SINOPSIS DE BESTIA KUM
UN EXTRACTO DEL PRIMER CAPÍTULO PUEDE SER CONSULTADO MÁS ABAJO EN ESTE BLOG
? Datos:
Título: BESTIA KUM
Autor: Rafael M. Medina- 30400 Caravaca de la Cruz (Murcia)
Número registro: 08/2007/450
? Clasificación, género y público:
Género: Fantasía/terror
? Formato:
Compuesta de 12 capítulos con una extensión de unas 240 páginas a doble espacio.
? Personajes principales:
Quinto Curcio, general de las legiones de Roma.
Craso: Primo Pilum de la III legión y Centurión de la guardia pretoriana destinada a Quinto Curcio.
Arlem-Tum: Perteneciente a la tribu germana, es una de las brujas de Arlem, destinada a la protección personal del general Quinto Curcio en su estancia en Germania.
Glaumak: caudillo de las tribus germanas.
El Minotauro: Caudillo de las bestias kum y su creador.
? Argumento:
En su lugar de descanso junto al mar, el general Quinto Curcio recibe una misteriosa misiva de su subordinado el tribuno Augusto Recio, enviado a consolidar la frontera germana con ayuda de las tribus sometidas a Roma. En ella se explica que algo extraño se manifiesta delante de la línea defendida por la VI legión que lidera y pide ayuda al desconocer la naturaleza y número del enemigo.
Quinto Curcio parte al mando de la III legión y de su guardia Pretoriana, reclutando tropas auxiliares en su camino, sin embargo, antes de llegar a la línea donde el tribuno Augusto Recio debería de esperarle, encuentra a grupos desorganizados de la VI legión en retirada. La línea Augusto Recio, frontera norte del Imperio Romano, ha sido aniquilada y arrasados los fortines defensivos.
Los supervivientes hablan de animales Kum, nombre salido del líder de las tribus germanas, un tal Glaumak, a mitad de camino entre chamán y líder político, quien explica que la naturaleza del Kum no es de este mundo, que matan por placer y que tan solo la magia les puede hacer frente. La actividad de los romanos los había sacado de su bosque pútrido donde vivían.
Quinto Curcio observa con escepticismo los comentarios de Glaumak y vuelve a levantar la línea defensiva, esta vez mejor acondicionada y desestima los consejos del líder germano sobre la ayuda de las brujas de Arlem, ya que su fe en el poder militar lo llevó al cargo de general.
Finalmente encuentran a las bestias Kum, o un avance de lo que verían más adelante y el general queda tan fascinado por la belicosidad de esos seres que termina aceptando la ayuda sugerida por Glaumak. Finalmente se reúne con las brujas, hermosas donde las haya, en especial una de ellas: Arlem-Tum, destinada a protegerlo con su vida si fuese necesario. Surge aquí una relación inusual pues ella está condenada al voto de silencio y sólo a través de un acto sexual extraño y narcótico, se puede conjurar contra la magia de los Kum.
Se internan cuatro centurias en el bosque con el objetivo de topografiar el terreno para ayudar al avance del grueso de las legiones. Luchan con los Kum que osan hacer frente al mayor ejército del mundo, hasta que llegan a un gran claro, a cuatro jornadas de distancia de los fortines defensivos. Encuentran allí a la gran pirámide donde nacen los Kum y allí también encuentran al Minotauro, un ser formidable y líder de los Kum. Se retiran, pues el enemigo les supera y corren hasta los fortines. Al quinto día de la angustiosa retirada, los Kum abandonan la seguridad del bosque y asaltan el fortín, en cuya defensa pierde la vida Craso, el Primo Pilum, pero las bestias son derrotadas, retirándose hacia su pirámide.
Quinto quiere internarse en el bosque, pero Cayo, su secretario, temeroso de su propia vida, le traiciona, junto con otro tribuno. Finalmente el motín no toma cuerpo y el ejército se pone en manos de Quinto, siendo asesinado Cayo y el tribuno por las tropas germanas.
