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A mí spleen...


Eye mind (y 2)

Decíamos ayer.


La firma de su contrato con International Artists fue una de sus decisiones más desafortunadas, gestionados lamentablemente, con una promoción nula (se pueden contar con 2 dedos las fotos del grupo, comparen con unos Doors para hacerse idea) y unas presiones para la grabación insufribles.


Presiones que acabaron por editar sin permiso un disco de falso directo (con aplausos grabados como en los 50s) entre sus 2 primeros trabajos, The Psychedelic sounds of y Easter everywhere. Ambos discos fueron grabados mayoritariamente en picos altos de ácido, a altas horas de la madrugada y sin tomas desechadas, todo salía bien, en este aspecto pocos grupos podrán competir de verdad.


Los sonidos psicodélicos (1966) responde más a ese espíritu garagero del grupo, como disco resulta poco homogéneo, pero contiene trallazos incuestionables más allá del conocido You’re gonna miss me y de una portada que ha pasado a la historia. Easter everywhere (1967), ya con cambios en la base rítmica del grupo, es un disco que carece de los singles de su disco anterior pero a cambio gana en coherencia, fluidez, psicodelia y algo así como “espiritualidad”, esto último debemos agradecérselo a Tommy Hall, a cada uno lo suyo.

 

Como les decía los malcarados sheriffs tejanos estaban detrás del grupo y acabaron por ejercer su función de fuerzas represoras una vez que la banda volvió a casa tras un no-afortunado periplo californiano. Siendo unos apologistas del consumo de drogas, (se repartían secantes de ácido entre el público de sus conciertos, ¡y gratis!), y a la vez consumidores contumaces solo podían tener problemas en semejante entorno.

 

El estilo de vida de Stacy no cambió con el tiempo, sufrió en sus carnes la persecución policial lo que le llevó en varias ocasiones a la cárcel. Dentro de las medidas de “reinserción” destacan las llamadas Lecciones de Natación del Departamento de Policía de Texas, consistentes en coger al “sospechoso” y lanzarlo desde un puente (imaginamos que de altura razonable) directamente al río. Suponemos luego recogerían al pobrecito.

 

Pese a todo esto, Sutherland fue el principal artífice del último trabajo de estudio de los 13th Floor Elevators, Bull of the Woods (1968), donde la psicodelia se suaviza y se mezcla con el country dando un resultado imperfecto (culpa de IA en buena medida) pero de una belleza sedosa donde Erickson aparece en pocos temas destapando las calidades de la voz de Sutherland y a Hall ni se le concibe, después de superar por levitación (creía realmente en ella) la mediocridad del mundo musical.


Durante y después de este testamento sonoro, los conflictos con la autoridad, una delicada salud mental, una madre que tampoco estaba muy en sus cabales y un consumo incontrolado de todo lo que caía en sus manos acabaron haciendo clic en la angelical cabecita de Roky. La justicia vio encantada como era ingresado en una Institución para los Criminalmente Insanos de Máxima Seguridad (natural, después de que Tommy huyera con él de otros ingresos). Después de años de estancia, electroshocks y hasta un nombramiento como Reverendo en el Hospital de Husk, Erickson volvió paulatinamente a la vida “normal”, grabó reivindicables discos en las últimas décadas, vivió dentro de una caravana con decenas de televisores encendidos (emitiendo pero no recibiendo) e incluso ha ejercido el derecho al voto. Cualquier año los indies le llevan al Benicassim de turno.

 

Tommy Hall por su parte, abandonó todo contacto con el estilo de vida convencional y se retiró a vivir con otros iniciados a una cueva; lo más normal del mundo. Después de décadas desaparecido con más que probables indicios de trapicheos en puertas de colegios e ingresos carcelarios ahora vive en un minúsculo apartamento en San Francisco rodeado de libros, revistas y películas de VHS, reniega de su etapa Elevators y habla del pensamiento horizontal.

 

Stacy Sutherland murió el 24 de agosto de 1978 de un disparo de su chica Bunni en su propia casa de Houston. Una personalidad adictiva, que se suele decir, con una mala suerte destacable en asuntos del corazón acabaron con su vida demasiado pronto. Los niños le metieron pajaritos muertos en los bolsillos antes de ser enterrado. Años atrás, en plena visión ácida, habría vislumbrado el momento de su muerte, del que dio detalles, para mayor estremecimiento.

