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JUGUETEOS

Lo esencial es invisible para los ojos, sólo se puede ver bien con el corazón. Antoine de Saint Exupery


Artículos publicados: 392
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Reflexión

 Son cerca de la una de la mañana y abro este cuaderno para tomar algunas notas. ¿Sobre qué?... ni idea tengo, lo importante es haber tomado la pluma para emborronar algunas líneas que quizá no me lleven a ninguna parte. Sin embargo se siente bien, es decir, me siento bien, me siento cómodo en hilvanar palabras, como soldaditos en formación, una tras otra, uno-dos, uno-dos, sin un fin preciso. ¿O acaso se debe pretender ser siempre profundo, racional? ¿No se vale también jugar con las palabras y hacerle al tonto sin proponer nada definitivo, solemne, decisivo?...Porque navegar a la deriva a ratos es grato, muy grato, te permite reflexionar sobre infinidad de problemas, de cosas, para quizá resolver algún entuerto personal o tomar algunas decisiones importantes ( ja, ja, ¿importantes?...¿a quién le importan?...)



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¿A quién?

 


Un texto muy viejo, que hoy recuerdo:


Entonces no tenía miedos.


Te miraba de lejos;


tu silueta delgada


y frágil, llenaba mis sueños.


 


Sueños locos


al mirar tus largas piernas,


al desear tocar tus senos.


Yo soñaba. Sin mirarme apenas, tú pasabas.


 


Un día cualquiera


me animé a hablarte.


Tus ojos de hembra fiera


me miraron, Eran  dos gemas, dos obras de arte.


 


Como los insectos vuelan


alrededor de la luz,


me arrimé a tu vera. Penan


aún, mi alma y corazón, cargando esta cruz.


 


Te pedí un beso,


y un beso me diste.


¿Era acaso un exceso


pedirte amor; o el amor no existe?


 


No soy poeta,


pero me gustabas tanto,


que mi alma inquieta


cantaba versos de alegría, y de quebranto..


 


Estos versos desacompasados,


viven gracias a ti.


Vienen, se van , pausados,


libres, llenos de ti y de mí.


 


En ti, hice realidad mis quimeras:


pude gozar de tu boca,


de tu piel hecha de perlas,


de tu sexo de leche y miel, de tu mirada loca.


 


Esta noche pienso en ti,


como cuando no había miedos.


Ya no estás. Vagas lejos, olvidada de mí.


Ahora; ¿a quién le alimentas sus sueños?


 


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Una vieja fotografía

Miro la vieja fotografía donde apareces tan joven, tan delgada, tan abstraída y lejana, tan bonita, que tu imagen me devuelve el deseo de esos años y me inquieta tanto como entonces. Observo tu figura con avidez y puedo constatar la breve silueta de tus pequeños senos que pretenden pasar desapercibidos entre las rayas y pliegues de la blusa que se te adhiere al cuerpo sin lograr ocultarlos del todo. Tus manos de  largos y finos dedos, de uñas bien cuidadas, me recuerdan la tibieza de su contacto cuando acariciaban mi rostro suavemente o recorrían presurosas la piel y las intimidades de mi cuerpo. Pareces tan absorta en esa foto que quisiera adivinar en qué o en quién pensabas en ese instante. ¿En mí; quizá en alguien más?...Tu cabello negro y ondulado le da un marco perfecto a tu rostro, a tus ojos rasgados, a la pequeña nariz que preludia tus labios ligeramente gruesos, carnosos, coloreados de labial rojo, antojables.


Este deseo que siento crecer muy dentro con mayor fuerza al mirarte, me obliga a tragar saliva, a conjurar tu presencia inmediata, aquí frente a mí. Aunque no sólo por eso, también por todo aquello que no se ve y que preservo en la memoria: tu belleza clara, la tibia suavidad y el olor perfumado de tu cuerpo juvenil, la entrega incondicional en cada acercamiento de la desnudez de nuestras pieles, los largos paseos nocturnos por calles solitarias abrazado a tu cintura.


No sé para qué escribo todo esto. Nunca habrás de leerlo. No puedo regresar a ti a ese tiempo ni a ese entonces más que con el recuerdo, con la infiel e incierta memoria, con la frustración presente de saber que todo aquello ya pasó, que tú ya no estás.


 


Siempre tuyo: David.


