Parece que entre las necesidades básicas del hombre está la de tener uno o varios referentes que nos aportan una identidad como personas y con ello una seguridad psicológica en la “nanidad” de nuestras existencias. Es como si eso formara parte de nuestro natural desarrollo hasta llegar a la edad de adulto con criterio propio, en ese estado de inmadurez imitamos lo que consideramos imitable cual patitos feos que consideran madre a lo primero que pasa por delante de ellos.
Hasta a aquí todo me parece bien, es lo natural, somos así, el problema empieza cuando esos modelos no merecen serlo, y nos llevan a vivir una vida prestada cargada de ideas y emociones que no son realmente nuestras, nos son sutilmente impuestas por la terrible maquinaria de los medios de comunicación y desplazan, inevitablemente, lo original y genuino que hay en nosotros, pues siempre es más fácil imitar que crear, pero en esa comodidad nos jugamos algo tan importante como el ser nosotros mismos.
Espero que los “frikis” no se me echen encima, ya he dicho que durante el período que lleva a la madurez es lo natural, y yo mismo he tenido muchos modelos, y en cierto modo siguen latentes en algún grado. Pero creo que nadie es tan importante como para acaparar la atención de millones de personas, y no digamos para dirigirlas. No somos tan diferentes unos de otros, aunque ciertamente hay gente muy especial, nadie lo es tanto como para mover la voluntad de las muchedumbres. Las llamadas estrellas, sean del ámbito que sean, son generalmente creaciones del marketing, y cuando se las conoce salta a la luz que son tan humanas como uno mismo, es decir, tienen las mismas grandezas y debilidades que cualquiera de nosotros, por lo que seguirlas a larga nos llevará a la decepción.
Por el contrario hay muchas pequeñas estrellas de la vida real que están cerca de nosotros, que no escriben libros, ni salen en el cine, ni en la radio ni en la televisión, y que sin embargo nos pueden aportar ejemplos de actitudes muy reales, muy auténticas. Esos sí son personajes que vale la pena tener como modelos en nuestra formación como personas, y más tarde como amigos del alma en la madurez, pues lejos de eclipsar lo que somos con parafernalias escénicas, nos ayudan a ser lo que somos, así de sencillo. Desconfiad de las estrellas de pacotilla.
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Al igual que sucede con el dolor o la muerte, los hombres tendemos a huir de todo lo que suene a crisis, pues le atribuimos significados nada agradables. Así, crisis suele ser sinónimo de “mal trago”, depresión, actitud violenta, aislamiento, apatía, etc. Y por lo tanto preferimos no sufrirla, ni que nadie de nuestro entorno caiga en una. Y ante una posibilidad de cambio incierto, pues eso son las crisis, exclamamos aquello de “¡Virgencita que me quede como estoy!”.
Sin entrar en detalles, más propio de psicólogos, creo adivinar dos fuentes de crisis (seguro que hay muchas más) sobre las que voy a reflexionar:
1- Crisis por saturación. Nos sucede cuando asimilamos muchas enseñanzas o informaciones en un período corto de tiempo, con lo cual no hemos podido hacerlas nuestras y esgrimirlas con soltura, al contrario, nos hundimos en una gran falta de autoestima al sentirnos tan inútiles e impotentes, e incluso creemos saber menos que antes. Pero pasado un espacio de tiempo prudencial, toda esa enseñanza pasa a formar parte de nosotros engrosando nuestro saber, la crisis ha sido superada.
2- Crisis por decepción. Hay varios tipos de decepción, Platón en el Fedón incluso le pone nombre a una cuando habla de la “misología” (palabra que no existe), se refiere al odio a los argumentos cuando uno ve que todos pueden ser contraargumentados y por ello ninguno es de fiar (cuando están mal planteados, claro). Y por otra parte está la decepción que una persona puede causar en nosotros, algo que cuando se sufre con muchas personas nos puede llevar a la misantropía, el odio al hombre, dejar de creer en el ser humano. Pero creo que esto podemos subsanarlo, en gran medida, a poco que aceptemos a cada uno como es, y no esperando demasiado de nadie, pues eso es en definitiva lo que causa la decepción.