 

Los ensayos-estudios sobre grupos de música popular contemporánea suelen adolecer de una tendencia a la hagiografía realmente pestilente. Drummond, sin embargo, opta por una narración documentada, plena de intervenciones de los protagonistas, rica en declaraciones y en un poderoso aparato gráfico que acaban por hacer de este libro el mejor que servidor conoce sobre cualquier grupo de música popular.


Leyéndolo descubre el lector la importancia que tuvieron estos tejanos, como tras la aparente ruptura de “tradiciones” redneck y el provocador consumo de sustancias legales, alegales e ilegales había un grupo que hacía unas poderosas canciones y unos músicos con mucho talento. Alguien debería hacer una película de todo esto.

 

Si disponen de 75 libras no dejen pasar la oportunidad de agenciarse una de las 4000 cajas numeradas que salen a la venta este mes con nada menos que 10 discos con todo lo que los Ascensores grabaron (y no) junto a un librito (extracto de este Eye mind, imagino) con la historia del grupo relatada de nuevo por nuestro nuevo ídolo Paul Drummond. The sign of the 3 eyed men se llama la cosa.

 

Ay, eso sí, se me olvidaba, este libro del que llevo hablándoles ya un rato no lo busquen en castellano, no existe edición ibérica.

 

Ustedes no sé, pero servidor, trase leerlo, solo puede decir que I've got levitation.

 





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Eye mind (1)

El 13 de junio de 1975 Roky Erickson hizo una declaración jurada en la que afirmaba que no era miembro de la raza humana y que, de hecho, ni siquiera era del planeta Tierra. De esta forma quería probar a la persona que le estaba dando descargas eléctricas en la cabeza que era un alienígena.


De esta y otras muchas historias versa el libro que les pongo encima de la mesa, Eye mind, La saga de Roky Erickson y los 13th Floor Elevators, pioneros del sonido psicodélico.


Este ensayo de Paul Drummond (con prólogo de Julian Cope) recoge en sus 424 páginas toda la historia de Roky, orgullo de Texas, y de todos los que formaron parte de la vida de los 13th Floor Elevators.

 

La historia comienza en Kerrville, un agujero infecto, palurdo y aburrido a más no poder de la socarrada Texas, donde, presos de un aburrimiento sumo Stacy Sutherland y John Ike Walton comienzan a intentar desperezarse, a dejar de freír lagartos en la orilla del río, a tomar jarabes y frutos de la tierra y a formar una banda de rock and roll (¡yeah!).

 

El grupo fue nutriéndose y creciendo con cierta velocidad con la presencia de Benny Thurman (primer y cristianísimo bajista) y con Tommy (y Clementine, su señora) Hall, quien aportó el aparato digamos ideológico que no musical a la banda. Era (y es) Mr. Hall un tipo especial, de orígenes conservadores y próximos al Partido Republicano, al que el descubrimiento de las sustancias psicotrópicas, de las culturas orientales y del aburrimiento del campus de Austin le llevaron a una apertura de mente absoluta. Dado que sus talentos y conocimientos musicales eran próximos a cero, Tommy se encargó de tocar el electric jug, esto es, una especie de garrafa de barro que los aldeanos de la zona sur de los USA “tocaban” tradicionalmente soplando por la única abertura del objeto. El sonido, característico, se alteraba por la forma sincopada de soplar de Hall y por la proximidad del micrófono, obteniendo el sonido característico de fondo de (sobre todo) el primer disco de los Elevators.

