Llevamos una buena temporada recorriendo líneas y párrafos de tono noir, bien, pues hoy vamos a dar un giro copernicano al asunto, se acabó la modernidad, adiós a los temas introspectivos, fin a lo urbano, au revoire al existencialismo, porque, amigos, vamos a hablar de España.
El libro que aquí traigo es el primer volumen del folletín El tempranillo, Historia de un buen mozo, que lleva por título El jefe de la cuadrilla, su autor es el fénix de la novela española por entregas, Don Manuel Fernández y González.
Don Manuel dedicó 2 novelas a José María Hinojosa, El rey de Sierra Morena, Aventuras del famoso ladrón José María, publicado entre 1871 y 1874 y, dado el exitazo, la que nos ocupa, José María el Tempranillo, Historia de un buen mozo.
Aunque esta segunda fue publicada en 1886 recoge paradójicamente a modo de precuela los primeros años de vida e iniciación en el oficio de Hinojosa. La obra es más que ingente y lo que tenemos aquí al lado es el primer volumen que ha publicado la editorial Mandrágora dentro de su serie El folletín español. La historia, por tanto, queda en el aire. Aun con ello no es una sensación que pille al lector de nuevas puesto que cada capítulo es un cliffhanger casi siempre forzado al límite.
Voy a hablarles brevemente de los dos personajes principales de esta historia, Don José María y Don Manuel, creación y creador. Pudo el bueno de Don Manuel oír en su tierna mocedad hablar de las peripecias de El Tempranillo dado el origen meridional del juntaletras (zevillano, por más señas) y la coyuntura cronológica, nació en 1821 y el bandolero murió en 1833.
Como bien sabemos la cosa del bandolerismo en España siempre ha estado como bien vista, la rebeldía a la autoridad y la amistad por lo ajeno han sido sólo pequeños detalles que engrandecían las figuras de estos presuntos delincuentes. Con ello quiero decir que Don Manuel con este novelón pretende dar al lector lo que este espera, una hagiografía, y ser fiel a los hechos históricos no llega a intención, ha venido aquí a novelar y no a hacer historia.
La primera licencia artística del escritor es el lugar de nacimiento que sitúa en Montilla cuando ese feliz acontecimiento realmente tuvo lugar en la también hermosa y cordobesa localidad de Jauja, próxima a Lucena. El Tempranillo histórico tuvo la gracia de José Pelagio Hinojosa Cobacho y sus circunstancias personales debieron ser bien duras, un entorno de absoluto subdesarrollo (con perdón), unos Mayorazgos cabrones perdidos, una pobreza infinita y unas jambres perpetuas solo podían llevar al buen mozo a lanzarse a la serranía a bandolear y ganarse la vida de aquellas maneras. Cuentan las fuentes (orales) que la estatura del personaje era indirectamente proporcional a su bravura, arrojo e inteligencia natural. Su apelativo le viene de lo pronto que el muchacho se inició en las artes del latrocinio, los delitos de sangre y la esgrima a navajazos a nivel de usuario,” ¡Temprano empiezas, muchacho!”, le decían los lugareños.
Fernández y González por aquello de incrementar un poco la tensión dramática del asunto nos presenta al Tempranillo literario como un chaval bueno bueno, futuro sacerdote incluso, “El acólito” le llamaban dado que parecía que el joven había sentido la llamada, cosa que a su padre “El Gamo” le encantaba, visto lo que las malas compañías podían hacer a un muchacho de bien. Ni que decir tiene que esta historia se tuerce de muy malas maneras y acaba por llevar al adolescente a la huida a caballo al monte; es en este punto donde convergen ambas versiones de la historia.
La popularidad de Josemari se debe a la fama de dadivoso con los desfavorecidos que el cordobés cultivó, como un Robin Hood cetrino y dorado por el sol. De hecho, cuentan los más viejos del lugar que en el momento en que vino la parca a visitarle con tan sólo 28 años de edad, solamente poseía 2 casas, 2 caballos, un puñado de reales y un hijo de 2 años; o algo así reza su testamento.
