Se reían de ella porque tenía agujeros en las manos. «Niña de agujeros en las manos», le decían, «¡mira por dónde vas». Así aprendió a no ponerse en medio. A desaparecer.
Ir al colegio era como ir al infierno, pero sin morirse. No importaba el largo de las trenzas, cada vez más amarillas, como si, en su caso, crecer fuera ir al revés. No importaba el bollo del recreo, ni las mejores notas en Lengua. «Niña de agujeros en las manos», le decían, «nadie quiere ir detrás de ti porque se ve al otro lado».
Abandonó las piscinas y los zoológicos. Las primeras, porque resulta imposible nadar con remos huecos. Los zoos, porque hasta un mandril giró la cabeza para ver de cerca sus manos con agujeros.
No tenía problemas cogiendo cosas; excepto el agua y la arena de la playa. Así que se acabó la playa. Renunció a ser cocinera, pues sus medidas serían siempre pizcas. Nunca pudo usar la mano derecha de visera, por lo que jamás se atrevió a mirar de frente el Sol. «Niña de agujeros en las manos», le decían, «¿qué se siente cuando los atraviesa el viento? »
Soplaba velas en su tarta jugando a que el aire pasara por el menor número de agujeros. Ganaba. Su madre le regaló unos guantes amarillos con los que disfrutaba el invierno, feliz por no sentirse igual que una raqueta sin cuerdas. Y cada vez soplaba más velas, hasta que los guantes fueron de chica. Entonces, no se los quitó más. «Chica de agujeros en las manos», le decían, «¿has probado a rellenarlos de corcho?».
En la Universidad, prefirió el principio de la clase a la última fila. Nadie la miraba, porque sólo tenía que dar tres pasos hasta encontrar un sitio. Hasta esos días, no había sido tan fácil. Podía tomar notas con caligrafías distintas, según usara los agujeros de sus manos para apoyar el bolígrafo. «Chica de agujeros en las manos», le decían, «qué rara eres».
Retuvo las palabras, perdió el corazón. Las trenzas seguían siendo amarillas, y los días, largos. Ojalá hubiera tenido trenzas largas y días amarillos. Buscó un trabajo, le dieron una mesa, con ordenador y un compañero enfrente. Él no veía sus manos, sólo su cabeza. Él no veía agujeros. «Mujer de agujeros en las manos», le decían, «el hombre de más allá del panel debe saber tu secreto».
En la oscuridad de un cine, el compañero de enfrente le cogió la mano. Luego, la película terminó. Hubo muchas películas, tantas como the ends. Se casaron a escondidas, en un barco recién zarpado. «Mujer de agujeros en las manos», le decían, «¿tu marido es el hombre de pies con agujeros?».
Comían queso gruyère cada aniversario. Podían entrelazar los dedos de mil maneras distintas. «Anciana de agujeros en las manos», le decían, «¿cómo lograste que te amaran tanto?».
Tomé cruzaba los dedos para desearse suerte, la que siempre tuvo y la que ahora echaba en falta. Retomó los estudios, volvió a relacionarse con gente de su edad, regresó a los bares.
No hubo bienvenidas ni brindis en su honor, pero, al cabo de unas semanas, todos excepto él tenían la impresión de que Adela Lérida era un personaje de ficción. Dejó de asistir a sus clases, no de repasar leyes, y decidió que le encantaría vivir de defender las costas.
Al acabar el curso, eligió el único día que Lérida no pasaba por el despacho para mirar los profesores que tendría en su materia el curso siguiente. En el tablón, vio con asombro que había aprobado Derecho administrativo II, pese a no haberse presentado al examen final y a haber planeado esforzarse en segundo de carrera para pasar su asignatura.
Lérida le había regalado un seis, pero a Tomé no le gustó demasiado que una calificación inventada fuese lo último que hubiera entre los dos. Eso lo pensó antes de acercarse al anuncio de su entierro, enmarcado en un recuadro negro que emplazaba a una fecha ya vencida.
