Te enfrentas a mí con miedo; no te gusta lo que ves porque en el fondo te reconoces en el vacío de esa mirada que te devuelvo.
Y para que no se enteren de que la cordura te ha abandonado hace meses, permites que tu alma se oculte en la oscuridad de la noche, escondes tu vergüenza tras esa cortina de humo que has fabricado bordando mentiras a los recuerdos, cosiendo engaños a una vida que ya no es ni siquiera un pasado, porque ya no queda más que las ruinas de lo que nunca hubo.
Mientras recoges del frío suelo del baño los despojos de dignidad que maquillan tu orgullo, tu intocable orgullo, te preguntas si habrá merecido la pena.
Me miras; la respuesta es NO.
Quisieras odiarte, pero siempre encuentras una excusa que te disculpe; intentas llorar la pena de haberlo perdido todo, pretendes que las lágrimas apaguen las llamas de ese incendio que te consume y tu alma... tu alma es un desierto.
Alzas el puño en ese gesto que es tan tuyo como la cobardía de atacar a quien sabes de antemano que no se va a defender; espero impasible y sin pestañear ese golpe que sé que voy a recibir, porque la insolencia de mis ojos gritando tus miserias te resulta insoportable.
Y en el frío suelo del baño, sí, allí donde quedan las babas de tu dignidad, la sangre de tus nudillos se mezcla con las lágrimas oscuras que brotan de cada unos de los pedazos en que has destrozado esa imagen, ese rostro que tanto aborreces.
Te metes en la cama a resistir otra noche intentando que los remordimientos te concedan una tregua. Ya no recuerdas cuánto hace que no duermes, ya no importa, mañana pondrás un espejo nuevo y te asegurarás de que te diga lo que quieres oír y te vista de buena persona para poder seguir muriendo un día más de tu existencia.
Pero tú sabes quien eres, y yo no dejaré de decírtelo.
A menudo acostumbro a ir hacia atrás en mi blog releyendo post y con ellos recordando algunas sensaciones (buenas y malas) desde las que fueron escritos. Hace un año, por estas fechas publiqué una carta de amor que rescato hoy para sumarla a las tantas que circulan por estas arenas en los últimos días.
Hola amor
Tan sólo un momento para escribir esta carta sin tinta ni papel, con la esperanza de poder llegar a ti con palabras que quizá debieron ser pronunciadas antes pero... ay, nunca he sido muy dada al romanticismo y hoy sólo espero que no sea demasiado tarde para hacerte saber mis sentimientos.
Te echo de menos. Mi marcha, tu ausencia, no sé a qué culpar, no sé si es porque me fui o porque no estás pero te echo de menos.
Sé que me has llorado a la vez que maldecido de impotencia, que los días han sido duros y las noches eternas y oscuras. Yo también sufro pero intento acostumbrarme a la separación porque sé que no hay retorno. Quisiera pensar que llegarás a someter poco a poco esa rabia alimentada por el alcohol, para dejar paso a un recuerdo sereno de nuestra vida juntos.
Esta mañana me pasé un rato mirando a unos niños en un colegio jugando en el patio... nuestra asignatura pendiente. Me hubiera gustado verte en el papel; algún día serás un padre fantástico, estoy segura, y yo seré una espectadora que con tristeza envidiará a esa otra mujer, madre de los hijos que debieron ser nuestros.
Intento ser coherente y desearte lo mejor, que rehagas tu vida, sobre todo teniendo en cuenta que he sido yo la que se ha marchado, pero confieso que no puedo.
Quiero que me añores, que me desees casi con locura; sé que es egoísta pero quiero que recuerdes todos y cada uno de los momentos que hemos vivido juntos. Casi quince años de pequeños instantes en fotogramas que forman una película de acuerdo al guión que yo decido, excepto el final que ya está escrito.
Me conquistaste con una sonrisa sin haber cruzado una sola palabra; en aquel momento decidí que eras TU. Te quise desde esa primera mirada y casi desistí ante tu indiferencia, luego supe que fingida por temor al rechazo. Vencidos los miedos, toda una vida ocupada en amarnos y complacernos, y hoy... ¿qué nos queda? Apenas unos minutos en la noche para compartir tu sueño inconsciente y agitado.
Dos meses y todavía no te has acostumbrado a mi ausencia; yo tampoco me acostumbro a no estar ahí. No has vuelto a dormir en nuestra cama y el sofá está dejando secuelas en tu rostro, de hecho, apenas has vuelto a dormir hasta que hoy el médico te ha obligado a medicarte. Has llegado a ese punto en el que el dolor es tan insoportable que te limitas a ver pasar la vida sin participar de ella.
Hace un rato cuando estabas sentado en el suelo del baño con la cabeza entre las rodillas y aspirando el perfume de mi crema en tu albornoz, he llorado. Tu sufrimiento me causa un dolor infinito, y créeme, infinito es una palabra que acaba de adquirir un significado especial. Vagas por las esquinas de la casa buscando un rastro de mi presencia, y sólo encuentras vacío incluso en las cosas que dejé y de las que todavía no te has deshecho a pesar de la insistencia de los que te quieren bien.
No estoy, amor, por lo menos no de la forma que tú pretendes y que yo quisiera. Mis dedos dibujan tus labios como siempre aunque tú ya no puedas sentir mis caricias; tu respiración se altera y en el fondo sé que de alguna forma llego a ti.
