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babo


jueves

Acude al lugar de la cita siguiendo las instrucciones que le dio una voz disfrazada de anónima al otro lado del teléfono fijo del cuarto trastero. Recorre intrépida el pasillo con la luz apagada, sin el deslucido batín de los últimos quince años, no se detiene en la cocina para vigilar el reloj de pared y al llegar a la salita de estar golpea la puerta, tarareando con los nudillos el comienzo de Dos gardenias. Aunque nadie contesta, debe entrar.


Después que todo haya sucedido, regresa. Enciende la luz del pasillo y se detiene en la cocina para escuchar el tictac del reloj. Aprovecha para beber un vasito de agua fresca de manantial. Al llegar al dormitorio se sienta al borde de la cama matrimonial y le sonríe al desafiante batín que está arrugado en el suelo como en las veces antiguas. No abre el primer cajón de la mesita de noche, donde guarda la fotografía de él para ella sola. Hoy estaría de más, intolerablemente de más, el último beso de todos los días sin milagro.

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autoficciones

Agosto y domingo. Las calles del barrio están cerradas. Día nublado según el meteorólogo de cabecera de un canal televisivo gratuito. En el patio interior alguien tararea la misma vieja copla que ayer, inquietante casualidad, estaba en mis labios mientras me afeitaba, desnudo como vine al mundo, frente al espejo redondo del pasillo.


Hoy, para comer, pollo al horno. De postre, fruta variada. Un valdepeñas sencillo y sincero para acompañar. Y nada más que contar. Lo del loro fugitivo no tuvo importancia. Tampoco lo del vecino que colaba calcetines en los buzones del edificio donde una vez, gritó cuando se lo llevaban, fue feliz...

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lunes

Je, je. He estado unos días, apenas cuatro maravillosas noches, a orillas del Missippi. Ahora, ya de vuelta, me dejo llevar a lomos del verano que sigue transcurriendo mucho más rápido que tiempo atrás, cuando las tardes eran eternas, inmóviles, y todos los espejos del mundo se burlaban de mi bigote adolescente. Siempre que me afeito, la hora del día carece de importancia, me acuerdo de mí entonces; de la primera vez que lo hice, con la excusa de una apuesta perdida y sin espuma.

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lunes

Esta mañana me he ido buscando el sol en la playa de la vieja ciudad. He recorrido la orilla mirando al frente; desde donde un gato se escondía entre unas rocas, era pardo como si fuera noche cerrada, hasta donde un perro vagabundo correteaba ladrándole a las olas que rompían apáticas.


 No he contado los pasos dados en la arena como otras veces, ni tan siquiera he tarareado alguna vieja canción de Camilo Sesto para acompañarlos, pero la distancia que he cubierto no habrá bajado de los 2017 metros. No he nadado por culpa de las braguitas rojas, peligro, que alguien había colgado del palo de la bandera. Cuando ha llegado el vigilante, ojos de insomnio y prematuros adioses, las ha tirado al agua airado, y ha izado la bandera verde, absténgase suicidas, como le habían comunicado previa y reglamentariamente en el puesto de coordinación. Para mí, sin embargo, ya era tarde.


 En el autobús, de vuelta, me he sentado al final. El aire acondicionado pegaba fuerte, endemoniadamente fuerte. Sólo viajábamos una anciana y yo. El conductor en cada semáforo en rojo volvía la cabeza y nos miraba como intentando reconocernos. Por disimular el frío me he puesto a leer una del Faulkner. La anciana, menos dispuesta a la cobardía, ha sacado una rebeca de un capazo de mimbre y se la ha puesto de manera ostentosa, haciendo equilibrios de pie en el pasillo. Una voz arrugada y hermosa al manifestar su queja:


 - Esto parece el polo.


 No he sido yo, lo prometo. El conductor, salvo que fuera ventrílocuo, y a pesar de su extraño comportamiento, tampoco. Pero alguien, no se sí el mismo que antes, ha gritado con vozarrón de ogro:


 - Norte o Sur, reina.

