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El costado izquierdo

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Sol de Agosto


 


 


 


No sé que fue del recolector de palabras. Pasaba todos los días buscando su cuota.

 

Quizá Shelter lo sepa. Seguro lo sabe. Él tiene tantas tormentas de mar en sus pupilas!

 

El sol de Agosto…

 

Volver.

 

 




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Preferencias de Lagartos: Pomponio Flato


Que los dioses te guarden, Fabio, de esta plaga, pues de todas las formas de purificar el cuerpo que el hado nos envía, la diarrea es la más pertinaz y diligente. A menudo he debido sufrirla, como ocurre a quien, como yo, se adentra en los más remotos rincones del Imperio e incluso allende sus fronteras en busca del saber y la certeza. Pues es el caso que habiendo llegado a mis manos un papiro supuestamente hallado en una tumba etrusca, aunque procedente, según afirmaba quien me lo vendió, de un país más lejano, leí en él noticia de un arroyo cuyas aguas proporcionan la sabiduría a quien las bebe, así como ciertos datos que me permitieron barruntar su ubicación. De modo que emprendí viaje y hace ya dos años que ando probando todas las aguas que encuentro sin más resultado, Fabio, que el creciente menoscabo de mi salud, por cuanto la afección antes citada ha sido durante este periplo mi compañera más constante y también, por Hércules, la más conspicua.


Pero no son mis infortunios lo que me propongo relatar en esta carta, sino la curiosa situación en que ahora me hallo y la gente con la que he trabado conocimiento. Mis averiguaciones me habían llevado, desde el Ponto Euxino al territorio que, partiendo de Trapezunte, se extiende al sur de la Cilicia, a un lugar donde existe una extraña corriente de agua oscura y profunda, que al ser bebida por el ganado vuelve las vacas blancas y las ovejas negras. Después de un día de viaje a caballo llegué sólo al lugar por donde discurren estas aguas, me apeé y me apresuré a beber dos vasos, ya que el primero no parecía surtir ningún efecto. Al cabo de un rato se me enturbia la vista, el corazón me late con fuerza y mi cuerpo aumenta groseramente de tamaño a consecuencia de haberse interceptado los conductos internos. En vista de este resultado, emprendo el camino de regreso con gran dificultad, porque me resulta casi imposible mantenerme sobre el caballo y más aún orientarme por el sol, al que veo desplazarse de un extremo a otro del horizonte de un modo caprichoso.


Llevaba un rato así cuando oí una poderosa detonación procedente de mi propio organismo y salí disparado de mi cabalgadura con tal violencia que fui a caer a unos veinte pasos del animal, el cual, presa de espanto, partió al galope dejándome maltrecho e inconsciente. No sé cuánto tiempo estuve así, hasta que desperté y me vi rodeado de un numeroso grupo de árabes que me miraban con extrañeza, preguntándose los unos a los otros quién podía ser aquel individuo y cómo podía haber llegado hasta allí por sus propios medios. Con un hilo de voz les dije que era un ciudadano romano, de familia patricia y de nombre Pomponio Flato, y que de resultas de una ligera indisposición me había caído del caballo. Habiendo escuchado atentamente mi relato, deliberaron un rato sobre cómo proceder, hasta que uno dijo: —Propongo que le robemos lo que todavía lleva encima, que le demos por el culo reiteradamente y que luego le cortemos la cabeza como suele hacer con los viajeros nuestra pérfida raza. —Pues yo propongo —dice otro— que le demos agua y alimentos, lo subamos a un camello y lo llevemos con nosotros hasta encontrar quien pueda curarle y hacerse cargo de él. —Bueno —dicen los demás con voluble facundia. Tras lo cual me levantan del suelo, me atan con sogas a la giba de un camello y reemprenden la marcha. Al ponerse el sol la caravana se detuvo e hizo campamento al pie de una duna, sobre la que se encendió una fogata y fue colocado un vigía para mantener alejados a los leones u otros merodeadores nocturnos.


