Libro de Arena
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AMBERES. Un espacio literario

Por Raúl Muñoz Jiménez

ISIDORO ACEVEDO. Por J.L.BORGES

Para Abutita,

Por defender que la vejez - y sus habitantes - sea algo más que un problema para el resto de la sociedad.

Es verdad que lo ignoro todo sobre él -salvo los nombres de lugar y las fechas: fraudes de la palabra- pero con temerosa piedad he rescatado su último día, no el que los otros vieron, el suyo, y quiero distraerme de mi destino para escribirlo.

Adicto a la conversación porteña del truco, alsinista y nacido del buen lado del Arroyo del Medio, comisario de frutos del país en el mercado antiguo del Once, comisario de la tercera, se batió cuando Buenos Aires lo quiso en Cepeda, en Pavón y en la playa de los Corrales.

Pero mi voz no debe asumir sus batallas, porque él se las llevó en un sueño esencial.

Porque lo mismo que otros hombres escriben versos, hizo mi abuelo su sueño.

Cuando una congestión pulmonar lo estaba arrasando y la inventiva fiebre le falseó la cara del día, congregó los ardientes documentos de su memoria para fraguar un sueño.

Esto aconteció en una casa de la calle Serrano, en el verano ardido del novencientos cinco.

Soñó con dos ejércitos que entraban en la sombra de una batalla; enumeró los comandos, las banderas, las unidades.

"Ahora están parlamentando los jefes", dijo en voz que le oyeron y quiso incorporarse para verlos.

Hizo leva de pampa: vio terreno quebrado para que pudiera aferrarse la infantería y llanura resuelta para que el tirón de la caballería fuera invencible.

Hizo una leva última, congregó los miles de rostros que el hombre sabe, sin saber, después de los años: caras de barba que se estarán desvaneciendo en daguerrotipos, caras que vivieron junto a la suya en el Puente Alsina y Cepeda. Entró a saco en sus días para esa visionaria patriada que necesitaba su fe, no que una flaqueza le impuso; juntó un ejército de sombras porteñas para que lo matarán.

Así, en el dormitorio que miraba al jardín, murió en un sueño por la patria.

En metáfora de viaje me dijeron su muerte; no la creí.

Yo era chico, yo no sabía entonces de muerte, yo era inmortal; yo lo busqué por muchos días por los cuartos sin luz.

Jorge Luis Borges

Cuaderno de San Martín (1929)

FRANZ KAFKA II. 23 de diciembre de 1911

"Uno encuentra en su diario pruebas de haber vivido, de haber mirado alrededor y de haber anotado observaciones incluso en circunstancias que hoy parecen insoportables, es decir, encuentra pruebas de que esta mano derecha se movió igual que se mueve hoy, cuando nos hemos vuelto, ciertamente, más prudentes gracias a la posibilidad de abarcar con la mirada nuestras circunstancias de entonces".

ÁNGEL GONZALEZ. Un poema por un adiós.

Crepúsculo, Albuquerque, invierno

No fue un sueño,

lo vi:

La nieve ardía.

F.GARCIA LORCA & su LLANTO POR IGNACIO SÁNCHEZ MEJÍAS. I

A Úrsula Fabrés,

Por un sí o tal vez un no, por un quizás, por la memoria y los detalles, por el destello del vino al alzar la botella y por una sonrisa.

LA SANGRE DERRAMADA.

¡Que no quiero verla!

Dile a la luna que venga,

que no quiero ver la sangre

de Ignacio sobre la arena.

¡Que no quiero verla!

La luna de par en par,

caballo de nubes quietas,

y la plaza gris del sueño

con sauces en las barreras

¡Que no quiero verla¡

Que mi recuerdo se quema.

¡Avisad a los jazmines

con su blancura pequeña!

¡Que no quiero verla!

La vaca del viejo mundo

pasaba su triste lengua

sobre un hocico de sangres

derramadas en la arena,

y los toros de Guisando,

casi muerte y casi piedra,

mugieron como dos siglos

hartos de pisar la tierra.

No.

¡Que no quiero verla!

Por las gradas sube Ignacio

con toda su muerte a cuestas.

Buscaba el amanecer,

y el amanecer no era.

Busca su perfil seguro,

y el sueño lo desorienta.

Buscaba su hermoso cuerpo

y encontró su sangre abierta.

¡No me digáis que la vea!

No quiero sentir el chorro

cada vez con menos fuerza;

ese chorro que ilumina

los tendidos y se vuelca

sobre la pana y el cuero

de muchedumbre sedienta.

¡Quién me grita que me asome!

¡No me digáis que la vea!

No se cerraron sus ojos

cuando vio los cuernos cerca,

pero las madres terribles

levantaron la cabeza.

Y a través de las ganaderías,

hubo un aire de voces secretas

que gritaban a toros celestes,

mayorales de pálida niebla.

