Portal de blogs literarios, comunidad literaria, y foro literario - Libro de Arena
Conoce a Alix Rubio Calatayud            0 libros en su biblioteca
     0 valoraciones      121 posts en su blog

EL RINCÓN DE ALIX

Los Seres de Luz siempre se encuentran, aunque mueran por el camino


nueva publicación

 Quería compartir con vosotros que acabo de publicar un nuevo relato y estoy muy contenta


"El sueño de Eurícide" en VVAA 'Historias para leer sin prisa', Ed. Comuniter, Zaragoza 2017

Denunciar

NO LO SUPIERON

(Publicado en "Relatos Descatalogados", ed. Atlantis, Madrid 2017)


Geli jugueteó con uno de los libros esperando que el café se enfriase un poco. Hacía calor. Demasiado, quizás, para tomar el líquido hirviendo.

Hasta su mesa, situada en un rincón de la cafetería, llegaban los murmullos de las conversaciones, alguna risa. Y sobre todo en aquel ambiente flotaban los exámenes y las calificaciones.

Miró distraídamente a través del cristal. Reconoció algunos de sus compañeros de curso entre los estudiantes que pululaban con libros y carpetas bajo el brazo.

Se sentía tan cansada. Cansada de estudiar, de suspender aquellos estúpidos parciales. Porque había vuelto a hacerlo: No había sabido reconocer varias filminas en el exámen de Arte. Velázquez o Tiziano, ¿qué importaba? Todos los cuadros parecían iguales. ¿Qué demonios le importaban a ella las técnicas?

Estaba acostumbrada. Se había equivocado tantas veces. Veinte años de errores, confundiendo términos y sentimientos; renunciando muchas veces a su personalidad para adoptar otras ideas. Pero ya estaba cansada. Mandaría al cuerno la Universidad y se marcharía.

Abrió el bolso y sacó el paquete de cigarrillos. Sólo le quedaba uno, y soltó un taco entre dientes al mismo tiempo que accionaba el pulsador del mechero. En su mente se forjó el pensamiento de que su vida transcurría entre tacos y agonías, buscándose entre el volumen de la música y perdiéndose entre la masa que abarrotaba el garito de moda, con un anhelo de evasión que a veces se diluía en humo de porros y en una única ocasión en el gramo de coca que Quique había comprado no sabía dónde, y que ambos compartieron solemnemente. Sacudió la cabeza, y los pequeños rizos le cayeron sobre la frente. Bebió a sorbos lentos.


Pedro se oprimió los ojos con los dedos. Le dolía la cabeza, y sentía un vago malestar que se extendía desde el estómago, inundándole de sudor frío. La esperanza que le alimentaba se había hecho añicos aquella misma mañana. Tantas ilusiones y creencias, tantos proyectos. Ya no servían. Ya no eran nada. Él mismo dejaría de ser en poco tiempo, cuando aquel cáncer o lo que fuera terminara de devorar su cuerpo. Ya sólo le esperaba un doloroso tratamiento y hospitalizaciones esporádicas antes de morir, perplejo y asustado.

Tantos años de renuncias, privándose de pequeños caprichos para ganar tiempo con los estudios, hasta convertirse en un ratón de archivo; aquellos veranos intentando arrancar de la tierra los restos de la Historia... ¿Para qué? Se sobresaltó, creyendo que había hablado en voz alta. Deseaba conocer tantas cosas. Su vida le exigía a gritos un tiempo que se le escapaba de las manos. Se sentía aturdido y vacío, luchando entre la resignación y la rebeldía, sabiendo que nada de lo que hiciese añadiría días ni horas. Miró su vaso de coca-cola con la convicción de que era absurdo estar allí sentado, con gente que no le miraba o pasaba a su lado sin saber que ya era como si estuviese muerto.


Geli arrojó al suelo la colilla prescindiendo del cenicero y la aplastó con el pie; de buena gana hubiera fumado otro cigarrillo. Hizo un gesto de fastidio y cerró los ojos. Aquello era el infierno. Un pequeño infierno que había comenzado con los primeros suspensos y culminado con Quique. Se sentía capaz de asumir que como estudiante era un desastre, desorganizada y poco interesada en las asignaturas; pero Quique era una espina que dolía, sobre todo porque le veía continuamente en la Facultad y él le pedía los apuntes cuando hacía pirola.



Los ojos se le llenaron de lágrimas. Habían quedado para preparar juntos un trabajo, durante el curso anterior. Se amaron en medio de un caos de libros y posters, con la ventana abierta, mientras otro chico estudiaba en la habitación contigua. Y luego, aquella reacción de Quique, tan frío, tan molesto cuando ella lloró entre sus brazos.


La alarma del reloj de Geli sobresaltó a Pedro. Había pasado otra hora. Una hora menos. Y de pronto se sintió solo. Solo y cansado, con una tristeza que le anegaba el alma. Era tan pequeña la vida. El ser humano era tan pequeño, tan indefenso, caminando con su carga de soledad a la espalda, engañándose sobre su destino.

Se secó el sudor de la frente, y miró a su alrededor intentando absorber todas las imágenes, todos los detalles, aferrándose a aquel minuto. Sus ojos tropezaron con los ojos grises y pensativos de Geli. Adivinó, más que vio, los títulos de los libros y los adhesivos de colores de su carpeta. No la conocía. No la vería nunca más.

Pedro ofreció un cigarrillo a la chica solitaria en un último gesto de humanidad. Sin preguntarle por ella; sin esperanza de poder tomar juntos un café después de las clases. Pagó su consumición, y salió procurando mostrarse sereno. Consciente de su realidad, sintiéndose débil y apartado de todos.


Geli terminó su café, que se había quedado frío, y salió a la calle. Recorrió los metros que la separaban de la parada del autobús, y esperó.


En la acera opuesta Pedro caminaba despacio con los ojos muy abiertos.




 

Denunciar

SINOPSIS DE "RELATOS DESCATALOGADOS"

Un asesino obsesionado con el recuerdo de su víctima. Una chica obligada a mentir para escapar de la vida que tratan de imponerle y que no quiere… Sólo son dos de los personajes que, a lo largo de estos dieciséis relatos de estilo costumbrista y con detalles biográficos nos mostrarán, unas veces en tono dramático, otras con tinte de humor, lo anodina y solitaria que puede llegar a ser su vida en determinadas circunstancias. Iluminados, alucinados, desesperados, sensatos, lúcidos, buscadores, aventureros… se pasean por las páginas de este libro contándonos su historia, sus ilusiones y sus sueños. En un relato final, a modo de making of, la autora nos cuenta cómo nacieron los personajes y su entorno. 

Denunciar

Presentación de libro

 El martes día 21 presentaré en Zaragoza mi nuevo libro "Relatos Descatalogados". será en la Biblioteca de Aragón (C/ Doctor Cerrada, 22) a las 19h. Estáis todos invitados

Denunciar

"GRANDE LLANTO HACÍA LA CABA" (violación y seducción en el Romancero Histórico)

Hablar de violación y seducción en el Romancero Histórico significa recordar la violación más famosa de la historia de España, inferida por Rodrigo, el último rey godo, a la hija del conde Don Julián, conocida como Florinda la Cava, acto que trajo como consecuencia la venganza del noble contra su rey y la desaparición del reino visigodo.

La cultura de los pueblos germánicos era inferior a la del mundo romano pero tampoco eran un pueblo primitivo culturalmente. No eran nómadas ni vivían agrupados solamente por familias. Vivían en poblados que formaban comunidades locales organizadas en una asociación económico-agraria: la Marca. La tierra pertenecía a la comunidad local que había formado la Marca.

