ADIOS
HE TERMINADO MI ANDADURA AQUÍ.
HA SIDO UN PLACER.
UN BESO GRANDE.
Princesa al fin y al cabo
Te quiero.
Sin frases largas, palabras grandilocuentes, ni metáforas complicadas.
Te quiero.
Sin entenderlo del todo y sin saber desde cuándo o porqué.
Te quiero.
Sin más.
Hace tiempo me contaron un cuento que recordé sin querer el otro día.
En realidad sólo recuerdo por encima el cuento, aunque sí recuerdo el final. Os lo contaré de todas formas, e inventaré aquellas partes que se borraron de mi memoria. Espero que os guste:
"La Última Hoja"
"En una calle cualquiera de un pueblo tranquilo vivía un anciano pintor. A lo largo de su vida había amado y olvidado muchas veces y ahora en la vejez, se encontraba solo, sin amigos, sin familia y sin ganas de pintar. Nada ni nadie, en lo que le rodeaba, le atraía lo suficiente cómo para ser dibujado y aunque lo intentaba una y otra vez, terminaba por soltar los pinceles aburrido y desesperado.
Pero un día la casualidad quiso que se encontrara con una niña pequeña, con esa calidez que sólo los niños tienen y la transparencia de esa mirada lo envolvió.
Corrió a su estudio, levantó los pinceles, y ahí estaba: ¡por fin un cuadro nuevo! Y qué cuadro. Era con mucho, de lo mejor que había pintado. Volvió muchas tardes a ver a su pequeña amiga jugar en el parque y los dibujos de nuevo llenaron las paredes y los suelos de su estudio. El pintor estaba feliz. Visitaba a la pequeña en su casa, dónde era recibido con alegría, pues el pueblo era muy chiquito y sus habitantes, gente amistosa y él sentía que volvía a vivir esos años que creía perdidos para siempre.
Una tarde al final del verano, la niña enfermó. Pasaron los días y lo que parecía un catarro sin importancia se reveló como una gravísima dolencia que la mantenía postrada en cama, con alta fiebre y a ratos perdida la conciencia.
El pintor la visitó una tarde y en uno de los raros momentos en los que la pequeña se despertó le dijo al pintor que ella sabía que no viviría mucho más tiempo. Qué cuando cayera la última hoja de la hiedra que se veía desde su ventana, ella también se iría.
El pintor sin saber qué hacer, salió corriendo pensando que no podía permitir que algo así ocurriese, que no podía consentir que esa niña muriese. Tenía toda la vida por delante y le rogó a Dios que se llevase a él, a cambio de la niña.
El pintor la visitaba cada día y cada día era mayor su angustia pues a la hiedra, cada día le quedaban menos hojas. Hasta que una noche se desató una lluvia muy fuerte y el pintor se dio cuenta que la fuerza del agua arrancaría las últimas hojas de hiedra y eso no podía consentirlo.
Se puso un impermeable, cogió una escalera y un bote de pintura y se lanzó a la tormenta. No podía permitir que la hiedra que marcaba cual reloj, el tiempo que le quedaba a su amiguita, perdiese ni una hoja más.
Apoyó la escalera y se subió a ella con un pincel mojado en pintura en la mano y dibujó la más bella hoja de hiedra que jamás se vio.
Al día siguiente la niña miró por la ventana y vio que su hoja seguía allí, más brillante que nunca y pensó que a lo mejor aún no era su tiempo de marcharse.
Comenzó a mejorar despacito, mientras comprobaba asombrada que la hoja de hiedra no se caía y pronto pudo levantarse y caminar.
Con la llegada de la primavera, la pequeña estaba totalmente restablecida y la hoja que pintó el viejo pintor en aquella noche desesperada, no se veía, pues estaba cubierta por las nuevas hojas que le habían salido a la hiedra.
La niña miraba la hiedra y recordaba a su viejo amigo, pues ya no podía verle, ya que en aquella noche de lluvia, se había enfermado y no había podido superarlo.
La gente del pueblo dice que se fue feliz, pues aunque fue al final de su vida, por fin se sintió acompañado y querido.
La hoja sigue pintada en esa pared, otoño tras otoño, brillante y hermosa."
Aún recuerdo las tetas de Frasquita.
Yo era apenas un adolescente imberbe aquel día que mamá me mandó a subirle unas prendas para remendar a Frasquita.
