Apresurado y nervioso, el pequeño Carlos se acercó a su abuelo, que ya estaba azuzando las brasas del fuego a la orilla del mar. Una suave brisa peinaba el agua salada formando pequeñísimas olas. El abuelo cogió al pequeño en brazos y lo miró con ternura mientras Carlos le iba diciendo con palabras entrecortadas, casi sin respiración, que había visto la torre de un castillo en el mar.
¡Es allí, abuelo, justo allí, ¿la ves? -y señalaba con su dedito al horizonte-.
¡Ah, es eso! -le contestaba aliviado, porque era sabido por todos que en aquella zona sucedían a veces cosas extrañas- No te me apures, hijo, aquello que ves es solo el viejo campanario del pueblo que duerme bajo las aguas del mar.
¿Un pueblo bajo el agua? -le preguntó dándole a entender que no le creía demasiado- ¿Y cómo vive la gente bajo el agua? -El abuelo rió a carcajadas y le contestó inmediatamente que no era posible que viva nadie en un pueblo de agua, que por desgracia el hombre no tiene branquias, al igual que tampoco tiene alas para poder volar, y por lo tanto, no le queda otra que vivir en tierra.
-En realidad, en aquel pueblo solo viven los peces, las algas, y el coralero.
El abuelo vio que el pequeño Carlos se quedó pensativo, y antes que le volviera a preguntar ansioso y con brillo en los ojos quién era el coralero, decidió por contar su historia.
-Hace muchos años, cuando tenía tu edad, yo vivía en este pueblo, con otros muchos más, además del coralero. Por si no lo sabes, el coralero bajaba al fondo del mar, y recogía unas hermosas ramas rojizas, muy valiosas, que se llaman corales -el niño lo miró e hizo burla para darle a entender que no era tonto-. Vale, perdona. Lo que te quería contar en realidad, es que, antes de la catástrofe, el coralero había denunciado la poca atención que los del pueblo iban teniendo con el fondo del mar. Se quejaba que cuando bajaba a las aguas, estaba todo sucio, lleno de escombros, de electrodomésticos... que, de manera inconscientes, tiraban los vecinos. Pero sus quejas no sirvieron para mucho, y con el paso del tiempo, el coralero se obsesionó de tal manera que pasaba más tiempo entre los peces que entre los humanos. Cada vez hablaba menos, y la gente empezó a tomarle por loco.
-¿Y qué más, qué más? -Le preguntaba Carlos, impaciente.
-El coralero ,con el tiempo, perdió la cabeza. Así lo creyeron todos, hasta que un día apareció cubierto totalmente de escamas. Los vecinos pensaron al principio que era un disfraz, pero al verlo más de cerca, descubrieron que incluso le habían crecido branquias por el abdomen, que los dedos estaban unidos por una piel cartilaginosa, y los labios eran más carnosos. El coralero advirtió al pueblo que si seguían tirando basura al mar, ocurriría un desastre. Todos, sin embargo, a pesar de lo sorprendente que pudiera ser su aspecto, hicieron caso omiso a sus palabras. El coralero volvió al mar, y el pueblo prosiguió con sus labores. Pero una noche, cuatro años después, cuando todos dormían, la tierra tembló con fuerza, el mar levantó sus aguas formando una enorme ola de quince metros, y en cuestión de minutos, el pueblo quedó totalmente inundado.
-¿Y tú, cómo te salvaste? -le preguntó entonces el pequeño Carlos.
- Yo me libré porque unos días antes, mis padres me mandaron a la ciudad por cuestión de negocios- le contestó, abrumado y triste. Y mientras contestaba, pensó en si había obrado bien contando aquella historia. O si debió decirle a su nieto que en realidad aquel mar no era un mar, sino un pantano; y que el pueblo desapareció por el capricho de un hombre, al que le importaba un rábano la vida de los vecinos.