La estructura social estaba formada por hombres de condición jurídica y social libre, que procedían del pueblo dominante, y los que no eran libres, que procedían de un pueblo dominado. La mayor parte de la población estaba compuesta por hombres libres, y entre ellos destacaban los miembros de una estirpe dominante, gentes de buen linaje, que gozaban de gran consideración social pero no de grandes privilegios y entre los cuales el pueblo elegía sus reyes. Los semilibres carecían de libertad de movimientos, prestaban servicios obligatorios a su señor o patrono, y su origen estaba probablemente en la sumisión voluntaria a un vencedor. La actividad guerrera de los germanos originó una relación de servicio y compañía que sujetaba un hombre a otro por vínculos de dependencia y fidelidad. Muchos hombres libres armados juraban ser fieles y defender al rey o a algún noble, formaban su séquito, vivían en su casa, recibían subsistencia, protección, armamento y combatían a su servicio. Creaban una fraternidad artificial mediante un juramento y la mezcla simbólica de sangre de quienes oficialmente se hermanaban. Esta institución, propia de los derechos nórdicos, existió también entre los eslavos y otros pueblos europeos. Estos hermanos artificiales se comprometían a la venganza recíproca, hospitalidad y auxilio mutuo. Los hombres no libres carecían de derechos y estaban equiparados a los animales domésticos. Su condición procedía del nacimiento y del sometimiento por la fuerza. Los siervos podían ser manumitidos para convertirse en semilibres.

Cuando los germanos se pusieron en contacto con el mundo romano, los distintos pueblos constituían comunidades políticas en las que se insertaban los grupos familiares o gentilicios. Pero estos grupos conservaban una gran cohesión interna y cada uno de ellos formaba un grupo de parientes, integrado por el conjunto de los consanguíneos de una persona o por una comunidad de linaje, que comprendía todos los descendientes por línea masculina de un tronco común. Todos los que componían una comunidad estaban sujetos al deber de vengar conjuntamente la ofensa inferida a cada de ellos y al de auxiliar en los litigios a cada miembro de la comunidad de linaje. Se trataba de una unidad jurídica con repercusiones de carácter público. En un círculo cerrado de protección penal, la muerte de uno de sus miembros legitimaba a los otros para ejercer la venganza de sangre o para reclamar la compensación económica. El Derecho se concebía entre los germanos como el ordenamiento de la paz de la comunidad, y era consuetudinario.

Los visigodos en Hispania eran una minoría, pero se impusieron políticamente a la mayoría hipano-romana, y como grupo social quedaron diferenciados de los antiguos habitantes de la Península (“Romanos” o “Provinciales”). Hispanos y germanos convivieron en las ciudades, villas y pueblos participando en unas mismas actividades públicas o privadas. Eran nueve millones de hispanos y menos de doscientos cincuenta mil germanos. Siendo los hispano-romanos la mayoría, los reyes debían contar con ellos tanto como con sus súbditos germánicos.

Respecto a la mujer visigoda, se encontraba supeditada al hombre en todos los aspectos, postergada y sometida, tutelada primero por el padre y después por el marido; y si el padre moría antes de que las hijas estuvieran casadas, pasaban a la tutela del hermano o del pariente varón más cercano. En una sociedad de guerreros, sólo tenían derechos los que eran capaces de defender el Estado con las armas. La mujer era considerada el sexo débil, sin capacidad para obligarse, para enajenar y para administrar con libertad sus propios bienes sin la intervención del marido o del tutor. Tampoco tenía capacidad para elegir marido. Si era de sangre real, sus esponsales le eran fijados por sus padres, si simplemente era una mujer libre gozaba de algo más de libertad a la hora de elegir marido, pero siempre siguiendo las indicaciones de sus padres bajo pena de quedar desheredada ella y sus descendientes. En tiempos de Eurico los visigodos llegaron a ser tan pobres que algunos se vieron obligados a vender sus hijas, que se convirtieron en prostitutas; la prostitución fue uno de los temas más tratados, y los Concilios decretaron leyes para regular el mal vivir. Si un hombre casado forzaba a una mujer casada a tener relaciones con él, el forzador pasaba a poder del marido de la mujer forzada. Si la mujer era soltera y, pudiendo casarse con el hombre que la había forzado a cometer adulterio con él, no quería hacerlo, la culpa recaía sobre ella porque entonces se suponía que había sido de su agrado. Externamente, la mujer soltera se diferenciaba por llevar el cabello suelto, mientras que la soltera y la viuda lo llevaban recogido bajo tocas. El grupo familiar aparecía profundamente unido, la familia actuaba como una sola persona, quedando la mujer como miembro de ese grupo bajo tutela familiar y marital a lo largo de toda su existencia. Se consideraba más grave la violación de una mujer casada que la de una soltera, mientras que si era una mujer de mal vivir no había castigo.

Los delitos cometidos por godos debían ser denunciados tanto ante el conde como ante el juez. El juez debía detener al acusado, y si no se consideraba capaz de hacerlo debía pedir ayuda militar al conde. En el aspecto procesal, las principales diferencias entre nobles y simples libres consistía en que aquellos económicamente más fuertes satisfacían una sanción pecuniaria por hechos que para los demás acarreaban una pena corporal.

La regulación de la dote fue otra de las pocas singularidades jurídicas de los nobles. La reina debió desempeñar un papel singular, tanto como orientadora ocasional de las directrices políticas de su marido como a la hora de destronamientos que concluían con la muerte del monarca. En tales casos, la reina viuda no resultaría marginada de la confrontación entre la oligarquía vencedora y la vencida. El influjo notorio de esas mujeres les permitió arbitrar discordias intestinas. Algunas reinas viudas, convertidas en cabeza visible de los fideles de su difunto marido, dispusieron de un notable poder político que para quienes contrajeran ulterior matrimonio con ellas, constituyó a buen seguro una auténtica oferta política. De ahí la significación pública de esas segundas nupcias en la pugna por el poder de la España visigoda.

Era costumbre que los hijos e hijas jóvenes de los principales hombres de la corte, fueran educados durante su juventud en el palacio del rey; a los muchachos se les preparaba para sus deberes militares, palatinos y administrativos, y las chicas aprendían todas las tareas adecuadas de su rango, hasta el momento en que el rey proveía su matrimonio. Una de estas doncellas que se educaban en la corte visigoda era la hija del conde don Julián, guardián de los puertos de África frente a las acometidas de los sarracenos. El rey la vio, se enamoró de ella, y no dejó de cortejarla asiduamente, encontrando una constante resistencia por parte de ella hasta que, finalmente, la violó. Si había habido alguna sugerencia de casamiento éste no llegó a efectuarse, quedando la joven en situación comprometida y su familia clamando venganza. Así lo cuentan las Crónicas:

“Era costumbre que los jóvenes y las doncellas hijos de los altos nobles se criaran en el palacio del rey. Una de las doncellas de la cámara del rey era hija del conde don Julián, muy bella. El conde don Julián era de alto linaje, bien probado en armas y muy apreciado en palacio, privado del rey Witiza, rico y heredero del castillo de Consuegra. Mientras se fue a Africa con un mandado del rey Rodrigo, el rey Rodrigo tomó a su hija por la fuerza, y aunque le había hablado de matrimonio no se llegó a casar nunca con ella. Cuando el conde Julián se enteró de la deshonra de su hija, aunque le pesó mucho lo disimuló, fingiendo que no sabía nada; pero después de haber vuelto a la corte cogió a su mujer y se fue a Ceuta sin despedirse de nadie, y habló con los moros. Después volvió donde el rey y le pidió su hija con la excusa de que la madre estaba enferma y deseaba verla. Cogió a su hija y la llevó con la madre y tramó traición con Musa, prometiéndole que le daría toda España.”

La afrenta que el rey había cometido contra la hija de uno de sus nobles palaciegos sólo podía lavarse con sangre. El matrimonio era imposible, pues el rey ya estaba casado, y el conde nunca hubiera aceptado el precio de honor. Ahí quien menos contaba era la joven y su desdicha, toda su familia había sido ultrajada; Florinda era muy consciente del penoso papel que le tocaba jugar en el suceso, hubiera sido más cómodo para su linaje que ella hubiera muerto antes que tener que airear la deshonra. Las penas por violación eran muy graves, pero el rey debía ser obedecido instantáneamente, y su única limitación era la propia moral. Si la chica hubiera gritado en el momento en que el monarca, ciego a todo excepto a su ataque de lujuria, se lanzaba sobre ella para violarla, hubiera atraído la atención de todo el palacio, y también de la reina, se hubiera producido un escándalo que hubiera llevado su nombre y el honor de su familia de boca en boca. Como mujer joven y bella, todo hubiera estado en su contra. La casa del rey, tan segura para ella como la casa de su padre, se había convertido en una trampa. El rey no hubiera recibido ningún castigo, acaso una advertencia emanada de algún Concilio, puesto que como ungido su persona era sagrada. Cava no podía hacer nada, excepto ocultar sus lágrimas ante el resto de los nobles; y su padre hizo a escondidas lo que nunca hubiera podido hacer abiertamente: levantarse contra un rey que no respetaba su alcurnia y tan mal pagaba sus servicios a la corona.