Esta buena fama y una portentosa habilidad para librarse de los Migueletes (los Voluntarios del Rey) que le perseguían, suponemos con la eficacia habitual de los Cuerpos y Fuerzas de Seguridad del Estado, agrandaron su popularidad a los límites de, por lo menos, un Cid meridional glosando las coplas y los cantares las hazañas del Rey de Sierra Morena.
El destino del bandolero se prolonga hasta el fatal desenlace (obviamente, no podía ser de otra manera) si bien en esta primera parte solo conocemos sus primeros escarceos en los resecos montes de la vida. Plagados estos, eso sí, de gente alteradísima, con unos nervios en tensión permanente, montaraces de ojos inyectados en sangre mirándole a usted, querido lector, como si hubiera ultrajado a su hija de ellos en un descampao y con una única solución que pasa inevitablemente por el filo de una navaja y su cuello de usted en comunión.
Este es uno de los rasgos estilísticos de Don Manuel, la crudeza en la narración, sabedor de que el lector se inflama con los temas criminales y de entrepierna, el folletinero les da 2 tazas bien sobrantes de ambos ingredientes. Los desenfrenos sexuales, los amores visceralísimos al primer mordisco, las peleas a muerte, los ojos saliendo de sus cuencas, los desmembramientos gratuitos son ingredientes fundamentales en el libro, por lo que comenta Alfredo Lara en sus acertadísimas notas incluso más que en otras obras del sevillano.
Cuando hablamos de FyG hablamos de él y de sus ayudantes, aunque nunca sabemos donde acaba uno y empiezan los otros, en esta obra de madurez tardía suponemos que un importante papel de estos negros que ayudaban a que el titular de la franquicia pudiera responder a las exigencias de producción a las que se veía ya sometido.
Es Fernández y González, pese a la cotidianeidad de sus apellidos, un personaje fuera de lo común. Creador imparable, (hasta 200 novelas pueden llevar su firma) ha sufrido el ataque de la crítica y de sus colegas de profesión hasta nuestros días. Las revisiones del autor no consiguen dejar de lado una personalidad excesiva, dilapidadora, vividora, soberbia, chulesca y prepotente, si bien los palos a sus cualidades literarias no están tampoco de lado, explotador, mentiroso, grandilocuente, ultralocuaz, ignorante, inculto y, sobre todo, exitoso. Esta, a mi tonto entender, es la clave que distingue a Manuel de otros compañeros de protobohemia madrileña que tuvieron la suerte de sumar una indudable falta de talento literario a deshonras personales considerables para colmarlo todo con un fracaso de crítica y público absoluto.
Fernández ganó mucho dinero pero, admirablemente, se lo gastó todo, despilfarrando como solo los más grandes saben hacer, comprándose coches de caballos con sus iniciales labradas en las puertas, disfrutando a todo trapo y teniendo eficaces “secretarios”, en definitiva, viviendo por encima de sus posibilidades queriendo ser el Dumas español.
Don Manuel cobraba por página y, por supuesto, esto define su forma de escribir, diálogos prolongados sin sentido, puntos y aparte a gogó y descripciones absolutamente innecesarias marcan cada capítulo mientras suman caracteres y líneas de caja de impresión. Todo ello puede parecer negativo (que demonios, lo es) pero son marcas definitorias de su estilo y autoría, así como lo son su gusto por una narrativa parahistórica donde las licencias literarias pueden al rigor cronológico (y a lo que yo digo chapeau) y una proximidad al hecho meridional genética en origen y voluntaria por aquello del salvaje exotismo.
No puede quedar de lado la particular forma en que el escritor recoge las formas de hablar de las gentes de Despeñaperrospabajo. La cuestión ortográfica queda de lado para plasmar con la mayor fuerza posible el “encanto” de esta ruda forma de expresarse. Lo que en principio al lector le descacharra (“¡Lo dise osté de una manera!”) pasa después a hacerle esbozar una sonrisilla cómplice (“Pus mire su mersé, señó”) y finalmente acaba por saturarle de mala manera (“Puus no hay naa más que disir”). Una gracia que no se puede aguantar.
Cerrando ya, literatura ni para todos los paladares ni para todos los estómagos, como un cólico por una ingesta masiva de salmorejo. Si, como yo, han pasado por eso, sabrán de qué les hablo.
