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Inventario de intangibles


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El peso de las palabras


Que pesan más, las palabras o los gestos?

Tiene más importancia

nombrar la ternura

o hacer un inventario de caricias

en tu espalda?

Un millón de versos tendidos al viento

o sorprender a los transeúntes

con nuestras manos y alientos

confundidos?

 

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Las tres palabras más extrañas

“Cuando pronuncio la palabra futuro

la primera sílaba permanece ya al pasado.

Cuando pronuncio la palabra silencio

la destruyo.

Cuando pronuncio la palabra nada

Creo algo que no cabe en ninguna existencia.”



Wistawa Szymborska






Para llegar hasta ti me transforme en luciérnaga en rayo, lamiendo furioso el asfalto en un vehículo robado, con las mismas ganas de hace veinte años, con la misma inocencia, alejándome de los ecos de las percusiones y los vientos del teatro, y fui tejiendo caricias por el camino, para construir una crisálida donde el mundo no nos alcanzara.

Y mientras devoraba los accidentes orográficos que nos separaban coqueteando con las curvas de nivel, evocaba las horas pretéritas en las que finalmente nos llevo a cambiar el final de la historia, o quizás a aplazarlo, a detener los pasos por ese corredor de la muerte donde nos hallamos, muerte dulce, pero muerte al fin y al cabo. Efímero y bello como un relámpago, así cada uno de nuestros encuentros furtivos, encerrados entre cuatro paredes, tensando hasta el infinito los músculos, haciendo sonar los huesos como campanas, acelerando por todos los conductos emocionales la sangre.

Otra vez me asombraste, en esa sucesión de asombros a los que me sometes, especialmente en este día en el que parecía se habían terminado todos los caminos, y tu mensaje no podía tener otra contestación que la aniquilación total de la poca voluntad que me queda. Y quise ser yo, esta vez, el adelantado, por eso renuncie a mi religión verdadera y te hice mi patria con unas horas de antelación. Pero ni así logro extirparme la sorpresa, porque todo lo controlas desde las estrellas que te cobijan, que te alimentan y dan a tu carne una condición etérea.

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La certeza del hombre invisible

 


Otra vez la maldita resaca, recordándome los momentos más estúpidos de mi vida, cebándose con las partes más débiles de mi cuerpo, o sea: con todas. Me duele todo el cuerpo, si, pero lo que más me duele es el orgullo. Y me preparo un desayuno de penitencias con la intención de abandonar el mundo, de entregarme a la soledad, al silencio, a la nada.


Me esfuerzo por abandonar la cama que, lejos de ofrecerme descanso, se me antoja un potro de tortura donde me han acosado los fantasmas, hasta arrinconarme en un callejón sin salida. Soy una crisálida de telarañas, y ni tan siquiera una ducha prolongada consigue arrancármelas, ni mejorar mi gesto de cucaracha.


Me pesa el estómago, con esa digestión espesa de mariposas muertas, y me voy a tomar un café a la plaza elíptica y a comprar el periódico para entretenerme con las desgracias ajenas de este planeta donde el dolor es el soberano absoluto. El cielo está plomizo, pese a la atmósfera irrespirable que me persigue por las calles.


Mientras saboreo el gusto agrio de los papeles y leo entre las líneas del café, se dispara el satélite y el corazón se me cae al suelo, como una servilleta usada. Pero no es la dueña de mis sueños, que me sigue ignorando, la que quiere comunicar conmigo en esta mañana de domingo, sino una vieja amiga que me llama desde los arenales para que me reúna con ella a compartir una tarde de playa. No tengo ningún ánimo para decir que si, pero no tengo voluntad para decir que no, así que dejo de esperar en esta estación muerta, y me voy a entregar a la pereza.


 

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Esperando el milagro


Desemboco en la semana de vacaciones con las mismas ganas de los últimos días, pero el teléfono no suena, y pierdo el apetito, el sueño y la paciencia. Me entrego a una tarde de vigilia, idiotizado delante de un televisor que escupe millones de imágenes absurdas por docenas de canales, con la retina insensible a cualquier sugestión y los oídos tupidos a los cantos de cualquier sirena que no sea la que permanece muda.

Dormito a ratos, como un soldado enterrado en su trinchera, esperando una explosión o una orden de ataque o de retirada. Fumo todos los cigarrillos que están a mi alcance, y los combino con narcóticos que no impiden que cada dos minutos mire la pantalla del móvil esperando un milagro que no tiene intención de suceder.

Otra vez sufriendo la espera, en vez de salir al mundo a buscar los sucesos. Pero no tengo el coraje, las fuerzas necesarias, y me abandono a la melancolía, coleccionando lágrimas que circulan por mis venas, pudriéndose lentamente como estas horas que me aplastan en el sofá, como una insignificante mota de polvo. Empiezo a perder toda esperanza, y me abandona la estima, y reniego de mi cuerpo, que se resiste débilmente a saltar por la ventana y acabar con esta sucesión de nada.

