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Inventario de intangibles


Abrásate en el fuego que me quema (y III)



Aunque me sorprendió, adjudiqué aquello a la casualidad, y en ningún momento relacione la muerte de Gutiérrez con su aparición en uno de mis sueños, aunque fuera el de la víspera de su accidente. Ruiz subió en el escalafón de la empresa y ocupó su puesto con la misma diligencia. Dejó de tomar café con nosotros y, al poco, se compró un traje de Armani idéntico a los que gastaba su predecesor.



Ya no recuerdo si Ruiz tenía amigos en el trabajo o fuera de él, pero lo que si sé es que desde que se aupó al puesto de jefe de personal no se le conocieron otras lealtades que no fueran miembros del consejo de administración.


No tardamos en olvidar a Gutiérrez, porque su sucesor siguió exactamente sus mismas pautas, incluso empezó a parecerse físicamente. Ruiz semejaba un tipo atlético, debía de andar por los treintaicinco, y hasta podríamos decir que era atractivo, si no fuera por ese gesto de enterrador con el que andaba por la oficina.


Tampoco con él tuve demasiado trato, aunque desde su nombramiento había nacido una soterrada enemistad entre nosotros, ya que a los pocos meses tuve que exigirle otra vez mis nóminas, que había dejado de recibir desde el fallecimiento de Gutiérrez.


También él mi miró extrañado, como si en lugar de decir nómina hubiese dicho albóndiga o sarampión, y me preguntó cual era el problema. En realidad no había ningún problema, lo mío era ya por tocar un poco los huevos, una especie de tradición, porque a esas alturas ya me sabía de memoria cuales eran los conceptos de mis retenciones y el desglose de mi paupérrimo salario.


Volví a recibir puntualmente mis nóminas, y no volví a tener más tratos con el nuevo jefe de personal. Nuestra enemistad se convirtió en algo tranquilo, de andar por casa, y cada uno se mantuvo en su trinchera, vigilante.


Pero una noche de verano, después de un par de años sin intercambiar ni tan siquiera los saludos de cortesía pertinentes, Ruiz apareció en uno de mis sueños.


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Abrásate en el fuego que me quema (II)

 


Gutiérrez era un tipo atlético, debía de andar por los treintaicinco, y hasta me atrevería a decir que era atractivo, si no fuera por ese gesto de enterrador con el que andaba por la oficina. No se le conocían amigos dentro de la empresa, y tampoco lo fomentaba, se limitaba a hacer su trabajo, velando por los intereses del consejo de administración.


A pesar de todo esto no le tenía una especial animadversión, no le guardaba más rencor que al gerente o al jefe de administración, pertenecía a la clase de los que tienen el poder, o una parte del, y por consiguiente podía considerarlo un enemigo, alguien de quien cuidarse. Aunque me había guardado de mostrar mi pasado sindicalista y hacía lo mío sin rechistar demasiado, sabía que en cualquier momento podían jugármela, y que podía volver a las trincheras.


Por eso me extraño que soñara con Gutiérrez. Cuando salía por la puerta de la empresa desconectaba de verdad, y no era frecuente que soltara alguna anécdota de mi vida laboral con los colegas, porque no las había. Salvo el generoso escote de Gladis, la telefonista, en el que había soñado perderme más de una vez, y los andares de marioneta del jefe de producción, al que deseaba cortarle alguna vez los hilos, no era habitual que el trabajo se colara en mi mundo inconsciente.


Sin embargo Gutiérrez irrumpió en uno de mis oníricos Apocalipsis, en los que yo era el protagonista de delirantes orgías, en las que fornicaba con extraños híbridos entre mujeres y todo tipo de bestias: cebras, águilas, serpientes… El no participaba en la escena, si no que se mantenía aparte, mirando con insistencia y grabando signos indescifrables en el suelo.


Nunca me preocupé por encontrarle un significado a aquellos sueños, ni tan siquiera cuando al día siguiente Gutiérrez no apareció por la empresa. Su coche se había empotrado contra un camión en la salida de la autopista, y había fallecido camino del hospital.  

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Abrásate en el fuego que me quema (I)


A pesar de ser el responsable de personal de la empresa donde trabajo desde hace algo más de siete años nunca tuve demasiado trato con Gutiérrez.