Cinco días he viajado con estas gentes, de vida trashumante, pues no pertenecen a ningún lugar ni se detienen tampoco en ninguno, salvo el tiempo necesario para comprar y vender las mercaderías que transportan. La caravana está compuesta exclusivamente de hombres, monturas y bestias de carga. Si en sus breves paradas alguno entabla relación con una mujer, al partir la deja donde la ha encontrado, por más que ella insista en acompañarle. Con todo, son monógamos y muy fieles a las mujeres que han conocido, a las que visitan y colman de regalos cuando sus viajes los llevan de nuevo al lugar donde ellas habitan. En estas ocasiones, y también por un periodo muy breve, reanudan sus efímeras relaciones, por más que las mujeres se hayan aparejado de nuevo en el intervalo, cosa que comprenden y aceptan. Si de una unión ha habido hijos, los dejan con sus madres, pero proveen a su manutención. Cuando el niño cumple los siete años, lo recuperan y lo incorporan a la caravana. Como los hijos nacidos de una forma tan aleatoria son pocos, el grupo étnico acabaría por extinguirse. Para evitar que suceda tal cosa, roban niños, a los que crían y tratan como a verdaderos hijos. De esta manera su número no mengua, pero por la misma razón son temidos. Si alguno enferma de gravedad o por causa de su vejez ya no puede seguir llevando la dura vida de estas gentes, lo abandonan en un oasis con un odre de agua y un puñado de dátiles y la esperanza de que pase por allí otra caravana y reponga las parcas vituallas de su camarada. Como esto no sucede casi nunca, en los oasis que jalonan su ruta no es raro encontrar esqueletos rodeados de pepitas de dátil. Como todos los nabateos, adoran a Hubal, a quien a veces llaman también Alá, y a las tres hijas de éste, que también consideran diosas, aunque de menor rango. Rezan todos juntos al empezar y al acabar el día, postrándose en la dirección en que, según sus cálculos, está Jerusalén…


Palestina está dividida en cuatro partes: Idumea, Judea, Samaría y Galilea. Al otro lado del río Jordán, en la parte que limita con Siria, se encuentra la Perea, que según algunos también es parte de Palestina. En conjunto es tierra fragosa y mezquina. No así la Galilea, donde la Naturaleza se muestra más amable: el terreno es menos accidentado, no escasea el agua y las montañas cierran el paso al viento abrasador que hace estéril y triste la vecina región. Aquí crecen olivos, higueras y viñas y en los lugares habitados se ven huertos y jardines. Entre la población predominan los judíos, pero al ser tierra rica no faltan fenicios, árabes e incluso griegos. Su presencia, según Apio Pulcro, hace la vida soportable, porque no hay peor gente en el mundo que los judíos. Aunque su cultura es antigua y el país se encuentra en medio de grandes civilizaciones, los judíos siempre han vivido de espaldas a sus vecinos, hacia los que profesan una abierta inquina y a quienes atacarían de inmediato si no estuvieran en franca inferioridad de condiciones. Rudos, fieros, desconfiados, cerrados a la lógica, refractarios a cualquier influencia, andan enzarzados en perpetua guerra, unas veces contra enemigos externos, otras entre sí y siempre contra Roma, pues, a diferencia de las demás provincias y reinos del Imperio, se niegan a aceptar la dominación romana y rechazan los beneficios que ésta comporta, a saber, la paz, la prosperidad y la justicia. Y esto no por un sentimiento indomable de independencia, como ocurre con los bretones y otros bárbaros, sino por motivos estrictamente religiosos.


