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Inventario de intangibles


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Me meti un tiro frente al espejo


Me metí un tiro frente al espejo, una nube blanca que me cegó con una ráfaga de cristales, salté por la ventana y las aceras recibieron sin entusiasmo los fragmentos de este contenedor de recuerdos que estaban pidiendo un Apocalipsis a gritos. Las tinieblas cubrieron rápidamente mis huesos, se adueñaron de la poca voluntad que me quedaba, y sonreí estúpidamente al internarme en los callejones donde todos los cuchillos llevaban escrito mi nombre. Desde los escaparates me miraban con indiferencia una pléyade de maniquíes de curvas pronunciadas, provocándome a rasgar sus ropas de temporada y derramarme entre sus piernas de plástico. Puede ser que otra noche cediera a la tentación de los ladrillos y me encerrara en mi refugio con una de estas meretrices silenciosas, para invocar a la locura y ahuyentar a los fantasmas que aún insisten en fijarse a mis paredes desconchadas. Pero en esta era poderosa la llamada de la carne y ya no tenía razones para ignorarla, o las había olvidado en el mismo momento en que había aspirado aquel rabo de nube. No quería testigos incómodos, así que evite los tugurios del puerto, donde la cicatriz que me atraviesa la siniestra, el infierno de mis ojos ambarinos y la facilidad con que mi navaja salía del bolsillo eran bien conocidas. Entorno a los antros del centro había una legión de jóvenes intentando aparentar los años y la crueldad que les faltaban para convertirse en alguien de mi especie, y se entretenían golpeando a los mendigos que dormían en los cajeros, acorralando en los portales a sus compañeras de clase y entregando al fuego a los contenedores de basura sobre el asfalto. Ninguno de ellos me mantuvo la mirada, porque el respeto camina las noches de la mano del miedo, y desde lejos se veía que ellos tenían algo que perder y que yo ya lo había perdido todo. O casi, porque todavía oscuros deseos se movían por mis venas, pidiendo ser satisfechos. Un neón intermitente me mordisqueo las pupilas y un ejército de hormigas se movió en mis testículos, era una señal tan buena como cualquier otra, así que empujé a un par de borrachos que dudaban ante la puerta y me interné en el local. Avance hacia la barra bajo una luz mortecina bajo la que se movían un puñado de cuerpos sobreexcitados por la ingestión masiva de diversos alcoholes y estupefacientes, y para no desentonar pedí un whiski doble y dibujé una raya de nieve sobre la misma barra, y ambos desaparecieron con la velocidad del orgasmo de un eyaculador precoz. Una de las jóvenes que se contorsionaban en la pista se apercibió de mi maniobra y dejó de escuchar la música. En el poco tiempo que tardo en decidirse yo ya tenía otro whiski doble y otra nube sobre el mostrador, se acerco a mí, cogió el billete enroscado que blandía mi mano y se metió un tiro con ánimo de suicida. Después se largo un trago largo de escocés y me hizo la respiración artificial sin mediar ni una sola palabra. No eran necesarias, su lengua tenía su propio idioma, y con el fabricaba un montón de promesas mientras recogía las mías. No era una chica guapa, ni tampoco fea, ni me importaba que tuviese los pechos duros como duraznos o el aliento afrodisíaco. Solo que me siguiese sin hacer preguntas, alentada con la esperanza de volar los abismos que le esperaban en mi guarida. El trayecto se me hizo eterno, y parecía que íbamos a aprovechar todos los portales para simultanear polvo de estrellas, manos y lenguas cada vez más ligeras, y tragos de la botella había aparecido, por arte de magia, bajo mi abrigo. A nuestro alrededor, un ejército de bastardos seguía golpeando mendigos, acorralando a sus compañeras y quemando contenedores, pero poco a poco se fueron desvaneciendo, como un decorado inútil. En mi guarida me metí el último tiro frente al espejo, y el lavabo empezó a teñirse de sangre. Sobre la cama una muñeca rota dibujaba una sonrisa estúpida: eran los restos de mi cacería.

 

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Coleópteros moribundos


Anoche finalicé la jornada con una nueva reedición de afectos detenidos, verdes si, infinitamente verdes, caminando las sombras con una nube que lleva cubriendo huecos conmigo demasiado tiempo. Otra vea más no puedo sustraerme al influjo de su belleza, con el recuerdo de haber acariciado su carne tostada por los ecos solares, cuando todavía creía en la sonrisa de sus ojos, en sus silencios salinos, en la posibilidad de compartir algo más que un otoño que se me antojará triste hasta el fin de los días.