 

Semejante instrumento y semejante personaje dan lugar a numerosas historias que Drummond recoge con fidelidad, como el proverbial mal olor que despedía el “músico” por su obsesión en no quitarse la americana y el jersey en los conciertos (hablamos de Texas, amigos), o su vocación de liderazgo, de svengali sureño, a veces ridícula y con la única pretensión de epatar, como cuando se comió una cucaracha delante de una aterrorizada madredemúsico con el poderoso razonamiento de que “son sólo proteínas”. Si suman al personaje, el instrumento musical y una vida experimental en lo que al consumo de sustancias se refiere, dará como resultado situaciones disparatadas, por ejemplo, aquella ocasión en que Hall llegó más puesto que un ciclista y completamente desorientado a un concierto habiendo perdido por el camino, y dios sabe dónde, el puñetero jug. No encontraron mejor solución que darle un bidón de gasolina de plástico y, claro, entre los efluvios de los restos de combustible de la garrafa, del interior de Tommy y los calores, la cosa acabo en siroco, síncope y desmayo. El reguero de anécdotas es innumerable, me faltarían líneas para contárselo todo así que leánselo.

 

Habíamos dejado al grupo en plena formación musical-ideológica con la imprescindible participación en ambos aspectos de Stacy Sutherland y Tommy Hall, respectivamente; solo faltaba la voz. Roky Erickson era un tipo cejijunto, con cara de buena persona, una madre (más que) sobreprotectora y cierta necesidad de llamar la atención.

 

Dicha necesidad parece se veía colmada en una banda local llamada The Spades de la que Tommy Hall le “rescataría” para embarcarle en una espiral de rock and roll, drogas, excesos, sanatorios mentales y huidas hacia delante. Si lo que entienden por un grupo de rock son los Jonas Brothers cambien de dirección.

 

Muy bien, el grupo funcionó en estos primeros meses de existencia con una cohesión sorprendente, al sonido de garage psicodélico Tommy aportaba principalmente las letras, Stacy la música y Roky la voz; los hombres de 3 ojos, según una visión que por el camino ácido tuvieron de sí mismos sobre el escenario. Fogueados en directo en salas de Austin como el Jade Room o el New Orleans Club ya en este momento tuvieron sus primeros problemas con la justicia, redadas por sorpresa, hierba por el inodoro (error) y persecución que duraría hasta el fin de sus días como grupo.

 

Pero por hoy creo que es suficiente, en la próxima entrega les hablaremos de sus grabaciones, de la diáspora ácida y del fin de esta historia.

 

Créanme, van a echarme de menos.

 





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Monster show

El cine, ay, el cine, esa industria que ha comercializado y capitalizado la magia en el pasado siglo XX. Esa fábrica de sueños, inagotable cantera de ilusiones y sueños rotos, este poderoso entretenimiento que llaman también arte hace correr ríos de tinta teóricos y de uno de esos afluentes les quería hablar.


El cine es una manifestación artística que se toma muy en serio a sí misma, al menos en lo que a su aparato crítico respecta, uno está ya muy obsoleto pero la historiografía al respecto imagino siguen siendo los viejos dinosaurios Gubern y Sánchez Vidal. Tanto estos como el grueso de los estudios internacionales que servidor conoce adolecen de un autofraguado academicismo que, particularmente, me resulta de una rigidez y seriedad insoportable. Clasista y marginador con lo distinto, con los “géneros” y con el entretenimiento que en definitiva es el origen de este negocio, el aparato crítico ha abandonado a la marginalidad a los géneros casi desde un principio y ese abandono ha provocado que los análisis de estas corrientes “laterales” disten mucho de la profundidad y rigor que serían deseables. Dirán ustedes, ¿a quién le importa el análisis? Bien, a mí me importa el análisis sobre todo cuando hay líneas de opinión y estudio casi vírgenes. Todo esto era así hasta que David J. Skal arrancó una pluma a un pavo, la mojó en tinta y comenzó a escribir sus libros.

 

Skal centra el grueso de su producción literaria en el análisis del cine (y cultura) de miedo desde sus orígenes hasta la actualidad pero centrándose especialmente en aquellos primeros tiempos llenos de épica, ilusión, creatividad y pasos tan en falso como firmes.

 

El último libro que el de Ohio ha publicado es una revisión del actor Claude Rains, An actor’s voice, anteriormente en su obra ha analizado la figura de Drácula en particular y los vampiros en general, el deforme mundo de Tod Browning o la cosa de Halloween, todo cubierto por litros de sangre de pega como denominador sistemático. Su análisis se hace especialmente lúcido y agudo en este Monster show que nos ocupa.

