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La Ínsula Etérea

"Caer, levantarse, insistir, aprender"


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LAS TRES REINAS MAJAS (POR WILLOW)


Había llegado el momento, la situación ya era insostenible, no se podía retrasar más, había que tomar al fin una decisión, y esta había sido tomada.

Pese a quien pese, y guste o no guste.


Los Reyes Magos se jubilaban al fin.


Si, eran más de dos mil años sin dejar de trabajar, y ya eran demasiado mayores para seguir haciéndolo, el trabajar una vez al año, pero durante miles de años, agota a cualquiera.

Y como habían sido muchos los años trabajados y siempre con contrato, la cotización a la seguridad social les había permitido obtener una buena pensión de jubilación.


Pero no podían dejar a los niños del mundo sin los Reyes Magos y su noche mágica del 5 de Enero, y aunque estaba todavía en activo Papá Noel, los Reyes no se fiaban mucho de él, pues empezaba a chochear también ¡y es que la edad no perdona!. Así que decidieron convocar oposiciones ofertando sus tres puestos de trabajo.


Pensaron que la oferta sería irresistible: solo se trabaja un día al año, viajes gratis por todo el mundo, camello propio, corona de oro y capa de armiño, y comida y bebida a cuenta de los agradecidos papás de los niños que recibían sus regalos ¡era una proposición irresistible, y en estos tiempos de crisis, recibirían avalanchas de opositores al puesto!


Pero nada más lejos de la realidad. Y es que a pesar de las buenas condiciones de trabajo y sueldo inmejorable, trabajar justamente la única fecha del año en el que todo el mundo quiere estar con su familia, no era plato de buen gusto. Y los tres Reyes Magos se quedaron muy desilusionados al llegar al Salón de Actos y ver tan solo tres personas.


La primera de todas, era una niña morena, decía ser española y no dejaba de tocarlo todo y hablar sin parar con un puñado de gatos de mil colores que la acompañaban. Su nombre era Carlota.


La segunda era una, una, una…bueno, decía ser un duende del Fuego, del país de Fuego de la Princesa Pyra, era pelirroja y llena de pecas y no dejaba de jugar con un puñado de petardos , intentando asustar a los gatitos de colores que acompañaban a la otra niña. Al mismo tiempo no dejaba de mirarse en todos los espejos y cristales que encontraba a su paso. Su nombre era Kremara.


La tercera era también una niña, algo mayor que las anteriores, al menos era más alta. Era negra como el carbón, decía venir de África y no dejaba de oir música y de mirar asombradísima a las otras dos niñas. Kremara no dejaba de asustar a los gatitos de colores con sus petardos, y estos se habían avalanzado sobre ella arañándole por todas partes. La niña dijo llamarse Esperanza, la niña Afortunada.


Viendo este panorama, los tres Reyes Magos se echaron las manos a la cabeza ¡si dejaban la noche más mágica del año en manos de esas tres locas, se acabaría la Navidad, la Magia y la Ilusión de millones de niños! Sería el fin de los sueños.

Pero es que estaban tan cansados, y se sentían tan mayores.


Los tres Reyes Magos hablaron entre ellos, y tras mucho deliberar y pensarlo bien, decidieron que antes de tomar una decisión definitiva, lo mejor sería ponerlas a prueba, ver de que eran capaces esas tres niñas, en apariencia sin demasiadas dotes de nada en concreto. Hablar con gatos, encender petardos y cantar y bailar una extraña música que más bien parecía vulgar poesía.

Así que viendo que no había más candidatos al puesto de Reyes Magos, les hicieron un contrato de pruebas, categoría de Becarias, y que Dios les pillara confesados a todos.

Para evitar desastres decidieron que no les darían todavía los poderes Mágicos de los Reyes, nada de volar en camello, nada de ir en camello siquiera, nada de don de la Ubicuidad, lo de estar en muchos sitios a la vez, viendo a esas tres, sobre todo a la loca pelirroja, sería un desastre para la humanidad.


Tres bicicletas rositas con cestita delante para llevar los juguetes, una maletita en el portaequipajes para las cartas de los niños, y nada de capas ni de coronas. Uniforme estándar: chandal del Erosky.


Decidieron ponerlas a prueba repartiendo regalos de cumpleaños para los niños del centro de acogida de la Ciudad. Eso no sería muy difícil..o eso esperaban.


Las niñas subieron en sus bicis, se pusieron los cascos de seguridad (a pesar de que Kremara no dejaba de refunfuñar, pues ella quería una diadema de princesa maga) y marcharon hacia el Centro de Acogida.




