Libro de Arena
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AMBERES. Un espacio literario

Por Raúl Muñoz Jiménez

Ahora que seremos los que somos

Meros ejercicios para reivindicar lo cotidiano.

*Fragmentos de un libro futuro

II.

Seamos francos - seré sincero -

a partir de hoy no escribiré versos ni tristes ni bellos,

no me fijaré en las rubias que pasean en bicicleta o en las que

se dan la mano,

no apelaré a la compresión ni a la tardes de domingo en el sofá,

No ayudaré a transportar maletas ni prestaré mi paraguas cuando

el tiempo lo requiera y las tabernas estén ya llenas...

Volverás a llamarte por tu nombre y yo seguiré siendo un tal Muñoz

que nació en un pueblo de dos calles del que nunca tuve recuerdo,

que un día tomó un lápiz para dejarlo a los pocos días y volver a

retomarlo - así será mientras hayan cosas que no se digan pero

se puedan relatar -

que fue para dejar de ser y volver a ser de nuevo,

aunque un tanto escarmentado.

Quizá seguiremos viendo pasar a las liebres por

delante nuestro,

Tú en la terraza de un bar y yo en otra,

a muchos kilómetros de distancia.

Ahora que seremos los que somos

Meros ejercicios para reivindicar lo cotidiano

*Fragmentos de un libro futuro

I.

Acuérdate bien que ayer le cerraste la puerta a una avispa más joven que tú y que yo.

Quizá sólo quiso picarte como otros lo hicieron en un tiempo pretérito, pero creíste que este mordisco te iba a doler, que durante días te dejaría huella.

Hace poco conocí a un cocinero que entre platos sucios y sártenes al fuego le escribe cartas a su doncella,

le dice que no la hecha de menos, porque si lo hace, que sentido tiene que estemos juntos,

apenas te conozco - le dice - pero eso me importa poco,

en el fondo ayer cumplimos sólo nueve años menos un día,

¿qué tal te ha ido el trabajo?

bien sabes que hoy como ayer, llegaré tarde,

pero confío en que sabrás dejar tus ojos ni del todo azules ni del todo verdes un poco abiertos para que pueda sucumbir a su destello,

sé que que lo intentarás anque ya estés durmiendo.

dejaré mi huella grabada sobre tu frente antes de desconectar la lampara,

sé que lo percibirás aunque ya estés durmiendo,

y a falta de souvenirs de floristeria te dejaré sobre la silla un ramo de perejíl y laurel envuelto en papel de albal.

Ni yo he sido cocinero ni tu doncella,

más bien hemos jugado a ser el cazador y la presa, o viceversa,

asfaltando caminos que ya estaban bien cuando eran de arena,

Filan amb meduses que reza una verso en catalán,

de Quito a Barcelona sin pararse a repostar,

tal vez hemos envejecido por insensatos o por incrédulos,

nunca supimos escribir cartas ni graparnos la boca a besos

¿Quién por defecto y quién por exceso?

- Que más da -

nos cubrió el polvo y ninguno supo alertar al servicio de limpieza,

descuidamos los acordes, compusimos la canción.

Me consta que al final hiciste migas con la abeja,

- deduzco que tanto llovía que sentiste pena -

que incluso la bautizaste Manuela.

Buenas noches y buena suerte.

Por cierto, al final al cocinero se le prendió una cazuela por culpa

de una gota de agua - algunos dicen que lo vieron llorar-

y aunque perdió la vista a causa del fuego,

no cesó de vomitarle bellas palabras a su doncella.

Horizontes

Crecen crías de antiguas pesadillas,

“perdóname río seco si olvidé regar tus entrañas”

sueños de ayer convertidos en amuleto,

horrores de noche para vivos y muertos,

y una calle escondida con nombre de piedra.

Riba; Tot es manca i excés.

Náufragos de un epílogo que se desvanece por instantes,

largas horas de lluvia caliente,

vana creencia en el polvo de unas costas lejanas,

leña húmeda para una nueva hoguera,

coto de moradores tocados por un brote de viento girado,

y una figura sumergida que nunca aparece.

Reguero de clemencias para el domador de fracasos,

que el aliento también tiene un precio,

sombra tras sombra, que el dolor fusila,

la inocencia se esconde, y el tiempo olvida.

Cadaqués I

Es extraño que a un momento sin testigos le suceda otro nuevo,

la confección de otro nido para las mismas aves y sus graznidos.

Pero algunos lo aceptan porque todavía les llega el rumor de las

campanas mecidas no ya por el hombre sino por su mentira.

Y en la contemplación de esas calles que se les derriten observan

quietos la soledad del trozo de mar que los vio nacer

-aún hoy escaparate de arrepentimientos tardíos y de sus objetivos-

así, dos soledades acompañadas aminoran la intensidad de su fuerza.

Hombres que en la terraza de su interior relatan instantes ya vividos

para servicios de los demás,

y sólo por confesiones, por confesiones clandestinas, llegan a susurrar,

en aquella esquina cometí el error de envejecer sin darme cuenta.

*Poema incluido en el libro Confesiones Clandestinas, publicado en el verano del 2005.

Ahora

Ahora, en esta hora calma de cojines calientes

y cortinas supuestas en el vacío,

de vientos feroces y cementerios viejos creciendo

a lo lejos por donde juegan niños y crecen flores,

de noches al fuego y humos al cielo que antes de

partir secan mirandas y construyen pasados que

nunca existieron,

de arboledas secas que se queman como se quemaron

pueblos en un tiempo tan lejano que aún lo recuerdo,

así como se perdieron ancianos en laderas desiertas,

olvidados en un pueblo sin rostro,

poetas levantando armas y escondiendo letras,

generales tensando sogas y firmando sentencias,

campesinos ordeñando vacas y cavando tumbas,

mozas lavando trapos y pariendo hijos,

soldados de paja haciendo las maletas y trazando rutas,

perdedores imaginando quimeras y pisando fango.

Pero ahora, en esta hora calma de tiempos sin remedio

y memorias que apenas se recuerdan,

de voluntarios que se atreven a desenterrar las letras que

alguien enterró junto a su propio cuerpo,

que se brinda por años decenios o centenarios sin que

las copas por quienes se festeja puedan saborear su propio aliento,

y que los hijos de los hijos que cruzaron desosegados fronteras

para no volver ni en esta vida ni en ninguna se cuelgan medallas

creyéndose héroes nadie sabe de qué.

Sólo ahora, en esta hora calma en que nuevas guerras nos

acechan indiferentes o perplejos,

se enfrían cojines que estuvieron calientes y

se disipan vientos viejos,

pero siguen creciendo firmes cementerios a lo lejos.

*Texto incluido en el nº18 de la Revista Iguazu.