Como una cajetilla vacía de Gauloises. Usada y arrugada, de las blandas, con el plástico transparente todavía pero lleno de agua y meados de perro. No es agua fresca, de rocío matutino, es agua de cloaca, de regadío indiscriminado de acera casi al amanecer. Deformado, doblado, desgastado, acumulándote junto al resto de residuos a la entrada de la alcantarilla, así te encuentras después de leer Nada de Jean-Patrick Manchette.
Como una cajetilla vacía de Gauloises. Negro y sin filtro.
Nada es probablemente la obra más conocida de Manchette, el tipo que vino a renovar el género negro desde Francia despellejándolo vivo, pringándose de tripas y muriéndose de cáncer con 53 años.
En los últimos meses hemos tenido en nuestras librerías una reedición de esta obra cumbre por parte de RBA con una portada así como para los tiempos que nos ha tocado vivir, muy fea. Yo me he leído la edición que la editorial Júcar hizo dentro de su serie Etiqueta Negra, con el paquete de Gauloises que les decía en portada.
La figura de Manchette nunca quedará suficientemente vindicada en esta página, renovador de la novela negra francesa y padre (o uno de ellos) de lo que se vino a denominar neopolar, ese asalvajamiento del género, ese plato en crudo, con sangre chorreante, hijo de unos tiempos (aquellos también) asesinos.
Dicen las crónicas que la novela negra vivía un añoñamiento, una convencionalidad extrema hasta la llegada de Manchette, probablemente no será para tanto, ya saben, licencias bi(bli)ográficas, pero sí que es cierto que el nuevo punto de vista fue rompedor y marcó hasta nuestros días a generaciones de escritores y lectores.
Nada es un titulo revelador, la sensación tras su lectura es atroz, la angustia y el vacío total son un reflejo de la época y el lugar en que fue escrito (1972), la Francia de los años setenta. La situación política es algo más que un telón de fondo, es lo que dinamiza y mueve a los personajes. La historia no es complicada, un grupo de lo que llaman en los telediarios radicalesantisistema o lo que es lo mismo, un grupo de sensatas gentes de izquierda nihilista, planean el secuestro del embajador estadounidense, una persona objetivamente mala, la cosa acaba fenomenal, como imaginarán. Se cuenta como se forja el grupo, los reclutamientos profesionales, los ataques de visceralidad y los balazos a quemarropa.
La fuerza no la tiene (solo) la trama, la tiene la situación en la que se ven los personajes, el ritmo de destrucción y entropía que coge la historia como un loco tiovivo, las piezas del dominó caen ruidosamente y saben positivamente que va a ser así. La desolación y tristeza infinita invade todo.
Una sensación húmeda, asquerosamente fría, como si hubieras pasado tres noches sin cambiarte de ropa ni para dormir.
No te vas a quitar ese mal sabor de boca ni desollándote, léetelo.
Fue el 7 de diciembre de 1996 en Chicago. Lo que se veía colgando de la ventana de aquella oficina no tenía nada que ver con la típica decoración de la próxima navidad. Eugene Izzi colgaba ahorcado y, consecuentemente exánime, del exterior de su despacho en un piso 14 de la avenida Michigan. Muy muerto.
Cuando descolgaron el cuerpo la policía pudo comprobar que la habitación estaba cerrada con llave por dentro, que Izzi llevaba un chaleco antibalas (con el que solía dormir, por otro lado) y que guardaba anotaciones en papel en los bolsillos.
Oficialmente dicen se suicidó.
La vida de Eugene Izzi nunca fue un camino de rosas, hijo de un expresidiario alcohólico dejó prematuramente los estudios para enrolarse en el ejército, de allí volvió a casa para iniciar una pequeña carrera delictiva, trabajar en una acería en el sur de Chicago, casarse, tener hijos y comenzar a beber sin pausa.
Como la situación era de difícil sostenimiento Gene encontró la forma de exorcizar sus demonios interiores (me gusta mucho esta frase) con la escritura. Su primer trabajo publicado fue La encerrona (The Take) en 1987, al que siguieron otra docena de libros más antes de que la cuerda se anudara fatalmente en 1996. La obra de Izzi si no estamos equivocados está representada en castellano únicamente por la edición que de La encerrona hizo Ediciones Barataria en 2008 dentro de su serie Mar Negro.
