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babo


something stupid

 Está sentado en un banco de madera junto a la fuente musical del parque de los columpios y lee con detenimiento los anuncios clasificados de un periódico atrasadísimo. Chándal azul marino; gafas oscuras, a la moda de los sesenta del siglo pasado cuando la vida seguía igual, y zapatillas de deporte sin cordones. Rastro de barro antiguo en las suelas y en las rodillas. Arriba, muy lejos, un avión.


 El tiempo pasa. El tiempo pasará, Sam. Era de día y anochece cuando por fin se decide. Nadie sabrá que ha llorado. A luz de una farola, antes de llegar, consulta por enésima vez la dirección que lleva escrita con tinta roja en la palma de su mano. Y sí, milagro de la casualidad, es su hogar dulce hogar.

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viernes

Los gorriones del parque de los columpios han desaparecido con la lluvia. El anciano permanece de pie, inmóvil debajo del paraguas con tres varillas rotas, junto a uno de los árboles más alejados del tráfico de la vieja ciudad. No hay nadie más. Hubo una vez, muchos años atrás, que pisó los charcos con la fuerza de sus botas rojas de goma recién estrenadas. Una mujer, pelo mojado, le regañaba con una dulzura de lágrimas disimulándose mientras un hombre (uno más, uno cualquiera) sonreía con un cigariilo colgándole de la boca. Rubio americano, chaval. Señales de humo, como las que se perfilaban en horizontes comanches de patio de butacas y caricias furtivas. ¿Y si detrás de algún arbusto la antigua risa?

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jueves

En la parada del autobús un anciano, gorra ciclista con visera descosida, acaricia el lomo de un perrito callejero. Calla, nadie le haría caso, que es su manera de matar el tiempo cuando el espejo de su habitación enmudece a su paso cada vez. Cinco pasos a la ida, cuatro pasos a la vuelta. Guau, guau. Una frágil eternidad al borde de un abismo de olvidos.  

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derbis

El bombero entra por la ventana, y le pregunta al anciano si hay alguien más en la casa. De una de las fincas de enfrente los observan con unos prismáticos de campaña. Abajo en la calle unos tímidos aplausos se desvanecen.


 - No, no hay nadie más. Mi mujer, pobrecita, murió hace dos veranos.


 El bombero encuentra las llaves en un cenicero de la salita de estar y abre la puerta con gesto de fastidio. Los dos policías locales entran y le preguntan al anciano por sus gritos de auxilio.


 - Me robaron mientras dormía unos sinvergüenzas con pasamontañas de colores y cuando quise salir me di cuenta que me habían dejado encerrado para que no pudiera seguirles hasta su guarida. Harto de llorar, grité desde el balconcillo interior para que alguien me oyera y marcara el 112. Díganle que le estoy muy agradecido. A ustedes también. ¿No tendrán por casualidad un paquetito de pipas? Es lo mejor para los nervios.


 Cuando todos se marchan, el anciano se sienta en su sillón frente al televisor. El partido de fútbol no ha hecho más que empezar. De momento empatan. No recuerda a qué equipo ha de animar hasta que se levanta y se mira en un espejo. El escudo de la gorrita que lleva puesta no deja lugar a dudas.


 - Pobrecito.

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remake

 Cuando despertó, el patinete eléctrico todavía estaba allí.

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mercados

La joven frutera finge no haber estado llorando cuando se acerca el primer cliente, un mendigo rumano con un perrito blanco en brazos. Sin decirle nada le ofrece un pañuelo de papel que ella es incapaz de rechazar. Se limpia entonces los ojos, la mirada y el trozo de recuerdo que aún le quedaba de la última noche rota. Usted dirá.


 - Se escapó de un cuadro. El pobre vigilante lloró como un niño cuando lo vio salir del museo ladrando de alegría. Lo contaban en el periódico que alguien olvidó en el autobús que me trajo de lejos. Y ya me ve. Cuando me den la recompensa por devolverlo, lo primero que haré será venir y pagarle los siete plátanos que me llevo. Por favor, que no estén muy maduros.

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martes

La cocinera sale al oír la violenta discusión entre el camarero nuevo y un cliente al que nadie había visto antes por el restaurante. Sin miedo, con la distinguida templanza de una superviviente de mil batallas, le quita al primero la copa rota que empuña y al segundo un amenazador bastón de ébano. Después de obligarles a darse un fuerte abrazo, y sobrecogida por las lágrimas reconocidas de ambos, les invita a sentarse a la misma mesa para que le expliquen. Es la más alejada de la que yo ocupo, así que me es imposible escuchar sus palabras. En algún lugar del tiempo sus gestos de cine mudo resultan conmovedores.


 He comenzado con el gazpacho de remolacha, de segundo arroz al horno. De postre una refrescante tajada de sandía, roja como nieve antigua. Café del tiempo, descafeinado eso sí, para acabar. Un par de cubitos de hielo contra el sol en llamas de las calles de la vieja ciudad. Sólo un te lo prometemos, en voz alta, mientras espero que me traigan la cuenta. Pienso entonces que hay ocasiones en que recurrir a la imaginación sería una impostura. Dejo propina y, al fin, me levanto.

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ecos

Entré al bar por hacer tiempo, me senté en uno de los taburetes giratorios junto a la barra y le pedí una cerveza bien fría, me daba igual la marca de las dos que me propuso, al camarero. El tipo que combatía su tedio en la tragaperras soltó de pronto una carcajada, como si algún francotirador agazapado dentro de su cabeza le hubiera disparado un chiste. No quise sentirme aludido. El calor era cruel y el solitario ventilador que colgaba del techo ni siquiera espantaba a las moscas. Una de ellas recorría a saltitos el rostro en primer plano de un tertuliano que no tenía voz en la pantalla de un viejo televisor portátil. Su antena de quita y pon estaba sujeta con cinta aislante azul. En un momento dado el tipo se dirigió a mí sin mirarme. El camarero y el resto del mundo desaparecieron. Apenas su voz. Sólo su  voz de siempre.


 - No me has reconocido, Babo. ¿Tan cambiado estoy? No, no; mejor no me contestes. El siglo pasado, pasado está. Acabo de perder treinta pero antes, en el otro, había ganado tanto que hasta el puto loro que tienen atado de una pata se ha puesto a gritar al verme huir sin darles la espalda. Buen epitafio, ¿no te parece?


 - ...


 - Aún así, salió ganando.


 

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