La profesora Adela Lérida será enterrada en el cementerio civil de Madrid el próximo 10 de junio, a las 12.30 horas. El departamento de Derecho Administrativo ha abierto un libro de firmas para todos aquellos que deseen recordar a la profesora Lérida o despedirse de ella. El jefe del departamento de Derecho Administrativo, XXXXX Madrid, 7 de junio de…
Tomé se llevó las manos a la cabeza y se dejó caer, contra la pared, hasta el suelo. Abrazó sus rodillas. Había cruzado los dedos llamando a la suerte, y resultaba que la suerte urdía bajo tierra.
Todo cabría en un párrafo: nacido el 25 de julio de 1977, en Madrid; hijo de un arquitecto escasamente ambicioso y de un ama de casa muy espabilada; pelo castaño y ojos a veces grises y a veces verdes; tendencia a la faringitis a partir del mes de octubre; deseos de visitar cualquier país del hemisferio Sur; antiguo estudiante de Derecho con poca o ninguna vocación; algunas caries y gafas para leer; habilidad para conducir de noche; cordial en las maneras, brusco en las despedidas; ex novio, deportista de la primavera al verano, hablador desde las 23.00; omnívoro, y lector de novela negra. Hasta entonces, seguiría siendo un estudiante corriente marcado por una historia distinta a lo que su padre arquitecto y su madre ama de casa habían previsto para él. Un tipo corriente que necesitó mendigar al valor su compañía para recuperar el yo de antes; de antes de Adela Lérida y de antes de Derecho administrativo I. Un yo que pudiera controla a los veinte años. Por eso, cuando conoció a una chica del barrio de Embajadores, alguien le preguntó hacia dónde iban, si salían en serio, y sintió que el principio podía ser eso y no lo demás, y entonces trató de hacer justicia con el pasado y de permanecer alerta con el futuro.
El noviazgo, dividido en las dos partes imprescindibles para hacerse a la idea, lo convirtió en un joven apasionado que paseaba de la mano de una chica a la que ser leal. A partir de cierto momento en que dormir fue más soportable, la profesora Lérida retrocedió a la segunda fila de sus obsesiones. Desde el rincón de los fantasmas, en ocasiones venía a colación la muerte de Adela en accidente de tráfico, cuando trataba de alcanzar el pueblo de la sierra a ciento setenta kilómetros por hora y sin haber dormido la noche anterior; las zapatillas demasiado grandes a las que los pies fríos de Tomé se adaptaron sin esfuerzo; la espalda de esa mujer más mayor y silente, al alcance de los dedos en una cama de sábanas gélidas, y la impresión de haber sobrevivido a un viaje extremo al otro lado del cristal de la bola del mundo.
El recuerdo de los miedos asaltaba a Tomé en la penumbra de hacerse adulto, pero apretando los puños supo capear la tentación de quedar maldito. Así pasaron las semanas y los años que le dieron una licenciatura, un coche, un perro para ocupar los paseos que hizo en soledad cuando el anterior murió de viejo, y un trabajo a tiempo parcial. Más tarde, el propósito de recuperar de oficio el litoral, y con él, tres años de opositor que la chica de Embajadores vio con buenos ojos. Cuando ya era funcionario y copropietario de un piso en Valencia, alejado por tren y aire del montón de trastos y personas a las que ni el mapa hacía palidecer, la profesora Lérida comenzó a parecerse a una anciana muy sabia que lo había instruido en la facultad de Derecho y regalado la vocación. Con ese disfraz se la presentó a su novia, embarazada y orgullosa a más no poder de aquel chico curtido, fotogénico y entusiasta del servicio público.
Jamás habló Tomé del calor de las palabras, de la fuerza de un segundo apellido cuando quien lo pronuncia lo hace con poder, de los ancianos y los perros a los que, sin duda, sorprendió dejar de ver a aquella mujer tan elegante con un acompañante que bien podía ser su hijo. No repasó más que mentalmente las frases de la profesora Lérida cuando lo recogía, de incógnito, en algún cruce del centro de la ciudad, ni las medias sonrisas que acabaron por hacerlo sufrir más de la cuenta al buscarles significado. Optó por dejar correr el hormigueo de las piernas cuando creía descubrirla entre la multitud los domingos por la tarde en la Malvarrosa, o los martes, de madrugada, en la pantalla del televisor.
