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JUGUETEOS

Lo esencial es invisible para los ojos, sólo se puede ver bien con el corazón. Antoine de Saint Exupery


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Cuentos y cuentistas: Mario Benedetti

 Acercarse de vez en cuando al establecimiento de revistas y libros usados cercano a casa es una verdadera aventura, donde navegar a través de los mares de papel apilados en estantes, cajas y repisas a lo largo y ancho del local, puede representar un verdadero naufragio para el bolsillo. Sin embargo, la curiosidad y la sorpresa de algún hallazgo, pueden más que lo exiguo de los recursos económicos de los que se pueda disponer. En el ambiente puede percibirse el olor característico de humedad y el polvillo que despide el papel enmohecido; aun así, resulta una delicia viajar entre los breves pasillos del lugar y echar un vistazo detallado a los libros de los anaqueles.


En una de esas tantas ocasiones, hojeando y manoseando libros y revistas, fue como apareció “La muerte y otras sorpresas”, un librito de cuentos de Benedetti, que bastante ajado y manchado de pintura color rosa en la portada, llamó mi atención. Primero por el autor; luego porque era un libro de historias cortas y finalmente por el ridículo costo. Editado por siglo XXI, el libro corresponde a mil novecientos ochenta y ocho y ostenta en la segunda hoja el nombre de su anterior dueño: Omar Calderón Vargas. ¿Estudiante?...quizás. Contiene diecinueve cuentos y muchos de ellos a mi parecer, memorables. Su lectura no fue fácil; no por la calidad del contenido sino por una serie de múltiples actividades que me vi forzado a realizar y que impidieron que mis tiempos de lectura fueran más largos y sosegados, para realizar un análisis más claro de lo leído. Pero las historias de Benedetti se imponen, con sus descripciones detallistas y un avance de la acción lento pero bien cimentado, te van atrapando de a poco. Además como aparecen dos o tres textos muy breves, apenas de una página, la lectura se aligera un tanto. La magia de la pluma de don Mario, hace lo demás.


Entre los casi veinte cuentos, unos me gustaron más que otros; pero entre los primeros hay varios verdaderamente admirables ( o al menos así los juzgo yo):


Ganas de embromar: una historia de espionaje que nos hace reflexionar en si realmente conocemos a la gente que nos rodea; incluso a los más cercanos a nosotros. Y descubrir si nuestras ideas contestatarias o revolucionarias pueden o no llevarnos a un desastre personal.


La noche de los feos: ¿qué tan lastimada o corrompida, puede estar el alma de un hombre o de una mujer fea? ¿Qué circunstancias pueden ser capaces de unir a dos seres tan disímiles y marginados? ¿Qué puede nacer de bueno, de un encuentro casual y un conocimiento casi forzado?


Datos para el viudo: ¿cómo reaccionar cuando alguien viene a contarte infinidad de cosas de tu mujer muerta?, cuando te das cuenta que no la conocías y que otra mujer distinta de la sabida, habitaba en aquel cuerpo tan amado. Una mujer extraña y lejana, capaz de sostener una sarta de mentiras.


Miss Amnesia: ¿cómo conjurar los demonios y los malos recuerdos que nos acosan?...Olvidando, por supuesto; lo grave del asunto es que olvidando pueden aparecer nuevos horrores que hagan de nuestro existir, una pesadilla interminable.


Acaso irreparable: La vida y la muerte entremezcladas. Ficción y realidad conjuntas en una serie de hechos que te mantienen al borde del insomnio y la pesadilla. ¿Tiene remedio lo inevitable?


Cinco años de vida: ¿vale la pena arriesgarlos? ¿Por un sueño? ¿Por el amor de una mujer?...Elegir correctamente es la incógnita, la llave que ha de acercarnos a la felicidad o al fracaso.


No hay desperdicio de recursos, de ideas, de palabras, en cada una de las historias contadas, una a una cumplen un esquema exacto de su propio mundo particular y siguen el rumbo más adecuado para alcanzar el clímax preciso que las convertirá de uno u otro modo  en extraordinarias historias.


Le debía este texto a Benedetti. No podía dejar de escribir una breve reseña sobre la satisfacción particular sentida tras la lectura de su libro de cuentos, y comprobar con largueza su maestría como cuentista.


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La magia no se termina. Gabriel García Márquez

 Jueves santo, día sagrado de la semana mayor. El mundo cristiano se prepara para rememorar el viacrucis doloroso de Jesús. Día doloroso también para la literatura, pues hoy, ha muerto Gabriel García Márquez, uno de los mejores escritores latinoamericanos del presente. Hace apenas menos de dos años, se fue Carlos Fuentes; ahora, le ha tocado el nada envidiable turno a García Márquez.


