Tan solo quieren minarnos las entrañas
con excrementos, lapidarnos los ojos
frente al televisor, conducirnos con infrarrojos
al desperdicio, fusilarnos de metralla
por el páncreas…
Una sola voz sin tu debida cuenta
permanece inmensa a pesar de todo.
En sus paredes la memoria retumba
a golpes de timbal de guerra,
a sed de rabia seca.
Allá permanecen los héroes,
encerrados en vitrinas de museos
con camisas de fuerza
donde las sombras descansan
sobre lechos de libros empolvados.
Tan solo buscan amordazarnos el corazón
a base de hipotecas, encadenarnos con púas
a un bostezar infinito, y morir, morir
sin la dicha de haber vivido.
Soy una sola voz que no tiene nombre,
ni fuerza, ni alma alguna,
para levantar esta condena.
Allá siguen los héroes
con la desdicha entre sus huesos
de no poder clamar victoria
en este presente incierto
porque el presente no es cosa de uno,
sino cosa de cientos.

...Ha empezado la tragedia, yo nunca debí beber de su sangre para ser poeta... pero todo empieza... y el telón sube por el cielo gris de la ciudad... Aunque no lo creas hay ojos que te persiguen en la oscuridad de la noche... bebe un trago de mi sangre... sobrevivirás al menos... y tómate la vida tranquilamente...como una nube blanca que juega en el cielo a ser libre... Ahora todo es distinto... sí... no hay nada hermoso por lo que llorar... no he perdido nada porque no he tenido nada, ni siquiera hagallas para suicidarme. This is the end of life, my friend, pero no llores, aún no perderás nada que te alegre por estar vivo, "y la vida es dura/ trágicamente seria". Pero no temas, sólo te dejaré respirar por un segundo, estoy febrílmente enfermo, serenamente loco, poseído quizá por todo lo que ido tragando en esta vida, pero no temas, será mañana cuando te deje muerto sobre la acera, y tendrás todo el tiempo para jugar a ser angel. Sea bienvenido al reino de los engreidos, ya no te hacen falta alas, escupe la bomba de Hiroshima que se te quedó clavada en la garganta, y canta conmigo, pero en silencio. Ya lo sabes, This is the end, the end of life. Y mañana borraremos del mundo la desdicha de hoy, y nada perderemos porque todo está perdido.

Existe un espacio vacío
entre mi cuerpo y el tuyo
sin dimensiones
y sin tristezas;
espacio que varía según sus complicados mitos,
sin retornos,
ni apariencias sensibles.
Espacio monótono como un reloj de cuerda,
sencillo como la música que no deja de sonar
(aún sin haber nunca nacido
el son del frenético Jazz);
espacio inextinguible
donde alguna vez nació el delirio.
Hete aquí, dulce vida, uva madura,
que mi sombra me dejó
acercándose más al espacio adimensional
donde nunca construiremos el amor
(entre tú y yo: deja que el amor
te asfixie con su soga de romanticismo...)
Ves que mi sombra
planea
mi estúpido asesinato.
Y el espacio que me distancia de tu cuerpo
es el espacio
del asesino de zapatos negros..
La mañana alcanzará su reino
con su amenazante luz,
cuando aún bostezan los edificios negros
un cansancio de hormigón.
Un perro obsequiará en un futuro próximo,
tan próximo como el pánico,
su última canción a la Luna...
Bostezarán todos sobre mi asesinato
Bostezarán todos y todas
TODAS Y
TODOS
con sus equipajes para el último viaje.
Y mi sombra abrirá su risa
en el espacio
de las dimensiones
muertas.
En la montaña, lengua de nube,
pincel blanco, sombra de nieve.
Una tarde de siempre, de nadie,
tiritando de frío por calles desiertas.
En el mar, galera de olas,
súbito azul verdoso, sombra de agua.
Una tarde de nunca, de todos,
tiritando de frío por calles desiertas.
En el cielo, ¿Qué en el cielo?,
solo las estrellas lo saben.
