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babo


miércoles

La joven peluquera espera la llegada de la primera clienta. Por la mañana no ha entrado nadie, pero es que llueve con insistencia y las aceras resbaladizas son un peligro. Mal día para empezar de nuevo. Está de pie, en medio del salón, aburrida y vagamente preocupada. El móvil lo ha olvidado en casa por culpa de las prisas. Anoche se acostó a las tantas volviendo a ver acabar una película de las de antes cuyo final feliz recordaba perfectamente. Le daba lo mismo.


 No ha cerrado a mediodía aunque, eso sí, se ha permitido el lujo de echar una cabezadita en el sillón de barbero que todavía no ha venido a llevarse el anterior propietario. Una reliquia, como el sueño prestado que ha tenido y que no ha recordado al despertar. Casi estaba a punto de cerrar cuando ha salido el sol. Quizás entonces, todavía…


 La anciana, pelos de loca, pretende que le corte el pelo al cero. Ella no sabe qué hacer. Instintivamente esconde la cicatriz de su muñeca izquierda con la mano contraria. No usa reloj. Nunca hasta entonces se había avergonzado de la noche antigua. Se miran a los ojos a través del espejo repentinamente cómplice.


 - No se preocupe por mí señorita, me pondré un gorrito de lana cuando algún frío me amenace. Estoy harta de ser el hazmerreír de los fantasmas que se pasean por mi casa mientras duermo o bailo sonámbula y desnuda entra paredes de papel pintado.


 Cuando termina de barrer, la joven peluquera se encierra un instante en el diminuto cuarto baño que necesita una reforma integral. Fuma a escondidas de sí misma el penúltimo cigarrillo del día y llora un par de lágrimas. Ni siquiera su nombre…


 - Le doy mi palabra, señora.

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martes

Él dirige el tráfico con aspavientos de director de orquesta. Su batuta es una rama cortada de uno de los naranjos de la calle. La anciana, pelos de loca, observa desde su balcón cómo los conductores le gritan con voces de ventanilla bajada y tedio laboral. Ella está sentada sobre una bombona de butano y anda descalza, uñas delicadamente pintadas, por algún paraje remoto de su desmemoria. Cree reconocerlo; pero no se fía de sus ojos. Ayer, sin ir más lejos, cuando volvía del ambulatorio (viaje en vano porque estaba cerrado a cal y canto) confundió al perro callejero que la persiguió un trecho con un lobo aullándole a la luna. Por poco se le derraman un par de lágrimas caperucita roja. De las que una vez guardó.

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miércoles

La anciana, pelos de loca, cuelga el batín en el respaldo de una silla perteneciente a una mesa lejana a la que ella se ha sentado. Sin embargo el único camarero encargado de servir las mesas individuales (nunca, por decisión de su jefe, atiende a las personas que comen acompañadas) no se lo recrimina por temor, quizás, a que la anciana, como ayer, se ponga a gritar como un afilador ambulante de los de antes, tocando incluso un chiflo que vete tú a saber de dónde sacó. Y todo por haberle servido el café solo de después del postre (una manzana asada comida delicadamente con dedos torcidos y una lágrima cristalizada en su golosa mirada de niña vieja) considerándola zurda; es decir, la asita de la taza a la izquierda. Luego, eso sí, ya más calmada, le pidió mil perdones, señor camarero. La edad, ya sabe usted, que no tiene compasión y una se olvida poco a poco hasta de los buenos modales.


Si dejó o no propina es una duda que todavía mantengo ahora, mientras tecleo. Vale.

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cachipollas

La anciana, pelos de loca, ha entrado al restaurante y se ha sentado a la única mesa que quedaba vacía en el comedor principal. Ha sacado de la vieja bolsa de deporte que llevaba, Montreal-76, una cuchara de plata y le ha pedido por señas al encargado que se acercara. Minutos después, toda una eternidad para una efímera, es cuando se ha ido la luz y no ha quedado más remedio que brindar a oscuras. Menos una, todas las mesas han dejado una generosa propina.

