Una de las épocas más interesantes de nuestra historia reciente y que provocó un enorme salto, o crecimiento, en la conciencia de la gente, especialmente en Occidente, es el período de las revoluciones inspiradas por la Ilustración con Rousseau a la cabeza, importante es la escisión de los Estados Unidos de América del Reino Unido, y su “Declaración de la Independencia” donde por primera vez se habla de que “…el hombre tiene derecho a buscar su felicidad”. Y no menos lo es la revolución francesa, con todos sus episodios de idas y venidas políticas, y la ejecución de sus monarcas que marca la ruptura total con un sistema de gobierno aristocrático, despótico y de desprecio hacia el pueblo.
Son revoluciones que a pesar del coste en vidas y dolor han conquistado muchos de los derechos de los que hoy disfrutamos, y un cambio fundamental de la conciencia de muchos (pero no de la mayoría), el de que todos somos iguales en cuanto a dignidad y pertenencia a una misma familia, la de la humanidad, concepto idealista que a veces cuesta trabajo creer mirando como está el mundo, pero que, como dice Ernesto Sabato, necesitamos de ellos, los ideales, para dar a nuestras vidas, a la de mucha gente, un sentido vital y de alegría, él argumenta que de lo contrario el hombre puede caer fácilmente en la droga, esa especie de autodestrucción lenta pero segura.
Para esas aristocracias decimonónicas el pueblo era poco menos que objetos útiles, animales necesarios para trabajar y crear riqueza, y si bien hubo excepciones, en general creo que así era como nos veían, en caso contrario la lucha por los derechos no hubiera sido tan difícil, y aún lo es. En ese sentido es curioso leer como entre los conceptos de algunos sabios de la ilustración estaba el descubrir que los animales, en especial los más cercanos a nosotros, los de compañía, tienen sensibilidad y sufren y se alegran y hasta piensan de forma rudimentaria, con lo cual merecen un trato digno en cuanto que se nos parecen. Lo curioso es que una idea tan avanzada a su época (el derecho de los animales) no estaba conquistada ni siquiera para los hombres.
Hoy en día hemos avanzado mucho, y tanto hombres como animales tenemos derechos reconocidos ante la ley, pero que esos logros estén inscritos, y en letras de oro, en los legajos judiciales, no significa en absoluto que en la conciencia de la gente, de nosotros los seres humanos, estén despiertos tan bellos ideales. Para muchos congéneres la vida humana vale muy poco, y no hace falta ser asesino para ello, basta con dar trato de esclavitud en las industrias para que eso sea evidente, o ver como priman los siempre enormes beneficios de las multinacionales por encima de la vida digna de muchas personas que malviven perdiendo sus empleos, la lista de ejemplos sería interminable. Por todo ello mejor ni hablar del trato que damos a los animales de compañía y otros usos.
Todo esto demuestra que aún nuestras conciencias no abarcan lo que sobre el papel de las leyes consideramos justo, por lo cual queda pendiente una nueva revolución social, esperemos que sin guerras, aunque difícilmente sin dolor, queda pendiente La Revolución de las Conciencias, la del despertar a los mismo sueños e ideales que tuvieron los padres de La Ilustración, y ver con nuestros propios ojos su inmensa belleza.
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Al igual que sucede con el dolor o la muerte, los hombres tendemos a huir de todo lo que suene a crisis, pues le atribuimos significados nada agradables. Así, crisis suele ser sinónimo de “mal trago”, depresión, actitud violenta, aislamiento, apatía, etc. Y por lo tanto preferimos no sufrirla, ni que nadie de nuestro entorno caiga en una. Y ante una posibilidad de cambio incierto, pues eso son las crisis, exclamamos aquello de “¡Virgencita que me quede como estoy!”.
Sin entrar en detalles, más propio de psicólogos, creo adivinar dos fuentes de crisis (seguro que hay muchas más) sobre las que voy a reflexionar:
1- Crisis por saturación. Nos sucede cuando asimilamos muchas enseñanzas o informaciones en un período corto de tiempo, con lo cual no hemos podido hacerlas nuestras y esgrimirlas con soltura, al contrario, nos hundimos en una gran falta de autoestima al sentirnos tan inútiles e impotentes, e incluso creemos saber menos que antes. Pero pasado un espacio de tiempo prudencial, toda esa enseñanza pasa a formar parte de nosotros engrosando nuestro saber, la crisis ha sido superada.
