Portal de blogs literarios, comunidad literaria, y foro literario - Libro de Arena
Conoce a angelonero            0 libros en su biblioteca
     1 valoraciones      192 posts en su blog      Es lector de 0 grupos

Inventario de intangibles


Artículos publicados: 192
 - 6 -  7 -  8 -  9 -  10 - 

Solo quiero un descanso de piedras o de lana


La percepción de documentados peligros,


que acechan abisales desde los rostros o los mapas,


indiferentes avanzan empapados de frases y de años.


Tomo constancia y su análisis digiero,


con la boca llena de piedras y el estómago de fuego,


y acredito soluciones


y como un sombrío jinete las evito


para sumergirme adolescente


hedonista en voluntarias cavernas.


Y los instrumentos del amor descansan


en la lectura escondida de los cuerpos,


mientras las iguanas caminan las aceras,


los escaparates, la memoria.


Desfilando como en un sueño,


enumerando abismos, renuncias,


la eterna imposibilidad de decir: te quiero.

Denunciar

Estadísticas sobre el deseo


¿Cómo se dispara el deseo? ¿Puede tener un origen exclusivamente físico, con lo cual un aumento de determinadas hormonas podría encenderlo, o responde a emociones y sentimientos, como la intimidad, la complicidad, la seguridad, el compromiso…? ¿Por qué nunca he podido mantener ningún encuentro sexual con alguien con quien no hubiera previamente algún fragmento de ternura, de cariño, de simpatía o, porque no decirlo, de magia? Los científicos hablan de reacciones químicas, para recordarnos que, en definitiva, somos animales, obviando el hecho de que ninguna otra criatura del reino animal ha podido escribir la Divina Comedia o construir la Catedral de Compostela.

Estamos hechos de pensamientos y de sentimientos, y no respondemos solo a los instintos, tenemos recuerdos y proyectamos ideas sobre el futuro… el cerebro humano es el continente más incógnito, el más misterioso, y no reacciona solo ante estímulos visuales o táctiles, sino ante sueños, a imágenes que solo existen en su interior. Y los peores científicos son los aficionados, esos que te encuentras todos los días, compartiendo un café o en la entrada de un cine, y que siempre tienen seguras teorías acerca de temas tan subjetivos como el amor o el deseo.

Odio esas estadísticas pseudo-sociológicas sobre mayorías, en las que no me veo nunca reflejado, en las que se establecen los plazos para las emociones, y también para las pasiones. Si los europeos hacen el amor una media de 3,5 veces a la semana, ¿de que le vale al que esa semana ha guardado, como en mi caso, abstinencia? ¿El que ha tenido 6 copulas en este periodo, está obligado a hacerlo solo una vez en el siguiente, para no estropear la media? ¿Y ese 0,5 quiere decir que no hubo orgasmo? ¿O que lo hicieron en la mitad del tiempo establecido por una estadística anterior?.

En todo caso a mi nunca me han preguntado al respecto, y no tengo porque sentirme representado, y aún en el caso que lo hicieran no sabría que contestar dada mi irregular actividad sexual. Lo que si puedo asegurar es que odio las generalizaciones, siempre que alguien me dice, por ejemplo, que todas las mujeres son iguales pienso: este solo ha conocido a una, porque no hay nada más distinto a una mujer que otra mujer…

 

Denunciar

Salvado por Tabucci (II)