 

El libro data de 1993 si bien fue revisado en el 2001, es esta edición la que nuestra querida Valdemar ha tenido a bien publicar hace unos meses. Les contaré por encima como Skal articuló su trabajo pero en la solapa ya encontramos la garantía de que estamos ante una gran obra, el mismísimo Robert Bloch dice de este libro que es “el mejor sobre películas de terror que haya leído jamás”, los dientes evidentemente se nos ponen más largos que a la nobleza transilvana y, créanme, la cosa no defrauda.

 

El libro comienza muy de película de género, con un tipo enterrado vivo en un circo en cualquier sitio de los Estados Unidos. Se trata de Tod Browning, probablemente el primer y más eficaz traductor del vocabulario circense al recién nacido lenguaje cinematográfico. Una gran forma de entender este negocio del entretenimiento.

 

David plantea su discurso cronológicamente aunque no se encorseta dado que también se centra en las peripecias de varias “águilas” del periodo: Browning, Chaney, Lugosi, Whale, Vampira, …

 

Los orígenes, el punto de vista del tema desde los dos lados del charco, la llegada de la televisión, los periodos de crisis y los picos de producción, todo ello visto desde una excelente posición, un lugar desde el que puede contemplar, comparar y llegar a conclusiones ingeniosas y acertadas.

 

Sin ahondar demasiado les dejo una perlita a modo de exiemplo. Ustedes como yo se habrán percatado tradicionalmente de la imagen que de Europa se da en el cine estadounidense: mezcolanza de razas, trajes regionales, gentilicios y paisajes, (ilústrenlo, por ejemplo, con Frankenstein meets the Wolfman (1943)) ¿es que esta buena gente es tonta o no se enteran de por dónde van?, más bien lo segundo.

 

Skal muestra lo evidente, aquella imagen es la impresión que se lleva un soldado itinerando en pocos días por todo el continente en plena guerra (o, añado, del Chevy Chase de turno haciendo una contrarreloj turística hoy mismo), carajo, es obvio ¿cómo no llegamos a esta conclusión?

 

Bueno, pues como esta muestra mil botones, mil anécdotas, mil historias, un libro que debería marcar nuevos senderos a la historiografía cinematográfica.

 

Y es que si algo destaca en esta obra es lo bien que el yanqui ha cogido el camino de en medio entre la reverencia a los héroes del celuloide (a lo Ray Davies) y el análisis socio-histórico-artístico del periodo y sus coyunturas, más allá del anecdotario facilón.

 

Después de la lectura y pese a lo mucho que uno ha aprendido y disfrutado yo me quedo con una imagen. La ominosa figura de Bela Lugosi, uno de los protas indiscutibles de esta historia, yendo en patines a toda velocidad a comprar cigarrillos y el periódico a su kiosko favorito de Hollywood.

 

Háganse una idea, el terror sobre ruedas, quién sabe si en línea.


¿A una copita no me dirá que no?


 


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La vida privada de Sherlock Holmes

Llevaba un tiempo de espera para contarles que he leído La vida privada de Sherlock Holmes, y esto es así porque, amén de por una incorregible vagancia, estaba esperando a revisitar la versión fílmica de la pieza.


Repasando un poco: allá por los 90, en los primeros años de la editorial Valdemar, sus responsables tuvieron a bien publicar los llamados Archivos de Baker Street, de los que ya les hemos hablado por aquí.

 

Dentro de los pastiches recogidos en la serie está el libro que miento. La casi decena de volúmenes debe estar a estas alturas más que descatalogada pero en chez Valdemar aún pueden encontrar la mayoría de ellos a excelente precio, si acaso no fuera posible, siempre pueden agenciarse las reediciones que están haciendo en bolsillo; pero es otra cosa. El libro que nos ocupa no tiene que ver con el resto de la serie puesto que, evidentemente, estamos ante una adaptación al papel del celuloide salido de la mente de Mr. Billy Wilder.