Apenas son las nueve de la mañana, y ya el sol amenaza con un calor agonizante. Bajo del autobús, cruzo al otro lado de la avenida apresurado por el semáforo que empieza a guiñar a mitad de la carretera, y comienzo a caminar calle arriba hacia la pequeña plaza del centro urbano. Lo lógico, en esta época de verano, sería ir caminando por la sombra, pero los turistas se empecinan por ir por el lado del sol. Esto me hace pensar que, en realidad, en sus tierras del norte, tienen encarcelado al gran carro de fuego que conducía Apolo para evitar desastres como los provocados por Faetón. -Por eso vienen aquí, a disfrutar del sol que ellos temen-. También caigo en la cuenta de que sus sombras son más alargadas que la de los habitantes de esta ciudad del sur. Pienso entoces en la importancia de poseer una sombra propia pegada en los zapatos, prueba irrefutable de nuestra existencia en este mundo. -¿Y si un día me desprendiera de mi propia sombra?- me pregunto. Nadie en mi interior me contesta. Por lo tanto, sigo.
Atravieso la gran Plaza de la Constitución, miro el reloj de la plaza y me contento al ver que aún me quedan diez minutos para personarme en el trabajo. LLego a la pequeña plaza Uncibay y entro en una pequeña cafetería donde sirven todas las mañanas los mejores churros de la ciudad. A pesar del bullicio, encuentro un huequecito en la barra. Tres camareros trabajan animosamente detrás de la barra; dos jóvenes, y un hombre entrado en años, que, al parecer, es el dueño. Pido exactamente un cortado en vaso con la leche fría, y me lo sirven al momento.
Un camarero entra y sale con una bandeja mientras canta a voz abierta las comandas de las mesas que hay dispuestas en la placita. Mientras bebo el café a pequeños sorbos, centro la mirada en una pequeña salamandra de gas al fondo de la barra. En la base, unos panecillos abiertos van tostándose lentamente bajo una nube azul monótona y constante. -Pronto se llenará la playa de panecillos- me digo. Me imagino a los playeros preparándose el terreno, montando las carpas, abriendo las tumbonas plegables de colores chillones, y empapando a los críos de crema solar anticancerígenas. Imagino además la nevera portátil, el televisor y el mp3, la mesa de pic-nic, los bocatas de chorizo, y el litro de sangría para el marido. El camarero joven saca los panecillos tostados, e inmediatamente introduce unos panecillos más en la salamandra. Acabo el café, dejo un euro sobre la barra y me dispongo a salir de la cafetería.
Ya en la plaza, fuera de la cafetería, comienzo a caminar a paso ligero hacia el lugar donde trabajo. El calor se hace cada vez más notable. -A Dios se le ha ido la mano hoy con el gas- me digo con una sonrisa burlona, justo en el instante en el que llego al lugar del trabajo. -Buen provecho, cabrón- y entro en mi despacho. 
Aquella mañana en que Mario se decidió por fin cesar en su trabajo como cajero del centro comercial el cielo amenazaba con una fuerte lluvia. Había agarrado el paraguas, tomó el autobús de siempre, y se plantó justo a las nueve de la mañana en el despacho de su jefe más directo, con la carta de renuncia en mano, y con la firme decisión de mandarle al cuerno. Obviamente aún su jefe no había llegado a su puesto de trabajo, y no tuvo más remedio que esperar en el pasillo, sentado en una de las butacas de cuero negro que había frente a la puerta del despacho. Entretanto, se dispuso a hojear algunas revistas del corazón con tal de no sentir el peso de la pérdida de tiempo; aunque lo hacía más bien por no volver a pensar en las consecuencias de tal decisión. Mario mostraba sus nervios en la manera en que pasaba de una página a otra de la revista, sin apenas leer los encabezados, sin tan siquiera fijarse en las fotos de las hermosas modelos; miraba al reloj que colgaba en la pared y que le decía que a veces el tiempo no pasa, o pasa más lento que otras veces. A los cinco minutos llegó un joven, se sentó a su lado izquierdo; y justo después, una chica ocupó su lado derecho. Ambos cogieron una revista y plantaron la mirada al vacío de las noticias de salsa rosa. La chica carraspeó un poco, como si estuviera preparando su voz para un concierto de ópera. Al chico se le notaba más nervioso todavía por su incesante movimiento de la pierna derecha, que parecía componer un ritmo acelerado de rock. Mario conocía al chico de la pierna floja, era el reponedor que siempre se llevaba unas broncas de aquí me quedo por llegar tarde. En cambio, a la chica no la conocía en ninguno de los aspectos. -Seguramente trabaja en la segunda planta- se dijo, pensando en la de veces que había visto cómo un grupo de chicas coquetas subían a la sección de lenceria.