Ayer no me resistí y me compré un libro de Tabucchi que había leído hace años, el último número del Rock Zone y a punto estuve de llevarme también un compact de Brad Meldhau & Pat Metheny (por suerte me había dejado la visa en la habitación). Llevaba la cámara encima, así que aproveché para dar un paseo hasta San Roque, para hacer un inventario de los graffitis que hay por todo el trayecto. Otro de los proyectos estériles en los que me embarco: un catálogo privado del arte urbano que llena los muros de la ciudad. Disparo contra las paredes con el mismo entusiasmo con el que dispararía contra los transeúntes. Afortunadamente para ellos voy armado con una Ixus 80 y no con una AK 47, y tampoco encuentro muchos ciudadanos en este rincón olvidado, apenas media docena de jubilados en el interior de la finca de San Roque, en la que estoy por primera vez. Me parece un buen sitio para morir, o en su defecto para pasar la tarde tumbado en el tronco de un árbol, mordisqueando las páginas de un buen libro. Como no llevo ninguno encima me asaltan unas ganas repentinas de dejar de respirar, y le doy la espalda al parque para envolverme otra vez en el ambiente corrupto de las calles del centro, con sus trincheras abiertas y un tráfico endiablado que convierte a cada conductor en un enemigo. Persiste la melancolía, la niebla y el bochorno, y para no dejarme vencer y arrojarme al interior de alguna de esas trincheras o bajo las ruedas de cualquier coche, vuelvo a mi refugio. Me precipito a la ducha para disimular mis lágrimas, o para no constatar que también soy incapaz de llorar, o más exactamente que mi llanto es interior, que no me corren las lágrimas por las mejillas sino por las venas. La casa está en silencio, estoy solo y solicito compañía. Una corriente de brisa marina cruza mi habitación y me invita a tumbarme en la cama, enfrentado a esa librería que ocupa toda la pared y buena parte de mis recuerdos. En mi escritorio descansan una docena de libros sin empezar, y le echo la mano al primero, o sea, al último que compré. “Sostiene Pereira que le conoció un día de verano. Una magnífica jornada veraniega, soleada y aireada, y Lisboa resplandecía”. También yo comienzo a resplandecer con las palabras de Tabucchi y con el sol crepuscular que va entrando por mi ventana. La melancolía va cediendo, se va difuminando, como la niebla y el bochorno, y poco a poco me voy llenando de razones para ir a votar el domingo: “Tal vez pueda hacerse todo, basta con tener voluntad para ello”.

Denunciar

Salvado por Tabucchi (I)


Amanezco con la melancolía atrincherada entre mis piernas, con ganas de saltar por la ventana y fundirme con la niebla que lleva acechando esta ciudad atlántica los últimos días, no detecto ninguna molestia especial en mi cuerpo y sin embargo diagnostico una nómina interminable de dolores en mi alma. Ni tan siquiera tengo ánimos de meterme debajo de la ducha, para enviar las telarañas y los restos de los fantasmas que sobrevivieron a mi combate nocturno por el desagüe. Me visto la ropa de la víspera, que huele a abandono y a nostalgia, y me precipito a la calle, aunque finalmente utilizo las escaleras en vez de la ventana. Bajo el cielo ceniciento todos parecemos colillas, nadie diría que estamos en primavera pero tampoco nadie se atrevería a asegurar lo contrario. La metrópoli se me antoja invadida por un ejército temeroso de la invasión de los tártaros, como en la novela de Buzzati, con trincheras abiertas en todos los barrios. En el que vive mi familia no es una excepción, y me asombra encontrar una plaza de aparcamiento al borde de un enorme cráter, donde agoniza una muñeca manca y tuerta que se esfuerza por sonreírme. Hace unas semanas que no veo a mis padres y sobrinos, pero aún así se imponen los diálogos absurdos de un manga japonés, que llegan hasta la sobremesa. Yo tampoco hago demasiados esfuerzos por hacerme oír entre los combates de héroes y villanos, y me dejo atrapar por las imágenes, quizás porque también hace bastante tiempo que no estoy delante de una televisión. Para no contagiarles la tristeza que estoy incubando desde que desperté ¿o habrá germinado entre los sueños? me despido con la excusa de que tengo que llevar el coche al taller. Lo cierto es que tengo que revisar los frenos, y tengo que aprovechar que estamos a principios de mes para poder hacer frente a una eventual reparación. Me río en la cara de los que me hablan de la crisis: con mi sueldo llevo años en crisis, y no hay visos de que vaya a mejorar algún día. Casi me alegro de que el taller esté cerrado, aunque no sé si es debido a que la calle también está en obras o a algún daño colateral de esa crisis que está cerrando negocios por toda la ciudad. Por lo menos tengo suerte, otra vez, y puedo aparcar cerca de casa, en una zona todavía libre de parquímetros. La niebla se resiste a desaparecer, pero hace un cierto bochorno, no me apetece volver a mi refugio, todavía no, pero tampoco me apetece llamar a nadie y tengo que descartar los cafés, las librerías y las tiendas de discos (y sobretodo los cajeros automáticos).