Ausencia y presencia son palabras tan similares que su pista se pierde en el horizonte de la vida que pasa. Tomé se preguntó durante un tiempo si un secreto sería igual de oneroso que una mentira. Para creer que no, le contó a su novia todo lo que recordaba de sí mismo, excepto aquello que era incapaz de olvidar. Esquivando la franqueza y los empujones de una muerte a la espalda, logró ponerse al día en eso de estar conforme, y su novia, para la que Lérida era un lugar y no una biografía que atravesaba la suya, vivió tranquila, a la espera de ensanchar su felicidad gracias a los aciertos, pero también y con el andar del tiempo, al roce del recuerdo.
Madrid, abril-julio de 2008

Tomé recogió los trozos y salió, y corrió hasta ver la luz del exterior, embrutecida por la memoria de las cosas que suceden. Estuvo una hora sumando, una a una, las ventajas de respirar en una bolsa de papel. «Lo peor», pensó, «es no saber qué haré cuando me levante del suelo».
Adela Lérida dedicó a Tomé la noche entera. Estuvo repasando sus dos exámenes parciales, en los que había sido aún más estricta de lo habitual en la tarea de puntuar. Combinó la lectura de su caligrafía espigada con un whisky de malta y unos analgésicos destinados a corregir la jaqueca.
No intentó dormir. No hizo casi ninguna de las cosas que se hacen cuando se espera. No meditó sobre su corazón de piedra. No. Se bebió la botella de whisky entera, y luego, media de vino blanco. Pasó las horas convencida de que, al otro lado de la noche, estaría la mañana, y después, otra noche. Es la sucesión de luz y oscuridad lo que concede más calma a un espíritu turbio.
Sabía que estaba tan borracha como quería, aunque, gracias al alcohol y a su experiencia, no recordaba con soltura si había decidido beber para estar más triste o para volverse contenta. Tomé era poco más que aquel segundo apellido del final de la lista; eso y el alumno que le había envenenado el curso.
En menos de nueve meses, se había convertido en la señora Robinson, y lo peor era que no le disgustaba. Lejos de pesarle la carga del cliché, se sentía cómoda en una piscina tan grande.
Tomé fue capaz de dar siete pasos seguidos hasta tomar un taxi. Prefirió dedicar el resto del día a recoger los apuntes y a ordenar su cuarto. Temía la mirada de su madre, a la que simulaba no ver mientras se retorcía la falda cuando se cruzaban en el pasillo. No hubo reproches ni silencios altisonantes, sino el ruido de las frases que nunca se dicen por temor a la verdad.
«¿Prefieres canelones, o sopa de verduras?», le preguntó al atardecer. Aun cuando los días de verano le quitaban el hambre, optó por los canelones y sonrió a su madre, que trataba por todos los medios de infundirle la serenidad precisa para que pudiera irse a dormir entero.
Su padre se estaba retrasando, así que cenó explicándole a su madre, sin hablar, que dejarse llevar no tenía por qué ser una perífrasis impersonal. Detrás de ella, la profesora Lérida estaba tirando de una cuerda. Antes del postre, un par de lágrimas dieron a entender que la historia había acabado y que nada en ella indicaba que el final fuera un acto consentido. Más bien, se trataba de una doctrina impuesta. Las condiciones nunca habían sido las mismas; jamás había disfrutado Tomé de igualdad en aquel curso. Por debajo de la tarima, a los pies de la profesora y detrás de su sombra. No hubo huellas de sus encuentros y no habría testimonios de todo ese tiempo. Sólo los ancianos y los perros que decoraban la entrada del pueblo de la sierra acertarían a explicar el dónde y el cuándo. El cómo estaba ya inerte.
«Lo peor», dijo en voz alta, «es no saber qué haré cuando me levante del suelo». Y su madre palideció, pero se acercó a él y le dio un abrazo largo. Tomé se libró del pudor juvenil y correspondió, encantado de notar el calor de alguien empeñado en sacarlo a flote.
Pasaron un rato igual que el guante y su mano, hechos uno a otra para evitar el frío. Nadie le contó a su padre cómo fue incapaz de llorar más de lo necesario para que se entreviera su ruina, aunque la madre de Tomé le comentó a su marido que el niño estaba triste, y que el mal de amores lo había hecho vulnerable. Ambos pasaron lo que dura un película entera haciendo propuestas con la intención de animarlo.