2- Crisis por decepción. Hay varios tipos de decepción, Platón en el Fedón incluso le pone nombre a una cuando habla de la “misología” (palabra que no existe), se refiere al odio a los argumentos cuando uno ve que todos pueden ser contraargumentados y por ello ninguno es de fiar (cuando están mal planteados, claro). Y por otra parte está la decepción que una persona puede causar en nosotros, algo que cuando se sufre con muchas personas nos puede llevar a la misantropía, el odio al hombre, dejar de creer en el ser humano. Pero creo que esto podemos subsanarlo, en gran medida, a poco que aceptemos a cada uno como es, y no esperando demasiado de nadie, pues eso es en definitiva lo que causa la decepción.
En ambos casos de crisis hay una pérdida de rumbo en la vida, de claridad, de fuerza para seguir adelante, una inseguridad molesta que rechazamos con fuerza y que nos cuesta asumir, pero… ¡Cuántas enseñanzas nos aporta! Y es que quizá la vida consiste precisamente en eso, en ir creciendo de mutación en mutación, y en aceptar, como diría Edgar Morin (creador del “pensamiento complejo”) que “navegamos en un mar de incertidumbre, entre islas de certezas”.
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Quizá estas reflexiones sean los primero pasos hacia mi perdición, pero si ha de ser así que sea, pues eso es lo que en estos momentos veo y entiendo, y sería un suicidio de la coherencia renunciar a lo que por mí mismo descubro y aprendo.
Todo comenzó (lo que da pie a estas palabras) el fin de semana que pasé en Madrid hace algunos días, un buen amigo me invitó a jugar un partido de futbito el sábado, hacía tiempo que no practicaba ejercicios por problemas en una rodilla (suelo hacer deporte), pero una extraña alegría interior me impulso a aceptar a pesar de ser consciente de la paliza que eso suponía. El caso es que nos juntamos diez hombres (y algunas espectadoras) en La Chopera del Retiro, todos jóvenes menos mi amigo y yo, por lo que fuimos capitanes y elegimos uno a uno a los dos equipos. Desde el primer momento supe que ganaríamos, nos entregamos en cuerpo y alma a correr pelota arriba, pelota a bajo, pase aquí, pase allá, y aunque empezamos muy mal, perdiendo por 0-2, al final remontamos quedando 8-5. El ambiente que se creó entre nosotros al compartir sudor, esfuerzo y goles fue maravilloso, y los otros supieron encajar la derrota que no era tal, pues de lo que se trataba era de jugar y jugamos. A todos se nos quedó una sonrisa de oreja a oreja.
Días después un amigo, soltero él, me contaba como una noche entró en un pub y entre risas y bromas con una chica que se encontró con otra gente, acabaron yéndose a un hostal haciendo el amor apoteósicamente hasta tres veces, no les importó a ninguno de los dos que ella tuviera novio. Por descontado que la apasionada experiencia le dejó una sonrisa de oreja a oreja que aún le dura, y es de suponer que a ella también. Entre mis recuerdos, no lo negaré, hay algún episodio parecido… pero no me pondré nostálgico, mejor será que no.
De todo esto concluyo varias cosas, que esa sonrisa de oreja a oreja es lo más parecido a la felicidad, o al menos a un tipo de felicidad (si es que hay varios), y que como elemento común tienen la osadía, la pasión, el juego y la entrega (y quizá el sudor), que podríamos resumir como “el acto de vivir”.
Y es que va a tener razón Gabriel García Márquez cuando en su obra “Cien años de soledad” apunta que cuando los Ángeles se revelaron a Dios le ganaron la batalla, pero prefirieron que ningún humano se enterara, con lo que es el Diablo quien está en el trono de Dios haciéndose pasar por él y gobernando el mundo, y quien con sus religiones monoteístas llenas de moralina condicionante nos hacen infelices al prohibirnos vivir, y no dejarnos disfrutar libremente de la existencia. Así pues concluyo que la espiritualidad, lo que nos hace felices y ser, está en vivir, en la sed de vida, en el impulso de ser uno con todo lo que existe, y no en otra cosa.