Denunciar

Un secreto que ya no puedo ocultar


Existía alguna sospecha, y de alguna manera indicios vagos que, con el tiempo, se transformaron en murmullos, en sombras, e inevitablemente en acusaciones. Durante todos estos años escuche voces, y todas decían lo mismo, y mi máscara de ternura, de hombre bueno, de ciudadano concienciado y de trabajador responsable, se fue ajando, incapaz de seguir tapándome las vergüenzas. Y así, esta mañana, de un modo totalmente circunstancial, han emitido un diagnóstico que despeja todas las dudas, por si las hubiera, y confirma lo que no puedo ocultar por más tiempo: que no tengo corazón.

Fue en el transcurso de un análisis rutinario, uno de esos trámites necesarios para renovar la licencia de conducir, esa que me habilita para tomar el manto del sufrido motor diesel con el que devoro más bien pocos kilómetros de asfalto, los imprescindibles para ir de casa al trabajo y del trabajo a casa. Un control psicotécnico sin complicaciones, un trámite administrativo más bien, con la única intención de vaciar, aún más, mis bolsillos llenos de telarañas.

Un examen visual, quiero decir de mi capacidad visual, otro auditivo y un sencillo test de conducción, un juego casi pretecnológico que pretendía ser un simulador de conducción, que pitaba cada vez que pisaban la raya. Una ronda de preguntas en las que resultaba tan fácil mentir que se me antojaba inútil el hacerlo. Y finalmente una exploración bastante superficial para comprobar la tensión arterial y demás constantes vitales.

La enfermera que me realiza este control psicotécnico no llega los treinta años y es bastante agraciada. Bueno, se puede decir incluso que es hermosa, tiene los ojos entre el gris y el verde, una media melena trigueña, y bajo la bata se adivinan unas curvas turgentes, con lo que me paso la mitad de la prueba bromeando y dirigiendo alternativamente la mirada hacia sus ojos y hacia su prominente escote.

Mientras ella acerca el estetoscopio a mi pecho a mí se me caen los ojos al suyo, enfundados en un sujetador rojo, con flores negra bordadas y que transparenta un poco, y me quedo extasiado hasta que ella levanta sus ojos, que todavía no sé si son más grises o más verdes, y sin poder reprimir la sorpresa me dice:

-¿Perdona? ¿Estás seguro de haberte levantado bien esta mañana?.

No esperaba que me hiciese ningún comentario con respecto a mi salud, se suponía que era un control rutinario, lo indispensable para poder renovar el carné de conducir, así que me alarmo. La joven enfermera sigue buscando algo que no encuentra en mi pecho, y vuelve a espetarme:

-¿Estás seguro de tener corazón? No encuentro tus latidos. Dentro de tu pecho solo hay silencio.

Esbozo una sonrisa nerviosa y me disculpo, no es la primera mujer que me lo dice, aunque ninguna de ellas estaba habilitada, a menos profesionalmente, para emitir un dictamen tan certero. No me atrevo a pregúntale su titulación para no empeorar las cosas, y bromeó sobre los tópicos de los hombres descorazonados, pero veo que ella deja el estetoscopio y consulta un voluminoso manual para buscar una solución a esta situación insólita.

Por fortuna el código de circulación no indica, en ninguno de sus artículos la obligación de estar en posesión de un corazón para renovar la licencia. O más exactamente que el corazón, de ocupar su espacio, tenga que latir, como sería pertinente. Habla, eso si, de las limitaciones en cuanto a mecanismos artificiales que suplan su función, de los cuales yo carezco.

Un largo silencio, nos miramos a los ojos y vuelvo a bucear en sus ojos, definitivamente azules, y la enfermera toma una decisión. De todos modos no está cometiendo ninguna irregularidad y no cree conveniente ponerlo en conocimiento de las autoridades de tráfico.