Consciente de mi estupidez me arrastro al asfalto cuando lo cubren las sombras, como a mí. Me aferro a cualquier cosa que flote en medio de este naufragio, aunque sean los mismos amigos que siempre ofrecen sus manos para que el precipicio no me seduzca. Y lo que me seducen son sus palabras, y las cervezas tostadas que desencadenan las mías, vomitando una maldición que cada vez comparte más gente, como cómplices de mi locura.





 

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El crepúsculo se derrumba como recuerdo en el abismo


Agazapado en las sombras, sintiéndome tiniebla, avancé por el callejón enfrentándome a mis propios fantasmas, dispuesto a hacerlos callar, al menos por esta noche. Mi mirada se cruzó con la de un felino ceniciento al que le faltaba la mitad de una pata, y al verme lanzó destellos esmeraldas, abandono su botín de vísceras, y saltó huyendo como si le hubiera crecido el miembro seccionado. En mi cabeza todavía sonaba la melodía que el acordeonista rumano había destrozado, la misma que sonaba en aquella terraza de la plaza mayor el día en que se cruzaron nuestros destinos. Ahora lo tenía tan solo a unos pasos, con el acordeón al hombro y el tintineo de las monedas en su bolsillo, buscando un sitio donde pasar la noche al abrigo de las bandas de patriotas empecinadas en limpiar las calles de menesterosos. También yo necesitaba un refugio que me cobijara del recuerdo de tus caricias inflamadas y de la sonrisa de tus ojos, y hasta esta noche me había creído seguro en mi trinchera de whiski barato y cigarrillos de marihuana. Hasta que el maldito músico callejero se atrevió a rescatarte del infierno al que te había arrojado y me devolvió a aquella terraza donde comenzó todo. Le pagué para que dejara de tocar, pero no me entendió, quizás porque solo obedecía las instrucciones del diablo, y siguió alborotando entre las mesas, jaleado por una pléyade de desgraciados a los que les divertía ver como iba llenando el suelo de lágrimas. Ahora llevo un cuchillo en la mano, el mismo que tantas veces estuvo a punto de cercenar mis venas, dispuesto a hacerle pagar su osadía, con el propósito firme de hurgar en su garganta y reventar las tripas de su acordeón. Son muchos los años atrapado en este naufragio, entregado a ahogar tu recuerdo, para que ahora esta estúpida canción, nuestra canción, me devuelva al génesis, a las horas interminables en las que solo sabía aullar tu nombre a las paredes que habían albergado nuestros sueños. Tropecé con un cubo de basura y este eyaculo un montón de desperdicios. El rumano se volteo y encontró el filo del cuchillo señalándolo, una rata abandono el escenario para que no hubiera testigos. Por estupidez o por malicia el hombre que estaba a punto de sucumbir con mis fantasmas sonrió, iluminando el callejón con un diente de oro. Echó las manos al acordeón y volvió a insistir con la melodía que lo había sentenciado. El cuchillo saltó de mis manos, me venció el peso de mi cuerpo y caí de rodillas, tiñendo los adoquines con las lágrimas que me habían sobrado de la taberna. Así nos encontraron los patriotas, que aullaron excitados: ¡un maricón y un gitano, dos al precio de uno!. Por fin la música cesó, y tu sonrisa se fue difuminando mientras caía sobre nosotros el Apocalipsis.

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Entre dos demonios


Todas las sensaciones de las últimas horas, las físicas y las psíquicas, combinadas como un combustible que no deja abrazar la opción más inteligente, la de descansar el cuerpo y la mente, o sea, cenar ligerito, fumar un canuto, no muy cargado, y meterse temprano en cama, a soñar con una nueva edición de las amistades peligrosas.

Encuentro mi morada sumida en el silencio, y ceno cualquier cosa, como si me hubiese equivocado de habitación, cambiando compulsivamente de canal de televisión. Debe continuar el programa de natalidad del gobierno, porque solo ponen estupideces, y si están en pareja más de media hora frente a la pantalla seguro que se te ocurre una alternativa mejor.

La pereza se hace fuerte y me tomo el café templado, se me caen los ojos al suelo y no tengo fuerzas para recogerlos.

No sé por que insólita razón accedí a la propuesta de la Negra para ir al concierto, cuando tengo medianamente claro que solo me utiliza porque no tiene con quien ir, pero no olvido lo mucho que la quise, que me hizo volar y llorar, y que es su cumpleaños y no voy a ir a su fiesta.

Menos mal que algo de razón aún me queda, y me busco un escudero para que la princesa no me arrolle, como es su costumbre. Aunque mi cuerpo es débil, cansado y enfermo, está blindado con una aleación invisible: estoy teñido de abrazos.

Cuando la recojo constato la diferencia entre una niña y una mujer, y se me van a la mierda todas las tendencias pederastas que todavía pudiera conservar.

Aún pasando todos los años de su vida, aunque entrenara, aunque estudiara y se lo propusiese en serio, nunca llegaría a la estupenda madurez sexual de la mujer con la que tuve la fortuna de disfrutar la noche anterior.

