Libro de Arena
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A la sombra de un ciprés

por Cristóbal Carrasco (ASK)

Tu nombre (Del amor al humor, hay un rumor)

Tu nombre se ha introducido en mí,

y ahora, cuando paseo,

paseo con tu nombre como algo propio;

y los pájaros no distinguen

las sombras de mis hombros,

y los semáforos no aprecian

los colores de mi piel,

y las parejas ñoñas no despegan sus bocas

para admirar la hondez de mi tristeza.

Tu nombre se ha encadenado a mi lengua

y cada vez que intento desde mi orgullo

articular gestos ajenos a tu nombre

se me entremezclan los fonemas y sintagmas

y sales nombrada en forma de metáfora.

No sé ni cómo ni cuándo,

pero tu nombre forma parte de mi cuerpo,

como una prenda más de mi cuerpo,

como un hueso más de mi esqueleto.

Aún así, cada noche antes de dormir,

me desvisto de mi cuerpo

hasta quedar vacío de tu nombre incluso,

y me echo en la cama algo despacito

para no romper la noche mágica

aspirando al menos soñar con tu cuerpo.

La entrevista.

Estimado candidato,

le informamos que ha sido usted seleccionado para la vacante dispuesta por la sección de redacción. ¡Enhorabuena! Entre todos los aspirantes ha sido usted elegido por unaminidad. No obstante, le informamos que deberá acudir a las oficinas de personal para una última prueba no menos importante. La reunión tendrá lugar el domingo a las tres de la tarde. Deberá usted traer consigo la siguiente documentación:

-DNI original, y fotocopia del mismo compulsada por el concejal de música y artes marciales del Ayuntamiento de Hermosilla.

-Pasaporte vigente, debidamente sellado por el Consulado de China, con un visado de no menos de un año de validez.

-Fotocopia de la Renta correspondiente al año 2002. En su defecto, en caso de no disponer de dichos documentos, deberá reunir los movimientos bancarios del mismo año, debidamente sellado por las entidades bancarias, y firmados por su director.

-Titulaciones, diplomas, etc. originales, y fotocopias compulsadas por el rector de la facultad correspondiente a sus estudios adjunto a una carta explicativa de su comportamiento académico.

Además, en el caso de optar por el puesto de redactor jefe deberá acudir a la cita uniformado de capitán de las fuerzas armadas, con las debidas condecoraciones y estrellas pertinentes. En el caso de elegir el puesto de redactor de la sección de deportes deberá acudir acompañado por la selección nacional de petanca de Uruguay. O si prefiere la vacante de redactor de la sección infantil ha de acudir a la cita vestido de don Pimpón.

Para anular la cita de la entrevista deberá usted enviar una carta explicativa al Ministerio de Asuntos Sociales escrita en braille antiguo y debidamente sellada por el Departamento de Vertidos Tóxicos.

No obstante nos sentimos obligados de informarle que aunque acuda usted a la cita con todos los requisitos cumplimentados, la decisión última y válida será tomada por la presidencia de la empresa en el plazo de un año. Durante este período, no deberá acudir ni ofrecer sus servicios a ninguna otra empresa. De lo contrario, será anulado automáticamente de nuestra selección. La resolución se hará pública en los tablones de anuncios de la Universidad de Segovia, entre los días 30 y 31 de febrero del siguiente año.

Le saluda atentamente, D. Antonio Perullo, director de RR.HH.

A Jueves, día 18 de Junio, del año 2007.

Nacimiento

Cae agua de nube al romper el cielo su placenta.

La queja del naciente viene acompañado por círculos de luces,

por acrobáticos juegos luminosos que descifran el juego de la vida.

El viento sopla con fuerza hacia la perdición

desde el principio de los tiempos.

Ahora eres de carne, de hueso y de materia,

sometido a la gravedad de la tierra.