Al saber lo ocurrido, la madre de la Cava pronunció unas palabras que pusieron en vergüenza a los hombres de armas que estaban dispuestos a aceptar la deshonra de su linaje y seguir en la obediencia al rey que los había traicionado. Ella, como mujer y como madre, era quien estaba más cerca de su hija y quien mejor comprendía la situación. Para ella, la virginidad, que su hija había perdido de forma tan traumática, era un valor intrínseco que sólo debía entregarse al esposo de mejor o peor grado, mientras que para su marido y los hombres de su familia no era más que un valor de cambio que encarecía o malograba las posibilidades de emparentar mediante matrimonio con otro linaje importante. La condesa nos recuerda a sus antepasadas, aquellas mujeres de espada que combatían codo con codo con sus hombres, o que contemplaban los combates muy de cerca para infundirles valor. En la línea de Brunilda exigiendo venganza al rey Gunther, y Crimilda casándose con Atila para atraer a los culpables de la muerte de Sigfrido a una trampa mortal, fue la condesa quien selló el destino de Rodrigo y del reino visigodo, no la muchacha desvalida y llorosa.

En el Capítulo 179 el historiador Eleastras apostrofa retóricamente a Julián sobre su traición: el rey no hizo fuerza a la Cava “y si tu hija era de tan buen seso como hasta aquí la loaban, ¿por qué en aquella hora que el rey le dijo cosa que no le placía no te lo envió a decir así como después que el mal fue hecho o por qué no lo dijo a la reina, que lo excusara, si una vez lo supiera… o por qué se fiaba de entrar donde estaba el rey, sin compañía…, por qué antes que lo hiciese no se iba de la corte?”

Lo que el rey puso en marcha fue una operación de acoso y derribo en su propia casa y contra una de las jóvenes puestas bajo su tutela. El deseo del monarca casi podría calificarse de “incestuoso”, puesto que ejercía el papel de padre con Florinda mientras ella estuviera a su cuidado. La chica se defendió lo mejor que pudo, con las mejores y únicas armas que tenía: su supuesta debilidad femenina. Hace alusión constantemente a su poca edad y a su poco seso, además de mostrar una lealtad sin fisuras hacia la reina, que tanto la distinguía. Las supuestas promesas de su seductor no son sino humo para quebrar su voluntad. El rey tenía que estar demasiado obsesionado para imaginar que el jefe de su armada en África aceptaría complacido, o callado, una demostración de fuerza contra su hija soltera, a quien él mismo había prometido casar. Nada indica que la reina padeciera de mala salud ni que estuviera enferma por aquella época, todo lo contrario. Lo que Rodrigo proponía no era siquiera un concubinato real, sino convertir a una joven virgen (“en cabellos”) de noble cuna en amante secreta. La belleza y juventud de la muchacha actuaban en su contra frente a la reina, quien, de haber descubierto los manejos de su esposo, hubiera pensado que la chica se aprovechaba para exhibirse ante el rey, una pequeña ambiciosa que aspiraba a más de lo que tenía derecho y conspiraba usando su belleza para conseguirlo. Por otra parte, el temor de Cava a ser acusada de haberle dado un filtro al rey no era gratuito. Los que se servían de tales prácticas, equiparables a los sortilegios y brujerías, eran terriblemente castigados. Los cronistas y trovadores encontraron muy cómodo lanzar acusaciones contra la víctima de una violación exculpando a un rey lascivo e ingrato con uno de sus mejores hombres. La misoginia al uso persiguió a Cava haciendo de ella el monstruo que devoró al reino visigodo, reino que estaba ya en plena decadencia sin necesidad de las conspiraciones de una pobre mujer escarnecida.

El testimonio coetáneo de este acontecimiento se reduce a una breve “Crónica Mozárabe” del año 754.

El penúltimo rey del reino visigodo en decadencia fue Witiza, hombre inclemente, insolente y libidinoso. Cuando era príncipe heredero y tenía su corte en Tuy (698 a 701) hirió al duque Fáfila, padre de Pelayo, con un bastón en la cabeza, tan gravemente, que el duque murió. Cuando Witiza subió al trono en 701 desterró a Pelayo, que era guardia real. Al morir Witiza Rodrigo se apoderó del trono aprovechando la juventud de los hijos de Witiza, ninguno de los cuales tenía suficiente apoyo para ser rey. Por entonces Rodrigo era gobernador de la Bética y tenía su palacio en Córdoba. Al morir Witiza, estalló una guerra civil cuyo resultado fue la entronización de Rodrigo. Olián, que había sido expulsado de Tánger y sitiado en Ceuta por Muza, gobernador del África musulmana, se sometió a Muza entregándole Ceuta y animándole a que emprendiese la conquista de España (año 709). Se produjo un primer desembarco en Tarifa, y hubo correrías por Algeciras en julio de 710. El 28 de abril de 711 Tárik ben Zeyad con siete mil guerreros, en su mayor parte berberiscos de Olián, pasaron en naves mercantes y se atrincheraron en Gibraltar. Rodrigo, que estaba combatiendo en Pamplona porque los vascos se habían rebelado, envió a su sobrino Sancho contra los invasores. Sancho murió y el rey tuvo que personarse en la Bética. Tárik pidió refuerzos y Muza le envió cinco mil hombres, Olián entre ellos que indicaba los puntos indefensos y se ocupaba del espionaje. En el ejército de Rodrigo, compuesto por unos diez mil hombres, venían los hijos de Witiza; dispuestos a traicionarle, llegaron a un acuerdo secreto con Tárik, la traición a cambio de las tres mil villas que Witiza había poseído. Rodrigo dio el mando de las alas de su ejército a los hermanos de Witiza, Sisberto y Opas. La batalla tuvo lugar junto a Medina Sidonia, entre la ciudad y la laguna de La Janda; los enfrentamientos duraron del 19 al 26 de julio de 711. Los witizanos abandonaron el ejército en lucha, y Rodrigo murió. Tárik ya no pensó en abandonar España, sino que continuó su avance. En junio de 712 Muza desembarcó en España. Los tres hijos de Witiza se tuvieron que conformar con las tres mil villas: Aquila se estableció en Toledo, Olmundo en Sevilla y Ardabasto en Córdoba. Olián también recibió propiedades en Córdoba. La mayoría de los godos que pactaron con los musulmanes eran del partido de Witiza, los partidarios de Rodrigo huyeron a refugiarse al norte. La viuda del rey Rodrigo, Egilón, se casó con Abdelaziz, hijo de Muza y gobernador de España, estableciendo su corte en Sevilla. Egilón animaba a su marido a que se convirtiera en rey independiente, pero otra dama goda, mujer de Zeyad, denunció por envidia las maniobras de Egilón; y Abdelaziz fue condenado a muerte acusado de haberse hecho cristiano, en marzo de 716. Entre los que se habían refugiado en el norte estaba Pelayo, que había sido acogido en la corte de Rodrigo, y que después de la batalla de La Janda (conocida también como batalla de Guadalete) se refugió en Asturias con su hermana. El gobernador musulmán de Gijón, Munuza, quería casarse con la hermana de Pelayo y le envió a Córdoba con otros rehenes. Pelayo se escapó de Córdoba en 717, apareció en Asturias y se opuso a la boda de su hermana con Munuza. Aunque la pérdida de España de 711 se debió a los hijos de Witiza y a sus partidarios, a Olián, y a la falta de patriotismo de los obispos Oppa y Sinderedo, el pueblo se fijó en Olián. Entre las clases altas adeptas a los witizanos le leyenda de Witiza y la hija de Julián se atribuyó a Rodrigo. En el norte cristiano la ruina de España se atribuyó a Witiza pero se desconocía la leyenda de la hija de Julián. La leyenda de Olián nació en territorio mozárabe desde el siglo X; entre los cristianos del norte apareció en el siglo XII. Entre los mozárabes había dos partidos opuestos: el de los witizanos y sus sucesores, que eran magnates godos que conservaban sus propiedades y posición social, y vivían en buena armonía con los musulmanes; y el de los rodriguistas, hispano-romanos en su mayoría porque los godos de Rodrigo habían huido al norte, y se oponían a los musulmanes. Estos eran perseguidos tanto por los califas de Córdoba como por los condes mozárabes y sus obispos. En la Chronica gotorum Pseudo-Isidoriana aparece la leyenda de Witiza (Getico) y la hija del conde Olián, a quien el rey hace llamar con engaño. Al ver Olián a un escudero suyo que había dejado en Tánger, le pregunta qué hace en Sevilla, el escudero le dice que ha traído a su mujer y a su hija tal y como él mandó en la carta. El conde y la condesa embarcan en secreto para Ceuta abandonando a su hija, y Olián entra en tratos con Tárik. Entretanto muere Getico dejando a sus hijos Sebastino y Evo, muy jóvenes, y es elegido rey Rodrigo. Los hijos de Getico llegan a un acuerdo con Tárik y huyen de la batalla, se produce la derrota y muerte de Rodrigo. En la Crónica de 1344 la leyenda de Rodrigo y la hija de Julián ya es una novela histórica. La hija de Julián aparece por primera vez con el nombre de Alacaba.

