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La Ínsula Etérea

"Caer, levantarse, insistir, aprender"


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No me representan

Los sucesos del pasado miércoles en Barcelona, en ese maravilloso vergel al que llaman Parque de la Ciutadella, resultaron a todas luces lamentables, despreciables, fuera de toda lógica y asociación al movimiento 15-M (en el que tantos creemos por convicción) y que es completamente ajeno a la violencia y a la agresión.


El 15-M es el resultado de la unión de miles de personas en toda España cansados de una clase política que mangonea y se muestra indiferente ante los verdaderos problemas de los ciudadanos que los eligen, que prometen una cosa y hacen la contraria, que pervierten el sistema, que trafican con la información que poseen por estar donde están, que cargan con el peso de la crisis a quienes la padecen, que se entretiene en debates estériles sin taponar la verdadera herida por la que se desangra este país: la pérdida de empleo. Pero por encima de todo lo demás, es un movimiento pacífico y pacifista. Se quiere cambiar el sistema, sí, pero siempre se ha tenido claro que hay que hacerlo desde dentro. Nunca mediante atajos. Y mucho menos violentos.


Vaya desde aquí mi rechazo más repulsivo hacia quienes coaccionaron, atacaron, escupieron y agredieron a los representantes legales, les guste o no, del pueblo catalán. También hacia aquellos desalmados que trataron de quitarle a un parlamentario ciego a su perro. Sus ojos. Verdaderamente deplorable. Del mismo modo, mi rechazo total hacia quienes rodearon al ciudadano Alberto Ruiz-Gallardón y a su familia cuando paseaban por la calle.


Es complicado controlar que los mismos de siempre, los que andan acechando a la espera de una situación propicia para ellos, la de las grandes concentraciones de personas (léase celebración de títulos deportivos, manifestaciones, actos políticos de prmera magnitud mundial), lo aprovechen para desatarse y acometer contra la sociedad, porque aunque ellos ataquen a la policía, o ahora a los políticos, el daño lo hacen siempre al conjunto del país. Por eso, porque aprovechan siempre las masificaciones, hay que ser prudentes a la hora de buscar culpables y no tratar de matar moscas a cañonazos. Los antisistema son los que son, los violentos son quienes son, pero ni forman parte del 15-M, ni mucho menos lo representan. Sólo se representan a ellos mismos, que ya es bastante desgracia con la que cargar.


Me resulta llamativo que los primeros que han aprovechado para echarse encima del 15-M por considerarlos violentos, agresivos y no sé cuantas cosas más (lo de perroflaúticos parece que de tanto repetirlo ya no les hace gracia porque no supone novedad) son los que más deberían mantenerse al margen, pues no son precisamente ni puros, ni castos, ni tienen autoridad ética para denunciar delitos. Son los mismos que, casualidades de la vida, han recibido la mayor parte de las críticas vertidas por los manifestantes del 15-M porque han alzado su voz y han denunciado sus tropelías. Ahí tenemos el ejemplo de los implicados en el caso Gurtel y todos los que, sin estar implicados, les dan pábulo y cobijo moral; o el señor Chaves, ese prohombre garante del nepotismo más descarado y que, de tan amante de los cortijos, hizo de Andalucía el suyo propio. O por qué no decirlo, la propia Generalitat, que sabedora de la nefasta gestión de su anterior intervención contra los indignados de Plaza de Cataluña carga ahora contra ellos sin miramientos.


Sin embargo, a toda esta gente, incluidos sus medios de comunicación, les interesa mezclarlos a todos, meterlos en el mismo saco, porque saben que, de no hacerlo de este modo, no tienen por dónde atacarlos. Saben que las principales demandas del 15-M no son salvas al aire, que abrir las listas de los partidos o que todos los votos valgan lo mismo en cualquier lado, por nombrar dos de ellas, son un paso adelante muy importante para que los ciudadanos se sientan mucho más partícipes y valorados. Pero resulta que estas demandas chocan con sus intereses personales, porque en el caso de las listas abiertas, por ejemplo, supone que la gente valorará a los que consideren mejor preparados, y entonces, los esfuerzos que los políticos hacen para medrar dentro de sus partidos, en algunos casos arrastrándose hasta la náusea, no les otorgará un lugar de mando y un puesto de notoriedad, que es a lo único que aspiran muchos de ellos. Y es que los ciudadanos, esa masa borreguil, no tiene en cuenta el desgaste al que someten a sus lingus algunos por subir a la cima, culus mediante… No lo saben apreciar. Menos mal que para eso está el presidente del partido.


Caso aparte merecen las conclusiones de un tal López Tena, uno de los diputados catalanes que sufrieron el ataque de los violentos. El representante de Solidaritat, se negaba a responder en español a una pregunta de un periodista "porque todas las personas que teníamos alrededor, todas sin excepción, todos los insultos los hacían en esta lengua que usted quiere que hable ahora". Si el alcance final, como análisis, al que este individuo llega después de mucho pensar, es realizar un silogismo en el que español equivale a violencia… ¡se puede saber en qué manos está la representación de un pueblo tan noble como el catalán! Esta gente a lo de siempre, sin enterarse absolutamente de nada, son incapaces de ver más allá de su ombligo. Pedirle algo de autocrítica a esta gente es como poner al lobo al cuidado de las gallinas y confiar en encontrar el gallinero sin un deceso.


No debemos olvidar jamás que nuestra libertad acaba donde empieza la de los demás. Por ello, el respeto hacia cualquier persona, por mucho que no nos guste su actuación o su forma de pensar, tiene que estar por encima de cualquier otra cosa. Que no se pierdan nunca las formas, es lo que Ellos quieren para encontrar el punto débil sobre el que golpearnos con saña.


Tenemos la razón y la defendemos como hasta ahora, con dignidad y a su altura. Con la voz como única arma. Como hasta ahora. Porque el indigno, cuando escucha las verdades incómodas, enloquece y hace lo que sea para acallarlas. Lo que sea.


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Soñando la Revolución


 “El Sueño Hoy es una Realidad”


Dimensiones: Aprox. un A3.


Técnica: Rotulador rojo sobre papel blanco satinado.


Ubicación: Puerta del Sol. Madrid.


 



 


 


La semana pasada, quince de mayo, la Carrera de San Jéronimo era, como cada fin de semana, una arteria recorrida por miles de puntos de colores, cada uno una persona, que en su condición de turistas en su mayoría, descubrían o venían de descubrir, según el sentido de la marcha, uno de los enclaves más famosos, fotografiados y representativos de la capital de España: la Puerta del Sol. Mimetizado entre ellos, vistiendo ropa cómoda y la ilusión renovada que siempre bulle en mi interior cuando visito Madrid, no llegué a imaginar que aquella manifestación que andaba buscando, por la que pregunté hasta el hartazgo a decenas de personas que entraban o salían de la boca de metro acristalada con cierto símil a la crisálida de una oruga,  y que finalmente me indicaron que terminaría en Sol pero ya entrada la tarde, se iba a convertir en uno de los movimientos sociales más puros, reivindicativos, pacíficos, legales y limpios que jamás haya vivido antes la democracia española. Por problemas de horarios apenas pude contactar con aquella manifestación germen, pero algo dentro de mí me obligaba, durante toda la semana siguiente, a regresar al punto de partida de donde nace el tinglado de vías que nos acercan a unos con otros. Y allí que me fui, mucho antes de que despuntasen los primeros rayos de luz del sábado, para conocer, preguntar, debatir, aplaudir, cantar, SOÑAR. Porque por encima de todo lo demás, el llamado día de la reflexión, fue para mí como vivir un sueño, como zambullirme en un mundo paralelo en el que muchos de los valores con los que tanto nos llenamos la boca se ponían en práctica a través de unas voces anónimas que también soñaban, como yo. Unos valores que de tanto ser manidos en vano por parte de quienes nos gobiernan o lo intentan, en ocasiones he considerado que habían perdido todo el crédito y que ya no eran nada, tan poco como aquellos que los blandían.


 


Esta es mi crónica:



Comí en un restaurante que flirtea con la trasera del Congreso. Tal es su coqueteo que incluso los congresistas, esos hombres y mujeres que legislan pulsando botones rojos o verdes con un porcentaje de acierto bastante discreto, acuden a comer en muchas ocasiones al mismo lugar. Al parecer, contar con varias salitas privadas y una cocina netamente vasca son las dos mayores virtudes que el restaurante hace valer para ganarse la confianza de sus señorías.


Tengo un amigo que fuma. En realidad tengo varios que lo hacen, pero al que me refiero en este caso es de esos que no se aguantan con facilidad y anda siempre buscándole a los locales un patio interior, una salida de emergencia o un cuarto de escobas en el que poder tirar unas caladas y sentirse en paz consigo mismo. El caso es que no lo había e inició una conversación con el camarero. El uno decía que la culpa la tenían los de ahí al lado. El otro le respondía que sí, pero que además, los de ahí al lado, eran unos hipócritas, pues les hacían reservarles las salitas privadas para poder ser aislados y fumar con total libertad sin que nadie se percatase de que ellos, los que le dieron al botón verde para prohibir fumar en lugares como aquel, fumaban como indios cabreados. Y claro, mi amigo me dijo que estaba indignado. Más que indignado, indignadísimo. Y le dijo que cómo es que se lo permitían si en la puerta de entrada había un cartel colgado que indicaba expresamente la prohibición. Yo le dije que con las cosas de comer no se juega, y que el dueño del restaurante, aún sabiendo que comete una infracción, estará dispuesto a ella con tal de que sus adinerados clientes no abandonen su local y no les sean infieles. Entonces mi amigo me dijo que cómo era posible que quienes prohíben se salten las prohibiciones, que se sentía profundamente irritado. No pude más que responderle que necesitaba que se viniese conmigo nada más salir, que existía un lugar para él. Que esto mismo podría expresarlo y denunciarlo en el Km. 0.


