaron tirado en el recinto que no se merecen.