 

Yo recuerdo un tiempo, hace más de 20 años, cuando las adaptaciones literarias de las pelis taquilleras poblaban las librerías, una especie de retroalimentación comercial, de justicia si quieren, de ajuste cultural de perfil bajo, el cosmos se nivelaba, se llenaban huecos, ya no, o al menos no copan las mesas de novedades. Ahora más bien se escriben los libros pensando en su adaptación cinematográfica y eso es parecido pero, amigos, no es lo mismo, se rompe el equilibrio de las cosas, se revuelve el karma.

 

Este libro que tengo aquí, frente a mis morros, es un ejemplo de lo contrario, el esplendido guión de Billy Wilder e I. A. L. Diamond es adaptado por las plumas de Michael y Mollie Hardwick. Dos son las incursiones conocidas de Mollie en el difuso terreno del pastiche sherlockiano, esta la más conocida, si bien tuvo una amplia producción en la literatura de explotación televisiva destacando sus trabajos para con la mítica y muy british serie Arriba y abajo.

 

La otra obra es The man who was Sherlock Holmes, presentada en cubierta como Una novela y que no sabemos si tiene algo o nada que ver con una película alemana homónima, el film de 1937 y el libro de 1964. Prometemos investigarlo.

 

Su esposo, el también finado Michael Hardwick, tiene dentro de su producción como jornalero de la typewriter 2 pastiches que vieron la luz en los 80, The revenge of the hound (también presente en estos Archivos) y Sherlock Holmes: My life and crimes.

 

Nuestro libro es honrado y fiel hasta los extremos, las frases están calcadas y nada sobra, nada falta, todo cuadra, puede bajar el volumen de su televisor y leer en voz alta, el ritmo es el mismo, un calco. Entonces, si el libro es bueno la película debe ser, en buena medida, excelente pero, como hablamos de una de las mejores películas de uno de los mejores directores de la historia del cine, las palabras son más que mayores.

 

Billy Wilder es el director de la mejor película de la historia para servidora, al menos este mes, hablo de One, two, three. Nada que ver con Sherlock pero reventaba si no lo decía.

 

La vida privada sigue los cánones de Wilder: elegancia, fino humor, cinismo incluso, sobriedad en la narración y esa sensación (de difícil análisis fílmico) de placer, de relajado gustirrinín al ver algo tan bien hecho.

 

Además Wilder (y los Hardwick, perdón) respeta el canon y completa interesantes huecos del personaje en una historia per-fec-ta de amor por el personaje y su mundo, el histrionismo (y amaneramiento) de los protagonistas se queda tan sólo en un detalle menor.

 

Después de verla de nuevo (y leerla antes) uno puede tranquilamente recuperar la fe en la creación artística, en poder superar ese pavor al aburrimiento sherlockiano.

 

¡Qué demonios! Hoy no voy a tomar mi medicina.


No era belga, la pobre.

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10 minutos e ignición...

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Nana y Rant

¡A pares! Soy un tipo ya amortiguado, de lectura lenta, cadenciosa, vinculada al ritmo del 27; digiero, por tanto, pausadamente, mastico mucho. Eso no quiere decir que asimile mejor ni que aprecie más, más bien creo lo contrario.


Dentro de esa rutina diaria, destructora a más no poder, aguadora de rebeldías y, espero no ser el único, sinceramente terrible, hay una lectura que me activa contra el mundo, que me dice lo asquerosa, incómoda y extraña que es nuestra vida de occidentales: Chuck Pahlaniuk.

 

En casa gusta mucho y es que como le dirían en su department store favorita, estos libros salen muy bien (yo tengo uno en casa). Debe ser una cuota que consciente o inconscientemente uno cede a la novela mainstream, al candidato a best seller. La verdad es que estamos muy contentos de ello.

 

Leer por una vez a un escritor que está vivito y coleando nos da una nueva perspectiva del concepto royalty. ¡Diablos!, qué poquito de nuestro dinero va a esos maravillosos creadores literarios que ahora comparten con nosotros la vida en la superficie del planeta Tierra.

 

Como soy propenso a adicciones rápidas y la justa medida es un concepto que no me ha entrado en la vida en la cabeza he tragado a pares 2 de sus novelas: Rant y Nana.