Bienvenidos a la República Independiente de Sol, así rezaba el cartel que nos daba la bienvenida. Una marea de personas ocupaba la plaza en cuyo centro, como la Isla Sorpresa en el Pacífico, emergía de la nada una ínsula azul con cientos de robinsones dentro. Eran unos robinsones en el sentido más novelesco de la palabra, hombres y mujeres arrojados a su suerte en muchos casos por unas compañías navieras incapaces de fabricar barcos capaces de navegar entre enormes icebers bursátiles y que, para su desesperación, junto a la costa andaban fondeados cientos de transatlánticos económicos incapaces de aproximarse a rescatarlos o con la nula voluntad de hacerlo por parte de los capitanes de las respectivas naves. Desde el oso y el madroño se podía ver los neones de la corte del corsario, que había sustituido la bandera por el verde de la campiña inglesa. Ya en el centro de la ínsula, uno miraba hacia la Carrera de San Jerónimo y avistaba la llegada de un gran buque que estaba siendo reparado para alojar en sus bodegas el mayor store de derivados de la manzana nunca antes conocido.


Bajo su azulada piel, una frenética actividad tenía lugar en la ínsula. Improvisados pasillos subcutáneos comunicaban los distintos enclaves de la ínsula. Se trataba de pasillos mutantes que cambiaban de grosor, aparecían o desaparecían a medida que los robinsones se desplazaban o se agrupaban a debatir unos con otros, a repartir algo de comida o a colgar carteles expresando lo que sentían tras ser abandonados a su suerte. Y es que aquellos carteles, como hojas de árbol, proliferaban por doquier, se arracimaban en los postes de las farolas, brotaban apretados en las marquesinas públicas o colgaban como fruta madura del tejido que sostenía la piel sobre nuestras cabezas en busca de un sol que apretaba ilusionado para manifestar que él también estaba de su lado.


Encontré zonas de trabajo en las que unos robinsones peinaban a otros; otras en las que los robinsones más artistas mostraban su  buen hacer con la mezcla de color y su imaginación; en un lateral de la ínsula los robinsones percusionistas marcaban el ritmo festivo que en oleadas invisibles que contagiaban de buen humor todas las galerías; había también zonas donde los robinsones más pequeños, los hijos y las hijas de aquellos desdichados, jugueteaban ajenos a la realidad de vivir en una ínsula rodeada de transatlánticos amenazantes; en otra pude beber lo que una mujer bonita me ofreció al ver mi rostro sediento. También había franjas dedicadas a la lectura y otras en las que las mujeres Robinson reivindicaban la vital importancia que ellas tenían para el buen futuro de los robinsones, ya fuese dentro o fuera de la ínsula. En el centro de ésta, allí donde la piel azul no cubría, se encontraba el ágora en el que cientos de robinsones sentados, y formando un semicírculo que se extendía hasta casi chocar contra los transatlánticos, se expresaban con libertad y exponían sus quejas, mostraban su enfado con las compañías navieras que los habían olvidado y, llevados por un insólito e increíble afán de creencia en sí mismos a pesar de su presente, manifestaban un deseo de salir de la ínsula, una necesidad imperiosa de luchar contra el único destino que parecía probable para soñar con llegar a tierra firme gracias al ímpetu y la voluntad de los robinsones. Estaban dispuestos a construir un teléfono para comunicarse con las navieras y pedirles explicaciones. Estaban dispuestos a construir su propio barco para salir de aquel lugar. Sabían que no querían vivir en una ínsula sin futuro. Sabían que no querían ser arrollados por los transatlánticos. Sabían qué no querían. Confiaban en sí mismos, conocían cuales eran sus puntos fuertes y estaban dispuestos a dejarse la piel por irse todos al mismo tiempo sin que nadie quedase atrás.


Yo me sumé a ellos. Yo me identifiqué con ellos. Yo, soy parte de ellos.


 



Sol contiene una amalgama de pensamientos tan diferentes como las personas que los sustentan. Sol es una quincallería de elementos que por sí mismos puede que algunos crean que no tienen valor alguno, pero que juntos y dispuestos valen millones y el tiempo ojala les de la razón. Sol es el único reducto en torno al que todas las personas que están hartas de la situación que vive el país, de los políticos y de la manera en que éstos gestionan la democracia, se han arremolinado para clamar por el fin del mangoneo, de la corrupción, de las prebendas y los favores al poderoso y no, todo caso, al débil; de los aberrantes beneficios de las multinacionales mientras engordan las listas de un paro goliardo y jaranero al que todo le cabe; de hacer oídos sordos a los problemas reales, de poner coto a la sodomización de la justicia, de que realmente cada persona valga lo mismo que cualquier otra, incluso la punta coronada de la pirámide de población.


En Sol conviven en su mayoría jóvenes, pero también los hay viejos, niños, adolescentes, prejubilados, mediopensionistas, varios perros y algún gato. Los hay españoles, pero a su mayoría se han sumado portugueses, chilenos, norteafricanos, rioplatenses, galeses, ucranianos… y así hasta definir una torre de Babel dispuesta horizontalmente bajo unas capas de plástico. Existe una coordinación envidiable, una limpieza fuera de lo común, un trato exquisito, un respeto ajeno a cualquier duda, se controla el tránsito de las personas en las calles adyacentes para que el tráfico rodado fluya con normalidad, se lanzan propuestas, se aportan ideas y, sobre todo, se debate.


En torno a una fuente cientos de personas escuchan lo que otras tantas, cualquiera que esté dispuesta a expresarse libremente, quieran decir. Uno se pronuncia por la modificación de la ley electoral. Otro por las listas abiertas en los partidos. Una chica piensa que ilegal es aquel que mata a una mujer por despecho y no un inmigrante que viene a buscarse la vida sin mayores pretensiones que sobrevivir. Un hombre con arrugas en su frente pide que nos cambiemos de compañía Telefónica. Un joven piensa que si él jamás se comerá una manzana podrida, por qué se tiene que comer a un corrupto como presidente de su comunidad. Un bebé llora porque tiene hambre. Su madre le ofrece un pezón y el crío calla. Un mexicano comienza a decir que el PP y el PSOE son unos chingados. El foro entero le hace callar y le pide que respete la jornada de reflexión, que nada de mencionar a los partidos políticos. Una mujer de unos sesenta años con un gorro de papel en la cabeza para guardarse del sol busca asiento en el suelo y no lo encuentra. Un joven con rastas en el pelo y aros en las orejas se levanta y le cede el suyo.


 



 


Personalmente me llevo el orgullo de vivir en España y de convivir con personas que, al fin, han decidido que su voz debe ser escuchada. Encontré en Sol a personas con decenas, centenares de problemas que a buen seguro que no encontrarán solución a corto plazo, pero que necesitaban ser escuchados y allí han encontrado un lugar en el que expresar su hartazgo y su rechazo. Me siento orgulloso de ver cómo las personas que votan completamente distinto se unen para dar batalla a lo insostenible.


 



 


Me siento orgulloso de ese grupo de personas que ha sabido capear a los politicuchos de baja talla que se han acercado a ellos con el único propósito de sacar réditos electorales y les han dicho Tú conmigo no juegas. Desde entonces se les ha tratado de encasillar porque los distintos sectores no los pueden controlar. Me siento orgulloso de pertenecer a esa generación de jóvenes tachados de pasotas y de indiferentes ante los problemas, de esos que dicen que nos da igual lo que suceda porque nos lo han dado todo. Se está demostrando con hechos que se equivocaban y que aquellos que se llenan la boca diciendo que corrían delante de los grises deben guardar el respeto que los jóvenes merecen, pues no deben olvidar que a pesar de sus carreras, que nosotros jamás las hemos cuestionado porque para nosotros siempre han sido héroes, dejaron morir a un dictador asesino en su cama. Muchos dicen que las pretensiones que se han manifestado son utópicas y que no están sujetas a la realidad. Y digo yo ¿existe algo más ajustado a lo real que soñar? ¿No es soñando como el hombre ha conseguido alcanzar sus mayores cotas de desarrollo? Apuntemos alto, lo más lejos posible.


 



 


Para recortar ya están los políticos y su clase. Una clase que no puede estar ni un segundo más rodeada de corruptos, que debe abrir las listas para que, en vista de que los líderes nacionales de sus partidos no son capaces de limpiar la mierda que tienen en casa, sean los propios electores quienes lo hagan rechazando su inclusión en las instituciones. Una clase que defienda activamente el derecho a una vivienda digna, que combata la opresión bancaria en los impagos hipotecarios, que abogue por cumplir con el programa que presenta y no hacer exactamente lo contrario a lo prometido, que dimita o haga dimitir a aquellos miembros manchados de delitos de cualquier índole, que abogue por la igualdad real y palpable de la mujer respecto del hombre, que gestione el bien común como si fuera propio y que lo haga cada día como si fuese el último, y que esté a la altura de quienes en él depositan su voto.


No se pretende sustituir el sistema por otro diferente. Creen que el sistema es bueno pero está mal gestionado. Lo que se desea es realizarle los ajustes necesarios para que su funcionamiento sea lo más aproximado a la perfección. Existen propuestas que serán imposibles de llevar a cabo (como las de expropiar una segunda vivienda a aquellos que no las utilicen) pero otras tienen tanta lógica que deben ser tenidas en cuenta lo antes posible (una persona, un voto, o que se someta a referéndum la figura del Jefe de Estado y deje de ser una rémora nacida de una decisión franquista  de hecho legal, si así lo desea libremente el pueblo, para serlo además de derecho moral).


