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JUGUETEOS

Lo esencial es invisible para los ojos, sólo se puede ver bien con el corazón. Antoine de Saint Exupery


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Un soldado

 “Hay insuficiencia de recursos, de refuerzos, de alimentos, de todo. Así no se puede ganar una guerra”, pensó el solitario soldado, único sobreviviente de su pelotón en una reciente escaramuza. Se sabía hambriento, enfermo; el rostro enjuto, desencajado, surcado de grandes ojeras, era preludio fiel del cuerpo famélico y afiebrado de aquel guiñapo de hombre.


Se agazapó tras unos arbustos que lucían cientos de flores color fucsia y que rodeaban el claro de bosque que tenía enfrente. Miró la humilde choza y el pozo, del cual una mujer vestida con harapos, sacaba agua en un balde. Aguardó con cautela. Observó que ella era esbelta y grácil; en medio de aquella soledad semejaba una ninfa, una náyade de aquel lugar.


Extremando precauciones, tambaleante, casi al borde del desmayo, se acercó a la mujer fusil en mano. Ella lo miró venir sin sorprenderse.


-Estoy sediento- dijo a modo de saludo. -¿Puedes darme agua?


La mujer, sin responder, lo invitó a que tomara del balde que estaba sobre el brocal del pozo. El soldado bebió con fruición, jadeante, tembloroso.


-¿Qué haces aquí?- dijo él.


-Aquí vivo.


-¿Y tu gente?


-Murió.


-¿Tienes comida?


Con un gesto lo invitó a seguirla hasta la choza. Entraron. El interior estaba oscuro; en la penumbra lograba verse un humilde camastro, una mesita de madera y una silla metálica medio desvencijada. De una pequeña alacena, la mujer extrajo pan y algo de carne fría.


-¿Cómo consigues esto?


-Tengo amigos.


-¿Están cerca? ¿Van a venir?- se alarmó.


-No, ahora.


En aquel momento, el soldado se dio cabal cuenta de lo hermosa que era la mujer. Le recordó vagamente a una novia sueca que tuvo en el pasado.


Devoró el pan y la carne.


-¿Puedo confiar en ti y dormir un rato?- murmuró el hombre, mientras le arreciaban los escalofríos y la fiebre.


-Puedes descansar. Nadie interrumpirá tu reposo.


El soldado se tumbó en el camastro, que estaba extrañamente blando y acogedor.


-Sabes, eres muy bonita- y extendió un brazo para acariciar la mejilla de la mujer que arrodillada lo cubría con una frazada. Cerró los ojos.


-No soy bonita, soldado. No sabes lo que dices; aunque siempre estoy solícita para ayudar a descansar a los que me necesitan.


El soldado, sumido en la inconsciencia, no alcanzó a escuchar las palabras de la mujer ni a ver ya, las mejillas descarnadas y las cuencas vacías de la muerte.


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Un cuaderno y un cuento

 En la calle hacía un clima terrible: llovía con furia y el viento helado calaba hasta el alma. Alicia decidió quedarse en casa, leer una buena novela o escribir algún cuento de ésos que tanto le gustaba inventar. Prefirió lo último. Tomó su cuaderno de notas, un bolígrafo y se dispuso a escribir. La idea había surgido días atrás, cuando una amiga le contara de la lectura de algunos mitos griegos; sobre todo el de Jasón y los argonautas, de cómo Jasón le rogó al roble parlante que lo auxiliara para recuperar el trono de su padre y el roble le aconsejó visitar a Argos, un constructor de naves. La amiga mencionó entonces, hojas de árbol susurrantes que develaban secretos en murmullos. ¿Qué pasaría- pensó- si un niño huérfano descubriera en el jardín de la casa hogar donde vive, un árbol como ése, que le contara cosas muy quedito, lo ayudara con sus tareas y le diera buenos consejos? Como lo hacen los papás. El árbol podría convertirse en su mejor amigo.