No sé adonde voy, pero sé a donde no quiero volver. Por eso, para ver si aprende algo, para ver si crece y le da una alegría al próximo que atropelle, le regalo una pequeña historia, aunque sin mucha esperanza de que reflexione sobre su manera de moverse por el mundo, creyendo que el mundo se mueve por ella.

Procuro no dejar nada al azar, que tampoco tengo reflejos para esquivar un eventual ataque, y hasta la música que suena tiene un aire frío y siniestro. Recorremos infinitos laberintos para llegar al castillo del Nota, mientras la niña bromea sobre los huertos, sabiendo de antemano que nunca más vamos a retozar en su hierba, por muy fresca que sea, e intenta ponerme al día de sus increíbles momentos, tan importantes para la comunidad científica y para la humanidad.

Casi me dan ganas de ilustrarla con algo de lo que me está pasando, pero no creo que albergue capacidad para procesarlo, así que la dejo hablar, improvisando sonrisas y silencios, como un bono especial para mi retiro en el paraíso.

 

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Pretipitación de dinosaurios


Por fin se acabó la jornada de básculas y buques, de contenedores y de diques, de albaranes rebeldes, de tractoras ausentes, de operarios que hurgan en las bodegas o en las cámaras.

Por fin puedo pensarte sin más interrupciones que las derivadas de la actividad de los compresores, e intentar repasar los últimos días, en que tu ausencia lo cubre todo, como un manto de nieve sobre una montaña.

Ayer me levanté con todas las telarañas del mundo en los ojos, y te eché de menos a mi lado. Se supone que lo normal es esto, despertarme solo, pero no voy a acostumbrarme. Todavía tengo señales tuyas en mi cuerpo, algunas bastante evidentes, sobretodo por las mañanas, y otras diminutas, casi invisibles, como el rastro de tus besos.

Me costó arrastrarme hacia la ducha, con los huesos triturados por los muchos excesos cometidos, y tú seguías ahí, como los dinosaurios del cuento de Monterroso, y tus escamas de sirena se negaban a precipitarse hacia el desagüe, a pesar de que pasara una eternidad bajo una cortina de agua caliente.

Me precipité al asfalto con las mismas ganas de arrojarme a las vías del tren, y me dolían todos los pasos, como si desde tu último beso hubiera envejecido cien años. Movía hacia un lado y hacia otro la cabeza, queriendo sacudirme las caricias que habías dejado ancladas a mi pelo, pero había anzuelos de cariño que volvían imposible la tarea.

Por el camino apareciste, en forma de reproche, y me sentí culpable por haber empezado a quererte un poquito.

Maldecí, una y otra vez, no haberte conocido hace dos días y que tuviéramos una oportunidad para inventarnos.



 

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La maldición de los iguales


Lucifer me esperaba agazapado entre las flores, en un campo que había sido fértil y alimentado a muchas generaciones, y que ahora la primavera había colonizado con millones de margaritas, cuyos pétalos eran arrancados con violencia para dar siempre la misma respuesta.

Tenía el diablo la piel ambarina y los dientes nacarados, dos esmeraldas que brillaban más aún entre la hierba barnizada de rocío, y una melena azabache que se derramaba sobre unos pechos turgentes, que amenazaban con reventar las costuras de una camiseta con la efigie de un guerrillero.

Había adquirido esta apariencia para que yo corriera entre los olivos, sudoroso y excitado, gritando un nombre de mujer, ajeno al peso de mi espalda, a los mandamientos de los caciques, al ruido de mis botas arruinando las margaritas, a las maldiciones de mi madre y a las protestas de los grillos, que se encolerizaban cuando por fin conseguía derribar a aquel demonio de piernas esbeltas y sedosas, con la intención de enterrar mi lujuria entre ellas.

Poco me importaban las profecías que viajaban con las libélulas, mientras bebía de sus labios el centenar de silencios que formaban nuestro lenguaje particular, insólito e indescifrable para los profanos, solo semejante a los círculos concéntricos que formaban las piedras que arrojábamos desde el puente de los tres ojos.

Ni las miradas inquisitivas de las nubes lenticulares, cortadas en rebanadas por la montaña para proclamar mi condenación, mi descenso definitivo a los  infiernos, y expandir la noticia hasta todos los pueblos del valle.

Las espinas ancladas en mi garganta, que fabricaban las palabras aprendidas en la iglesia y en la escuela las transformaba esa criatura satánica, que aparentaba más o menos mis años, cuando aún no estaba en edad de ir a la guerra, en un néctar dulce con su lengua golosa, inquieta, absolutamente rebelde, y me llegaban al estómago con un revuelo de coleópteros.

Yacía sintiendo como penetraba poderosamente su veneno en mis venas, mientras envejecía confundiendo mis huesos, mi carne y mi sangre con la suya, formando una sola criatura que desde el cielo se podía confundir con un octópodo que se agitaba llamando al Apocalipsis.

Y cuando este ocurría y se consumaba el crimen, aún me restaban fuerzas para susurrar al viento mi pecado, y mi intención de reeditarlo todos y cada uno de los días que me restaran hasta que nos cercaran las leyes de los justos y se llevaran lejos a mi gemela.



 

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