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babo


Legañas

 Frente a la máquina tragaperras sólo un taburete giratorio, girando levemente sin nadie. Hay un chicle en el suelo junto a una escupidera prehistórica. El camarero ha salido un momento, me dice un anciano que está detrás del mostrador apoyado en una muleta. Parece estar completando el crucigrama del periódico. Bic cristal azul, apenas un par de nubes en el cielo de afuera que sólo se ve si sacas medio cuerpo por la ventana. Si quiero, que me sirva yo mismo. La casa ni invita, ni fía, ni acepta propinas. Del aseo de señoras al fondo, o tal vez del de caballeros que está pared con pared, se escapan gemidos. Casi mejor que busque otro lugar para tomarme una cerveza que no esté tibia. Quzás sea mucho pedir que esté limpio y bien iluminado. Antes de salir, una voz arrugada a mis espaldas: 


 - ¿Cagarrutas de Morfeo, siete letras?


 -¡País!

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almas

Él sabía que el reto era complicado tirando a imposible. Leyó la noche anterior la receta en una novela de Hemingway y decidió en el corazón del sueño (un lugar entre la luz apagada de su flexo azul y el asombro cotidiano de sus ojos antiguos recién abiertos al mundo) disfrutarla al día siguiente para almorzar.


 El único bar del barrio que a esas horas estaba abierto, era domingo, tenía un chino dormitando frente a la máquina tragaperras y un camarero subido a una escalera de mano desenroscando una bombilla del techo al otro lado del mostrador. Me pide si me hace el favor, le dijo este último, y ya cuando baje se lo preparo en un santiamén. Sírvase usted mismo la bebida mientras.


 Él se temía, con razón, lo peor. Pudo más, sin embargo, su lealtad de personaje tecleado por mí y le dejé mi voz de carne y hueso:


 - Una tortilla con trufas escarbadas por un cerdo distinguido.


 Escapamos a la vez, perseguidos por disparos de tebeo, por bang-bangs de bocadillo. Las calles de la vieja ciudad estaban, por cierto, preciosas.

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rostros

 He cantado bajo la ducha casi sin querer, todavía con el recuerdo del pajarito verde, de goma, estrellándose contra las cuatro paredes de mi memoria. Un juguete conmovedor en las entrañas de un campo de batalla escrito a voces. 

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luces

 El anciano entró al bar mientras los habituales miraban en la pantalla del televisor un partido de fútbol de una liga extranjera. Nadie reparó en él cuando se quitó el abrigo polvoriento que llevaba (“Érase una vez el Oeste, Mac”…) y se quedó desnudo tal y como su madre lo trajo al mundo en algún lugar de una posguerra arrinconada.


 El primero que lo vio creyó que era un espejismo del mucho vino que había bebido y tachó de mentirosos a sus propios ojos y a sus gafas de lejos. El segundo se limitó a reírse con risa frenética hasta un delirio de vasos rotos contra el suelo, voces escandalizadas reclamando silencios antiguos y ternura de manta a cuadros cubriendo cualquier atisbo de intemperie. La policía llegó en menos que canta un gallo y todo volvió a la normalidad.


 El partido, por cierto, había acabado ya con victoria del equipo local, o visitante, por un gol a cero. Nadie supo más.

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domingos

El coche estaba aparcado encima de la acera y maullidos de gato invisible escapaban del maletero. El policía nacional, avisado por algún vecino que prefirió guardar el anonimato, se limitó a anotar la matrícula en la palma de su mano antes de subirse al coche patrulla y desaparecer calle arriba. El bolígrafo imprescindible para tal menester se lo prestó el titiritero ambulante que descansaba acuclillado en un portal cercano. (Yo no suelo llevar tinta encima los domingos.) Al poco apareció la grúa municipal escoltada por dos policías municipales en bicicleta. Estos pedaleaban como si les fuera la vida en el empeño. (El más joven de los dos, por cierto y sin que venga a cuento, acabaría llorando horas después, lágrimas como arañazos, frente a la pantalla de un televisor sin voces.) Una anciana aplaudió entonces, con silencio frenético, desde un balcón a ras de cielo. En apenas veinte minutos la calle quedó otra vez desierta. Al menos eso es lo que escribió uno de lo dos municipales, el mayor, en el parte de incidencias.

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jueves

El anciano se sienta en uno de los taburetes giratorios, con la lógica precaución del que siempre padeció de vértigo, y apoya los codos en el mostrador. La tienda de campaña que forman entonces sus manos es el único refugio posible para su nariz de boxeador retirado. El camarero más veterano, en un descuido de su valentía, se esconde en el aseo de caballeros; el más joven, que no sabe ni media de la vieja historia, le pregunta qué va a tomar. Sólo un vaso de agua fresca, por favor. Y apúntate este número en algún lugar, por si preguntan por mí cuando yo ya no esté. El loro tendrá que comer pese a todos los pesares. ¿Entendido?

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jueves

Babo leyó en algún lugar del tiempo, tal vez acostado al amparo de un escuálido flexo azul o durante un trayecto de vuelta en un autobús rojo, que si alguien no escribía de sí mismo, al menos una vez en la vida, en tercera persona, no dejaba de ser un don nadie. Esa misma tarde, o quizás otra lloviendo, decidió pasear por el parque de los columpios del barrio, por ver si el tobogán de siempre seguía en su sitio. Y sí, el mismo vértigo de la primera vez, incluso anochecía ya, derribó el castillo de naipes de su desmemoria.

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sin palabras


A veces me siento como si fuera un niño que abre los ojos al mundo, ve cosas asombrosas cuyos nombres nunca conocerá y luego tiene que volver a cerrarlos. Sé que todo esto son meras apariencias en comparación con lo que nos aguarda, pero eso sólo las hace más encantadoras. Tienen una belleza humana. Y no puedo creer que, cuando todos hayamos sido transformados y dotados de incorruptibilidad, lleguemos a olvidar esta fantástica condición nuestra de mortalidad e impermanencia, el gran sueño luminoso de procrear y perecer que para nosotros lo significa todo. En la eternidad, este mundo será Troya, creo, y todo lo que ha sucedido aquí será la épica del universo, la balada que se cante por las calles. Porque no imagino ninguna realidad que deje ésta en las sombras por completo, y creo que la piedad me prohíbe intentarlo.


(Marilynne Robinson en Gilead )



 


 


 


 


 


 


 


 


 

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