En 711 se produjo la invasión musulmana, pero la influencia visigoda no se interrumpió. Entre los mozárabes perduraron muchos linajes godos e hispano-romanos que conservaron su lengua y sus costumbres, su religión, sus bienes, sus obispos y sus condes aunque éstos fueron nombrados por los emires de Córdoba, y siguieron rigiéndose por el Fuero Juzgo y por los Cánones de los Concilios toledanos. Cuando ocurrió la invasión, la enemistad entre el partido de Witiza y el de Rodrigo duraba ya treinta años, y cada partido acusó al otro de la violación que condujo a la venganza y a la destrucción del reino. En el siglo IX se atribuyó a Rodrigo y en el siglo X a Witiza. Los que la atribuyeron a Witiza serían mozárabes partidarios de Rodrigo, ya que los partidarios de Witiza eran amigos de los invasores. Los witizanos, islamizados, achacaron las culpas a Rodrigo porque no querían explicar su victoria fue debida a traiciones y a culpas ajenas. Los witizanos eran nobles godos y prelados que habían pactado con los invasores y recibían de ellos cargos públicos, civiles y eclesiásticos para que gobernasen a los cristianos sometidos. Los tres hijos de Witiza vivieron ricos y respetados en Toledo, Sevilla y Córdoba. Honraban la memoria de Witiza y la del conde Olián (Julián) porque gracias a ellos el islamismo había entrado en al-Andalus. Los godos e hispano-romanos partidarios de Rodrigo se refugiaron en las montañas del norte, donde crearon el reino asturiano; otros emigraron a la Galia y la Germania, y todos ellos acusaron a Witiza y a Olián de haber causado la destrucción del reino visigodo. El conde Julián es el Olián, Olbán, Urbano, de la historia, señor de Tánger y Ceuta, súbdito de los reyes visigodos, caudillo de la tribu berberisca de Gomera que entonces era cristiana. En relación con la expansión islámica fue atacado por Muza (gobernador del África musulmana), sitiado en Ceuta se defendía ayudado por la flota visigoda que le llevaba soldados y provisiones. Después, sin que se sepa la causa, pactó con Muza entregándole Ceuta y animándole a conquistar España, en octubre de 709. En julio de 710 Muza envió a Tárik contra Algeciras. En esto ocurrió la muerte de Witiza, en 710; Rodrigo fue elegido rey, y un hijo de Witiza llamado Achila, que había sido asociado al trono por su padre, al verse desposeído envió un mensaje a Tárik, gobernador de Tánger, para que le ayudase a conquistar el reino. Tárik preparó un ejército y Julián lo transportó en naves de mercaderes al peñón que desde entonces se llamó Yabal Tarik (Gibraltar) el 28 de abril de 711. El rey Rodrigo, que estaba en Pamplona para sofocar una rebelión de los vascos, fue al sur contra los invasores llevando consigo a los hijos de Witiza, a los que encargó el mando de las dos alas del ejército. Ellos enviaron otro mensaje a Tárik para corroborar la petición hecha en Tánger, y ofrecieron abandonar a Rodrigo en la batalla a cambio de que Tárik les restituyera las tres mil villas del patrimonio de Witiza. Los witizanos abandonaron a Rodrigo y el rey murió en la batalla. Si Julián había tenido un problema de honor con el rey este rey sólo podía ser Witiza, hombre disoluto que abusaba de su poder, no hay que olvidar que había herido de muerte al duque Fáfila pretendiendo a la duquesa, madre de Pelayo. (En todo caso, los hijos de Witiza eran tres, no uno). Witiza habría atraído a su corte a la condesa y a su hija con engaños, llamándolas de parte del conde Julián, que estaba en la corte. Cuando Julián descubrió que estaban allí, huyeron él y su mujer dejando a su hija, y volvieron a Ceuta donde el conde preparó la venganza. En la leyenda de Rodrigo Julián, conde de Ceuta, envía a su hija a la corte de Toledo para que se eduque allí, y él va una vez al año en agosto para visitar al rey y llevarle regalos y aves de caza. Rodrigo se enamora de la hija del conde, y al no conseguir nada de ella la viola. La muchacha escribe a su padre contándoselo, e inmediatamente el conde viaja a la corte en pleno invierno con la excusa de que va a buscar a su hija porque la condesa está enferma y quiere verla. Vuelven a Ceuta y traman la venganza. Witiza era de la familia de Wamba y Rodrigo era nieto de Chindasvinto, y ambas familias llevaban treinta años luchando por el trono.

Los romances, olvidando a Witiza, recogieron la historia de Rodrigo y la hija del conde don Julián, dando forma definitiva a la leyenda de violencia y seducción que dejó al último rey godo sin amante y sin reino. En todas las versiones del Romancero se culpa a la muchacha de la destrucción del reino, como ya hemos mencionado anteriormente; vista la mentalidad de la época, poco bueno o nada podía venir de una mujer, de modo que “santificaron” al rey lujurioso y “demonizaron” a su víctima, quien según los usos germánicos tenía derecho a una reparación tanto como a la venganza.

Los romances en los que Cava llora su situación, y escribe una carta a su padre dan, a nuestro parecer, un enfoque algo diferente a la trayectoria de esta mujer agraviada. Es como si de pronto se diera cuenta de que está sola en el palacio que se le ha hecho odioso, expuesta a otras agresiones, que quien podría ampararla y hacerle justicia es justamente el hombre que la ha violado, inatacable jurídicamente; que pudiendo tener cuantas amantes deseara, la ha elegido justamente a ella como capricho pasajero, destruyendo toda esperanza de resarcimiento y de respeto. El rey ha destrozado sus posibilidades de matrimonio, la ha convertido en manceba sustituible y, tal vez, ya molesta, puesto que, al obtener lo que quería, ya no la necesita.

La violación era un problema social que preocupaba tanto a la Iglesia como al poder secular, aunque no siempre estuviera muy claro el concepto en sí. Se suponía que si una mujer se encontraba a solas con un desconocido podía ser víctima fácil, y las circunstancias, el lugar y la hora eran determinantes para establecer si había habido delito o no. Por otra parte, las mujeres que salían mucho, que se dejaban ver en exceso, no eran bien consideradas si sufrían una agresión sexual, pues si hubieran permanecido en su casa no hubieran corrido el menor peligro. Si algo les ocurría, debían denunciarlo a voces y de una forma exagerada que no dejaba de implicar una humillación más.