Por extraño y cicatero que parezca, los judíos creen en un solo dios, al que ellos llaman Yahvé. Antiguamente creían que este dios era superior a los dioses de otros pueblos, por lo que se lanzaban a las empresas militares más disparatadas, convencidos de que la protección de su divinidad les daría siempre la victoria. De este modo sufrieron cautiverio en Egipto y en Babilonia en repetidas ocasiones. Si estuvieran en su sano juicio, comprenderían la inutilidad del empeño y el error en que se funda, pero lejos de ello, han llegado al convencimiento de que su dios no sólo es el mejor, sino el único que existe. Como tal, no ha de imponer a ningún otro dios ni su fuerza ni su razón y, en consecuencia, obra según su capricho o, como dicen los judíos, según su sentido de la justicia, que es implacable con quienes creen en él, le adoran y le sirven, y muy laxo con quienes ignoran o niegan su existencia, le atacan y se burlan de él en sus barbas. Cada vez que la suerte les es contraria, o sea siempre, los judíos aducen que es Yahvé el que les ha castigado, bien por su impiedad, bien por haber infringido las leyes que él les dio. Estas leyes, en su origen, eran pocas y consuetudinarias: no matar, no robar, etcétera. Pero andando el tiempo, a su dios le entró una verdadera manía legislativa y en la actualidad el cuerpo jurídico constituye un galimatías tan inextricable y minucioso que es imposible no incurrir en falta continuamente. Debido a esto, los judíos andan siempre arrepintiéndose por lo que han hecho y por lo que harán, sin que esta actitud los haga menos irreflexivos a la hora de actuar, ni más honrados, ni menos contradictorios que el resto de los mortales. Sí son, comparados con otras gentes, más morigerados en sus costumbres. Rechazan muchos alimentos, reprueban el abuso del vino y las sustancias tóxicas y, por raro que suene, no son proclives a darse por el culo, ni siquiera entre amigos. Hasta hace unos años, las cuatro partes de Palestina estuvieron unidas bajo un solo rey, hombre admirable y decidido partidario de Roma, pero a su muerte estallaron conflictos sucesorios y Augusto, para evitar enfrentamientos, dividió el país entre los tres hijos del difunto. Al que correspondió esta parte de Palestina se llama Antipas, pero al acceder al poder unió a su nombre el de su ilustre padre, por lo cual se hace llamar Herodes Antipas. Es, a juicio de mi informante, un individuo astuto, pero de carácter débil, por lo que se ve precisado a recurrir constantemente a las autoridades romanas para hacerse respetar por su pueblo. De este modo lo mantiene a raya, pero a costa de una impopularidad que va en aumento a medida que pasan los años. Con el pretexto más nimio podría producirse un levantamiento y, de hecho, raro es el mes en que no surge un foco de rebelión, como el que motivó la intervención de Liviano Malio y los legionarios en cuya compañía he viajado hasta ahora. Por fortuna, estos disturbios son aislados, efímeros y fáciles de sofocar, ya que es difícil que los judíos se pongan de acuerdo y unan sus esfuerzos. Los partidarios más acérrimos de la rebelión son los sacerdotes, que se dicen intérpretes de la palabra de Dios, pero su misma condición de sacerdotes los hace de natural holgazanes, acomodaticios y propensos a estar a bien con el poder. Aun así, caldean los ánimos con sus discursos y de cuando en cuando prometen la venida de un enviado de Dios que conducirá al pueblo judío a la victoria definitiva sobre sus enemigos ancestrales. Esta profecía, común a todos los pueblos bárbaros oprimidos, ha calado hondo en esta tierra levantisca, por lo que a menudo aparecen impostores que se arrogan el título de Mesías, como aquí llaman al presunto salvador de la patria.


Con éstos Roma actúa de modo expeditivo.


 


El Asombroso Viaje de Pomponio Flato

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Festival de Otoño

 


Se suspende la lluvia hasta nuevo aviso. 

 

 Los bosques de Palermo quieren llenar el torrente de sabia  con sonidos de trompetas y guitarras.

 

Nadie está solo. Todos los desconocidos son amigos del alma cuando la música teje las redes.

 

Ni  un solo pie adormecido aunque comience a  despertar la noche.

 

Imposible no pensar que los reflectores vienen sobrando: tal el brillo de los artistas.

 

Músicas del mundo. Mundos sin fronteras ni lenguas madres.

 


 

El trio Boom Pam, The Klezmatics , nuestro “Chango” Spasiuk, la cadencia de  Misia entre fados y homenajes (soberbia cantando Love Will Tear

 

Us Apart, Hurt y Naranjo en Flor; desopilante presentando a Pessoa)

 


 

 

 Un entre tiempo con los Babel y el baile desenfrenado… Y Goran.