El tiempo parecía no cambiar. Las nubes iban concentrándose cada vez más sobre la ciudad y Mario seguía en el pasillo esperando la llegada de su jefe. Había pasado media hora y aún no había rastro de aquel cabrón de pelo engominado y de mirada altiva. Tanto la chica como el chico se mostraron aún más nerviosos cuando se percataron que faltaba tan solo unos pocos minutos para las diez, justo la hora en el que los barrotes del centro comercial se alzaban como si fueran banderas, y justo además la hora que debían pasar sus correspondientes tarjetas por la máquina del personal. Sabían que si no lo hacían serían penalizados de manera automática. La chica volvió a carraspear, dirigió su mirada a ambos lados del pasillo, y casi sin despedirse, se levantó del sillón y marchó con paso ligero hacia el hueco del ascensor. A los pocos minutos, el chico dejó por un momento de mover su pierna; cerró la revista con una tranquilidad sospechosa, miró por última vez las manecillas del reloj y salió corriendo bruscamente. Nuevamente Mario se quedó solo en el pasillo, frente a la puerta de su superior, aguardando con su carta de dimisión como si se tratara de un puñal afilado...
El centro comercial abrió sus puertas a las diez en punto, como suele acontecer los 365 días del año, sin excepción alguna. Música de fondo. Familias paseando de un lado a otro, aparatos inútiles caras sonrientes con chaquetas de color burdeo. Una chica simpática que te habla de las ventajas del nuevo móvil modelo 4324, un chico que repone los lácteos; carros en fila cargados de comidas... y al fondo, Mario en su caja: piensa en lo triste que es tener miedo a ser libre mientras tira su carta de despido al pequeño cubo de la basura.
Un crujido de nubes dejó al centro comercial totalmente a oscuras y la lluvía comenzó a caer con tristeza sobre la ciudad. 
Acostumbro a coger el bus urbano justo cuando el sol está encima de nuestras cabezas. Casi siempre aguardo su llegada en la parada del parque, que está a dos calles de la librería en la que trabajo y es, a mi parecer, el camino más corto y el más recto. El camino está cubierto por una hilera de árboles centenarios, que hace de bóveda, impidiendo el paso violento de los rayos del dios Ra, que es el dios del sol, según la mitología egipcia. Tardo no más de cinco minutos, y casi siempre encuentro la parada vacía, por lo que me libro de hacer cola, algo que creo que es muy de agradecer. Mientras espero el bus me contento con ver los cruces de vehículos que pasan como locos por llegar a una meta inexistente; a veces concentro tanto la mirada en la carratera que me da la sensación que los vehículos invaden mi retina y chocan en mi cerebro; pero en realidad siguen ahí fuera, pestañeando con sus sonidos ensordecedores. La calle es una avenida amplia de dos carriles para cada dirección y parte en dos el parque de la ciudad, y más allá del parque, tres enormes grúas de carga y descarga, en los límites del puerto, demuestran mi diminuta insignificancia en esta vida. -Pero yo, al menos, respiro por mi cuenta- me digo. El bus llega justo en este instante en el que comienzo a decirme tonterias.