Por supuesto nos deja el legado de una obra maravillosa, profundamente imaginativa y original; pero el hombre, el mago de las letras de historias excepcionales, se ha marchado para no regresar jamás. No sabemos a dónde habrá llegado, quizás a un mundo mejor que el de esta realidad cotidiana plagada de hambre, pobreza, políticos corruptos, desempleo, crisis económica, etc. Desde ahí, esperemos que pueda seguir lucubrando sus historias, aunque ya no sepamos de ellas.


Esta breve nota no pretende ser enterada ni erudita, sino únicamente un testimonio de un hecho que duele, que lastima, que lacera el corazón de los apasionados de las letras. Sin García Márquez no sabríamos nada de Macondo; de la terrible soledad de un general y su esposa y la añoranza de un hijo que nunca va a regresar; del hombre muerto que todo mundo sabe que lo van a matar, menos él y al que nadie es capaz de avisarle de ello; del amor extraño por una mujer casada con otro y que finalmente germina casi al umbral de la muerte; ni de la señora Forbes, ni de la niña mordida por un perro rabioso, ni de la joven desangrada a causa del pinchazo de la espina de una rosa, ni de…


¿Dónde termina la magia?...con la partida de Gabriel García Márquez, no; pero es un hecho ineluctable que deja el corazón acongojado, desamparado. Querido Gabo, descansa en paz.


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Antojo

 Niña, deseo de saciar la sed,


ansia feroz y loca


es la que me provoca usted:


antojo de su boca.


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Incertezas

 Él era un hombre muy solo; lejos de su tierra, su familia y amigos, se entretenía en visitas asiduas a infinidad de bares y tugurios, largas lecturas de libros prestados por una biblioteca cercana y otras manías varias de alguien que no tiene a nadie a su lado: ver televisión por las noches, escuchar noticieros y música por la radio, emborronar las hojas de un viejo cuaderno con poemas malos y cursis. Pero tenía una manía especial (si así podemos llamarla): le disgustaban las dudas, las incertezas, no soportaba de manera alguna la incertidumbre. Así que cada vez que los hechos le procuraban razones para descubrir la verdad, se afanaba en averiguar qué tanto de realidad o mentira había en ellos. Y sólo cuando lo descubría, experimentaba una gran paz interior muy parecida a la felicidad…Me equivoco, parecida a la felicidad, no. En esos momentos era realmente feliz.


Cuando cierta noche que salía de un bar, varios pelafustanes lo asaltaron dejándolo malherido, tirado a media calle y despertó varios días después en la cama de un hospital tras una lucha tenaz contra la huesuda, lo primero que decidió saber fue, qué había sucedido exactamente desde el día en que sufrió el asalto hasta el momento presente, pues recordaba vagamente a los fulanos, los múltiples golpes y casi nada de su estancia en el nosocomio ni de su lenta recuperación.


Así que cuando salió del hospital se puso de inmediato a reconstruir los hechos. Fue al lugar del asalto e intentó rememorar lo sucedido. Preguntó a médicos y enfermeras que lo habían atendido e incluso indagó con la policía, quien también le hizo muchas preguntas; pero fue una enfermera vieja, mal encarada y particularmente nerviosa, la que finalmente le dio una pista definitiva. Lo mandó a que visitara cierto lugar. Agradecido, ni tardo ni perezoso se fue allí como de rayo. Sólo cuando vio en el cementerio la tumba llena de flores mustias y marchitas con una cruz mal puesta sobre la tierra suelta y recién removida, comprendió que estaba muerto, bien muerto, muerto para siempre. Sobre la cruz, con letras mal garrapateadas aparecía su nombre. ¿Cómo lo supieron? ¿Acaso por su credencial de identificación? ¿Quién fue tan caritativo de recogerlo del hospital y enterrarlo?...Estaba seguro de que eso lo averiguaría después.


Se sintió triste, muy triste; luego, de a poco, descubrió con asombro que su espíritu no estaba inquieto sino más bien resignado… e ilógicamente despierto; que él, de cualquier manera que fuera, estaba ahí, pensando, razonando, experimentando situaciones. En lo esencial, por ahora no había dudas ni incertezas: estaba muerto y enterrado. Bueno, ¿y qué?...Eso era lo que él quería: saber. Entonces sonrió para sí (con sonrisa de muerto comprobado) y se supo feliz…inmensamente feliz.


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Pólvora

 Este es un texto escrito hace ya algún tiempo. Pretende ser la re-versión de una canción muy conocida.


