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babo


averías

A pesar de las advertencias del taquillero, una insistencia que le resulta inquietante, el anciano decide entrar. Se sienta al lado del pasillo, en una butaca de número impar que equidista de la pantalla y la salida de emergencia, una manía que tiene desde que huyera de niño de las llamas de Manderley.


 Cuando por fin se apagan las luces, con quince minutos de retraso, está casi seguro de ser el único espectador en el patio de butacas. No sabe si habrá alguien escondido en algún rincón de su memoria y las parejas en los cines de reestreno siempre fueron invisibles. El calor comienza a ser infernal. Sabe que no puede protestar, que la culpa del sudor que ya lo empapa es suya y solamente suya. Para colmo la película, de la que no tenía referencia alguna, es un furibundo melodrama que transcurre en un ardiente desierto mejicano. Un gigante negro, jugador retirado de la NBA, le tira los trastos a una enana, vendedora ambulante de pulseritas de colores. O viceversa.


 No soporta quedarse hasta el final. Su orgullo tiene un límite. El taquillero no responde a sus buenas tardes cuando sale. Duerme en su cubículo acristalado como si fingiera estar muerto. De haber querido hubiera podido recuperar el precio de la entrada. Bastaba meter la mano por el agujero y coger las tres solitarias monedas de un euro y la de cincuenta céntimos. Así que también culpa suya tener que volver andando a casa. No había previsto que se le agotara el bonobús al ir. En fin, paciencia. 


Y es entonces, parado en un paso de cebra de la vieja ciudad, que un escalofrío recorre una distancia infinita de su espalda. En una de sus muñecas, la izquierda, fuegos artificiales.

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misterios

Después de aparcar en la esquina más cercana, el taxista espera. Está seguro que es el lugar elegido por la voz que todavía guarda como un tesoro en su antiguo teléfono móvil. Afuera un semáforo parpadea silencios anaranjados. En las entrañas de uno de ellos, la sombra de un recuerdo acecha.


Del extraño caso escribió alguien días después. Apenas diez líneas en un rincón de la página de sucesos de uno de los periódicos de la vieja ciudad. Yo las leí mientras tomaba una solitaria cerveza bien fría, estilo alsaciano, en el Bar del Sordo. De tapa gratis, ni hablar del peluquín. Que la anciana, pelos de loca, que lo encontró no había sabido justificar su presencia en el lugar a esas horas de la madrugada (yo paseo por dónde me sale del coño, guapetón), que se descartaba la hipótesis de un ajuste de cuentas entre bandas rivales de poetas de medio pelo y que la única pista fiable, por el momento, eran las sentidas lágrimas anónimas al otro lado del teléfono que había descolgado con desgana el sargento Ramírez.

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lunes

Escalofrío el que invadió mi espalda, y algún otro rincón del espacio que ocupaba entonces, cuando leí las últimas palabras de Denis Johnson en uno de sus espléndidos relatos de El favor de la sirena: “El mundo sigue girando. Es evidente para usted que mientras escribo esto no he muerto. Pero puede que sí cuando lo lea”. Otra muestra más de que la literatura, la literatura de verdad, no es más que la voz compartida del habitante de la cueva prehistórica con el astronauta que orbita alrededor del planeta azul...


 La primera mona que bajó del árbol (uno de los habituales del Bar del Sordo está investigando a qué especie, desaparecida o no, pertenecía) se sienta cada anochecer en una silla de mimbre y huye de su reflejo en los escaparates. Y claro, Il mondo de Jimmy Fontana, es música de fondo, de abismo junto a abismo, de silencio roto en la memoria de los peces de colores.

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miércoles

Como tenía un intervalo de tiempo libre, o eso le anunciaron, decidió intentar encontrar la ecuación que le daba vueltas en la cabeza desde la comida. Al no conseguirlo, tal vez por culpa de un rosado no lo suficientemente frío, y antes que sonara la campana, llamó por teléfono al Centro meteorológico por si acaso allí sí. Una voz servicial, con la educada e intolerable suficiencia del funcionario de un relato de Conrad, le instó a que colgara y se dejara de tonterías. La tarde es eterna, caballero, y no estamos para poesías de medio pelo. ¿La ecuación de una flor?...¡País!