-Será nuestro secreto.- Me dice con una cierta complicidad, y se me vuelven a caer los ojos hacia las flores negras.

Salgo del gabinete psicotécnico sin la menor preocupación, no me inquieta lo más mínimo no tener corazón, aunque si me inquietan los treinta euros que me ha costado un diagnóstico que ya sabía de antemano.

Cruzo la calle para confundirme, en la oficina de tráfico, con otros sufridos ciudadanos que seguramente se sentirán afortunados de escuchar cada día los latidos de un órgano tan importante. A mi me fastidian los funcionarios atrincherados en estrictas normas, las interminables colas para recoger o entregar formularios, otros veinte euros que adelgazan en mi bolsillo.

 

Denunciar

La justicia da la espalda a las víctimas


Una pandilla de jóvenes araña la tierra, despacio, con cuidado, como si desnudasen a una novia, temerosos y a la vez deseosos de encontrar los secretos que se ocultan en ella, y a los pocos (quizás horas, días o meses) va apareciendo algo parecido a una calavera. Si: es una calavera. El caparazón de un puñado de ideas, de sensaciones, de sentimientos, y detrás de la calavera, poco a poco (ya no importa si son horas, días o meses), va surgiendo lo que queda del armazón de un hombre (o de una mujer, aún no está claro), un esqueleto cubierto con jirones de ropa, un pedazo de un zapato sin suela, unas lentes destrozadas. Y, con paciencia infinita, un día si y otro también (ahora todo se sucede con ritmo vertiginoso), surgen calaveras, esqueletos, huesos confundidos de hombres y mujeres que fueron enterrados como perros, y que murieron como perros, sin posibilidad de defensa.

A pesar de hacerse pública la noticia del hallazgo, a pesar de las denuncias, de las peticiones de justicia, ningún juez visita la fosa común, ninguno abre diligencias, inspecciones judiciales, ninguno pide una investigación policial, ni tan siquiera para determinar la fecha y las causas de las muertes, no toman pruebas del delito, ni identifican a las víctimas, ni recuperan pruebas relacionadas con sus muertes que, a todas luces, fueron violentas, ningún agente judicial busca testimonios de los sucesos, si los hubiere.

Esto no es política-ficción. Esto está pasando hoy en multitud de lugares a lo largo y ancho de toda la península. Una pandilla de jóvenes, de todas las edades, tanto tiene que tengan quince o setenta y nueve, luchando por nuestra memoria, para restituir los nombres de las víctimas, las circunstancias en que fueron asesinados, y también ¿no se hace así con todos los crímenes? en buscar a los culpables, a los verdugos y a los que mandaron a los verdugos. Mientras la justicia, más ciega que nunca, se inhibe, se desentiende, o incluso manda paralizar las tareas de buceo en nuestra historia más próxima. Quieren enterrar otra vez a los que lo perdieron todo: los ideales, las sensaciones, los sentimientos, la vida.



 