 

     Goran Bregovic de blanco riguroso al frente de su  Weddings and Funerals Orchestra.

 

Una boda: la del alma con la música.

Un funeral: el de las penas.

 

 

 



 




















P.D: No fui sola. Conmigo, todos mis amores.

 

Disculpen el pulso tembloroso… Era imposible estarse quieto

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Miércoles


Acontecimientos, la información de todos aquellos sucesos relevantes en el tiempo cercano, el pasado inmediato. De pensar le dolía el ojo, sería mejor olvidar y largarse de allí, pensó con una urgencia de esquizofrenia que surgía desde dentro y le invadía cada grano de sangre de su piel pálida, bellísima... círculos exteriores en la mente, un judío que no creía en Jesús, la raza Arias, un megáfono... le aturdían y necesitaba no pedir nada, a nadie (ni) nada; quería dejar de pertenecer a un conjunto, volver a su ser intimo, dominar sin cordones que ataran, sentir placer al mojarse, oír el agua caer, inundar su casa.

 

Había donado sangre para poder acudir esa noche a un concierto en la ciudad, una cola y un bocadillo de atún en aceite de oliva. Inventando sonidos caminaba de intro, reflexionaba sobre la implicación del veneno en el liquido receptor tibio que contenía el anillo, lamió la piel del dedo en derredor del aro tropezando con un complicado cartel anunciando al país de la bota destrozando el tacón y hundiendo El Vaticano hasta aplastarlo contra la acera. Levantó la cabeza y vio aquel viejo edificio, un hombre cerraba una ventana, no pudo verle bien, de inmediato volvía a abrirla, pero sólo un poco, intentaba encajar bien la parte de abajo, lo hizo y la cerró de golpe, desapareció.

 

Volvieron los círculos exteriores que no solidificaron, los volatizó soñando a Bernard Shaw de la misma forma que éste soñaba a su Juana de Arco; el aceite le chorreaba las manos, volvió a lamer ahora casi toda la mano y tiró el resto de atún al suelo y eligió ser Jean Seberg, era Juana de Arco con toda su locura dejada atrás; ya era imparable, sentía que volvía a ser una lunática, un placer. La Seberg, sus amantes: Eastwood y el mejicano Carlos Fuentes, Ricardo Franco vio lágrimas negras en su melancolía del corazón; el amor de Emile Ajar (R. Gary) y el escritor negro Baldwin.

 

Encendió un cigarro pidiendo fuego a un acordeonista, giraba sobre si misma sin dejar de caminar, escapar de las fronteras de la locura, los gitanos de los balcanes bailaban al son de cachivaches centenarios que sonaban a latas y clarines de feria, obertura delirante de la tragedia final, tatuaje a fuego en su piel blanca y fría dentro de un pobre auto europeo.

 

Ese mismo frío sintió ella al quitarse los zapatos frente al viejo edificio con la ventana del segundo piso cerrada, había estado danzando en círculos, ese edificio, esa atracción le sacó de su desquiciada y suplantada vida sin beneficios; sentir que abandonaba el infierno al entrar en el refugio, mojándose los pies con el agua que lloviznaba del techo de su nueva casa, cribando la vida sintió que era allí, agarró la maleta y subió con ella por una escalera de pequeñas cataratas hasta la puerta de la fuente, llamó como si lo hubiera hecho durante los últimos dos años, Shelter abrió la puerta, hacia mucho tiempo que la estaba esperando.

 

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Jueves


 


Al abrir los ojos vi el suelo lleno de mayólicas antiguas.  Despertando, la niebla de los sueños se disipa entre medias alucinaciones y temblores de realidad, hacía frío. Los jueves son los días más fríos del verano, en invierno los más cálidos aunque nieve, no sé por qué tenía frío, era jueves. Necesitaba salir a caminar, perderme por las fachadas de los vecinos, por la playa de la Estratégica que se sale del Limbo, en una librería virtual o llegar caminando hasta el interior de una búsqueda que entretiene aunque no conozca destino ni causa, perderse es gratificante si no te ciegas.