Con una trayectoria como la suya y siendo un conocedor de primera mano de los bajos fondos de Illinois la tarea de investigación la llevaba muy avanzada, como comprenderán. La encerrona sigue los cánones de la novela policiaca con fe, destacando especialmente por su crudeza, una habilidad natural con los diálogos y una sensación continua de fatum terrible que se avecina.
La historia contada es la de Fabe Falletti, expolicia caído en desgracia y experto, por ende, en cajas fuertes, y su último gran golpe. Junto al italoamericano su compañero, amigo, persona afroamericana y, no por ello pero sí, expresidiario también Doral. Embarcarse en esta penúltima gran aventura obliga a Fabrizio a mentir al único amigo que le queda dentro del deshonrado cuerpo de policía, Jimmy Capone, y dar paso a un juego de casualidades, trampas, tráfico de estupefacientes, camareras, encerronas, sangre, muertos, huidas a mejores climas y médicos drogodependientes. Una vorágine imparable trazada por Izzi sin miramientos, con una poderosa carga testicular y sin ningún escrúpulo.
Sí, un planteamiento típico pero lejos del cliché del género, y desde luego opuesto a cualquier idea moralizante; un combinado de personajes que buscan poco más que su propio interés pero que se encadenan entre sí con algo parecido a la amistad. Una sorpresa agradable para quien, como yo, desconociera al autor y su obra.
Ahora, editores, está en sus manos descolgar el cadáver de la ventana, aflojar el nudo de su frío cuello y publicar los otros 12 libros del finado. Aquí abajo, en la acera, creo que estamos unos cuantos mirando allá arriba a ver que hacen.
La firma de su contrato con International Artists fue una de sus decisiones más desafortunadas, gestionados lamentablemente, con una promoción nula (se pueden contar con 2 dedos las fotos del grupo, comparen con unos Doors para hacerse idea) y unas presiones para la grabación insufribles.
Presiones que acabaron por editar sin permiso un disco de falso directo (con aplausos grabados como en los 50s) entre sus 2 primeros trabajos, The Psychedelic sounds of y Easter everywhere. Ambos discos fueron grabados mayoritariamente en picos altos de ácido, a altas horas de la madrugada y sin tomas desechadas, todo salía bien, en este aspecto pocos grupos podrán competir de verdad.
Los sonidos psicodélicos (1966) responde más a ese espíritu garagero del grupo, como disco resulta poco homogéneo, pero contiene trallazos incuestionables más allá del conocido You’re gonna miss me y de una portada que ha pasado a la historia. Easter everywhere (1967), ya con cambios en la base rítmica del grupo, es un disco que carece de los singles de su disco anterior pero a cambio gana en coherencia, fluidez, psicodelia y algo así como “espiritualidad”, esto último debemos agradecérselo a Tommy Hall, a cada uno lo suyo.
Como les decía los malcarados sheriffs tejanos estaban detrás del grupo y acabaron por ejercer su función de fuerzas represoras una vez que la banda volvió a casa tras un no-afortunado periplo californiano. Siendo unos apologistas del consumo de drogas, (se repartían secantes de ácido entre el público de sus conciertos, ¡y gratis!), y a la vez consumidores contumaces solo podían tener problemas en semejante entorno.
El estilo de vida de Stacy no cambió con el tiempo, sufrió en sus carnes la persecución policial lo que le llevó en varias ocasiones a la cárcel. Dentro de las medidas de “reinserción” destacan las llamadas Lecciones de Natación del Departamento de Policía de Texas, consistentes en coger al “sospechoso” y lanzarlo desde un puente (imaginamos que de altura razonable) directamente al río. Suponemos luego recogerían al pobrecito.
Pese a todo esto, Sutherland fue el principal artífice del último trabajo de estudio de los 13th Floor Elevators, Bull of the Woods (1968), donde la psicodelia se suaviza y se mezcla con el country dando un resultado imperfecto (culpa de IA en buena medida) pero de una belleza sedosa donde Erickson aparece en pocos temas destapando las calidades de la voz de Sutherland y a Hall ni se le concibe, después de superar por levitación (creía realmente en ella) la mediocridad del mundo musical.