Las legiones VI y III, junto con tropas auxiliares germanas, avanzan por el bosque ayudados siempre por los conjuros de las brujas de Arlem, hasta avanzar a la pirámide. Se produce entonces la más cruenta de las batallas, saliendo victoriosas las legiones de roma. Los Kum, junto con su líder el minotauro se internan en la pirámide. Los siguen varios grupos de legionarios hasta que Quinto encuentra la Minotauro. Y éste le habla. A esta altura de la lucha Quinto Curcio ya ha entrado en un éxtasis a mitad de camino entre la brujería y la demencia.
Fuera de sí en un arrebato de ira y locura, termina sacrificando a su amada Arlem-Tum por consejo de Glaumak, cayendo en una inconsciencia que no abandonará hasta llegar a Roma, pues por fin se retiran sin aniquilar los restos del ejército Kum, error que Quinto Curcio nunca hubiese cometido en su sano juicio.
En Roma nadie cree su relato, a pesar de su aspecto envejecido y salvaje, a excepción de su primo Proximo Curico, pues el senado ahora está más preocupado por las sucias confabulaciones que por las conquistas.
Finalmente Quinto es derrotado por la magia del minotauro en una lucha interna, que le quema el alma aunque no lo sepa y vuelve al bosque convertido en un ser entre bestia Kum y humano, a ofrecer pleitesía al Minotauro, cuyo poder se está regenerando y cuya inquina podría volverse contra Roma, pues ahora tiene un comandante bien preparado y conocedor de las legiones.
? Bibliografía consultada:
La Guerra de las Galias. Julio César.
Historia de Roma. Francisco Bertolini.
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A los cinco meses de haber llegado aquí envié notificaciones a todos los puestos de la frontera para que, a los dos días de llegar el aviso, enviasen veinte exploradores al interior del bosque. Su misión no era puramente militar. Se debían de limitar a levantar un mapa geográfico lo más fiable posible con una distancia máxima de cincuenta millas desde los puestos. Deberían de cartografiar los ríos, valles, cerros. Descubrir los posibles caminos, de donde venían, a donde llevaban; descubrir, sin ser descubiertos, posibles asentamientos hostiles, sus defensas, sus fuerzas y armamento. Se trataba de preparar el camino para poder introducir el grueso del ejército y las posibilidades de logística de la zona. El avance de Roma se estaba preparando.
Yo los vi partir desde la empalizada.
Veinte soldados, con un centurión experimentado al mando, salieron de patrulla desde cada fortificación.
Y ninguno regresó.
Esperé días, semanas. A los veinte días los di por perdidos.
Quedaban apenas un mes para comenzar las nevadas y el frío del otoño. Entonces, para gente del sur como nosotros, cualquier ataque, evacuación o avance sería una temeraria aventura y habría de esperar a que las nieves desapareciesen de nuevo. Pensar en un invierno en aquella frontera me erizaba la piel.
Incapaz de hacerme a la idea del frío, la oscuridad y el tedio, preparé otra expedición.
Esta vez organicé a dos centurias, con dos centuriones y me puse yo mismo al mando. Deseché los consejos y las ofertas de los tribunos y oficiales y dejé bien organizada la defensa de las fortalezas. Los otros tres puestos recibieron las mismas órdenes.
El día anterior a nuestra partida, yacía descansando en mi litera cuando el centurión de la guardia vino a verme.
El vigía de la torre norte había divisado algo en los límites del bosque.
Era una tarde fría y a lo largo del día el sol nunca había aparecido, oculto tras un pesado manto gris capaz de soltar la lluvia en cualquier momento. Subí las escaleras de la torre acompañado por el centurión y el vigía, con el rostro constreñido por el miedo, apuntó con el dedo hacia los límites del oscuro bosque.
Dos ojos miraban directamente hacia nosotros.