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chitas

Llovizna tras la ventana que da a un patio interior. Él se siente ridículo con el bañador puesto y se da varios golpecitos contra el cristal. Debería haberse informado antes, se lamenta, llamando al Centro Meteorológico o a través de Internet. Como no es de los que buscan recuperar la plenitud del mero acontecer (estuvo releyendo una novela de Landero hasta las tantas), se desnuda lejos del único espejo y sale de la habitación con la dignidad del suicida que saliera de paseo por la ventana más alta de un rascacielos. La alfombra del pasillo silencia incluso sus recuerdos más cercanos. Hasta la recepción no se tropieza con nadie. Allí, inesperada su buena estrella, la recepcionista está enfrascada en la resolución del crucigrama de un periódico atrasado y no lo ve escapar. Del detective del hotel, ni rastro.


La selva es un parque vacío con un par de columpios; el taparrabos, una pequeña bufanda encontrada alrededor del cuello de una princesa dormida en un banco de madera. Y entonces, y ahora, un grito, sólo uno, de Tarzán.

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miércoles

En el supermercado del barrio no han querido venderle un paraguas. El anciano cree que la encargada (surgida de la nada cuando él le ha solicitado a la única cajera una hoja de reclamaciones) le ha mentido. De manera muy educada, eso sí, y asombrándole con una sonrisa igual de azul que la del gato que estaba triste en una vieja canción. Los tres sabían (los cuatro incluyéndome a mí, aunque el anciano más bien lo presentía) que el guardia jurado desaparecido no les quitaba ojo. Cierto que afuera lucía el sol; pero ¿cómo no van a vender paraguas en un lugar en el que hasta se puede comprar uno, si acaso lo desea, un impermeable de bolsillo por menos de lo que cuesta una manzana?


 No ha querido discutir, ni explicar lo desconsolado y elocuente que es un paragüero desierto cuando uno regresa a casa con las manos vacías, sin poder recordar qué buscaba comprar cuando salió.

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migas de pan

La anciana, pelos de loca, no sabía qué significado oculto podía esconderse tras el pequeño graffiti que encontró en su puerta. El garabato de un corazón, o eso le pareció, con la inicial olvidada del que un día fue su nombre. Al irse de casa, los gorriones del parque de los columpios estarían hambrientos a esa hora tan antigua y temprana, no se fijó. Fue al volver, cargada con la bolsa del pan y nada más salir del ascensor, cuando se dio cuenta. Por un instante sintió que iba a llorar, pero al instante siguiente reía, después de tanto tiempo, como una niña. Si él la viera…


 Dio por sentado, o eso quiso creer, que algún vecino, durante la larga noche anterior, se disfrazó de furtivo artista callejero y la tomó a ella como blanco propicio de su ira creativa. Con algodón y un poco de aguarrás sería suficiente. Pero no. Pasaron un par de semanas y todavía seguía allí cuando fue el propietario del piso con un posible inquilino. No le dieron mayor importancia. Apenas el garabato de un corazón vacío no sería problema alguno a la hora de firmar el nuevo contrato de arrendamiento.

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humanidades

La anciana, pelos de loca, se quedó inmóvil con el teléfono en la mano después de la inesperada llamada. Por unos minutos fue mesita de noche cobijando medio vaso de agua cautiva, butaca coja con batín raído en el respaldo, perchero de tres pies cubierto con una sábana fantasmal. El mundo cada vez le resultaba más extraño. Se acostó de nuevo, las zapatillas puestas por si acaso, siendo consciente de que ya no se iba a poder dormir. Tenía la esperanza de, al menos por una vez después de tanto tiempo, soñar despierta.


Nunca hubiera pensado que mear a presión en su orinal infantil pudiera molestar a alguien (algún vecino insomne al borde de un precipicio de tedio) hasta el punto de amenazarla con llamar a la policía si se le ocurría repetirlo. La voz al otro lado se había desvanecido en la madrugada, repentinamente antigua, sin darle tiempo a que ella pudiera explicarle. Quizá si fuera conocedora de la nieve eterna que cubría el trozo de pasillo hasta el cuarto de baño, del intenso frío nada más abrir la puerta del dormitorio, hubiera medido sus palabras igual que hace con las suyas el muñeco inocente de un ventrílocuo culpable; o, con el silencio, un pistolero pillado in fraganti (un primer plano cruel y conmovedor en la pantalla de un cine desaparecido) llorando lágrimas en technicolor antes del the end

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