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babo


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 Buenos días Babo, ¿qué es de tu vida? ¿Reconoces mi voz después de tanto tiempo?...


 Pues que hace un rato he bajado a comprar un periódico de papel, uno cualquiera. Es una costumbre que mantengo desde hace muchos años y que me resisto a romper a pesar de todos los pesares. Leer en domingo sigue siendo una fiesta, un desafío, tal vez, a las noticias sin suceso que últimamente invaden las pantallas y pantallitas. Para los sucesos sin relato periodístico sólo nos queda la literatura, ¿no te parece?... Hoy, sin embargo, he regresado a la pensión con las manos vacías. Perdí el dinero, todo el que me quedaba en el mundo, camino del quiosco y siempre he aborrecido dejar a deber calderilla. Pero no era eso, no todavía, lo que quería decirte…Un anciano ha parado un taxi en la esquina y se ha subido en el asiento de delante. Al cabo de un par de minutos ha vuelto a bajar sin recorrer distancia alguna. Lo mismo ha sucedido con otro taxi del que escapaba por una ventanilla rota la letra de una canción de verano pasada de moda. Hasta diez he contado antes de que el último haya arrancado, por fin, haciendo rechinar las ruedas en el asfalto como al comienzo de una persecución en una de esas películas de gángsters que tanto nos gustaban. Sé que te lo preguntarás cuando acabes de oírme. Sí, sí he hablado con el último taxista antes de que la calle volviera a quedar intolerablemente vacía. De los otros no sé nada. Dime hasta cuánto puedes prestarme, y yo prometo devolvértelo cuando todo vuelva a la normalidad... ¿Vale?

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domingo

El otoño a la vuelta de la esquina, la madre que lo parió, y yo con barba de días todavía por venir. ¿Dónde estarán las navajas de afeitar de antaño? En fin…


 Casi sin tiempo por culpa de una lavadora con la portezuela rota y un calcetín caído en desgracia. Sólo pues unas maravillosas palabras (que se sepa que alguien, hoy, ha estado aquí) que Vila-Matas atribuye en uno de sus relatos a Andrei Banionis (ahí te quiero ver Google sabelotodo) :


"Me refiero al primer frescor que se cuela cuando caen los días de verano, y parece que el frío empiece a manar a ras de suelo. En esas ocasiones un activo deseo puede brotar de la percepción de que tenemos delante unas horas en las que vamos a poder empaparnos de verdad, horas de lectura que viviremos a fondo […] Grande la corriente que viene de fuera y mana a ras de suelo. Grande ese momento en el que nacen las ganas de ponerse a leer."

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pulseritas

Un perrito de plástico dentro de un sobre. La niña lo quiere y él no sabe decir que no. Sólo le falta uno para completar la colección. El quiosquero tiene la cabeza más grande de lo normal y tartamudea cuando se pone nervioso si el cambio para la devolución no le alcanza. Alguna vez él sigue encontrándoselo en el bar, de pie, desafiante frente a la barra y de espaldas a los expertos del dominó. Acabarán hablando de películas del Oeste como en los viejos tiempos. Entre cervezas bien frías, siempre será la misma la conclusión a la que lleguen. Nunca debieron abandonar el Misisipi.


 La niña abrirá el sobre en casa con dedos ansiosos. El vaho del porvenir en el espejo de los recuerdos. Ni siquiera si le sale repetido, lo más probable, le negará a él una de las sonrisas más hermosas del mundo. Por el camino le habrá dado un beso en la mano que la tiene cogida sin soltársela. La de risas que se les escapan cuando el último semáforo se pone verde y corren por encima de un paso de cebra que les morderá si se demoran.


 Los relojes no tienen corazón, está bien que así sea. Shane o Tom Doniphon, qué más da. Un perro ladrará en el París de los sueños anticipados. Será una fiesta. Una lágrima resbalará por la mejilla de una marioneta perdida en una fatídica apuesta por un titiritero; una mujer verá la vida en rosa en la penumbra furtiva de un patio de butacas en día laborable y en algún lugar del único cielo, como después de la lluvia primigenia, aparecerá un arco iris irrepetible. Más allá, mucho más allá, de Septiembre.

