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** EL TRAPECIO DE MARION **

Me balanceo y, si es preciso, doy una voltereta y salto. Siempre sin red


Artículos publicados: 272
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Espejismos


El movimiento sostenido


     las primeras notas


     el adagio.


La línea interrumpida


     la distancia.


Los ojos inánimes


     la lluvia.


 


El desconocerte


     en quien se aleja.


 


"Al duro amanecer estás desvaneciéndote


y entre mis brazos sólo queda tu sombra"


Sólo en sueños, Jaime Sabines


 


 


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Detrás de mis párpados


 Y seguiré cultivando dilemas.


Haciendo inventarios de cada universo que me acoge, sincronizando bocetos que demoren el final del invierno, sembrando olas tras las tormentas, quebrando certezas a inútiles desenlaces. Y buscaré la luz en los claroscuros de mis raíces rotas. Y tenderé sonrisas al compás de los tac-tics que lloran su cuenta atrás. Y seré el reverso de los silencios hirientes de mi alma. Y me esconderé tras las brumas rojas del abismo que me tienta. Y agitaré los garabatos que dibuja este eco profundo...


Y mientras sigo preguntándome a qué saben las renuncias, qué suscribe la caridad de los plurales, cómo es de amarga la traición de la fe... el horizonte alumbrará crepúsculos desconsolados detrás de mis párpados...


 


"Hoy quisiera tus dedos


escribiéndome historias en el pelo..."


Sencillos deseos, Gioconda Belli


 


 



 

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Lágrimas y estrellas de mar


Me duelen las manos de perderte


y cada vez que retengo


     la miel


     la fe


     las huellas de tus labios


     en mi alma


la amargura que me abraza


desata tormentas


en mis estrellas de mar.


 


"...dolor de luz que enciende la hora


mágica de las largas agonías"


Las hojas secas, Juan Ramón Jiménez 


 


 



 

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El silencio de las libélulas


"¿Por qué callas?"


Y tras tu pregunta el abrazo del desamparo, la reincidencia (lúcida) en los errores que castigan mis ilusiones, la burla cruel del destino jugando con el calendario, el peso infinito de la desesperanza... Me aferro a los restos de un disfraz que apenas maquilla la realidad que estalla, persistente, en mi cara. Y espectadora de la apatía, de la desidia, de la cobardía, me niego a verbalizar las certezas que hieren mi alma.


¿Por qué callo?


Mi silencio es la derrota de las libélulas que revoloteaban en mi espalda...


 


Solo más solo


qué hojarasca de solos


prójimos léjimos.


Rincón de haikus. Mario Benedetti


 


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Gotas de primavera


Llover en las grietas del tiempo


     en la contradicción de las ausencias


     en el poso de las ternuras


     en el balanceo de un verso.


Llover caminando


     amaneciendo en violeta


     perfilando las olas de mis labios


     mintiendo a las huellas que todavía te nombran.


Llover en la pálida herida.


Llover sin frío.


Llover con palabras marchitas.


 


"No tenido nunca las bellas primaveras


que tienen las mujeres cuando todo lo ignoran..."


Alfonsina Storni


 


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El blues de las rosas amarillas


¿De qué tienes miedo?


Y tras tu pregunta volvieron a crepitar las hogueras del insomnio. Un gemido azul dibujando tormentas de arena, cerillas fundiendo arcoiris de tinta, olas cruzando las líneas de las ventanas cerradas, horas ocres que agitan las manecillas del tiempo, sed de palabras en cada círculo abierto y la cartografía del naúfrago cuarteando mi saliva.


¿De qué tengo miedo?


La brisa de abril dibuja una autobiografía...


 


"Déjame, pensamiento, déjame,


mañana seré tuyo,


volveré a ser tu presa.


          Pero hoy


mientras la luz araña en los árboles y pide


una oportunidad,


quiero que me recoja la inútil primavera..."


Luis García Montero


 


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Tráeme tu boca


Tráeme tu boca


     con el aliento de las nubes que retienen las miradas


     con el sabor de las canciones suspendidas entre arrullos


     con el fulgor magenta de la inocencia en los labios.


Tráeme tu boca


     y tócame despacio


          en las espirales del sueño


          en los círculos de humo tras los que se pierde la tristeza


          en el tiempo pequeño, detenido, frágil


               en el que las mariposas vuelven a alzarse.


Tráeme tu boca


     abriga la magia


     protege los versos


     despierta el adagio de las noches.


Traéme tu boca


     bailaré


          y recogeré mis lágrimas.


 


"Las palabras


no hacen el amor


hacen la ausencia..."