 No se qué ocurrirá los próximos días y hacia dónde nos llevarán los acontecimientos. Lo que sí se es que ojala se escuchen las miles de gargantas que quieren una democracia más participativa, más ajustada al ciudadano, más cercana y mucho más real. Algunos le llaman a esto, con desprecio, una locura… Yo siento, con aprecio, que es una locura hermosa. Y mientras tamborileo con mis dedos sobre mi rodilla de camino a casa, pienso en un hidalgo caballero de enjuta figura, dueño de rocín flaco y galgo corredor… El mismo cuyas andanzas son universales… Aquel que sólo recobró la cordura para morir…


 


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Tu media naranja

 Dicen, que de todas las cosas que nos pueden ocurrir en el ejercicio de vivir, las mejores llegan cuando menos lo esperamos. Dicen, también, que de entre todas esas cosas, cuando uno se refiere a lo mejor de lo mejor, sólo puede pensar en una única cosa, que a la vez es muchas al mismo tiempo. Dicen que se llama felicidad, y es tan etérea…


La felicidad es un algo incorpóreo e inmaterial, ajeno al sentido de la vista y del tacto, también al del oído y puede que del gusto, completamente inabarcable entre nuestras manos, extendamos mucho, o no, nuestros brazos, aún si grandes cóndores nos creyésemos. Y sin embargo, cuando por causas desconocidas, esa felicidad de la que hablo llega a nosotros, somos capaces de sentirla tan dentro que incluso podríamos anotar en un cuaderno de hojas cuadriculadas cada una de sus respiraciones, esas sístoles y aquellas diástoles que se producen en su pequeño y vibrante corazón que late con tanta fuerza junto al nuestro a contrarritmo.


Son varios los afluentes que desembocan en la felicidad humana. Algunos son enrevesados, como el ansia de dinero o poder. Otros son rectos pero tremendamente complicados y cuajados de rápidos y rocas, como el del éxito profesional. Se dan casos sencillos, calmos y fáciles de recorrer, como tomar un buen vino, contemplar una puesta de sol o despertarse sin que te despierte el despertador. Luego están los que discurren desde el nacimiento de una amistad, allí en las montañas de la afinidad, y que tienden, si uno sabe navegar con cierta pericia sus aguas, a extenderse en el tiempo hasta compartir toda una vida de intimidades y confidencias. Y sin embargo, aún existiendo todos estos ríos por navegar, e incluso habiendo descendido varios de ellos con éxito, tendemos a sentirnos incompletos y soñamos con alcanzar el gran caudal del amor, el que, por encima de todos los demás, nos hace sentir verdaderamente colmados de felicidad cuando dominamos sus aguas, nuestros temores e inseguridades, y somos capaces de mantenernos a flote una vez que conseguimos el perfecto contrapunto a nuestra embarcación. Ese contrapunto único e inigualable, por su condición intrínseca, sólo existe en un ÉL o una ELLA. A esa persona, cualquiera que sea su género, recibe varios nombres: media naranja, alma gemela, otra mitad. Y es con ella, con esta persona que nos complementa, con la que doy inicio a mi duda.


Partamos de la base de que tenemos nuestra pareja. Que ella o él comparte casa, piso, ático o banco en el parque con nosotros. Que sentimos amor por ella y que, al mismo tiempo, ellos muestran amor por nosotros. Imaginémonos, por un momento, que esa persona a la que tanto queremos, que se levanta todos los días mirándonos a los ojos, dándonos los buenos días, preparándonos el desayuno incluso, no es el amor de nuestra vida.


Supongamos que pudiésemos conocer el paradero de nuestra alma gemela rellenando un cuestionario sencillo. Que además, ese cuestionario, por el mero hecho de rellenarlo y enviarlo, nos permite participar en un sorteo, por supuesto ante notario, de un viaje para dos a una isla paradisíaca. Bien. Nos encontramos con el documento relleno en nuestras manos. En él aparece nuestro nombre y apellidos, dirección, teléfono móvil, DNI, estado civil, el número de televisores en nuestro hogar, si poseemos o no conexión WI-FI, si somos habituales del fútbol, los toros o los documentales de La 2,… y, además, hemos contestado que sí a la última cuestión, la que dice algo así como “Si quiere saber quién es su media naranja, marque con un aspa en la casilla que liga con el SÍ. En caso contrario, ¡Felicidades! Tiene usted a todo el departamento de marketing de esta empresa a sus pies por su capacidad de abstracción y/o seguridad en sí mismo/a”. Una vez repasadas las respuestas, comprobamos que se ajustan, en buena medida, a nuestra realidad. Aún así, dudamos si enviarlo o no, pues pensamos que esto es simplemente una tomadura de pelo, o una pérdida de tiempo que no nos conducirá a nada. Creemos también que es imposible que alguien nos diga dónde se encuentra nuestra alma gemela, pues nos preguntamos a nosotros mismos que dónde va a estar, y nos respondemos al instante que está ahí, viendo la tele o leyendo un libro, sentada sobre su lado preferido del sofá, ese que tuvo la fortuna de poder elegir el día que compramos el mueble porque ambos queríamos el lado izquierdo y, cuando lo echamos a suertes, el dichoso careto borbónico apareció boca arriba sobre el haz de nuestra propia mano, para mayor escarnio. Y cuando al fin estamos a punto de romper el estúpido cuestionario en mil pedazos junto al sobre que le servirá de portante, encontramos en éste un mensaje potentísimo y clarificador, tan revelador como la visita de Gabriel el Alado, que no por su brevedad deja de tener su demoledor efecto sobre nuestra decisión, que se torna por completo en sentido inverso. En una esquina del sobre hemos leído que no necesita sello, que a franquear en destino. Esto quiere decir gratis total, que no tendremos que asumir coste económico alguno por dejar volar el tiempo que perdemos. Entonces sonreímos hacia nuestra alma gemela ahora que no nos ve, y pensamos que no nos va a tocar ese viaje a una isla paradisíaca, pero suspiramos por que nos tocase, porque le daríamos a nuestra media naranja una sorpresa tan grande que podría ser posible que, la misma noche de la notificación de premio, puede que en lugar de ninguna, cayésemos rendidos sobre las sábanas dos veces. Vale, una.


Días más tarde, después de haber mandado el sobre con el cuestionario dentro, y maldurmiendo por las noches con la curiosidad devorándonos la paciencia, llaman a la puerta y presumimos que es la cartera. Al preguntar por el portero automático ¿Quién?, una voz femenina nos dice que ¡Cartera!, a lo que nosotros replicamos con otra pregunta ¿hay algo para la diez?, y la misma voz de antes nos dice que ¡Sí! Sentimos entonces un fuego que brota desde el centro de nuestro cuerpo, que es de donde manan las pasiones, y extasiados de júbilo, gritamos aquello de ¡ahora bajo!, colgando el portero automático sin darle oportunidad a la cartera de decirnos nada más.


Ya con el sobre de la respuesta en nuestra mano, subimos las escaleras de dos en dos, brincando como gamos cortejando gamas, y cerramos tras de nosotros la puerta de casa porque no queremos mostrarle a la vecina de la puerta de enfrente lo que sentimos, porque es una alcahueta y la escuchamos respirar y apoyarse sobre su propia puerta, mujer prodigio de la cautela y lo desapercibido. Nos sentamos en el salón, le damos la vuelta al sobre, miramos el remite y acreditamos que, efectivamente, es la respuesta de la empresa del cuestionario. Suspiramos. Prendemos la punta derecha del sobre con una mano, por el lado del abre fácil, y rasgamos hasta el final. Suspiramos. Sacamos con cuidado la carta, con mimo, como una partera primeriza que se inicia en los asuntos de las luces dadas. Suspiramos. Desdoblamos la carta y leemos el encabezamiento. Leemos también la fecha. Leemos el estimado/a cliente. Leemos aquello de, por la presente tenemos a bien hacerle saber que. Suspiramos. Suspiramos. Suspiramos.


¡No puede ser verdad! No, no lo puede ser. Resulta que lo imposible se vuelve probable, y lo probable, probado. Aquella carta, aquella maldita carta que sabe dios por qué demonios introdujimos en un buzón –de ahora en adelante desconfiaremos también de lo gratuito– nos trae de vuelta la probatura que deja meridianamente claro que nuestra verdadera alma gemela no comparte lecho con nosotros, no es quien cena bajo la misma mesa en la que nosotros cenamos, no se trata de esa persona por la que sientes tanto afecto. Resulta que reside a cientos de kilómetros de nuestra casa, que se llama de tal modo, que tiene tantos años. Al principio creemos que se trata de una broma, que no es nada más que una tomadura de pelo por parte de esa estúpida empresa para la que contestamos un ridículo cuestionario. Y respiramos convencidos de nuestro propio razonamiento. Pero al cabo de un rato, nuestro portátil echa humo. Nos hemos descargado varios mapas de la ciudad en la que vive nuestra supuesta media naranja, hemos comprobado cómo llegar hasta ese lugar, la distancia exacta que nos separa, si es o no más económico tomar un vuelo o viajar en nuestro propio coche. Nos levantamos del sofá y respiramos hondo. Vale, piensas, me estoy volviendo loco/a. Todo esto no está ocurriendo. Tu cabeza se nubla, envuelta en una turbia niebla de pensamientos oscuros almizclados con besos desconocidos, y cuando retomas la consciencia de tu propio ser estás mirando la fachada del edificio en el que vive a través de Google Earth. Y te gusta el lugar, la urbanización en la que vive, la proximidad de ese colegio al que bien podrían ir vuestros niños… ¡vuestros niños!

Fundido en negro.


Repuestos ya de nuestro desmayo, nuestra pareja nos atiende fervientemente. Para cuando nos despertamos, nos ha tomado el pulso, la temperatura corporal, nos ha preparado una manzanilla y se encuentra mirándonos fijamente, sentada sobre una silla que cruje de preocupación, como su pecho, y sonríe sin fisuras cuando nos ve despertar. Le dices que te encuentras mejor, que ha debido ser una bajada de tensión, que necesitas aire y estar un rato a solas. Tu pareja hace lo que tu le pides, elementalmente porque es tu pareja, porque tiene esto último bien asimilado, y porque además te quiere y te respeta, y tú te quedas sobre el sofá, respirando profunda y acompasadamente mientras miras el cristal de la lámpara que cuelga sobre tu cabeza.


Piensas. Piensas. Piensas.