Tomé cruzaba los dedos para desearse suerte. A veces, había aprobado sin estudiar; se había caído y, al levantarse, no sufría heridas. De niño, se perdió y tuvo la fortuna de que un viandante solidario lo condujera de nuevo hasta sus padres. Había dejado de fumar antes de que la tos lo tumbase y, hasta llegar a la profesora Lérida, ninguna chica lo había dejado antes de que él hubiera decidido abandonarla. Tomé cruzaba los dedos para desearse suerte, la que siempre tuvo y la que ahora echaba en falta.
* La imagen del abrazo es de modobs.wordpress.com. La de la carretera, de labforculture.or">. El vaso lo saqué de eskizoide.blogspot.com, y la de los dedos, de stuff.co.nz/blogs/lifeatwork.
Y los últimos besos de Adela Lérida, quedos y arrogantes, pero, al fin y al cabo, dignos de recuerdo.
No tenía constancia de haber dejado atrás más de un semestre, pero, al darse de bruces contra su antiguo grupo de amigos, tomó conciencia de que, en ocasiones, sin cumplir años se envejece. «Ya no te pasas ni por la cafetería…», lo acusó Samuel Prieto, resentido y triste. «Estoy muy liado. En cuanto tenga un rato, nos tomamos algo», contestó. «Eres un gilipollas», terció Coque, a quien, en el fondo, no le daba igual. «Te has pasado el curso a dos mil kilómetros de nosotros. Me da por saco que, encima, nos mientas.» Tomé sacó pecho y quiso defender lo que era suyo. «No creo que sea el momento ni el lugar, pero puedo explicarlo.» Ninguno se movió del sitio, aunque por estar parados bloquearan el paso de muchos más. «Perdonadme lo que queráis. Me disculpo por todo», dijo antes de echar a correr en dirección al despacho de la profesora Lérida.
Adela Lérida se había comprado una laca de uñas un poco más oscura. El dependiente de unos grandes almacenes, al verla dudar, le había enseñado unas muestras y, tras compararlas con el color de sus ojos, la había convencido. Ahora, sobre los volúmenes de la Ley de Contratos, había un frasco diminuto que resumía en la etiqueta toda la felicidad de ese momento. El frasco se tambaleó cuando Tomé entró en su despacho y cerró de un portazo. «Seguro que tenías pensado llamar antes, y seguro que se te ha olvidado. Podría haber estar reunida, Tomé.» Él se sentó en la silla de las visitas, muy al borde del asiento, y sin dejar los libros ni la carpeta, sin siquiera saludar, se quedó vacío. Disculparse para volver a salir, poner cualquier excusa y dejar que el futuro fuese el de siempre. Mentir. «Derecho administrativo I. Nunca lo voy a conseguir. Nunca. No importa lo que estudie o lo que me guste la materia. Tampoco que me caiga bien la profesora.»
Adela Lérida estaba empezando a tener muy cerca las señales. Comenzó a frotarse los nudillos de una mano con la otra, a buscar ese anillo que jamás llevaba en las ocasiones en que una mujer fuerte necesita darle vueltas a algo caro para encontrar las palabras. Sin embargo, no dijo ni una.
«¿Por qué crees que la única asignatura que soy capaz de aprobar es esa en la que no soy bueno? No te preocupes. Yo también se lo digo a mi padre; es muy complicado responder a las preguntas sencillas.» La profesora se removió en la silla, meditando si la agenda escondía alguna cita del departamento o la llegada de otros alumnos, pero hurgar en lo posible no era bastante. «No sé lo que quieres decir ni qué puedo aportar para que tú te expliques. En realidad, no sé si vienes a escuchar algo que yo diga o a decirlo tú.»