 



La pasión, que no depende de nosotros, según La Rochefoucault, tan poco como la duración de nuestras vidas, la sustituí por la codicia, por la voracidad desoladora de querer perderme dentro de mí, convicción firme de un débil. Caminé horas sin mirar, tan sólo busqué en el interior de una inteligencia dentro de un corazón envuelto de miedos. Divagando sobre trampas, gatillos de cañones, cicuta, violinistas desnudas, necios, profesionales especializados en maquillar cadáveres, monjas y Papas asesinados, cofres de tesoros, dentelladas de tísicos, algunos músicos del Bronx, cacatúas, poliedros en cabezas de balas alemanas de frutas y sobre el mal puro. Llegué ahí cuando advertí que ya no caminaba y me hallaba sentado junto a un mono que hablaba, recitaba la tabla de multiplicar por el seis. Apreté los puños y levanté la cabeza aún frente al espejo con el agua mojándome los pies, el agua salía del lavabo a borbotones, pequeñas cascadas ruidosas mientras el mundo seguía cayéndome encima como todos los días. Desconozco a ese tiempo que no se paró frente a aquel espejo, demasiado quizá. 



 


No creo que pudiese aguantar a dos Testigos de Jehová hoy, pensé cuando llamaron a la puerta. Cerré el grifo y salí sin camisa. En la puerta, plantada, estaba mi vecina, es de mi edad, vive sola y no creo que tengamos más vecinos en todo el viejo edificio. El agua de los monos parlantes había llegado a su casa. Volví dentro dejando la puerta abierta y preparé café. Era la primera vez que nos veíamos cara a cara, que escuchaba su voz cálida de Jueves y el ruido de su maleta arrastrada por el agua.

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Preferencias de Lagartos: Ignatius Reilly


Debo introducir aquí una nota. Cuando yo asistía esporádicamente, a las clases de graduados, conocí un día en la cafetería a la señorita Myrna Minkoff, joven pregraduada, una escandalosa y ofensiva doncella del Bronx. Esta especialista del universo del Gran Hormiguero se sintió atraída a la mesa en la cual tenía yo mi corte, por la singularidad y el magnetismo de mi ser. Cuando la magnificencia y la originalidad de mision del mundo se hizo patente a través de la conversación, la Minkoff empezó a atacarme a todos los niveles, llegando incluso, en determinado momento, a darme patadas, bastante vigorosas, por debajo de la mesa. Yo la fascinaba y la confundía al mismo tiempo; era, en suma, demasiado para ella. El provincianismo de los ghettos de Gotham no la había preparado para el carácter único y singular de Vuestro Chico Trabajador. Myrna, en fin, creía que todos los seres humanos que vivían al sur y al oeste del río Hudson eran vaqueros iletrados o (peor aún) protestantes blancos, una clase de seres humanos que como grupo se especializó en la ignorancia, la crueldad y la tortura. (No deseo yo defender concretamente a los blancos protestantes; tampoco les tengo en demasiada estima.)



Los modales brutales de Myrna pronto alejaron a mis cortesanos de la mesa, y nos quedamos solos, todo café frío y palabras ardientes. Cuando manifesté mi desacuerdo con sus rebuznos y parloteos, me dijo que yo era evidentemente un antisemita. Sus razonamientos eran una mixtura de medias verdades y de tópicos, su visión del mundo un compuesto de concepciones erróneas que se derivaban de una historia de nuestra nación, escrita desde la perspectiva de un túnel de metro. Escudriñó en su gran valija negra y me asaltó (casi literalmente) con pringosos ejemplares de Hombres y masas y ¡Ahora! y A las barricadas y Agitación y Cambio y diversos manifiestos y panfletos pertenecientes a organizaciones de las que ella era el miembro más activo: Estudiantes por la libertad, Juventud por el sexo, Los musulmanes negros, Amigos de Lituania, Los hijos del mestizaje, Consejos de ciudadanos blancos. Myrna estaba, en fin, terriblemente comprometida con su sociedad; yo, por mi parte, más viejo y más sabio, estaba terriblemente descomprometido.