Te sientes a gusto con tu pareja. Le tienes cariño. Has compartido con ella momentos únicos en tu vida. Vale que habéis vivido momentos malos, que en ocasiones, cuando discutís, te dan ganas de arrojarlo todo por la borda… Aún así la quieres. De eso no hay duda. Pero resulta que acabas de descubrir que tu pareja no es la pareja ideal. NO ES TU MEDIA NARANJA. No es la persona para la que estabas predestinada. Te asaltan las dudas. ¿Y si estuvieses viviendo en una gran mentira, creyendo que la felicidad es eso que tienes ahora mismo, y resulta que, ahora que sabes que tu alma gemela vive en otro lugar que no es junto a ti, descubres que la felicidad plena, la felicidad total, no la conocerás nunca porque no estarás con quien realmente ha sido hecho para ti? ¿Qué elegirías, arriesgarlo todo por ser completamente feliz y vivir tu verdad o dejar las cosas como están conformándote con algo que no está mal del todo y continuar con la falsedad?


¿Qué harías tú? ¿Tiramos de refranero español respecto de lo malo conocido o lo reescribimos?


    

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Imaginar para vivir

 “Y no es que menosprecie los discursos: sólo los temo.” 


Ana María Matute. Discurso de entrega del  Premio Cervantes 2.011


 


De nuevo, ante mí, la gran Ana María mostrándonos el camino para ser, no ya un gran escritor, que es un sueño inalcanzable y digno de un reducido grupo de privilegiados, sino una gran persona, humilde y agradecida, sincera y jocosa. Aunar a un tiempo, en una persona, cuatro cualidades tan nobles y necesarias como escasas, es para mí una suerte de conjunción interplanetaria que equilibra órbitas y las invita a cañas para que se reúnan en torno de alguien bueno. Porque, por encima de todo lo demás, Ana María Matute es buena gente.


Lo dicen sus gestos, y las palabras que brotan de sus labios, y las que lo hacen de ese alma que empuja una pluma entre sus dedos sobre un papel virgen que ahueca y oxigena su celulosa para recibir la semilla de su tinta y el sustento de su inspiración. También lo cuentan sus ojos, cansados y melancólicos, pero que aún conservan la chispa de la pasión que se torna fuego cada vez que habla de la literatura, porque Ana María, cuando de ésta habla, lo hace con un tono de voz suave, como si se refiriese a un hijo, y también dulce, como si le susurrase al oído a un amante. Estoy convencido que para ella, la literatura es, a la vez, retoño y galán, una de esos escasos motivos que, aún cayendo por el peor de los precipicios vitales, manan de la nada y nos sostienen en la caída hacia un infinito oscuro y demoledor del que nadie vuelve para contarlo, y que nos dan, al mismo tiempo, el impulso necesario para seguir luchando. Esos ojos, decía, hablan de una mujer apasionada y dichosa por hacer de su vicio, el imaginar historias y compartirlas con quien quiera acceder a ellas, la virtud de hacer sentir, llorar, odiar, reír, o sencillamente amar, a cada persona que se adentra en ellas tras de sus negras sobre fondo blanco.


Amando. Llegar hasta donde ella lo ha hecho sólo se puede hacer amando lo que uno hace, ofreciendo cada día lo mejor que puedas dar, respetando tu trabajo, siendo honesto con tu labor, manteniéndote firme y constante en su desarrollo, erigiéndote en tu mayor crítico y bebiendo, sin descanso, de las mejores fuentes que encuentres en tu camino. Ana María, además de acumular velas en cada cumpleaños, ha sido una firme defensora de la entrega y la dedicación más absoluta a las letras, y éstas, generosas como la tierra para quien con mimo la trabaja, le ha gratificado con el mejor vestido de defensa, que no es otro que el que te permite ese desahogo económico para entregarte a ellas sin que las penurias del comer devoren tu futuro. Cuenta la autora que la literatura le ha salvado de múltiples tormentas y considero que lleva razón, que las letras, bien leídas o maleadas por uno mismo, poseen la bondad de convocarnos a un remanso de paz en el que abandonarnos para reencontrarnos con nosotros mismos y dejar a un lado todo aquello que nos ofusca.


Ana María Matute no ha escrito nunca una novela autobiográfica, pero no necesitamos de algo así para poder conocerla y entenderla, pues reside en todas sus novelas, y sólo con zambullirnos en ellas hallaremos a la persona que se encuentra tras de la escritora. Creo que las autobiografías son sólo un ejercicio de escribidores con dos deseos supinos por satisfacer: el de su propio ego y el de acumular riqueza en tanto que las ventas se lo permitan. Desde mi punto de vista, un escritor se encuentra en cada una de las obras que escribe, pues en ellas injerta un pedazo de sí mismo, de sus pensamientos, de sus convicciones, de su manera de entender el mundo, de lo que le inquieta y le incomoda, de aquello por lo que lucha y de lo que le hace o le ha hecho feliz. Por lo tanto, si alguien quiere saber quién es Ana María Matute, nada más clarificador que sus novelas, nada más próximo ni más real que sus ficciones.


Ella, a sus diecinueve años, pisó por vez primera una editorial, y a pesar de desconocer por completo el engranaje de su funcionamiento, fue una chica incansable que, movida por la ilusión y alentada por su primer contrato, se dedicó por completo al sueño de escribir. A ella le llegó pronto su oportunidad. Puede que a otros les llegue a una edad mucho más medrada. Incluso que a muchos jamás nos llegue, aún deseándolo con la misma fuerza que ella. Lo que hay que extraer de todo esto, pienso, es que si uno tiene una ilusión, por inalcanzable que parezca, debe luchar por ella hasta la extenuación, hasta quedar sin aliento, batiéndose contra la desesperación y el aburrimiento por la falta de resultados. Estamos acostumbrados, los jóvenes más que ningún otro, a vivir en una sociedad que se mueve a un ritmo frenético y traemos como obvio que todo aquel esfuerzo que no venga acompañado de unos resultados positivos a corto plazo no merecen la pena, ni nuestro esfuerzo ni nuestra dedicación. Tendemos a tirar la toalla a las primeras de cambio y así nos va. Desgraciadamente, nadie puede ser Ana María Matute salvo ella misma, por lo que, aún siendo conscientes de esa certeza, deberíamos pensar que los grandes logros se consiguen luego de grandes luchas, y que éstas requieren de años si es preciso para alcanzar la victoria. Ella misma cuenta que movida por ese primer contrato, su ilusión creció exponencialmente y que se animó a participar en un premio de reciente creación por aquel entonces, el Nadal. Presentó su novela Los Abel, pero ni siquiera ella, con toda su valía consiguió ganar entonces. La sombra de un escritor –novel entonces- demasiado alargada, junto a la de un ciprés, le arrebató el premio. Delibes, otro genio literario de insondable talento… ¿Qué hubiese sucedido si ella se hubiese venido abajo entonces porque creyese que siempre habría escritores mejores que ella? Yo, a la Ana María Matute más inquebrantable, le estoy enormemente agradecido por saber esperar su momento y no desfallecer.


Desde entonces, toda una vida dedicada a las novelas, pero sobre todo a cultivar los cuentos, a darles un sitio en la literatura española, a dignificarlos y a ponerlos en valor, porque da la sensación de que, en ocasiones, los hay que no conciben una buena obra en un formato menudo, como pueda ser un cuento o un relato corto. Sería tan aberrante como desechar La Mona Lisa por sus escuetos 77 x 53 cms.


Sólo unos pocos, los hombres y mujeres más encomiables y herederos de una tradición casi tan longeva como el propio hombre como es la de dejar sus conocimientos, sus temores o sus consecuciones manuscritas sobre una superficie que los haga perdurar en el tiempo, alcanzan –y no siempre, para vergüenza de una sociedad ensimismada en ficciones, golpes bajos y otras cosas del balonpie– el éxito y el reconocimiento. A los demás, los que sólo podemos emularlos en sueños, nos queda el disfrute de sus obras y la apasionada admiración que por ellos sentimos. Para mí, que creo que el escritor nace -aunque también deba formarse-, tener la suerte de poder leer cualquier entrevista que caiga en mis manos de alguien como Ana María, es como poder escuchar la voz de un hada, el hada de la tinta mágica, el mágico aleteo de sus alas, la magia con que envuelve, con cadencia, cada una de sus palabras, que son lecciones dispuestas para quien quiera tomarlas…


 


                     


 


Enlace al discurso completo, pinchando aquí

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Rosas de Colores

 La mujer es un ser eminentemente fascinante. No existe en el mundo criatura semejante capaz de aunar mayor belleza ni más inteligencia que la que ella manifiesta en cada uno de sus ademanes, en cada uno de sus gestos. Nunca un hombre alcanzará las cotas estéticas de perfección física que ella posee, y ni mucho menos será capaz de arrojar soluciones tan estrictamente ajustadas como las que ellas son capaces de dilucidar. En su aparente superioridad, a los ojos de muchos parecen controlar el mundo, seducirlo y guiarlo conforme a sus designios. Diría incluso que se encuentran en lo más alto de la pirámide evolutiva, sin que ningún otro ser ose siquiera a ocultar su supremacía. Y sin embargo, existe un elemento desestabilizador, un punto débil que puede hacerlas perder la cabeza, que al final es como perder el mundo entero. Les sucede como a ese héroe griego inquebrantable llamado Aquiles, capaz de salir victorioso frente al desafío con cientos de hombres encorajinados y dispuestos a perder la vida por alcanzar la gloria de derrotarlo. Aquiles ayudó a conquistar infinidad de colinas, de tierras y de costas, pero será siempre recordado por su talón, ese vórtice de debilidad que lo engulló para invitarle a viajar a lomos de la barca de Caronte. El verdadero talón de Aquiles de la mujer tiene un nombre y mil interpretaciones: el amor, o más bien su contrario, el desamor. Y yo, que soy un contumaz visualizador de la cosa humana y escuchador de sus fortunas e infortunios merced a la insospechada confianza que ellas depositan en mí, he llegado a la conclusión de que la más poderosa de las mujeres, la más inteligente, la más exitosa, puede ser nada, o menos que nada, si el desamor hace de su persona morada.