En el pasillo se escucharon risas, sonidos inapropiados para un trance de tensión. El entorno estropea los instantes tanto como los encuadra. «Si estamos aquí, tú a un lado de la mesa y yo al otro, es porque prefieres que ninguno de los dos diga nada. Y eso es algo muy difícil de lograr cuando lo más valioso de uno son las ideas.» Tomé se sintió orgulloso y aterrorizado por oír todo aquello que llevaba meses reenviando al fondo para que no brotase. Se imaginó como un traidor de la mafia, atados los tobillos a bloques de cemento y con la lengua hecha un nudo. «¿De qué sirve que venga hoy a decirte lo mucho que te echo en falta nada más cerrar la puerta de tu coche y notar que te has marchado? ¿Tiene alguna importancia que cierre los ojos y sólo vea tu espalda? ¿O que prefiera cortarme un dedo a pensar qué será de mí si sigo a tu lado?»
En una silla de un despacho de una facultad de una Universidad, en una capital de país mediado, dentro de un continente viejo, a medio camino entre dos océanos. Un punto que desde el espacio quizá no se vería, a pesar de los gritos de todas las vísceras de dos cuerpos que a veces se atraían y entonces se estaban distanciando. Un punto.
«A veces, todo no sirve de nada.», dijo Adela Lérida. Se levantó para despedirlo, o para abrir la puerta del despacho y notar el aire del sistema de refrigeración en su cara, secuestrada por ese ambiente de telarañas donde incluso un alumno tan joven la había hecho bucear por pasiones ancestrales. Nada más girar el pomo, Tomé recogió los trozos y salió, y corrió hasta ver la luz del exterior embrutecida por la memoria de las cosas que suceden.
* La fotografía del corredor no está firmada, pero la cogí de www.vitonica.com.
A Tomé, lo único que le quedó claro es que aquello valía millones.
Fueron tiempos distintos. Hubo menos reuniones con amigos y más cenas de dos en la casa que había sido del padre de Adela Lérida, y antes, de su abuelo. Tomé comenzó a sentirse seguro además de parecerlo. «No sé qué te pasa, pero éstos dicen que estás muy raro», se interesó Samuel. Cualquier comentario se quedaba corto: no es que le pasara algo, es que le ocurría todo; no es que estuviera raro, sino que las cosas lo habían vuelto distinto.
Hubo exámenes parciales, y sólo aprobó Derecho administrativo I, donde, además, consiguió un notable. «Lo hiciste bien, pero podrías haberlo hecho mejor», explicó Adela Lérida.
En realidad, no se había planteado obtener un beneficio académico a partir de una aventura como aquélla, a la que no sabía ponerle nombre. Una noche, a la salida de la última sesión de cine, cuando las calles ya estaban oscuras y no sorprendía tanto toparse con una pareja desigual, Tomé le preguntó a su profesora cómo los veía juntos. «Ni más ni menos que como somos.»
Ésa fue la primera vez que Tomé notó tambalearse el suelo. Hasta entonces, había esquivado cualquier sombra con su mejor cara. No le dio por pensar en hacia dónde iba de la mano de Adela Lérida en los ratos que pasaban juntos, ni si lo que a él le pasaba era compartido. Tampoco si lo que a él le pasaba era.
Las clases empezaron a ser como pantanos. Acudía sabiendo que podía ahogarse y casi se tumbaba a esperar el final de una jornada al borde del agua. Adela Lérida no lo miraba nunca durante sus exposiciones, y apenas dirigía sus manos a la parte del aula que notaba ocupada por él. Desde la pregunta a la salida del cine, había dejado de reservarle sus movimientos finales, esos en los que, con esmero y elegancia, guardaba sus apuntes en la cartera de piel y se ajustaba el pañuelo del cuello, para, al final, ponerse el abrigo.
