Libro de Arena
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AMBERES. Un espacio literario

Por Raúl Muñoz Jiménez

* Polvo de sobremesa

*Escrito en Noviembre de 1998.

A todas las madres que en algún momento se perdieron,

y a todos los hijos que supieron entenderlo.

Aún era algo pequeño, no sé como explicarlo, no era un hombre hecho y derecho, pero tampoco era un niño. La medida justa de lo que yo era en aquel momento dependía de qué o quién media la edad de cada uno. Lo que sí sabía – y de eso no me cabe la menor duda- era que para mi madre era lo único que tenía, aunque me ahorraré ahora de dar detalle de lo poco que tardó mi padre en desaparecer al verme sacar la cabeza de las entrañas de quien me trajo al mundo.

Mi madre hacía tiempo que había dejado de malgastar el tiempo, se levantaba muy temprano para ir a trabajar en una modesta fábrica de tapones de corcho, y después se encerraba en casa, llave a dos vueltas, hasta el día siguiente. – Mama, ha llegado una carta del abuelo, dice que no se encuentra demasiado bien, y que quizás irá mañana al hospital. Bien – me dijo – ponla sobre la mesa.

Yo tenía el consuelo de tener dos madres, quiero decir, la mía, y Clara, la vecina del quinto, una antigua amiga de la familia, y yo subía a diario los tres pisos que separaban nuestras puertas, y allí me sentía otro, bueno, allí transcurría la mayor parte de mi vida sin que eso le importase demasiado a mi madre – a la primera quiero decir-, durante el último año había comido y cenado más veces en casa de Clara que en la mía propia, jugar, bañarse, hacer los trabajos de la escuela… incluso llorar era algo que cobrara un sentido distinto dependiendo de dónde lo hiciese. ¿Pero a quién podía contarle mi secreto?

A la semana siguiente volvió a llegar correo, - Mamá ha llegado otra carta del abuelo, dice que le operan la semana que viene de un cáncer de pulmón. Bien – me dijo de nuevo – ponla sobre la mesa.

Yo no podía ir a Clara i explicarle que me había enamorado de Dunia, su hija, ni podía enseñarle todas las cartas que le escribía pero que no llegaba a darle, pero pensé, podría contárselo a mi madre y que ella me aconsejara, o podría declararme a riesgo de sufrir el rechazo tanto de Clara como de su hija, y eso sería perder mi refugio y la amistad de Dunia, y eso con apenas trece años no era posible. Mejor así, tal y como estaban las cosas, y a buen seguro podría comerme en Navidad los postres a su lado y con un poco de suerte, incluso dormir en su misma litera. Faltaba poco para que llegase la Navidad.

Mi madre hacía días que no iba a trabajar o tal vez había cedido a él por falta de motivos, se aferraba al televisor como una mosca a la luz mientras danzaba ante sus ojos el humo de mil cigarros y no había ni dónde ni cuándo.

-Mamá ha llegado una carta del hospital, dice que el abuelo ha muerto. Bien – me dijo – ponla sobre la mesa.

Durante todo ese tiempo fui a diario a visitar a mi abuelo en compañía de Clara y Dunia a la salida del colegio. Él sabía que estaba en la taquilla del tren de ida, pero tampoco le daba demasiada importancia, me decía que él ya había cumplido con lo suyo, y que ahora le tocaban a otros llorar y reír como él lo había hecho durante tantos años.

Cuando al fin le confesé a mi madre una tarde de mayo mi amor por Dunia, me repuso con un tímido timbre de voz… Bien, ponla sobre la mesa.


3 comentarios - Escribe aquí tu comentario

lo dijo Zarza 16 Septiembre 2007 | 07:16 PM

Estremecedor, tanto si lo lee una madre, como si lo lee un hijo.

Me ha dejado un nudo en la garganta.

Saludos.

lo dijo Raúl 16 Septiembre 2007 | 07:26 PM

Hola Zarza,

Muchas gracias por tu elogio.

Muchos recuerdos.

lo dijo Amira 23 Septiembre 2007 | 02:42 PM

Que lindo relato... yo que fui hija y ahora soy madre.

Me hizo temblar.

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