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Inventario de intangibles


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Cuando las gasolineras sean ruinas románticas

 


 



 


Cuando dejen de rodar


los automóviles,


y el asfalto sea una lengua muerta,


invadida de caléndulas y caracoles,


cuando las gasolineras


tengan los vientres hinchados


por la nostalgia,


extinguidos para siempre


los fósiles de los dinosaurios,


cuando nos visite


disfrazado de cambio climático,


de lluvia de meteoritos,


guerra termonuclear


o suicidio del capitalismo,


el Apocalipsis,


todavía resonará el eco


de los besos que germinaron


estos días


y el recuerdo de las ternuras


que compartimos nos dibujará


una penúltima sonrisa en los ojos


 

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Escaleras al cielo


La de ayer fue otra de esas noches que hacen que merezca la pena este trabajo, para compensar las nóminas ridículas, de hombre menguante. Mi pecera inundada de revistas musicales, de comics de política ficción, de libros testimoniales, de montañas fotografiadas, de músicas cálidas o desgarradas, de crónicas urgentes. Desafiando las normas elementales, las reglas del buen rondador nocturno.


Soy un mutante y me entrego a mis obsesiones, desmigando la memoria hasta que las horas se agotan, con una paciencia de hormiga, aún a sabiendas de lo estéril de mi gesto. Poquito a poco voy recuperando mi verdadera  naturaleza, y conforme vuelvo a caminar los senderos de libertad vuelvo a recuperar la pasión por las palabras.


Ya no me duele la soledad, y cada vez me sobra más gente. Estas noches de obligado insomne renace el nictálope que llevo dentro. Me reconcilio con la luna, con las estrellas que asoman dando pequeños bocados a las nubes, y sobretodo con mi piel. Ya no quiero arrancármela, ni enterrarla bajo la arena ardiente del desierto. Estoy a gusto dentro de ella, aunque haya tenido que volver a matar para ello. Si, hasta la sombra del asesino me sonríe, y yo le devuelvo el gesto. Me importa bien poco el vértigo de los últimos días del mes, acosado por las facturas, sabiendo estas noches fértiles.


Cuando el agujero está a punto de tragarme salto otra vez a la superficie, como en un juego de espejos. Estoy convencido que cualquier otra opción, en la que como mucho ganaría trescientos euros más, acabaría con todos estos momentos de dedicación exclusiva a mis sueños.


Otra vez me voy a la cama con la satisfacción del trabajo bien hecho. Duermo, como en los días anteriores, como si tuviera la conciencia tranquila, como si debajo de mi cama no escondiese ningún cadáver. Mi habitación también es mi refugio, y aquí solo debo rendir cuentas a mi mismo: el único súbdito y el único príncipe de este pequeño reino.


Me despiertan, como siempre, las voces de otros habitantes de mi casa, y aún así poco importa, de no ser ellos hubieran sido los gritos del despertador los que me hubieran mordido las orejas. Salto a la ducha con los ojos llenos de telarañas, como el súper héroe de las mallas rojigualdas, aunque obviamente no tenga la misma agilidad, ni las mismas ganas de salvar este puto mundo. Cuando regreso a mi cuarto, el satélite me ha dejado dos mensajes. Los dos son la misma invitación, el mismo desafío, los dos están pidiendo un regreso que se ha demorado demasiado tiempo.


Tampoco se decir que no, y es que además tengo todas las ganas. También tengo miedo, si, pero sobretodo unas ganas inmensas de volver a dibujar escaleras al cielo.


 

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Te quiero con la larga sombra del desamor


 


“Saber amar es saber aceptar el adiós, entender la caducidad de las pasiones, como todos los instintos humanos tan pasajeros, caprichosos y deliciosamente sometidos a las leyes de la gravedad. Nadie se atreve a empezar una relación amorosa reconociendo que igual que comienza un día puede terminar. Con la misma irreductible pulsión. Y que los sentimientos entre dos personas no pueden ser sincrónicos a toda hora. Te querré siempre no puede convertirse en una sentencia de muerte. Yo no te quiero así, tendría que ser la frase de un buen amante. Yo te quiero con la larga sombra del desamor que apunta allá, detrás de la pasión, la convivencia y la complicidad.”


“Yo no te quiero así”, DAVID TRUEBA.