No hubo príncipe en Sevilla

que comparársele pueda,

ni espada como su espada,

ni corazón tan de veras.

Como un rio de leones

su maravillosa fuerza,

y como un torso de mármol

su dibujada prudencia.

Aire de Roma andaluza

le doraba la cabeza

donde su risa era un nardo

de sal y de inteligencia.

¡Qué gran torero en la plaza!

¡Qué gran serrano en la sierra!

¡Qué blando con las espigas!

¡Qué duro con las espuelas!

¡Qué tierno con el rocío!

¡Qué deslumbrante en la feria!

¡Qué tremendo con las últimas

banderillas de tiniebla!

Pero ya duerme sin fin.

Ya los musgos y la hierba

abren con dedos seguros

la flor de su calavera.

Y su sangre ya viene cantando:

cantando por marismas y praderas,

resbalando por cuernos ateridos

vacilando sin alma por la niebla,

tropezando con miles de pezuñas

como una larga, oscura, triste lengua,

para formar un charco de agonía

junto al Guadalquivir de las estrellas.

¡Oh blanco muro de España!

¡Oh negro toro de pena!

¡Oh sangre dura de Ignacio!

¡Oh ruiseñor de sus venas!

No.

!Que no quiero verla!

Que no hay cáliz que la contenga,

que no hay golondrinas que se la beban,

no hay escarcha de luz que la enfríe,

no hay canto ni diluvio de azucenas,

no hay cristal que la cubra de plata.

No.

!Yo no quiero verla!

JORDI VIRALLONGA. 20:36h. O sólo un recuerdo.

Quizás por que acaba el año y ha llegado el momento de hacer inventario; de aquellos que aún están sin más intenciones que las que marca el presente de ese mismo verbo, a los que estudian la posibilidad de tomar otros caminos con otras compañías pero les faltan algunos nudos de viento a favor – o en contra – para tomar la decisión final. Y a los que fueron más de lo que son por sabias convicciones – creo – a los que hace menos de un siglo se sentaron alrededor de una mesa para gritar lujurias y susurrar tristezas, a los que alzaron copas para brindar por la amistad y la eternidad, para hacer lecturas de poemas, poetas y redactores de poesía. En el fondo, a los que no pronunciaron despedida pero dejaron grandes momentos en el recuerdo de quien vuelve una y mil veces a los versos* de un gran poeta.

*

Mira padre, no te enfades,

sé que tienes un montón de trabajo,

que ahora estás muy solo y triste,

que el teléfono no para de sonar

y que por cualquier cosa lloras

y nos gritas y dices que salgamos

para no molestarte.

Llevas más de un año así,

pero como nos bañamos y vestimos,

te acompañamos al mercado,

te abrazamos e intentamos ser alegres

y que tengas siempre limpio el cenicero,

estás seguro de que todo marcha bien

y de que ella sólo a ti te hacía falta.

Mira, no te enfades,

pero necesito saber que aún nos quieres,

que no es cierto lo que dicen de nosotros

y mi hermano un cuaderno de espiral para el colegio.

No te enfades si te digo todo esto,

pero ni te has fijado en que ya sé escribir

ni en que hace cinco dientes que no pasa el ratón Pérez.

JULIO RAMÓN RIBEYRO & La solución

—Bueno, Armando, vamos a ver, ¿qué estás escribiendo ahora?

La temida pregunta terminó por llegar. Ya habían acabado de cenar

y estaban ahora en el salón de la residencia barranquina, tomando

el café. Por la ventana entreabierta se veían los faroles del

malecón y la niebla invernal que subía de los acantilados.

—No te hagas el desentendido —insistió Oscar— Ya sé que a los

escritores no les gusta a veces hablar de lo que están haciendo.

Pero nosotros somos de confianza. Danos esa primicia.

Armando carraspeó, miró a Berta como diciéndole qué pesados son

nuestros amigos, pero finalmente encendió un cigarrillo y se

decidió a responder.

—Estoy escribiendo un relato sobre la infidelidad. Como verán

ustedes, el tema no es muy original. ¡Se ha escrito tanto sobre la

infidelidad! Acuérdense de Rojo y Negro, Madame Bovary, Ana

Karenina, para citar sólo obras maestras... Pero, precisamente, yo

me siento atraído por lo que no es original, por lo ordinario, por

lo trillado... Al respecto he interpretado a mi manera una frase

de Claude Monet: el tema es para mí indiferente; lo importante son

las relaciones entre el tema y yo.. Berta, por favor, ¿por qué no

cierras la ventana? ¡Se nos está metiendo la neblina!

—Como preámbuló no está mal —dijo Carlos— Vamos ahora al grano.