Durante y después de este testamento sonoro, los conflictos con la autoridad, una delicada salud mental, una madre que tampoco estaba muy en sus cabales y un consumo incontrolado de todo lo que caía en sus manos acabaron haciendo clic en la angelical cabecita de Roky. La justicia vio encantada como era ingresado en una Institución para los Criminalmente Insanos de Máxima Seguridad (natural, después de que Tommy huyera con él de otros ingresos). Después de años de estancia, electroshocks y hasta un nombramiento como Reverendo en el Hospital de Husk, Erickson volvió paulatinamente a la vida “normal”, grabó reivindicables discos en las últimas décadas, vivió dentro de una caravana con decenas de televisores encendidos (emitiendo pero no recibiendo) e incluso ha ejercido el derecho al voto. Cualquier año los indies le llevan al Benicassim de turno.
Tommy Hall por su parte, abandonó todo contacto con el estilo de vida convencional y se retiró a vivir con otros iniciados a una cueva; lo más normal del mundo. Después de décadas desaparecido con más que probables indicios de trapicheos en puertas de colegios e ingresos carcelarios ahora vive en un minúsculo apartamento en San Francisco rodeado de libros, revistas y películas de VHS, reniega de su etapa Elevators y habla del pensamiento horizontal.
Stacy Sutherland murió el 24 de agosto de 1978 de un disparo de su chica Bunni en su propia casa de Houston. Una personalidad adictiva, que se suele decir, con una mala suerte destacable en asuntos del corazón acabaron con su vida demasiado pronto. Los niños le metieron pajaritos muertos en los bolsillos antes de ser enterrado. Años atrás, en plena visión ácida, habría vislumbrado el momento de su muerte, del que dio detalles, para mayor estremecimiento.
Los ensayos-estudios sobre grupos de música popular contemporánea suelen adolecer de una tendencia a la hagiografía realmente pestilente. Drummond, sin embargo, opta por una narración documentada, plena de intervenciones de los protagonistas, rica en declaraciones y en un poderoso aparato gráfico que acaban por hacer de este libro el mejor que servidor conoce sobre cualquier grupo de música popular.
Leyéndolo descubre el lector la importancia que tuvieron estos tejanos, como tras la aparente ruptura de “tradiciones” redneck y el provocador consumo de sustancias legales, alegales e ilegales había un grupo que hacía unas poderosas canciones y unos músicos con mucho talento. Alguien debería hacer una película de todo esto.
Si disponen de 75 libras no dejen pasar la oportunidad de agenciarse una de las 4000 cajas numeradas que salen a la venta este mes con nada menos que 10 discos con todo lo que los Ascensores grabaron (y no) junto a un librito (extracto de este Eye mind, imagino) con la historia del grupo relatada de nuevo por nuestro nuevo ídolo Paul Drummond. The sign of the 3 eyed men se llama la cosa.
Ay, eso sí, se me olvidaba, este libro del que llevo hablándoles ya un rato no lo busquen en castellano, no existe edición ibérica.
Ustedes no sé, pero servidor, trase leerlo, solo puede decir que I've got levitation.
El 13 de junio de 1975 Roky Erickson hizo una declaración jurada en la que afirmaba que no era miembro de la raza humana y que, de hecho, ni siquiera era del planeta Tierra. De esta forma quería probar a la persona que le estaba dando descargas eléctricas en la cabeza que era un alienígena.
De esta y otras muchas historias versa el libro que les pongo encima de la mesa, Eye mind, La saga de Roky Erickson y los 13th Floor Elevators, pioneros del sonido psicodélico.
Este ensayo de Paul Drummond (con prólogo de Julian Cope) recoge en sus 424 páginas toda la historia de Roky, orgullo de Texas, y de todos los que formaron parte de la vida de los 13th Floor Elevators.
