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babo


lunes

Pasa la tarde al lado de la estufa de los dos tubitos anaranjados. Está solo en la habitación, sentado en el sillón giratorio que le compró de segunda mano a no recuerda quién. Una manta a cuadros cubre sus piernas. Al otro lado del tabique se oye el rumor de un mar. Sueñas despierto, se dice, mientras mira con extrañeza la ausencia de su reloj. Alguien se lo habrá quitado de la muñeca, seguramente mientras dormía la siesta de antes de comer o aprovechando que la chica lo estaba limpiando en el cuarto de baño con la esponja verde.


 No sabe su nombre, no recuerda si alguna vez lo supo. Le dijeron que era de un país lejano, que allí tenía un marido y un hijo. Se negó a leer los informes que traía, le bastaron sus ojos tristes. Ella sólo le contaba del tiempo que hacía en la calle, de lo que le prepararía para comer, de la ropa con la que tenía que vestirse para parecer un actor de cine de los de antes. De que la perdonara por el cálido beso que le dio en la frente cuando él quiso escaparse del trozo de sol de todas las mañanas. Nadie lo sabría, no se lo dirían a nadie. Ni siquiera a la voz que les llamaba cada anochecer preguntándoles por cómo iba todo.


 Sigues soñando despierto, se dice, aunque tú no lo sepas. Al otro lado del tabique, una sirena de barco.

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miércoles

Después de una prueba final muy reñida, a la que se presentaron una docena de aspirantes de varias nacionalidades, logró el ansiado puesto de camarero en uno de los restaurantes más de moda de la vieja ciudad. Tuvo suerte, un milagro, ya que fue el único que se dio cuenta. El último cliente en entrar a uno de los comedores privados era diestro y la mujer que iba a su lado, rubia platino, no. Pocos días después lo despidieron. ¿El motivo? Una propina húmeda y furtiva, un beso en metálico. A mí me lo contó antes de pedirme prestado dinero para un viaje en autobús. Me dejé engañar, supongo. Si me dijo a qué lugar lejano quería llegar, de quién andaba huyendo, no lo recuerdo.

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jueves

La gata parda ha escapado del bar después de parir. Cinco gatitos se esconden detrás de la cortina roja que oculta una salida de emergencia más allá de los montones de cajas de cervezas. Tacitas con leche tibia, futuros tejados en noches por venir. También allí, en el mismo mundo, una rocola en desuso desde mil años atrás, una tragaperras antigua rota y una enorme fotografía enmarcada de Bruno Lomas. Al nuevo dueño, un chino que pagó al contado el traspaso, no le gusta tirar nada. Del anterior dueño, dijeron que vino de lejos, nadie supo nada (varios días sin tener noticias de él en el barrio de la vieja ciudad) hasta horas después del gran sorteo de la lotería. Los habituales no daban crédito cuando le vieron en la pantalla del televisor que cuelga de la pared junto a una puerta siempre cerrada a cal y canto, saltando como un canguro desnortado y llorando como una Magdalena. Los periodistas lo acosaban con preguntas creyendo que sería poseedor de varios décimos del gordo. Los micros rodeaban su boca como si de una mediática estrella de fútbol o de la política se tratara ¿Y saben qué contestó, en riguroso directo, mirando a la audiencia a los ojos?...


- Me temo lo peor, Babo.


- Pues sí… ¡Miauuuuuu!

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El tipo me dice, la fatalidad sabe usted, que trabaja de sereno por cuenta de no sabe quién en uno de los barrios más de moda de la vieja ciudad.


 Se ha sentado en el taburete giratorio junto al mío, se ha quitado la gorra, y me ha rogado que lo invitara a un tercio de cerveza cuya marca no viene al caso. No me he atrevido a escapar por miedo a su uniforme de tienda de disfraces. Resignado a mi mala suerte he pedido otro tercio de cerveza para mí de la misma marca que tampoco ahora viene al caso. He cerrado los oídos como si fueran los ojos de un adolescente caminando contra un viento antiguo. Y sin embargo no he podido dejar de saber que era algo acerca de la fuente del parque de los columpios a la que acude cada día al anochecer a llenar una garrafa de agua, una libreta de ahorro perdida entre gritos en un incendio de juguete y el sillín de una bicicleta de carreras.


 El tipo se despide golpeándose un par de veces el pecho, del lado del corazón. Afuera ya es de noche cuando salgo. Las ocho habrán dado.

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martes II

El tipo se sienta a mi lado en el autobús y comienza a contarme su historia. Algo acerca de una mecedora, una manta a cuadros y un grito. Yo finjo que no le escucho mirando por la ventanilla, como si me escondiera detrás de una cortina en un salón de baile. No sé si ha sido una buena idea. Al otro lado, y eso que no veo llover, veo gente correr. Ella, sin embargo, sí está. Cuando me giro para darle la noticia del milagro al tipo que se había sentado a mi lado y me estaba contando su historia, no hay nadie. Y mi parada ya es la siguiente. 

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martes

El conductor, gafas de sol en la frente acantilada, le recrimina por no llevar suelto. Un billete de cincuenta euros es demasiado grande, grita enloquecido para que todos nos enteremos, incluidos el chico y la chica que se comen a besos en algún lugar de la parte de atrás. El anciano no dice nada (su silencio podría calificarse de digno) y se dispone a bajar del autobús cuando una rubia platino le coge del brazo y le dice que ella le pagará el viaje hasta su destino, si no le importa. El anciano entonces, milagrosamente rejuvenecido, sólo es capaz de articular dos palabras. Gracias, muñeca.

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something stupid

 Está sentado en un banco de madera junto a la fuente musical del parque de los columpios y lee con detenimiento los anuncios clasificados de un periódico atrasadísimo. Chándal azul marino; gafas oscuras, a la moda de los sesenta del siglo pasado cuando la vida seguía igual, y zapatillas de deporte sin cordones. Rastro de barro antiguo en las suelas y en las rodillas. Arriba, muy lejos, un avión.


 El tiempo pasa. El tiempo pasará, Sam. Era de día y anochece cuando por fin se decide. Nadie sabrá que ha llorado. A luz de una farola, antes de llegar, consulta por enésima vez la dirección que lleva escrita con tinta roja en la palma de su mano. Y sí, milagro de la casualidad, es su hogar dulce hogar.

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viernes

Los gorriones del parque de los columpios han desaparecido con la lluvia. El anciano permanece de pie, inmóvil debajo del paraguas con tres varillas rotas, junto a uno de los árboles más alejados del tráfico de la vieja ciudad. No hay nadie más. Hubo una vez, muchos años atrás, que pisó los charcos con la fuerza de sus botas rojas de goma recién estrenadas. Una mujer, pelo mojado, le regañaba con una dulzura de lágrimas disimulándose mientras un hombre (uno más, uno cualquiera) sonreía con un cigariilo colgándole de la boca. Rubio americano, chaval. Señales de humo, como las que se perfilaban en horizontes comanches de patio de butacas y caricias furtivas. ¿Y si detrás de algún arbusto la antigua risa?

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