Había conseguido sacarle algo de dinero a su padre para venir a la universidad a ver cómo estaban las cosas «por el sur». Desgraciadamente, me encontró a mí. El trauma de nuestro primer encuentro alimentó el masoquismo mutuo y desembocó en una especie de affair (platónico, claro está). (Myrna era decididamente masoquista. Sólo era feliz cuando un perro policía hundía sus colmillos en sus leotardos negros o cuando la arrastraban por los pies escaleras abajo para sacarla de una audiencia del Senado.) He de admitir que siempre sospeché que Myrna estaba interesada en mí sensualmente; mi actitud rigurosa hacia el sexo le intrigaba. En cierto modo, me convertí para ella en otra especie de causa. Logré, no obstante, desbaratar todos sus intentos de asaltar la fortaleza de mi cuerpo y mi inteligencia. Myrna y yo, por separado, confundíamos a la mayoría de los estudiantes, pero en pareja confundíamos doblemente a aquellos sonrientes cabezas de chorlito sureños, que constituían la mayor parte del cuerpo estudiantil. Según tengo entendido, los rumores que corrían por el campus nos ligaban a las intrigas más inconcebiblemente depravadas.



La panacea de Myrna, para cualquier cosa, desde arcas caídas hasta depresión nerviosa, era el sexo. Propagó diligentemente esta doctrina con desastrosas consecuencias para dos bellezas sureñas a las que tomó bajo su protección, con el propósito de renovar sus mentes atrasadas. Siguiendo el consejo de Myrna, y con la solícita colaboración de varios jóvenes, una de estas sencillas muchachas sufrió una crisis nerviosa; la otra intentó, sin éxito, abrirse las venas con una botella rota de cocacola. La explicación de Myrna fue que las chicas eran, en esencia, demasiado reaccionarias; y predicó con renovado vigor la libertad sexual en todas las aulas y pizzerias, logrando que casi la violase un bedel de la Facultad de Sociología. Yo, entretanto, procuraba guiarla por el camino de la verdad.



Tras unos cuantos semestres, Myrna desapareció de la universidad, diciendo, a su modo ofensivo: «Este lugar no puede enseñarme nada que ya no sepa.» Los leotardos negros, la tupida mata de pelo y la valija monstruosa desaparecieron; el campus, con sus hileras de palmeras, volvió al letargo y el besuqueo tradicionales. He vuelto a ver a esa ramera liberada algunas veces, pues, de cuando en cuando, se embarca en una «gira de inspección» por el Sur, parando en Nueva Orleans para arengarme e intentar seducirme con sus lúgubres cantos de cárcel y cadena y de cuadrilla, que rasguea en su guitarra. Myrna es muy sincera. Por desgracia, también es muy ofensiva.

Cuando la vi tras su último «viaje de inspección», estaba bastante sucia y desvencijada. Había hecho paradas por el Sur rural, para enseñar a los negros canciones populares que había aprendido en la Biblioteca del Congreso. Parece ser que los negros preferían la música contemporánea y que encendían sus transistores ruidosa y desafiantemente cuando Myrna iniciaba una de sus lúgubres endechas. Aunque los negros habían procurado ignorarla, los blancos habían mostrado gran interés por ella. Bandas de blancos pobres y fanáticos la habían echado de los pueblos, le habían pinchado los neumáticos, la habían azotado los brazos. La habían perseguido sabuesos, le habían aplicado aguijadas eléctricas, la habían mordido perros policías, la habían rozado ligeramente con perdigones. Ella había disfrutado infinito, y me había enseñado muy orgullosa (y, podría añadir, muy sugestivamente) la marca de un colmillo en la parte superior de uno de sus muslos. Mis ojos perplejos e incrédulos apreciaron que en aquella ocasión llevaba medias oscuras y no leotardos. Pero no se encendió por ello mi sangre.