El conductor me mira con un poco de descaro en su sonrisa medio forzada; no sabe si saludar o callar. Quizás ni siquiera sepa el camino correcto para salir de la ciudad, que siempre hace el mismo recorrido porque en realidad es el único que sabe. Quizás sea eso. Le doy una moneda y me permite entrar al interior. Me siento casi al fondo en el lado izquierdo para resguardarme de los rayos del dios egipcio que sigue arriba, y me dispongo a leer algo de poesía para abrir el apetito. Bueno, más bien lo hago por no mirar a la ventana, porque lo que se ve ahí fuera no me llama la atención, salvando algunas ninfas que hacen perder el hipo. No obstante, hoy prefiero leer unos poemas de un viejo amigo que acaba de publicar su primer libro. A la siguiente parada, una marabunta invade todo el autobús y una señora entrada en carnes ocupa el asiento de mi lado derecho. Saca su abanico de un bolso negro y comienza a agitarlo con fuerza. La sensación de brisa sería agradable si no me sintiera abrumado por el movimiento efusivo de aquel abanico. El conductor sigue con la sonrisa medio forzada mirando cómo entran los pasajeros; pero doy en la cuenta que nadie baja del autobús. Seguimos la ruta y en la siguiente parada, suben unos cuantos pasajeros más, y sigue sin bajar nadie. La señora comenzó a toser fuertemente mientras seguía abanicándose, también con más fuerza. A mitad del trayecto, el autobús estaba completamente inundado de gente, todas amontonadas unas contra otras. Ya no me era posible ver al conductor de ninguna manera, y los movimientos de abanico eran cada vez más violentos. Quizás me equivocara de autobus, tal vez aquel conductor de la sonrisa medio forzada sea más listo de lo que parece. Eso es, en realidad el conductor no es tal, sino un transportador de almas al otro mundo, el dios Caronte, y que nos lleva a todos al infierno a freir puñetas. Y mientras pienso esto a la mujer le da un ataque de tos tan fuerte que no me queda otra que preguntarle -¿Se encuentra usted bien, señora?-.

Aquel que cruza la calle, vestido de lino blanco como visten los latinos, y que lleva una bolsa con un cartón de vino tinto en una mano y la funda de un violín en la otra; aquel hombre de no más de cincuenta años, moreno, pelo corto, de estatura mediana, que se va acercando algo corvado y haciendo eses como si fuera borracho; aquel que le dicen que se parece a un ángel pero molido por el peso de las alas, que le dicen que está loco porque se desnuda en el andén de las costumbres, que le dicen que no es de este mundo porque tiene los ojos siempre llorosos y también porque parece como si te hablara en versos tristes y termina uno llorando con él todas las desgracias del ser humano. Aquel que abre el cartón de vino y ofrece un trago a un vagabundo que siempre está en la plaza, y que luego mira el baile de las palomas para hacer tiempo y presentarse ante el paraíso con un poco de heroína mal cortada... aquel príncipe desgarrado de los paraísos celestiales y terrenales, que ya pasea con los andares de un velatorio y grita a veces la premonición del fin del mundo, y que se siente príncipe al clamar un trozo de felicidad al kiosquero de la esquina, y que se siente poeta entre novísimos presumidos, y que se siente niño a la vera de los políticos. Aquel que describe en su violín la sinfonía de los árabes, y mancha el cielo de una música parecida a los cantos de los gatos bajo la luz de la luna... Aquel que baila sobre las cenizas de una civilización perdida y clama al reino de los califas su triunfo sobre la faz de la tierra... Aquel, te digo, que lo ve todo en claro, pero nada importa, es quien abraza la espada y desenfunda el corazón por todos y por nadie...
A Alí Yibril (Javier Espinosa), poeta y príncipe de la luna.