La violación podía considerarse bien estupro, bien fornicación, bien adulterio. Lo que importaba era si había habido consentimiento en alguna forma o no, y no podía haber corrupción del cuerpo si no había primero corrupción del espíritu. Si la mujer no había sentido deseo ni placer durante la violación no era culpable, era la intención lo que contaba. Según las leyes, la víctima podía matar a su agresor en defensa propia. La pureza era un estado de la mente como la virginidad lo era del cuerpo, la pureza no podía ser destruida por la fuerza aunque la carne sufriera violencia. Quienes habían sido violadas contra su voluntad no perdían su naturaleza espiritual de vírgenes; en este caso la violación era igual que si hubieran sufrido otro tipo de heridas. Esto era así a menos que la virgen violada experimentara placer. No obstante, probar que la víctima de una violación no había sentido nada les resultaba muy difícil por la creencia de que la mujer era propensa siempre a sentir placer sexual, y para una mujer también resultaba complicado probar su resistencia espiritual a la agresión. El concepto de violación como agresión sexual se incorporó a los libros penitenciales bajo la influencia de Isidoro de Sevilla. No obstante, y una vez más, siempre había una tendencia a mencionar la libertad con que las mujeres salían de casa; que una mujer cantara o bailara cerca de donde había hombres provocaba el deseo sexual de éstos y podía decirse que era candidata segura a una agresión sexual, dada la naturaleza peligrosa de la sexualidad femenina.

Florinda no hubiera tenido ninguna posibilidad de ser escuchada. Entró sola en la habitación de un hombre que estaba durmiendo y después no salió dando alaridos por todo el palacio; por el contrario, al principio procuró ocultar su pena llorando cuando nadie la veía, sin saber qué hacer ni qué partido tomar hasta que escribió a su padre pidiendo ayuda.

Si en algún momento, produciéndose el contacto de intimidad absoluta con Rodrigo, llegó a pensar que él de verdad la amaba, ese sueño ya está roto, tan roto como su cuerpo y su autoestima. Ya sólo le queda el odio frío y el deseo de una espada que por sí misma no puede empuñar. La carta final que escribe al conde es producto de una criatura diferente a la que llegó por primera vez a la corte de Toledo, la niña risueña y llena de vida se ha replegado al interior de una mujer amargada y violenta en sus deseos de venganza, ya no le importa quién pueda caer mientras el rey caiga también. Y cuando se lleve a cabo esa venganza que pide, no la compensará de nada, seguirá buscando las imágenes de sus sueños en las llamas de los incendios y en el rostro de los muertos.

“Gran llanto hazía la Cava con gran dolor y amargura,

desque vido la perdición y la crueldad tan dura

y que fue ocasión dello la su grande fermosura;

a grandes bozes decía: -¡Oh muger de gran locura,

nunca ovieras nacido, ni se viera tu figura,

pues que tanto mal causaste y tanta malaventura!

Todos passan a cuchillo que no queda criatura,

Hasta las monjas sagradas les vino su desventura.

Tú eres perdición de España, fuego que todo lo apura,

De ti quedará memoria para siempre en escritura,

Unos te llamarán diablo, otros te llamarán diablura,

Otros te llamarán dimonio, otros que eras su hechura.

Yo fui mal aconsejada y lo hize sin cordura.

¡O día para mí tan triste que más que la noche escura!

¡O tú, gran rey don Rodrigo, grande fue tu desventura!

El día que tal hiziste ovo fin tu gran altura;

Asaz pagas con setenas tu osadía y travesura,

Mucha ponçoña gustaste con muy poquita holgura.”

.

 

Denunciar

DE ISABEL A DIEGO

Querido mío, amor mío, mi Diego: decir que te echo de menos es como no decir nada. Me duele tu ausencia, me duelen las palabras que no puedo pronunciar y que se quedan temblando de frío entre mis labios. Esas palabras que me asfixian, que destrozan mi corazón. Siento tanto dolor, que no comprendo cómo es posible que mi corazón siga latiendo, que no se haya desgarrado dejando salir los ríos de lágrimas que no permito que afluyan a mis ojos y convierto en sangre hecha de fiebre y amargura. Sangre y lágrimas de angustia corren por mis venas, Diego. No sé cómo continúo aún con vida, no sé cómo continúo respirando. Pero, ¿realmente estoy viva? Todos lo creen porque me ven en pie, pese a que apenas como y apenas pronuncio una palabra. Soy una sombra, amor mío, una sombra que camina y obedece porque no tiene fuerzas ni valor para resistirse a su destino. ¿Eso es vivir, Diego? Yo no lo creo. Ojalá pudiera llorar, qué no daría por liberarme de esta piedra que me aplasta el corazón sin terminar de matarme, qué no daría por dar rienda suelta a mi angustia. Si fuera valiente, Diego, saldría a mi balcón y gritaría de tal modo que mi voz se escucharía por encima del sonido de las campanas de Teruel; mi voz llegaría hasta ese territorio salvaje de frontera donde se supone que estás combatiendo por Aragón, por nuestro rey y por nuestro amor. No sé en qué orden, ni importa ahora, no importa en esta noche de pesadilla. ¿Dónde estás, amor mío? Nuestro tiempo ha expirado. ¿Dónde estás? Ninguna noticia tuya en todos estos años. Diego de Marcilla ha desaparecido como si se lo hubieran tragado la guerra y la conquista. En Teruel ya casi no se habla de ti, creo que sólo tu familia y yo te recordamos y te seguimos amando; es ese amor el que te mantiene vivo en nuestro recuerdo. En Teruel se estaba hablando mucho de mí; demasiado y en mala hora, según mi padre. Isabel de Segura no se casa, pese a su espléndida dote y al lustre de su apellido. ¿Qué oculta esa respetable familia para que mantengan a la joven Isabel alejada del destino natural de toda mujer? Y cada vez menos joven, pronto dejará de ser una damisela casadera y tendrán que doblar su dote si quieren que un hombre noble y rico la despose. Así me evaluaban las viejas mientras movían la cabeza con aire de enteradas. Mi madre se sofocaba de humillación, mi padre montaba en cólera sin palabras y me miraba entre resignado y resentido. Su honor le impedía obligarme a desdecirme de mi promesa al mismo tiempo que le obligaba a él a mantener su palabra.

Pero la situación pronto comenzó a cambiar, para desgracia mía. Para desgracia nuestra. El noble señor de Albarracín Pedro de Azagra le pidió mi mano a mi padre, y eso ha precipitado mi desdicha. Ha convencido a mi padre de que has muerto en combate, pues de otro modo ya hubieras dado alguna señal de vida durante estos cinco años. Cinco años, amor mío. Cinco años de silencio en los que soy yo quien está muriendo de tristeza y de soledad. ¿Dónde estás, Diego? No puede ser que hayas muerto, me niego a imaginarte muerto. Mi padre y Pedro de Azagra lo aseguran con tanta certeza como si hubieran visto tu cadáver. Nuestro tiempo se acaba, amor mío, soy yo quien camina hacia la muerte. No quiero vivir si no es contigo, no quiero respirar si no es en tus labios, no quiero alegrarme si no es en tu alegría. Sé que te marchaste con el dolor de no haber obtenido un beso, ese beso que me pediste entre respetuoso y apasionado y que a mí me dio vergüenza natural otorgarte. Una doncella casta no besa a un hombre, por mucho que le ame. Una mujer honesta sólo besa a su marido. El orgullo y la ambición nos separaron, amor mío. La distancia y el silencio se interpusieron entre nosotros. La ambición y el honor volverán a separarnos, definitivamente esta vez, porque tú no has vuelto y yo no puedo hacer otra cosa excepto obedecer a mi padre. ¿Cómo puedo decírtelo, Diego, amor mío, mi único amado? ¿Acaso existen palabras adecuadas para revelar algo tan horrible? Diego, mi padre le ha concedido mi mano a Pedro de Azagra. Mañana me caso. Mañana comienza mi lento viaje hacia la muerte, mañana me caso. Las campanas tocarán a fiesta, pero en mis oídos sonará el toque de difuntos. Alabarán los paños y la confección de mis vestidos nupciales, que para mí serán mi mortaja. La corona de flores será mi corona de espinas. Las joyas serán mis adornos funerarios. Si no muero esta noche, amor mío, moriré mañana mientras todos celebran una fiesta que para mí no será más que el banquete final. Mañana me caso, Diego. Y no serás tú quien me abrace y me bese con el derecho del esposo. Nuestro tiempo ha expirado y tú no estás aquí para salvarme de mi destino. Diego, mi amor, mi perdido y añorado amor, ¿qué será de mí? ¿Qué será de ti si un día te enteras de que soy la esposa de otro? Siento tanto miedo, siento tanta angustia, que mañana cuando muera durante la ceremonia preferiría saber que tú de verdad estás muerto, para guardar eterno luto en mi corazón y en mi memoria. Amor mío, sólo te amo a ti, única y eternamente a ti. Perdóname, Diego, querido mío, amor mío, pase lo que pase mañana eres y serás eternamente mi único amado. Te besaré en la muerte. Seré tu esposa en la tumba.