Estaba a punto de poner la primera palabra sobre el cuaderno, cuando algo o alguien, le susurró suavemente al oído:


-No…no lo hagas…


Se espantó. Con rapidez volteó hacia todas partes; pero no vio ni escuchó nada más. Estaba segura que una voz indefinible le había murmurado aquello.


Su cuaderno tenía ya muchas hojas escritas, las había llenado a lo largo de innumerables días y nunca le pasó nada como lo que acababa de suceder. Desconcertada, intentó escribir otra vez. No logró colocar ninguna letra porque la voz anterior la conminó de nuevo:


-Quema tu cuaderno. No escribas tonterías, ya estás bastante grandecita para andar escribiendo diarios.


Alicia casi se vuelve loca. Quien estuviera detrás de aquel plan maquiavélico para asustarla, lo estaba logrando.


-¿Quién eres? - dijo,  -¿qué quieres de mí?... ¿Dónde estás?...


-Aquí, dentro de ti, en tu cerebro.


-¡Estás loco!... ¿eres el demonio, un fantasma o qué?...


-Soy tu misma. Tu inseguridad, tus miedos, tus monstruos internos, los que no te dejan hacer ni decidir nada, los que te impiden crecer.


-¡Mientes!...


-Es la verdad. Haz una prueba y verás lo poquita cosa que eres, menos que nada.


Intentó escribir de nuevo la primera palabra sobre su cuaderno de notas; aunque nada ni nadie se lo impedía, no logró hacerlo. Algo intangible más fuerte que ella, no la dejaba comenzar.


Angustiada, reflexionó. Si de verdad aquella extraña voz era su miedo, todo dependía de ella, de lo que verdaderamente quisiera hacer. Decidida a todo, poniendo su mayor voluntad, dijo en voz alta:


-Tú no tienes poder ninguno sobre mí. Seas quien seas, no me vas a impedir nada. Ni escribir, ni tomar decisiones…mucho menos crecer.


Así Alicia, bolígrafo en mano, escribió sobre la blancura de una hoja de su cuaderno:


“Había una vez un niño huérfano, que conoció a un árbol de hojas susurrantes y se hicieron íntimos amigos…”


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La causa de todos los males

 El viernes, el hombre tuvo un turno de trabajo agotador: asistió temprano a una junta, recibió a un par de proveedores, redactó un informe sobre un producto nuevo en el que invirtió varias horas, y finalmente le dio la bienvenida y entrenó en los reglamentos básicos de la empresa a  Gloria, una joven muy guapa que fungiría como su nueva secretaria.


El sábado por la mañana se sintió un tanto extraño, tenía una desazón desconocida, que le impedía pensar con claridad y estar tranquilo, como un presentimiento.


El domingo, se supo enfermo. Los síntomas que presentaba eran señal inequívoca de una grave enfermedad: confusión total, una terrible ansiedad, un vacío inexplicable en el estómago casi al borde de la náusea. Esa noche durmió apenas, el insomnio hizo presa de él. Un pensamiento obsesivo lo acosaba. Se le fue el apetito. No comíó nada durante el día y le dolió todo el cuerpo. Estaba desesperado.


Preocupado, el lunes muy temprano acudió al médico. Éste, lo encontró perfectamente sano. Luego, se dirigió al trabajo. Nomás llegar se topó con Gloria, la nueva secretaria, quien lo recibió con una sonrisa y un buenos días, que en aquella boca roja, joven y fresca, pareció un baño de sol reconfortador. Se sintió bien, muy bien. Entonces, como si despertara de un sueño, le llegó la respuesta de sus males. ¡Estúpido!, la causa de todas sus dolencias era la nueva secretaria y el nombre correcto de sus múltiples achaques, se llamaba…estar enamorado.


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Esta vez, sólo tres

 Los fines de semana se prestan muy bien para retomar fuerzas y relajarse un tanto de las actividades diarias y cotidianas. Y qué mejor que leer un buen libro, realizar pequeñas caminatas, ver en casa viejas pelis o escuchar un poco de música. Hoy, tres canciones de ésas que conmueven el corazón y te lo dejan blandito, blandito. Y no nada más el corazón, sino todo eso que llevamos dentro, que cargamos con gusto o a pesar nuestro y de lo cual no podemos o no queremos escaparnos. Feliz domingo.



