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babo


derbis

El bombero entra por la ventana, y le pregunta al anciano si hay alguien más en la casa. De una de las fincas de enfrente los observan con unos prismáticos de campaña. Abajo en la calle unos tímidos aplausos se desvanecen.


 - No, no hay nadie más. Mi mujer, pobrecita, murió hace dos veranos.


 El bombero encuentra las llaves en un cenicero de la salita de estar y abre la puerta con gesto de fastidio. Los dos policías locales entran y le preguntan al anciano por sus gritos de auxilio.


 - Me robaron mientras dormía unos sinvergüenzas con pasamontañas de colores y cuando quise salir me di cuenta que me habían dejado encerrado para que no pudiera seguirles hasta su guarida. Harto de llorar, grité desde el balconcillo interior para que alguien me oyera y marcara el 112. Díganle que le estoy muy agradecido. A ustedes también. ¿No tendrán por casualidad un paquetito de pipas? Es lo mejor para los nervios.


 Cuando todos se marchan, el anciano se sienta en su sillón frente al televisor. El partido de fútbol no ha hecho más que empezar. De momento empatan. No recuerda a qué equipo ha de animar hasta que se levanta y se mira en un espejo. El escudo de la gorrita que lleva puesta no deja lugar a dudas.


 - Pobrecito.

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remake

 Cuando despertó, el patinete eléctrico todavía estaba allí.

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mercados

La joven frutera finge no haber estado llorando cuando se acerca el primer cliente, un mendigo rumano con un perrito blanco en brazos. Sin decirle nada le ofrece un pañuelo de papel que ella es incapaz de rechazar. Se limpia entonces los ojos, la mirada y el trozo de recuerdo que aún le quedaba de la última noche rota. Usted dirá.


 - Se escapó de un cuadro. El pobre vigilante lloró como un niño cuando lo vio salir del museo ladrando de alegría. Lo contaban en el periódico que alguien olvidó en el autobús que me trajo de lejos. Y ya me ve. Cuando me den la recompensa por devolverlo, lo primero que haré será venir y pagarle los siete plátanos que me llevo. Por favor, que no estén muy maduros.

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martes

La cocinera sale al oír la violenta discusión entre el camarero nuevo y un cliente al que nadie había visto antes por el restaurante. Sin miedo, con la distinguida templanza de una superviviente de mil batallas, le quita al primero la copa rota que empuña y al segundo un amenazador bastón de ébano. Después de obligarles a darse un fuerte abrazo, y sobrecogida por las lágrimas reconocidas de ambos, les invita a sentarse a la misma mesa para que le expliquen. Es la más alejada de la que yo ocupo, así que me es imposible escuchar sus palabras. En algún lugar del tiempo sus gestos de cine mudo resultan conmovedores.


 He comenzado con el gazpacho de remolacha, de segundo arroz al horno. De postre una refrescante tajada de sandía, roja como nieve antigua. Café del tiempo, descafeinado eso sí, para acabar. Un par de cubitos de hielo contra el sol en llamas de las calles de la vieja ciudad. Sólo un te lo prometemos, en voz alta, mientras espero que me traigan la cuenta. Pienso entonces que hay ocasiones en que recurrir a la imaginación sería una impostura. Dejo propina y, al fin, me levanto.

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ecos

Entré al bar por hacer tiempo, me senté en uno de los taburetes giratorios junto a la barra y le pedí una cerveza bien fría, me daba igual la marca de las dos que me propuso, al camarero. El tipo que combatía su tedio en la tragaperras soltó de pronto una carcajada, como si algún francotirador agazapado dentro de su cabeza le hubiera disparado un chiste. No quise sentirme aludido. El calor era cruel y el solitario ventilador que colgaba del techo ni siquiera espantaba a las moscas. Una de ellas recorría a saltitos el rostro en primer plano de un tertuliano que no tenía voz en la pantalla de un viejo televisor portátil. Su antena de quita y pon estaba sujeta con cinta aislante azul. En un momento dado el tipo se dirigió a mí sin mirarme. El camarero y el resto del mundo desaparecieron. Apenas su voz. Sólo su  voz de siempre.