En ambos casos de crisis hay una pérdida de rumbo en la vida, de claridad, de fuerza para seguir adelante, una inseguridad molesta que rechazamos con fuerza y que nos cuesta asumir, pero… ¡Cuántas enseñanzas nos aporta! Y es que quizá la vida consiste precisamente en eso, en ir creciendo de mutación en mutación, y en aceptar, como diría Edgar Morin (creador del “pensamiento complejo”) que “navegamos en un mar de incertidumbre, entre islas de certezas”.
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Decían los griegos que entre los dioses inmortales y los hombres mortales había un punto medio, un eslabón, un puente entre los unos y los otros, y que estos eran los llamados héroes, hombres mortales que sin embargo se comportaban y pensaban como si fueran dioses, por ejemplo el bombero que se lanza al fragor del fuego sin temor a la muerte o a pesar de sus miedos, es un héroe porque siendo mortal actúa como si no lo fuera poniendo en riesgo su vida. Los voluntarios que ayudan de forma generosa en miles de sitios también son héroes, ellos cuidan de los demás tal y como hacen los dioses con los hombres. El artista inspirado que logra crear algo bello estaría emparentado con Apolo y con Dionisio, también podría decirse que son héroes.
Y así, siguiendo este símil mitológico, podríamos ir viendo las cualidades de los dioses y descubrir que cuando éstas las vive un hombre, estamos ante todo un héroe. Recomiendo los libros “Las diosas de cada mujer” y “Los dioses de cada hombre” de J. Shinoda Bolen, podría ayudarnos a saber que tipo de héroe llevamos dentro.
Pero hay otro tipo de héroe que pasa más desapercibido, el que a semejanza de Prometeo roba el fuego de los dioses y lo lleva a los hombres, a pesar de saber que será castigado a sufrir de por vida. Son aquellos que con sus enseñanzas nos abren la mente a nuevas ideas, aquellos que nos muestran con sus libros las profundidades del alma, los secretos de la vida. Pero no me refiero a algunos eruditos que desde su vanidad nos apabullan con sus citas sin tocarnos “la fibra”, sino a esos otros capaces de olvidar todo lo que saben para redescubrirlo con sencillez junto a nosotros, adaptando con arte todo su saber a nuestro pequeño saber, haciéndolo algo vivo, cercano y vibrante.
A esos héroes del fuego dedico hoy este post.
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Quizá estas reflexiones sean los primero pasos hacia mi perdición, pero si ha de ser así que sea, pues eso es lo que en estos momentos veo y entiendo, y sería un suicidio de la coherencia renunciar a lo que por mí mismo descubro y aprendo.
Todo comenzó (lo que da pie a estas palabras) el fin de semana que pasé en Madrid hace algunos días, un buen amigo me invitó a jugar un partido de futbito el sábado, hacía tiempo que no practicaba ejercicios por problemas en una rodilla (suelo hacer deporte), pero una extraña alegría interior me impulso a aceptar a pesar de ser consciente de la paliza que eso suponía. El caso es que nos juntamos diez hombres (y algunas espectadoras) en La Chopera del Retiro, todos jóvenes menos mi amigo y yo, por lo que fuimos capitanes y elegimos uno a uno a los dos equipos. Desde el primer momento supe que ganaríamos, nos entregamos en cuerpo y alma a correr pelota arriba, pelota a bajo, pase aquí, pase allá, y aunque empezamos muy mal, perdiendo por 0-2, al final remontamos quedando 8-5. El ambiente que se creó entre nosotros al compartir sudor, esfuerzo y goles fue maravilloso, y los otros supieron encajar la derrota que no era tal, pues de lo que se trataba era de jugar y jugamos. A todos se nos quedó una sonrisa de oreja a oreja.