—A eso voy. Se trata de un hombre que sospecha de pronto que su

mujer lo engaña. Digo de pronto pues en veinte o más años de

casados nunca le había pasado esta idea por la cabeza. El hombre,

que para el caso llamaremos Pedro o Juan, como ustedes quieran,

había tenido siempre una confianza ciega en su mujer y como adamás

era un hombre liberal, moderno, le permitía tener lo que se llama

su «propia vida», sin pedirle jamás cuentas de nada.

—El marido ideal —dijo Irma— ¿Me escuchas Oscar?

—En cierto sentido sí —prosiguió Armando— El marido ideal...

Bueno, como decía, Pedro, lo llamaremos así, comienza a dudar de

la fidelidad de su mujer. No voy a entrar en detalles sobre las

causas de esta duda. Lo cierto es que cuando esto ocurre siente

que el mundo se le viene abajo. No solo porque él le había sido

siempre fiel, salvo aventurillas sin consecuencia, sino porque

quería profundamente a su mujer. Sin la pasión de la juventud,

claro, pero quizás en forma más perdurable, como pueden ser la

comprensión, el respeto, la tolerancia; todas esas pequeñas

atanciones y concesiones que nacen de la rutina y en las que se

funda la convivencia conyugal.

—Eso de la rutina no me gusta —dijo Carlos— La rutina es la

negación del amor.

—Es posible —dijo Armando— Aunque esa me parece una frase como

cualquier otra. Pero déjame continuar. Como decía, Pedro sospecha

que su mujer lo engaña. Pero como se trata sólo de una sopecha,

tanto más angustiosa cuanto incierta, decide buscar pruebas. Y

mientras busca las pruebas de esta infidelidad descubre una

segunda infidelidad, más grave todavía, pues databa de más tiempo

y era más apasionada.

—¿Qué pruebas eran? —preguntó Oscar— Sobre este asunto de la

infidelidad las pruebas son difíciles de producir.

—Digamos cartas o fotos o testimonios de personas de absoluta

buena fe. Pero esto es secundario por ahora. Lo cierto es que

Pedro se hunde un grado más en la desesperación, pues ya no se

trata de uno sino de dos amantes: el más reciente, del cual tiene

saspechas y el más antiguo, del cual cree tener pruebas. Pero el

asunto no termina allí. Al seguir investigando sobre la

frecuencia, la gravedad, las circunstancias de este segundo

engaño, descubre la presencia de un tercer amante y al tratar de

averiguar algo más sobre este tercero aparece un cuarto...

—Una Mesalina, quieres decir —intervino Carlos— ¿Cuántos tenía al

fin?

—Para los efectos del relato me bastan cuatro. Es la cifra

apropiada. Aumentarla habría sido posible, pero me hubiera traído

problemas de composición. Bueno, la mujer de Pedro tenía pues

cuatro amantes. Y simultáneamente además, lo que no debe extrañar

pues los cuatro eran muy diferentes entre sí (uno bastante menor

que ella, otro mayor, uno muy culto y fino, otro más bien

ignorante, etc.) de modo que satisfacían diversas apetencias de su

carne y de su espíritu.

—¿Y qué hace Pedro? —preguntó Amalia.

—A eso voy. Imaginarán ustedes el horrible estado de angustia, de

rabia, de celos en que esta situación lo pone. Muchas páginas del

relato estarán dedicadas al análisis y descripción de su estado de

ánimo. Pero esto se los ahorro. Solo diré que, gracias a un enorme

esfuerzo de voluntad y sobre todo a su sentido exacerbado del

decoro, no deja traslucir sus sentimientos y se limita a buscar

solo, sin confiarse a nadie, la solución de su problema.

—Eso es lo que queremos saber —dijo Oscar— ¿Qué demonios hace?

—Para ser justo, yo tampoco lo sé. El relato no está terminado.

Pienso que Pedro se plantea una serie de alternativas, pero no sé

aún cuál es la que va a elegir... Por favor, Berta, ¿me sirves

otro café?... Pero se dice, en todo caso, que cuando surge un

obstáculo en nuestra vida hay que eliminarlo; para restablecer la

situación original. ¡Pero, claro, no se trata de un obstáculo sino

de cuatro! Si solo existiera un amante no vacilaría en matarlo...

—¿Un crimen? —preguntó Irma— ¿Pedro sería capaz de eso?

—Un crimen, sí. Pero un crimen pasional. Ustedes saben que la

legislación penal de todo el mundo contiene disposiciones que

atenúan la pena en caso de crimen pasional. Sobre todo si un buen

abogado demuestra que el agente del crimen lo cometió en estado de

pasión violenta. Digamos que Pedro está dispuesto a correr los

riesgos del asesinato, sabiendo que dadas las circunstancias la

pena no sería muy grave. Pero, como comprenderán, matar a uno de

los amantes no resolvería nada, pues quedarían los otros tres. Y

matar a los cuatro sería ya un delito muy grave, una verdadera

masacre, que le costaría la pena capital. En consecuencia, Pedro

descarta la idea del crimen.