Denunciar

Agotado de esperar el fin


Uno


Llevaba tres días de absoluto abandono, y cada vez que me asomaba al espejo roto del baño el reflejo que me devolvía se me antojaba más y más antipático, que triste envejecer tanto en tres días, los surcos profundos como simas bajo los ojos, una maraña de pelos que pedían a gritos una mano femenina, preferentemente la de una peluquera, y una pátina nívea asomándose a mi mandíbula. De todo este cuadro clínico, lo que más me alarmaba era la inminente colonización de mi barba, que siempre había sido más oscura que una noche africana, por un ejército infame de canas, así que me dije: viejo cabrón, límpiate la cara para no asustar a tus mañanas, y cuando fui a coger una cuchilla para jugar a degollarme no encontré más que una desechable bastante usada. Intenté reducir el embozo ceniciento que me cubría ¿no es gris lo que se encuentra entre el blanco y el negro? pero la maquinilla se atascaba como un cortador de césped entre guijarros, así que cambié de idea, me desnudé y me metí en la ducha, abrí el grifo y modulé el mando para adquirir una temperatura lo bastante cálida como para abrirme los poros, y a ciegas, mientras el agua me caía sobre la cara, completé, más o menos el afeitado. Cuando creí finalizada la tarea continué durante un buen rato con la rasuradora en las manos, y los ojos se me cayeron hacia el desagüe, y en el camino me encontré con un animal feo y enjuto entre las piernas, como un reducto medieval en el que se divisaban blancos estandartes que me desafiaban, aún empapados por la tormenta que se les caía encima. Si, también en ese delicado punto de mi anatomía se había manifestado la decadencia, y presa de un impulso que no fui quien de reprimir agarré los huevos con una mano y con la otra, con sumo cuidado, comencé a segar aquellos pelillos blancos. El calor de la cuchilla amenazando mi virilidad, sumada a la cascada hirviente que caía sobre toda mi anatomía, hicieron que recuperara parte de las ganas de vivir que había perdido ante el espejo. Así que, una vez que salí de la caldera, con las mejillas y los testículos ausentes de los rastros de los inviernos acumulados, disipé la niebla que cubría el vidrio astillado y me enfrenté a él, retador. Y le dije: aún me queda alguna guerra que librar, todavía no se ha acabado la partida. Sentí una extraña sensación al ponerme el bóxer, como una caricia inesperada que, inmediatamente me despertaron una erección.


Dos




No hubo paja, en parte por esa pereza existencial que llevaba arrastrando toda la semana, y sobretodo porque no tenía tiempo que perder si quería llegar al concierto de Facto de la Fe y las Flores Azules (que ni tan siquiera sé a ciencia cierta si se escribe así), un grupo de pop algo tontorrón que derrocha optimismo a ritmo de hip-hop. Quizá esto fuera un motivo adicional para que me decidiera a deshacerme de las canas en la medida de lo posible, aunque no tenía ninguna intención de enseñar los testículos a ninguna universitaria, pero me hacía mal volver a mezclarme con un público tan joven con el gris asomándome a los rincones del corazón, y había que disimularlo. Para darme confianza me fumé un trócolo en la ventana, antes de salir, y me dio el valor suficiente para saltar por ella y llegar al asfalto con la levedad de un avión de papel, otra vez con la eterna pregunta dibujada en caracteres infantiles. Hice bien en afeitarme, en escoger la ropa que más adelgazase mis edades (y también mi barriga), y hasta en fumarme ese trocito de paraíso que tanto agradecen mis huesos, porque llegué con quince minutos de antelación, quizá los que me hubiera empleado en un ejercicio de nostalgia, y decidí hacerle una visita a la librería de Xosé, en el centro comercial del edificio Miralles, esa muestra de arquitectura vanguardista que todavía no sé si me fascina o me repugna. Como siempre mi antiguo compañero estaba colgado del teléfono, y me esforcé en no separarme mucho de la puerta, porque adentrarme en un lugar como este, lleno de referencias interesantes, siempre es peligroso para mis bolsillos. Aún así, mientras entraba una chica de ojos esmeraldas que supuse una estudiante en busca de algún libro de texto y que resultó ser su empleada, no pude reprimir el impulso (el segundo de la tarde) y acaricié el lomo de algunos ejemplares, que parecían gemir con mis huellas, como gatos mimosos. Descubrí dos revistas de una edición exquisita, de las cuales no tenía conocimiento, una de ellas era una publicación etnográfica llamada Arraianos, y que presentaba un número especial sobre la vida en las aldeas que sobreviven a lo largo de la raia, la frontera galaico-portuguesa, que no me daba otra opción que comprarla, y otra la presentación de la revista Espiral, órgano oficial de la FPG, que ya había existido a finales de los años ochenta y primeros noventa en forma de fascimil, y que también sabía que tendría que llevarme. Por suerte mi amigo colgó el teléfono, y después de las cuatro preguntas de rigor, me convidó a un café que de todos modos pagué yo.