- ¡Vaya rollazo!, si lo se no dejo mi país de Fuego ¡una bici y un chandal! Que falta de glamour. Con el estilazo que tengo yo. -dijo Kremara- menos mal que siempre llevo encima mi Kit para tunear ropa sin estilo, y convertirla en auténtica ropa de diseño. De la Pasarela Duende a las calles….¡más que Reinas Magas, seremos Reinas Majas! Ya veréis. Unos lazos por aquí, unos botones por allá, unas puntillas aquí, unos bordados allá..¡voilà! Tres modelazos dignos de tres Reinas. Vamos a arrasar ¡que se fastidien esos Elfos de Papá Noel! Siempre vestidos de verde..¡que antiguos!




- ¡Este modelo es horroroso!, -dijo Carlota- a mi me gustan más los colores variados, todos juntos al mismo tiempo, ¡miles de colores! Lazos en el pelo, bailarinas con puntillas y taconcitos ¡y todo en estilo Chipenchuli, chipendalis,chipenchuskys…! Vamos, en estilo chulo.


- ¿Quieres que nos vistamos de Duquesa de Alba?, -dijo Esperanza- ¿ y tú, pelirroja mandona, quieres que vaya de muñeca repollo? ¡ni los sueñes! Nada de lazos en el pelo, el mío se queda como está, trenzado y punto. Nada de abalorios en la ropa, chandal ancho, cómodo y deportivas para bailar y hip hopear, de echo, nadie me llama Esperanza…soy Hope, ¡Queen Hope!.


- ¡Que groseraaaaa!,- dijo Kremara- pues que cada una vista como quiera, porque yo ni trenzas ni chandal ni mucho menos modelos chipenchuskis. Y Queen somos todas, Queen Beautiful, que en ingles significa, Reinas Majas. Aunque ese apodo tuyo no me gusta mucho, Hope, Hip Hope. Yo había pensado en llamarme Letizia de Borbón, que me va más. Tú Carlota, podrías llamarte…Princess Carlota de Mónaco. Y Tú Hope (que nombre más horroroso) Balta-Zara, moda a precios económicos, como tú, mona, pero sin estilazo.




La propuesta de Kremara no fue muy bien aceptada, vamos, que no se aceptó en absoluto. Lo único en lo que estuvieron de acuerdo fue en llamarse, Las Tres Reinas Majas.


Subidas en sus bicis, Kremara, Carlota y Hope, cumplieron a las mil maravillas su misión de repartir regalos entre los niños del Centro de Acogida. Al ver lo contentos que se ponían al recibir sus muñecas, sus coches, sus peluches, sus cuadernos y sus lápices de colores, las Tres Reinas Majas comprendieron la verdadera misión que tenían entre manos.

Hacer felices a todos los niños del Mundo. ¿Cómo lo habían podido hacer durante miles de años los Reyes Magos, sin dejar que ni un solo niño se quedara sin su regalo?

Se propusieron ser las mejores Reinas Majas del Mundo.


Solo que algo les hacía cosquillas en el corazón. Las tres se sentaron en un jardín al sol, antes de volver al Palacio de los Reyes Magos. Había muchos niños todavía en el mundo que esperaban que sus sueños se hicieran realidad, niños que esperaban mucho más que unos simples juguetes, niños que sin lugar a dudas necesitaban mucho más que Magia y Regalos. Niños que tal vez no eran felices. ¿Existían niños que no eran felices? ¡no podían permitirlo! Y aunque no tuvieran magia, ni camellos, ni estrellas que les guiasen, encontrarían la forma de ayudar a todos esos niños, y llevar la Felicidad hasta ellos.

Aunque con las bicis iba a ser un poco difícil, mejor debían sacarse el carné de conducir ¡siiiii, una furgoneta diesel! Aunque según Kremara, sería mejor una nave espacial, o un cohete de los que van a la luna, pero bueno…una furgoneta estaría bien.




Ni cortas ni perezosas empezaron a abrir las cartas de los niños para los Reyes Magos, al fin y al cabo ahora eran ellas las Reinas Majas, asi que…no estaban haciendo trampas.

Para su sorpresa, había muchos niños que no pedían juguetes, ni muñecas, ni ropa cara..los niños del mundo tenían otros deseos.


- Este niño pide que se acabe el hambre,-dijo Carlota- es de África, como tú, Hope. ¿Los niños pasan hambre? No lo sabía. Los niños no deberían pasar hambre Kremara, tenemos que hacer algo.


- Ummmm…si conociéramos a alguien que hiciera milagros y multiplicara peces y panes, y pizzas, y frutas, y leche con cola-cao ¿conocéis a alguien así? ¿El hijo del Jefe no hacía cosas de estas? Si, creo que Jesús tenía una empresa de Catering muy buena. Aunque creo que lo dejó, la Comida Rápida se hizo con todo el mercado.