La historia comienza en Kerrville, un agujero infecto, palurdo y aburrido a más no poder de la socarrada Texas, donde, presos de un aburrimiento sumo Stacy Sutherland y John Ike Walton comienzan a intentar desperezarse, a dejar de freír lagartos en la orilla del río, a tomar jarabes y frutos de la tierra y a formar una banda de rock and roll (¡yeah!).
El grupo fue nutriéndose y creciendo con cierta velocidad con la presencia de Benny Thurman (primer y cristianísimo bajista) y con Tommy (y Clementine, su señora) Hall, quien aportó el aparato digamos ideológico que no musical a la banda. Era (y es) Mr. Hall un tipo especial, de orígenes conservadores y próximos al Partido Republicano, al que el descubrimiento de las sustancias psicotrópicas, de las culturas orientales y del aburrimiento del campus de Austin le llevaron a una apertura de mente absoluta. Dado que sus talentos y conocimientos musicales eran próximos a cero, Tommy se encargó de tocar el electric jug, esto es, una especie de garrafa de barro que los aldeanos de la zona sur de los USA “tocaban” tradicionalmente soplando por la única abertura del objeto. El sonido, característico, se alteraba por la forma sincopada de soplar de Hall y por la proximidad del micrófono, obteniendo el sonido característico de fondo de (sobre todo) el primer disco de los Elevators.
Semejante instrumento y semejante personaje dan lugar a numerosas historias que Drummond recoge con fidelidad, como el proverbial mal olor que despedía el “músico” por su obsesión en no quitarse la americana y el jersey en los conciertos (hablamos de Texas, amigos), o su vocación de liderazgo, de svengali sureño, a veces ridícula y con la única pretensión de epatar, como cuando se comió una cucaracha delante de una aterrorizada madredemúsico con el poderoso razonamiento de que “son sólo proteínas”. Si suman al personaje, el instrumento musical y una vida experimental en lo que al consumo de sustancias se refiere, dará como resultado situaciones disparatadas, por ejemplo, aquella ocasión en que Hall llegó más puesto que un ciclista y completamente desorientado a un concierto habiendo perdido por el camino, y dios sabe dónde, el puñetero jug. No encontraron mejor solución que darle un bidón de gasolina de plástico y, claro, entre los efluvios de los restos de combustible de la garrafa, del interior de Tommy y los calores, la cosa acabo en siroco, síncope y desmayo. El reguero de anécdotas es innumerable, me faltarían líneas para contárselo todo así que leánselo.
Habíamos dejado al grupo en plena formación musical-ideológica con la imprescindible participación en ambos aspectos de Stacy Sutherland y Tommy Hall, respectivamente; solo faltaba la voz. Roky Erickson era un tipo cejijunto, con cara de buena persona, una madre (más que) sobreprotectora y cierta necesidad de llamar la atención.
Dicha necesidad parece se veía colmada en una banda local llamada The Spades de la que Tommy Hall le “rescataría” para embarcarle en una espiral de rock and roll, drogas, excesos, sanatorios mentales y huidas hacia delante. Si lo que entienden por un grupo de rock son los Jonas Brothers cambien de dirección.
Muy bien, el grupo funcionó en estos primeros meses de existencia con una cohesión sorprendente, al sonido de garage psicodélico Tommy aportaba principalmente las letras, Stacy la música y Roky la voz; los hombres de 3 ojos, según una visión que por el camino ácido tuvieron de sí mismos sobre el escenario. Fogueados en directo en salas de Austin como el Jade Room o el New Orleans Club ya en este momento tuvieron sus primeros problemas con la justicia, redadas por sorpresa, hierba por el inodoro (error) y persecución que duraría hasta el fin de sus días como grupo.
Pero por hoy creo que es suficiente, en la próxima entrega les hablaremos de sus grabaciones, de la diáspora ácida y del fin de esta historia.
El cine, ay, el cine, esa industria que ha comercializado y capitalizado la magia en el pasado siglo XX. Esa fábrica de sueños, inagotable cantera de ilusiones y sueños rotos, este poderoso entretenimiento que llaman también arte hace correr ríos de tinta teóricos y de uno de esos afluentes les quería hablar.