Desaparecieron los rincones en que sin decir nada se estaban hablando. Tomé se hizo el sueco; continuó yendo a buscarla al despacho, dejando mensajes en sobres cerrados en su casillero y siguiéndola a distancias intermedias cuando caminaba por los pasillos de la facultad. Adela Lérida convirtió la indiferencia en un territorio de reposo, en el que su alumno se hundía centímetro a centímetro. Sin embargo, hubo más visitas a la casa de la sierra y más encuentros en hoteles pequeños no demasiado alejados de capitales de provincia. Sedes de congresos, enclaves de conferencias, pequeñas escapadas o excursiones de un día. Sólo estaban juntos para pasar la noche y despedirse a la mañana siguiente en un lugar neutral donde nadie dedujese vínculos. Al mismo tiempo en que se bajaba del coche utilitario de gran cilindrada dentro del que todo había empezado, Tomé mentía sobre la vigencia de sus planes. Para Adela Lérida, él era una escapatoria, no un camino, así que cogió un calendario, eligió un día, lo marcó en verde y pasó dos semanas cogiendo fuerzas para estar dispuesto. Lo hizo cuando su padre se tomó la molestia de exigirle rendimiento en los estudios y colaboración en casa. «Es posible que no estés pasando un buen momento, y lo entiendo, pero nada justifica que ninguna persona de esta casa sepa qué haces con tu vida. Durante el tiempo que vivas aquí, te toca rendir cuentas. Al menos, de las cosas que pagas con mi dinero.»
Le escoció el recuerdo de su condición: un joven lejos de ganar dinero; un chico casi guapo próximo a la suerte que vivía de las veces que sus padres abrían el monedero. «Voy a mejorar, pero ahora tengo que salir», contestó antes de darse la vuelta para recuperar la chaqueta que había quedado atrapada entre su padre y el sofá.
El crédito de esas semanas le concedió cinco deseos: la apatía de su familia; la distancia de Samuel Prieto, a quien ya no le gustaba ser ignorado por costumbre; el premio de una porra de fútbol; un disco de segunda mano difícil de encontrar, y los últimos besos de Adela Lérida, quedos y arrogantes, pero, al fin y al cabo, dignos de recuerdo.
No fue preciso referirse al momento, difícil, ni a la curiosa situación de querer quedarse y sentir que era mejor salir corriendo, porque ella lo besó en la mejilla y se apresuró a subir por las escaleras, arrastrando el final de su bata tras de sí.
Tomé se sacó las zapatillas que le quedaban grandes y recuperó su calzado, abandonado al pie de la cama, mientras la profesora Lérida se daba una ducha. Se le pasó por la cabeza entrar al baño, buscarla y comentarle que estaba muy contento de pasar el día con ella, pero escogió quedarse al margen. Con el flequillo revuelto, le dio por preguntarse cómo llegar a su casa en transporte público desde ese pueblo. Después, se puso el abrigo, cogió una hoja de cuaderno que había visto en el mueble de la entrada y pintó en ella un muñeco infantil. En tres trazos, se dibujó a sí mismo andando deprisa y sonriendo, y al pie, antes de firmar, añadió un “hasta pronto” que le supo mejor que un “hasta otra”. 
Se alejó de la casa sin darse la vuelta. En el regreso, vio más perros y más ancianos expectantes de la rutina de los demás que cuando habían ido en coche. Interrogó a un quiosquero sobre la mejor forma de alcanzar la ciudad, y tuvo suerte de encontrarse cerca de una parada de autobús interurbano. Diez minutos más tarde, oteaba el paisaje de la sierra a través de una ventanilla y, simultáneamente, se hacía el incauto. Creía que Adela Lérida estaba muy cerca del Sol, por eso le encantaba soñar despierto que había dormido junto a ella y preparado su comida. De eso trataba, en el fondo, la osadía: de hacer de las cosas corrientes sucesos memorables al lado de personas inaccesibles.
Al abrir la puerta de casa, su madre tropezó con el brillo de los ojos de Tomé. Por su mente pasaron escenas aterradoras: drogas, alcohol, muchas mujeres y ninguna recomendable. Le pidió a su marido que hablara con él, que averiguase eso que tenía entre manos y lo hacía parecer tan vulnerable y, al mismo tiempo, tan lejano. El padre de Samuel aprovechó el descanso del telediario para pasar revista. “Sigues sin tener buena cara. ¿Te pasa algo?” “Ojalá fuera sencillo responder a preguntas fáciles”, contestó Tomé, y su padre vio que la charla no duraría más de dos asaltos. “No queremos que te metas en líos, hijo. A los veinte, años equivocarse es normal, pero no recomendable”, sentenció. Tomé se deshizo de la comprensión con una mirada cómplice, y aprovechó la confusión del momento para irse a dormir.
