Acaricié la cresta de una ola marina. Me dejé querer como un corazón en fragua, me rompí como la luz de luna en noche nublada, cuajando el aire con yemas de manos queriendo alcanzar lo inalcanzable. Se me rompió el entorno, y eso que me creía sereno, tranquilo de conciencia y alma con la vida. Pero sólo tenías que ser tú para evocarme el mar de las dudas, ese espacio tan frío, tan inhumano pero eterno. Tú, sólo tú, tenías que despertar esa sinfonía de instintos y sentimientos que tiempo atrás adormecí, - quizá por cobardía - por voluntad propia. Tú, sólo tú, me entregaste la antorcha de un sentir que creí apagada.
En confensión me oíste. Tú, y no te toqué, cantaste como un gallo al amanecer. Tú, sólo tú, abriste la puerta de mis años al mirarme, al sentirme. Sensación que, como un sarmiento de vid, se heló en tiempo de un marzo gélido. Tú, siempre para mis días y también para mis sueños interminables por desconocidos.
Después de mucho tiempo, he vivido un beso de mujer. ¡Cuánto tiempo! Me atreví en amar, en que me amasen, aunque mejor dicho fue cuando las mujeres me utilizaron o mejor, nos amañamos desde un sol cualquiera hasta su luna opuesta. La cuestión es que una noche conocí a Pastora. Me la presentó una mujer morena, guapa, de quicio de sexo y demás argumentos que ahora no vienen al caso.
En el restaurante, luego de esperar casi veinte minutos, aparecieron Soledad y Pastora. Había quedado sólo con Soledad y de repente me encontré con una retahíla de preguntas; ¿Te gusta mi hermana? ¿Por qué me habla tanto de ti? ¿La engañas? ¿No serás tan cabrón como su anterior novio? ¿Eres su novio? Me ha dicho que te quiere mucho. ¿Y tú, la quieres? ¡No eres guapo y además estás muy delgado!
¡Yo quiero una cocacola de esas que no me engorden más! ¡Ahora me callo! Cogió la servilleta como una falda de soltera y se la puso encima de sus rodillas. ¿A qué esperáis? ¡Yo pido lo que cene Manuel!
La noche se enfundó en un ser tan natural que ; ¿ Quieres a mi hermana o eres de esos que después de besarla la hacen llorar? ¡El vino engaña!, dijo con su vaso medio lleno de cacacola. Miré a Soledad y me encontré con sus ojos rebosantes de sorpresa a los que no supe contestar. ¡No hablas mucho! ¡No sé porqué mi hermana piensa que eres divertido!
Terminó la cena y Pastora quería un helado de turrón. Tomamos tres tarrinas de helado de turrón mientras andábamos el paseo de la playa. ¿Eres tonto?, no ves que quiere que la abraces. ¡No sé porqué mi hermana llega a las cuatro de la mañana. Pastora tiró en una papelera los envases y las cucharillas de los helados. ¡Soledad!, quiero que me lleves a casa y así te quedas con este aburrido.
Las vi, desde un banco, alejarse. Cuando Soledad regresó sabiamos lo que cada uno iba a decir. Los silencios fueron muy largos, pero aún más fueron los deseos por respondernos.
¡Qué imbécil fuí al no acariciar a Soledad!
¿Qué te parece mi hermana Pastora? ¡Joder, que nos ha jodido!
Nos besamos y desaparecimos en la noche hasta las cuatro de la mañana.
Pastora estaba haciéndose la dormida, con esa sonrisa tan singular que siempre tienen los que están sujetos al Dawun.
Desde aquella noche es mi "confidente" más natural, eso sí, después de compartir helado de turrón.
Ni el exterior del día me desmiente.
.
Me veo sobre la esquina
ociosa que acuna, unos tras otro,
los semáforos; antorchas
de alquitranes que qvisan de lo prohibido.
Nadie habla entre las vergüenzas
que avalan las miradas, en huida
de las emociones intuidas de todos
al cruzarnos por las aceras
con la prisa de lo vacío,
por desaparecernos tras la misma esquina.
.
Ni el exterior del día me desmiente.
.
Las calles se prolongan, sin más,
desde mi propia habitación
sin apreciar la brisa que respiro;
fresca, abierta, rutilante de caminantes
que me sobrepasan y empujan para alivio
de mi piel que se ejecuta al ser relacionada.
Siluetas de la ciudad llena,
de pasos en tiovivos
que me ganan para vigilia de lo incómodo
que hasta la esquina me acompaña.
.
Ni el exterior del día me desmiente.
.
El oído se me agudiza
como instinto de supervivencia,
como bastón de ciego,
al sufrir mis andares de ojos en suelo
y cuello de avestruz asustada
al creerme en el centro del ágora
que espera, espera y no me dice nada.
Demasiados semáforos en roho
en mi existencia de hombre nuevo
y que por anacronismo niego mi nacido remoto.
.
Ni el exterior del día me desmiente.