—De los crímenes —dijo Irma.

—Justo, de los crímenes. Pero, entonces, se le ocurre una idea

genial: enfrentar a los amantes, de modo que sean ellos quienes se

eliminen. La idea la concibe así: puesto que son cuatro —y

comprenderán ahora por qué ese número me convenía— haré una

especie de eliminatorias, como en un torneo deportivo. Enfrentar a

dos contra dos y luego a los dos ganadores, de modo que por lo

menos tres queden eliminados...

—Eso me parece ya novelesco —dijo Carlos —¿Cómo diablos hace? En

la práctica no creo que funcione.

—Pero estamos justamente en el mundo de la literatura, es decir,

de la probabilidad. Todo reside en que el lector crea lo que le

cuento. Y este es asunto mío. Bueno, Pedro divide a los amantes en

el Uno y el Dos y en el Tres y el Cuatro. Mediante cartas anónimas

o llamadas telefónicas u otros medios revela al Uno la existencia

del Dos y al Tres la existencia del Cuatro. Todo ello mediante una

estrategia gradual y una técnica de la perfidia que le permiten

despertar en el agente escogido no solo los celos más atroces sino

un violento deseo de aniquilar al rival. Me olvidaba decirles que

los amantes de Rosa, así llamaremos a la mujer, estaban ferozmente

enamorados de ella, se creían los únicos depositarios de su amor y

por lo tanto la revelación de la existencia de competidores los

ofusca tanto como a Pedro mismo.

—Eso sí es posible —dijo Carlos— Un amante debe tener más celos de

otro amante que el mismo marido.

—Para resumir —prosiguió Armando— Pedro lleva tan bien el asunto

que el amante Uno mata al Dos y el Tres al Cuatro. Quedan en

consecuencia solo dos. Y con estos procede de la misma manera, de

modo que el amante Uno mata al Tres. Y al sobreviviente de esta

matanza lo mata el propio Pedro, es decir, que comete directamente

un solo crimen y como se trata de uno solo y de origen pasional

goza de un veredicto benévolo. Y al mismo tiempo logra lo que se

había propuesto o sea eliminar los obstáculos que contrariaban su

amor.

—Me parece ingenioso —dijo Oscar— Pero insisto en que en la

práctica no funcionaría. Suponte que el amante Uno no logre matar

al Dos, que simplemente lo hiera. O que el amante Tres, por más

que esté enamorado de Rosa, sea incapaz de cometer un crimen.

—Tienes razón —dijo Armando— Y por eso es que Pedro renuncia a

esta solución. Eso de enfrentar a los amantes con el fin de que se

exterminen no es viable, ni en la realidad ni en la literatura.

—¿Qué hace entonces? —preguntó Berta.

—Bueno, yo mismo no lo sé... Ya les he dicho que el relato no está

terminado. Por eso mismo se los cuento. ¿No se les ocurre nada a

ustedes?

—Sí —dijo Berta— Divorciarse. ¡Nada más simple!

—Había pensado en eso. Pero, ¿qué resolvería el divorcio? Sería un

escándalo inútil, pues mal que bien un divorcio es siempre

escandaloso, más aún en una ciudad como esta que, en muchos

aspectos, sigue siendo provinciana. No, el divorcio dejaría

intacto el problema de la existencia de los amantes y del

sufrimiento de Pedro. Y ni siquiera aplacaría su deseo de

venganza. El divorcio no sería la buena solución. Pienso más bien

en otra: Pedro expulsa a Rosa de la casa, luego de demostrarle e

increparle su traición. La pone en la calle brutalmente, con todos

sus bártulos o sin ellos. Sería una solución varonil y moralmente

justificada.

—Lo mismo pienso yo —dijo Oscar— Una solución de macho. ¡Puesto

que me has engañado, toma! Ahora te las arreglas como puedas.

—El asunto no es tan simple —continuó Armando— Y creo que Pedro

tampoco elegiría esta solución. La razón principal es que expulsar

a su mujer le sería prácticamente insoportable, puesto que lo que

él desea es retenerla. Expulsarla sería hacerla aún más

dependiente de sus amantes, arrojarla a sus brazos y alejarla más

de sí. No, la expulsión del hogar, si bien posible, no resuelve

nada. Pedro piensa que lo más sensato sería más bien lo contrario.

—¿Qué entiendes tú por contrario? —preguntó Irma.