 


Manejar pólvora o dinamita es en extremo peligroso; así que con suavidad y el máximo cuidado, la llevé lentamente hasta mi habitación. No encendí la luz, el miedo me paralizaba y me hubiera sido imposible hacerlo. Era la primera vez que la tenía entre mis manos; temblaba yo de pies a cabeza. Casi con ternura la deposité sobre la cama. Un nudo grande me cerraba la garganta. Estaba tan excitado que temía perder el control. Era tan peligrosa, que en cualquier momento podía hacerme volar. No resistí más la tensión...de un tirón me quité la camisa y reclinado sobre ella, la besé en los labios, la desnudé rápidamente y le hice el amor a aquella bella y explosiva chica, a la que apodaban “Pólvora”.


)

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Otra vez, notas de paso

 Quiero escribir, pero no puedo. No hay nada en estos momentos que me motive a hacerlo realmente. Percibo en mi interior una flojera inmensa a pensar con exactitud y enfrentarme a razonamientos que me lleven a culminar algún texto de ficción. Como en ocasiones anteriores, las ideas no faltan, es más bien esa ausencia de ganas y de interés verdadero, la que me impide escribir. Realizar algunas notas de paso, es una bendición, porque me permite expresar algunos pensamientos sobre cualquier cosa, dejándome llevar más por el sentimiento que por la razón. Por ejemplo, hablar quizás sobre una mujer joven y bonita que vende pan;  o sobre las desafortunadas muertes de Amy Winehouse y Whitney Houston; quizás comentar sobre lo mal que me sale la interpretación en guitarra de “Baby it´s you” de los Beatles; de los libros que no he leído entre enero y marzo de este año; que me he comprado con cierto remordimiento (por el costo de cada uno), “Grandes esperanzas” de Dickens y “Emma” de Jane Austen; que el sábado pasado me he ido en solitario a la Feria del libro del Palacio de Minería y que con mil remordimientos más (je, je), me he traído a casa “Manuscrito encontrado en Zaragoza” de Jan Potocki; “Ubu completo y Amor absoluto” de Alfred Jarry. También “El libro vacío”,de Josefina Vicens, un libro largamente añorado. O por qué no decir que mi equipo de fútbol favorito, el Cruz Azul, marcha en el primer lugar del torneo. ¿O si mejor comento sobre un par de canciones que andan rondando mi cabeza?...


Por acá son ya las 0:49 del martes 04 de marzo y lo mejor que puedo hacer es irme a dormir y soñar un poco. Soñar, tal vez, que escribo (por fin) un cuento fenomenal, o que hago el amor con alguna mujer guapa, que no sepa lo simple que soy y me quiera un poquito…Total, soñar no cuesta nada…¿o sí?...


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El viejo Buk

 Bukowski es inspirador. “El viejo indecente” como lo llaman muchos, podrá haber vivido al borde del precipicio, pero quizá por lo mismo su obra rebosa vitalidad,  presencia y la desfachatez necesaria, para hacer de sus poemas, cuentos y novelas, pequeñas obras maestras. Debo decir que me gusta mucho “La senda del perdedor” y “Pulp”. Buk, goza de la fama de haber escrito como vivió. En lo particular, creo que sus poemas son los que más se acercan a esa percepción. En ellos, puede palparse una ácida crítica, feroz, tenaz, al “american way of life”.


Adentrarse en los textos de Bukowski, es una experiencia esclarecedora y que motiva a escribir, imitándolo. Sus versos (como dardos envenenados) van fluyendo como precisas imágenes cotidianas, llenas de mujeres, erotismo, críticas punzantes, vistas desde la óptica del desarrapado, el marginado, el más jodido. Intentaría aquí algún poema propio, pero la cabeza se me va de sueño. Aun así, copio aquí uno de los poemas que más me gustan de Buk.


 


Eres una bestia, ella dijo,


tu gran panza blanca


y esos pies peludos.


 


Jamás te cortas las uñas


y tienes manos gordas


garras como de gato


tu brillante nariz roja


y las pelotas más grandes


que he visto.


 


Disparas esperma como


una ballena que arroja agua


por su espalda.


 


Bestia, bestia, bestia


me besó.


¿Qué quieres, para desayunar?


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Un lector empecinado

 Vuelvo a esta casa cada vez que puedo. A veces, pasan largas temporadas sin que pueda regresar; pero finalmente lo hago. En ella me siento protegido, tranquilo, casi feliz. Nada ni nadie puede lastimarme mientras permanezco en ella. Se encuentra ubicada en lo más alto de una colina y desde los amplios ventanales del piso superior, puedo contemplar el campo, los sembradíos nacientes, el ganado que sestea, los hombres trabajando, el sol que brilla en todo su esplendor. Existe tal armonía en todo ello, que me entra la certeza de que lo que miro, podría ser el Paraíso. Observando, me quedo extasiado mucho tiempo, minutos, tal vez horas, hasta que recuerdo la verdadera razón de mis continuos retornos; entonces me retiro de las ventanas y con paso lento, mesurado, camino por las habitaciones solitarias, polvosas, de techos altos, de gruesos muros, hasta la enorme biblioteca de esta casa, donde se encuentran los libros que mi empecinada pasión, busca en cada ocasión en que retorno.