- Déjate de Milagritos, -dijo Hope- lo que hay que conseguir es que los que más tienen, les den a los que no tienen nada. La empresa de catering de Jesús ahora son franquicias ¡y se llaman ONG! Hay que conseguir que la gente colabore, haga donativos, entregue alimentos, ropa, medicamentos ¡eso no es magia eso es Solidaridad! Y eso es lo que tenemos que hacer.


-¡Siiiiiiiii!, -gritó emocionada Kremara- ¡haremos un telemaratón! Y vendrá Shin Chan, y Hannah Montana, y los chicos de Crepúsculo ¡ Y Bob esponja! ¡Y la Tropa de Trapo! Adoro a la tropa de trapo..que briboncillos son.


- Bueno, lo del telemaratón, lo dejamos de momento en la lista de “tal vez”, pero si, hay que contactar con ONGS, eso sin duda. Y hay que concienciar a la gente que aporte su granito de arena ¡o su euro, que es mucho mejor!, -dijo Carlota- ¿pero que hacemos con esta niña que no quiere que los niños enfermen? Los niños no deberían enfermar nunca, ni sentir dolor, ni tener que preocuparse de nada que no fuera jugar y aprender. No me gusta que los niños sufran.


- Ni a mi, -dijo muy compungida Hope, mientras Kremara lloriqueaba a escondidas, haciéndose la valiente- Eso no debemos permitirlo. Debemos hacer que los presidentes de todos los países, los poderosos, los Reyes si es necesario, dejen de fabricar armas y bombas, y den todo ese dinero para que ningún niño pase hambre, ni dolor, que no falten medicamentos, ni vacunas, ni médicos en cada pueblo del Mundo, por pequeño que sea.

¡Tenemos que conseguir que los Adultos nos apoyen y cuiden de todos los niños del Mundo!

¿Quién está conmigo? ¿Quién me apoya? ¿podemos hacerlo?




-¡Podemos hacerlo! -gritaron las tres Reinas Majas. Y desde ese momento, no descansaron ni un segundo, día tras día, antes de la Noche de Reyes, buscaron ayuda por todas partes, y cada vez conseguían más apoyo para su causa. Primero fueron sus parientes, luego sus vecinos, luego los habitantes de la ciudad, luego los de muchas ciudades, de países enteros, comerciantes, empresarios, constructores, médicos, enfermeras, ingenieros, arquitectos…y algunos Presidentes de Los Países más importantes y poderosos del mundo.


Pero aún quedaba mucho por hacer. Y mucha gente a la que convencer. Hasta los gatos parlanchines de Carlota recorrieron todos los países buscando ayuda para los niños del Mundo. Lo habían intentado todo, todo. Pero hay mucha gente que no estaba dispuesta a compartir sus riquezas con los más pobres. Había gente que prefería tener una pistola que entregarla a cambio de un libro para que un niño aprendiera a leer.


Si, había mucho por hacer todavía. Y solas no podían. Solas no.


Quedaban pocas horas para la Noche de Reyes, las tres estaban cansadísimas, agotadas, y no habían conseguido lo que se habían propuesto. Había muchos niños que todavía no podían ver sus sueños hechos realidad. Y se fueron a dormir decepcionadas con ellas mismas por no haber sido unas buenas Reinas Majas.




Pero entonces sucedió algo maravilloso. Extraordinario. Todos los gatos del mundo empezaron a maullar al mismo tiempo, y con cada maullido, miles de colores inundaban los pueblos, las ciudades, los países, los continentes..llenando de colores los sueños de todos los habitantes del mundo, niños y adultos. Todo el mundo empezó a soñar con mundos donde no había guerras, ni hambre, ni enfermedades, mundos donde solo reinaba la Paz y el Amor. Mundos llenos de flores , de nubes rosas, de gatos de colores, de risas de niños y de cantos de Padres. Esa Noche, todo los habitantes del Planeta, soñaron con un Mundo Mejor..un Mundo que ahora estaba más cerca de ser Realidad.


Llegada la esperada noche de Reyes, los tres Magos, decidieron realizar su ultimo viaje por el Mundo entregando regalos y felicidad a los niños. Acompañados por sus tres mejores alumnas, las Tres Reinas Majas. Los seis hicieron realidad muchos sueños, sembraron miles de esperanzas, millones de alegrías, trillones de risas y cancioncillas.


Para sorpresa de todos, al día siguiente al despertar, se encontraron con un hecho más que asombroso, ¡inaudito! Las armas se habían convertido en flores, las prisiones en escuelas, los palacios de los poderosos en hospitales, y aunque el plomo seguía sin ser Oro, el Mundo estaba cambiando por fin, el corazón de millones de personas habían escuchado y hecho realidad el sueño que la noche anterior habían tenido todos.