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Lecturas de dos mil catorce

 Se ha terminado dos mil catorce y es tiempo de resumir las lecturas del año. Debo decir que no he logrado leer todo lo que quisiera y que varias de mis lecturas fueron, en parte, de las que me cayeron a la mano o se me atravesaron en el camino en la búsqueda de otras. Algunas más se quedaron a medias y esperan mejores momentos para quedar finalizadas. Estos treinta y cuatro libros fueron mi aprendizaje y deleite del pasado año:


1) Crónicas romanas – Ignacio Trejo Fuentes


2) El desorden de tu nombre – Juan José Millás


3) Después del terremoto – Haruki Murakami


4) Textos extraños – Guillermo Samperio


5) El enigma de los códigos secretos – María Mañeru


6) Piloto de guerra – Antoine de Saint Exupery


7) Las princesas siempre andan bien peinadas – Mónica Beltrán Brozón


8) Óyeme con los ojos – Gloria Cecilia Díaz


9) Fábulas – Robert Louis Stevenson


10) La muerte y otras sorpresas – Mario Benedetti


11) ¡Por fin Bruja! – Marie Desplechin


12) Lo que queda de Roy Orbison – Roberto Bravo


13) Casi medio año - Mónica Beltrán Brozón


14) No te lo tomes al pie de la letra – Miguel Ángel Mendo


15) Danny – Roald Dahl


16) El tiempo libre de los hijos – José Luis Varea y Javier de Alba


17) Los mundos de Catalina – Patrick Modiano


18) Hay un chico en el baño de chicas – Louis Sachar


19) El juego del ajedrez – Varios


20) Pequeños escritores – Bernarda Rodríguez Betancur


21) Ladrona de libros – Markus Zusak


22) Fernanda y los mundos secretos – Ricardo Chávez


23) Cuentos para jugar – Giani Rodari


24) Cuentos por teléfono – Giani Rodari


25) Tengo catorce años y soy horrible – Gudule


26) Manual de zoología fantástica - Jorge Luis Borges


27) Aventuras del príncipe Florizel – Robert Louis Stevenson


28) La verdad de las mentiras – Mario Vargas Llosa


29) Un mundo feliz – Aldous Huxley


30) Rayuela – Julio Cortázar


31) Cómo estudiar el cuento – Lauro Zavala


32) El arte de la novela – Milan Kundera


33) El club de los corazones solitarios – Elizabeth Eulberg


34) Mentiras contagiosas – Jorge Volpi


No me arrepiento de ninguna de mis lecturas. 


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El diablo enamorado. Nota breve

 El diablo enamorado, de Jacques Cazotte, es un libro que se lee casi de una sentada. La trama, de tan simple, parece que no dijera nada; pero esto es muy engañoso. Existen ocultas o semi veladas alusiones a la conciencia, la religión, el amor por la madre, el ocultismo, la cábala.


Cazotte, con un don muy particular para contar historias, nos envuelve con ésta y nos lleva a creer en el demonio y en las artes que utiliza para perdernos. Así, el diablo encarna en la bellísima Biondetta, de la cual el protagonista no puede ni quiere resistirse, prefiriendo ir directo a su perdición.


En infinidad de historias y hechos, hemos sabido que el dolor de la madre salva a los hijos de no caer. En esta ocasión, Álvaro tiene la fortuna de contar aún con el amor de su madre, de ser querido entrañablemente por ella.


La novela tiene un final casi feliz. Y de alguna manera, nos quedamos extrañando la fatal belleza de Biondetta, aunque sepamos con certeza que ella es el demonio.


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Sobre olvidos y mujeres

 Me aterra olvidar las cosas, mis pensamientos, los hechos recientes. Olvidar situaciones o actividades realizadas apenas, puede significar que soy muy distraído o que a lo mejor estoy enfermo; en estos tiempos tan agitados el mal de Alzhaimer se ha vuelto tan común, que da verdadero pavor imaginar que pueda uno padecerlo. Últimamente he olvidado algunas ideas para escribir. Después del chispazo de tenerlas, de pensar en ellas, se han ausentado sin sentir, así, simplemente, dejando un espacio oscuro y negro donde no existe nada. Entonces siento en el centro del estómago una fuerte inquietud, un malestar indefinido por esas ideas olvidadas, perdidas quizá para siempre. Si hubiera tenido la precaución de anotarlas…


No recuerdo bien si fue en Elizondo o en Onetti, donde leí que eran mejores las mujeres imaginarias que las reales, que había más certeza, peso y congruencia en ellas (a pesar de su condición ilusoria) que en las hechas de carne y hueso. No estuve de acuerdo en ello. Me quedo con las mujeres reales, no importa lo volubles, inconstantes o desdeñosas que puedan ser; con todos sus defectos (y virtudes) son divinas. Mujeres imaginarias hay muchas, de cualidades y belleza extraordinarias, que en cantidad de casos  han pasado prácticamente de su estado no sustancial, a tomar personalidad casi corpórea. Pienso en Elizabeth Bennet, Catherine Earnshaw, Susana San Juan, Irene Adler. Y aunque también me han seducido, prefiero a las que hay que vestir, complacer, hacerles el amor y darles de comer.


 Una mujer real, imaginaria o imaginada, tiene la virtud de ser pensada y la imaginación del que la piensa puede interactuar con la imagen que crea de ella y endilgarle palabras, actitudes y acciones que en la vida corriente aquella mujer nunca tendría. Pero en eso estriba lo emocionante, que puedo imaginar que beso a Keira Knigthly o le hago el amor a Gretchen Moll, hasta lograr que la sensación de realidad se haga casi patente.