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miércoles

Anoche no podía dormir. Harto de dar vueltas en la cama y sudar a mares, me levanté con la decisión de un sonámbulo, me vestí de cualquier manera y recorrí cauteloso el pasillo hasta la puerta de casa. La abrí sin mirar por la mirilla, la cerré con la delicadeza de un amante furtivo, y pulsé el botoncito de llamada del ascensor. Más de veinte minutos esperando, acabé desquiciándome y bajando por la escalera. Sólo me crucé, junto a los buzones, con la anciana vecina del séptimo que regresaba de pasear, eso me dijo, al perro callejero que vivía en un solar cercano. En la calle no había nadie. Paré un taxi.


 Fue acostarme de nuevo y sonar el despertador. No quería perderme el encierro. La probabilidad de ver en la pantalla entonces, en un casual primer plano, al pianista con el que había brindado apenas un par de horas antes por los insensatos era casi cero. Y sin embargo, y a pesar de todos los pesares, érase una vez. Allí estaba; y el pañuelo rojo que colgaba de su cuello me sonrió como él antes de darnos un abrazo y perdernos de vista. Del batín mordisqueado en el descansillo que vi al subir, ni media palabra. ¿Acaso lo soñé?

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viernes

Se pinta los labios en el espejo retrovisor aprovechando que el semáforo está en rojo. Es una mujer joven de la que no sabremos nada más. Un tipo golpea entonces la ventanilla con un nudillo. Acaba de actuar en el paso de cebra. Cinco segundos de juegos malabares con siete naranjas de verdad. Una eternidad. Ella al verlo acelera y huye. Sorpresa. ¿Qué niña y qué ogro? Atrás quedan un semáforo en verde, una habitación por horas y dos cepillos de dientes en un mismo vasito de plástico.


 - La voluntad, guapa.

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lunes

Abre los ojos en algún lugar de la madrugada. Algo lo ha despertado. Recuerda, tras unos instantes de inquietud y desconcierto, que pasa la noche en una habitación de hotel; que la tarde siguiente tiene una importante cita de trabajo con un empresario teatral. Tres años sin subir a un escenario es toda otra vida. En el baúl bajo la cama descansa el único muñeco que le queda. Los otros los malvendió cuando necesitó guarecerse de la intemperie. Años atrás fue un ventrílocuo con cierta fama que al borde estuvo de dar el salto a la pequeña pantalla. Sus voces fingidas eran incluso más auténticas que su propia voz. No sabría relatar qué ocurrió para que todo se echara a perder.


 Gatea desde la cama hasta pegar la oreja al tabique. Juraría que al otro lado olas veladas buscan la orilla de un mar sin mapa. Se descubre entonces desnudo en la penumbra y acaba por ponerse de pie. Mono loco recién empujado del único árbol de una escuálida memoria por una mona loca. Abre la puerta de la habitación y el pasillo se repliega en un silencio de moqueta y taconeos tardíos. Cierra los ojos porque no quiere verse en el espejo del ascensor. El recepcionista duerme sentado detrás del mostrador. Nadie lo ve salir.


 Días después una mujer de la limpieza encontrará lágrimas de trapo en el suelo de una de las habitaciones económicas del hotel en que trabaja.


 - Con el mocho no pude papito. La encargada me hizo arrodillarme y fregar a conciencia. Como si fueran gotas de sangre, me gritó enloquecida cuando me atreví a preguntar.

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jueves

 Se refugia del cruel calor en la única habitación que tiene aire acondicionado. Por disimular, teclea en silencio como los otros. Uno de ellos, el más alejado, viste pantalón corto y camiseta de baloncesto. Dorsal número quince, la niña bonita.


 Al borde de la pantalla de su ordenador hay un adhesivo. Un gatito sonríe en primer plano; al fondo una solitaria palmera en una diminuta isla de tebeo. La repentina piedra que rompe el cristal de una de las ventanas que da a la calle naufraga en el mismo cielo azul. Maullidos fingidos entonces. Todos, salvo uno.

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