Esto que sigue no es sino una serie de reflexiones acumuladas tras la experiencia, vivida en primera persona, a las que he llegado después de compartir con muchas mujeres infinidad de momentos al calor de su sinceridad y mi escuchar. La única pretensión es la compartir, de manera impersonal y genérica, las impresiones que tengo al comprobar los diferentes comportamientos femeninos frente a un mismo problema. Pretender sentar cátedra sobre una cuestión así sería absurdo además de presuntuoso por mi parte, ya que considero que alguien que se mueve aún por la segunda decena de su vida no puede dogmatizar absolutamente sobre nada.


Para mí, las mujeres son como las rosas: hermosas, frágiles, dulces, armadas para defender su dignidad… Asignaremos un color al azar, o no, a cada uno de los grupos para identificarlas más fácilmente.


La primera de las rosas es la roja. Se trata de una mujer vital, segura de si misma, de sus propias cualidades y sus virtudes. Es una mujer que camina fuerte y con paso decidido por la vida, sobre unos tacones espléndidos que reafirman su carácter poderoso y resolutivo. Es posible que debido a su remarcado exceso de confianza crea poder malear a cualquier tipo de hombre, e incluso se da la circunstancia de que, cuando pretende decidirse por uno, suele decantarse por uno que le suponga un reto. Y un reto, cuando de hombres se habla, supone apostar por un pieza, por ese tipo indeseable, en formas o en fondo, o en ambas cosas. El problema surge cuando, creyéndose alquimista, las fórmulas alquímicas no funcionan, y después de mucho probar, la piedra sigue siendo piedra, y no oro. Entonces la rosa roja se tambalea pero sigue intentándolo. No quiere mostrar al mundo un fracaso y prosigue en su intento. Se encierra en libros y consejos con los más íntimos, trata de reconducir la situación, busca alternativas y nuevas oportunidades, pero el asunto acaba del mismo modo. La piedra sigue siendo piedra, porque así ha nacido y tampoco es culpa suya, no del todo. Si acaso la piedra podría mirar a su alrededor y pensar en qué hace bien y qué mal. Lo malo es que la piedra ni ojos tiene ni pensar sabe. No sobrevaloremos jamás a una piedra. La piedra, en todo caso, y si su morfología lo permite, para lo único que puede valer es para saltar sobre las aguas varias veces sobre la superficie tras ser arrojada lo más lejos posible de uno. Ese fue el consejo que yo le dí a una rosa roja. Ver cómo se hunde es ya cosa de cada cual.


 


La segunda de las rosas es la azul, valga la redundancia. Nos encontramos ante una mujer idealista, que cree que el mundo le ofrecerá todo aquello que ha soñado y que le han contado desde niña en los cuentos de hadas. Un príncipe valiente, apuesto, de porte atlético y sangre azul vendrá a salvarla de la torre del homenaje del castillo en la que se encuentra encerrada y juntos vivirán en eterna felicidad. Sucede en estos casos que la realidad se impone a la ficción, pero en lugar de superarla tiende a mostrar las limitaciones del revuelto genético, y ocurre que la que se cree princesa busca aquí y allá, recorre regiones e incluso países, tira de teléfono, chats o blogs (uno como éste en el que nos encontramos, por ejemplo, para que el lector tome contacto de algo real) y resulta que la búsqueda termina siendo un auténtico fracaso, clamoroso y perjudicial, porque ese hombre perfecto de azulado flujo sanguíneo no es más que una utopía que sólo existe en su mente. La princesa, entonces, deja de pertenecer a tan noble casta y desciende en el estamento social para terminar siendo una vulgar insatisfecha que, debido al paso del tiempo y a la acumulación de años, acaba eligiendo al tipo que más se asemeja a la fórmula de gobierno que, en sentido figurado, representa una democracia, es decir, el menos malo de todos los que se ponen a tiro. Con tal de evitar a ese horrible monstruo que la acecha por las noches cuando se introduce entre las sábanas frías de su lecho, que ella no se atreve a pronunciar su nombre pero al que todos llamamos desde tiempos inmemoriales SOLEDAD, elige al típico cobarde, desgarbado, orondo e irresponsable como compañero de lo que le resta de vida. Que digo yo que en sí mismo alguien con esas características no tiene que ser necesariamente un mal tipo, pero a todas luces es la antítesis de lo pretendido inicialmente, eso está fuera de toda duda. Con todo, la rosa azul le llama su príncipe aún no sintiéndolo realmente, pero ella trata de ser feliz ocultando con palabras bonitas lo que su corazón clama a diario en sentido inverso. Pero al final, el vaso mental en el que arroja todo lo que va callando acaba rebosándose, y la que antes se creía princesa traspasa la línea que separa a la insatisfacción de la amargura, y lo peor de ella misma se manifiesta de continuo. Es en esa fase en la que, los que estamos alrededor, recibimos ataques injustificados por su parte, no tanto por haberlos provocado sino porque ella, en lugar de reconocer que no ha sabido jugar las cartas que la vida le ha puesto a su disposición, que se ha engañado y ha vivido voluntariamente en una mentira, se dedica a responsabilizarnos a nosotros de los males que a ella le suceden. A esta rosa poco le puedo decir, porque su inteligencia anda sometida, por los suelos, a la altura de su dignidad, allí donde ella colocó a ambas libremente al engañarse, y no escuchará con voluntad de escuchar lo que yo le pueda decir. Me entristece pensar que ha habido rosas en mi vida a las que no he podido ayudar, pero más me entristece verlas aún hoy reincidir y sacar pecho mientras en las cuencas de sus ojos se produce una orgía de lágrimas, tristeza y hiel. Como al resto, les deseo que les vaya bonito, porque toda mujer, por el sólo hecho de serlo, lo merece.


 


La tercera de las rosas viene a ser la rosa negra. Este tipo de mujer es, estrictamente, carácter ganador por encima de todo lo demás. Es una mujer en exceso dominante, capaz de pelear cada una de las batallas que se presentan a diario en una relación, y quiere ganarlas todas, no da una bola por perdida. Es la Rafael Nadal de las relaciones. Le gusta ser la dueña de las situaciones en cualquier ámbito, incluido obviamente el sexual. No suele gustarle un hombre sumiso porque, aunque parezca una contradicción, al no plantearle batalla, ella se siente vacía y, por lo tanto, es como si hubiese conseguido una victoria sin jugar el partido. Ella necesita un hombre de sus mismas características para sentirse realizada y es aquí donde comienzan los problemas: encerrar a dos  gallos en un mismo corral no tiene mucho futuro, acaban matándose. Si él también es como ella, la derrota del “adversario” tendrá que sudarla y en ocasiones ni siquiera la logrará. Por ello, suele ser un tipo de mujer que es incapaz de lograr relaciones duraderas y estables, porque las chispas saltan demasiado altas y el bucólico paisaje acaba ardiendo. Al final, la felicidad no llega nunca, al menos la referida a la cuestión de pareja, y suelen volcarse en sus objetivos de trabajo donde el éxito tienda a alcanzarse de un modo mucho más individual. Yo les dije en su momento que, limando apenas cuatro cosas, serían las mujeres perfectas. Y es que me pone una mujer ambiciosa…


 


En cuarto lugar tenemos oportunidad de conocer a la rosa blanca. Es lo más parecido a un voluntario de alguna ONG sanitaria en una guerra. Realiza su labor humanitaria con absoluto desinterés y amor hacia la persona sobre la que vuelca tu cariño y su saber hacer. Y no contenta con ello, arriesga su propia vida por mantener la de otros. Suele ocurrirle que su particular atendido toma el alta y se marcha del hospital, es decir, que una vez que su pareja recibe todo lo que la rosa blanca le puede ofrecer y comprueba que no hay más (que no es poco, ni mucho menos, pero a algunos pacientes se lo parece), la siguiente fase es un estado caracterizado por la monotonía que tiende a provocar fisuras irreparables en la relación. A esta rosa le comenté que su labor me parecía encomiable, pero que, además de que debía concederle a su pareja cierta autonomía o buscar cosas que los revitalizase en común, también debía mirarse hacia adentro y no descuidarse a ella misma, que no sé si tendrá más valor que su pareja, pero seguro que sí al menos el mismo.


 


La siguiente rosa es la anaranjada y ocupa la quinta posición en esta lista. Esta mujer también encajaría, por su capacidad para adaptarse al terreno y las circunstancias, con el color sepia, no tanto por lo anaranjado o lo envejecido, sino por ese curioso animal capaz de mutar el color de su cuerpo y mimetizarse con su entorno para salvar su propia alma de los depredadores que puedan asaltarla. Tiende a ser una mujer que supone el contrapunto perfecto de la rosa negra, por lo que, en lugar de asumir decisiones y luchar cada una de ellas que se disputen, rehúye las disputas y ratifica cada paso que da su pareja de forma sumisa y sin complicaciones. Es la típica dinámica heredada del ideal nacionalcatolicista por el que la mujer es algo secundario, que seguirá sin chistar los dictados del marido o de la pareja, que le dará cuantos hijos él desee, que le acompañará hasta el mismísimo infierno si es preciso, que soportará toda clase de desmanes porque, “en esta vida, hija, hay que aguantarles todo a los hombres, que son nuestros maridos y nos quieren mucho, y lo que nos hacen es por nuestro bien, ya tendrás tiempo de entenderlos, que todavía eres muy joven…” Este tipo de mujeres pueden presumir de morir casadas, o de que se les muera el marido en su propio lecho, lo que parece ser la consecución del éxito, pues al fin y al cabo la relación perdura hasta el fin de los días del uno o del otro pero ¿a qué precio? Creo que son mujeres con un escaso concepto del valor que ellas mismas poseen, con apenas unas micras de la personalidad que tuvieron antes de casarse, pues al hacerlo renunciaron a todo por satisfacer a sus parejas. También a su propia esencia. Yo a una rosa anaranjada le dije que ningún hombre, por maravilloso que fuese, debería ocultarle su propio brillo, que es pecado tal como tapar la luz del Sol. Ella me dijo que nadie la ocultaba, que él quería siempre lo mejor para ella, que por eso no le dejaba lucir escotes aunque fuesen pequeños, o faldas que no cayesen por debajo de las rodillas. Creo que a las rosas anaranjadas les ocurre como a las rosas azules, cuando pierden la dignidad ya lo han perdido todo y es muy complicado recuperarlas.