Tres




Xosé tiene más o menos mi edad, pero aparenta menos, por esto me alegré de haberme rasurado, de ponerme la camiseta de Desigual, los vaqueros grises y la chaqueta beige con la que suelo disimular más o menos la decadencia de mi cuerpo, y es que este cabrón está como hace diez años, ni una sola cana le pude contar, ni un ligero abultamiento del vientre. A pesar de que no hace otra cosa que trabajar se ve que no le sienta mal, y encima conserva ese sentido del humor tan peculiar que siempre le he envidiado. Cuando trabajábamos juntos en la editorial tuve tardes de dolerme la mandíbula de tanto reír, de llorar incluso, de tirarme por los suelos, no importaba si estábamos descargando un camión o si nos comían los pedidos, siempre había un momento para que me contagiara con su risa explosiva, que seguía siempre a su humor ciertamente particular, algo surrealista. También me reí en esos quince minutos que duró el café, con sus anécdotas propias o ajenas, aunque al sentarme notaba un cierto escozor en la entrepierna, quizá debería de haberme dado un poco de crema de Aloe Vera, porque tampoco era lugar apropiado para buscar alivio rascándome, lleno como estaba el entorno de jovenzuelas que podían llamarse a engaño. Solo hay una cosa peor que ser viejo: ser un viejo verde. Recordamos algunos momentos brillantes de los tiempos en los que nos veíamos ocho horas al día, a veces incluso más, y alguno de los personajes con los que convivíamos a diario, además de los compañeros de la delegación: López, el sexagenario chofer de Auto Radio, que siempre que venía a hacer alguna recogida, fuera dos paquetes o diez palets, sacaba uno de sus sucedidos del bolsillo y nos los brindaba, o las chicas de Tetulandia, las camareras de la cafetería en la que recalábamos todas las mañanas, y alguna que otra tarde, que tenían muy desarrollados los pechos y muy poco el cerebro. Llegó Xacobe, aquejado de estrés crónico, pagué los cafés y nos despedimos del librero para ir al concierto, que ya había comenzado. Las Flores Azules es uno de esas formaciones del panorama indie que rápidamente se convierten en grupo de culto, y a pesar de que era temprano para un evento de este tipo, las seis y media de la tarde, el auditorio aniversario, un garaje de cemento salido de la mente de un arquitecto despechado ¿quizá Miralles? se encontraba con un aforo respetable, aunque no me dio tiempo de hacer un balance de la media de edad, que suponía baja. No me tropecé con la fauna de Churruca, aunque es de suponer estaban allí.


Cuatro




El espectáculo era bonito, demasiado bonito, la pareja de vocalistas estaban en estado de gracia, puedo suponer que por su reciente noviazgo, y lanzaban serpentinas, confeti y pompas de jabón aun público entregado, que coreaba alguna de sus canciones, aunque a mí se me antojara imposible que ni siquiera ellos pudieran memorizar sus propios textos, que no se reducían a los típicos estribillos machacones de los grupos de pop. A mitad de concierto, en medio de la oscuridad, disimulando para que nadie se diese cuenta, pude meter mano a los bajos y rascarme a gusto, maldiciendo esos impulsos absurdos que tengo a veces, como el de pasar la cuchilla por partes tan sensibles, y en eso se traducía también mi desinterés por los músicos, porque después de escuchar cuatro temas todo me sonaba igual, y como el sonido no era lo que se dice perfecto era imposible entender gran parte de las letras y todo se reducía a ver como bailaban los amantes, guapos los dos como querubines, y el tercer integrante del combo, un DJ que mezclaba bases monotonas, intentaba despuntar desde el fondo del escenario. Un poco, tengo que reconocerlo, me molestan estas muestras de buen rollito cuando no tienes a nadie cerca de quien abrazarte, y la verdad es que no me apetecía mucho tener un momento romántico con Xacobe, a quien le tengo mucho cariño, pero sin roce. Salimos en los bises y volvimos a pasar por la librería de Xosé, que ya estaba cerrada, aunque él seguía dentro hablando por teléfono, claro. El me despidió con un gesto y yo le insistí para que nos franqueara la entrada, así que esperamos a que terminara la conversación y cuando nos abrió le pedí las revistas que no había querido llevarme al concierto, pero que deseaba agregarlas a mi biblioteca. Le di todo el dinero que llevaba encima, que tampoco era mucho, y aún hablamos un rato más cuando mis ojos se  posaron en otro libro. Mis ojos y mis manos, para ser exactos. Era la publicación española de un ejemplar de gran formato sobre la vida de Fidel Castro, no idéntico en su edición, aunque sí en su contenido, que había comprado en la gasolinera de Rivello, a mitad de precio,  y que había terminado de leer la noche anterior. Este tipo de coincidencias, no sé muy bien porque me levantan el ánimo, y al salir me sentí tres días más joven, me habían dejado de picar los huevos y todavía tenía tiempo de pasar por correos, para recoger alguna sorpresa en el apartado. Caían las sombras sobre la ciudad y sobre mi corazón volvía a brillar el sol.