Una tarde que a veces no pasa,
tiritando de frío por calles desiertas.

....Preciso ser inocente como un niño, para prescindir de la
vieja y constante filosofía de los muertos;
muertos que andan sin rumbo, seguros de la vejez próxima.
....Amar desde mi sucumbida estatura de tímida altura para encontrarme frente a las cosas tal como son, sombras eternas;
sombras que se levantan del pensamiento inseguro.
....Ser amado por el embarazo materno y nacer nuevamente como un suicida, sin metafísicas ni pensamientos platónicos;
eso es vivir en la constancia, vivir antes del parto.
....Nunca mirar con ojos melancólicos a la noche fría porque es lo único que me congela como la multitud del presidio;
multitud que obstruye en mi difícil tarea de acabar con todo.
....Acabar con lo establecido y establecer una nueva dictadura dentro de sí mismo, porque qué somos sino dictadores de nuestra libertad propia, libertad esclava de uno mismo.
....codiciar el aliento fétido del borracho, el abrazo de la pareja que se pasea con la tristeza de un violín roto;
porque yo soy inmenso, tan inmenso como el universo.
....Matar a Rimbaud es demasiado fácil, ¿por qué no matar a la persona que llevas dentro y hacer poesía con su sangre?
Sería, sin duda, el poema de los malditos, el poema eterno.
...Nunca la Luna ha sido tan escupida como en este siglo ... y los agonizantes gritos de garganta, gritos de infarto y de fiebres en un hospital de mala muerte, cantan a la Luna. Luna que no existe.

Por calles que eran días
no buscaba el sol, ni el incendiario cosmos,
ni siquiera una esquina para prostituir al tiempo.
Tampoco era necesario el verso ni engrandecer la existencia,
o caer acaso en la fatiga del pensamiento.
Era simplemente cruzar sin mirar apenas,
desafiante en todo momento,
aunque sin el deseo de una posible desgracia.
La ciudad era inmensa,
con estaciones que pasan,
con veranos sedientos en postales de sirenas,
con la boca del metro,
con una vía láctea de neón
bajo el suelo,
bajo el asfalto…
El amanecer entonces no importaba nada como tampoco importa ahora.
Alguien me llamaba de vez en cuando
para llamar también de vez en cuando a alguien
descubriendo quizás la humillación propia de uno mismo.
Por calles que eran días no había nada,
la ciudad reptaba
con sus ruidos de ascensor viejo,
de vientres desalojados,
pensando quizás
en caminos nuevos donde asediar a una nueva sonrisa.
Por calles que eran días yo no era un presente
sino un secuestro sin esperanza de rescate,
pero eso sí, desafiante en todo momento,
con pistolas entre las cejas, por si las moscas.

Una nube envolvía a toda la ciudad por la tarde, justo cuando comenzó a sonar el teléfono con un ruido insoportable. ¿Quién será? me preguntaba mientras descolgaba el auricular. Por la ventana podía mirar cómo la nube se movía con su negra melena de agua y de electricidad, amenazante.