Frasquita me abrió la puerta de su cuarto sin reparar siquiera en que estaba medio desnuda, o a medio vestir, según se vea.
Era la hora de la siesta en aquel cuartucho caluroso, en lo alto de la escalera, que era el que habitaba la chica para todo de la casa, Frasquita.
Ella andaba por sus dominios en combinación, antes de arreglarse para salir.
-"Pasa Carlitos"_ me dijo; pero yo me quedé ahí, quieto, sudoroso, sin poder quitar los ojos de sus tetas. Porque eso no eran pechos, no, eran dos tetas como Dios manda; redondas, grandes, bamboleantes bajo la tela.
Me cogió la ropa que traía en las manos y la dejó sobre la silla.
Yo seguía en la puerta mirándola embobado.
Me había fijado antes en alguna señorita, de esas que venían con sus madres a visitar a la mía y con las que estaba obligado a ser amable y a tomar el té, pero ni en sueños podía haber imaginado qué bajo la ropa, una mujer podía tener ese aspecto.
Frasquita debió cansarse de mi cara de bobo y con una colleja me despertó, -"pero vamos a ver, ¿es qué nunca has visto unas tetas?", yo sólo acerté a decir que no con la cabeza y ella entre coqueta, que lo era mucho y golfa, que también lo era y bastante, se echó a reir y cerró la puerta de su cuarto.
Yo por un instante me preocupé, porque mi madre había salido de visita y nadie podría rescatarme de la lujuria pecaminosa de las mujeres, cómo decía Don José, el párroco, fuera eso lo que fuera, pero qué debía de ser terrible y muy doloroso, porque si no ¿para qué tanto aviso en su contra?.
Me cogió las manos y me las puso sobre sus pechos y bajo la tela pude notar un par de bultitos duros.
Metí la mano y encontré los pezones, rosados y suaves. Los pellizqué sin saber muy bien qué estaba haciendo, pero a Frasquita debió gustarle, porque jadeó, se mordió el labio inferior y me apretó las manos contra las tetas. Se bajó los tirantes y pude acariciarla sin ropa que me estorbase.
Goloso se los lamí y cuando ella me lo pidió, también se los mordí, "suavemente niño, no me vayas a hacer daño qué todavía estás muy verde", se reía flojito, con una risa entre nerviosa y pícara y yo cada vez tenía los pantalones más prietos.
Para entonces, yo ya había decidido que fuese o no dolorosa la lujuria esa, no me importaba y que haría todo lo que Frasquita me pidiese.
Se echó sobre la colcha descolorida de su catre y se remangó la combinación.
-"Ven, túmbate aquí conmigo"_ me dijo y yo obedecí.
Me cogió la mano y la llevó hasta su entraña húmeda.
Se acarició y me mostró cómo debía hacerlo, pero a los pocos minutos me había dado la vuelta y había metido la lengua. Ella gemía y suspiraba y yo sudaba y no pensaba, porque la cabeza me daba vueltas, eso que la tenía metida entre sus piernas.
Entonces algo debí hacer mal, porque Frasquita empezó a dar grititos cómo si la faltase el aire, pero cómo también me decía que no parase, pues no paré, hasta que ella me apartó la cara y me sonrió.
Sin decir nada se arrodilló, me bajó los pantalones y se metió mi pene en su boca. Esa boquita de piñón jugó con él lamiéndolo, chupándolo y besándolo arriba y abajo, hasta que en pocos minutos no pude más y me corrí. Me quedé anonadado, sudoroso, temblón y sin saber muy bien lo que había pasado, aunque me alegré de estar echado en la cama de Frasquita, ya que si no, seguramente me habría caído al suelo.
Entones se echó a reir, me mandó a lavarme la cara y a vestirme, que ella tenía que arreglarse para salir en diez minutos, había quedado con su novio el del pueblo, que había venido a buscarla.
Al rato llegó mamá, que al verme tan acalorado me hizo meterme en la cama, por si tenía calentura.
Esa noche dormí como un bebé y soñé con las tetas de Frasquita.
A las pocas semanas Frasquita nos dejó para casarse y no fue hasta muchos años más tarde, en el funeral de mamá, cuándo volví a verla.
Ya no era esa muchachita golfa y pícara, pero seguía teniendo ese par de tetas impresionante, de las que no podía apartar la vista.