Una gran maraña de andamios metálicos comenzaron a surgir con rapidez, ocultando las fachadas de los edificios del centro de la ciudad. Nunca llegaron a pensar que la decisión de pleno de aquel fatídico 14 de abril pudiera llegar tan lejos. Una simple reforma, un breve repaso urbanístico con la intención de acomodar las viejas ruinas a la máquina infernal de la modernidad. Pero todo estaba pensado más para limpiar las calles de vagabundos, de los sin techo tal y como ellos los llaman, y dejar al centro hermosamente recreado para un buen paseo turístico. El alcalde se sintió satisfecho por la decisión; y los encargados a realizar las obras comenzaron a idealizar sus sueños creativos e imaginar unas estructuras de cemento y acero con los que representar al nuevo mundo, a la nueva era. Por lo visto, no todos estuvieron de acuerdo, hay siempre un pequeño grupo que pone el aceite al fuego, y mide con prudencia las inconvenientes de las reformas. Sin embargo, como suele ocurrir en estas democracias representativas, la minoría quedó oculta entre sus escaños, ridiculizados por una mayoría aplastante, que se mofa de tener la razón y de sentirse poseedor de la verdad suprema. Así pues, comenzaron a levantarse un gran número de barras y de láminas metálicas, cada vez más altas, y que luego cubrieron con enormes redes de tela de un curioso color verde aceituna. Pero entre los encargados no había un consenso con los métodos urbanísticos, y para agilizar aquellas discrepancias y desavenencias, el ayuntamiento decidió dividir el trabajo en varias áreas. A los encargados les pareció bien tal decisión y prosiguieron sus respectivos trabajos. Unos formaron el área de demolición urbanística; otros, el área de construcción; y había además un último grupo, que formaba el área de mantenimiento arquitectónico. Una vez distribuidas las distintas funciones de cada área, comenzaron pues a la labor intensa de reconstruir un centro moderno respetando las huellas de un pasado que alcanza hasta la época fenicia. Pasó el tiempo, y los constructores de cada área realizaron una serie de bocetos con los que realizar aquellos sueños. Dieron por concluido el proyecto y comenzó entonces la obra. Los del área de mantenimiento colocaron varios andamios en distintos lugares del casco antiguo de la ciudad. Para ello tuvieron que cerrar la calle principal en ambas direcciones. Los del área de demolición colocaron otros andamios con la intención de preservar las hermosas fachadas del s. XIX de las casas señoriales; y los del área de construcción colocaron unos andamios más para la posterior obra de recomposición. Sin embargo, los del área de construcción notaron que para poder trabajar con más eficacia, habría que colocar otro andamio más que uniera con el de los del área de mantenimiento; y los del área de demolición alertaron que unas vallas dispuestas para la muralla de la alcazaba, no cumplían suficientemente los requisitos de seguridad establecido por el ayuntamiento, y que habría que reforzarlos con unas estructuras más complejas. De este modo comenzó cada área a hacer y a deshacer por cuenta ajena estructuras metálicas hasta que se consiguiera lo deseado. Pero ese día no llegaba, y cada vez el centro parecía más a un laberinto de ferias. Los comerciantes de la zona tuvieron que cerrar sus pequeñas empresas porque el centro se convirtió en una zona intransitable, y los paseantes de turno desaparecieron de la ciudad. El alcalde decidió presentarse en persona junta a su séquito de concejales, de guardaespaldas y asesores de imagen. Al llegar al centro, un enorme andamio ocultaba la hermosa fachada de la Catedral. Allá donde dirigiera la mirada, una telaraña de hierro ocultaba enteramente a la ciudad. Nadie paseaba por las plazas, ni siquiera un extranjero con la mochila y la guía turística. Los establecimientos estaban todos cerrados. Era una ciudad deshabitada. Tan solo un círculo de personas alrededor de un pequeño fuego parecía pasar el rato sin importarle ni lo más mínimo aquel paisaje de metal. El alcalde se acercó a ellos junto a la marabunta de acompañantes enchaquetados que parecía no separarse nunca de su sombra. De este modo se dio cuenta que quienes quedaron en aquella zona fueron precisamente los ignorados del proyecto, los sin techo. Uno de ellos se acercó al alcalde, lo miró despreocupado, con la sonrisa eterna de los que ya lo tienen todo perdido, y le ofreció un poco de su vino de cartón. Aceptó la invitación como una derrota, miró a su alrededor, y rió poseído por la locura. Se acercó luego al calor del fuego, agitó sus brazos, y ordenó a su séquito que se marchara. Al mes siguiente, un nuevo alcalde fue elegido por el pleno, mientras que el grupo de los sin techo cantaban y bailaban en el paraíso de las ruinas metálicas. Uno de ellos, con una chaqueta sucia, reía sin parar con la locura encendida en su mirada. 