El cine es una manifestación artística que se toma muy en serio a sí misma, al menos en lo que a su aparato crítico respecta, uno está ya muy obsoleto pero la historiografía al respecto imagino siguen siendo los viejos dinosaurios Gubern y Sánchez Vidal. Tanto estos como el grueso de los estudios internacionales que servidor conoce adolecen de un autofraguado academicismo que, particularmente, me resulta de una rigidez y seriedad insoportable. Clasista y marginador con lo distinto, con los “géneros” y con el entretenimiento que en definitiva es el origen de este negocio, el aparato crítico ha abandonado a la marginalidad a los géneros casi desde un principio y ese abandono ha provocado que los análisis de estas corrientes “laterales” disten mucho de la profundidad y rigor que serían deseables. Dirán ustedes, ¿a quién le importa el análisis? Bien, a mí me importa el análisis sobre todo cuando hay líneas de opinión y estudio casi vírgenes. Todo esto era así hasta que David J. Skal arrancó una pluma a un pavo, la mojó en tinta y comenzó a escribir sus libros.
Skal centra el grueso de su producción literaria en el análisis del cine (y cultura) de miedo desde sus orígenes hasta la actualidad pero centrándose especialmente en aquellos primeros tiempos llenos de épica, ilusión, creatividad y pasos tan en falso como firmes.
El último libro que el de Ohio ha publicado es una revisión del actor Claude Rains, An actor’s voice, anteriormente en su obra ha analizado la figura de Drácula en particular y los vampiros en general, el deforme mundo de Tod Browning o la cosa de Halloween, todo cubierto por litros de sangre de pega como denominador sistemático. Su análisis se hace especialmente lúcido y agudo en este Monster show que nos ocupa.
El libro data de 1993 si bien fue revisado en el 2001, es esta edición la que nuestra querida Valdemar ha tenido a bien publicar hace unos meses. Les contaré por encima como Skal articuló su trabajo pero en la solapa ya encontramos la garantía de que estamos ante una gran obra, el mismísimo Robert Bloch dice de este libro que es “el mejor sobre películas de terror que haya leído jamás”, los dientes evidentemente se nos ponen más largos que a la nobleza transilvana y, créanme, la cosa no defrauda.
El libro comienza muy de película de género, con un tipo enterrado vivo en un circo en cualquier sitio de los Estados Unidos. Se trata de Tod Browning, probablemente el primer y más eficaz traductor del vocabulario circense al recién nacido lenguaje cinematográfico. Una gran forma de entender este negocio del entretenimiento.
David plantea su discurso cronológicamente aunque no se encorseta dado que también se centra en las peripecias de varias “águilas” del periodo: Browning, Chaney, Lugosi, Whale, Vampira, …
Los orígenes, el punto de vista del tema desde los dos lados del charco, la llegada de la televisión, los periodos de crisis y los picos de producción, todo ello visto desde una excelente posición, un lugar desde el que puede contemplar, comparar y llegar a conclusiones ingeniosas y acertadas.
Sin ahondar demasiado les dejo una perlita a modo de exiemplo. Ustedes como yo se habrán percatado tradicionalmente de la imagen que de Europa se da en el cine estadounidense: mezcolanza de razas, trajes regionales, gentilicios y paisajes, (ilústrenlo, por ejemplo, con Frankenstein meets the Wolfman (1943)) ¿es que esta buena gente es tonta o no se enteran de por dónde van?, más bien lo segundo.
Skal muestra lo evidente, aquella imagen es la impresión que se lleva un soldado itinerando en pocos días por todo el continente en plena guerra (o, añado, del Chevy Chase de turno haciendo una contrarreloj turística hoy mismo), carajo, es obvio ¿cómo no llegamos a esta conclusión?
Bueno, pues como esta muestra mil botones, mil anécdotas, mil historias, un libro que debería marcar nuevos senderos a la historiografía cinematográfica.
Y es que si algo destaca en esta obra es lo bien que el yanqui ha cogido el camino de en medio entre la reverencia a los héroes del celuloide (a lo Ray Davies) y el análisis socio-histórico-artístico del periodo y sus coyunturas, más allá del anecdotario facilón.