 

Probablemente el mayor problema de Chuck esté en su éxito, la necesidad de hacer que la novela siguiente epate más, provoque más, sorprenda más, se ha convertido en el principal lastre del orgullo de Pasco si echamos por ahí un vistazo a las opiniones de la humanidad. Claro que partiendo de la premisa de que cada novela tiene que construirse sobre la anterior y superarla vamos muy mal, ese crecimiento hacia no se sabe dónde tan empresarial no debe darse en literatura o al menos no debe esperarse.

 

Siendo Pahlaniuk un autor que repite conceptos generales, estructuras o esqueletos narrativos el que el lector/crítico de turno acabe por cansarse era algo inevitable, Nana y Rant han sido dos de las víctimas. Nana fue publicada en 2002, justamente tras la recientemente adaptada al cine Asfixia, y Rant en 2007.

 

A este que les sirve Rant le ha gustado mucho más que Nana. Rant cuenta la historia de un psicópata, algo más visto que el TBO pero con las particulares aportaciones de la casa a las que Chuck suma unos toques del recientemente exitus Ballard y de nuestro llorado Dick. Viajes y paradojas temporales de esas que nos encantan (no les referiré los últimos episodios de Lost que el fin de temporada me trae por el camino de la amargura), comportamientos entre psicóticos y absurdos, coches, violencia demencial, giros argumentales y deconstrucción del occidente libre. Muy bonito.

 

Con Nana hemos sido víctimas de este mal del crítico literario del que les hablaba y es que, teniendo un nivel sobre la media evidente, la sombra de Rant genera unas expectativas no cumplidas. Pasamos las páginas esperando que se produzca ese clic, ese viraje, esa ruptura que no se da. Con todo ello la trama de Nana es trademark pahlaniukiana: una road movie con libros maléficos y muertes, especulación inmobiliaria y fantasmas, ruidofóbicos y neohippies, y unas migraciones corporales que ríase usted de Boston Brand. Vamos, que el estar por debajo de Rant no la lleva a la papelera de reciclaje, demonios.

 

Lo que no sé es a que espera este hombre para morirse, ¿no se da cuenta de en qué lugar nos deja? Nosotros teníamos un criterio…


La bestia en una pose muy natural.

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El sindicato de policia yiddish

Tenemos un debate abierto en casa del que les voy a hacer partícipes. A la srta. Fah-Lo-Sue el último libro del sr. Chabon le ha parecido un poquito excremento, a mí, sin embargo, me ha gustado una cosa mala. ¿Quién yerra? Como sólo van a encontrar una versión, les invito a valorar mis argumentos al respecto y sacar las correspondientes conclusiones sesgadas. Pasen y vean.


Tiene Michael una losa que arrastrar durante toda su (esperemos) larga vida, y esa losa es su aclamada (también por nosotros) Aventuras de Kavalier y Clay. Dejó el listón tan aparentemente alto y está la literatura tan marcada por la competitividad, las notas y los records, que la sombra de su mayor éxito se alarga hasta donde nos pueda alcanzar la mirada; no tiene porque ser así.


El sindicato de policía yiddish es una excelente novela, muy por encima de la media y sobrevolando (Up, up, and away!) a millas los best-sellers que pueblan a pilas las librerías, los supermercados culturales y los transportes suburbanos.

 

La historia, para entendernos, se sitúa en un Elseworlds poco más o menos como los de DC o los What if? de Marvel, si es que así lo quieren. Tras la última guerra mundial la creación de un estado de Israel no se produjo donde ustedes saben sino que fue auspiciada por Estados Unidos en una zona del fresquito estado de Alaska, concretamente en Sitka, un bonito paraje que como pueden comprobar existe. Esta situación está próxima al cambio en el momento en que comienza la historia y el futuro de los judíos en aquellas nevadas tierras pinta más que crudo.

 

En esta coyuntura sitúa Chabon su historia, una novela negra, por momentos de género, respondiendo a tópicos y al canon con fidelidad, amor y sentido del humor (algo que realmente se le agradece). El protagonista es el policía Meyer Landsman, quien, como dios manda, vive en una habitación-pocilga de un hotel, atraviesa una permanente crisis familiar-profesional y tiene unos peligrosos síntomas de abandono personal. Una buena base sobre la que asentar un asesinato en su propia casa, suceso que no se le permite investigar y que le acabará llevando a consecuencias incontroladas, dramáticas y colosales.