En lo particular, me cuesta trabajo relacionarme con mujeres reales. Parece haber en mi cerebro alguna parte que no funciona bien, que me impide guardar una actitud neutra o serena delante de una mujer, sea joven o vieja, bonita o no. Sin equilibrio en mis actitudes me pongo excesivamente nervioso y me tiembla la voz, no logro controlar mi mirada y termino con las manos sudorosas o sonrojándome. Es algo que no logro controlar. ¿Será timidez natural? ¿o algún problema sicológico más profundo, que necesite resolver a través de ayuda profesional?


Recuerdo algunos labios. El primer beso que me dieron en la boca. El primero que me dio la mujer que amo. El placer, el goce extremo de sentir el roce, la suavidad, el sabor de sus labios pegados a los míos, no tiene parangón. Es esa misma sensación tan especial que sientes si unos ojos queridos te miran o unas manos amorosas te acarician el rostro.


En resumen: entre mujeres reales, imaginarias e imaginadas, me inclino por las primeras, de las que puedo sentir el contacto real de sus labios al besar o la tibieza de su piel suave como la piel de la mujer que amo.


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De corazón a corazón

 -Lo que más aprecio en una mujer son sus virtudes, sin importar que tan grandes o pequeñas sean-, dijo Alberto.


-¿Y cuáles son las virtudes que encontraste en Teresa, para haberle propuesto matrimonio?...Como tu amigo, debo ser sincero y decirte que se me hace una mujer bastante prosaica, frívola y con muy poca o ninguna educación. Su cabecita revolotea por todos lados sin demasiada materia gris, más bien  huequita, diría yo. Se viste y se maquilla de lo más escandaloso y de peor gusto; porque discreta, discreta, no es. Cierto que no es nada fea, que tiene un cuerpo tentador y un par de “melones” que parecen querer salírsele del escote; pero fuma como locomotora antigua y bebe queriendo ganarle al borrachín de la esquina. Así que discúlpame, pero no le veo las virtudes que tanto dices apreciar en una mujer.


Alberto miró directamente a los ojos de su amigo por unos instantes y luego sonrió socarronamente.


-No me juzgues tan mal-, respondió.-Tere podrá tener todos los defectos que me cuentas; pero posee una virtud única, incomparable e incuestionable.


-¿Cuál?


-La única que realmente importa, amigo: ¡que es rica! ¡Inmensamente rica!


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Texto de mi cuaderno de notas, del 31/07/14

 0:20 am.


Se termina julio. He cumplido en este mes los cincuenta y nueve, y aún no sé hacia dónde se dirige mi vida. Esto podría parecer mentira, pero no lo es: no acabo por saber hacia dónde voy. Y eso es terrible porque parezco no exigirme nada, no cumplir con nada, no comprometerme con nada.


Si trato de analizarme un poco, empezaría por decir que algo me falta, algo intangible e indefinible que no logro atrapar, que me hace sentirme inútil, desorientado, desobligado. Y la sensación o el sentimiento que se genera, no es demasiado grato, más bien es duro y molesto, inquietante, algo muy parecido a la angustia, a la desesperación.


Sé muy bien que hablar y hablar una y otra vez sobre lo mismo es aburrido y chocoso y que con tantas quejas y palabras no avanzo hacia ningún lado.


De momento sigo leyendo a Llosa; estoy seducido por los breves ensayos de “La verdad de las mentiras”.


Los ojos se me cierran de sueño, pero vuelvo a abrirlos. La luz de mi cerebro parece encenderse de nuevo.


5:08 am.


Han pasado menos de cinco horas y vuelvo a este cuaderno. Por alguna razón que quizás recuerdo, se me viene a la memoria el título de un libro: “Cinco horas con Mario”, creo que de Alberto Moravia, del cual, finalmente no he leído nada, ni siquiera el libro que menciono, el cual poseí hace muchos años y nunca llegué a leer. Así permanecen muchos en los libreros de casa, cerrados, mustios, sin decir ni enseñar nada, porque aún no han sido leídos. Sus secretos permanecen intactos, al menos para mí, mientras no logre acceder a ellos o no los deje leídos a medias como me ha sucedido últimamente con varios.


Con la lectura de “La verdad de las mentiras”, se agregan a mi interminable lista de compras o lecturas pendientes, algunos títulos más. Por ejemplo: “Nadja”, de Bretón”; “La condición humana”, de Malraux; “Manhattan Transfer”, de Dos Passos. La relectura de “La muerte en Venecia”, “El lobo estepario”, “Santuario”, “Un mundo feliz”.


 


Aún sigo por aquí a pesar de tantas dudas. Escribir es para mí como una enfermedad crónica, que a ratos remite, pero luego se recrudece en forma más violenta. No me doy por vencido.


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