BERLÍN. Homenaje a Pedro Casariego Córdoba
*Defensor del silencio y de la creación interior, Pedro Casariego Córdoba ( Madrid, 1955-1993 ) fue pintor y escritor por una necesidad expresiva que a él le parecía debilidad, pero que le ha llevado a ser valorado como un artista de culto . Escritor complejo y misterioso - prueba de ello son los poemarios La canción de Van Horne o La risa de Diós - dio por finalizado su proyecto literario en 1986, lo que simbolizó arrinconando su máquina de escribir. El 6 de enero de 1993, concebido como un regalo a su hija Julieta, terminó Pernambuco, el elefante blanco, cuento ilustrado con el que dio por finalizada su obra gráfica y escrita. Dos días después se suicidó, o como ha escrito alguien, murió mordido por un tren hambriento.

BERLÍN.
Como un tenedor ríen las mujeres que no conocen la dirección del la belleza. La belleza vive en el séptimo piso de un templo griego. En el templo hace bastante frío. Colillas manchadas de carmín decoran inteligentemente los ancensores.
Un portero automático negro se aburre y se frota las manos. Su salario es más bajo que una lombriz de tierra.
Una longitud eterna nos rodea.
La humedad construye escaleras de caracol en la hierba, aceite tramposo en la carretera y seda falsa en las estrellas. La vida se abanica con billetes incansables. Todos volcamos venenos pequeños y azules para que nadie devore. Regresemos a la sorpresa del templo griego. A mí no me gusta nada jugar al billar americano. El pasado es un jinete enfermizo y magnífico. En este templo hace mucho frío. Los guantes de cuero del portero lo demuestran. Los guantes son las gafas de las manos. El viento es bailarín del oxígeno y huye del interior de los templos. Este templo me parece fantástico.
Una orquesta casi profesional acalla el estrépito de los ramos de flores. Ramos de flores llegados de cinco o seis continentes para festejar la perfección de centenares de vientres sensibles. Flores excitantes que ocupaban todos los asientos de primera clase de un avión que nunca supo lo que es la timidez. Apuesto una vocal a que el piloto de ese avión de guerra camuflado era una azafata desnuda como cielo de verano.
Un revolver de carácter nervioso se acaba de posar en los guantes del portero. El dueño del templo parece holandés. Trafica constantemente y su cara se dedica a enrojecer. Si yo fuera holandés me fiaría del portero. Pero no me fiaría de su revolver. Estas estatuas convertirán cualquier trigal en museo. Se multiplican en todos los pisos del museo. Dios aparecerá cuando suden las estatuas.
- Estoy tan quieto como un cartero de luna -
Pienso en el aire sanguinario que acampa en los pulmones de mi hermano.
Pienso en ti, bondadosa en los espejos y terrible cara a cara.
Me atraen los papeles rugosos y los nudillos deshojados y el sigilo de las fábricas y los finales indefensos. Y los lagos que agrandan la noche. Me llamas con el vigor de una azalea prestada.
- Salgo del templo -
Abandonado este tablero de ajedrez vertical alumbrado por testigos amarillos y alfombrado con perros de lana anestesiados. En algunos lugares la anestesia se ha convertido en la religión universal. En los añicos de la calle el esqueleto de las sombras me consuela limpiamente. Anclados en las pálidas aceras los cazadores de estatuas bostezan y estudian la sencilla anatomía de las nubes. Arriba los planetas se comunican con meteoritos largos. En el vértigo de las esquinas rugen tercamente las lavadoras de los mendigos.
Estanques incoloros en una tribu de miradas. Fuegos artificiales en los laberintos de sangre sumergida. Una calma sin piernas empobrece el calor que recorre los ladrillos y los nervios.
Las almas imitan a los aparcamientos subterráneos. Si sus secretos se pusieran en marcha nos llevarían a un reino increíble. Cada cosa estaría en su sitio.
Los trabajadores manuales lejos de las sirenas de las fábricas y muy cerca de las verdaderas sirenas. Felizmente recluidos en los imponentes sofás tibetanos de las damas del templo. Hermosas damas que se emborrachan con petróleo teñido de ginebra.
Quizá haya una para mí si no coincides conmigo. La fatiga me tumba en este jardín perfecto o en esta escombrera de cisnes encantados.
Mañana afeitaré el continuo anochecer de mi garganta. Torpes como jugadores de golf palpan el suelo mis dedos. Encima de mi las constelaciones tejen sus monótonas promesas. Mueve los abedules la ingeniería fácil que despide el paraíso.
Hay perros románticos en todos los seres de cinco letras.
No soy perezoso.
Duermo.
4 comentarios - Escribe aquí tu comentario
Una de las grandes voces españoles, junto a Leopoldo M. Panero, de los últimos tiempos. Un genio que-como casi todos los genios-terminó mal. Lo de "escribió mordido por un tren hambriento" lo escribió él mismo, talvez previsionando su propio suicidio.
Gracias por traerlo a Libro de Arena.
Hola Lector,
También yo pensé tras leerlo en incluirlo en una urna junto a Panero y Diego Medrano, en definitiva tres voces brillantes de la exclusión y la indepencia.
Saludos y hasta pronto
Hola, Raúl.
No conocía a Pedro Casariego, pero la verdad es que me has despertado mucha curiosidad. Una duda que me asalta: ¿El relato BERLÍN lo has escrito tú o es del señor Casariego? Es la leche, tiene frases dignas de las mejores novelas de Auster, Prado o Capote. Cito:
"Un revolver de carácter nervioso se acaba de posar en los guantes del portero", "En algunos lugares la anestesia se ha convertido en la religión universal", por ejemplo. Bua, pedazo de frases...
Por cierto, la descripción que has dado de Pedro Casariego me recuerda al personaje de un poema de mi admirado JULIO DE LA ROSA (hace poco escribí un post sobre él), que dice:
El señor Niemeier pinta cuadros.
Pinta cuadros que no va a ver nadie, nunca.
En la arena. Hace surcos en la arena de la playa.
Con una sombrilla. Con el palo de una sombrilla.
Dice que su trabajo consiste en no olvidar.
Y una vez que recuerda, ¡qué más da que el cuadro desaparezca!
El señor Niemeier lo denomina "pintura efímera".
Y dice que todo lo demás es vanidad.
Que el público es el cáncer del arte.
El señor Niemeier abandonó su casa en la ciudad.
Ahora vive en una caravana, en la playa.
En cualquier caso, nadie iba a visitarlo.
El señor Niemeier pinta cuadros.
Pinta cuadros que no va a ver nadie, nunca.
Saludos
Estimado Rubén,
Berlín es uno de los últimos poemas que escribió Casariego, y lo escogí entre otros por ser el que mejor se aproxima a las consideraciones que tomó el autor para acabar como lo hizo, algo así como una declaración de intenciones.
Gracias por el poema de De la Rosa, voy a leer tu post y a buscar algo más sobre él, ya que no lo conocía.
Gracias por estos momentos y hasta la próxima.