Había una soterrada enemistad entre nosotros, a pesar de que no habíamos hablado en más de un par de ocasiones. La primera cuando no llevaba más de un par de meses de trabajo, cuando le reclamé la copia de mi contrato.


Me miró extrañado, como si en lugar de decir la palabra contrato hubiese dicho almorrana o hipotenusa, y me preguntó cual era el problema. No había ninguno, salvo que yo había firmado tres copias y, según la legislación laboral vigente, me correspondía una de ellas.


Gutiérrez era uno de esos tipos a los que cualquier petición, con motivo o sin él, les semeja poner en cuestión su autoridad, y al día siguiente me arrojó el contrato a la cara, sosteniéndome la mirada como en un duelo del oeste.


Algunos compañeros me aconsejaron que no volviera a tocarle los cojones, y la verdad es que no tenía ninguna intención de hacerlo, aunque unos meses más tarde volví a hacerle una reclamación, porque desde que entrara a trabajar no había visto ni una sola nómina.


Volvió a sostenerme la mirada, haciéndome sentir todo el peso de su traje de Armani, de su barba recortada y, sobretodo, del cargo que ostentaba, y volvió a preguntarme cual era el problema. Estuve a punto de sacarle una copia del Estatuto de los Trabajadores, pero me limité a indicarle que estaba en mi derecho, y que me gustaba saber cuales eran mis retenciones y el desglose de mi paupérrimo salario.


Desde aquel día me hizo llegar, puntualmente, mis nóminas, como algo excepcional dentro de la empresa, para que pudiera comprobar todas las veces que me descontaba un dineral por llegar algunos minutos tarde. Pero a pesar de eso no tuvimos más roces en todo este tiempo, ni tan siquiera intercambiábamos los saludos de cortesía pertinentes. 

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Sin labios para recoger el zumo de las violencias

 



Afilados como guillotinas tus silencios


imponen una estrategia de trincheras


un inventario de interferencias


o de formaciones de caricias detenidas


más allá de los límites sostenibles


en un escenario lógico o soñado


disparar intenciones lujuriosas


a un cardumen de nubes averiadas


para comunicar por reflexión


con la aridez de los fondos abisales


con las inhóspitas razones


de un Apocalipsis anunciado


otra vez vagando en ruta incierta


definiendo nebulosas y refugios


germinando nuevos abismos


mientras grito a las cenizas calientes


de un decadente holocausto


con alta concentración de espinas


ahora ya me envuelve la tormenta


y sonrío al ventilar mis tristezas


para sepultar definitivamente


nuestros balances y reclamaciones


frente a un horizonte previsible


de síndromes resucitados


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Me acostumbré a rezar para que (no) volvieras



Débil confianza en la sucesión árida


de la estaciones, en los capítulos


nebulosas de una melancolía,


el desanimo invadiendo las horas


colonizando con cristales los sentires,


tiñendo horizontes con incógnitas


o certeras e inevitables derrotas,


registro de incidencias estériles


que no merecen ser recordadas


y recortan el sentido del tiempo


y del espacio que me habita,


la brevedad de los sentidos compartidos,


un salto al vacío continuo


siguiendo el aliento de las sombras,


anatomía de un fracaso


que suma y sigue restando,


ahora se imponen los silencios,


las líneas que interrumpen


el avance anhelado de los sentidos,


otro inventario de momentos yermos


sin otro sentido que esperar


el añorado abrazo de la tierra.


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La nostalgia es mirarte todavía al alcance de mis manos y empezar a echarte de menos


Tu nombre endulza mis sueños, se cuela entre los pliegues de mis sábanas, corretea por mis oídos con el paso insomne de un cardumen de hormigas, se pega a las paredes rojas con la fuerza de un afiche, mordisquea mis huellas buscando alimento, invade habitaciones enteras del único músculo que todavía resiste la caída de las hojas del calendario, barniza los lomos de todos mis libros, anida en el hueco de las zapatillas, siembra de azúcar y miel mi alfombra y mi espalda, coloniza las palabras que hasta ahora formaban mi lenguaje, se adueña de mis intenciones, de mis proyectos, de mis ambiciones.


