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babo


luces

 El anciano entró al bar mientras los habituales miraban en la pantalla del televisor un partido de fútbol de una liga extranjera. Nadie reparó en él cuando se quitó el abrigo polvoriento que llevaba (“Érase una vez el Oeste, Mac”…) y se quedó desnudo tal y como su madre lo trajo al mundo en algún lugar de una posguerra arrinconada.


 El primero que lo vio creyó que era un espejismo del mucho vino que había bebido y tachó de mentirosos a sus propios ojos y a sus gafas de lejos. El segundo se limitó a reírse con risa frenética hasta un delirio de vasos rotos contra el suelo, voces escandalizadas reclamando silencios antiguos y ternura de manta a cuadros cubriendo cualquier atisbo de intemperie. La policía llegó en menos que canta un gallo y todo volvió a la normalidad.


 El partido, por cierto, había acabado ya con victoria del equipo local, o visitante, por un gol a cero. Nadie supo más.

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domingos

El coche estaba aparcado encima de la acera y maullidos de gato invisible escapaban del maletero. El policía nacional, avisado por algún vecino que prefirió guardar el anonimato, se limitó a anotar la matrícula en la palma de su mano antes de subirse al coche patrulla y desaparecer calle arriba. El bolígrafo imprescindible para tal menester se lo prestó el titiritero ambulante que descansaba acuclillado en un portal cercano. (Yo no suelo llevar tinta encima los domingos.) Al poco apareció la grúa municipal escoltada por dos policías municipales en bicicleta. Estos pedaleaban como si les fuera la vida en el empeño. (El más joven de los dos, por cierto y sin que venga a cuento, acabaría llorando horas después, lágrimas como arañazos, frente a la pantalla de un televisor sin voces.) Una anciana aplaudió entonces, con silencio frenético, desde un balcón a ras de cielo. En apenas veinte minutos la calle quedó otra vez desierta. Al menos eso es lo que escribió uno de lo dos municipales, el mayor, en el parte de incidencias.

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jueves

El anciano se sienta en uno de los taburetes giratorios, con la lógica precaución del que siempre padeció de vértigo, y apoya los codos en el mostrador. La tienda de campaña que forman entonces sus manos es el único refugio posible para su nariz de boxeador retirado. El camarero más veterano, en un descuido de su valentía, se esconde en el aseo de caballeros; el más joven, que no sabe ni media de la vieja historia, le pregunta qué va a tomar. Sólo un vaso de agua fresca, por favor. Y apúntate este número en algún lugar, por si preguntan por mí cuando yo ya no esté. El loro tendrá que comer pese a todos los pesares. ¿Entendido?

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jueves

Babo leyó en algún lugar del tiempo, tal vez acostado al amparo de un escuálido flexo azul o durante un trayecto de vuelta en un autobús rojo, que si alguien no escribía de sí mismo, al menos una vez en la vida, en tercera persona, no dejaba de ser un don nadie. Esa misma tarde, o quizás otra lloviendo, decidió pasear por el parque de los columpios del barrio, por ver si el tobogán de siempre seguía en su sitio. Y sí, el mismo vértigo de la primera vez, incluso anochecía ya, derribó el castillo de naipes de su desmemoria.

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sin palabras


A veces me siento como si fuera un niño que abre los ojos al mundo, ve cosas asombrosas cuyos nombres nunca conocerá y luego tiene que volver a cerrarlos. Sé que todo esto son meras apariencias en comparación con lo que nos aguarda, pero eso sólo las hace más encantadoras. Tienen una belleza humana. Y no puedo creer que, cuando todos hayamos sido transformados y dotados de incorruptibilidad, lleguemos a olvidar esta fantástica condición nuestra de mortalidad e impermanencia, el gran sueño luminoso de procrear y perecer que para nosotros lo significa todo. En la eternidad, este mundo será Troya, creo, y todo lo que ha sucedido aquí será la épica del universo, la balada que se cante por las calles. Porque no imagino ninguna realidad que deje ésta en las sombras por completo, y creo que la piedad me prohíbe intentarlo.


(Marilynne Robinson en Gilead )



 


 


 


 


 


 


 


 


 

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jueves

El anciano volvió a escuchar en algún lugar de su reglamentada siesta el olvidado apelativo cariñoso. Abrió los ojos no sin cierta apasionada premura, por si acaso después de tanto tiempo transcurrido. Nadie sin embargo, tampoco la chica boliviana que ayer tarde se empeñó en sacarlo a pasear por el parque de los columpios. Allí es verano ahora, igual por eso. A la escalerita del tobogán rojo le habían arrancado el antepenútimo peldaño. ¿De verdad no fuiste tú, gorrioncito?

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combinaciones sin repetición

Incapaz de mantenerle la mirada a nadie por si le reconocían, y como no podía perder el trabajo, ideó la estrategia de mirar a lo lejos cada vez que le acercaban a alguien que, según las estrictas normas, no tenía que tener cumplidos los trece años. No sabía cómo se las ingeniaban sus otros dos compañeros para vencer los miedos que él les presuponía. Rodeados de juguetes y globos de colores, apenas habían hablado entre ellos la primera vez que se vieron y ni siquiera ahora conocía sus nombres reales. El de la peluca amarilla no se había presentado el día anterior al último ensayo. A mi gato, según dijo para disculparse, sólo le queda una de las siete vidas y ya no le alcanza para soledades de tejado y luna. El negro se pasó todo el tiempo tosiendo hasta que el guardia jurado (disfrazado de único paje) se apiadó de él y le ofreció un caramelito de eucalipto. Mano de santo, papito. Al final de la larga jornada se dieron un apretón de manos (al ser cuatro fueron seis apretones en total; si hubieran sido cien, y aunque no venga a cuento, hubieran sido ¡4950!) y cada cual siguió su camino. Él, silbando.

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jueves

Lo ha comprado esta mañana en una tienda del barrio de las de toda la vida. En los tiempos que corren su precio le ha parecido milagrosamente justo. El anciano dependiente que le ha atendido, tal vez el propio dueño, parecía estar peleado con el mundo y dos lágrimas habían cristalizado al borde de su ojo izquierdo. Algunas de las palabras que componían sus frases (conmovedora su vocación de lapidarias), le resultaban tan extrañas como vagamente conocidas. Ningún otro cliente esperaba su turno y de una radio en la trastienda, detrás de una cortina color blanco rendición, se escapaba la triste historia de una vieja copla. Después de pagar, y antes de salir a la calle, ha sido incapaz de mirar atrás. No ha podido dejar de imaginarse una manta a cuadros primorosamente plegada sobre el respaldo de una mecedora vacía.


 Al llegar a casa con la lengua fuera (ha preferido no utilizar el ascensor por temor a verse en el espejo de los chicles sin vida) ha guardado lo que había comprado en una caja de zapatos debajo de una de las camas de la habitación de invitados. Luego ha comido un plato de arroz a banda, una naranja y cuatro nueces. Ha bebido una copa de tinto y un trago de agua directamente de la botella de plástico. Ha sido al intentar hacer la siesta cuando ha escuchado los ruiditos, ridículamente atroces.


 Ahora está sentado en la bicicleta estática que no recuerda quién le regaló. Si pedalea hasta el agotamiento, se dice, alcanzará a ver las cosas más claras. Todavía hay tiempo.

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