 


Es inútil resistirse a los naufragios, empeñarse en mantener a flote algo que está condenado a hundirse, y esa resistencia solo puede aumentar la magnitud de nuestros daños, profundizar nuestras heridas, conseguir que su cicatrización se ralentice. Nacemos con una fecha de caducidad, y las relaciones humanas también, los amores eternos solo existen en las películas y en las novelas románticas, y es mejor que cuando comencemos una relación lo hagamos asumiendo que esta tiene un final.


Intentar negar estas circunstancias nos conduce irreversiblemente a ese reparto de papeles en los que tendemos a sentirnos víctimas o verdugos, y en los que afloran los rencores y los reproches. Por eso llegados a este punto me parece tan sano llamar al cuerpo de zapadores, y ponerlos a excavar trincheras y dinamitar puentes para que el otro, ahora convertido en enemigo, pueda atacar la línea de flotación de nuestro bote salvavidas.


No oculto lo doloroso que me resulto tomar este tipo de decisiones hace años, cuando aquello en lo que había invertido la última década empezaba a mostrar un balance de perdidas insostenible, pero sé que si no hubiese sacado a pasear al Ángel Exterminador de la manera en la que lo hice, sin valorar demasiado las heridas que iba a infligir a mi pareja, no podría haberme desconectado, y me habría hundido con ella. 


Solo me arrepiento de haberme refugiado en mis silencios, de no haber echado fuera todos esos venenos que se fueron diluyendo en mis venas, y que lastraron los abismos que le siguieron, hasta el punto de reproducir ese fracaso, aunque en otra escala, una y otra vez, como si de una maldición bíblica se tratase.


Todo tiene un comienzo y también un final, y reconocerlo nos ayuda a que los traumas no se magnifiquen, a que no causen heridas irreparables, a que podamos recordar con ternura a aquellos que quisimos y que nos quisieron y que, por una serie de motivos, dejamos  de querer o dejaron de querernos.


No hay más que esto. Aceptar el adiós.


 

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Entrenando para ser un verdadero hijo de puta


 


“Estoy completamente convencido de que si nuestras respectivas madres, en lugar de educarnos como ciudadanos modélicos, hacernos tomar la primera comunión vestidos de marineritos, impedir que violásemos a nuestra prima Mari Carmen (que estaba por la labor) y obligarnos a devolver aquella cartera llena de billetes que encontrábamos en la escalera y que era del vecino del quinto, nos hubieran educado en la convicción de que esta sociedad nuestra es una pura porquería donde sólo los muy canallas ríen todos los días, el mundo funcionaría mucho mejor. En lugar de haber tanta gente buena de la que se aprovecha la gente mala, seríamos todos unos verdaderos hijos de puta, unos asesinos amorales capaces de comernos el hígado de nuestra propia madre.”

ANTONIO SEGURA

 

Con el corazón acorazado por el más duro metal me voy otra vez a la guerra. La Negra viene a buscarme en ese tanque destartalado en el que vivimos nuestras primeras horas de pasión, cuando todo era posible, y todavía no había asombrado lo feo, haciéndose irreversible. Han pasado muchas cosas desde entonces y yo ya no soy el mismo, ni me gustaría volver a serlo. He crecido tanto que solo quiero acariciar montañas, y ya no quiero perseguir nubes o dormir bajo las estrellas.

Por eso me vuelvo cínico, e invento subterfugios a mi silencio de los últimos meses. Ahora me tiene que apetecer el juego, y tengo que ser yo el que ponga las reglas y diga donde y cuando, para que no recoja despistado la tormenta. Así que decido yo donde comemos, en el mismo lugar donde hace una semana comía con otra persona, inventando otra clase de excusas, manteniendo otro tipo de distancias. Me estoy volviendo arisco, como un gato rencoroso.

Aquí me siento en territorio aliado, y las croquetas, los pimientos, el pulpo y las navajas me saben cercano, como si hubiesen salido de mi cocina. Es cierto que a la entrada volvimos a abrazarnos, pero ya no es como antes, y ahora no pongo pasión en el gesto, y lo detengo en cuanto ella hace uno de sus comentarios inconvenientes.

Mientras comemos exagero mis vacaciones, los prados eran más verdes, las montañas más altas, los amigos más amables. Conozco perfectamente lo que ha hecho ella estos días, pero no dejo que me lo cuente hasta que esté convencida de que mis días han sido maravillosos. Después la dejo que se queje de su experiencia en el Gerês, sin nadie que asistiera sus suspiros. Atrapada entre parejas cerradas, sin cómplices. Todo lo contrario a lo que me toco vivir a mí, o por lo menos es lo que intento que crea.