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La Verdad

 Un hombre dedicó su vida entera a buscar La Verdad, la buscó con ahínco, con tesón, con fe, con unas ganas inmensas de topársela de frente; pero en los caminos recorridos, con quien se encontró las más de las veces fue con La Mentira. Ésta sí que le saltaba al paso a cada momento, le ponía obstáculos, le metía el pie, lo hacía tropezar frecuentemente para desilusionarlo y hacer patente su torpeza. Aquél hombre siguió imperturbable su búsqueda en pos de La Verdad, tenía la certeza de encontrarla finalmente.


En esa tarea tenaz se le fueron pasando los años, hasta que se vio convertido en un viejecillo decrépito y necio que ya no aceptaba el fracaso como respuesta. Llegó al día de su muerte, aún decidido a no dejarse vencer. Sus últimos segundos, le sirvieron para reflexionar en la inutilidad de su vida y de su empecinamiento vano e infructuoso. Reconoció que lo único verdadero que encontró a través de tantos tropiezos y sinsabores fue La Mentira, monda y lironda, desparpajada, cínica, fatua. Tuvo un atisbo breve, fugaz, de que quizás su búsqueda no había sido del todo inútil, porque La Mentira siempre fue real, auténtica, una verdad evidente (quizás, La Verdad).


Mientras la luz de sus ojos se apagaba sonrió por última vez, Verdad o Mentira, nada de eso importaba ahora, porque lo único cierto en aquel instante, era su muerte.


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Las ideas no crecen en los árboles

 Las ideas no crecen en los árboles; pero si crecieran, las mías estarían como las hojas en otoño: secas, caídas, volando con el aire, rotas. Por estos días la savia que debiera alimentarlas no corre por ningún lado, se encuentra estancada quién sabe dónde. Quizás en alguna cloaca.


En casa tengo tanto desorden, que nunca encuentro nada. He buscado un viejo ajedrez de madera que me gusta mucho y que no aparece por ningún lado. Ha desaparecido. No que lo hayan robado o alguien se lo haya llevado; sino que el ajedrez mismo se ha escondido de mí por alguna razón. ¿Cuál?...¡Qué sé yo!, quizá se está vengando de mi olvido involuntario de tantos años. Él ha sido mi primer ajedrez. Creo que no hay duda, se ha escondido. ¿O estará perdido como a veces perdemos a los niños en el tianguis o en el supermercado y no logra encontrarme?...Espero que el desencuentro sea pasajero. Me dolería mucho descubrir que ya no estará más.


Hay mucho polvo, dudas y flojera en mí, esta soleada mañana de domingo. ¿Podré quitarme la modorra que no me deja pensar y moverme con ligereza?...Éste de hoy es un caso muy difícil, prefiero seguir escribiendo estas palabras desparpajadas, que vestirme o desayunar, aunque el estómago gruña como desesperado pidiendo atención. También me seduce la idea de botar la pluma y el cuaderno en el que escribo y cerrar los ojos; arrebujarme entre las sábanas de la cama y dormir un rato más. ¿Seré capaz de hacerlo?...No lo cre…o…


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Una noche calurosa

 Una noche de verano, calurosa, incluso en el castillo de La Bestia, Bella se siente abochornada, sofocada de calor. El deseo de ser poseída por La Bestia le llega de improviso, como un ramalazo., como un golpe de calor. Bella busca a La Bestia. Lo encuentra pensativo y plácidamente sentado sobre la cama de su habitación. Bella se le acerca melosa, algo zalamera y se abraza a él llena de deseo.


-Bestia- le dice sin más-, tómame por favor, te deseo con urgencia.


Se le repega voluptuosa y lo besa. Pero La Bestia está distraído, piensa en .otras cuestiones y no se da cuenta cabal ni le presta la debida atención al reclamo de Bella.