                                                                                                           


                                                Tu Isabel


 


 

Denunciar

LA MUÑECA

 (En "Relatos Descatalogados", Ed. Atlantis, Madrid, 2017)                                               

Cansado, deslizando sus pies calzados con zapatillas de deporte que denotaban un uso prolongado, se dejó llevar por la multitud que llenaba la sala de espera. Abrazos de retorno, rostros que intentaban disimular la nostalgia de la despedida. Trenes que se iban. Trenes que regresaban. El panel automático reflejaba los números de los andenes, y los destinos.

Protegido tras las gafas negras lanzó una mirada circular y torció sus labios en un gesto que no se parecía a una sonrisa. Tenía tiempo. Podía permitirse el lujo de una hora dedicado a sí mismo, buceando en el fondo oscuro de su miedo. Metió la mano derecha en el bolsillo posterior de los tejanos, comprobando que el billete seguía allí, y se echó al hombro la bolsa de lona que constituía su único equipaje. Seguía en pie en medio de la sala, obstáculo viviente para los viajeros con prisas, quienes tropezaban con él o intentaban esquivarle.

Un niño harapiento se acercó a él y le tendió la mano en silencio. La pequeña palma presentaba una costra de suciedad, y churretes mugrientos cubrían el rostro pálido y ovalado. Los músculos de su cuerpo se tensaron, al mismo tiempo que un calambre doloroso le recorría el estómago. Se apartó del niño y entró en el lavabo conteniendo las arcadas. Empujando sin consideración a los hombres que aguardaban, se encerró en una de las cabinas dejando a su espalda un eco de insultos y maldiciones. Cinco minutos más tarde se enfrentaba a su propio rostro en el espejo. Se quitó las gafas y trató de enfocar su mirada. Sus ojos pardos, grandes y ligeramente estrábicos, estaban enrojecidos. Se lavó las manos, que le temblaban, y se mojó la frente y la nuca, pasándose después los dedos por el lacio cabello castaño. La contemplación de sí mismo le estremeció. Se despojó del anorak gris y lo guardó dentro de la bolsa, junto con las escasas ropas y los libros. El jersey de lana azul marino ostentaba el emblema de una Universidad norteamericana y dejaba entrever el cuello de la camisa, a rayas azules y blancas.

“Me llamo David –se recitó a sí mismo sin palabras- Tengo veintitrés años y soy un asesino. –Le agitó una risa nerviosa-. No, no es cierto. Yo no la maté, liberé su espíritu para que no sufriera. –Gruesas lágrimas inundaron sus mejillas, cubiertas por una barba de tres días-. Ha pasado tanto tiempo, tanto… No es cierto. Ella sigue mirándome, invade mis sueños y me atormenta durante el día. Sus ojos son dos abismos insondables, dos estrellas negras. Puedo envolverme en su recuerdo. Clara, yo te quería; pero tú aún no podías comprenderlo. Lo hice por ti, sólo por ti. Te regalé una infancia eterna. Allí donde tú estás siempre tendrás doce años y estarás a salvo de la vida”.

La alarma del reloj sobresaltó a David, devolviéndole a la realidad. Volvió a lavarse la cara y se secó las manos en el pantalón. Tras una última mirada al espejo se puso las gafas y regresó a la sala de espera. Encendió un cigarrillo y estrujó entre sus dedos el paquete vacío, arrojándolo a una papelera. Extrajo un nuevo paquete de la máquina de tabaco y lo guardó en el bolsillo de la camisa. Volvían a temblarle las manos, húmedas y frías. Con paso cansado y sin desviar la vista se dirigió al andén, contemplando los trenes y respirando el aire fresco impregnado de humo. Regresaba a casa, al piso pequeño y odiado donde no le esperaba nadie. Rió en voz alta, el sonido de su risa histérica hizo que algunos viajeros se alejasen de su lado. David los odió a todos y deseó que muriesen en aquel instante. Estaba cansado de estar solo, de arrastrar el secreto que le oprimía. Por eso había huido de sí mismo, porque Madrid era el crisol donde se fundían todas las soledades. Tres días habían sido suficientes. Durmiendo en un hotel barato y alimentándose de café y bocadillos, caminando por las calles como una sombra. Pero Clara le acompañaba. Se sentaba a su lado, compartía su comida; e incluso, aunque le hacía sentirse horrorizado, se introducía en su cama. David había dormido la noche anterior abrazado a una chica a quien había encontrado de forma casual y a la que no conocía, deseando que la presencia de aquel ser real destruyese sus fantasmas.

Gimió en voz baja y se secó el sudor de la frente, dispuesto a subir al tren que le conduciría de nuevo al centro de sus pesadillas. Se acomodó en el asiento y miró fijamente a cada uno de sus compañeros de viaje: un par de monjas de hábito negro pasaban las cuentas de su rosario. Chicos y chicas con aspecto de estudiantes; un matrimonio con sus dos hijos. A su lado, una señora de mediana edad modestamente vestida. Frente a él, un chico joven con el cabello muy corto y petate militar resolvía crucigramas y escuchaba música a través de los auriculares.

“¿Juegas conmigo, David? Imaginaremos que estamos casados”.

“Yo te quería, Clara. Te quería demasiado, mis sentimientos te ponían en peligro y yo sólo deseaba lo mejor para ti. Te pedía que no crecieras, no sabías lo malo que es hacerse mayor. Me gustaba jugar contigo, aun siendo consciente de que al hacerlo alimentaba tu anhelo de abandonar la infancia y hacía crecer sueños en tus sueños. Ahora serás siempre niña y nunca tendrás miedo. Nadie podrá quebrar tus alas ni arrancarte tu inocencia y tu alegría. Lo hice por ti. Lo hice por ti. Aquel día miré en el fondo de tus ojos hasta que ya no pude más. Las manos se me fueron solas, mis dedos se aferraron a tu cuello frágil, tibio y palpitante; y un espasmo de felicidad, de éxtasis tan intenso que me dolía, recorrió mi cuerpo mientras tus ojos se hacían más oscuros. Te quiero, confía en mí, sabes que nunca te haría daño. Y en tu rostro crispado floreció una sonrisa, tu última sonrisa terrena, la primera sonrisa que intuía una vida al otro lado. ¿Qué otra cosa mejor podía ofrecerte?”.

David suspiró y se quitó las gafas para frotarse los ojos. Sentía calor y sed. En ese momento, el chico de los auriculares alzó la vista de los crucigramas y clavó los ojos en los suyos. David hizo un gesto de desagrado y se ocultó de nuevo tras las gafas, temeroso de que la expresión de su mirada pudiera delatarle. Se removió en el asiento buscando una postura más cómoda y apoyó la cabeza en el cristal de la ventanilla, intentando dormir. Quedó inmóvil, con los ojos cerrados, hasta que el tren efectuó su entrada en la estación de Zaragoza. Con gesto nervioso tomó la bolsa de lona y se apresuró a bajar, abriéndose paso a empujones hasta la escalera mecánica. Cruzó el hall a grandes zancadas y respiró ávidamente el aire de la tarde, intentando controlar el ritmo de su respiración. Se ahogaba. Ajustó la bolsa sobre su hombro y emprendió el camino de su casa, mirando con aversión los autobuses rojos de las líneas urbanas. Sintió un vivo dolor en los ojos y apretó los dientes. Su corazón latía con violencia, una palpitación angustiosa que se acrecentaba a cada paso que daba, a medida que su certidumbre era más concreta.