Mantenemos una correspondencia regular, y el tema habitual de sus cartas es el de urgirme a participar en manifestaciones, desfiles y ocupaciones, sentadas y cosas de ese género. Pero yo no como en restaurantes baratos ni nado, así que he ignorado hasta el presente sus consejos. El tema subsidiario de su correspondencia es instarme a ir a Manhattan, para que ella y yo podamos alzar nuestra bandera de confusión gemela en aquel centro de horrores mecanizados. Si alguna vez me siento bien de veras, quizás haga el viaje. Por el momento, esa almizcleña joven-cita probablemente esté en el fondo de un túnel del metro, atravesando el Bronx, corriendo de una asamblea de protesta social a alguna orgía de canciones populares, si no es algo peor. Algún día, las autoridades de nuestra sociedad la detendrán simplemente por ser quien es. La cárcel dará al fin sentido a su vida y acabará con sus frustraciones.

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Voyeur Imperfecto

 


 

Convertir lo común en un ente único. Llamar la atención sobre aquello que seguramente pasará desapercibido.

 

 


 

Culos. Tetas. Mariposas. Cielos. Cuestión de gustos en la elección de los objetos de deseo.

 

 

Nikon. Pentax. Canon. Una simple digital japonesa. Una caja de zapatos.

 

Dejame ver… Dejame robar el alma del instante.   

 

 

 

Afán de embalsamar  átomos y capturar los rostros del hombre en las alas de un colibrí, en los hongos Nagasaki, en las hojas que arrastra un huracán. En la sonrisa de un niño descalzo.

 


 

Y Tichý sigue juntando tapitas de cerveza  y formas femeninas mientras el mundo analiza su “delirio” ,de muestra en muestra.

 


 

 

Culos. Tetas. Mariposas. Cielos.

 

 

Buscando el gran angular para que el término  “Voyeur” amplíe su  terrible estupidez de diván psi…

 

 

 

 

 

      


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¿Qué dice? Socorro...

 


SOS  S-O-S S-O-S S-O-S S-O-S S-O-S SOS       

 

 

Caña de pescar  convirtiendo lo mediocre en mediocre con caña.

  

Fueron a rescatar la muerte ajena…

 

Y yo también escribo en su pecho…

 

 

Sabotaje de mis piernas con prejuicio de tacones

O  las uñas despintadas, enganchadas en el nylon

Sombras sin soles fabricadas por los lentes Dior

 

Ambición de ciclamato en la lengua porosa

Y vos cortando jazmines con una guadaña

Único resplandor el de una vela

Demostrarme por nada

En la mirada de nadie

Ni sacar la herrumbre de  los lagrimales

Músculos de la risa hechos rieles y

Encorvar, cada noche, el corazón

 

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Soy el jefe. Esto es champagne… Feliz navidad.

Soy el jefe. Esto es champagne… Feliz navidad.

 

Grito que se pierde en el ajedrez de glóbulos.

 

No, no me inyecten. No me dejen sin conocimiento estoy intentado hablar con ustedes solo te pido que cojas una idea que está en mi mente y la pongas en sus mentes no están mas lejos de un metro.

No me escuchan.

 

Hola! Hola a todos soy yo y puedo hablar con ustedes.

 

- Es morse…

-¿Qué dice?

 

 -SOS socorro.

 

-Pregúntele que quiere.

 

-Quiero sentir aire fresco sobre mi piel.  Que hay gente a mi alrededor.

Que me hagan publicidad como el último hombre que se alisto en el ejército creyendo que el ejército hacía hombres.

Quiero salir para que la gente me vea;  que me lleven a una feria donde puedan contemplarme todos. 

Si no quieren dejar que la gente me vea entonces mátenme…

 

- ¡Padre! Al menos podría decirle que tenga fe en Dios.

-¿No pondré a prueba su fe por esta estupidez… 

-¿Y usted se llama sacerdote?

-este es un producto de su profesión, no de la mía.-

 

 


 

 

SOS S-O-S S-O-S S-O-S S-O-S S-O-S SOS       

 

“Dulce et decorum est pro patria mori”

War dead since 1914: over 80.000.000

Missing or mutiladed: over 150.000.000

 

 

“Johnny got his gun”

 Dalton Trumbo, 9 de dic.1905 – 10 de sept. de 1976.






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