También hablamos de relaciones personales y también aquí la castigo quitando importancia a todas las relaciones que he tenido después de ella, realmente para que piense lo contrario. Si ella estuviera bien no estaría comiendo conmigo, por eso aprovecho para hacer leña del árbol caído. Todo su despliegue de caricias, abrazos y besitos durante la comida es parte de su teatro, y mientras me agasaja pienso como he podido estar enamorado de una comediante de este tipo.

Sé que viene preparada para la playa, pero a mi no me da la gana, y ahora ya no es ella la que manda, así que nos vamos a pasear a Monte Perdido, exactamente como hace una semana. Lo repito como un ritual, comer en el mismo bar, pasear el mismo monte, pero con distinta mujer, como si con esto pudiera vacunarme contra los sentimientos que a menudo mueven mis fronteras emocionales.

¿A que estamos jugando? Yo estoy entrenando para ser un verdadero hijo de puta, por eso al terminar el paseo enciendo el móvil y empiezo a organizar lo que queda del día, a pesar de que ella me propone alargar la velada. Aunque no es ningún angelito y ya tiene otra víctima para sortear la noche.

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Poniendo en orden mis fronteras


Vuelvo a descubrir el placer de despertar en mi cama con la mejor compañía que conozco: la mía. No quiero decir que me arrepienta de haberla compartido, de ninguna manera, pero también hay momentos para disfrutarla en soledad. Y este es uno de esos momentos.

Los ecos de la pasada noche resistiendo los ataques del saquito de rencor que yo mismo había germinado deliberadamente, todavía resuenan en mi retina, y no puedo reprimir una sonrisa: otra batalla ganada en esta guerra interminable para que no se reproduzcan las heridas del pasado.

No tengo intención de despreciar a nadie, ni de hacerle daño, pero sobretodo no tengo ni la más mínima intención de despreciarme a mi mismo, ni de hacerme daño, ni de dejar que me lo hagan. He vuelto con renovadas fuerzas, y he aireado mis ideas con el aire limpio de las cumbres. Ya no respondo a los instintos, y me pienso un poquito las cosas que me interesan, y también las cosas que no me interesan.

Por eso aunque mi amiga venga arrepentida por mostrar sus verdaderos sentimientos, yo no voy a camuflar los míos: no tengo ninguna intención en que formemos una pareja, ni tan siquiera de una manera ocasional o discontinua. Aún así es agradable su compañía y la invito a comer a la playa, para contarle mis aventuras en lejanas tierras, para hacerle saber de mis montañas y de esa atmósfera de cambios en la sociedad que me ha acogido.

No estoy seguro de que lo entienda todo, pero no estoy dispuesto a callarme nada, es todo tan real como la ausencia de caricias, que detengo con una habilidad que desconocía. Vuelve a estar todo en mis manos y devoro sus esperanzas con la misma gula que los manjares que el océano ha traído a nuestra mesa.

Todo me sabe a libertad, y para celebrarlo me llevo a la Zeta a recorrer el sendero mágico de los acantilados, esos pasitos de bosque atlántico, y nos conducen a esas escaleras que creíamos tan cerca del cielo, frente a las islas, solitarios refugios de aves acuáticas y pequeños roedores.

Nuestros pasos son amables, pero contenidos, como las pequeñas muestras de afecto que nos permitimos, pero no olvidamos nada, ni la noche anterior, ni los días de ausencia, ni todo lo que sucedió en los últimos meses.

Recorremos el rastro de otras huellas, que ya no podrán ser repetidas, de tantos compañeros y amantes que sembraron el camino.

 

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¿A dónde se van las cosas que desaparecen?