 - No me has reconocido, Babo. ¿Tan cambiado estoy? No, no; mejor no me contestes. El siglo pasado, pasado está. Acabo de perder treinta pero antes, en el otro, había ganado tanto que hasta el puto loro que tienen atado de una pata se ha puesto a gritar al verme huir sin darles la espalda. Buen epitafio, ¿no te parece?


 - ...


 - Aún así, salió ganando.


 

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averías

A pesar de las advertencias del taquillero, una insistencia que le resulta inquietante, el anciano decide entrar. Se sienta al lado del pasillo, en una butaca de número impar que equidista de la pantalla y la salida de emergencia, una manía que tiene desde que huyera de niño de las llamas de Manderley.


 Cuando por fin se apagan las luces, con quince minutos de retraso, está casi seguro de ser el único espectador en el patio de butacas. No sabe si habrá alguien escondido en algún rincón de su memoria y las parejas en los cines de reestreno siempre fueron invisibles. El calor comienza a ser infernal. Sabe que no puede protestar, que la culpa del sudor que ya lo empapa es suya y solamente suya. Para colmo la película, de la que no tenía referencia alguna, es un furibundo melodrama que transcurre en un ardiente desierto mejicano. Un gigante negro, jugador retirado de la NBA, le tira los trastos a una enana, vendedora ambulante de pulseritas de colores. O viceversa.


 No soporta quedarse hasta el final. Su orgullo tiene un límite. El taquillero no responde a sus buenas tardes cuando sale. Duerme en su cubículo acristalado como si fingiera estar muerto. De haber querido hubiera podido recuperar el precio de la entrada. Bastaba meter la mano por el agujero y coger las tres solitarias monedas de un euro y la de cincuenta céntimos. Así que también culpa suya tener que volver andando a casa. No había previsto que se le agotara el bonobús al ir. En fin, paciencia. 


Y es entonces, parado en un paso de cebra de la vieja ciudad, que un escalofrío recorre una distancia infinita de su espalda. En una de sus muñecas, la izquierda, fuegos artificiales.

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misterios

Después de aparcar en la esquina más cercana, el taxista espera. Está seguro que es el lugar elegido por la voz que todavía guarda como un tesoro en su antiguo teléfono móvil. Afuera un semáforo parpadea silencios anaranjados. En las entrañas de uno de ellos, la sombra de un recuerdo acecha.


Del extraño caso escribió alguien días después. Apenas diez líneas en un rincón de la página de sucesos de uno de los periódicos de la vieja ciudad. Yo las leí mientras tomaba una solitaria cerveza bien fría, estilo alsaciano, en el Bar del Sordo. De tapa gratis, ni hablar del peluquín. Que la anciana, pelos de loca, que lo encontró no había sabido justificar su presencia en el lugar a esas horas de la madrugada (yo paseo por dónde me sale del coño, guapetón), que se descartaba la hipótesis de un ajuste de cuentas entre bandas rivales de poetas de medio pelo y que la única pista fiable, por el momento, eran las sentidas lágrimas anónimas al otro lado del teléfono que había descolgado con desgana el sargento Ramírez.

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lunes

Escalofrío el que invadió mi espalda, y algún otro rincón del espacio que ocupaba entonces, cuando leí las últimas palabras de Denis Johnson en uno de sus espléndidos relatos de El favor de la sirena: “El mundo sigue girando. Es evidente para usted que mientras escribo esto no he muerto. Pero puede que sí cuando lo lea”. Otra muestra más de que la literatura, la literatura de verdad, no es más que la voz compartida del habitante de la cueva prehistórica con el astronauta que orbita alrededor del planeta azul...


 La primera mona que bajó del árbol (uno de los habituales del Bar del Sordo está investigando a qué especie, desaparecida o no, pertenecía) se sienta cada anochecer en una silla de mimbre y huye de su reflejo en los escaparates. Y claro, Il mondo de Jimmy Fontana, es música de fondo, de abismo junto a abismo, de silencio roto en la memoria de los peces de colores.

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