Después de la lectura y pese a lo mucho que uno ha aprendido y disfrutado yo me quedo con una imagen. La ominosa figura de Bela Lugosi, uno de los protas indiscutibles de esta historia, yendo en patines a toda velocidad a comprar cigarrillos y el periódico a su kiosko favorito de Hollywood.
Háganse una idea, el terror sobre ruedas, quién sabe si en línea.
Llevaba un tiempo de espera para contarles que he leído La vida privada de Sherlock Holmes, y esto es así porque, amén de por una incorregible vagancia, estaba esperando a revisitar la versión fílmica de la pieza.
Repasando un poco: allá por los 90, en los primeros años de la editorial Valdemar, sus responsables tuvieron a bien publicar los llamados Archivos de Baker Street, de los que ya les hemos hablado por aquí.
Dentro de los pastiches recogidos en la serie está el libro que miento. La casi decena de volúmenes debe estar a estas alturas más que descatalogada pero en chez Valdemar aún pueden encontrar la mayoría de ellos a excelente precio, si acaso no fuera posible, siempre pueden agenciarse las reediciones que están haciendo en bolsillo; pero es otra cosa. El libro que nos ocupa no tiene que ver con el resto de la serie puesto que, evidentemente, estamos ante una adaptación al papel del celuloide salido de la mente de Mr. Billy Wilder.
Yo recuerdo un tiempo, hace más de 20 años, cuando las adaptaciones literarias de las pelis taquilleras poblaban las librerías, una especie de retroalimentación comercial, de justicia si quieren, de ajuste cultural de perfil bajo, el cosmos se nivelaba, se llenaban huecos, ya no, o al menos no copan las mesas de novedades. Ahora más bien se escriben los libros pensando en su adaptación cinematográfica y eso es parecido pero, amigos, no es lo mismo, se rompe el equilibrio de las cosas, se revuelve el karma.
Este libro que tengo aquí, frente a mis morros, es un ejemplo de lo contrario, el esplendido guión de Billy Wilder e I. A. L. Diamond es adaptado por las plumas de Michael y Mollie Hardwick. Dos son las incursiones conocidas de Mollie en el difuso terreno del pastiche sherlockiano, esta la más conocida, si bien tuvo una amplia producción en la literatura de explotación televisiva destacando sus trabajos para con la mítica y muy british serie Arriba y abajo.
La otra obra es The man who was Sherlock Holmes, presentada en cubierta como Una novela y que no sabemos si tiene algo o nada que ver con una película alemana homónima, el film de 1937 y el libro de 1964. Prometemos investigarlo.
Su esposo, el también finado Michael Hardwick, tiene dentro de su producción como jornalero de la typewriter 2 pastiches que vieron la luz en los 80, The revenge of the hound (también presente en estos Archivos) y Sherlock Holmes: My life and crimes.
Nuestro libro es honrado y fiel hasta los extremos, las frases están calcadas y nada sobra, nada falta, todo cuadra, puede bajar el volumen de su televisor y leer en voz alta, el ritmo es el mismo, un calco. Entonces, si el libro es bueno la película debe ser, en buena medida, excelente pero, como hablamos de una de las mejores películas de uno de los mejores directores de la historia del cine, las palabras son más que mayores.
Billy Wilder es el director de la mejor película de la historia para servidora, al menos este mes, hablo de One, two, three. Nada que ver con Sherlock pero reventaba si no lo decía.
La vida privada sigue los cánones de Wilder: elegancia, fino humor, cinismo incluso, sobriedad en la narración y esa sensación (de difícil análisis fílmico) de placer, de relajado gustirrinín al ver algo tan bien hecho.
Además Wilder (y los Hardwick, perdón) respeta el canon y completa interesantes huecos del personaje en una historia per-fec-ta de amor por el personaje y su mundo, el histrionismo (y amaneramiento) de los protagonistas se queda tan sólo en un detalle menor.
Después de verla de nuevo (y leerla antes) uno puede tranquilamente recuperar la fe en la creación artística, en poder superar ese pavor al aburrimiento sherlockiano.
En el día más brillante, en la noche más oscura, esquivando a los dacoits más peligrosos, salvando precipicios, iniciándonos en la Quinta de Regaleira, justificando lo injustificable, hemos llegado aquí...