Me voy de rebajas…
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No suelo meterme en cosas de política, son tan complicadas y tendenciosas que me tiran para atrás, pero es que llega un momento en que lo político afecta a lo privado, y por supuesto a lo social, y no puedo dejar de pensar en lo que se nos avecina a todos, quizá la medio-crísis de ahora es ya un indicio de lo que viene.
Me explico: hace tiempo que muchos nos hemos dado cuenta de que el estilo de vida que tenemos en occidente, especialmente los norteamericanos, es insostenible, que la naturaleza no da para tanto, y nuestra salud tampoco, fruto de esa toma de conciencia surgen grupos que cambian de estilo de vida, como por ejemplo los del "downshifting", o los ecologistas, los vegetarianos, etc. Pero es que ahora todo eso se hace muy evidente, demasiado evidente, cuando los millones de chinos, los hindúes y otros países emergentes comienzan ya a imitar nuestro estilo de vida, y también quieren tener de todo (una de las razones del aumento de los precios), que si coches, casas, aire acondicionado, luz eléctrica, centrales nucleares, fábricas, aparatos electrónicos, hacer turismo, y un largo etc. Con lo cual están consumiendo, desde ya, una buena parte de los recursos naturales, tanto en petróleo como en metales, productos químicos e incluso alimentos.
Y claro, no podemos negar a nadie el derecho a vivir tan cómodamente como lo hacemos nosotros, y sin embargo esa misma tendencia no puede sostenerse, a la vuelta de unos años eso se hará aún más evidente. En mi opinión no hay más narices que empezar a cambiar el "chip", hemos de variar nuestro estilo de vida en el sentido de evitar lo innecesario, de consumir de otra forma más inteligente, de comenzar ahora lo que dentro de unos años nos veremos obligados a hacer por las circunstancias sociales. No estoy seguro de cuales son las soluciones, la historia siempre nos habla de revoluciones y guerras traumáticas que reequilibran las cosas, ojalá no tengamos que llegar a nada de eso, para ello creo que tenemos que empezar a pensar en ese nuevo estilo de vida ya.
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Las más de las veces nos movemos por la vida con un miedo terrible a equivocarnos, como si nuestra dignidad (y con ello la autoestima) se pudiera ir al garete por un desliz. Y bien está tratar de hacer las cosas lo mejor posible, poner sinceridad en lo que hacemos y que todo funcione sin problemas. Al error que me refiero y que tanto miedo nos da, es el que puede surgir (o no) cuando hacemos algo imprevisto, cuando nos dejamos llevar por el corazón, por una esperanza, por un sueño, por una intuición que nos impulsa a lanzarnos al ruedo de vivir.
En ocasiones convertimos nuestra vida en pura rutina por faltarnos ese soplo, ese empujoncito que venza el miedo a... ¿A qué? ¿Al ridículo, al qué dirán? y mientras esto nos sucede, en mayor o menor medida, la vida pasa y nos quejamos amargamente de nuestra suerte, o nos conformamos con ver otras vidas en las películas, o lo que es peor, a opinar sobre la vida de los demás.
No nos damos cuenta de la riqueza que podemos encontrar tras esos posibles errores que finalmente suelen convertirse en aciertos, porque lo acertado siempre es vivir, buscar, crecer, realizar la inquietud que por dentro nos quema. Y no es que yo lo diga, esto es una vieja enseñanza que Jung convirtió casi en ciencia: "Se puede morir de la vida no vivida".