¿Sí?, ah, mi querido amigo, cuánto tiempo. No, no, aquí el tiempo es formidable. ¿Cómo? ¿Que en el pueblo lleva días con una lluvia de mil demonios? No, aquí no. Si te dijera que desde mi ventana puedo ver un sol fantástico, y que aún hay bañistas apurando los últimos retazos del verano, no me creerías,¿verdad?... Sí, lo sé, pero el hecho de que sea diciembre no importa... los meses son los meses, y las estaciones, estaciones. Y si las estaciones no cuadran, ¿qué le vamos a hacer? (al decir esto, un impetuoso tronido interfiere en la conversación) Qué... No,no. Habrá sido un choque... Eso... un accidente... ¿que te parecía un trueno? Pues ahora que lo dices, sí que lo parecía, pero te aseguro que es un accidente. ¿O te tengo que recordar que vivo en una ciudad? Sabes perfectamente que en la ciudad ocurren muchos accidentes al cabo del día... Empiezo a pensar que no me crees, querido amigo. En fin, ¿qué le puedo hacer yo? Imagínate que soy yo el que llama y comienzo a dudar de las lluvias del pueblo... ¿Que es verdad? ¿Y cómo podrías demostrármelo? Bueno, dejemos el asunto, tampoco es tan importante, allá tú si me está mintiendo. Cuéntame, ¿Cómo andan las cosas por el pueblo? ¿Mal? ¿Que han muerto tres en esta última semana? Ah, sí, lo conozco... ajá... ajá... Vaya, del corazón. Aquí también se mueren muchos del corazón, aunque la mayoría de los que mueren en las ciudades, prefieren la muerte por cáncer, o por accidente automovilístico. ¿Qué dices?... ¿Que la gente no decide cómo morirse? Eso ya lo sé, mi buen amigo, pero de alguna manera, nuestro subconsciente nos va advirtiendo de nuestro destino. ¿No me crees, verdad? Pero sigamos. Faltan dos más para acabar con las necrológicas del pueblo... ¿El párroco también? Bueno, ya era algo viejo el pobre hombre.... Ah, que ha muerto de un accidente en la iglesia... ajá... ajá... Esta muerte no me parece muy normal. Me acabas de decir que murió aplastado por uno de los santos de mármol de la iglesia. ¿Te parece a ti normal? Ah, que no es la primera vez que ocurre (la nube vuelve a quejarse, parece que no le guste mi conversación con mi amigo) ¡Vaya, espera un momento, que apago el televisor! ¡Menudo ruido! (Hago ademán de alejarme del auricular y finjo apagar el televisor) Bueno, ya estoy de vuelta. Me decías que no era la primera vez que ocurre que un santo aplasta a alguien. No. Si ya lo digo yo. Es que tampoco hay que fiarse mucho de los santos, ¡por muy santos que sean! Está bien, me callo. ¿Y la otra víctima de la semana, la conozco? ¡Ah, sí, sí! Esto sí que no me lo esperaba. La señora marquesa. ¿De pena quizás? Ah, suicidio. Ahora lo llamamos de este modo. ¿Que se volvió loca? No me digas que tú también piensas esto. Yo digo que la marquesa ha muerto por insatisfacción sexual... ¿Pero por qué te ríes ahora?... No digo que no, ya sabes que yo y la marquesa fuimos amantes, de esos locos amantes de antes como los que shakespeare describe en sus obras. ¿Té vuelves a reir?... ¡No!, ya sé sobradamente que mi físico no es para nada romántico, que ni mi panza ni mi cara bobalicona y amofletada se parecen en nada a la figura de Romeo. Pero para la señora marquesa sí que le fui un ideal vasallo enamorado, y no pienso discutir contigo si lo que tuvimos la señora marquesa y yo fue o no real.... ¡Eso, dejemos el tema así! No obstante, mi querido amigo, ¿no te parecen demasiadas muertes en una sola semana? Ah, que solo mueren los que están vivos. Pues muy pocos vivos van a quedar si seguimos así... ¿Y no será una estrategia del ayuntamiento para no colapsar el censo?... ¿Una locura lo que te he dicho? A mí no me parece una idea tan descabellada, sería como en la ciudad, que cuentan hasta los muertos con tal de seguir siendo ciudad, y no pasar a ser pueblo. ¿Que mi idea es estúpida? Pues, ¿sabes lo que te digo? ¡Al cuerno tú con tus noticias necrológicas!
Al colgar el teléfono, la nube vuelve a quejarse y comienza a caer la lluvia sobre la ciudad. Me acerco al espejo, miro mi cara amofletada, y siento que alguien por dentro me llama. Un ruido de alcantarilla interfiere en mis pensamientos, mientras el teléfono suena nuevamente, pero esta vez prefiero no hacerle caso, y me vuelvo a mirar con el presentimiento que quien mira realmente es el otro detrás del espejo.