Cada gota de sudor que caía de sus brazos era una condena, una forma más de sentirse sucio, una rabia contenida que caía al vacío. Aún podía sentir los latidos acelerados de su pulso contorneando el gatillo; aún el olor a pólvora se expandía por el aire agarrándose a los muebles, inyectando su presencia por los rincones de la sala. Pero él prefería quedarse quieto, recuperar el aliento, con la mirada al suelo, con una mirada apagada de cualquier lumbre viva. En sus oídos parecía como si hubiera quedado grabado el disparo, un eco interminable que le atormentaba, que le acusaba por siempre. Apenas percibía cómo la mancha roja iba alargando sus dominios conquistando lentamente las baldosas blancas del suelo. Apenas apreciaba la seriedad de ese oceano tan rojo, cada vez más océano, que se extendía por el centro del comedor. Prefirió mirarse las venas que se mostraban en la piel de sus brazos. Observar la pistola, que aún mantenía el calor de la ira. Prefirió contar los últimos segundos que habían pasado. Lo prefirió todo, antes de decidirse por enfrentarse a lo evidente, antes de recobrar la cordura y mirar frente a frente el efecto de su locura. Sin embargo, era imposible evadirse. El océano rojo, cada vez más denso, se acercaba más a sus pies, amenazante; y en los tímpanos el eco del disparo le consumía con creces. Apartó la mirada del suelo y la dirigió hacia la ventana. Al principio sintió un escaso alivio, pero en apenas unos minutos, los muebles comenzaron a delatar su falta; no solo los muebles, sino también las paredes. Empezó entonces, a respirar intensamente, a jadear como un animal enfurecido. Los músculos volvieron a sentir el tedio, a tensar el destino, y gritó. Un grito seco, que luego se hizo llanto. No tuvo más remedio que regresar la mirada al frente. Justo al lado del charco de sangre, se apoyaba el cuerpo de su mujer. Los ríos de sangre ya habían parado. Al verla, no mostró ningún tipo de odio, ni tampoco destellos de amor o deseo; pensó más bien en la familia, en lo cabrón que uno puede llegar a convertirse. Le pareció demasiada carga... ajustó el gatillo... apuntó a su propia cabeza... y se pegó un tiro.
Cuando despertó de aquella pesadilla se sintió primero desorientado, luego miró hacia el techo, y finalmente suspiró con total alivio. Se irguió, miró hacia la izquierda, donde su mujer duerme. Quiso abrazarla, pero no la sintió. Encendió la luz, cerró por un momento los ojos, y al abrirlos, vio a su mujer apuntándole con el mismo revólver del sueño. En cuestión de segundos, un disparo le atravesó la cabeza.