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Para ser sinceros, y no vale la pena escribir un blog sin serlo, a veces siento que para qué escribir nada, hay tantos escritores, psicólogos, profesores doctorados, prometedores estudiantes universitarios, y toda una enorme gama de sabios etiquetables bajo múltiples denominaciones opinando y dando clases magistrales por ahí, que para qué voy a decir nada, total seguro que no aporto algo nuevo. Y más si hablamos de educación, donde todos saben que algo falla, pero al parecer nadie encuentra la solución. Esto me recuerda, permítanme el paralelismo, a los sistemas aerodinámicos de los Fórmula Uno, donde el aire que atraviesan y la velocidad a la que lo hacen es la misma desde hace muchos años, y sin embargo siempre están investigando cómo mejorarlos, me cuesta entender que no lo tengan resuelto desde hace años. Pues con la educación me ocurre algo similar, cómo es que tantos años de enseñanza, filosofía, psicología, sociología y otros muchos “ías” no hayan encontrado todavía la mejor forma de educar, y claro, si todos esos “sabios” no acaban de ponerse de acuerdo ¿qué demonios puedo aportar yo?
Pues creo que puedo aportar mi inquietud sobre el tema y los descubrimientos a los que esa iniciativa me lleva, seguramente no servirá de nada, no mejorará la educación, pero al menos yo estaré tranquilo con mi conciencia, pues debo confesar que en octubre, salvo catástrofe no prevista, comenzaré a cursar la diplomatura de “Educación Social”, es decir, me preocupa el tema, y aunque repita lo que otros ya dijeron me embarco en esta problemática, con todas mi ignorancias y todas mis luces.
Leía el otro día la editorial de la revista universitaria Espéculo (UCM) "Una pregunta dolorosa", donde reconocen que hay un retroceso cultural, cuando me sorprendió ver que se preguntaban “en qué les hemos fallado”, buen principio de humildad para buscar respuestas. El fallo a mi entender es variado, y yo mismo soy una víctima de ese sistema educativo, en caso contrario no estaría con 46 años empezando una carrera universitaria, y es que cuando tenía catorce años no entendía para qué servía aprenderse los ríos de memoria, y pretender, a tan tierna edad, que comprenda la obra de madurez de todo un Pío Baroja me parece un despropósito mayúsculo, con razón siempre fui un mal estudiante, coherente ya a esa edad, sólo estudiaba lo que podía comprender, y lo que no ¿para qué?
En California (pues en todas partes cuecen habas) llamaron a un famoso psicólogo de la escuela Gestalt para que les orientara en esto de la educación, ese psicólogo no era otro que Claudio Naranjo, sus aportaciones serían muy útiles, (aunque, la verdad, me parece una versión “light” de J. Krishnamurti). También está la escuela Summerhills donde se busca no tanto atiborrar de información a los alumnos, sino que crezcan emocionalmente equilibrados, ya tendrán tiempo de elegir qué estudiar una vez tengan esa necesaria madurez. Y por supuesto, no podemos olvidar a Edgar Morin con su “pensamiento complejo”, muy recomendable es la lectura de “Los siete saberes necesarios para la educación del futuro”, donde plantea lo primero de lo primero, cómo aprender a aprender, y algo fundamental, una teoría completa de lo que es el hombre, incluyendo un sentido de la vida, algo que se suele olvidar en la educación, pues no hay que olvidar que somos personas además de ingenieros o lo que sea, como muy bien apunta Ignacio Gómez de Liaño en ésta magistral entrevista "Hoy se enseña a la gente a ser ingeniero, pero no persona".
Resumiendo: bien está darse cuenta de que algo falla, pero mejor aún es ponerse manos a la obra para comprender la raíz del problema y luego aplicar las soluciones que sin duda surgirán de esa inquietud. De eso va el ciclo de conferencias que se está haciendo en Madrid: "Complejidad y modelo pedagógico". Recomiendo especialmente los artículos de Alicia Montesdeoca (dirije el ciclo y de profesión es socióloga), una conocedora de Ken Wilber y la física cuántica, de donde extrae ideas muy valiosas para el campo de la educación.
En fin, espero haber aportado algo, comienzo con ilusión mi diplomatura, seguro que para cuando acabe podré aportar mi granito de arena.