 

Denunciar

En tierra de nadie


En la loma de la colina emergió una silueta, semejante a una sombra china recortada contra unas nubes lenticulares, teñidas de azafrán por la inminencia del crepúsculo del sol arrayano, e detrás de ella apareció otra, y otra más, y desde el fondo del valle se veían avanzar penosamente, seguro que debido al abultamiento que llevaban a las espaldas. En aquella tierra de nadie, habitada solo por los carrascos, urces y tojos, no se atrevían más que los lobos, que no conocían de fronteras, y les daba igual las terneras, las burras o los caballos que pastaban a uno o a otro lado. Eran ya siete los años en que acabara el conflicto entre las naciones vecinas, pero las hostilidades continuaban, y aunque ya se callaran las armas seguían a disparar con las lenguas, y la tensión continuaba latente por toda la raya, con destacamentos apostados cerca de las poblaciones en las que antes exitía un fuerte intercambio comercial y ahora languidecían tras una década de cierre de los pasos fronterizos. El pequeño grupo caminaba con cautela, quizás debido a lo abrupto del terreno, a la carga que llevaban con ellos o al miedo a que de algún lado, tanto les tenía de cual, les viniera un trueno de hierro que los dejase tumbados en aquella colina sin nombre (si lo tuvo ya se olvidara) en aquella tierra de nadie. Escondida tras la ventana de su casucha, en un pueblo que cambiara tantas veces de país que solo recordaba a quien pertenecía por el color de la bandera que ondeaba en su pequeña plaza, señora Carme abrió mucho los ojos agotadas de las miserias de aquella tierra que, cuando aún era moza, eran de hartura, y corrió a encerrar las pocas bestias que le quedaban en las cuadras, y a atrincherarse con la escopeta en el piso superior. No podía venir nada bueno del otro lado de la colina, y los tres intrusos ya estaban bajando por la falda del monte, haciéndose invisibles a veces entre los robles que aún se mantenían en pie en medio de un bosque calcinado, como fantasmas. No, el tiempo ya borrara los antiguos caminos de la raya, y quien se aventuraba a encontrar el rastro tenía que estar bien desesperado, o bien era la avanzada de una nueva invasión. En un caso o en el otro aquellos que se acercaban al pueblo no podían traer más que problemas a los habitantes del pequeño enclave montañés, así que señora Carme amartillo la escopeta e intentó recordar alguna oración, aún sin saber muy bien a que dios le tenía que rezar, pues este también cambiaba con la bandera, de tal modo que ya perdiera la fe en todos. La aldea iba aflorando entre las tinieblas cuando los tres desconocidos entraban por ella, encontrando solo una docena de casa que aún estaban en pie, pero cerradas a cal y canto. Con paso seguro y decidido llegaron a la puerta de señora Carme.

Denunciar
Artículos publicados: 192
 - 6 -  7 -  8 -  9 -  10 - 



Portal de blogs literarios, comunidad literaria, y foro literario - Libro de Arena

General 0 libros



ofertas black friday | Ayuda | Contacto | Condiciones de Uso | Política de Privacidad



2017 © librodearena.com