Ríe niño, ríe cuanto puedas, ríe un mar de risas,

ríe por un cielo de estrellas lucientes,

ríe por una gota de segundo toda la eternidad que puedas.

Agota la risa, cansa de tus labios la risa,

derrite la mandíbula con todas las risas del mundo.

Eres llanto, tragedia y error de conocimiento.

En tus ojos resplandece el brillo de la historia.

Miras a las ciudades con la tristeza de un emperador sometido.

el poder acrecienta cenizas en tus manos,

el poder ciega el espíritu con alfileres de espanto,

el poder te absorbe despojándote de tus sueños,

el poder toma fuerza de guerra y siembra batallas infinitas,

eres el hombre, carne salvaje y grito violento ensangrentado.

Al fin estás decidido por cumplir tu destino:

De tus cabellos nace la preocupación primera

y la risa se te va perdiendo por la quebradura de una bala.

Ha llegado el momento de caminar por la sombra de tus lágrimas.

La terrible carga de tu rostro lucha contra el pasado,

contra millones de cuerpo rescatados del olvido,

contra siglos de sangre que fluye de la memoria,

contra los viejos edificios de civilizaciones consumidas,

contra los columpios de acero de tu infancia,

contra la carne que perece infinitamente por siempre,

y contra ti mismo, condenado infinitamente por nunca.

El misterio del cartel embrujado

Decían que aquel viejo cartel de la calle Lorca estaba embrujado. Nadie recordaba a ciencia cierta el tiempo que llevaba colgado en la esquina; y no había alma alguna en el pueblo que pudiera dar una explicación razonable, al menos creíble, de su origen. Algunos decían que apareció en los tiempos del hambre, en una noche tormentosa, justo cuando una familia de embrujados había decidido buscar fortuna en otro lugar; otros hablaban de una tormenta terrible que acaeció en una tarde, antes de la guerra, y que un rayo cayó justo en el lugar donde ahora descansa. Los más, contaban la extraña historia de un circo llegado al pueblo en pleno verano con todo tipo de animales, y que desapareció sin explicación alguna dejando como única huella aquel cartel de la calle Lorca. Pero de lo que sí que estaban todos de acuerdo era del oscuro poder que emanaba. Todos decían que si te quedabas mucho tiempo mirando fijamente al cartel podías ver con total claridad el futuro. Claro que también eso tenía su precio. Decían además que si pasabas demasiado tiempo frente al cartel, el futuro podía atraparte para siempre y no regresar nunca. Resultaba curioso además que en este pueblo el número de desaparecidos fuera considerablemente mayor a la media nacional. Pero lo más sorprendente era sin duda que en el cartel no había imagen concreta. En realidad parecía un cuadro impresionista de colores vivos que daban la sensación de movimientos circulares en ambas direcciones; y si lo mirabas con más detención se formaban figuras hasta tal punto que terminabas por verte reflejado. -¿Y si nos enfrentamos al futuro?- me decía mi amigo Mario casi cada viernes, después de unas copas de más y antes de marchar a nuestras respectivas casas. Pero yo siempre me excusaba diciéndole que a mí el futuro más bien me importaba poco, y que además no era preciso ningún chisme mágico para saber que el día de mañana sería igualmente negro. Pero la insistencia de Mario creció con el paso del tiempo, hasta que una noche me decidí por acompañarle. Acordamos que él se enfrentaría al cartel mientras yo observaba desde una distancia bien prudente. Una vez que llegamos al lugar, me llamó la atención que en aquella noche, a pesar del cielo raso, las estrellas no brillaban con la intensidad de siempre. Parece poco probable que este hecho tenga relación con el enigma del cartel; además tengo que reconocer que mi estado de embriaguez era bastante notable. Pasaron unos escasos minutos cuando Mario pareció entrar en una especie de trance. En sus ojos se reflejaba una especie de brillo intenso que parecía entrelazarse con los colores vivos del cuadro. De pronto una pelea de gatos justo a mi lado despistó mi atención por unos segundos, justo el tiempo en el que un destello iluminó toda la calle dejándome por unos instantes completamente ciego. Cuando recobré la vista, Mario había desaparecido. Me apresuré hacia el cartel y los colores aún seguían moviéndose ligeramente. Llegué a acariciarlo con mi propia mano y sentí una especie de latidos. Fue entonces cuando me di cuenta que aquellas figuras que parecían moverse eran los cuerpos atrapados por su futuro; entre ellas, Mario agonizaba en su destino. Al día siguiente decidí marcharme del pueblo con la intención de no regresar nunca.