Cuando desapareció el mundo, nosotros buscamos nuestro lugar, para acallar los rugidos de nuestros estómagos sembrados tan solo por coleópteros moribundos. Ya no hay palabras que ofrezcan equívocos, ni caricias que inviten a una ternura de viejos amantes, ahora seguimos el juego de los rencores y cenamos como desconocidos, en el convencimiento que nos otorga saber que no volverán a explosionar nuestras huellas, ni ganas que tenemos de que suceda.

Evito el abrigo de los vinos, que embotan mi estima y piden a gritos un abrazo, y después de haber escuchado todos los lamentos de su ombligo la llevo a su casa, con el deseo de que desaparezca en el país de nunca jamás y le haga compañía a Wendy.

Todo el día trascurrió en ese baile de compromisos que resulta la familia, donde tengo obligación de hacerme presente una vez a la semana. No soy muy buena gente con los míos y siempre me resulta un equilibrio complicado, pero ha pesar de la diferencia siempre existe ese hilo invisible tan preciado en este laberinto en que se ha convertido mi vida, asustado de doblar cualquier esquina, como un Minotauro alérgico a la sangre, que no puede evitar seguir avanzando, imprimiendo una huella tras otra hasta el infinito.

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En cada silencio te pienso, y tu nombre otra vez me hace cosquillas en la garganta


Violentamente dulces

suceden los días

con el aliento incandescente

de tus sonrisas y de tus silencios

un inventario de momentos

fugaces como relámpagos

y sin embargo imprescindibles

para dibujar los sentires

más amables

de nuestra biografía compartida

que importancia tiene

el número de horas sumadas

cuando son tan preciosos

los rabos de nube

que atrapamos con las manos

jugando a germinar sueños

constelaciones de ternura

que edifican nuestro universo

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Simulacro de naufragio (XII): Aires del Apocalipsis

En la visita a la mansión, quizá gracias a los benéficos efectos del narcótico, volví a fabricar respuestas con todos los fragmentos del cometa bajo cuyo influjo continuábamos, de una u otra manera, y sumé todas las llamadas que no habían contestado, esa actitud de naufragas y de piratas, el veneno que destilaban, la manera de secretearse al oído, y esos abrazos de fraternidad en el jardín, con los ojos húmedos, respirando una atmósfera de tragedia.

Y no hubo sogas, ni látigos, ni sollozos, no hubo un sótano donde ahogar sus gritos y los nuestros, quizá porque se nos había acabado el guión y la batería de la cámara, así que volvimos a los coches, aunque uno de ellos hiciera el último intento y enterrara un neumático en una profunda grieta que se abría, como una herida, a la puerta de la casa.

Partimos de tres en tres, que matemáticas de mierda, hacia la penúltima parada de nuestro recorrido, para regar las arenas que teníamos en la garganta, y cuando llegamos allí la temperatura se había incrementado en diez o doce grados, tal vez porque se estaba aproximando la llegada de los cuatro jinetes, y ya sentía su aliento devastador. Cabe la posibilidad que esos aires del Apocalipsis influyeran para que nos fuera imposible franquear la puerta del mesón donde teníamos previsto aplacar nuestra sed, y que para incrementar el desastre el carruaje de Roi se negara a arrancar.

Otra vez fuimos tres, los que quedamos esperando la grúa, y tres, los que partieron hacia la ciudad. Vann y Luna se alejaron en el coche de Gato, que llevaba una sonrisa más grande que la de un niño en la noche de reyes, después de una despedida más breve que el cuento del dinosaurio.

Algunos nos alegramos de perderlas de vista, no todos, e incluso a mi no me importaba que fuese para siempre, que se las tragase la tierra y volvieran para no regresar al infierno de donde habían venido.

Esperamos el rescate entre preocupados y aliviados, haciendo apuestas sobre el futuro que ya estaba a la vuelta de la esquina.

Para incrementar mi deseo de que se acercase el fin del mundo, en el taxi que nos llevo a nuestros cuarteles de invierno ¿ya sé había terminado el verano? Tuvimos que soportar la retransmisión de la batalla entre realistas españoles y republicanos italianos. Otra vez aposté por la derrota, que naturaleza la mía la de nadar contracorriente. Quizás pasaron más cosas en este último días, o quizá todo esto no ocurrió realmente así, y tenga ganas de dramatizar, o de seguir coleccionando palabras sin sentido.



 

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Simulacro de naufragio (XI): Una visita breve al paraíso


Cuando llegamos al pequeño puente que los romanos habían ordenado construir sobre el río no había un centímetro de asombro en los ojos, ciertamente lindos, de las chicas, que debían estar acostumbradas a vivir en un anuncio de compresas y quizá por eso no les impresionaba este pedazo arrancado al paraíso, y los chicos no tenían otra belleza en la retina que la que emanaba el cuerpo de las replicantes.

