La cocina de juguete
Hubo un tiempo en que Soledad Jiménez fue una niña, y como todas las niñas, tuvo una cocina de juguete. En ella se le iban las horas, preparando platos de macarrones, lentejas, arroces a la marinera, dulces tartas de chocolate o de queso fresco, con todos los enseres dispuestos en orden, palas, cucharas soperas, tenedores de cuatro púas y un cuchillo de sierra con en el que simulaba cortar el pan sobre una tabla de madera. Aunque a menudo, y cuando sabía que nadie la estaba vigilando, se buscaba el corazón con la palma de la mano - buscando ese sonido tan parecido al de un trombón de orquesta - pupum pupum pupum- y se clavaba la punta del cuchillo hasta que ya no podía ni avanzar ni retroceder. Pero pasados unos segundos, se levantaba del suelo como si nada hubiese pasado – en definitiva sólo era un juego más – y seguía preparando los mismo platos de siempre, tal y como había visto hacer a su abuela primero y luego a su madre. Sal, pimienta, una hoja de laurel y un ramo de flores, velas, trajes oscuros o negros, días grises, el coche fúnebre se aleja.
5 comentarios - Escribe aquí tu comentario
Cocina y muerte. Buena mezcla o de los ingredientes imprescindibles de la literatura.
Acabo de descubrir tu blog, y me ha encantado! Un post precioso, una manera increíble de unir la vida y la muerte en una sola frase.
Un beso muy grande, espero que sigamos en contacto!
¡Bonita fiambrera literaria!
Bienvenido a Librodearena. Seguiré tus escritos.
Me gustado tu prosa. Vida-muerte.
Saludos.-
IMPRESIONANTE TU POESÍA AHORA