Porque aunque quedaba mucho por hacer, no hay mayor Poder que el del Amor y la Solidaridad entre los hombres. Porque todos juntos, todos juntos si podemos hacerlo.


Las Tres Reinas Majas, se ganaron a pulso este nombre, y sobre todo, se merecían ocupar desde ese momento el puesto de los Tres Reyes Magos…sin magia, solo necesitaron creer en que todo es posible si se trabaja en equipo.


¡Vivan las Tres Reinas Majas! ¡Vivan! ¡Viva Kremara, Viva Carlota, Viva Hope! ¡Vivan!




RAP DE LAS TRES REINAS MAJAS:


Somos tres, ni dos ni cuatro,

Somos las reinas del cotarro,

Nos ayuda el perro

Y nos ayuda el gato,

Actuamos en lugar de comernos el tarro

Llevamos bicicleta

En lugar de una mula obsoleta.

No necesitamos lámparas

De Aladino, eso es un desatino,

Creemos en nosotras

Y en todas las personas

¡Somos las tres Reinas majas

Vivimos nuestro Destino

Y no ocultas en tinajas,

Somos reales, ninguna de nosotras

Es un cuento chino!


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¡Es tan difícil hacer una caseta para un perro!


Periodista -Ochenta años escribiendo dan para mucho ¿no?


Ana María Matute - Pues sí. Aunque queda un poco petulante, es como un reconocimiento no quizá a la calidad literaria, pero, por lo menos, a la perseverancia en algo que tú crees, que piensas que puedes hacer algo con eso. Durante muchos años he creído que, con la literatura, se podía hacer algo por la sociedad. Ahora ya no me lo creo tanto, pero vamos, tampoco dejo de creerlo del todo.


Periodista - Usted dice que es una lectora empedernida Ana María, que leer le ayuda a escribir ¿Qué es lo que está leyendo usted en estos momentos?


Ana María Matute - Ahora llevo una temporada en la que estoy leyendo novela negra, novela policiaca. Me encanta. Hay grandes escritores, a pesar de que algunos la desprecian... ¡Despreciar es tan fácil... ¡y es tan difícil hacer una caseta para un perro! Hay escritores buenísimos, ya lo demostró Simenon (George) en su época o el mismísimo Dostoyevski ¡menudo escritor!



                        


 


Después de una intensa jornada marcada por las entrevistas para radio, prensa y televisión, y las reiteradas llamadas de decenas de amigos para manifestarle su entusiasmo y su orgullo porque Ana María Matute se hubiese alzado con el prestigioso galardón que es el Premio Miguel de Cervantes 2.010, el más inportante de las letras en español, esta mujer de ochenta y cinco años pero de una lucidez atemporal, se manifestaba así en el TeleDiario 2 de La 1 la misma noche de conocer el resultado.


Me suele ocurrir que, al escuchar a las personas mayores, experimento la misma sensacion que al escuchar a las personas inteligentes, que me da por pensar en el mensaje que encierran sus palabras. Y claro, cuando tienes delante, pantalla mediante, a Ana María Matute, que además de ser una mujer mayor, y Mayor también, es, además, inteligente, lo primero de todo es observarse a uno mismo menudo e insignificante ante una personalidad como la suya. Tras reponerte, descubres la magia que se produce cuando la inteligencia y la sabiduría que aportan los años vividos y aprendidos intensamente se unen en perfecta comunión, y es entonces cuando, sin apenas tener constancia de lo que ocurre, te dejas llevar envuelto en las olas frágiles de sus palabras, que te rodean y te seducen, y cada una de sus ideas se aloja en tu interior rompiendo mansamente, como la ola rompe en la orilla con el mar en calma, apenas una ligera cresta blanca sobre ella, espumosa y brillante, adornándola.


Y piensas, y piensas, y piensas...