Se sintió invadido por un sudor frío y caminó más deprisa, esquivando a los transeúntes, hurtándose a sus miradas. Cerrando los ojos cuando tropezaba con una imagen gemela en las vitrinas de algún establecimiento. Se desvió a la derecha y siguió la Avenida de Valencia, sin detenerse hasta que alcanzó el recinto de la Ciudad Universitaria. Tenía prisa. Lo sabía. Sabía que estaría allí, esperándole. Tenía prisa porque se había cansado; porque ya no podía escapar. ¿Escapar a dónde?, ¿Ir a dónde? Una niña le miró fijamente, traspasándole a través de las gafas, al mismo tiempo que se llevaba a la boca un caramelo. David se detuvo un instante y dejó que la niña le viera. Cruzó rápidamente la calzada entre los gritos de los conductores, dejando tras de sí una estela de risa que reflejaba su agonía.

Miró el reloj. Aún no había oscurecido, aún no era el momento. Deambuló por el Campus y se sentó en un banco, frente a la Facultad de Filosofía. Encendió un cigarrillo, expeliendo el humo con lentitud. Su rostro se contrajo al verlos. Eran ellos, los mismos chicos que hablaban frente a su casa. Merche y Javi compartían el mismo cigarrillo, se dejaban huellas de besos. Ella tenía un aspecto frágil, con aquella rebelde melena rizada y unos tejanos que ceñían excesivamente su cintura. Ella era como una muñeca recién lavada. Junto a ellos, los libros formaban una pequeña muralla sobre unas carpetas cubiertas de adhesivos chillones. Fumaban, reían, se besaban. Javi se apartaba el pelo de la frente y hablaba mientras sus dedos se enredaban en los cabellos de Merche.

David sintió algo parecido a la muerte. Sus puños se cerraron, clavándose las uñas con tal fuerza que se lastimó las palmas, dejándose surcos enrojecidos. Creyó que tenía las manos llenas de sangre, parpadeó para borrar aquella imagen y sus ojos dilatados sólo percibieron las estrías que, si bien le dolían, no sangraban. Aún no había llegado el momento. Seguiría allí, esperándole, sabiendo que sus pasos y la noche llegarían a la vez. La palpitación de su corazón amenazaba con extenderse hasta lo infinito. Los miraba. Los había mirado muchas veces desde la ventana. Se había herido los dedos arañando, día tras día, el cristal que cerraba su mundo. Sabía cuánto medía en pasos su habitación. Conocía el número exacto de baldosas. Podía cruzar su piso de un lado a otro con los ojos cerrados sin tropezar. Su cuarto le era tan familiar como su propio yo. La cama estaba junto a la ventana. En la pared opuesta, la mesa de estudio cubierta con sus libros y papeles. El armario de madera clara, la silla. Y allí, en medio de la habitación, esperándole como cada día, como siempre para siempre, estaba… estaba…

David se levantó y cruzó el Campus en dirección a su casa. Debía enfrentarse a su presencia, adaptarse a su realidad. Cerró los ojos. Escuchaba voces de niño. Le miraban ojos de niño. Se sentía sucio de sangre de niño. La niña le miraba al mismo tiempo que se llevaba un caramelo a la boca. Merche era como una muñeca recién lavada. Voces de niño. Ojos de niño. Sangre de niño. Y Clara le miraba y sonreía:”¿Juegas conmigo, David? Imaginaremos que estamos casados”.

Le temblaban las manos. El sonido de las llaves al tropezar con la cerradura le sobresaltó. Se desabrochó el primer botón de la camisa, su propia respiración le ahogaba. Tuvo que esperar a que el ascensor terminara de bajar, ocupado por sus vecinos de rellano a los que saludó con un gesto. El ser reflejado en el espejo le sobresaltó de tal forma que apenas se reconoció.

La oscuridad total del interior le envolvió, le arrastró como si tuviera manos. Sorteó los muebles del salón y abrió la puerta de su dormitorio, pulsando el interruptor de la luz. Un grito sofocado escapó de su garganta. ¡Allí! ¡Allí estaba! La muñeca de trapo tendía hacia él sus brazos inanimados. La muñeca preferida de Clara, como siempre, como aquella vez. “¿Juegas conmigo, David? Imaginaremos que estamos casados”.

David, temblando, se arrojó al suelo y aprisionó a la niña de trapo entre sus manos, estremecido, susurrando el nombre de Clara. Se arrastró hasta la cama y se ocultó bajo las sábanas procurando no ver a la muñeca. Riendo histéricamente, bebiendo sus propias lágrimas. Había sido fuerte, había vencido al recuerdo. Era sólo otro día. Otro día, y la luz volvería a liberarle. Sólo necesitaba otro día.


 

Denunciar

LOS MARCIANOS (Inspirado en un hecho real)

 (Dedicado a mi amigo José Luis Garanto. Gracias)


 (En "Relatos Descatalogados", Ed. atlantis, Madrid 2017)


Andrés, Pedro y Enrique conversaban y reían siguiendo la carretera que llevaba al pueblo de Romerales de la Sierra, aunque no iban a entrar en él. Su objetivo era la Cueva del Morro, a un kilómetro de la población, y situada en el Cerro de los Gigantes. Estos amigos formaban parte de la Federación de Espeleólogos de su ciudad, y a su vez habían creado su propio grupo, “Los Covanos”. Dos fines de semana al mes se reunían para ir a explorar alguna cueva cercana y disfrutar con su pasatiempo favorito. Los dos fines de semana restantes los pasaban con sus respectivas familias en plan tranquilo. Sus esposas solían acompañarlos, aunque sólo Eugenia compartía su afición y tenía la preparación específica para entrar dentro de aquellas cavidades. Ana, Margarita y Elena los esperaban con los niños y pasaban el día disfrutando del campo y tomando fotos del paisaje. Si el tiempo no acompañaba, se quedaban en el pueblo más cercano haciendo turismo rural. Ese día iban solos, y sin Paco, el único geólogo del grupo y que se había hecho un esguince en un tobillo a causa de una caída de la bicicleta. Los tres amigos dejaron de preocuparse una vez que comprobaron que Paco estaba entero, pero lamentaron que el accidente los privara de su compañía. Paco conocía un poco la Cueva del Morro, y los había convencido para ir a explorarla con más detalle. Aseguraba que era impactante, y estaba convencido de que había al menos otra salida al final de un túnel sinuoso y estrecho por el que había que reptar con mucha precaución. Andrés, Pedro y Enrique no querían ir sin él, pero Paco insistió en que no abandonaran su proyecto de explorar la cueva.

      Andrés, que conducía el vehículo todoterreno, torció a la izquierda y continuó por un sendero rural, entre árboles que dejaban ver a los lados campos de labor. Asegurándose de que no invadía ninguna propiedad privada, siguió hasta que el camino se hizo impracticable. Aparcó debajo de un árbol, salieron del coche y revisaron el equipo: botas de montaña, monos, chalecos salvavidas, casco con luz, arneses, cuerdas y todo lo necesario para hacer escalada y rappel, silbatos de emergencia, linternas, las fundas plásticas, mochilas provistas de botiquín, agua, barritas energéticas y bebidas isotónicas. Lo llevaban todo. El cielo sobre sus cabezas estaba azul y despejado. Dependiendo de lo que encontraran allí dentro saldrían muy tarde o se darían la vuelta. Revisaron las baterías de los móviles, aunque sin duda una vez en el interior de la cueva ya no tendrían cobertura. Las chicas sabían dónde estaban y tenían los números de teléfono de emergencia de la zona. Treparon hasta la boca de la cueva, se prepararon y entraron.