—Irse de la casa. Desaparecer. No dejar rastros. Dejar sólo una

carta o no dejar nada. Su mujer comprendería las razones de esa

desaparición. Irse y emprender en un país lejano una nueva vida,

una vida diferente, otro trabajo, otros amigos, otra mujer, sin

dar jamás cuenta de su persona. Y ello aún suponiendo que Pedro y

Rosa tengan hijos, aunque mejor sería que no los tuvieran, pues

complicaría demasiado la historia. Pero Pedro se iría, abandonando

incluso a sus supuestos hijos, pues la pasión amorosa está por

encima de la pasión paternal.

—Bueno, Pedro se va, ¿y qué? —preguntó Berta.

—Pedro no se va, Berta, no se va. Porque irse tampoco es la buena

solución. ¿Qué ganaría con irse? Nada. Perdería más bien todo.

Sería un buen recurso si Rosa dependiera económicamente de Pedro,

pues tendría al menos ese motivo para sufrir su ausencia, pero

había olvidado decirles que ella tenía fortuna personal (padres

ricos, bienes de familia, lo que sea), de modo que podría muy bien

prescindir de él. Aparte de ello, Pedro ya no es un mozo y le

sería difícil emprender una nueva vida en un país nuevo.

Obviamente, la fuga beneficiaría solo a su mujer, la que se vería

desembarazada de Pedro, estrecharía sus relaciones con sus amantes

y podría tener todos los otros que le viniera en gana. Pero la

razón principal es que Pedro, así lograra instalarse y prosperar

en una ciudad lejana y como se dice «rehacer su vida», viviría

siempre atormentado por el recuerdo de su mujer infiel y por el

gozo que seguiría procurando y obteniendo del comercio con sus

amantes.

—Es verdad —dijo Amalia— Eso de desaparecer, me parece un

disparate.

—Pero este recurso de la fuga tiene una variante —empalmó Armando—

Una variante que me seduce. Digamos que Pedro no desaparece sin

dejar rastros, sino que simplemente se muda a otra casa luego de

una serena explicación con su mujer y una separación amigable.

¿Qué puede pasar entonces? Algo que me parece posible, al menos

teóricamente. Pero esto requiere cierto desarrollo. ¿Me permiten?

Yo pienso que los amantes son raramente superiores a los maridos,

no sólo intelectual o moral o humanamente sino hasta sexualmente

hablando. Lo que sucede es que las relaciones del marido con la

mujer están contaminadas, viciadas y desvalorizadas por lo

cotidiano. En ellas interfieren cientos de problemas que nacen de

la vida conyugal y que son motivo de constantes discrepancias,

desde la forma de educar a los hijos, cuando los hay, hasta las

cuentas por pagar, los muebles que es necesario renovar, lo que se

debe cenar en la noche...

—Las visitas que es necesario hacer o recibir —añadió Oscar.

—Exacto. Estos problemas no existen en las relaciones entre la

mujer y el amante, pues sus relaciones se dan exclusivamente en el

plano del erotismo. La mujer y el amante se encuentran sólo para

hacer el amor, con exclusión de toda otra preocupación. El marido

y la mujer, en cambio, llevan a casa y confrontan a cada momento

la carga de su vida en común, lo que impide o dificulta el

contacto amoroso. Por ello digo que si el marido se va de la casa,

desaparecerían las barreras que se interponen entre él y su mujer,

lo que dejaría el campo libre para una relación placentera. En

fin, lo que quiero decir es que la separación amigable tendría

para Pedro la ventaja de endosar a los amantes los problemas

cotidianos, con todo lo que esto trae de perturbador y de

destructor de la pasión amorosa. Pedro, al alejarse de su mujer,

se acercaría en realidad a ella, pues los amantes terminarían por

asumir el papel del marido y él el de amante. Al convivir más

estrechamente con los amantes, gracias a la partida de Pedro, y al

ver a este solo ocasionalmente, la situación se invertiría y en

adelante irían a los amantes las espinas y al marido las rosas. Es

decir, Rosa donde Pedro.

—Todo eso me parece muy elocuente y bien dicho —intervino Oscar—

Invertir los papeles, gracias a una retirada estratégica. ¡No esta

mal! ¿Qué les parece a ustedes? A mi juicio es el mejor recurso.

—Pero no lo es —dijo Armando— Y créanme que me molesta que no lo

sea. Un autor, por más frío y objetivo que quiera ser, tiene

siempre sus preferencias. ¡Ah, sería maravilloso que las cosas

pudieran ocurrir así! Preservar la condición de marido y ser al

mismo tiempo el amante. Pero en esta solución hay una o varias

fallas. La principal, en todo caso, es que Rosa ya está

probablemente cansada de Pedro y no puede soportarlo ni de cerca

ni de lejos, ni como marido ni como amante. Todo lo que se

relaciona con él está impregnado de las escorias de su vida en

común de modo que, por más que no vivieran juntos, le bastaría

verlo para que resurgieran en su espíritu todos los fantasmas de

su experiencia doméstica. El esposo arrastra consigo la carga de

su pasado marital. Lo que le impedirá siempre acercarse a su mujer

como un desconocido.