Las aguas cristalinas entonaban cantos de sirena y despertaron viejos instintos, ritos arcanos a los que, cuando no te quedan más de dos días, es inútil resistirse, así que Gato y yo fuimos deshojándonos como árboles en otoño, y nos sumergimos en ellas. Abrazado por la gélida espuma se desvanecieron los fantasmas y los crímenes, la nostalgia, los ojos oceánicos y las curvas escandalosas, las legiones de zombis, la cuenta atrás, las mariposas y las telarañas, incluso se aligeró el saco de rencor que habita entre mis piernas, desaparecieron las canas que teñían mis sienes y dejé de sentirme como el último habitante del planeta.

Volví a bucear en el líquido amniótico, regresé al vientre materno y, por unos momentos, volví a sentir algo parecido a la felicidad. La realidad, esa hija de puta que no para de reírse de mis sueños, seguía esperándome en la orilla, para recordarme que seguían recortándose las horas que me acercaban a la decadencia, a la corrupción del cuerpo y del espíritu, a la derrota.

No recuerdo ni tan siquiera algún fragmento de la conversación dominical que sostenían aquellos que se habían atrincherado en sus ropas, solo que otra vez me refugie en mi fusil, y seguí disparando balas de fogueo, a falta de otra munición mejor, mientras en mi cabeza resonaban los estallidos de pasadas batallas, en las que siempre había perdido.

Cuando ya no quedaban palabras abandonamos el paraíso, con la misma tristeza que Adán y Eva, o sea, pensando que ya teníamos un pie en el lunes.

Emprendimos el regreso a la metrópolis, aunque antes decidimos hacer una breve visita a la mansión colonial que tienen levantaron cerca de allí los antepasados del Nota. Esta impresionante morada, colonizada de hiedras y madreselvas, todavía conserva el eco de algunas mujeres con las que compartimos sudores, sangre, lágrimas y semen, y que todavía se atrincheran algunas noches entre los pliegues de las sábanas, para emascular nuestros sueños.

Aquí nos relajamos un poco, quizá por la proximidad del epilogo, o quizás porque me decidí a liar uno de esos cigarrillos que nos hacen relajar las arrugas de la frente, y abren una pequeña ventana en el corazón, para que se airee y entre la luz.



 

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Una puerta abierta a un contenedor de recuerdos

Para Lillian Katherine Hardoy y Mar de Palabras ¿o viceversa?, que se empeñan en despertar mis sentidos


Cerré los ojos y aparecieron ante mí las montañas azules del Kebnnekaisen, un pedacito de piel de terciopelo que no había bañado la luz del sol, los dedos estilizados de Brad Meldhau dibujando coreografías imposibles en un tablero de teclas blancas y negras, unos labios que siempre tendrán quince años aproximándose temblorosos a los míos (más temblorosos si cabe), un cardúmen de peces plateados envolviéndome en las aguas gélidas del Atlántico, los lomos de los libros que acaricié y a los que todavía ronronean mimosos, la muleta del bisabuelo Enrique apoyada en el hórreo mientras él nos descubría la magia de las palabras, los acantilados de Budiño arañando mis dedos teñidos de polvo de estrellas, mi sexo descubriendo un territorio que nombre patria, el sol de medianoche más allá del círculo polar, la mano de Eduardo Galeano estrechando la mía trasmitiéndome la ternura de los pueblos, las casas de Burano tiñendo los canales de arco iris,  la espuma del Verdugo afeitando el casco indestructible de mi piragua, un mar de banderas azules y negras gritando Nunca Máis, unas pupilas sonriéndome en las arenas ardientes de Baroña, la taza del caldo de mi abuela María, volver a nacer en una noche de difuntos, la humilde braña de Somiedo que nos cobijó en una travesía que ahora se antoja imposible, los primeros pasos de mi sobrino tambaleándose a mi encuentro, Mikael Åkerfeldt soñando con las cuerdas de su guitarra el cielo y el infierno… Abrí los ojos y todo estaba en tinieblas, había caído la noche o estaba muerto. Volví a cerrarlos y otra vez en el cielo empezaron a titilar los recuerdos.




 

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Simulacro de naufragio (X): Comida dominical y sobremesa


Vann  parecía guionizada por Adrian Tomie, y aún con pocas horas de sueño, con una resaca que debía ser considerable, y con el cambio de escenario, seguía empeñada en recordarme las canas que empezaban a poblar mis sienes y la poca actividad neuronal que había debajo de ellas.