Eran dos puntos rojos que helaban la sangre al mirarlos. Parecían como si pudiesen atravesar y mirar sin miedo dentro de tu alma para descubrir cosas inéditas para uno mismo. Algo me decía que estaban preparados para lanzarse, como el animal agazapado esperando a ver su presa relajada y descuidada. Les gritamos, pero nuestras voces debieron de sonar débiles y poco autoritarias. Se hacía difícil sostener la mirada por mucho tiempo. Cuando has de enfrentarte a alguien de carne y hueso, con tácticas aprendidas y estudiadas, puedes planificar tu defensa y, por tanto, tu ataque, pero cuando lo desconocido planta cara, ni el más férreo de los centuriones sabe cómo reaccionar. Pregunté entonces la clase de animal que podría ser y nadie supo darme respuesta. Hice venir a Glaumak, quien necesitó de ayuda para poder ascender hasta la torre pues su cojera le impedía subir por su propio pie. Le indicamos donde debía de mirar y su rostro se tornó frío y hostil, como si hubiese recordado algo olvidado desde hacía mucho, algo doloroso y frío al alma. Llamó a aquellos puntos rojos Kum y dijo que nunca antes se les había visto tan cerca, e hizo un signo que supuse era religioso, como para ahuyentar malos espíritus, y comenzó a gritar en su lengua insultos y formulas imposibles de entender, a la vez que mostraba su bastón como señal de victoria. Lo despedí, y se lo llevaron inquieto, aún gritando e insultando en las dos lenguas conocidas.
Llamé entonces al más diestro de nuestros arqueros y le ordené disparar, pero cuando el dardo salió del arco, aquel par de ojos rojos desaparecieron y ya nunca más se volvieron a ver y el dardo se perdió en la oscuridad. En silencio.
Aquella noche dupliqué la guardia y me convencí, si no lo estaba ya, de nuestra necesidad de internarnos en el bosque como única solución para descubrir de una vez a nuestros enemigos.
Al día siguiente, a primeros de octubre, nos adentramos en este maldito bosque. Cargamos dos centurias y otra de caballería como puntal para abrir camino. En total doscientos cuarenta hombres conmigo al frente junto al signifer. El día anterior, antes del descubrimiento del vigía, el tribuno Cayo, el centurión Marco y yo habíamos convenido adentrarnos por el mismo lugar por donde los manípulos se perdieron, aunque con un espacio de cinco minutos entre centuria y centuria, para evitar así ser rodeados al caer en alguna emboscada.
Entramos en el bosque y el frío nos embargó a todos al momento. Una humedad helada y cuajada de terror que no puedo llegar a describir con palabras pues nada se parecía al frío de la nieve, o el miedo. Creía al principio que la penumbra sería igual a la de los límites del bosque, pero al poco de haber entrado, la oscuridad se hizo tinieblas y una maligna capa de niebla se sumó a la negrura que a todos nos afligía de algún modo. Encendimos antorchas, sin miedo a ser descubiertos, pues era preferible que el enemigo se presentase de una vez por todas. Los caballos estaban nerviosos y el avance era penoso debido a que un tipo de hierba extraña crecía y se enredaba hasta la altura de la cintura. Los árboles eran más altos aún, puntiagudos y negros y su inmovilidad, por la falta de viento o lo que sea, daban un aspecto de gigantes astillas clavadas en el suelo, carente casi de vegetación. Los puntos amarillos de las antorchas de los exploradores que iban delante, apenas se veían a través de la niebla. Nadie hablaba. Sólo el resoplar de los caballos rompía un silencio perfecto. Ni viento, ni sol, ni ruidos.
Los Dioses deben de haber maldecido este lugar.
Avanzamos muy lentamente, asegurándonos una buena retirada, pero cuando nos detuvimos para hacer un descanso junto a una gran roca, de color negro como los árboles, tras cinco horas de una marcha lenta y castigada, el centurión de la última centuria me dijo que tras ellos el camino abierto a golpe de gladio, desaparecía tan rápidamente que parecía no haber sido pisado nunca por hombre o animal alguno. Aquello me preocupó. También el hecho de no haber encontrado restos de las avanzadillas que envié. El bosque se había tragado cualquier pista, huella, cuerpo o escudo que hubiese podido quedar. Continuamos la marcha hasta el anochecer.