—En definitiva —dijo Carlos— veo que las posibilidades de Pedro se

agotan...

—No, hay todavía otra posibilidad. Simplemente no hacer nada,

aceptar la situación y continuar su vida con Rosa como si nada

hubiera ocurrido. Esta solución me parece inteligente y además

elegante. Revelaría comprensión, realismo, sentido de las

conveniencias, incluso cierta nobleza, cierta sabiduría. Es decir,

Pedro aceptaría tener en la cabeza un par, o mejor dicho, cuatro

pares de magníficos cachos y pasar a formar parte resignadamente

de la corporación de los cornudos que, como es sabido, es una

corporación infinita.

—¡Hum! —dijo Carlos— No estoy de acuerdo con eso. Claro, revela

amplitud de espíritu, ausencia de prejuicios, como dices, pero

creo que sería poco digno, humillante. Yo al menos no lo

aguantaría.

—Yo tampoco —dijo Oscar— Y atención, Amalia. Llegado el caso, que

sirva de advertencia.

—¡Oh, qué maridos tenemos! —dijo Amalia— Unos verdaderos

falócratas.

—Pero esta alternativa tiene sus ventajas —insistió Armando— La

principal es que, al aceptar la situación, Pedro mantendría a su

mujer a su lado. Una mujer que lo engaña, es cierto, y que carnal

y espiritualmente pertenece a otros, pero que al fin está allí, a

su alcance y de la cual puede recibir esporádicamente un gesto

errante de cariño. Conservaría no su cuerpo ni su alma, pero sí su

presencia. Y esto me parece una maravillosa prueba de amor, de

parte de él, una prueba digna de quitarse el sombrero.

—Sombrero que no podría calarse Pedro en su adornadísima cabeza —

dijo Oscar— No, evidentemente, no me parece bien eso de aceptar la

situación. Consentir, en este caso, es disminuirse como hombre,

como marido.

—Es posible —dijo Armando— Pero sigo pensando que sería una

solución ponderada y que requiere cierta grandeza de alma. Es

preferible quizás ser infeliz al lado de la mujer querida que

dichoso lejos de ella... Pero en fin, digamos que tampoco es el

buen recurso.

—No puede matar a los amantes... —dijo Carlos— No puede echar a la

mujer de la casa, no puede tampoco desaparecer, ni divorciarse, ni

acomodarse a la situación. ¿Qué le queda entonces? Hay que

reconocer que tu personaje se encuentra metido en menudo lío.

—Hay todavía otro recurso —dijo Armando— Un recurso directo,

limpio: suicidarse.

Irma, Amalia y Berta protestaron al unísono.

—¡Ah, no! —dijo Irma— ¡Nada de suicidios! ¡Pobre Pedro! La verdad

es que me cae simpático. ¿Y a ti, Berta? Tú que tienes influencia

sobre Armando, convéncelo para que no lo mate.

—No creo que lo mate —dijo Berta —El relato se convertiría en un

vulgar melodrama. Y además Pedro es demasiado inteligente para

suicidarse.

—No sé si será inteligente o no —dijo Oscar— Después de todo es

una suposición tuya. Pero la situación es tan enredada que lo

mejor sería pegarse un tiro. ¿No crees, Armando?

—¿Un tiro? —repitió Armando— Sí, un tiro... Pero, ¿qué resolvería

esto? Nada. No, no creo que el suicidio sea lo indicado. Y no

porque se trate de un desenlace melodramático, como dice Berta. A

mí me encanta el melodrama y pienso que nuestra vida está hecha de

sucesivos melodramas. Lo que ocurre es que esta solución sería tan

mala como la de desaparecer sin dejar rastros. Con el agravante de

que se trataría de una desaparición sin posibilidad de regreso. Si

Pedro se va de la casa le queda la esperanza del retorno y hasta

de la reconciliación. ¡Pero si se suicida!

—Es verdad —dijo Carlos— Yo prefiero tener siempre en el bolsillo

mi ticket de regreso. Pero tampoco es una solución absurda. Si

Pedro se suicida se borra del mundo, borra también a Rosa, a sus

amantes, es decir, borra su problema. Lo que es una manera de

resolverlo.

—No te falta razón —dijo Armando— Y voy a reconsiderar esta

hipótesis. Aunque entre resolver un problema y eludirlo hay una

gran diferencia. Y además ¡quién sabe! ¡A lo mejor el dolor de

Pedro es tan grande que lo perseguiría más allá de la muerte!

—En buena cuenta tu personaje está fregado —bostezó Oscar— Veo que

no has encontrado una solución a tu historia. Pero nuestra

historia es que ya pasó la medianoche y que mañana trabajamos. Y

nosotros sí tenemos una solución: irnos al tiro.

