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babo


migas de pan

La anciana, pelos de loca, no sabía qué significado oculto podía esconderse tras el pequeño graffiti que encontró en su puerta. El garabato de un corazón, o eso le pareció, con la inicial olvidada del que un día fue su nombre. Al irse de casa, los gorriones del parque de los columpios estarían hambrientos a esa hora tan antigua y temprana, no se fijó. Fue al volver, cargada con la bolsa del pan y nada más salir del ascensor, cuando se dio cuenta. Por un instante sintió que iba a llorar, pero al instante siguiente reía, después de tanto tiempo, como una niña. Si él la viera…


 Dio por sentado, o eso quiso creer, que algún vecino, durante la larga noche anterior, se disfrazó de furtivo artista callejero y la tomó a ella como blanco propicio de su ira creativa. Con algodón y un poco de aguarrás sería suficiente. Pero no. Pasaron un par de semanas y todavía seguía allí cuando fue el propietario del piso con un posible inquilino. No le dieron mayor importancia. Apenas el garabato de un corazón vacío no sería problema alguno a la hora de firmar el nuevo contrato de arrendamiento.

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humanidades

La anciana, pelos de loca, se quedó inmóvil con el teléfono en la mano después de la inesperada llamada. Por unos minutos fue mesita de noche cobijando medio vaso de agua cautiva, butaca coja con batín raído en el respaldo, perchero de tres pies cubierto con una sábana fantasmal. El mundo cada vez le resultaba más extraño. Se acostó de nuevo, las zapatillas puestas por si acaso, siendo consciente de que ya no se iba a poder dormir. Tenía la esperanza de, al menos por una vez después de tanto tiempo, soñar despierta.


Nunca hubiera pensado que mear a presión en su orinal infantil pudiera molestar a alguien (algún vecino insomne al borde de un precipicio de tedio) hasta el punto de amenazarla con llamar a la policía si se le ocurría repetirlo. La voz al otro lado se había desvanecido en la madrugada, repentinamente antigua, sin darle tiempo a que ella pudiera explicarle. Quizá si fuera conocedora de la nieve eterna que cubría el trozo de pasillo hasta el cuarto de baño, del intenso frío nada más abrir la puerta del dormitorio, hubiera medido sus palabras igual que hace con las suyas el muñeco inocente de un ventrílocuo culpable; o, con el silencio, un pistolero pillado in fraganti (un primer plano cruel y conmovedor en la pantalla de un cine desaparecido) llorando lágrimas en technicolor antes del the end

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miércoles

Ahora que ya puede salir de casa, que sus calles han dejado de estar tomadas, la anciana, pelos de loca, no encuentra el paraguas de colores que sólo utiliza en primavera por si acaso llueve a traición. La voz al otro lado del teléfono, discada al azar con dedos temblorosos, se ha desvanecido sin darle pista alguna. Una niña, pues, sosteniendo un mapa del tesoro vacío y mirando un horizonte de cielo azul y nubes en forma de lágrimas.

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jumillas

La anciana, pelos de loca, compra una botella de vino tinto en la bodega del barrio y regresa a su puesto de vigilancia en la azotea. Quiere tener el brindis preparado por si acaso tuviera razón su propia voz que escuchó de madrugada del otro lado del tabique. Sorprender a un fantasma con las manos en la masa no es sólo cuestión de tiempo y azar. Ni de plegarias…


 El cebo son las braguitas rojas que ha tendido en su hilo y que una brisa antigua acaricia con desvergonzada ternura. A lo lejos su vista arrugada intuye el mar de entonces, cuando pronunció su nombre por primera vez gritando contra el cielo.

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miércoles

La joven peluquera espera la llegada de la primera clienta. Por la mañana no ha entrado nadie, pero es que llueve con insistencia y las aceras resbaladizas son un peligro. Mal día para empezar de nuevo. Está de pie, en medio del salón, aburrida y vagamente preocupada. El móvil lo ha olvidado en casa por culpa de las prisas. Anoche se acostó a las tantas volviendo a ver acabar una película de las de antes cuyo final feliz recordaba perfectamente. Le daba lo mismo.


 No ha cerrado a mediodía aunque, eso sí, se ha permitido el lujo de echar una cabezadita en el sillón de barbero que todavía no ha venido a llevarse el anterior propietario. Una reliquia, como el sueño prestado que ha tenido y que no ha recordado al despertar. Casi estaba a punto de cerrar cuando ha salido el sol. Quizás entonces, todavía…


 La anciana, pelos de loca, pretende que le corte el pelo al cero. Ella no sabe qué hacer. Instintivamente esconde la cicatriz de su muñeca izquierda con la mano contraria. No usa reloj. Nunca hasta entonces se había avergonzado de la noche antigua. Se miran a los ojos a través del espejo repentinamente cómplice.


 - No se preocupe por mí señorita, me pondré un gorrito de lana cuando algún frío me amenace. Estoy harta de ser el hazmerreír de los fantasmas que se pasean por mi casa mientras duermo o bailo sonámbula y desnuda entra paredes de papel pintado.


 Cuando termina de barrer, la joven peluquera se encierra un instante en el diminuto cuarto baño que necesita una reforma integral. Fuma a escondidas de sí misma el penúltimo cigarrillo del día y llora un par de lágrimas. Ni siquiera su nombre…


 - Le doy mi palabra, señora.

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martes

Él dirige el tráfico con aspavientos de director de orquesta. Su batuta es una rama cortada de uno de los naranjos de la calle. La anciana, pelos de loca, observa desde su balcón cómo los conductores le gritan con voces de ventanilla bajada y tedio laboral. Ella está sentada sobre una bombona de butano y anda descalza, uñas delicadamente pintadas, por algún paraje remoto de su desmemoria. Cree reconocerlo; pero no se fía de sus ojos. Ayer, sin ir más lejos, cuando volvía del ambulatorio (viaje en vano porque estaba cerrado a cal y canto) confundió al perro callejero que la persiguió un trecho con un lobo aullándole a la luna. Por poco se le derraman un par de lágrimas caperucita roja. De las que una vez guardó.

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miércoles

La anciana, pelos de loca, cuelga el batín en el respaldo de una silla perteneciente a una mesa lejana a la que ella se ha sentado. Sin embargo el único camarero encargado de servir las mesas individuales (nunca, por decisión de su jefe, atiende a las personas que comen acompañadas) no se lo recrimina por temor, quizás, a que la anciana, como ayer, se ponga a gritar como un afilador ambulante de los de antes, tocando incluso un chiflo que vete tú a saber de dónde sacó. Y todo por haberle servido el café solo de después del postre (una manzana asada comida delicadamente con dedos torcidos y una lágrima cristalizada en su golosa mirada de niña vieja) considerándola zurda; es decir, la asita de la taza a la izquierda. Luego, eso sí, ya más calmada, le pidió mil perdones, señor camarero. La edad, ya sabe usted, que no tiene compasión y una se olvida poco a poco hasta de los buenos modales.


Si dejó o no propina es una duda que todavía mantengo ahora, mientras tecleo. Vale.

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cachipollas

La anciana, pelos de loca, ha entrado al restaurante y se ha sentado a la única mesa que quedaba vacía en el comedor principal. Ha sacado de la vieja bolsa de deporte que llevaba, Montreal-76, una cuchara de plata y le ha pedido por señas al encargado que se acercara. Minutos después, toda una eternidad para una efímera, es cuando se ha ido la luz y no ha quedado más remedio que brindar a oscuras. Menos una, todas las mesas han dejado una generosa propina.

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