-Por favor, Bestia, hazme tuya o cómeme, lo que tú quieras- dice, lasciva.


Pero Bestia sigue pendiente de otros asuntos que le preocupan, muy ajenos al amor.


-Bella, por favor- le dice suavemente-, ahora no, trata de entretenerte con algo, estoy ocupado tratando de tomar algunas decisiones..


Rechazada, molesta, encendida de deseo, el enojo de Bella crece y sin pensarlo demasiado, responde:


-Si así lo quieres, lo haré.


Sale presurosa del castillo y se interna en la profundidad del bosque. El aire frío se cuela con crudeza entre los árboles, el paisaje helado se muestra inhóspito y solitario; pero a ella no le importa, su cuerpo es un ascua que necesita remedio.


Traspasa los límites del bosque de su cuento y se interna resuelta, en el bosque del cuento de Caperucita roja. Bella sabe muy bien que el lobo ya se ha comido a la abuelita y a Caperucita, que ronda hambriento por las cabañas de los leñadores, deseoso de probar otro platillo igual de suculento que aquéllos. Como no encuentra al lobo, se va directa a donde sabe que el lobo tiene su madriguera. El lobo, que siempre está al acecho, percibe el tentador olor de Bella, del cual está impregnado todo el aire. La ataja en un recodo del camino.


-¿Qué haces aquí, Bella?- gruñe con acentos roncos, el lobo-. Estos no son tus dominios ni tu cuento. ¿Qué buscas aquí?


-Hola, lobo. Algo muy simple. Esta noche me encuentro muy nerviosa, agitada, febril. Quiero que me poseas, ahora mismo, o que me comas. Lo que tú prefieras…pero ya.


El lobo, taimado, la observa con detenimiento, pensando en si aquello es una trampa o Bella se ha vuelto loca. En un instante decide que es lo segundo y no puede desaprovechar la oportunidad, así que exclama desenfadado:


-Como tú quieras.


Se acerca a ella lentamente y Bella tiembla emocionada presa del deseo. El lobo puede percibir con exactitud lo excitada que se encuentra. Ella, se imagina ya entre las poderosas garras del lobo. Pero el lobo es muy astuto y nada compasivo. La disyuntiva es apremiante: ¿la poseo o me la como?...No hay mucho que decidir. El lobo siempre ha sido un animal galante; pero el hambre es canija y no hay quien se la aguante. Así que sin darle a Bella tiempo de nada, de un tarascazo terrible la engulle completa y se la come.


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Rosa de Alejandría

 ¿Qué poder misterioso puede tener la letra o la música de una canción para hacerla especial? Especial para uno mismo, se entiende (o para muchos otros). Hace ya  bastante tiempo confesé mi pasión por El Último de la Fila y por sus canciones; pero algunas canciones vuelven y resulta que una en particular te recuerda cosas. Parece que la olvidaste y de repente una frase dicha al azar, un gesto determinado, la visión de algún rostro, otra melodía, te la recuerdan y de golpe se apersona ahí, en el fondo de tu mente, en el mero centro de tu corazón y comienzas a recordarla, añoras escucharla completa y tu espíritu no estará tranquilo ni contento hasta que puedas acceder a ella. Sin razón aparente, así he llegado esta noche a Rosa de Alejandría, que Manolo García interpretara hace ya bastantes ayeres. Pero, ¿eso acaso importa?...El tiempo transcurrido carece de relevancia porque la buena música es atemporal, casi casi diría eterna. Comenzando con Beethoven (desde mucho tiempo antes en realidad) y concluyendo con los Beatles (esto tampoco es cierto porque después de ellos se ha hecho música excelsa) la música fluye serena o salvaje inundando el universo de sonidos, que hacen de ella lo maravillosa que es,


No hay mucho más que agregar, al menos para hablar de esta pasión en particular. También me alimento de quimeras, como reza Manolo García en esta rosa de color tan portentoso.



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