—Espera —dijo Armando— Me había olvidado de otra posibilidad...

—¿Todavía hay otra? —preguntó Berta.

—Y una de las más importantes. En realidad debería haberla

mencionado al comienzo. También es posible que Pedro llegue a la

conclusión de que Rosa no le es infiel, que todas las pruebas que

ha reunido son falsas. Ustedes saben bien, tratándose de un asunto

como este la única prueba plena es el flagrante delito. Todo lo

demás, cartas, fotos, testimonios, son recusables. Puede haber

error de interpretación, puede tratarse de documentos apócrifos o

falsificados, de testimonios malévolos, en fin, de circunstancias

que se prestan a una acusación sin fundamento. Y la verdad es que

Pedro no tiene la prueba plena.

—¡Acabáramos! —dijo Oscar— Debías haber empezado por allí. Nos has

tenido dándole vueltas a un problema que en realidad no existía.

¿Nos vamos, Irma?

—¿No quieren un coñac, una menta? —preguntó Berta.

—Gracias —dijo Carlos— La historia de Armando nos ha divertido,

pero Oscar tiene razón, ya es tarde. De todos modos, Armando,

espero que cuando nos reunamos la próxima vez hayas terminado tu

relato y nos lo puedas leer.

—¡Oh! —dijo Armando— Los relatos que más nos interesan son por lo

general aquellos que nunca podemos concluir... Pero esta vez haré

un esfuerzo para terminarlo. Y con la buena solución.

—¿Nos traes nuestras cosas, Berta? —dijo Amalia.

—Yo se las traigo —dijo Armando— Pónganse de acuerdo con Berta

para la próxima reunión.

Armando se retiró hacia el interior, mientras Berta y las dos

parejas se despedían. ¿Dónde sería la próxima cena? ¿Donde Oscar?

¿Donde Carlos? ¿Dentro de quince días? ¿Dentro de un mes? Un ruido

seco, perentorio, llegó del fondo de la casa. Quedaron

paralizados.

—Se diría un tiro— dijo Oscar.

Berta fue la primera en precipitarse por el corredor, justo cuando

Armando reaparecía llevando un bolso, una bufanda, un abrigo.

Estaba pálido.

—¡Curioso! —dijo— Estas son las coincidencias que a uno lo

desconciertan. Al buscar una pastilla en mi mesa de noche desplacé

mi revólver y no sé cómo salió un tiro. Atravesó el cajón de la

mesa y rebotó contra la pared.

—¡Buen susto nos has dado! —dijo Oscar— Es así como ocurren los

accidentes. Es por eso que yo jamás tengo armas a la mano. Pon un

poco más de atención otra vez.

—¡Va! —dijo Armando— Tampoco hay que exagerar. Después de todo no

ha pasado nada. Los acompaño hasta la puerta.

El malecón seguía brumoso. Armando esperó que los autos arrancaran

y entrando a la casa corrió el picaporte y regresó a la sala.

Berta llevaba a la cocina los ceniceros sucios.

—Ya mañana la muchacha pondrá orden aquí. Estoy muy cansada ahora.

—Yo en cambio no tengo sueño. La conversación me ha dado nuevas

ideas. Voy a trabajar un momento en mi relato. No me has dicho qué

te pareció...

—Por favor, Armando, te digo que estoy cansada. Mañana hablaremos

de eso.

Berta se retiró y Armando se dirigió a su escritorio. Largo rato

estuvo revisando su manuscrito, tarjando, añadiendo, corrigiendo.

Al fin apagó la luz y pasó al dormitorio. Berta dormida de lado,

su lámpara del velador encendida. Armando observó sus rubios

cabellos extendidos sobre la almohada, su perfil, su delicioso

cuello, sus formas que respiraban bajo el edredón. Abriendo el

cajón de su mesa de noche sacó su revólver y estirando el brazo le

disparó un tiro en la nuca.

FRANZ KAFKA. Cartas & Diarios

Noviembre. Aquí sigue lloviendo, y quizá por caprichos del azar, sigue lloviendo en Praga. Y sigo leyendo al escritor checo, porque como escribió E.Vila-Matas: Quise ser escritor por su culpa, estaba con él en vez de ir a jugar a la pelota.

Diarios, 6 de agosto de 1914.

"Contemplado desde el punto de vista de la literatura, mi destino parece bastante simple. El deseo de representar mi fantástica vida interior ha desplazado todo lo demás, y además la ha agotado terriblemente, y sigue agotándola. Ninguna otra cosa podrá jamás conformarme".

