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		<title>bocadillo de calamares con un poquito de mahonesa y unas gotitas de limón</title>
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Cuando he llegado a casa he encontrado un pequeño cuaderno de tapas negras encima de la cama de mi habitación. Me ha extrañado además que la única ventana, la que da al parque de los columpios, estuviera abierta de par en par. Es la misma ventana por la que hace tiempo se marchó mi loro verde en busca de su lorita aristócrata  Alguien, sin duda, ha entrado volando en mi apartamento para hacerme un regalo furtivo, aprovechando que yo andaba callejeando como los gatos o de vinos con los amigotes.

	Una página en blanco siempre me recuerda una pantalla de cine vacía, antes de apagarse las luces. Sentado frente al escritorio de madera de roble, al lado de mi catalejo pirata y con un bolígrafo de tinta negra en la mano, vuelvo a estar  en un patio de butacas esperando el comienzo de la sesión. Cuatro euros, dos películas en el cine de reestreno de mi barrio. Y escribo, otra vez, las tres palabras únicas y siempre irrepetibles, mágico comienzo de tantos viajes secretos.

	“Érase una vez”.

	En el poblado, en mitad del desierto, los buscadores de oro celebran su día de descanso vaciando botellas de vino antes de vaciar su alma en los brazos de cualquiera, mientras una mujer canta una canción alegre, medias de rejilla y liga roja, con los ojos llenos de tristezas, casi lágrimas, sin saber todavía que el pistolero que yace sobre el polvo de la calle, con una bala en el corazón, la sigue esperando con su sonrisa, maliciosa o tierna, levemente burlona, igual que ayer, con los caballos preparados para huir de la banda de forajidos que los persiguen desde que se fugaron juntos y dejaron con un palmo de narices a todas las buenas costumbres. Y luego, claro que sí, cabalgando a través de una pradera entre colinas, bailando un vals sin testigos y con las notas inventadas a cada instante y en cada milímetro de piel en la habitación de un motel de carretera o nadando en el lago de las aguas cálidas, en una selva de blanco y negro del mismísimo color de los sueños en las noches, quizá lluviosas, sin relojes de cuco, ni de pulsera, ni de bolsillo con cordoncito plateado, ni despertadores, ni de pared, ni de cocina, ni de ayuntamientos, ni de campanarios sin cigüeñas, o con cigüeñas que vuelan por los cielos de pueblos abandonados entre montañas, donde ni siquiera el the end discute con el fracaso.

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		<title>El robo de un poema</title>
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		<issued>2009-01-04T11:02:31+00:00</issued>
		<updated>2009-01-05T16:04:36+00:00</updated>
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&lt;blockquote&gt;DESNUDOS

( Adioses. Ausencia. Regreso )

Nacía, gris, la luna, y Beethoven lloraba,
bajo la mano blanca, en el piano de ella...
En la estancia sin luz, ella, mientras tocaba,
morena de la luna, era tres veces bella.

Teníamos los dos desangradas las flores
del corazón, y acaso llorábamos sin vernos...
Cada nota encendía una herida de amores...
-El dulce piano intentaba comprendernos.-

Por el balcón abierto a brumas estrelladas,
venía un viento triste de mundos invisibles...
Ella me preguntaba de cosas ignoradas
y yo le respondía de cosas imposibles...&lt;/blockquote&gt;

Anoche alguien grabó este poema, he visto en google que es de Juan Ramón Jiménez, en el buzón de voz de mi teléfono móvil. Cuando lo escuché, estaba desnudo viendo una película de ciencia ficción, me vestí con un extraño pesar y tuve que salir a la calle. Necesitaba andar, llovía, volver a ver mi parque de los columpios y robar un par de cubitos de hielo de un glaciar, el Perito Moreno. 
Un whisky en un garito con música en directo, un tipo con barba tocando una guitarrra acompañaba a una mujer bellísima cantando canciones francesas. Y otro whisky con ella ,aunque no estaba, en mi cabaña al lado del lago de las aguas cálidas. 

Cuando me acosté, el rugido de un león que deambulaba por mi selva me ayudó a perderme por un sueño irrepetible. Los disparos de la banda de forajidos que me persigue no nos alcanzaron porque supimos volar y escondernos por las nubes de mil y una noches.





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		<title>SUMMERTIME</title>
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		<issued>2008-12-24T09:55:23+00:00</issued>
		<updated>2009-01-05T11:41:12+00:00</updated>
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	Anoche volví a las andadas. Un taxi, una distancia que recorrer y un garito. Sentado a la barra, bebiendo otra cerveza y otro chupito de whisky, se me acercó una mujer, una belleza, y me susurró el estribillo borde de un viejo villancico. “La nochebuena se viene, la nochebuena se va…y nosotros nos iremos y no volveremos más”. Tenía un aliento de lencería roja, como la que seguramente llevará hoy, y la mirada puesta en paisajes de otros tiempos. Y, claro que sí, tuve que defenderme con el grito que siempre guardo en uno de los bolsillos de mi pantalón vaquero, el mismo de cuando cabalgaba por la pradera soñando que volvía. 

	Esta noche intentaré no perderme entre fotogramas antiguos. Supongo que no lo conseguiré y acabaré, otro año más, en los brazos de una mujer fatal que masca chicle. Después de estar con los míos, con casi todos, me quedaré con mi vino, mi Parker, mis fantasmas y yo mismo en la cabaña de mi selva, la que está a orillas del lago de las aguas cálidas. Y nadaré, por supuesto que nadaré. 
	

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