Días después un amigo, soltero él, me contaba como una noche entró en un pub y entre risas y bromas con una chica que se encontró con otra gente, acabaron yéndose a un hostal haciendo el amor apoteósicamente hasta tres veces, no les importó a ninguno de los dos que ella tuviera novio. Por descontado que la apasionada experiencia le dejó una sonrisa de oreja a oreja que aún le dura, y es de suponer que a ella también. Entre mis recuerdos, no lo negaré, hay algún episodio parecido… pero no me pondré nostálgico, mejor será que no.
De todo esto concluyo varias cosas, que esa sonrisa de oreja a oreja es lo más parecido a la felicidad, o al menos a un tipo de felicidad (si es que hay varios), y que como elemento común tienen la osadía, la pasión, el juego y la entrega (y quizá el sudor), que podríamos resumir como “el acto de vivir”.
Y es que va a tener razón Gabriel García Márquez cuando en su obra “Cien años de soledad” apunta que cuando los Ángeles se revelaron a Dios le ganaron la batalla, pero prefirieron que ningún humano se enterara, con lo que es el Diablo quien está en el trono de Dios haciéndose pasar por él y gobernando el mundo, y quien con sus religiones monoteístas llenas de moralina condicionante nos hacen infelices al prohibirnos vivir, y no dejarnos disfrutar libremente de la existencia. Así pues concluyo que la espiritualidad, lo que nos hace felices y ser, está en vivir, en la sed de vida, en el impulso de ser uno con todo lo que existe, y no en otra cosa.
Me voy de rebajas…
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"El Secreto", o "La ley de la atracción", o "The Secret" (VOS), como es conocido este documental, tiene un estilo muy de "teletienda", como de "telepredicador", por lo cual tira un poco para atrás, pero debo reconocer que, a pesar de su presentación muy populista, exagerada y comercial, se apoya en ideas filosóficas y científicas que sí son de mi gusto, como por ejemplo los principios del Kybalión (todo es mental), o los textos de ese otro libro muy recomendable "Iluminación para holgazanes", o los descubrimientos y teorías de la física cuántica al afirmar que el Universo es holográfico y por lo tanto todo está en todo y todo se relaciona con todo.
En fin juzgad por vosotros mismos, yo sólo puedo deciros que estoy de acuerdo en muchas de las cosas que afirman, y además se basan en frases de grandes personajes de la historia. Un documental que recomiendo, aunque no me guste del todo el enfoque que le han dado, que conste.
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Normalmente estamos acostumbrados a que a una causa le suceda un efecto: yo empujo una mesa y la mesa se mueve. Por eso me llamó la atención una frase que sale en la película “Bajo el sol de la Toscana” donde se invierten los términos, es decir que un efecto puede también invocar a la causa, como si causa y efecto no tuvieran que ir siempre en ese mismo orden. También recuerdo que algo así leí en el libro “Los hombres son de Marte y las mujeres de Venus” donde se recomienda a los hombres poco dados a sentir cariño que hagan un regalo, porque el acto (efecto) de regalar y ser generosos, hará que sientan el cariño que les faltaba y que hubiera motivado el regalo.
La escena de la película dice algo así: En cierta ocasión, construyeron en Suiza las vías de un tren para traspasar las montañas, aún sabiendo que en ese momento no existía ningún tren capaz de recorrerlas, pero pasados unos años la tecnología fue capaz de crear uno. También esto me recuerda a esa otra frase “cuando el discípulo está preparado aparece el maestro”. ¿No es lo lógico que primero esté el maestro y luego aparezcan los discípulos? ¿Qué fue primero el huevo o la gallina?
Incluso se me ocurre pensar que el éxito de las psicomagias de Jodorowsky van este sentido: modifiquemos el efecto de las cosas y cambiaremos la causa que un su día nos llevó a una situación no deseable.
En fin, hoy prefiero no sacar conclusiones, ahí dejo esa reflexión en voz alta.