Y la oscuridad se hizo total.
Encontramos un claro donde decidimos acampar. A lo largo del día el avance había sido muy rutinario, sin encontrar ríos o valles que rompiesen la llanura del terreno y sin cambio en la vegetación. Tampoco encontramos ningún tipo de animal, ni pájaro ni hombre. Limpiamos de vegetación la zona y apostamos vigías en gran número alrededor. Los exploradores volvieron con su informe de la inspección: por delante el bosque continuaba igual, sin cambios, al parecer sin un final claro. Aquel infierno parecía ser mucho más grande.
La noche pasó.
Nadie pudo dormir, ni siquiera los caballos que debían ser apaciguados a cada momento, inquietos, con ojos vueltos a la oscuridad, fuera del claro donde habíamos acampado.
Al día siguiente la situación era la misma. La misma neblina, la misma vegetación y los mismos árboles.
Esta vez ordené a las tres centurias avanzar juntas, más por miedo a desperdigarnos que a las emboscadas. Me puse al frente con la mitad de la caballería y el resto de la unidad la dejé cerrando la marcha, dejando así al grueso de la infantería en medio.
No hacía ni una hora desde el inicio de la marcha cuando comenzamos a oír graznidos de pájaros. Parecían cuervos y no tardamos en verificarlo, porque una gran nube de aves negras se avalanzaron contra nosotros. Los caballos se espantaron, los soldados se tapaban los rostros pues con picos y patas, aquellas repugnantes aves se lanzaban contra los ojos de los soldados y de los animales. Por un instante me volvió el temor a que los soldados se dispersasen. Si eso sucediese, no sabrían volver al grupo y vagarían perdidos por este bosque infernal hasta morir. A gritos, mientras yo mismo me defendía de los cuervos, ordené encender todas las antorchas. El fuego nos libró de tan asquerosa compañía. Con las antorchas encendidas las agitábamos por encima de nuestras cabezas, haciendo que los cuervos temiesen acercarse. Muchos cayeron en llamas y por fin, la nube de pajarracos desapareció sin más consecuencias.
Era un mal augurio.
Continuamos avanzando despacio durante cuatro horas, cuando uno de los exploradores llegó corriendo con la noticia de que a dos millas habían visto restos de combate. Avanzamos. Llegamos a otro claro parecido a donde habíamos acampado la noche anterior y en el centro pude ver los restos de una batalla. Yelmos, escudos, pilum, gladios y pugios estaban tirados sobre el suelo, pero no había ni rastro de víctimas, humanas o no. La vegetación ya había devorado todo lo que había podido, escondiendo los restos del combate bajo un manto verde de un metro de altura, que nos vimos obligados a talar para poder sacar alguna conclusión clara y concisa de lo ocurrido con aquellos soldados.
Me bajé de la montura que me había traído allí desde Roma y tomé un gladio del suelo para asombrarme al verlo oxidado de tal forma como para hacerme pensar que había estado allí desde hacía siglos. Lo alcé y vi restos de sangre. De sangre negra. Asqueado lo tiré al suelo. Los centuriones sostenían otras armas y comentaban entre ellos el mismo asunto.
¿Qué animal, o qué bestia tiene la sangre negra?. Y si había heridos y muertos, ¿dónde estaban sus cuerpos?. Hasta el más bárbaro respeta los cadáveres de los vencidos.
Inmediatamente advertí el peligro. Nos habíamos internado demasiado. Pensé en salir y rodear el bosque en varias expediciones, aquel no era el mejor camino. Estábamos cometiendo un error, quizás haya otra entrada al bosque, quizás se podría hacer carreteras por los costados. Allí, en aquel maldito lugar sólo podríamos encontrar la muerte.