Del conjunto de la entrevista extraigo varios apuntes interesantes. Yo también he creído que la literatura puede hacer algo por la sociedad, y lo he hecho no por convicción teórica, sino por padecimiento interno. A mí, la literatura me ha enseñado, en ocasiones, mucho más que cualquier profesor de instituto. De su mano, la de las letras, he aprendido conocimientos que no se muestran en las aulas y que quedan al margen de las autopistas del conocimiento. También me han hecho formarme como persona, encontrar en las lecturas qué resulta bueno y qué no, cuáles son los comportamientos humanos, qué nos mueve a movernos, dónde reside la bajeza del hombre, cómo combatirla y derrotarla... Es por ello que creo que es tan importante darles un alojo seguro a todos los libros, sean cuales sean, hablen de lo que hablen.  Al fin y al cabo, de un modo u otro, el saber humano está reflejado en los libros y por ello es de vital importancia tenerlos a mano, defenderlos y darles el verdadero valor que poseen. Sólo en casos extremos somos capaces de darnos cuenta de su valía real. ¿Quién no se ha emocionado al ver, por ejemplo, esa escena de la película Ágora, que muestra la destrucción de la Gran Biblioteca de Alejandría, morada del conocimiento antiguo? ¿Quién no cuando contempla esos vídeos en blanco y negro de decenas de libros ardiendo mientras ondean al viento las esvásticas nazis? ¿Quién no se sobrecoge al pensar en esa lista negra de libros prohibidos, y posteriormente quemados, por la Inquisición? La literatura es esencial para la formación de un hombre y todo aquel que quiera encontrarse, se hallará entre unas páginas. Sólo tiene que saber buscar...


Inserta también Ana María la afirmación de que leer, le ayuda a escribir. Siempre he pensado que una cosa no puede ir sin la otra, y que, incluso, la segunda, es consecuencia necesaria de la primera en aquellas personas valientes, esas que se atreven a dar el salto al vacío sobre el folio en blanco. El aprendizaje de la escritura es, al igual que el aprendizaje humano en general, cuestión de imitación y repetición. Así como un niño aprende hablar después de oir palabras pronunciadas por los que le rodean, o se aprende a bailar un aro en la cintura repitiéndolo una y otra vez hasta que le cogemos el tranquillo, la cuestión del escribir no permanece ajena a ambos métodos y, por tanto, leer resulta una cuestión primigenia, fundamental. Sólo mediante su práctica conseguiremos hallar métodos, estilos, un vocabulario rico y eficaz,... De ahí que cuanto más leamos, y más diverso, más rica será nuestra cultura literaria para poder elegir aquellos referentes que más nos entusiasmen y den forma a nuestra futura concepción de la escritura que queremos poseer, o al menos alcanzar, como algo propio. Además, si echamos la vista atrás y hacemos un repaso a través de la historia de la literatura, nada ha cambiado sobre las cuestiones y los temas que motivan al hombre a contar relatos, más sí lo depurado del estilo, o la manera de narrarlo. Ahí está la evolución, en la repetición hasta el extremo de unos mismos conceptos, que de tan manidos se les ha limado las imperfecciones, consiguiendo así, poco a poco, algo mejor y más pulcro. Aunque no hay que olvidar que, en la mayoría de las veces, la pieza se nos cae al suelo en el intento por imitar las obras más grandes y fascinantes y, para conseguir algo que verdaderamente merezca ser tenido en cuenta, deben pasar muchos años, cientos de manos, miles de litros de tinta y otras tantas cuartillas. Puede que los que escriben, en el fondo no sean nada más que personas que desean emular a sus héroes, que en este caso destacan por componer relatos que maravillan a quién los lee. Tener la sensación, aunque vaga, por un instante, de comprobar que lo que uno escribe puede tener transcendencia en los demás,e incluso que pueda gustar, aunque sólo sea en una única persona, es una de las sensaciones intelectuales más placenteras que alguien con una sensibilidad así pueda experimentar.


Por último, hace referencia a su pasión última por la novela negra y policiaca y critica la falta de respeto por aquellos que desprecian este género. Tomando este género por bandera, que tranquilamente puede englobar a otros muchos, como la reciente literatura vampírica o la templaria por citar dos ejemplos en auge, estoy de acuerdo con ella cuando dice que qué fácil es despreciar las cosas cuando hacerlas, por simples que parezcan, conllevan un gran esfuerzo por parte de quien las lleva a cabo. Sólo por eso, merecen un respeto enorme, que nadie lo pise dejándose llevar por la crítica de la masa aborregada. Además, y sin que esté reñida una cosa con la otra, las reivindica y nombra a dos autores, de los que no requieren perder el tiempo en presentaciones insulsas, para mostrar que no existen géneros secundarios o sin calidad, que lo que existe, y también sobra en todos los estilos, son, quizá, escritores sin la suficiente entidad literaria. Criticar un género exclusivamente por su éxito, sin detenerse en nada más, suele ser el método del envidioso. Esto lo añado yo. Ana María Matute no lo dice. No al menos en su entrevista.


Aunque no mencionado en la presente cita, también he sacado una última conclusión de sus palabras, y es que, cuando a uno le dan el Cervantes y llega la hora de la cena, en consecuencia la hora del TeleDiario 2, son tantos los medios para entonces atendidos que uno se cae de sueño, así, literalmente hablando. Por lo tanto, de ahora en adelante, contrataré un personal trainer, o un coach que me prepare en consecuencia para cuando me toque. Lástima que esto no sea como la Lotería de Navidad. Si así fuese, tendría muchas más posibilidades reales que si tiene que ser por la valía de uno. En fin, porca vida aquesta...