 


Por último, la verde es la última rosa en esta lista. Es la mujer que luce en su mirada la esperanza perpetua, de ahí el color. Es como una gran columna griega de estilo jónico: sobria, elegante, fuerte en sus convicciones, sin grandes cualidades físicas enlazadas a una belleza espectacular pero bien proporcionada, dispone de su propio público. Y sin embargo, a pesar de ello, tienden a complicarse la vida. Desconociendo el por qué, las he visto siempre buscar en nidos ocupados en lugar de fijarse en la soltería, menos dados a los problemas a priori al no disponer de ataduras. Digamos que podríamos llamarla “la otra”, “la amante”, “el segundo plato”. Llaman o responden a un casado, según los casos, y comienzan a construirse un nuevo mundo en su mente con los ladrillos de su pasión y el cemento de unas promesas poco densas. Se dejan llevar por el viento a favor, se relajan y dejan pasar el tiempo con la pretensión de formar una pareja estable cuando él deje a su mujer, que le hace la vida imposible –esto siempre les pasa, incomprensible y sospechosamente a todos los infieles –, y prepare a sus hijos para la futura separación. Ella le entiende a él, sabe que todo eso requiere sus plazos, y no presiona en absoluto. El tiempo pasa, la separación no llega, ella comienza a dudar pero sigue viéndose con él porque lo ama y sabe que él está haciendo todo lo posible por moverlo. No hay más que oírle, la desesperación y la pena en sus palabras por no poder ir más rápido, tanto como él asegura desear. Hasta jura y todo. Y el tiempo, que no entiende de penas ni juramentos, avanza implacable, y ella vuelve a ser embestida, también por las dudas, ahora mucho más grandes. Y cada vez que le pregunta cómo va lo suyo él le da largas, cada día una cosa distinta, cada vez más nervioso, no por la tardanza, sino por las preguntas. Entonces ella sueña que viaja por encima del universo, y desciende hasta alcanzar el planeta Tierra, y vuelve a descender sobre él hasta alcanzar un continente, luego un país, más allá una región, y para cuando se da cuenta, está junto a una mesa donde come un hombre, y sobre la mesa hay dos platos. Misteriosamente, el primero dice la carta que se llama como la mujer de su amante. El segundo plato, que es el que lleva a medio comer, la carta lo anuncia como “la amante”. Ella comienza a sudar cuando lee el nombre que aparece en el plato donde van a parar las sobras de lo que él va comiendo. Lleva su nombre. Ella despierta, sale corriendo y vomita en el baño. Se mete en la bañera y comienza a arañársela piel con una esponja. Se siente sucia. Dibuja PUTA con el dedo sobre el espejo empañado. Para cuando se da cuenta de la verdad, de su estrepitoso fracaso, del doble engaño, el propio y el ajeno, el dolor es intenso, agónico, estremecedor, por quién tiene al lado ya que nunca la ha querido y por la vergüenza que siente de ser usada como un mero sobradero, ella que nunca pensó que sería capaz de caer tan bajo. Yo le dije a la rosa verde que se cerrase en banda, que si le había contado que estaba casado y ella estaba dispuesta a consentirlo, él jamás renunciaría a jugar a dos bandas, o tres, las que se presenten… Que debía obligarlo a elegir, porque si no lo hacía, luego no podría arrepentirse de lo que finalmente ocurrió, lo que estaba más que cantado, que no quería deshacerse ni de una ni de “la otra”. Si lo quería, debiera haber arriesgado, alejándose de él, para que, en caso de que él demostrase con hechos lo que sus palabras decían decir, él hubiese movido ficha en un sentido u otro. Es jugársela a un todo o nada pronto, pues es mejor dolerse de una herida en el pecho de un milímetro, que sana en días, que de la misma atravesándote el pecho en dos, que mata.


 


Podríamos seguir, pero aquí yo prefiero dejarlo para no aburrir. Hay más rosas, como hay más colores. Incluso hay mujeres que son la mezcla de varias de éstas. A mi mente viaja alguien que aúna las maneras de la verde, de la azul y de la roja. Seguro que a vosotr@s se os han venido a la cabeza muchas más. Ahí abajo podéis añadir cuanto os plazca. Eso sí, no deis nombres que es de mal gusto.


 


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Amarte y amarte

 Llegaste hasta mí sin hacer ruido. Y sin hacer ruido, llamaste a las puertas de mis afectos en un oleaje de sonrisas que fui incapaz de someter aun con el auxilio de la razón. No podía. No quería. Como un torbellino de caricias al alma fuiste despojándome de las capas con las que me envolvía y quedé desnudo, ante ti, como pocas veces me había mostrado ante alguien.


En ocasiones dudo. Me pregunto cómo alguien tan aparentemente frágil fue capaz de desarmarme como tú lo hiciste. Y ahora, al fin, creo que voy bosquejando el perfil de la respuesta, y concluyo que nada ni nadie podrá jamás resistir el envite de la miríada de estrellas que nace en tu garganta ni el rotundo titilar iridiscente de la vida en tus pupilas, las mismas que visten oropeles de esperanza cuando lloras, ríes o amas; de canela cuando callas.


Te alojaste en los adentros de la caja donde guardo mis tesoros más preciados. Elegiste por morada aquella vivienda abandonada, castigada por la lluvia y las heladas, por el tiempo y los caprichos de Eolos que aventaban cualquier atisbo de reforma imaginada. Y con una rara e insólita decisión combatiste los esfuerzos de los vientos divinos y le plantaste cara de una forma sobrehumana. Dime ¿Cuál es tu secreto? ¿Es acaso tu origen divino? El dios de los vientos respetó tus pasos y concedió a tu voluntad una tregua nunca antes conocida.


Que me encuentro en la noche ante una diosa, no tengo duda alguna. Mientras somos uno, escucho un lamento taciturno. Es la voz de Eolos, el desdichado, que en gemebundo pesar maldice mil y una vez su mala suerte. La de haberte tenido tan cerca, y saber que jamás podrá tocarte. O poseerte. Esa será labor para este mortal que escribe y que, contra todo pronóstico, recibió el calor de tu corazón al abrigo de la Luna, tu Luna, la que engrosa su excelencia con los cantares de unos versos traviesos que se acunan, enredados, en la seda de tus cabellos.


Sin darme cuenta estabas en mi interior, te habías hecho con la llave de la puerta y habías entrado. Reorganizaste el interior. Redistribuiste los espacios. Abriste las ventanas, la luz condenó a la oscuridad, y el aire nuevo, que se adentraba a bocanadas, refrescó el ambiente y lo hizo respirable. Recorriste la vivienda perfumándola en cítricos con el aroma desprendido de la tibieza de tu piel. Hiciste magia. La mística que te envuelve da pábulo a mis sospechas: las que me hablan de la alquimista de los tiempos arcanos, capaz de convertir la fría piedra en oro fundido y liberado de impurezas.


Si es verdad que existe un alma, y que cada uno de nosotros poseemos una que permanece más allá del cuerpo, el hacedor tomó dos gemelas, la tuya y la mía, y las arrojó a los designios de la Rosa de los Vientos para distanciarnos. Lo que no sabía el hacedor es que, cuando de dos idénticas se trata, los trechos que las separa se mide en abrazos, caricias y besos; en cientos de te quieros y en cienes de te amo. Y éstos se recorren con devota pleitesía, sin la mella del cansancio, con la ilusión trabada a cuestas de un ardor incontrolado. Más si existe el destino, también para las almas, nada ni nadie pudo frenar el reencuentro. Y aquí estamos, juntos los dos, libres ya de lo accesorio, para ser uno sólo: porque tu escribes lo que yo imagino, porque yo digo lo que tú callas, porque padezco lo que tu sientes, porque me intuyes dentro cada vez que te pienso.


Caminaremos juntos al albor de una playa infinita que lame sus labios de arena, nuestros sueños, con lenguas de plata salada, nuestros deseos. Y si en tu empeño por encaramarte a descubrir qué hay al otro lado de una duna, sueltas mi mano y desapareces, te buscaré en tu extravío aún a fuerza de hallar el mío por el tuyo, que tu ausencia es la pérdida de mi guía, pues no eres, ni más ni menos, que mi Polar. Y cuando al fin te encuentre y queramos regresar, seguiremos el trazado en fulgores punteados de tus ambivalentes allá en el firmamento. Y si éstos son por negras nubes secuestrados, le daremos forma a nuestro trayecto con la clarividencia de nuestro deseo, y volaremos tan alto y tan extremo que cada una de las gotas de sudor amado que se desprendan de tu cuerpo y el mío darán a luz a un universo paralelo.


Eres lo que tanto había buscado en todos los confines de mi mundo conocido, eres Tierra de Fuego y Mar en Calma; la realidad de un sueño mil noches suspirado; la llama que ilumina el enclave de mi destino; diosa de la belleza, del pecado, de la lujuria y la pasión. Déjame seguir disfrutando de ti como hasta ahora. Déjame sentirme vivo sintiendo el latir de tu corazón sobre mi pecho. Déjame ser. Se conmigo. Seamos.


 


Soy, porque estás.


Estás, para mi suerte.


Suerte, la de tenerte.


Tenerte y mirarte,


Mirarte y tocarte,


Tocarte y sentirte,


Sentirte y amarte,


Amarte y amarte.


Amarte y amarte.


 


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Matrimonio de tres, el de toda la vida


Voy a explicarle una cosa, Dígame, Comenzaré preguntándole si sabe cuántas personas forman un matrimonio, Dos, el hombre y la mujer, No señor, en el matrimonio existen  tres personas, está la mujer, está el hombre y está lo que yo llamo la tercera persona, que está constituida por el hombre y la mujer juntos, Nunca había pensado en eso, Si uno de los dos comete adulterio, por ejemplo, el más ofendido, el que recibe el golpe más profundo, por muy increíble que esto le parezca, no es el otro, sino ese otro que es la pareja, no es el uno, es la unión de los dos, Y se puede realmente vivir con ese uno hecho de dos, a mí me cuesta trabajo vivir conmigo mismo, Lo más común en el matrimonio es que se vea al hombre o a la mujer, o a ambos, cada uno por su lado queriendo destruir a ese tercero que ellos son, ese que resiste, ese que quiere sobrevivir como sea, Es una aritmética demasiado compleja para mí, Cásese, encuentre una mujer y ya me dirá.