¿Qué pasará tras las ventanas de esta ciudad de hormigón y cristal? Los periódicos sucumben cada mañana ante tanto caos. ¡Qué horror! Y de las personas que nacen sin poder agarrarse a unas tetas que los amamanten, ¿qué? ¿Dónde están? ¡Qué perdón tan inmenso tendría que pedirles! Gentes que se mueren, que se mueren y se mueren de hambre. Es una verdad como un templo de verdad. Comienza a llover. Me gustaría no ser ONU y llevarme estas gotas de agua para empapar las tierras de barbecho eterno y ser trigo, arroz, alimento para el hambre. Entonces me comportaría como un humano y me reconocería en la parte del espacio original aún sin estercolar por la mente del Hombre. El individuo se abre al gran Cosmos, a la conquista de otros planetas, - no sé el por qué - , mientras aquí, a mi lado, en el susurro que escuchan mis oídos, también individuos, me piden, con sus últimos bríos, una mirada compasiva y mi corazón en danza. Sin embargo continúo mirando las ventanas de esta ciudad de hormigón y cristales que se resquebrajan.
¿Y me dices que te mire?
Ponte sobre el haz de luz espumosa
que te emerge sobre conchas
blancas de coral, en trono efímero
del mar que se retira y va
a tu figura para penetrarte
con su sal de cristal blanco
y llevarte a su profundidad de ancla.
-.
¿Y me dices que te mire?
Deja tus ojos al espejo abierto
del contorno sin frontera,
a tus reverberaciones sobre mí,
al beso simple de tacto
que el viento enmudece bajo tu nuca
marmórea y, al dedo, ya fría
por tu sosiego de perla luna.
.
¿Y me dices que te mire?
Las palomas vuelan, ya no se posan
como picos de rama y flor,
el canto del grillo se apaga, calla
por el peso de la nube
que embriaga la poderosa noche
como trampa que me pones
para luego, decirme que te mire.
.
Un suspiro por espera
y ahora te silencias ausente
en mi pecho y ser más tú,
única verdad de sentirte, de ser
brisa fecunda en pasos,
ojos que vean tus muchas siluetas
perfiladas por el color,
y vivirte en vida. ¡Vida es vivirte!
.
¿Y me dices que te mire?
Poseer una sílaba de Libertad. Mi amiga Carmela lo requería; gesto de medusa translúcida dentro de superficiales aguas que el Sol las penetra. El coche era caballo con crines de metal, de cascos que no dejaban de rodar e interminables ojos de cristal. Carmela, de samaritana intención, conducía con la vista nublada a chorros de tormenta y por deseo escondido. Ella empañó de música la columna vertical de la Luna menguante que nos alejaba, a Nani y a mí, de la posesión del segundo peldaño de la palabra. La carretera, vaivén de una mar tranquila, se avecinaba, a la Historia por desfiladero, al castillo de La Guardia de Jaén; serafín rescatado de la negrura por los fuegos de sodio. Carmela, en imaginaciones mariposas, acentuó su presencia de vientre ya ausente. Carmela subió la escalera de la palabra ya hecha, y se sintió Libre.
Si la vejez se marcara
en la profunda arruga
de la palma de una mano.
Si la vejez se parara
en el reloj que se lega
al nieto que florece.
Si la vejez no caminara
apoyada sobre el bastón
tembloroso de un infortunio.
Si la vejez no bajara
los párpados al reflejo
de unos lagrimales desbordados y grandes.
Si la vejez no se encuadrara
en la mirada, futura aún,
en la añoranza de una joven lejanía.
Si la vejez no se endulzara
con los rayos de sol como miel
de su refinado paladar.
Si la vejez fuera no desprenderse,
sin tasador de propiedad,
de lo ya poseído.
..
Si la vejez no se moviera
en pies arrastrados, lentos,
descompasados al girar de ta tierra.
Si la vejez no tuviera los ojos
en vigilia de gorrión incómodo
por temor al salto oscuro.
Si la vejez no oliera
a tiempos y humores amarillos,
a piel asustadiza de la luz.
Si la vejez no borrara
sus escasos presentes
entre soñolientos equilibrios de orejas y cuello.
Si la vejez no rompiera
los pulsos de venas y caderas
por el peso de cometas y estrellas.
Si la vejez no amedrentara
a los hijos, que sobre las rodillas
en risas, cabalgaron aventuras al trote.
Si la vejez enarbolara
su valentía de conquista,
de alumbrar nuevos mundos.
Si la vejez saciara
el pozo hondo de la vida
sería el punto justo de donde partiría la muerte.
..
Si la vejez......... Si mi vejez hubiera
sido todo ese. Si yo.....
Me siento y soy un sombrío bodegón
de cansancio, de rutina, de hastío.
Yo no quiero consuelo repetitivo.
Si la vejez......
¡Qué hermosa será la vejez cuando me sepa viejo!
Un dedo se me pierde
entre las piezas de mi puzzle.
En el techo que me cubre me diluyo
como hilo de sutura interna.
¿Más tarde volveré a ser?
¡Ojalá produzca mi química
la reacción del cambio?