                                                                                                                                                                   ***


Jota salió del bar, se apoyó un momento en la pared para recuperar el equilibrio y encendió un cigarrillo. No iba borracho del todo, pero se había pasado con las cervezas y tampoco estaba sobrio. Respiró el aire fresco de la noche y emprendió, con paso algo vacilante, el camino hacia su casa, situada en las afueras del pueblo. Eran casi las dos de la madrugada, como comprobó mirando su teléfono. Esperaba que su madre no estuviera levantada esperándole, como hacía todos los sábados. Le abrumaba. Tenía veinticinco años, trabajaba, era adulto. Lo que hiciera en su tiempo libre sólo le incumbía a él. Pero su madre era terca como una mula. La encontraría en el salón, frente al televisor encendido, fingiendo que estaba viendo el programa de turno. Suspiró ruidosamente y soltó un taco.

      Una bola de luz surcó el cielo y desapareció detrás del Cerro de los Gigantes. Casi en el mismo instante, un relámpago seguido de un trueno. El chico miró a lo alto del Cerro y abrió la boca, incrédulo. Unos meses antes habían estado en el pueblo unos investigadores del fenómeno ovni. Se pasaron toda la noche en el Cerro esperando un avistamiento que no se produjo, aunque aseguraban que la zona era muy propicia. Algunas veces se veían luces en lo alto, pero nadie había prestado atención. Podía ser cualquier cosa. Los investigadores, gente muy seria y reputada, habían ofrecido una conferencia gratuita en el Salón de Actos del Ayuntamiento, mostrando además fotos y dibujos realizados por testigos oculares. Al principio, la idea de que los marcianos se pasearan por Romerales de la Sierra no entraba en ninguna cabeza. Y sin embargo… aquello que relucía y se movía… Unas figuras extrañamente iluminadas andaban por el Cerro, no había duda. Juraría que bajaban hacia el camino que llevaba al pueblo. A Jota se le pasó el sopor etílico de golpe y volvió sobre sus pasos a la carrera. Entró como un bólido en el bar, ruidoso y lleno de humo. (Pese a las leyes antitabaco en lugares públicos, Inés y su marido Manolo dejaban fumar a la peña. Se trataba del único bar del pueblo –el Restaurante “Los Gigantes” y “El Hostal del Morro”, que estaban a la entrada de la población eran otra cosa, allí iban los forasteros y visitantes- y entre sus liberales paredes se resguardaban desde el abuelo Martín -que a sus ochenta y algo años seguía fumando tranquilamente- hasta el cura, pasando por la médico, los maestros, los Guardias Civiles del Cuartel y el personal del Ayuntamiento. Además de la juventud local, Jota entre ellos). Todos le miraron, asombrados por su aspecto turbado. Jota intentó hablar, y sólo lo consiguió al tercer intento. “¡Los marcianos!” –gritó- “¡Los marcianos han invadido el pueblo! ¡Acabo de verlos!”. Todos quedaron inmóviles, digiriendo aquellas palabras: ¡los marcianos estaban allí! ¡Tal y como habían dicho los científicos! Comenzaron a hablar todos a la vez, profetizando catástrofes e invasiones. La voz de Manolo se impuso: “esto lo arreglamos nosotros sin necesidad de llamar a la NASA. Venga, a buscar las escopetas y al monte todos”. Como había mucha tradición de caza, rara era la casa en la que no había una escopeta para cazar jabalíes. La idea fue aceptada por unanimidad, y cada cual fue a buscar su arma.


                                                                                                                                                                     ***


Andrés, Pedro y Enrique estaban contentos. Agotados, pero contentos. La Cueva del Morro había sido toda una sorpresa. ¡Cuando se lo contaran a Paco! Tenían que volver, los cuatro. Casi no recordaban ya el momento de angustia que pasaron cuando Pedro se quedó atascado en uno de los túneles, ni el golpe de Andrés contra el techo al incorporarse. Aquella cueva era una maravilla llena de tesoros a explorar. Y Paco tenía razón, habían dado con otra salida. Rodearon el Cerro de los Gigantes y emprendieron el camino hacia el coche, parando un momento para beber y comerse unas barritas. Pasaban de las dos de la madrugada. “A estas horas no conducimos ni de broma, tíos. Vamos a acercarnos al pueblo a ver si podemos dormir en el hostal; y si no, dormiremos dentro de los sacos”.

      Se iluminaban con las luces de los cascos y con las linternas, cuidando de no tropezar con las piedras. Unas ráfagas de luz los inmovilizaron a escasos metros del todoterreno: por lo menos una docena de hombres los estaban esperando, sus vehículos aparcados tenían encendidos todos los faros. Y eso no era todo: los apuntaban directamente con escopetas de caza de última generación, Jota empuñaba su arco. Los amigos se miraron, lívidos de la impresión. ¿Qué demonios se proponían aquellos tipos? “¡Ni se os ocurra dar un paso más, extraterrestres! Os vamos a mandar a tomar por culo a vuestro puto planeta”. “¿Extraterrestres?” A Pedro le entró la risa floja e incontrolable que le atacaba siempre que se ponía nervioso. No eran sólo nervios. Los espeleólogos se sentían realmente asustados. “Joder, qué extraterrestres ni qué niño muerto. Somos espeleólogos, venimos de…” Manolo avanzó un paso hacia ellos sin dejar de apuntarlos: “¿de qué te ríes, puto marciano? ¿Te parece que estamos de broma?” La risa de Pedro se intensificó, estaba aterrorizado y no podía parar. Andrés cerró los ojos, vio toda su vida pasar ante él. Levantó los brazos y apagó la luz de su casco; se quedó así, como los malos en las películas de policías, la linterna encendida apuntando al cielo. Los otros dos le imitaron. Manolo se envalentonó y se acercó a ellos seguido de Jota, que no soltaba su arco. La flecha apuntaba directamente al corazón de Pedro. De un manotazo les tiraron las linternas al suelo, les sacaron los cascos de un tirón. Todas las luces les iluminaron. Manolo, Jota y los demás vieron ante ellos a tres hombres en la cuarentena de su vida, despeinados, con la ropa, la cara y las manos sucias de tierra y barro, y muertos de miedo. “¡La madre que os ha parido! ¡Si sois humanos, como nosotros! ¿De dónde salís a estas horas?” Pedro emitió una especie de relincho al comprobar que, después de todo, no les iban a matar. Sus crisis siempre terminaban así. Andrés suspiró fuerte. “Somos espeleólogos, llevamos todo el día explorando la Cueva del Morro. Íbamos al pueblo a buscar habitación en el hostal. Pero visto lo visto, dormiremos en el coche. Ese todoterreno es mío, podéis comprobar que la matrícula es española y no hemos venido en ningún platillo volante”. Manolo bajó su escopeta, Jota su arco, el resto los imitaron. Se sentían tan abochornados que no sabían qué decir. “Ni coche ni hostal. Os venís a mi casa, Inés os preparará un cuarto. Tenemos el bar del pueblo, estáis invitados ahora y cada vez que vengáis a Romerales de la Sierra. Venga, todos a dormir. Mañana, almuerzo de hermandad en el bar”. Se metieron en los coches y escoltaron el todoterreno hasta el pueblo. Manolo e Inés se portaron como buenos anfitriones, muy atentos y pendientes de ellos. Los dejaron dormir hasta la hora del almuerzo, el bar olía a carne asada, chorizo, pan recién traído, vino. Jota se disculpó formalmente y les explicó el origen del malentendido. Cuando el oficial al mando del Cuartel de la Guardia Civil se enteró de lo sucedido la noche anterior, habló con los espeleólogos y les pidió que no denunciaran, no había ocurrido nada y los del pueblo eran buena gente, un poco fantasiosos pero sin maldad. Andrés, Pedro y Enrique no tenían intención de denunciar a nadie, dieron por zanjado el asunto. “¡A comer!” –gritó Manolo- “Que esto se enfría”.


 

Denunciar
Artículos publicados: 121
1 -  2 -  3 -  4 -  5 - 



Portal de blogs literarios, comunidad literaria, y foro literario - Libro de Arena

General 0 libros



ofertas black friday | Ayuda | Contacto | Condiciones de Uso | Política de Privacidad



2017 © librodearena.com