La primera clase de la mañana la daba Adela Torres. Estuvo especialmente tensa cuando abordó el dominio público costero. “El mar no es de todos, sino para todos. Espero que jamás confundan lo que se comparte con lo que se reparte.” Nadie hizo preguntas, ni siquiera cuando exhibió orgullosa un par de sentencias que obligaban a derruir algunos de los chiringuitos más famosos de Levante. A Tomé le hizo gracia que el tema le interesara bastante menos que la persona que lo exponía, y así se lo hizo saber a la profesora Lérida una vez que en el aula sólo quedaron ellos dos. A ella empezaba a parecerle irresistible que ese alumno compaginara la indiferencia y la picardía sin hacerlo a posta.
Tomé aguardó impaciente a que terminase su tutoría del Doctorado. Entró al despacho, cerró la puerta y no dijo nada excepto “hola”. Lo de después fue posible, según Adela Lérida, porque en España todavía no se destina una parte del presupuesto de los departamentos universitarios a colocar puertas con ventanucos de cristal en los cubículos de profesores. “Si viviéramos en EE.UU, pendería sobre mi cabeza una demanda de millones de dólares y habría perdido mi trabajo”, comentó divertida. A Tomé, lo único que le quedó claro es que aquello valía millones.
"Ojalá haya chimenea", pensó Tomé, que ya tenía los pies fríos.
La miró mientras dormía, echada sobre el costado y con el cuerpo vuelto hacia el balcón. No era, desde luego, la misma profesora, y tumbada tampoco pertenecía a la Universidad, sino sólo a aquel pueblo y al coche pequeño.
Dudó entre bajar descalzo los escalones helados o volver a la cama, de sábanas frías, a esperar un momento de más nitidez. Optó por lo primero, aunque era evidente, incluso para él, que la segunda alternativa resultaría más favorable. 
En la cocina, la nevera estaba llena de verduras, y sobre la mesa, un libro de recetas se abría en el apartado de los postres. Estuvo ojeándolo hasta que asumió que sus pies no soportarían mucho tiempo la temperatura del suelo. A la entrada de la casa, encontró unas zapatillas una talla más grande que su número 44 y una chaqueta de lana que olía a leña. Ya abrigado, buscó en los armarios la harina, el aceite y la leche, y encendió el fuego. Hizo besamel, y maldijo los grumos que nunca podía evitar, y la dejó enfriar junto a la ventana. Después, lavó zanahorias y champiñones, y cortó berenjenas y calabacines, y lo dispuso todo en una bandeja de horno. Capa a capa, preparó un pastel que hacia las 16.00 olía a hecho.
Adela Lérida se despertó con el pitido que anunciaba que la comida estaba en su punto. Al principio, no sabía si estaba en lo cierto; si había conducido hasta la casa de la sierra o si había terminado allí tras una noche deambulando por otros lugares menos hogareños. Si había ido donde quería o si quería ir adonde al final fue. Todas las preguntas culminaron en una más grande, que a ella no solía darle miedo pero que siempre se le ocurría. "Y ahora, ¿qué?"
Se puso una bata gruesa, regalo de su madre, y unos calcetines especiales para andar sin calzado, y bajó las escaleras. Antes de entrar en la cocina, observó a Tomé revolver los cajones para localizar dos juegos de cubiertos, un par de servilletas y un mantel. Justo cuando oteaba los armarios en busca de vasos, se dio cuenta de que lo miraban. "Pensé que igual tenías hambre... Casi he dejado vacía la nevera."
Adela Lérida se sentó a comer, y mientras repasó en silencio la composición del menú. Le hizo gracia que un chico tan joven hubiera decidido a solas ponerse el delantal, y admiró lo práctico de aquel encuentro.
"Está muy bueno", reconoció limpiándose los labios con una servilleta de papel. "Es raro", respondió Tomé, "porque siempre se queda uno a dormir, pero no suele quedarse a comer".
Adela Lérida lo ayudó a recoger la cocina cuando terminaron. Lo hizo con calma, pero le urgía saber qué pasaría cuando ya no quedara nada por hacer y fuese necesario decir algo. Tomé le cedió el paso en todas las puertas de la casa, y tan pronto se hubo duchado y vestido, devolvió las zapatillas a su lugar y miró a la profesora Lérida a los ojos. No fue preciso referirse al momento, difícil, ni a la curiosa situación de querer quedarse y sentir que era mejor salir corriendo, porque ella lo besó en la mejilla y se apresuró a subir por las escaleras, arrastrando el final de su bata tras de sí.