Por eso merece la pena levantarse otra mañana, a pesar de las noticias de las masacres de Oriente Medio, donde la aviación y los tanques sionistas siguen bombardeando a civiles libanesas y palestinos, de los estragos de un nuevo tsunami en Indonesia, donde han desaparecido cientos de javaneses, y de las dificultades del proceso de paz en el conflicto vasco.

Y me levanto con una sonrisa, sabiendo que antes del mediodía volveré a estrecharte entre mis brazos, y en tus pupilas brillaran los ecos de mi deseo, y comenzará toda una vez más para desafiar al abismo e inventar la magia que nos mantiene unidos contra todo pronóstico.

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Tacones cercanos


Escuché entre temblores el eco de tus tacones en mi espalda

dibujando trincheras que cubrías con los destellos salinos de mis lágrimas

el éxtasis a punto de re-correrme la columna como un cuchillo carnicero

mientras tus colmillos jugaban a desgarrar mi carótida

sonreí una vez más a ese infierno que me prometían tus huellas

titilando con los cristales que habías escupido entre mis sábanas

y desee que nunca se aflojasen las sogas

con las que habías amordazado una resistencia estéril y embustera

difuminando las cicatrices que tan pacientemente tejieran

un ejército de sombras que ahora obedecen solo a tu nombre

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Autopegado para inspección


“Nada sucede dos veces ni va a suceder,

por eso sin experiencia nacemos,

sin rutina moriremos.

En esta escuela del mundo ni siendo malos alumnos

repetiremos un año, un invierno, un verano.”

Wislawa Szymborska

 

Y sin embargo tus ojos verdes me sonríen sin necesidad de que te recite los versos de una poeta polaca, y dejan un reguero de estrellas moradas en mi cuello, titilando los motivos por los que todavía no salto por la ventana y abrazo de una vez por todas las aceras que llevan mi nombre, que me gritan para que mis palabras se dirijan obedientes a los sumideros, y desde allí a las alcantarillas, repetidos ecos que semejan los martilleos electrónicos de Andrea Parker, y de una pléyade de compositores que nunca han figurado en mi nómina, porque todo parece repetirse hasta el infinito, pero nos engañan otra vez los sentidos: la espiral es la más perfecta de las formas, ella ordena la tierra y el tiempo, siguiendo las leyes por las que nunca dejan de girar Los Planetas, otra pesadilla en el parque de atracciones, para que no se detengan tampoco los rencores, la piel ajena blandida como una bandera amenazante, imperio de los sentidos que solo tuvo lugar en la más caduca de mis habitaciones y a la que ni tan siquiera el comandante Bozan Tekin, desde sus montañas azules, se hubiera podido oponer ¿o quizás la sonrisa de Ronahi Serhat lo hubiera evitado?, pues ahora son otras las búsquedas, y sonrío a las luciérnagas antes de ofrecerles mi rendición incondicional, porque las cavidades del alma y de la carne tampoco necesitan detergente, y las urgencias siguen semejándose ridículas, presa como somos de la censura impuesta por nuestras propias huellas, sin necesidad de haber bebido los horrores que pregona Mazzantini o precisamente por ser conscientes de lo estéril de las leyes de la memoria, empuñando la vida mano a mano y germinando sentimientos que solo entienden de presentes, que constituyen un horizonte habitable y cercano, mientras la represión de los momentos foráneos albergan más dolor que la maleta de Centelles ¿todavía no entiendes que hay palabras prohibidas? si temo mis propias recetas y estrategias, y todos los caminos albergan mis pasos titubeantes, una revolución de incertidumbres que sacuden mis estaciones, con la misma contundencia que los explosivos de Boris Savinkov –es insustancial quien es aquí el piojo y quien la pulga-, y con las ganas de ser punk o por lo menos de aparentarlo, como una sucesión de pensamientos optimistas o abiertamente nihilistas, mientras en la ducha se mezclan nuestros humores y los restos de ternura, con el mismo contenido salino que las lágrimas de Avedis Demirci recordando el genocidio, pero no caigamos en provocaciones, que no nos persigan los sueños, ni levantemos expectativas por un inventario de caricias, porque hasta los baluches tienen victorias parciales en su derrota, y la Venus robótica puede adoptar hasta cincuenta posiciones, quizás sea este el primero y el último de los inviernos.

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