Echaba de menos el estar a tu lado sin la angustia vivida en los últimos meses cuando el enemigo se coló en nuestra casa destrozando nuestras vidas. Me fui con él y de paso me llevé un trocito de ti.
Yo no quería dejarte, lo sabes ¿verdad?
No te di las gracias por haber estado conmigo hasta el final, por poner una sonrisa en tu rostro turbado por el miedo, por besar mi cuerpo maltrecho por la enfermedad y curar mi alma deshecha por el sufrimiento. Gracias por ayudarme a hacer las maletas para este viaje. Al final la morfina me impidió despedirme de ti.
Me voy, ahora sí, para siempre; no me olvides. Emprendo un camino sospecho que largo; mi equipaje es ligero pero está lleno de recuerdos de una vida feliz que espero me ayuden a sobrellevar la soledad; en cada parada prometo escribirte y colarme en tus sueños para susurrarte mis cartas.
No sé si lo que me espera es bueno o malo, pero nunca podrá ser mejor que lo que he dejado atrás. Adiós amor... hasta siempre.
Comenzaba a amanecer y un leve rayo de luz hirió sus ojos hinchados. Casi sin darse cuenta caminó hasta el dormitorio hundiendo su rostro en aquella almohada que todavía guardaba su aroma, palpando su ausencia, y lloró llamándola desesperado.
Reposas sumido en un letargo apacible y profundo. Cómo envidio esa facilidad para dormir... Y a pesar de mi sigilo es posible que me presientas, siempre lo haces, y casi con toda seguridad, incluso estando dormido temblarás al saberme llegando.
Me aproximo a tu cama, de puntillas y en silencio, agradeciendo a la luna que hoy brille en su todo esplendor y me permita contemplar tu rostro.
Quisiera besarte; busco tus labios y sin apenas rozarlos ya intuyen mi deseo; no es el viento, amor, hoy soy yo; es mi voz la que susurra ese "te quiero".
Tu respiración serena se altera pero me detengo justo a tiempo, no quiero que despiertes, todavía no… es mi momento y voy a disfrutar de tu indefensión.
Tropiezo con tu nombre al recordar aquel mapa de caricias que esbocé con los lunares de tu cuerpo, y desde esta esquina de mi cielo, espiando tu recuerdo a contraluz, me laten sordas las palabras más valientes.
Mi aliento roza levemente la comisura de tus sueños en el embeleso de la penumbra, y con un suspiro regresas de nuevo a ese abismo de paz donde entierras tu fatiga.
Shhhhhh... descansa.
Mis manos guardan con mimo un poema que voy a esconder en el mismo lugar donde una vez me dejaste un regalo, el mejor regalo, sé que lo recuerdas; mañana mis dedos lo recitarán lentamente en tu piel con la misma suavidad con que el arco acaricia las cuerdas de un violín, poniendo música a mis versos.
He buscado por todas partes ese sitio especial que quería regalarte hoy y no lo hallé, no lo pude traer pero ahora sé que tengo que esperar a que despiertes, mi amor, porque la lluvia de mi cuerpo precisa de la luz de tu mirada para establecer ese lugar, el lugar exacto donde nace el arco iris.
Van a ser las doce y el móvil que cuelga sobre la puerta me anuncia su llegada. Marcial es el único que aprecia la belleza del sonido de los tubos de bambú cortados en escala pentatónica; ensimismado los hace sonar una y otra vez mientras yo le escucho desde el almacén; normalmente a esta hora acabo de recibir los pedidos y me demoro a propósito abriendo las cajas y clasificando la mercancía para no molestarle en su rutina.
La madera del suelo dibuja la huella de sus pies cansados y las estanterías guardan el recuerdo del tacto de sus ojos; camina con las manos extendidas como si sus dedos guiasen sus pasos hasta llegar al punto exacto donde siempre se detiene, Baudelaire...
Cada mañana al abrir la puerta de mi pequeña librería recuerdo con nostalgia al hombre que me enseñó a amar los libros, a disfrutarlos con todos los sentidos grabando en la retina la belleza de las letras, saboreando las palabras, apreciando las texturas de las distintas encuadernaciones, empapándome del aroma del papel; añoro esas primeras poesias recitadas... Le echo tanto de menos...
Marcial sostiene el poemario sobre su pecho mientras aspira con fuerza. Siempre el mismo ritual; me mira y me doy cuenta de que intenta convertir en palabras esos recuerdos atrapados en su memoria, un puzzle de letras que casi nunca es capaz de completar con éxito. Sin embargo hoy sus ojos pardos tienen un brillo conocido y su voz firme lo vuelve a llenar todo.
- “Breve tarea! La tumba aguarda; ¡Está ávida!
¡Ah! Déjame, mi frente posada sobre tus rodillas,
gustar, añorando el estío blanco y tórrido,...-
- ... Del otoño el destello amarillo y dulce!” – respondo conteniendo las lágrimas.
- Canto de Otoño... mi preferido, aún lo recuerdas, hija.
Sonrío emocionada; él regresa inmediatamente a ese rincón del olvido en donde ha establecido su residencia desde hace meses. Temo ese día en que se vaya y no regrese jamás.
... fluctuando a la manera de los seres humanos entre muchos matices, ni en el blanco puro ni en el desesperado pozo del negro oscuro.
Ambigua, irreverente, serenamente alocada y tristemente feliz.