Siempre he sido un tipo ordenado, maniático me dicen algunas que me sufrieron, y en el pequeño refugio en el que habito necesito que impere ese orden que yo he establecido, en base a un inventario de disposiciones, algunas de prácticas y otra puramente estéticas. Mi espacio es limitado, las cuatro paredes de mi habitación, y las cosas que tengo que cobijar en él son muchas, sobretodo libros, y en menor medida discos, películas y fotografías. Esto requiere que cada hueco sea aprovechado de una manera racional, así que si dispongo un espacio para guardar el cargador del teléfono, pongo por caso, este tiene que ser siempre el mismo, para evitar ocupar otro espacio que no le pertenece o para no perder el tiempo en búsquedas innecesarias si lo necesito. Sin embargo a veces tengo una disfunción en mis reglas, un cortocircuito, y no devuelvo las cosas a su sitio. Voy a buscar el cargador a la sección de la estantería donde se amontonan los libros de novela negra y no lo encuentro. Saltan las alarmas. Busco por el resto de secciones, abro el cajón de los calcetines, vacío la mochila del trabajo, miro debajo de la cama ¡nada! Por mucho que busque y que rebusque ya sé que no voy a encontrar el maldito cargador. Otro día busco las gafas de sol, que acostumbran a pasar el invierno entre escritores chilenos (siempre dudo si Díaz Eterovich es más chileno que autor del género negro), y han desaparecido. Vuelvo a escrutar por toda la estantería, el escritorio y el armario. Me han durado más de cinco veranos, y este año parece que tendré que comprarme otras. Me preparo una infusión (un clásico: salgueiro con hojas de marihuana, mano de santo para mi espalda), y me siento delante del ordenador. Tecleo ¿A dónde se van las cosas que desaparecen?... Pienso que todas las cosas que he perdido a lo largo de los años tienen un destino común, que algún día abriré alguna puerta o algún cajón donde estén todos esperándome, aburridos de jugar al escondite. Quizás junto al cargador del móvil y a las gafas de sol encuentre…

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Los vasos comunicantes


Quizá lo más interesante de las conexiones invisibles de esta ciudad, lo que realmente da un valor incalculable a la teoría de los vasos comunicantes, es el intercambio de afectos, esa contaminación de simpatías que nos lleva de una persona a otra, no se sabe muy bien por que extraños mecanismos, y vayan cubriendo las zanjas que se abren en la cobertura emocional de cada uno. Una suma de casualidades y de causalidades son las que me han llevado a estrechar la amistad con A, a descubrir lo que hay bajo la superficie de alguien con el que, en un primer momento, poco parecía unirme, y que con el tiempo ha dejado de ser un simple compañero de conciertos y de conversaciones banales en la barra de La Iguana. A pesar de que ya estaba anocheciendo todavía no había pasado la mitad de la tarde (si, es cierto, acostumbro a dividir las horas del día conforme a mis jornadas laborales, aún estando de vacaciones), y agradecí que a este buen amigo se le ocurriera aprovechar las horas finales de la semana para ir al cine. Lo recogí en su casa, eso si después de esperar unos buenos diez minutos en la puerta, como siempre, y nos fuimos a uno de esos horribles centros comerciales, uno de esos pequeños barrios artificiales donde la gente pasea, mira escaparates y merienda protegido del agujero de la capa de ozono, y que yo solo frecuento por cinefilia. Como no teníamos ni idea de la cartelera ni de los horarios, nos decantamos por la primera que empezaba, una producción europea titulada “Transsiberian”, en la que trabajaban entre otros, Ben Kingsley, Woody Harrelson y Eduardo Noriega. Se trataba de un remarke de un triller clásico, con más presupuesto que glamour, y donde la trama era bastante predecible desde el primer momento. Una historia para pasar el rato, sin más, para desconectar un poco, y ciertamente es lo que más le hace falta a A en este momento. Después de la sesión de cine nos fuimos a tomar unas cervezas cerca de su casa, y estuvimos hablando de lo mismo que llevamos hablando estas últimas semanas, del amor, y del desamor, de la convivencia, de los celos, de los fracasos, del deseo y de la falta de deseo. En fin, de los temas universales, de lo que mueve a millones de seres humanos a lo largo y ancho del planeta, sin importar razas ni religiones, condiciones sociales o edades, en otro sistema de vasos comunicantes que, en ocasiones, solo en ocasiones, parece que mueve el mundo. Y es que también el mundo se adelgaza, se hace pequeño, diminuto, y los grandes titulares se escriben con noticias chiquitas.

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Por donde los secretos salen llenos de espuma


Debería limitarme a decir: Sucede.


Sucede y es suficiente.


Aunque encallados en tus ojos abisales


estalle un cardúmen de sonrisas o de reproches,


aunque fanáticos cocodrilos


asalten nuestros sueños


o intenten resumirlos,


aunque los transeúntes respondan


atónitos a las provocaciones salinas


y con fórmulas matemáticas


o con oraciones provoquen la utopía.


Sucede y es suficiente.


Para la encarnación de un infinito


de peces y de estrellas,


para un fundamento anegado de días


que siempre se nombran viernes,


con un presupuesto completo de sugerencias,


de formas y maneras amables.


Debería limitarme a decir: Sucede.


Sucede y es suficiente.

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