La guerra de San Juan.

-Te digo que estos petardos que los niños tiran por el paseo marítimo me traen malos recuerdos- comentaba el viejo Pepe al joven sentado a su vera mientras bebía su vino. En el restaurante las camareras corrían como locas para atender la enorme cantidad de grupos que habían llegado. -¡No tienes ni pajotera idea de lo que fue la guerra¡-. El joven no daba ni el más mínimo interés por lo que decía el viejo, solo quería tomar una cerveza bien fría mientras alegraba la vista con las camareras que parecían salidas de una revista de moda. -Mira, allá en el parque mataron a unos cuantos que eran anarquistas... ¡Los fusilaron a todos!-. El joven no tuvo más remedio que hacerle caso. -Pero de eso ya hace mucho, Pepe- le contestaba el joven mientras encendía un cigarro. -Y en la puerta del ayuntamiento mataron a otros tantos del otro bando-. El viejo hablaba tranquilo, observando con descaro a las entrepiernas de las camareras. -En total fueron unos treinta-. -¿De los azules, o de los rojos?- le preguntó ya con un poco de interés, no más que el que mostraba por las delicadas curvas de aquellas hermosuras que apresuradas iban y venían de la cocina llevando platos a la correspondiente mesa. -De cada bando- el viejo quedó pensativo y añadió -Yo diría que fueron más rojos que azules-. En la plaza seguía todo el mundo la fiesta tirando petardos y bebiendo como locos. -Escucho estos ruidos, y se me pone la carne de gallina- le decía el viejo. -Deberían prohibirlo-. -No se me ponga así. ¿Qué quieres?, ¿que sigamos como antes?-. -Yo solo digo lo que pienso. Me duelen ya los oídos de tanto estruendo- argumentaba el pobre viejo. En realidad el ruido era insoportable. Había que añadir a la fiesta de la plaza el bullicio del restaurante, la música demasiado alta y los gorgojeos de la campanita que tocaban efusivamente los cocineros. -La vida continúa, amigo- le decía el joven con la intención de animarle un poco. Tomaron luego varias copas más mientras el viejo seguía hablando cosas de la guerra. Los petardos tronaban cada vez con más violencia. -Suenan como bombas- recordaba el viejo Pepe. Entretanto, una pareja de franceses borrachos caminaban por la orilla del mar cerca de la plaza, se acercaron a la traca dispuesta en la playa para finalizar la fiesta con un gran espectáculo, y por hacer una pequeña gracia, la francesa se acercó a uno de los grandes petardos y lo prendió con un cigarro encendido. En cuestión de segundos la traca explotó con tanta fuerza que a la pobre francesa le reventó la mano izquierda. -Parece ser que ya están con el final del espectáculo- comentaba el joven. -Sí, a ver si termina de una vez por todas-. Al día siguiente el ayuntamiento decidió prohibir la fiesta por motivos de seguridad.