Por fin aparece la verdadera razón de mis regresos. La biblioteca es enorme y se halla ubicada en el ala este de la vieja casona, así que es casi la primera en recibir la luz y el tibio calor del sol. Cuando entro en ella, es como si penetrara en un recinto sagrado, el silencio reinante en su interior es tal, que casi semeja un bloque sólido que pudiera tocarse. Largos y altos anaqueles cubren las paredes y en ellos se apilan perfectamente alineados, hileras interminables de libros. Libros, libros y libros de múltiples grosores, colores y tamaños. Libros de ciencia, arte, música, pintura, literatura, de mil temas diversos. Anaqueles y anaqueles con libros repletos de infinita sabiduría. Y se encuentran a mi alcance. Aquí puedo permanecer una indeterminada cantidad de horas, hojeando, tocando, leyendo, sin que a nadie le parezca mal que lo haga, sin que nadie me perturbe.


Mi sillón favorito es uno muy grande y negro, de respaldo alto que está cercano al ventanal. Me gusta regodearme con su contacto sobre mi espalda y nuca, así que me siento en él, mientras entre las manos tengo ya aferrado tenazmente mi libro por leer. No puedo determinar cuántos libros y durante cuántos años, he leído en este cotidiano recinto, pero son muchísimos. El libro elegido es uno de Julio Cortázar, el segundo volumen de sus Cuentos Completos, una relectura largamente añorada donde me aguardan sus Historias de Cronopios y de Famas y su Manual de Instrucciones, esa serie de textos breves, extraños y sorprendentes que te dicen cómo cantar, llorar o subir una escalera. Cortázar no está, pero sí está. Yo, muchas veces no estoy, no logro recordar dónde permanezco mientras tanto, pero alguien me permite regresar  a ratos; por eso estoy aquí; entonces aprovecho para leer.


Leer a Cortázar me da miedo, porque me hace pensar, me da ideas, me sugiere cosas inverosímiles, raras, imposibles, como mis continuos retornos. En sus letras sugiere, descubre o revela monstruosidades que me ponen a temblar nomás con imaginar que pudieran ser reales. ¿O lo son y él lo sabía?...Ni siquiera las sombras que por momentos pululan misteriosamente a mi alrededor, me asustan tanto como sus historias. Sin más, sus instrucciones-ejemplos sobre la forma de tener miedo, me erizan la piel. Es tan simple y como al azar lo que dice, que precisamente en esa simpleza se encierra todo el horror de lo más cotidiano y conocido.


Cortázar, escribe: “En un pueblo de Escocia venden libros con una página en blanco perdida en algún lugar del volumen. Si un lector desemboca en esa página al dar las tres de la tarde, muere”. ¿No es realmente terrible que pueda suceder algo así? “En Amalfi al terminar la zona costanera, hay un malecón que entra en el mar y la noche. Se oye ladrar un perro más allá de la última farola”. Los perros nunca me han gustado mucho, menos si pudieran ser perros fantasmas. “Se sabe de un viajante de comercio a quien le empezó a doler la muñeca izquierda, justamente debajo del reloj pulsera. Al arrancarse el reloj, saltó la sangre: la herida mostraba la huella de unos dientes muy finos”. Imaginar a los seres que pueden infligir mordeduras tales bajo los relojes, me pone casi paranoico. Aun así leo a Cortázar. Me faltan por leer de esta biblioteca muchos libros, pero tiempo es lo que me sobra; leer y releer es una actividad asombrosa y también llena de azar, porque puedo elegir entre miles cuál será el libro siguiente.


Me preocupa más la cuestión de los retornos. No sé si alguna vez terminarán o serán para siempre. Suceden al inicio del Día de todos los Santos y duran poco menos de dos días. No estoy en ninguna parte y de repente ya estoy, dirigiéndome a la vieja casa desolada, que parece estar esperando para darme cobijo entre sus paredes. ¿Quién ha decidido darme este tiempo?...porque muerto estoy, de eso no tengo duda, casi puedo recordar a la gente bondadosa que me dio cristiana sepultura en el cementerio cercano.


Mientras los retornos duren, seguiré viniendo a la biblioteca de mi vieja casa, para perderme entre sus viejos volúmenes, entre el polvo largamente acumulado sobre sus hojas, entre la soledad de estos vetustos muros que ya no habita nadie. Quizás haya sido mi rabiosa pasión por la lectura la que me permite estos breves regresos. Quizás, sólo soy una aturdida alma, que se ha perdido en el camino.


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