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¿Qué es una historia?

Una secuencia de sucesos condenados a reiterarse a voluntad de quien la posea. Tal vez  un núcleo de momentos vivos muertos o de instantes muertos revividos para una ocasión determinada. Un cúmulo de sentimientos encontrados, perdidos en la ingravidez de lo tempóreo.


 Una errabunda ficción que aguarda el verbo de un hombre para ser contada y erigirse como una efímera obra de arte que desaparece en cada aliento consumido al calor de un hogar; donde las miradas, embelesas de sensaciones, se sostienen en los estudiados movimientos de los labios del narrador, en las circunstancias de sus ademanes, en lo arcano de sus silencios, sus tiempos y sus gestos.


Es también una fantasía ambulante que recorre caminos y veredas, que anida en los cielos y las mares; que hace posta en un árbol de frondoso follaje, en el trino de un emplumado pájaro de vivos colores, en el ciervo que asoma su cornamenta a través de la enmarañada foresta boscosa; en las miradas amargas de unos niños abandonados, en la expresión encandilada de una mujer en estado de buena esperanza, en los taciturnos ojos de quien observa el vestido denso de la parca y el filo de su guadaña al pie de su lecho; que se convierte en materia mágica con que fabrican sus ilusiones los prestidigitadores de la palabra y los alquimistas de la oración.


 Ah, pobre de aquel iluso que conciba la infeliz idea de ser creador de historias y relatos, pues desconoce que no es él quien les da vida, no. No se puede revivir lo que ya es un ser vivo, pues, como toda criatura, una historia nace de la esperanza de quien los alberga en su seno y en sus sueños, se alimenta de suspiros y de tinta, se reproduce boca a boca y, en el transcurso de las páginas, muere con el silencio y la oscuridad. Se trata de composiciones que aguardan ser descubiertas por aquellos que tienen ojos para verlas y oídos para escucharlas allí donde reposan, suspendidas en el éter que separa la realidad del sueño. Entonces, y sólo entonces, se mostrarán ante los dichosos en todo su esplendor y le otorgarán el privilegio de lo exclusivo y lo primigenio, y siendo como son entes puros y ajenos a toda cuestión de disputa por la autoría, pues éste es un defecto intrínseco al hombre, el de querer apropiarse de todas las cosas, en aras del ensalzamiento del ego hasta alcanzar las últimas consecuencias de las prácticas de Onán, consienten al hombre darse un baño en sus propias miserias si así alcanza la felicidad, nimia a los ojos de las historias, pero felicidad humana al fin y al cabo, y por eso permanecen calladas y no chistan, y callan la verdadera realidad de la cuestión, que no es otra que la de poner de manifiesto que las historias, una vez transferidas a la primera de las personas que las lee o las escucha, ya no pertenecen al supuesto autor, al que cobra por los derechos de la propiedad intelectual, ya ves tú, sino que se convierte en patrimonio de todos, en un bien universal.


Durante el proceso de gestación, el que transcurre desde que el hombre la descubre allí, flotando en el éter anteriormente mencionado, entre lo real de aquí y los sueños de acullá, hasta que le da salida oral y escrita cuando la cree bien formada para traerla a nuestro mundo, el hombre trabaja con denuedo para que la criatura, a la que cree suya, llegue de la mejor manera posible. Para ello, se esfuerza por ofrecerle una buena base sobre la que pueda descansar, al que llama estilo. El estilo, para la historia, es como la personalidad de un niño, un conjunto de elementos que, unidos, confluyen para mostrar la naturaleza propia del ser y que, en virtud de ellos, le harán interpretar cuanto le rodea de un modo determinado y, al mismo tiempo, le hará ser entendido, a los ojos del mundo, de una manera singular y única, propia. Al igual que los niños, se conocen casos en los que una mala forja de la personalidad acaba creando monstruos incontrolables, imposibles de aguantar, incapaces. Lo mismo le ocurre a las historias: si su estilo no es el apropiado, si no se les confiere el justo medio, se harán difíciles, infumables o inapreciables. Por todo ello, de gran fortuna es que una gran historia caiga en manos de un buen escritor, pues en más ocasiones de las deseadas, grandes relatos han caído en manos inadecuadas, o viceversa. Si ocurre esta última, tendremos una mala historia bien contada, y al menos podría servir como muestra para las aulas. Sin embargo, si se da la primera de las posibilidades, desafortunadas, no habrá nada que hacer, salvo llorar por la ocasión perdida.


