Quiso avanzar y cayó iracunda envuelta en su propia desesperación. Absorta y sin aliento, clavo su mirada en el frío espejo que de lejos la observaba. ¿ porque ?, ¿ porqué a mi ? ¡maldita suerte! ¡maldita vida!
La filuda nieve había rasgado el fino algodón de sus entrañas y enmudecido su tibia suerte. Sus fuerzas declinaron y sus ojos se cerraron.
Escuchó el susurro en sus delicados oídos; venía de lejos, muy lejos. Tan lejos que el alma toda, quiso absorber en su más grata ansiedad tan abnegado llamado.
Recorría el campo cubierto de flores y alelíes, diademas y azucenas, más, al tocar con su fina piel tan delicado pétalo, el perfume ensoñador de aquella flor, abrigó su corazón, llevándola por aquel misterioso túnel.
Caminó y caminó y en su avanzar, las pesadas piedras diluían su cansancio manando para ella su elixir de piedad, hasta brotar para si, espiralados ramilletes de luz cubriendo en aureola tan delicados pechos
Hermosa sonrisa fue aquella que desbordó tan emocionados labios, al contemplar en su sacro esplendor, el ciclico movimiento del amor maternal, la esencia de la vida, su inevitable decadencia y su último palpitar.
Desenvolvía su piel cual flor lacerada. Con cada pétalo de sus lágrimas formaba un mar de esperanzas. Y ellas, volaban y volaban llevando el mensaje a la cima sacra de la justicia real.
La heladez del alma proyectaba su fuerza sobre los crueles muros. Y de sus pálidas paredes caían gotas, perladas de sudor y llanto. Aquél que en gélido momento escapaba de su frío cuerpo.
Manos, pies y corazón atados. Sus ilusiones se habían quemado.
Vencido el espíritu, el cuerpo cae, y con el, sus sueños
Más, de la insoluta soledad surge la pócima que vibrará en el cáliz de la vida, de la libertad,
Hoy caminé con el alma abierta. Y créeme, pude percibir el vacío del sepulcro, el fuego del dragón y el aura sacra del sol.
Escalinatas arriba me senté bajo la magia ardiente del perdón y pensé una y otra vez, hasta que visualicé mis dedos, mis blancos y pequeños dedos enredados en la enredadera del amor. Era tan hermoso, que no quise regresar. Y regresar, ¿para que?.
Si la magia imperceptible y bella me regala todo.
La dulce noche de tus labios, el perfume soñador de tus cabellos y el iris invisible de mis sueños, caídos, airosos y bellos
No conocía la fuerza de la eternidad, no sabia del calor de las estrellas, tampoco del poder de tu alma bella.
Hasta que un día, vagando en sueños, divisé a lo lejos algas marinas, delfines y hermosas mariposas. Que hacían allí, no se. Pero ahí estaban, y créeme, se parecían a unas lindas que con mis delicados dedos palpé. Lunas pasadas fueron. Viajaba a gran velocidad, era tan veloz, que crispé mis manos sobre mi vientre incrustando mis uñas haciéndolo sangrar; después miré y pensando lento, pero muy lento, al tiempo que una tibia gota de sangre bajaba silenciosa del ombligo a mis caderas, quise llorar, pero no.
Debía ser ése el sitio, tampoco el amanecer, y al levantar la mirada, ahí estabas, envuelto en versos, cerca de mis ojos, rozando mi piel. Imposible, no, tan real, si, como aquél caracolí.
Tu ajado cabello y acartonada piel, vislumbran tu caminar.
Ahora, que desee proseguir la historia, profunda tristeza ampara su final. Aún no la termino, pero el alma, golpea silenciosa y perenne mi palpitar.
…Y heme aquí, bajo el ala inerme de la brisa ardiente, poniendo en letras los secretos de tu alma penitente. Has pecado, lo se, y mucho, pero no he de levantar la mano para pegarte, ni el dedo para señalarte. Estas aquí, y eso es lo que importa.
Pon tu ánfora vacía en el piso y ven a beber del agua de la fuente. ¿ Recuerdas? Aquella diminuta fuente que lunas robara nuestros amores, entorchara nuestras manos y agrandara nuestras corazones. Como ves- aún esta en el mismo lugar, no ha desaparecido, como tampoco mi amor por ti se ha ido.
Sabes - a veces- la filosa cuchilla de las horas absorbía mi memoria y el canto de los pájaros que en derredor batían sus alas, alegraban sin cesar mi solitario camino.
En tu ausencia, si, impregné mis dedos con el agua de aquella fuente y una y mil veces pinté en regazo tus suaves labios y amarré en secreto tus largos cabellos. Y ni que decir, de tus grandes ojos negros. A ellos, compuse mis mejores poemas y en letras bañe tu cuerpo en noche de primavera. Porque así fue, pero me alegro de que no hayas estado ahí, porque seguro, que de mis ojos no hubiese salido tal mirada, ni de mis manos verso alguno.
Y fue la sacra gota que de tal belleza cubrio mis cartas y abrigó mis versos.
Y ésta lagrima que hoy cubrió mis letras, rememoró aquel amor sagrado, que esquivas lunas cual tallo y raíces, nació de mi alma abrigando tus manos, esculpiéndo tu cuerpo y rasgando los cielos.
* Recordando tu natalicio; mi querido José Manuel/
No obstante que has doblado tus rodillas; niega la mansedumbre de mi corazón recoger tu angustia.
Cuanto quisiera en ademán de súplica, abrazar tu rostro y delinear tus labios; más, en la profundidad de mi ánfora, se han nublado mis sueños y secado mi tinta, y la sombra indeleble de mi pluma ardiente, mató mis ganas y cegó mi frente.