Un grupo de trabajadores vestidos de uniforme azul, gorra de tela, y con guantes amarillos, casi en ritual ensayado, se dirigía hacia la fábrica por el bosque de manera silenciosa, apenas sin hablar entre ellos, adormecidos unos por la fatiga, otros por la morriña de una digestión pesada. Todos caminaban cabizbajos. Atravesaban el viejo bosque por el camino más largo; pero el más agradable. Unos árboles centenarios coronaban las lindes del camino formando con sus ramajes, hermosas figuras de luces y sombras. La ciudad quedaba a espaldas del grupo, cada vez más pequeña e insignificante. Llegaron al centro del bosque, donde descansa un ficus centenario, entre dos sauces, cuando un débil maullido de cachorro alertó al más rezagado de la cuadrilla de trabajadores. Éste se acercó al tronco del árbol separándose de sus compañeros, intentando divisar entre los ramajes enormes el origen de aquellos suaves quejidos parecidos a un bebé. Se entretuvo por buscar por todos los recovecos que las raíces formaban, pero por mucho que se acercara al posible foco de los diminutos maullidos, no llegaba a ver lo que el pensaba que pudiera ser un gatito abandonado. -Qué extraño- se dijo después de haber rodeado tres veces al tronco del árbol-, parece como si maullara desde las raices.- Entretanto, un anciano llegó al lugar, que hacía su paseo rutinario de la tarde, y se sentó sobre una piedra, con la intención de descansar unos minutos.
-La verdad, muy extraño- volvió a decir el joven, pero a bocajarro, con la descarada intención de ser escuchado por el anciano. Al ver que no dio resultado, lo intentó nuevamente, aumentando aún más el tono de voz.
-¿Decía usted algo, joven?- le preguntó sobresaltado.
-Digo que es muy extraño. Llevo unos minutos buscando al pobre gatito que está maullando, y no logro encontrarlo- explicó a voz alzada mientras seguía rodeando al ficus, aún más nervioso. Los maullidos desesperados, parecían envolver al enorme árbol. Pero el anciano, en vez de contestar, comenzó a reírse como si le hubiera contado alguna broma.
-No se canse- dijo el anciano, después de reponerse del ataque de risa-, en realidad no hay ningún gato maullando. Esos chillidos que usted oye como lloros felinos, son los quejidos del propio árbol, que ya está viejo como yo, y busca mil maneras de llamar la atención. En este bosque pasan muchas cosas extrañas. Los sauces que usted tiene justo a su espalda, si los acaricia con suavidad, se mondan de risa- explicaba el anciano al joven, que le iba mirando con ojos de incrédulo-. Si no me cree usted, no pierde nada en intentarlo. Acércese al sauce y acaricie sus ramas.
El joven se acercó lentamente a uno de los enormes sauces del bosque, acercó la mano izquierda a la rama más cercana, y al tocarlo suavemente, todo el árbol comenzó a agitar sus ramas, hasta que una de ellas apartó al joven de un certero golpe tan fuerte que quedó sobre el suelo. El anciano volvió a reír mientras los ramajes del sauce iban tranquilizándose.-¿Me cree ahora usted?- preguntó el anciano al joven mientras éste se incorporaba del suelo e iba azotando el uniforme con las manos para dehacerse del follaje. -Obviamente, este bosque está algo embrujado- le contestó algo nervioso. De pronto, la sirena de la fábrica comenzó a llamar a la cuadrilla de trabajadores. -He de marcharme- expresó de inmediato al oir la sirena. El joven se despidió del anciano, y comenzó a correr camino hacia la fábrica. Una manta de humo negro que surgía de sus chimeneas iba cubriendo a todo el bosque. Los sauces continuaron riendo desconsolados con sus ramas tendidas, y los maullidos del ficus se hicieron más vigorosos. En pocos minutos, una lluvía débil caía sobre el bosque como alfileres, y el joven ocupó su puesto de trabajo en la central nuclear de la ciudad.