 


Todos los nombres, José Saramago



 


 


Puede que nadie como el de Azinhaga, el portugués más importante del siglo veinte, y puede que de otros muchos, o que de todos, pues para gustos se desdibuja un rayo de luz en mil colores, para reflexionar sobre el amor que un hombre a una mujer ofrece, o el que una mujer brinda a un hombre, que tanto da que da tanto, que la fama se la llevaron Isabel y Fernando, pero algo me da a mí que mucho antes de que a las católicas majestades les diese por acoplar la famosa frase en su heráldica ya se estilaba ese sano ejercicio de la mutua equidistancia.


Siempre he creído que, como Don José, el personaje central de esta novela, en un matrimonio existía el dúo, el hombre y la mujer, o el hombre y el hombre, o la mujer y la mujer, que cuando uno habla de matrimonio, habla de amor, y si de amor se habla, juguetear con la cuestión del género resulta cuanto menos insulso, pues el amor es lo que es y no entiende de distinciones, sino que, como los polis malos de las películas, es claro, concreto y conciso, precisa de un arco y dos flechas, dispara la primera de ellas a un lado, luego recarga el arma con velocidad pasmosa y hace diana en el lado contrario, y los blancos, se trate de quién se trate, allá que se van, el uno para el otro, atraídos con imantada proyección centrípeta hacia el centro imaginario, donde se chocan y se encuentran, se saludan, se tocan, se sienten y acaban queriéndose, enamorados ellos.


Pero Saramago me ha hecho ver las cosas desde otro punto de vista, el suyo, el que aparece como por arte de magia, el que se ríe de tí como diciendo, Jajaja qué tonto eres, no me habías visto hasta ahora, cuando el Señor Tortuga te lo ha chivado, Y como él tiene razón, pero tú tienes tu orgullo, en un primer momento tratas de encararte con esa voz que de tí se ríe, pero reparas en que los puntos de vista son puntos invisibles, como fantasmas, pues su voz escuchas pero su cuerpo no se manifiesta, y decides asumir tu derrota, pues derrota es que ahora veas lo que antes no, aún siendo, que no percibas lo que ahí estaba hasta que el Señor Tortuga, al adentrarte en su novela, te ha contado y entonces se ha hecho la luz en tu entendimiento, pues para entonces, tu entendimiento, mientras tú andabas calculando si protestarle o no al punto de vista, ha procesado la información, ha contrastado su lógica y su ilógica si la tuviere, lo ha dado por bueno y aceptable, y ha hecho sonar una campanita que con su tintineo solicita un tentempié por el esfuerzo realizado y que, siendo justos, bien merece.


Ya tomado por correcto el punto de vista que plantea Saramago, el que habla del trío en la pareja aunque parezca incongruente, creo que es verdad, que existe una tercera persona invisible, tanto como los puntos de vista que nos descubre el autor en sus obras, y que en lugar de estar hecha de los elementales componentes de la costilla de Adán infinitamente procesada en cada alumbramiento desde que el Mundo es mundo humano, está concretada de los elementos que los enamorados aportan para darle forma pero no sustancia, y que de la calidad que esos elementos posean dependerá en buena parte que la tercera pata de ese taburete sobre el que se asienta una relación sea lo suficientemente válida y sólida como para poder soportar el peso que sobre ella, y proporcionalmente respecto del conjunto, se coloque.


Y qué le hace tan importante a esa persona que no se ve, os preguntaréis como me preguntaba yo antes de leer a Saramago y escuchar la voz de su punto de vista. Aquí viene mi reflexión, que lo que la antecede no es sino un poneros en situación, un adentraros en mi yo para facilitar la digestión de lo que está por venir, que a veces eso intento y, sin embargo, provoco precisamente lo contrario, la confusión y el lío, pero permitidme el beneplácito del que yerra porque intenta, que quien no intenta no yerra, sí, pero tampoco hace nada que sirva a sus convecinos, y cuando ya no esté y vuelva a la tierra de donde un día salió, nadie recordará sus hechos, ni sus anécdotas, ni si quiera sus errores, que es lo que se suele recordar de la mayor parte de las personas antes de morir, o de sus logros, si los tuvo, que es lo que siempre queda de los que ya no nos acompañan mientras duran los actos fúnebres, día arriba día abajo antes y después de los mismos, y luego nada, salvo la pena de los más allegados, verdaderos pilares de la pena sincera.


Lo que hace importante a la tercera persona de la relación, decía, es, ni más ni menos, la esencia inmaterial que la compone: el deseo, la amistad, la comprensión, el cariño, la afinidad, la ternura, la atracción, la esperanza,... todo ese cúmulo que forma parte de nosotros y que nos arrebatamos a nosotros mismos para construir a esa tercera persona con una fe inusitada, en la que volcamos nuestros mejores deseos porque va a ser ella la que represente nuestro ideal de relación, siendo, en definitiva, ese ser perfecto que buscamos, hecho de pedazos de dos seres imperfectos que buscan la perfecta comunión, y claro está que, cuando alguien comete adulterio, como es el ejemplo del libro, golpea lo idílico, que es como golpear el punto neurálgico y vital del amor mismo, es como asestar una puñalada en el corazón humano, que es el encargado de mantener con vida al cuerpo, y puede que por eso, cuando una relación se tambalea, nos aferramos no tanto a la persona amada como sí a esa tercera persona, ser guardián de nuestros deseos ideales y con remarcada intención de perpetuidad, porque en él depositamos nuestra esperanza y no en la persona amada, que la esperanza es lo último que se pierde, y quizá sea esta la explicación a ese algo que todavía se siente por una persona con la que rompes aún cuando sabes que ya no sientes nada, porque realmente por quien sientes es por la tercera persona, porque aunque es la primera en nacer, pues es flecha y es cuerpo atravesado al mismo tiempo, también es la última en morir, aún cuando el amor muere.


Cuando ya esto sucede y no hay nada que hacer, la tercera persona se resquebraja en dos como la cola de una lagartija se separa del cuerpo y cae al suelo, retorciéndose como viva, mientras el cuerpo huye a guarecerse en lugar seguro tras un cruento ataque que le ha podido costar la vida, que en nuestro caso es nuestro yo interior, donde encuentra acomodo junto a un corazón sangrante cubierto de gasas, más si utilizamos el símil de tan simpático reptil trepamuros, no debemos olvidarnos que con el tiempo y mucho sol, que de todos es sabido que el astro rey otorga en el ánimo alegría y buen humor en la mayor parte de los mortales, una nueva cola vuelve a brotar y el cuerpo macilento se recupera, y con paciencia, se regenera y es capaz de volver a tomar confianza por sí mismo, y la vida entonces sigue de dos modos, con una cicatriz en la base de la cola, recordándonos que amar puede hacernos perder una parte de nosotros mismos, o sin cicatriz, resultando entonces la herida tan perfectamente curada que a los médicos sorprenda por su rareza y la persona afortunada sólo recuerde los hechos como un mal sueño, y nada más.


Lo que ya no sé, simplemente por desconocimiento del asunto porque hasta mí no ha llegado, es si la cuestión del casamiento influye tan decisivamente como incide Saramago cuando dice que entonces es el uno contra el otro, tratando de destruir a la tercera persona por todos los medios, aunque esta, como una boya, pretenda salir siempre a flote, y es por eso, tomando como cierto si en verdad eso ocurre, cuando me planteo qué beneficio tiene entonces el matrimonio, sea entre un hombre y una mujer, entre un hombre y un hombre, o entre una mujer y una mujer, que en asuntos de irse a pique, la cuestión del género, como en asuntos del amor, resulta cuando menos insulso, pues si está de suceder, ni el insumergible Titanic, al que ni dios podría hundir, nada pudo hacer por evitarlo.


 


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Nunca más. Homenaje a Poe

A Edgar Allan Poe, maestro, innovador, lúcido, transgresor, visionario, irrepetible... De mi humilde pluma, a su imperecedera memoria…




 


NUNCA MÁS


Recuerdo el primer encuentro que mantuve con aquella criatura fantasmagórica, diabólica, irreal. Hallábame enclaustrado en la lectura de un antiguo libro de oculta ciencia arcana, y apenas conseguía leer varios renglones de aquellos párrafos sin caer rendido al sueño, trastabillándome de continuo, en duermevela. Creí oír, lejanos, los doce avisos del gran gigante erguido, los doce golpes que de martillo sobre falda de gran campana se profirieron, dando así pábulo a los entes de la noche, ya despiertos. Mi pasión, extinta bajo paletadas de tierra y flores marchitas, deambulaba en forma de ánima vívida por entre mis recuerdos y mis sueños. Leonor era su nombre, pues así la nombraban querubines y ángeles colmados de gracia cuando venían a consolarme. Ella era mi vida, la vida entera, y entonces, en aquellos días de un gélido diciembre, esa inmisericorde dama negra vino a arrebatármela, y por más que le supliqué que no lo hiciese, ofreciéndome yo como intercambio, nada pude hacer, salvo llorarla y lamentarme por mi extraordinario infortunio.


La vida, desde niño, me trató con injustificado perjuicio, lacerándome con cuantas ocasiones se presentaban ante mí para azotarme sin compasión, creando, de la nada, como el escultor que da forma a una informe masa de barro, un ser oscuro y atormentado. Fue primero la muerte de mis padres, siendo yo un niño frágil y desprotegido. Más tarde la caída en las manos de un tío que me adoraba pero que, al mismo tiempo, se hallaba obsesionado en obtener de mí a alguien de provecho y no a mí mismo, resultando incapaz de respetar mis propias pasiones y deseos. Alejado como estaba de mis gustos por la literatura, arte que él consideraba banal y de escasa valía en el ascenso a través de los delgados hilos de la maraña social, chocamos con vehemencia en varias ocasiones, cada vez con mayor acritud, hasta que al final no hubo punto de retorno. Conseguí deshacerme de su abrazo mortal pero me ví sumido en la precariedad más desaliñada. Leonor aportó luz en mitad del angosto pasadizo por el que mi vida discurría, en el que su presencia añadió oxígeno al asfixiante, plomizo y escaso aire que envenenaba los débiles pulmones de mi ánimo. Junto a ella, el pesar de vivir se hacía más llevadero.