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Desde muy joven siempre me llamaron la atención esas películas donde una máquina, un cerebro electrónico, acababa comportándose como un ser humano. Recuerdo que solía reflexionar: si el hombre es una máquina, ¿por qué no va a ser posible crear una máquina tan perfecta que sea capaz de dar a luz un alma, o encarnarla? Ya se que es ingenuo pensar eso, que a lo más que podemos llegar es a la inteligencia artificial, y que en tal caso no se deja de actuar con respuestas automáticas, muy sofisticadas, pero programables a fin de cuentas.
Pero entonces, ¿Por qué nos emociona tanto ver a una máquina con sentimientos? Es una formula que funciona y el cine ha dado buena muestra de ello, por ejemplo:
- 2001: Una odisea del espacio. Dirigida por Stanley Kubrick en 1968, en ella el ordenador HAL 9000 se equivoca y para disimular (muy humano) se carga a varios tripulantes.
- Engendro mecánico , película de 1977 dirigida por Donald Cammell. En ella un superordenador se niega a decir como sacar petróleo del fondo del océano para no perjudicar la vida marina, y luego se las arregla para renacer en un ser de carne y hueso.
- Blade Runner, dirigida por Ridley Scout y estrenada en 1982. Todo un clásico de la ciencia ficción, donde el androide Nexus-6, poco antes de morir, se convierte en poeta cantando a la belleza de todo lo que ha visto, y muestra su pena porque todo eso se perderá en el tiempo "como lágrimas en la lluvia".
- Yo, Robot de Alex Proyas, protagonizada por Will Smith. En donde el robot NS-5 desarrolla simpatías y hasta podemos encontrar psicólogos de robots.
- El hombre bicentenario, protagonizada por Robin Williams y dirigida por Chris Columbus. Un alma de artista surge en Andrew, un autómata de serie.
Personalmente, la que más me ha emocionado siempre es Blade Runner, y las razones que se me ocurren son varias, por un lado sigue siendo un misterio cómo el hombre dejó de ser animal, regido por instintos (hombre-máquina), y pegó el salto para convertirse en un ser consciente de sí mismo (unos más que otros, claro), con toda su riqueza de sentimientos, ideas, expresiones, etc. Es como si, esos argumentos de película, nos pusieran frente al misterio de esa realidad de una forma directa y desnuda.
Creo que nos identificamos con las máquinas, con esos androides programados que no saben hacer otra cosa que repetir y repetir (algo que el ser humano también hace), y no podemos dejar de emocionarnos cuando uno de ellos, de manera inexplicable, rompe con las cadenas de su automatismo, y se convierte en... "algo más".
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En mi web tengo un artículo más compelto sobre Blade Runner:
¿Qué nos hace humanos? Blade Runner 25 Aniversario
Las más de las veces nos movemos por la vida con un miedo terrible a equivocarnos, como si nuestra dignidad (y con ello la autoestima) se pudiera ir al garete por un desliz. Y bien está tratar de hacer las cosas lo mejor posible, poner sinceridad en lo que hacemos y que todo funcione sin problemas. Al error que me refiero y que tanto miedo nos da, es el que puede surgir (o no) cuando hacemos algo imprevisto, cuando nos dejamos llevar por el corazón, por una esperanza, por un sueño, por una intuición que nos impulsa a lanzarnos al ruedo de vivir.
En ocasiones convertimos nuestra vida en pura rutina por faltarnos ese soplo, ese empujoncito que venza el miedo a... ¿A qué? ¿Al ridículo, al qué dirán? y mientras esto nos sucede, en mayor o menor medida, la vida pasa y nos quejamos amargamente de nuestra suerte, o nos conformamos con ver otras vidas en las películas, o lo que es peor, a opinar sobre la vida de los demás.
No nos damos cuenta de la riqueza que podemos encontrar tras esos posibles errores que finalmente suelen convertirse en aciertos, porque lo acertado siempre es vivir, buscar, crecer, realizar la inquietud que por dentro nos quema. Y no es que yo lo diga, esto es una vieja enseñanza que Jung convirtió casi en ciencia: "Se puede morir de la vida no vivida".
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