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Haciendo limpieza entre mis papelotes redescubrí un artículo que me mandaron hace tiempo en uno de los varios boletines que recibo mensualmente, si en su día decidí imprimirlo es porque me resulto interesante, y hoy, que vuelvo a releerlo me lo sigue pareciendo, razón por la que me decido a compartirlo con todos vosotros. El tema del amor otra vez en mi blog, no podía ser de otra manera.
Explica el artículo que para vivir un amor completo y verdadero se deben dar tres premisas: intimidad, pasión y compromiso, y que si uno de ellos faltara, habiendo combinaciones de dos de ellas o de sólo una, entonces ya no es verdadero amor. Pero lo curioso de esta fórmula es que las combinaciones que se pueden dar explican muy bien la situación en la que nos hallamos muchos de nosotros, pues no creo que sean demasiados, más bien deben ser minoría, los que en su relación de pareja encuentren intimidad, pasión y compromiso, al menos no durante un período de tiempo largo, pero es que cuando uno se casa se supone que es para toda la vida.
Quizá habría que definir un poco que es cada cosa: cuando decimos intimidad nos referimos a abrir nuestra alma con toda su luz de sentimientos, ideas e ilusiones, algo que requiere confianza total; la pasión viene dada por un enamoramiento renovado y alegre que ve en el otro cosas tan bellas que no puede evitar entregarse y desear fundirse en el acto sexual con él o ella; el compromiso es un sentimiento de responsabilidad voluntario y respeto que te lleva a querer compartir la vida con el otro, a cuidarlo y ayudarlo en todo. Quien tenga todo esto ya puede darse con un canto en los dientes, le ha tocado el gordo de la lotería.
Pero la realidad suele ser menos “Ideal” ¿verdad? Y es entonces cuando empiezan las combinaciones: si sólo hay intimidad eso es cariño; si tenemos intimidad y pasión es una aventura romántica; si lo que hay es intimidad y compromiso entonces se es compañeros; sólo compromiso es el más absoluto vacío; compromiso y pasión dan como resultado un amor esporádico; y cuando sólo hay pasión es una relación obsesiva llena de celos por lo posesiva que es.
Como dice la canción: el que tenga un amor que lo cuide, que lo cuide, y los demás… seguiremos cojeando por la vida, con más o menos suerte, con más o menos amor, pero viviéndola que es de lo que se trata ¿o no?
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Hay un tema que siempre me… altera el equilibrio, y es la poca conciencia que tenemos de lo colectivo. Según leí no hace mucho en un libro muy recomendable: “En busca del Universo invisible” de Luis Martos Herbás, lo de la conciencia colectiva es algo de grados y que acontece de forma automática, es decir: el átomo tiene conciencia de la molécula en la que reside; la molécula del órgano del que forma parte; los órganos de un conjunto de órganos y estos de un cuerpo vivo, de no ser así no funcionaría nada, pero el libro va más allá y habla de la persona que tiene conciencia de vivir en familia, y la familia de convivir en una ciudad, y la ciudad en un país, etc., etc., hasta sentirse eso que suena tan bien y se practica tan poco de “ser ciudadano del mundo”.
Pues bien, según el mentado libro, los españoles somos de los que menos conciencia colectiva tenemos de toda Europa, los ejemplos saltan a la vista, tenemos la sensación de que todo lo que pertenece a lo colectivo en realidad no es de nadie, de ahí que el mobiliario urbano sufra destrozos, que los ruidos nocturnos se alarguen en la noche con total desdén por los que duermen, o que el dinero público se derroche porque, total, no es de nadie; incluso que la selección española de football no tenga animadores en los mundiales, según los expertos porque la gente se siente más perteneciente a un club que a un colectivo más grande, como sería la selección de un país.
Esa mentalidad aplicada a la ecología es la que inspira esos anuncios publicitarios cuyo mensaje es claro, si uno piensa que total por una botella no pasa nada y todo el mundo hace lo mismo (y en un alto porcentaje sí hace lo mismo) nos encontraremos con un paisaje convertido en basurero ¿Qué es lo que falla? La conciencia de lo colectivo, el no sentir como propio lo que es de todos, ahí dejo un tema de reflexión, a ver si entre todos hacemos crecer nuestro grado de conciencia.
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