Me dió un casto beso en la mejilla y cuando no la miraba nadie me guiñó un ojo.
Yo sonreí y me despedí de ella con: "cómo me gustan tus tetas, Frasquita", qué seguramente no era la frase más adecuada en un funeral, pero ella me entendió y también sonrió.

Había sido un día duro en el trabajo. Llevaba todo el día corriendo por la oficina y se sentía pegajosa y sudada. El tren tardó en llegar más de lo habitual y el vagón iba repleto, con lo que su sensación de suciedad, se incrementó hasta niveles insospechados.
Notaba las manos llenas de porquería y las palmas tenían un color indeterminado.
Su pelo, que cuando salió por la mañana de casa, tenía un brillo impecable, ahora colgaba lacio de cualquier manera y más que brillo, lo que le daba era un calor insoportable.
Por fin llegó a su casa.
Tiró el bolso en el salón sin fijarse ni siquiera en dónde caía; se desnudó por el pasillo y se metió en la ducha.
El agua tibia caía por su cabeza, resbalaba por su cuello y se metía hasta el rincón más íntimo. Le caía por los ojos y con la lengua intentaba cazar las gotitas que se aproximaban a su boca.
Con las manos ya limpias por el agua extendía la espuma del jabón por el resto de su cuerpo y se estremecía al contacto del frío del gel de baño.
Con el vello erizado y los pezones erectos dejó que la tibieza del agua le cayera por la espalda, mientras seguía enjabonándose.
Se acarició los pechos y trazó dibujos por su vientre, jugando con la espuma.
Bajó sus manos e introdujo sus dedos en su sexo.
Se acarició despacio primero, con urgencia después, para al final coger el agua de la ducha y con la presión justa dirigirla al mismo sitio donde jugaban sus dedos.
Con una mano jugaba con la ducha y con la otra introducía sus dedos una y otra vez, y mientras su calor aumentaba, su piel se erizaba más y más y su corazón se aceleraba.
Llegó al orgasmo y notó como los músculos se cerraban y apretaban el dedo que había dejado dentro, para notar toda la intensidad de su placer, y se relamió satisfecha, bebiendo el agua que aún le resbalaba por la cara.
El agua la refrescó por fin.
Cerró el grifo, se envolvió en una toalla enorme, suave y gruesa y se sentó a leer en el sofá.
El día había mejorado sensiblemente.

B: Bailarina, por supuesto.
A: Adartia, con permiso de Ioda que me lo prestó (es una diosa celta).
S: Sin alma. Sincera, aunque pueda molestar.
I: Inconsciente, porque me faltan grandes dosis de sentido común.
L: Lectora, (pues claro).
E: Enamorada; tanto que me duele.
I: Insolente.
A: Apasionada.
B: Brava.
B: Bella, porque en ningún sitio dice que tenga que ser modesta.
Tras un día de lluvia, llegó la calma. El viento soplaba suave, cual alma serena y tanquila y todo olía a tierra mojada.
Aún podía sentir el frescor del agua sobre su cara y su pelo.
Cerró los ojos e inspiró profundamente, para que el aire limpio barriese las telarañas de su interior.
Volvió la cara y miró al sol sonriendo, aguantando la luz unos instantes.
Se desperezó y siguió su camino: La primavera había llegado y todo, incluído ella, florecía de nuevo.
Aquella mañana recibió una nota:
"Querido mío;
No me debes nada.Tu cuenta conmigo está saldada por completo.
Eres libre. Puedes marcharte cuando quieras de mi vida. Ni siquiera es preciso que te despidas de mí. Y por supuesto que seguimos siendo amigos, ¡faltaría más!.
Te repito, eres libre. Te libero de la obligación de verme y tomar café conmigo. Tampoco tienes obligación de volver a acostarte conmigo, ni siquiera tienes que volver a besarme.
He sido más feliz otras veces, pero a todo se acostumbra el cuerpo. El alma es otra cosa, pero como yo perdí la mía, no tengo ese problema.
Ya ves, todo está en su sitio. Ya me pagaste todo lo que piensas que me debías.
Así que sé feliz y que te vaya bonito.
Siempre tuya,
Carlota"
¡Qué raro!. En lugar de sentirse liberado, sintió un gran vacío, pero cenando con los amigos se le pasaría. Y si no, no había nada que unas copas y algunas amigas no pudiesen arreglar.