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colacaos

Nadie imagina qué ha podido ocurrir en el comedor de arriba desde que la anciana del batín y descalza ha subido sin decir palabra, pelos de loca de frío, hasta que uno de los clientes ha aprovechado la llegada de los primeros policías para irse sin dejar propina y, de camino a casa, comprar dos barras de pan normales y seis cruasanes pequeños por si, llegado el caso, le toca combatir en futuros desayunos las lágrimas que se fueron sin volver la vista atrás.

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Kenia

Domingo laborable, piensa de camino al trabajo. No le ha quedado más remedio que ir andando porque la vieja ciudad ha sido tomada por los corredores maratonianos y los autobuses urbanos, como el suyo de todos los días, han desaparecido de sus rutas habituales.


 Al llegar, apenas un minuto y poco de retraso, ya hay un cliente con una enorme bolsa de plástico esperándola a la puerta. La inicial con su nombre sigue pintada dentro de un corazón en la persiana metálica. El cliente no la ayuda a subirla y disimula mirando el escaparate de la tienda vecina. Soldaditos y soldaditas de plomo. 


Arriba, un cielo azul. Más arriba, un astronauta hace un solitario con una baraja a la que le falta un tres de espadas. Ella cierra los ojos cuando acaba de encender la última de las luces…


-Ya le dije que era demasiado grande, señorita. Quiero hacer una devolución. Señorita, por favor. ¡Señorita!

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jueves

Entra al bar de todos los días y se encuentra con que la mesa que quiere, la más cercana a la escalera por la que nunca ha visto subir ni bajar a nadie, está ocupada por una pareja joven. Más que comer el menú de los nueve euros, bebida y postre incluidos, él y ella se entretienen con besos de tierna saliva. No pasa nada, no tiene prisa. Esperará de pie en la barra hasta que los amantes intrusos terminen y se levanten camino de cualquier lugar donde puedan seguir inventándose lo millones de veces repetido. Con un poco de suerte el camarero de siempre fingirá que no le conoce y mirará a cualquier lado, menos a sus ojos, cuando el camarero nuevo le pregunte si desea algo el señor. Hoy el dinero sí le alcanza. Su voz rota ha conmovido a unos turistas de paso por su esquina. El tiempo transcurre, mientras, hasta que el grito previsible detiene la rutina.

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contestador automático

 Buenos días Babo, ¿qué es de tu vida? ¿Reconoces mi voz después de tanto tiempo?...


 Pues que hace un rato he bajado a comprar un periódico de papel, uno cualquiera. Es una costumbre que mantengo desde hace muchos años y que me resisto a romper a pesar de todos los pesares. Leer en domingo sigue siendo una fiesta, un desafío, tal vez, a las noticias sin suceso que últimamente invaden las pantallas y pantallitas. Para los sucesos sin relato periodístico sólo nos queda la literatura, ¿no te parece?... Hoy, sin embargo, he regresado a la pensión con las manos vacías. Perdí el dinero, todo el que me quedaba en el mundo, camino del quiosco y siempre he aborrecido dejar a deber calderilla. Pero no era eso, no todavía, lo que quería decirte…Un anciano ha parado un taxi en la esquina y se ha subido en el asiento de delante. Al cabo de un par de minutos ha vuelto a bajar sin recorrer distancia alguna. Lo mismo ha sucedido con otro taxi del que escapaba por una ventanilla rota la letra de una canción de verano pasada de moda. Hasta diez he contado antes de que el último haya arrancado, por fin, haciendo rechinar las ruedas en el asfalto como al comienzo de una persecución en una de esas películas de gángsters que tanto nos gustaban. Sé que te lo preguntarás cuando acabes de oírme. Sí, sí he hablado con el último taxista antes de que la calle volviera a quedar intolerablemente vacía. De los otros no sé nada. Dime hasta cuánto puedes prestarme, y yo prometo devolvértelo cuando todo vuelva a la normalidad... ¿Vale?

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