Carta

"Soy un hombre cerrado, taciturno, poco sociable, descontento, sin que todo ello constituya una infelicidad para mí, ya que es solamente el reflejo de mi meta. De mi modo de vivir en casa se puede sacar alguna deducción. Vivo en familia con personas bonísimas y afectuosas, más extraño que un extraño. Con mi madre no he cambiado en estos últimos años más de veinte palabras de promedio al día; con mi padre, nada más que el saludo. Con mis hermanas casadas y mis cuñados no hablo en absoluto, sin que esto signifique que esté enojado con ellos. El motivo es sencillamente éste: no tengo absolutamente nada que decirles. Todo cuanto no es literatura me hastía y provoca mi odio, porque me molesta o es un obstáculo para mí, por lo menos en mi opinión".

Praga, 9 de noviembre de 1903 Carta a Oscar Pollak

"Hace tiempo que no escribo. Con ello me pasa lo siguiente: Dios no quiere que yo escriba, pero yo tengo necesidad de hacerlo. Así se produce un constante tira y afloja, pero en definitiva Dios es el más fuerte, y hay en ello más desgracia de lo que puedas imaginarte. Hay en mi interior muchas fuerzas atadas a una estaca de la cual nazca quizás un verde árbol, mientras que liberadas podrían ser útiles a mí y al Estado. Pero con quejas no se desprende uno de ruedas de molino, y menos aún cuando uno les tiene cariño".

Carta al Padre

"Te lo ruego, papá, comprende lo que te digo, todos estos detalles no habrían tenido importancia por sí solos. Me deprimían únicamente por el hecho de que tú, el hombre que tan enormemente ha influido en mi vida, sin embargo, no observaba los mandamientos que imponía. Por ello subdividí el mundo en tres partes: una, en la cual vivía yo, el esclavo, bajo leyes que sólo hablan sido inventadas para mi y a las que yo, por otra parte —sin saber por qué— nunca más podía cumplir en forma satisfactoria: luego un segundo mundo, infinitamente lejos del mío, en el cual vivías tú, ocupado en gobernar, emitir las órdenes y disgustarte a causa de su incumplimiento; finalmente un tercer mundo, en el cual vivía el resto de la gente, feliz y sin órdenes ni obediencia"."Desde muy temprano tú me prohibías la palabra. Te recuerdo siempre amenazante "¡Ni una palabra de réplica!" y levantando la mano al mismo tiempo. Cuando se trata de tus asuntos, tú eres un excelente orador y yo adquirí en tu presencia un modo de hablar entrecortado, tartamudeante, y aun eso era demasiado para ti: finalmente me quedé callado, primero acaso por terquedad y más adelante, debido a que en tu presencia no podía ni pensar ni hablar". "Tú me decías: "Ni una palabra más" y con ello querías acallar en mí las fuerzas contrarias que te eran desagradables. Pero tal influjo era demasiado fuerte para mí, yo era demasiado obediente y enmudecí del todo, me oculté de ti y sólo osaba moverme cuando estabas tan lejos que tu poder, cuando menos directamente, ya no me alcanzaba".

"Entre nosotros no hubo realmente ninguna lucha; yo de inmediato estuve liquidado; lo que quedó era huida, amargura, tristeza, lucha interna".

conversación con un periodista checo, Gustav Janouch

"Usted se toma demasiada molestia por cosas efímeras. En su mayor parte estos libros modernos son pálidos reflejos de lo cotidiano. Se extinguen demasiado pronto. Debiera leer más libros viejos. Clásicos. Goethe. Lo viejo extrovierte su valor íntimo, lo imperecedero. Lo que solamente tiene carácter de novedad es cosa pasajera. Hoy es bello, mañana parece ridículo... Tal vez es la ruta que sigue la literatura".

GIOCONDA BELLI & su poema OLVIDOS

A Lucía del Valle, por un beso, un abrazo y un te quiero. Siempre tuyo... Papá.

Y viene el día en que la mujer

olvida el apellido del vecino

y se despierta a media noche

queriendo adivinarlo en la oscuridad,

asustada ante las letras difusas

que resisten el esfuerzo de la memoria.

Con los ojos abiertos sobre la almohada

la mujer ve el gato respirando como niño a sus pies

y ve su casa en la oscuridad

el marido que duerme de espaldas a ella

las puertas lustrosas del armario

los libros apoyados lomo contra lomo en las estanterías

y en la noche detenida abruptamente

por el pequeño tropiezo de no poder recordar el apellido del vecino

piensa en esa casa muchos años más tarde

en las voces que albergará, los pasos que subirán las escaleras

se pregunta qué otros quizás decidirán tirar

la división de madera clara que ella y su marido levantaron

para quedarse en una habitación más pequeña

donde pudieran sentirse más cerca el uno del otro.

Piensa que todo eso que la rodea

se dispersará. Sus cosas, sus libros.

Y que entonces su vida, esas angustias,

-como la de recordar el nombre del vecino-

serán en la oscuridad

vapor de las vidas que fueron

nombres olvidados para siempre.