En mi habitación me hallaba, como bien decía, cuando me pareció escuchar un repiqueteo continuado procedente de algún lugar de la habitación. Alcé mis ojos embotados del libro y se clavaron en el suelo. Encontraron, sobre él, una danza demoníaca y lúgubre de sombras que parecían reírse de mí. Incluso podía escuchar sus aullidos, como de hienas. Al instante, me sobrecogí sobre mí mismo y encerré mi rostro tras de mis manos. Nunca antes había padecido tanto temor, no al menos en los recuerdos que mi mente, en diligente búsqueda, se emboscaba a distinguir revolviendo en los cajones de la consciencia. Nervioso, para mí, me dije:


 


 Es un visitante a la puerta de mi cuarto


queriendo entrar. Algún visitante


que a deshora a mi cuarto quiere entrar.


Eso es todo, y nada más.


 


Cuando reuní el valor suficiente, decidí afrontar aquel terror y miré a través de las rendijas libres que habitaban entre mis dedos. Para mi sorpresa, descubrí que aquellas sombras que creí proceder del infierno, no eran sino el reflejo de las llamas del fuego que se consumía en el lecho de la chimenea. ¿Y sus voces?, me dije. Había escuchado sus voces, de eso no tenía ninguna duda. Bañado en un desolador silencio, intrigante, volvieron a sonar con mayor fuerza. Me tapé entonces los oídos con ambas palmas, pues aquella mezcla de risa y lamento amenazaba con enloquecerme. Durante unos minutos, sentado sobre el sofá, con los brazos como asas junto a la cabeza, los ojos apretados y la boca en blanco gesto de dientes contraídos, permanecí implorando, mentalmente, al dios de todas las cosas para que me liberase de aquel tormento. Y debí ser escuchado, pues cesó por completo y, poco a poco, pude abrir los ojos, desatar las piezas bucales, recomponer el semblante y desprender las manos de los orificios auditivos. Y como por nigromántica práctica avisada, reparé en la purpúrea seda del cortinaje que se mecía empujada por el viento que se alojaba en el interior de la estancia a través de la gran ventana que ofrecía paisajes hacia la campiña del levante. Decidí dirigirme con ánimo renovado y sin duda alguna, hasta la puerta.


 


 Señor – dije – o señora, en verdad vuestro perdón


imploro,


más el caso es que, adormilado


cuando vinisteis a tocar quedamente,


tan quedo vinisteis a llamar,


a llamar a la puerta de mi cuarto,


que apenas pude creer que os oía.


 


Abrí la puerta con gran brío, más nada encontré. Oscuridad, y nada más.


 


Tratando de adentrarme en la espesura de aquella negritud cerrada subsistí cuan largos minutos, casi eternos, transcurrieron sin percatarme. Boquiabierto, espantado, dubitativo, apenas alcanzaba a soñar herrumbrosas pesadillas que mortal alguno se haya siquiera atrevido, no sólo a soñarlas jamás, de tan monstruosas como eran, sino incluso a imaginarlas como posiblemente reales. La negrura que proyectaban las sombras constreñían mi espíritu y, por liberarlo, de mis labios insensatos un nombre se perdió en ella: ¿Leonor? Más el eco, gemebundo y en un susurro, contestó preciso: ¡Leonor! Y ya nada más contestó el silencio, pues mi boca no volvió a intercambiar con él palabra alguna.


Luego de regresar a mi diván de lectura, aquel satánico sonido volvió a reproducirse, traicionero, golpeando la puerta. El cortinaje, nuevamente, se bamboleaba como instigado por una mano enemiga. Era el viento  adentrándose, el ulular del viento alojándose una vez más en la estancia. Más de la ventana procedían los golpes y decidí acudir de nuevo a ella.


Esta vez sí. Al abrirla, el batir de unas alas negras me puso en alerta y, retrocediendo unos pasos por temor, alcancé a vislumbrar, sobre mi descuidada silueta, la fuliginosa sombra de una extraña ave tan oscura como su eterna compañera de viaje que volaba anudada a sus patas. Al fin lo ví, allí estaba, desafiante. Un mayestático Cuervo que, en solemne vuelo, alcanzó a posarse sobre el busto de Palas que se sostenía sobre el dintel de la puerta. Allí quedó, fastuoso y altivo, amo de los días pasados, inmóvil y nada más.


Al verlo allí, con aristocrático porte cubierto de plumas de grafito, no pude evitar transportarme, de la laguna estigia en la que bañaba mis penas, a una irreflexiva mueca que recordaba a aquel gesto que otros llaman sonrisa, tan olvidada ya para mí.


 


Aun con tu cresta cercenada y mocha – le dije –,


no serás un cobarde,


hórrido Cuervo vetusto y amenazador.


Evadido de la ribera nocturna.


¡Dime cúal es tu nombre en la ribera de la Noche Plutónica!


 


Y el Cuervo arrojó, como quien empeña su alma al desprenderse de ellas – Nunca más.


 


Extrañado me quedé por doble motivo. El primero de ellos, por ser más extraño aún el nombre elegido para un pájaro. ¿Qué quería decir ese nombre? Poco o nada creí interpretar en la respuesta del volátil de mal agüero. Pero es que, además, muy singular resultaba que, al mismo tiempo de conocer su nombre, y por ende entender mi lenguaje humano, se dirigiese a mí con gracejo y lo entonase en mi mismo lenguaje. ¿Habrase visto alguna vez que un animal, menudo o bestial, haya parloteado su propio nombre a pregunta humana desde lo alto del dintel de una puerta, posado sobre la cabeza de una deidad griega? Aún así ví en él un probable amigo, más decidí no tomarle demasiada estima, pues todo aquel con el que yo congeniaba, por un motivo u otro, acababa abandonándome, o lo que es peor, muriendo, y el también lo haría, como las propias esperanzas depositadas que un día guardé creyendo que mi destino podría ser guiado por mi propia mano. Entonces, como si aquel extraño ser que me miraba con ojos puntillosos recobrase la vida que parecía habérsele arrebatado al pronunciarse de la anterior manera, dijo


 


Nunca más.


 


Me expliqué que no había lugar a equívoco, que aquella misteriosa ave traía aprendido un mensaje, mil veces repetido, de su anterior amo, a buen seguro un desdichado que, asolado por un destino sombrío, acabó sucumbiendo a la desesperanza y entonando versos tristísimos cuyo mayor no era otro que el memorizado por el oscuro pájaro que desde las alturas gobernaba. Con esta deducción, contento me hallé por encontrarla con la facilidad con que la derivé, y decidí imitarle. Por ello, viendo que él contemplaba el mundo desde el busto sobre el dintel de la puerta, yo me dejé caer sobre la aterciopelada piel de mi sofá, mi particular trono real, aferrado a unos cojines del color de la sangre viva, almohadones que ya, nunca más, mi amada volvería a trabar. Sobre ellos me dejé llevar en el proceloso mar de mis fantasías, para descifrar qué es lo que aquel pájaro de tenebrosa silueta, patibulario y aciago, pretendía trasladarme con su doble graznar. Durante un rato, calmo e inquisitivo, permanecí murmurando para mí, más mi pecho y mi alma ardían enteros al sentir la punzada tremebunda de los ojos encendidos del Cuervo devorarlos con la lengua de las llamas que en ellos se contenían.


Tuve la percepción entonces de que el aire traía un aroma tan intenso como completamente desconocido a mis narices, e incluso sentí el leve crepitar del suelo como si un ángel arrastrase el incensario causante del extraño perfume a través de la estancia. Me dije


 


¡Miserable ser, tu Dios te ha concedido,


Por estos ángeles te ha otorgado una tregua,


Tregua de nepente de tus recuerdos de Leonor!


¡Apura, oh, apura este dulce nepente


y olvida a tu ausente Leonor!


 


Nunca más, pronunció el Cuervo, contestando a mi soliloquio. Alterado por tan inoportuna intervención, me dirigí a aquel animal con malas palabras, tildándolo de profeta primero, de cosa diabólica después, pues sólo un ser inmundo como él podía haber sido enviado por el Gran Tentador a este refugio abandonado y roto, a estas baldías tierras embargadas por el horror.


 


¡Profeta, sí, seas pájaro o demonio!


¡Por ese cielo que se curva sobre nuestras cabezas,


ese Dios que adoramos tu y yo,


dile a esta alma abrumada de penas si en el remoto Edén


tendrá en sus brazos a una santa doncella


llamada por los ángeles Leonor,


tendrá en sus brazos a una rara y radiante virgen


llamada por los ángeles Leonor!


Más el Cuervo, dijo, Nunca más.


¡Sea esa palabra nuestra señal de partida


pájaro o espíritu maligno! – le grité presuntuoso.


¡Vuelve a la tempestad, a la ribera de la Noche Plutónica.


No dejes pluma negra alguna, prenda de la mentira


que profirió tu espíritu!


Abandona el busto del dintel de mi puerta.


Aparta tu pico de mi corazón


y tu figura del dintel de mi puerta.


Y el Cuervo respondió, Nunca Más


 


Hoy, aún sigue reposando sobre el cadavérico busto de Palas, el que descansa sobre el dintel de la puerta de mi estancia. Y en sus ojos ¡Oh, sí! En sus ojos los de un demonio que dormita pesadillas, malos sueños que se arrojan contra el suelo como la sombra, nebulosa y horripilante, que de su silueta proyecta la lámpara que sobre él su luz irradia. Y en la dicha sombra, mi alma encerrada ya por siempre, atrapada desde entonces, incapaz de libertarse a sí misma…Nunca más.


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