Sean bienvenidos los portadores de las historias, los que acarrean con el peso de mostrarlas al mundo, pues sin ellos, médiums entre ambos mundos, el suyo y el nuestro, a nuestras vidas les faltaría esa mágica entelequia que sólo las historias pueden transformar en una realidad, la de ver con los ojos cerrados, la de escuchar con los oídos tapados, la de sentir con la dermis cubierta…


Démosles, entonces, facilidades a estas gentes del entero mundo, abrámosles paso, colmémosles con los mejores lugares de nuestras casas. Pongámosles, incluso, como ejemplos de vida, sacrificio y entrega, que no son sino rehenes de las historias que relatan o narran, pues estas sólo desean alcanzar la eternidad en el tiempo a través de las conciencias y los sueños. Son, en consecuencia, meros acarreadores de ideas mientras el tiempo corra, la tierra gire sobre su eje y el hombre…, el hombre sea, y su futuro, el de ambos, hombres e historias, está unido por un finísimo cordón umbilical, indeleble, pues con la muerte del primero, nadie habrá para escuchar y atender a las segundas, que al fin y al cabo es como morirse, y con la muerte de las segundas, nada hará soñar a los primeros, y éstos, sin sueños, nada son, carne y hueso, piel y pelo, lejos ya de la razón.


 


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Morfeo eres tú


Las sábanas, de una humedad cálida y placentera, envuelven dos  cuerpos desnudos que se besan, poro a poro. Blancas y sedosas, destilan el dulce aroma del amor arrebatado y sincero de dos almas que se encontraron por una casualidad anotada en el destino, el tuyo y el mío, ahora ya nuestro, único, escrito con la indeleble tinta de nuestras bocas sobre el lienzo del anhelo más sincero.


 Al otro lado de la cama, tu presencia propaga su halo protector y me colma de calma y de dicha. El calor de tus muslos atempera mi naturaleza yerta y me aproximo a tí con devoción, como caballero templario ante el Santo Grial, legendario cáliz por el que dieron su vida los más aguerridos hombres del medioevo. Al igual que ellos, cubro y cubriré mi cuerpo, tantas veces así hagan falta, con pesada cota de malla, blandiendo acerada espada y escudo cruzado, y dispuesto a protegerte, luego de ya encontrada y venerada, enfrentaré al turco, al moro, al muslim o al sarraceno en cualquiera de sus formas, pues si bien en apariencia son distintos, el credo que envenena sus mentes es el mismo.


La esmeralda de tu mirada sucumbe al pesado párpado y se despide de mí, en silencio. Tus manos, menudas y nacaradas, como de nácar tu cuerpo entero, buscan mis manos y mis labios, posándose despacio y sutil, como el mágico aleteo de una mariposa, ceremonioso y elegante. Mi boca se estremece e, inconsciente, se entreabre, alojando la yema de uno de tus dedos en su interior. Su sabor, dulce y refinado, despierta de su repentino sopor a mi lengua, que se yergue suspendida por el embrujo de su aroma, afrutado y cítrico, coincidente con el de tu cuello de porcelana, el de tu pecho firme, el de tu de vientre  de leche.


Y entonces, enhebrada a mí mediante la invisible y prodigiosa hebra a la que los trovadores aún continúan llamando amor, en tu intento por conciliar el sueño, te transformas en felina criatura, y te arrebujas bajo las sábanas, apretándote contra mí más si cabe, buscando mi abrigo y mi cobijo, y el murmullo quedo que reverbera en tu garganta es ronroneo tierno y conciliador, cálido aliento que se estrella, a bocajarro, sobre mi cuello y mi hombro para indicarme, en afonía sostenida, que dos corazones pueden palpitar alocados al encuentro de los sentidos y del éxtasis y simular uno sólo, más no será sino confusión provocado por el atropello de los sonidos. Sólo en el herrumbroso discurrir de la porción más ínfima del tiempo, la que marcan los péndulos, se pueden maridar dos pechos oscilantes que enmarcan corazones latientes, que cuando al fin se saben juntos, cuando el color vibrado de las sístoles fulgen presentes enlazados y las diástoles reflectan futuros deseados indistintos, alcanzan entonces el latir único sin proponérselo, sin que el de uno retrase su marcha ni el del otro precipite la suya. Se trata de un matrimonio excepcional, diríase milagroso incluso, sin explicación aparente pero que sobreviene irresoluble. Entonces el silente de la noche se inclina con marcial reverencia, y la oscuridad decrece ante la nimbada silueta que ofrece nuestro lecho, y el destello que desprende nuestra unión se arroja a través del cristal de la habitación, y es entonces cuando las farolas de la ciudad expiran, vierten su último aliento, radiación enrojecida y extrema, y es nuestro fuego quien les toma el relevo para iluminar las calles y las avenidas, y los gatos, que no necesitan de luz alguna para acometer sus fechorías nocturnas, permanecen como paralizados ante tan candente fulgor, y detienen sus mudos pasos mirando hacia nuestro lecho, cada uno en un punto de la rosa de los vientos, y comprenden entonces que dos almas gemelas duermen juntas en la ciudad luego de amarse con pasión, y los maullidos que resuenan en la distancia y bajo la ventana son los últimos sones que escucho mientras punteo y recuento con deleite las estrellas cobrizas que se agrupan para dibujar las constelaciones más bellas del más bello de los universos en tu rostro de argenta, antes de abandonarme en brazos de Morfeo, dios que esta noche, y de ahora en adelante, tiene cuerpo de diosa, mirada de diosa, voz de diosa.