No podía negarle lo evidente, que era viejo y estúpido, y que por eso íbamos a compartir mesa, pero también me alegré con no sentarme a su lado, para poder apreciar el sabor de los alimentos.

En cuanto trajeron la comida empezó a mejorar mi humor, que muchas veces tiene su origen en lo que me llevo a la boca. Que le vamos a hacer, soy un tipo de gustos sencillos, como los habitantes de las cavernas: bien comido, bien cagado y bien follado, hasta parezco un señor.

Entre bocado y bocado aún me permití soltar cuatro latigazos a las cajeras de supermercado, para devolverles algunos de los que me habían soltado en la víspera, mientras mis amigos fingían una normalidad que, a todas luces, no existía. Aún disfruté de los entrantes, de los primeros platos y de los segundos, del postre, el café y los chupitos.

No lograron perturbar mi comunión con sus lenguas venenosas, gracias en parte a Gato, que no tenía que hacer esfuerzos para mostrarse encantador y que mandaba miradas cargadas de fuego a la rubia, despreciando el peligro que llevaba.

Al salir del restaurante volvieron las incertidumbres, y mi cuerpo lo único que me pedía era una siesta de pijama y bacinilla, como las de los antiguos, y otra vez Gato tomó las riendas y propuso un paseo a orillas del río, para que nos diera un poco el fresco. Así partimos hacia el interior, buscando un lugar apartado, lejos de los arenales en los que, seguramente, estarían ya los zombis que habían abandonado la ciudad.

Otra vez las matemáticas seguían resultando curiosas, en un coche fueron dos y dos, que seguían siendo cuatro, y en el otro fuimos dos, que seguíamos sobrando. Nos dio tiempo de hacer la digestión por el camino, y también de marear a las muchachas que cuando llegamos a nuestro destino parecía que tuvieran una estaca clavada en el estómago.

Mi buen humor iba en aumento viendo a Vann al borde del vómito, y cuando nos adentramos en el bosque de ribera se me caían las risas, viendo como esquivaban las cagadas de las vacas para no dejar enterradas las sandalias. Era una situación bonita y se me disparaba la cámara con las mismas ganas que un rifle de asalto AK-47.



 

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Simulacro de naufragio (IX): Las grandes cuestiones de la existencia


Podría haber saltado por la ventana en lugar de utilizar el ascensor, y las chicas que esperaban en mi portal hubieran reaccionado igual, seguían enfadadas con el mundo y yo seguía teniendo la culpa, sin embargo Roi ya había sumado puntos y debía de pensar lo más evidente: que aunque estuvieran trastornadas seguían estando más que buenas, y que merecía la pena aguantar un poco más si la recompensa era un pedazo de carne tierna.

El Nota volvió a completar el quinteto a regañadientes, porque no tenía costumbre de abandonar su cueva en las jornadas dominicales, quizá preguntándose como yo las grandes cuestiones de la existencia ¿Quiénes somos? ¿De donde venimos? ¿Adonde vamos?. Yo todavía tenía más preguntas, y ya estaba fabricando respuestas, gracias al líquido negro que, mezclado con fragmentos de pesadillas, navegaba por mis venas.

La canícula que nos estaba azotando con la saña de un tribunal islámico no era propicia para tomar decisiones, y como no me gusta darles espectáculos gratuitos a los vecinos tuve que escuchar al órgano más despierto de todo el grupo: mi estómago.

En esos momentos contados de mi biografía en los que me siento feliz se despierta en mí un hambre de lobo, y cuando me siento desgraciado, al borde del abismo o del naufragio, también tengo unas ganas locas de llenarme el vientre con algo más contundente que las mariposas.

Cuando no estoy en ninguna de estas situaciones, como en esta ocasión, también tengo un hambre de la hostia, así que dirigí todas mis energías a pensar en un comedero para poder cerrarles la boca a las niñas, que también se habían levantado repugnantes, y de paso recuperar energías.

Después de barajar distintas alternativas salimos hacia el puerto, en cuyas proximidades se encuentra uno de esos contados sitios de confianza, donde te dan bien de comer sin desplumarte, porque tampoco era la ocasión como para impresionar a nadie, ni tampoco lo merecían.

Por el camino efectué una llamada de urgencia, y sumé a Gato a nuestra expedición, que se mostró encantado con la posibilidad de tener presencia femenina en la comida. Ya no había lugar para las matemáticas, y bien que agradecía la presencia de un diplomático, que venía armado con toda la paciencia del mundo para atender los agravios de las forasteras, con lo que el almuerzo sería, por lo menos, un poco más tranquilo que nuestra noche.

O por lo menos en eso confiaba yo.



 

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