 

Me da pena realmente destriparles más una historia con encantadoras convenciones que da gusto paladear. Hay lugares comunes donde encontrarse a gusto, y la novela policiaca está plagada de ellos: alcohol, mujeres, compañeros polis, armas, ajedrez o persecuciones en pelota picada por la blanca nieve. La apuesta nunca es la sorpresa, al menos no en abstracto, y Chabon participa de ello, no homenajeando sino recreando. El matiz es importante. Los personajes están bien definidos y relacionados, las tensiones entre ellos están bien trenzadas y saltan cuando deben hacerlo.

 

El humor es un ingrediente nuevo si lo comparamos con Kavalier y Clay, socarronería y cinismo si queremos pero bien tratado, cuatro gotas que colorean la nieve que cubre Sitka y la novela.

 

El escenario es cuidado con detalle, desde curiosidades como la implantación del esperanto hasta una documentada cantidad de términos y conceptos judíos que a nosotros, desgraciados habitantes de la lamentable piel de toro y de la vieja Europa, nos suenan a chino cantonés.

 

En resumidas cuentas, una novela en la que la ambientación es superficialmente lo más destacado pero que, tras rascar sólo un poco, se encuentra una novela negra bien construida, bien contada y bien leída, al calor de una chimenea y degustando un flodni, si les es posible.

 

Por lo que veo no soy el único fascinado por el libro, me entero con un año de retraso que los hermanos Coen planean rodar la adaptación fílmica parece que en un futuro más o menos cercano.

 

Así que ya pueden abandonar la tonta idea de leer el libro, deténganse y relájense, teniendo peli no hay ya nada que leer; gente tan ocupada como ustedes a buen seguro lo agradecerán.


Where the action is.

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Desconciertos

Madre mía como tenemos la casa, la crisis hace estragos hasta en este misérrimo blog.


Quería dejar aquí en el “aire” un par de cosas claras, y que Jonathan Richman se ha echado un público encima que no merece es la primera. No manejo estadísticas de sus aforos pero en su más reciente visita hace unas semanas agotó el papel en Madrid y eso sólo puede deberse a una cosa, la estúpida popularidad otorgada por el nefando programa El Hormiguero. Me van a permitir que despliegue ahora todo el odio que profeso a este programa que si-no-quiero-no-veo pero cuya mera existencia en las ondas, antenas, cables y televisiones terrestres me saca de mis casillas, cosa que tampoco es difícil. Me saltan los espumarajos del alma al ver a sus colaboradores, sus canciones, su conductor, ácido sale de cada poro de mi piel cuando pienso en ellos y los impulsos asesinos ponen contra las cuerdas mi mermada cordura. Me tengo que tranquilizar, sí.

Ni que decir tiene que esa oleada de nuevos fans fue al concierto porque es una cosa de mucha risa, los bailes que se echa y lo mal que habla español; algo así como el Pollito de California pero en poprock. ¡Y no! Pero que más da ya todo, me da que es una batalla más que perdida…

La segunda cosa es que Los Coyotes de 1980 (más o menos) se reunieron hace un par de semanas para celebrar la publicación de todas sus grabaciones punkabillys de hace 20 años, celebración única que debería producirse cada año o nunca más, tengo sensaciones ambivalentes conforme a mi trastorno. Esto es muy importante. Hoy que comprar discos ya es cosa de gente rara, o spookys al menos, no les voy a decir yo que comprar vinilo es algo más allá porque ustedes, modernos les supongo, ya saben que el vinilo es lo más y que es mega cool tener discos de esos grandes y negros en casa. No diré eso, no, pero editar un diez pulgadas sí que se me antoja empresa aventurada y digna de mi cordial felicitación, lo cual tampoco es mucho. Electro Harmonix saca cosas así desde hace años y ahí ha visto la luz esta joyita de diseño más que impecable del sr. Aparicio, un disco bien bonito con el que nutrir su seguro bien nutrida discoteca.

Eso era todo.

Ahora disuélvanse, me están empezando a poner nervioso.

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