En esta noche, en este mundo. Alejandra Pizarnik


 


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Los límites del paraiso


No hay puertas en los límites del paraiso. No hay señales visibles que indiquen entrada o salida, principio ni fin. La vida ofrece, alcanza, permite; nosotros decidimos (a veces) la dirección, el camino. 


Sin saberlo, sin pretenderlo, un día mis pies descalzos dejaron de pisar rastrojos para mullirse en la hierba fresca. Las cicatrices de viejos terrores sanaron pese a sus vestigios (ese recuerdo tangible, esa marca, esa alerta: no olvidar) y volví a sentirme segura en mi soledad, en mi fuerza, en mi destino. Sentía de nuevo la luna sin saberla pálida, flotaba otra vez entre deseos que preludiaban utopías posibles. Recuperé las riendas de mi mundo cuando abandoné, irreductible, el miedo; y volví a sentirme capaz de ser única cuando mi aliento dibujaba en el vaho sin borrar mi sombra. Fuí sirena desnuda en las olas que agitaron mi verano, en otoño no cayeron las hojas, la nieve se fundía en mis párpados y no había invierno si amanecía tras tus besos. Tu sonrisa retaba a las estrellas y yo sabía de qué hermosa rama se balanceaba el columpio de las ternuras. Descubrí que a veces el apocalipsis era la condición necesaria para cruzar el umbral del paraiso, y me sentí acogida entre rosas amarillas y colecciones de versos nuevos.


Me pertenecía. Te pertenecía. París era una fiesta…


Saciaba mis ánsias de autenticidad en cada una de tus caricias, sintiendo que los atardeceres no nos restaban tiempo sino que eran ofrendas, fábulas con aroma. Las margaritas deshojadas asentían a las demandas de nuestro amor. Éramos felicidad en la brisa. Día a día perdíamos nuestras fronteras. Volví a cantar, a tararear antiguas letanías sin que el temor de lo vivido paralizase el futuro. Aprendí, reaprendí, a dejarme mecer; y comprendí que en la memoria de mis células recuperaba el poder de mi pasión. Me entregué sin reservas, sin defensas, sin secretos que preservasen la esencia que, fiel a mis principios, te ofrecía. Creía (en ti, en nosotros) de la única forma en que lo sé hacer: absolutamente. Sentía que tu calma era mi paz y revitalizábamos naturalezas muertas con la dulzura de la miel. Creí, creimos, que nuestra saliva era la savia que alimentaba por y para siempre nuestra sed de descubrimientos. Si existía un punto de no-retorno en mi vida ése era el que me había llevado hasta ti. Y desposeyéndome de todos los velos que cubrían mi fragilidad me sentía segura en tu cuerpo: mi hogar.


Era feliz. Habitaba el paraiso.


En algún momento, en algún segundo que no supe ver llegar, las estelas de nuestro cielo se resquebrajaron. Volví a sangrar, a romperme por rompernos. Las flores se volvieron zarzas, la brisa tornado, las mareas: persistente aviso de naufragio; se nublaron las tardes plateadas. Titubeaba antes de besarte temiendo encontrar en nuestras lenguas la amargura del último beso; la seguridad con que me recomponía entre tus brazos se volvió desequilibrio. Concatenamos errores en palabras y en silencios, y de la misma forma (inexplicable) en que empezamos a vivir dentro de un arcoiris nos encontramos fuera de él, durmiendo sobre las rocas. El sol estaba frío, en mis ojos habitaba la lluvia, mis manos se agitaban vacías, y el hueco de tu presencia en mi cuerpo era un abismo. Se oscurecieron mis metáforas, mi fe, mis sueños. Mi sombra rota era la imagen que me perseguía con la misma constancia con que antes se agitaban mis alas para volar más allá de los infiernos que me eran ajenos. Mi espíritu de supervivencia era la losa imprevista tras la que me hundía. Nuestra sed insaciable era la trampa en la que tropezábamos, ya no juntos, sino el uno contra el otro. Sobre nosotros se ceñía el crepúsculo, la falta de amaneceres, el misterio…


Hoy vivo de nuevo en blanco y negro, en gris. Desconozco si la luz que me ofreciste regresará, y no hay adjetivos para definir el dolor de mi propia indecisión por no saber si deseo su regreso. La nostalgia, peligrosa, habita otra vez mis armarios; y siento mi alma perderse en una espiral de promesas mudas. Rehuyo los espejos, me alejo de mis huellas, esquivo los calendarios…


En este desierto no hay oasis. Una cortina de fiebre me empaña.


Camino, vagabunda, entre las dunas sin saber hacia donde voy…


 


"Anduve por el dorso de tu mano, confiada


como quien anda en las colinas


seguro de que el viento existe,


de que la tierra es firme,


de la repetición eterna de las cosas.


Mas de repente tembló el universo..."


Chantal Maillard


 


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