Y mientras pensaba esto volvieron aquellos ojos rojos. Nos miraban por todas partes, fuera del claro. Habría cientos de ellos. Ordené llamar a gritos a los exploradores, pero no se escuchó nada. Los arqueros prepararon sus armas, las centurias formaron en testudo, con los pilum erizados, y la caballería se colocó a los costados de los dos bloques en la medida que el pequeño claro se lo permitió. Las antorchas ardían en varios puntos donde se habían reunido para alumbrar el sitio de la lucha que íbamos a librar.
Pero no hubo lucha.
Al poco, aquellos ojos se multiplicaron y los cuerpos de los exploradores fueron lanzados al claro con una fuerza brutal. Llevaban los pugios y gladios enfundados aún.
Y tal como supuse, les habían arrancado los ojos y el corazón.
Entonces comenzó la lluvia de flechas, dardos y jabalinas. Ordené una primera descarga, pero los arqueros apuntaban a la oscuridad. Ellos podían vernos, pero nosotros no a ellos. Los pilum fueron lanzados. Más descargas de arqueros.
Pero nada. Se perdían en la oscuridad sin sonido alguno.
Me di cuenta entonces de que si no salíamos en ese momento de allí, acabarían con nosotros como hicieron con los dos manípulos de exploradores. Ordené retirada y durante un día entero fuimos sufriendo el hostigamiento de un enemigo que nunca llegó a presentarse, escondido en la oscuridad, mostrando unos ojos terroríficos y unos gruñidos de animal, fingidos o naturales, capaces de estremecer el alma. Perdimos muchos hombres, pero por fin alcanzamos el claro del fortín. Cuando entramos en el claro, nos giramos para ver si el enemigo nos seguía, pero se había retirado hacía ya dos millas.
Eso fue todo de nuestra primera y única incursión en el bosque.
Ahí dentro hay algo bestial, algo antinatural protegido por algún tipo de magia o sortilegio, algo que se nos escapa de las manos. ¿Porqué no acabaron con nosotros?. Esa pregunta me recome. ¿Qué macabro juego es este?. Envié correos a los fortines ordenando reforzar las empalizadas y doblar la guardia hasta nueva orden.
Sin embargo nada ocurrió.
Pasaron las semanas y la nieve acudió a su cita anual, sembrando un hermoso y frío manto blanco. Amanecía tarde y anochecía muy pronto y todos entramos en un estado de letargo.
A los tres meses de nuestra desastrosa incursión en el bosque, el centurión de la guardia volvió a reclamarme. Salimos de la empalizada a caballo y el centurión me mostró unas huellas junto a una torre de vigilancia, huellas de pie, pero de un pie más parecido a un animal que al de un ser humano. Estaban aquí. Muy cerca. Quizás el invierno los revitalice.
Sin dudarlo, envié entonces palomas mensajeras y correos ordenando la mayor de las prudencias y el abastecimiento de todas las provisiones posibles, pues presentía un gran ataque a los fortines de aquellas bestias o lo que fuesen.
Esa noche, un resplandor rojizo nos llegó desde el oeste. El fortín más occidental ardía.
He decidido enviarle esta carta, General, antes de partir en ayuda del fortín. Las tropas están preparándose y el amanecer está cerca, así que en cuanto despunten las primeras luces saldremos a marcha forzada hacia el oeste. Estoy impaciente por saber lo que me voy a encontrar. Los soldados están nerviosos, pues se ha corrido un rumor en el campamento sobre magia y seres antinaturales salidas de la boca del viejo Glaumak, a quien despedí hace tiempo por extender el miedo entre la tropa.
Cuando haya sopesado la situación, cuando haya decidido si nos quedaremos en los fortines o nos retiraremos hacia el sur, volveré a enviar otro correo donde espero poder dar más detalles de nuestro nuevo enemigo.
Augusto Recio.
Comandante de la VI Legión en Germania.
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