Un rumor de palomas rodeaba al monolito de mármol blanco del centro de la plaza. No es que me entusiasmen mucho las palomas, pero resulta interesante ver cómo agitan sus alas y van esquivando con una precisión asombrosa cualquier obstáculo que se les presente. Las palomas, así lo dicen muchos, representan al espíritu santo, a la paz y a no sé qué más; sin embargo, no logro comprender cómo puede ser que un ave tan desagradable, portadora de tantas enfermedades, pueda tener incluso una pequeña parte del reino celestial. Todo esto le voy diciendo a mi amigo, que está sentado a mi lado, en un banco también de mármol, justo al lado del monolito. -¿Por qué le echas de comer a las palomas?- le digo- ¿Es que no sabes que en realidad, entre ese hermoso plumaje, y tras esos ojillos que parecen mirar desde la nostalgia, se esconde en realidad una horrible rata?-. Mi amigo me mira de manera desconfiada mientras sigue regando con migas de pan al suelo. Cada vez son más las palomas que se acomodan y van picoteando entre andares torpes y movimientos zigzagueantes de cabeza. -¿Qué más te da?- me decía mi amigo- ¿Acaso no tienen derecho, al menos, a comer de nuestras miserias?-. -Puede ser- le respondo, pero dándole entender con un gesto mi incomodidad por verlas tan de cerca- pero te digo que estas caras de ángeles son más de diablas que de otra cosa. Además, no tienen respeto por nada y lanzan sus heces desde el aire sin mirar el daño que ocasionan. ¿No sabes que hay monumentos, incluso catedrales, a punto de derrumbarse, solo por las heces de las aves?-. En este caso mi amigo se encoge de hombros y me mira con desgana, con lo que me hace comprender que lo que le acabo de decir no le importa ni lo más mínimo. Mientras tanto, seguía lanzando migas de pan con la descarada intención de enojarme aún más. -Estoy seguro que las palomas sobrevivirían a un ataque nuclear como las cucarachas- le digo sin más, simplemente por llenar el aire, pero hace caso omiso a lo que acabo de decir. Entretanto, el número de aves se iba multiplicando hasta llegar al punto de encontrarnos totalmente rodeados. -También se dice que las palomas son almas impuras condenadas a convivir con el hombre- me dice esta vez mi amigo, con la intención de reconciliarse conmigo. -¿Ah, sí?- le respondo con un tono burlón, alargando descaradamente la entonación. -Quieras o no, estamos condenados a vivir entre animales diabólicos- me contesta como sentenciando nuestro destino en la vida. -Puede que tengas razón, pero no veo yo la necesidad de mimarlas tanto- le contesto. -Creo que debería aparecer alguien con una ametralladora y limpiar la plaza de estos bichos tan desagradables-. Tal y como digo esto, mi amigo se levanta del banco precipitadamente, y se aleja de mí con una extraña mirada que apenas puedo describir. Aunque lo lógico sería pararle, y disculpar mi último comentario, prefiero dejarle marchar con la seguridad de que tarde o temprano regresaría. Miro el vacío que mi amigo deja en la plaza y a los turistas caminando de un lado a otro buscando un rincón para fotografiar; veo que el monolito está torcido y pienso que puede que un día se caiga y le parta la cabeza a alguien. Al rato, doy en la cuenta que mi amigo se ha dejado su bolso negro. Lo cojo con la intención de llevarlo conmigo y devolvérselo en cuanto las circunstancias lo permitan; pero al cogerlo, noto que su peso es algo desproporcionado. La curiosidad me pica, palpo con suavidad la superficie del bolso con la intención de descubrir qué es lo que hace que el bolso pese tanto, y tras unos minutos de examen digital percibo que aquello tiene forma alargada; como una especie de tubo que luego se ensancha en uno de sus extremos. Las palomas, a pesar de la ausencia de mi amigo, seguían agolpándose alrededor del banco. Me decido entonces por abrir el bolso. Dentro del bolso, un AK-47 relucía como una hermosa canción de guerra. Me doy cuenta, por tanto, que he aguado la fiesta a mi amigo, cargo con la culpa, y me lio a tiros en medio de la plaza contra las palomas. 