Tantas veces les había visto morir al poco de nacer...
Cada uno de ellos alcanzó su hora con resignación, sin esperanza pero sin una sola queja. Y yo, a pesar de haberlos despedido uno detrás de otro, no consigo acostumbrarme a ver como su vida se escurre entre mis dedos, sin que pueda hacer nada por retenerlos o prolongar su existencia.
De casi todos guardo algo, incluso los más crueles me han dedicado una sonrisa amable en algún momento antes de partir. Pero son los otros, los más dulces, los que a pesar de haberse ido volando han dejado huellas imborrables en mi corazón.
Y este de hoy me duele un poco más. Agoniza vestido de gala adentrándose en el mar entre ocres y naranjas sin dudar un solo instante. Apenas le quedan unos minutos y se desvanece ante mí altivo y soberbio, con la arrogancia del que se sabe especial.
Y lo es; es el último de un año.
Y a pesar de la certeza de que no volveré a acariciar su perfil tengo que dejarlo marchar.
No encuentro las palabras adecuadas así que me despido de él en silencio. Me deja recuerdos de emociones muy intensas, de logros y sueños cumplidos, y, lo más importante, me deja la promesa de que el que está a punto de nacer es igual de especial que él, puesto que es el primero de otro año lleno de expectativas y de sueños por cumplir.
Me quedan 364 muertes por delante para volver a pedir un deseo, pero esta noche había pedido la luna... y alguien la encendió para mí.
Gracias por esta y por tantas noches de luna llena.
Hoy me encuentro cansada. Intento escuchar con atención pero me cuesta trabajo así que dejo que mi cabeza se apoye levemente en el brazo de este hombre que recita a mi lado; las palabras se le rompen un instante en la garganta y me mira con ternura.
Qué bonita voz… no puedo evitar preguntarle si tiene hijos.
Porque si los tiene – le digo – no debería usted pasar una sola noche sin leerles un cuento antes de dormir.
Yo solía leer cuentos a los ángeles; no consigo recordar cómo es un ángel pero recuerdo perfectamente el olor de su sonrisa, el sonido de sus manos, el sabor dulce de su voz, la suavidad de su mirada… Recuerdo sus besos en mi risa, y aquellos deditos inquietos toqueteando en mi boca las palabras antes de engullírselas feliz entre carcajadas.
Pero no consigo recordar cómo es un ángel.
Y este hombre sigue leyendo versos para mí; poemas de amor que son como caricias en el alma y yo creo que él sabe cuánto me gustan. Qué raro... Alguno me suena, posiblemente alguna vez antes los leí pero no lo recuerdo. No sé donde tengo la cabeza últimamente.
La cadencia de su voz tiene algo que me relaja. Es amable y guapo, muy guapo, seguro que también tiene ángeles.
No se olvide de besarlos cada noche, de tocar su piel para retener y recordar ese contacto cuando ya no pueda recordar su cara – insisto – los ángeles tienen un color especial.
Yo solía acariciar las espaldas de mis ángeles; no consigo recordar cómo es un ángel pero recuerdo sus lágrimas mojando mi cuello después de una caída; recuerdo su sonrisa orgullosa tras cada reto superado; los ángeles ríen si son felices y también lloran cuando sufren. A veces incluso se enfadan porque tienen su corazón, pequeño corazón de ángel, y las cosas les duelen igual que a nosotros. Pero no consigo recordar cómo es un ángel.
Quizá se esconda detrás de esa nube blanca que se ve a través de la ventana. Quizá si miro fijamente lo vea, pero no estoy segura de poder reconocerlo; hoy no consigo recordar como es un ángel.
El extraño me mira con cara de preocupación y le sonrío. Le pregunto su nombre.
Diego mamá, soy Diego... tienes que descansar. Mañana volveré a la misma hora.
¿Quién será mamá? no importa. El hombre me besa con cariño y se marcha no sin antes dejarme una foto en las manos, la misma que antes él sostenía mientras leía para mí. En ella una mujer joven abraza algo que quizá sea un ángel, sí desde luego tiene que ser un ángel.
Yo tenía un ángel, solía llamarle Diego y aunque hoy no recuerdo como era sí recuerdo cuánto le quería.
... fluctuando a la manera de los seres humanos entre muchos matices, ni en el blanco puro ni en el desesperado pozo del negro oscuro.
Ambigua, irreverente, serenamente alocada y tristemente feliz.