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Tertulianos 24 horas

 Ofrecemos servicio de tertulianos para tertuliar en tertulias, tanto de cadenas públicas como privadas, de televisión o radio. Tarifas muy ajustadas según mercado y según si "a favor" o "en contra" de la linea editorial de la empresa contratante. Seriedad y profesionalidad.

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jueves

Acude al lugar de la cita siguiendo las instrucciones que le dio una voz disfrazada de anónima al otro lado del teléfono fijo del cuarto trastero. Recorre intrépida el pasillo con la luz apagada, sin el deslucido batín de los últimos quince años, no se detiene en la cocina para vigilar el reloj de pared y al llegar a la salita de estar golpea la puerta, tarareando con los nudillos el comienzo de Dos gardenias. Aunque nadie contesta, debe entrar.


Después que todo haya sucedido, regresa. Enciende la luz del pasillo y se detiene en la cocina para escuchar el tictac del reloj. Aprovecha para beber un vasito de agua fresca de manantial. Al llegar al dormitorio se sienta al borde de la cama matrimonial y le sonríe al desafiante batín que está arrugado en el suelo como en las veces antiguas. No abre el primer cajón de la mesita de noche, donde guarda la fotografía de él para ella sola. Hoy estaría de más, intolerablemente de más, el último beso de todos los días sin milagro.

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autoficciones

Agosto y domingo. Las calles del barrio están cerradas. Día nublado según el meteorólogo de cabecera de un canal televisivo gratuito. En el patio interior alguien tararea la misma vieja copla que ayer, inquietante casualidad, estaba en mis labios mientras me afeitaba, desnudo como vine al mundo, frente al espejo redondo del pasillo.


Hoy, para comer, pollo al horno. De postre, fruta variada. Un valdepeñas sencillo y sincero para acompañar. Y nada más que contar. Lo del loro fugitivo no tuvo importancia. Tampoco lo del vecino que colaba calcetines en los buzones del edificio donde una vez, gritó cuando se lo llevaban, fue feliz...

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lunes

Je, je. He estado unos días, apenas cuatro maravillosas noches, a orillas del Missippi. Ahora, ya de vuelta, me dejo llevar a lomos del verano que sigue transcurriendo mucho más rápido que tiempo atrás, cuando las tardes eran eternas, inmóviles, y todos los espejos del mundo se burlaban de mi bigote adolescente. Siempre que me afeito, la hora del día carece de importancia, me acuerdo de mí entonces; de la primera vez que lo hice, con la excusa de una apuesta perdida y sin espuma.

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lunes

Esta mañana me he ido buscando el sol en la playa de la vieja ciudad. He recorrido la orilla mirando al frente; desde donde un gato se escondía entre unas rocas, era pardo como si fuera noche cerrada, hasta donde un perro vagabundo correteaba ladrándole a las olas que rompían apáticas.


 No he contado los pasos dados en la arena como otras veces, ni tan siquiera he tarareado alguna vieja canción de Camilo Sesto para acompañarlos, pero la distancia que he cubierto no habrá bajado de los 2017 metros. No he nadado por culpa de las braguitas rojas, peligro, que alguien había colgado del palo de la bandera. Cuando ha llegado el vigilante, ojos de insomnio y prematuros adioses, las ha tirado al agua airado, y ha izado la bandera verde, absténgase suicidas, como le habían comunicado previa y reglamentariamente en el puesto de coordinación. Para mí, sin embargo, ya era tarde.


 En el autobús, de vuelta, me he sentado al final. El aire acondicionado pegaba fuerte, endemoniadamente fuerte. Sólo viajábamos una anciana y yo. El conductor en cada semáforo en rojo volvía la cabeza y nos miraba como intentando reconocernos. Por disimular el frío me he puesto a leer una del Faulkner. La anciana, menos dispuesta a la cobardía, ha sacado una rebeca de un capazo de mimbre y se la ha puesto de manera ostentosa, haciendo equilibrios de pie en el pasillo. Una voz arrugada y hermosa al manifestar su queja:


 - Esto parece el polo.


 No he sido yo, lo prometo. El conductor, salvo que fuera ventrílocuo, y a pesar de su extraño comportamiento, tampoco. Pero alguien, no se sí el mismo que antes, ha gritado con vozarrón de ogro:


 - Norte o Sur, reina.

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