La reencarnación

Le recomendamos que piense usted su petición detenidamente -decían las voces de manera unísona-, vaya a ser que luego se arrepienta. Comprendemos su situación; dos milenios deambulando por los cielos infinitos le pueden parecer suficientes como para reclamar la tan merecida vuelta al mundo de los vivos. Pero nosotras que llevamos una eternidad en este reino, tenemos la obligación de advertir a nuestras queridas almas las inconveniencias de la reencarnación (un sin fin de luces se agrupaban alrededor de una luz blanca). No le podemos asegurar su regreso al mundo en forma humana, tal y como usted lo desea; y en el caso de que así se cumpla, tampoco le aseguramos una vida digna en la que pueda disfrutar al libre albedrío. Tenemos la obligación además, de advertirle que en los tiempos que corren, lo más probable es que al regresar a nuestro mundo pierda su envidiado puesto de emisario divino, y tenga usted que quedarse en el palacio jugando al ajedrez con almas en pena soportando las tristezas de cada una de ellas.

Soy consciente de los riesgos -afirmaba la luz blanca-, pero en estos dos mil años no he hecho más que deambular por los cielos llevando la correspondencia a las divinidades supremas. He recorrido el reino palmo a palmo y conozco a cada una de las luces divinas de cada estado, he paseado por cada rincón del paraíso hasta tenerlo como rutina... Sin embargo, añoro aquellos años de gloria en la Tierra, la brisa de los vientos, el fervoroso despertar del Sol, incluso la sensación de hambre, de sed, los placeres carnales, el amor, el odio... son cosas banales, nimiedades para una divinidad eterna, lo sé, sin embargo se me hace un nudo al recordarlo. Agradezco vuestra preocupación, pero la decisión ya ha sido más que tomada.

-Bien, solo podemos decir que así sea, tenga suerte, hermano- concretaron las voces. Todas se unieron formando un coro que rodeaba a la luz blanca. Cantaron durante dos semanas danzando sin parar hasta que la luz comenzó a desvanecerse. Ya en la Tierra, la luz se hizo cuerpo, el cuerpo se hizo hambre y sed, cosa que le pareció bien hasta que le comenzó a dolerle las tripas. Quiso moverse y no pudo, quiso mirar y nada vio. -¿Seré ciego?- se preguntaba. Tan solo el roce le aseguraba su estado de materia pero en ningún momento fue consciente en qué cuerpo había sido reencarnado. Comenzó a agitarse y comprendió que podía desplazarse lentamente por la tierra. Una hebra de luz parecía asomarse por un pequeño agujero. Advirtió entonces que estaba bajo tierra. Quiso asomarse para disfrutar de los rayos del Sol y ver al fin su nuevo aspecto. Al hacerlo, un niño lo cogió con sus pequeños dedos y lo levantó tan alto como pudo. -¡Mira, papá, una lombriz!-