Tomé amarró al perro más cerca de él y le explicó que antes de salir corriendo hay que saber por qué. Luego, levantó la vista y se topó con unas gafas de sol. Adela Lérida, frente a su casa, esperaba.
Concedió al perro medio minuto para olisquear y levantó una mano, como si dirigiera el tráfico, como si saludara. Subió al perro, lo soltó en la entrada, arrancó las llaves de la bandeja y la bufanda del perchero; se despidió de su madre y le advirtió de que quizá no volvería a comer. Ella le colocó el cuello y lo besó con la fugacidad de las madres y el temor de las mujeres.
Tomé no se planteó llamar al ascensor, y bajó los escalones de los cuatro pisos de tres en tres, sin perder de vista el dibujo de sus zapatillas.
La profesora Lérida prefería concentrarse en el barrio, y por eso recibió con una sorpresa premeditada el portazo que siguió a la entrada de su alumno en el coche. Habría querido no decir nada, como en las películas, pero sus manos traicionaron la estética, como en las fotografías. "Hoy no querría que fuera otro sitio. Hoy está bien verla aquí."
Ella puso en marcha el auto; un coche pequeño de gran cilindrada que olía a un perfume que olía a serrín. Tomé dirigió sus ojos a la palanca de cambios, que cabeceaba a seis centímetros de la pierna izquierda de una profesora universitaria. La pierna pulsaba los pedales con más firmeza de la que demostraba la palanca cuando ordenaba las marchas.
"Te fuiste muy temprano." "No era tan pronto", sugirió Tomé. "Sí para un alumno de Derecho adminstrativo I." Adela Lérida tomó un desvío que la condujo a una travesía de rotondas, y tras varios giros secos alcanzaron la autopista.
Si las historias ocurrieran como dispone la lógica, alguno de los dos debería haber preguntado al otro "¿Dónde vamos?". En vez de eso, Tomé aprovechó la espera en un carril de incorporación para tocar con el dorso de su mano un arañazo que cruzaba el meñique de su acompañante. "Éstos duelen", reconoció.
El trayecto sirvió para conformarse con mirar por la ventanilla, para juntar los pies y evitar cruzar las piernas, para esquivar ojos de retrovisor.
Adela Lérida optó por mantenerse al margen de los miedos. Detuvo el coche después de atravesar un pueblo de la sierra y dejar a un lado a tres hombres con garrota, y al otro, una vaquería cerrada, a un niño en bicicleta y a un perro sin amo. Todos fueron sin quererlo testigos de un viaje que daba la impresión de ser improvisado.
Frente a ellos, una casa de piedra y ventanas de madera, de dos plantas. "Puede que viva aquí, o que venga los fines de semana, o que sea la recompensa de un divorcio beneficioso o que se la hayan prestado." Tomé guardó silencio al desabrocharse el cinturón.
"Era de mi padre; y antes que de mi padre, de mi abuelo. Lo bueno es que está en un pueblo, y lo mejor, que está a las afueras del pueblo. Imagino que no querrás verla sólo por fuera..."
Rodearon el coche y volvieron a estar uno junto al otro a la puerta de la casa. Entonces ella rebuscó al fondo del bolso un manojo de llaves, y Tomé le dio tiempo para abrir y palpar a tientas el cuadro de luces que devolvería a las estancias un murmullo que sonaba a antiguo.
"El baño está al fondo del pasillo, pero en la planta de arriba hay otro. Te espero en la cocina", y diciendo esto se metió en un cuarto que bien podía ser el salón, del que volvió a salir con la chaqueta en la mano, y subió las escaleras despacio, balanceando el bolso y la chaqueta al compás de sus pisadas.
"Ojalá haya chimenea", pensó Tomé, que ya tenía los pies fríos.
* La foto de la pintura es de www.cadaquesartstudio.com; la de las nubes, de Marta Pereyra, y la de la casa, de F. Rivera, en www.ojodigital.net.