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babo


colacaos

Nadie imagina qué ha podido ocurrir en el comedor de arriba desde que la anciana del batín y descalza ha subido sin decir palabra, pelos de loca de frío, hasta que uno de los clientes ha aprovechado la llegada de los primeros policías para irse sin dejar propina y, de camino a casa, comprar dos barras de pan normales y seis cruasanes pequeños por si, llegado el caso, le toca combatir en futuros desayunos las lágrimas que se fueron sin volver la vista atrás.

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Kenia

Domingo laborable, piensa de camino al trabajo. No le ha quedado más remedio que ir andando porque la vieja ciudad ha sido tomada por los corredores maratonianos y los autobuses urbanos, como el suyo de todos los días, han desaparecido de sus rutas habituales.


 Al llegar, apenas un minuto y poco de retraso, ya hay un cliente con una enorme bolsa de plástico esperándola a la puerta. La inicial con su nombre sigue pintada dentro de un corazón en la persiana metálica. El cliente no la ayuda a subirla y disimula mirando el escaparate de la tienda vecina. Soldaditos y soldaditas de plomo. 


Arriba, un cielo azul. Más arriba, un astronauta hace un solitario con una baraja a la que le falta un tres de espadas. Ella cierra los ojos cuando acaba de encender la última de las luces…


-Ya le dije que era demasiado grande, señorita. Quiero hacer una devolución. Señorita, por favor. ¡Señorita!

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jueves

Entra al bar de todos los días y se encuentra con que la mesa que quiere, la más cercana a la escalera por la que nunca ha visto subir ni bajar a nadie, está ocupada por una pareja joven. Más que comer el menú de los nueve euros, bebida y postre incluidos, él y ella se entretienen con besos de tierna saliva. No pasa nada, no tiene prisa. Esperará de pie en la barra hasta que los amantes intrusos terminen y se levanten camino de cualquier lugar donde puedan seguir inventándose lo millones de veces repetido. Con un poco de suerte el camarero de siempre fingirá que no le conoce y mirará a cualquier lado, menos a sus ojos, cuando el camarero nuevo le pregunte si desea algo el señor. Hoy el dinero sí le alcanza. Su voz rota ha conmovido a unos turistas de paso por su esquina. El tiempo transcurre, mientras, hasta que el grito previsible detiene la rutina.

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contestador automático

 Buenos días Babo, ¿qué es de tu vida? ¿Reconoces mi voz después de tanto tiempo?...


 Pues que hace un rato he bajado a comprar un periódico de papel, uno cualquiera. Es una costumbre que mantengo desde hace muchos años y que me resisto a romper a pesar de todos los pesares. Leer en domingo sigue siendo una fiesta, un desafío, tal vez, a las noticias sin suceso que últimamente invaden las pantallas y pantallitas. Para los sucesos sin relato periodístico sólo nos queda la literatura, ¿no te parece?... Hoy, sin embargo, he regresado a la pensión con las manos vacías. Perdí el dinero, todo el que me quedaba en el mundo, camino del quiosco y siempre he aborrecido dejar a deber calderilla. Pero no era eso, no todavía, lo que quería decirte…Un anciano ha parado un taxi en la esquina y se ha subido en el asiento de delante. Al cabo de un par de minutos ha vuelto a bajar sin recorrer distancia alguna. Lo mismo ha sucedido con otro taxi del que escapaba por una ventanilla rota la letra de una canción de verano pasada de moda. Hasta diez he contado antes de que el último haya arrancado, por fin, haciendo rechinar las ruedas en el asfalto como al comienzo de una persecución en una de esas películas de gángsters que tanto nos gustaban. Sé que te lo preguntarás cuando acabes de oírme. Sí, sí he hablado con el último taxista antes de que la calle volviera a quedar intolerablemente vacía. De los otros no sé nada. Dime hasta cuánto puedes prestarme, y yo prometo devolvértelo cuando todo vuelva a la normalidad... ¿Vale?

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domingo

El otoño a la vuelta de la esquina, la madre que lo parió, y yo con barba de días todavía por venir. ¿Dónde estarán las navajas de afeitar de antaño? En fin…


 Casi sin tiempo por culpa de una lavadora con la portezuela rota y un calcetín caído en desgracia. Sólo pues unas maravillosas palabras (que se sepa que alguien, hoy, ha estado aquí) que Vila-Matas atribuye en uno de sus relatos a Andrei Banionis (ahí te quiero ver Google sabelotodo) :


"Me refiero al primer frescor que se cuela cuando caen los días de verano, y parece que el frío empiece a manar a ras de suelo. En esas ocasiones un activo deseo puede brotar de la percepción de que tenemos delante unas horas en las que vamos a poder empaparnos de verdad, horas de lectura que viviremos a fondo […] Grande la corriente que viene de fuera y mana a ras de suelo. Grande ese momento en el que nacen las ganas de ponerse a leer."

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pulseritas

Un perrito de plástico dentro de un sobre. La niña lo quiere y él no sabe decir que no. Sólo le falta uno para completar la colección. El quiosquero tiene la cabeza más grande de lo normal y tartamudea cuando se pone nervioso si el cambio para la devolución no le alcanza. Alguna vez él sigue encontrándoselo en el bar, de pie, desafiante frente a la barra y de espaldas a los expertos del dominó. Acabarán hablando de películas del Oeste como en los viejos tiempos. Entre cervezas bien frías, siempre será la misma la conclusión a la que lleguen. Nunca debieron abandonar el Misisipi.


 La niña abrirá el sobre en casa con dedos ansiosos. El vaho del porvenir en el espejo de los recuerdos. Ni siquiera si le sale repetido, lo más probable, le negará a él una de las sonrisas más hermosas del mundo. Por el camino le habrá dado un beso en la mano que la tiene cogida sin soltársela. La de risas que se les escapan cuando el último semáforo se pone verde y corren por encima de un paso de cebra que les morderá si se demoran.


 Los relojes no tienen corazón, está bien que así sea. Shane o Tom Doniphon, qué más da. Un perro ladrará en el París de los sueños anticipados. Será una fiesta. Una lágrima resbalará por la mejilla de una marioneta perdida en una fatídica apuesta por un titiritero; una mujer verá la vida en rosa en la penumbra furtiva de un patio de butacas en día laborable y en algún lugar del único cielo, como después de la lluvia primigenia, aparecerá un arco iris irrepetible. Más allá, mucho más allá, de Septiembre.

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Tertulianos 24 horas

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jueves

Acude al lugar de la cita siguiendo las instrucciones que le dio una voz disfrazada de anónima al otro lado del teléfono fijo del cuarto trastero. Recorre intrépida el pasillo con la luz apagada, sin el deslucido batín de los últimos quince años, no se detiene en la cocina para vigilar el reloj de pared y al llegar a la salita de estar golpea la puerta, tarareando con los nudillos el comienzo de Dos gardenias. Aunque nadie contesta, debe entrar.


Después que todo haya sucedido, regresa. Enciende la luz del pasillo y se detiene en la cocina para escuchar el tictac del reloj. Aprovecha para beber un vasito de agua fresca de manantial. Al llegar al dormitorio se sienta al borde de la cama matrimonial y le sonríe al desafiante batín que está arrugado en el suelo como en las veces antiguas. No abre el primer cajón de la mesita de noche, donde guarda la fotografía de él para ella sola. Hoy estaría de más, intolerablemente de más, el último beso de todos los días sin milagro.

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