El impreso

Cuando llegué al edificio Prince en la calle Lorca eran no más de las diez. Tenía que rellenar un sencillo impreso e incluir mis datos en un ordenador para optar por una de las viviendas sociales dispuestas a concurso para la gente que de algún modo tenemos una vida precaria y un futuro verdaderamente muy negro. Parecía bastante fácil. Me acerqué a la primera mesa que había justo en la entrada donde me informaron educadamente que tenía que dirigirme a la planta 3ª, sección 2ª, puerta 4, ventanilla 8. Al principio no llegué a sorprenderme demasiado por tal explicación, fue luego en el ascensor cuando me di cuenta de que aquella mañana podía ser bastante larga. Ya en la 3ª planta, me dispuse a seguir las indicaciones. Los pasillos eran enormes, con diversas puertas dispuestas de manera arbitraria, y en cada puerta había un letrero que indicaba la sección. Tardé rato en encontrar la sección 2ª. Al entrar, los pasillos se hicieron más anchos, y el número de puertas se triplicaron. Cada puerta tenía un número escrito en latín que no seguía ninguna lógica con respecto a las puertas contiguas, por lo que tardé algo más de una hora en encontrar la puerta que me correspondía. Al cruzar la puerta 4 me encontré en un espacio abierto donde una multitud se amontonaba de manera ordenada formando filas que parecían kilométricas. En esta ocasión las ventanillas seguían una numeración alfabética, por lo que tuve que descifrar que la correspondiente al número 8 no tenía más remedio que ser la letra "h"; me sentí entonces afortunado por no tener que buscar la ventanilla 58. Ya en la cola un señor seguía a otro, y luego había una señora ancha, y luego otro señor...así hasta el fondo, donde podía distinguir con dificultad la ventanilla. -Perdone, ¿es usted el último?-. El señor me miró con la comisura de los labios hacia arriba y me contestó con burla: -No, usted-. A partir de aquí solo tenía que esperar pacientemente a que se disipara la fila humana. Al poco rato (aún no me había movido un palmo del sitio) la ventanilla se cerró. -¡Van a desayunar!- escuché decir a alguien. El tiempo seguía pasando sin darme cuenta. Pude ver que la ventanilla se abría y se cerraba constantemente. El señor de la comisura hacia arriba me confesó que llavaba tanto tiempo en esa sala que había perdido la noción del tiempo. Al mirar hacia arriba advertí que las luces no eran ni naturales ni artificiales, era como si una nube blanca iluminara a la enorme sala de manera que a uno le pudiera parecer que levitara. Quise entonces consultar en mi reloj la hora y me di cuenta que la pantalla estaba completamente vacía. Seguí no obstante esperando sin preocuparme demasiado mirando a las filas contiguas. Lo que más me extrañaba en la sala era el silencio. El tiempo seguía pasando aunque no en mi reloj, pero no tenía sensación de fatiga, ni siquiera hambre. Solo era cuestión de tiempo... Los de la fila contigua parecían tranquilos. Había unas plantas de plástico dispuestas por la gran sala de manera arbitraria (Esperar el...). La señora ancha pasaba el tiempo hojeando una revista del corazón (porque yo venía para...). Una mujer se colocó a mis espaldas... (Porque venía para...). -Señor, ¿es usted el último?-. -No, señora, lo es usted-.

El pescador y su presa

El pescador tendió su caña con una suavidad especial anudando prudentemente el anzuelo, mientras murmuraba entre sus labios una canción dulce, relajada pero alegre. Lanzó luego con todas sus fuerzas el sedal y clavó la parte extrema de la caña en la arena húmeda de la playa.-Ahí queda esto- se dijo mientras encendía un cigarro. El sol iba cubriéndose por los rincones de la montaña, y ya las estrellas comenzaban a perfilar sus diminutas figuras relampagueantes. Tenía una pequeña cicatriz en la parte izquierda de su rostro casi imperceptible por las arrugas de la edad; su piel era áspera y rugosa. -¿Hay suerte?- le pregunté, porque allí estaba yo, observándole con sumo interés. -¡Nada!- dijo conteniendo su rabia, - ¡Ni por asomo!-. Y así, como cada día, el pescador llegaba cada tarde a la misma hora al rincón que tenía por su favorito, y tras unas horas se marchaba con las manos vacías. Pasó el tiempo. -¿Y no has pensado en cambiar de oficio?- le pregunté una noche. El pescador me miró con intensidad,enojado y con rabia. -¿Usted cree que lo que busco en esta playa es pescar?- me dijo casi derrumbado por la impotencia.-¿Y no es así?-. La marea se levantó repentinamente y con fuerza. - La verdad es que no vengo con esas intenciones-. Me quedé mirándole extrañado, algo confuso. - Lo único que busco es que me perdonen-. Tal y como dijo estas palabras, la cicatriz se iluminó levemente. Le cubría casi toda la parte izquierda del rostro desde los labios hasta el rabillo del ojo, como si una flecha le hubiera cruzado la cara. Después de aquella noche seguí viendo al pescador en el mismo lugar de siempre, eso hasta ayer. En el lugar de siempre la caña seguía tendida; tiré del sedal, y en el anzuelo un hermoso pescado azul movía con fuerza su cola. Anoche me despedí gustosamente del pescador acompañado, eso sí, de un buen vino blanco.