Morfeo eres tú y a ti me entrego.


 

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Torre del Homenaje

Fue en solsticio de verano. Hace varios años. La tarde tocaba a su fin y la Torre del Homenaje permanecía cerrada al público.


Por obras, indicaba un cartel con letras góticas. Siempre había sido respetuoso con las prohibiciones dentro del castillo pero aquel día, tal vez movido por alguna extraña circunstancia ajena a mi entendimiento, o simplemente arrojado por los hados que velan mi sino, decidí atravesar la cadena eslabonada que cerraba el paso a las escaleras de la torre, las mismas que me conducirían, sin remisión, a la locura.


La escalinata, angosta y asfixiante, se cerraba sobre sí misma como fachada principal del hogar de un caracol, y sólo cuando alcancé el final de su recorrido pude encontrar un haz de luz en medio de una oscuridad siniestramente húmeda y pegajosa. Al llegar arriba, el aire de nuevo se hizo fácilmente respirable y puro, atrás quedaban más de ciento treinta escalones y el soberano esfuerzo depositado en ascenderlos. Más, mereció la pena y, si seguro se repitiese lo que luego sucedió, por mil años los recorrería, una y otra vez, si guardasen la misma recompensa por realizar dicho menester.


Al norte, fulgían las irisadas cumbres de los montes pirenaicos. Un desierto engullía con su oscura lengua las tierras más meridionales. Al este se encontraba Ella, mirándome con sus ojos bañados de miel. Al oeste… el oeste no me importó lo más mínimo.


Parecía mirarme, sí, pero a la vez simulaba encontrarse absorta en sus pensamientos. Vestía de blanco un precioso vestido de tirantes que se ajustaba a su cuerpo perfilando sus curvas, sus caderas, cayendo hasta media altura de sus muslos, tersos, brillantes, del color de la canela, como los senos que se abultaban en su escote. Su cabello, largo y castaño, caía ensortijado a ambos lados de su rostro. Era realmente hermosa y allí estaba yo, siendo atravesado por su intrigante mirada. Pronunció el nombre de otra persona, Carlos, creo recordar. No era aquel mi nombre pero, al verla caminar hacia mí henchida de deseo, bamboleando su cuerpo con hechizante embrujo, me daba igual llamarme Carlos, Jesucristo, o Legión.


En sus ojos, tocados por los últimos rayos cobrizos del día, que los dotaba de una serenidad tal que invitaba a retirarse en ellos, pude adivinar un deseo irrefrenable por alcanzar mis labios y hacerlos rehenes de su boca. Luego de ellos tomó mi lengua, que cayó sin ofrecer resistencia. Sus manos decididas recurrieron mi cuerpo trémulo, colándose bajo mi camiseta para bosquejar el mapa en relieve de mi espalda, mi torso y mi pecho con las yemas encendidas de sus dedos. Arrebatado, hice lo propio por encima de su vestido. Sin dejar de besarla, puse asedio a sus pechos con mis manos, dispuestas mis falanges en torno a ellos.


De pronto, a mi espalda, procedente de las escaleras, escuchamos las pisadas cansadas de unos zapatos que ascendían a la torre. Ella se apartó de mí, entre asustada y sorprendida, y yo quedé mirándola, deseando que continuase conmigo, sin importarle nada como nada me importaba a mí, salvo saberla mía.


Ana, escuché. Carlos, respondió ella. Al llegar él, ambos se fundieron en un abrazo, se tomaron de la mano y, sin ni siquiera dedicarme una mirada de soslayo que taponase el caudal de dolor que inundaba ya mi alma, se disiparon en la oscuridad de las escaleras y quedé sumido en mis tinieblas.


En ocasiones, dudo si aquello sucedió verdaderamente, si quizá fue un sueño. Fueron los instantes de pasión más intensos que guardo en mi memoria. Quedé prendidamente cautivado de unos ojos, de unos labios, de una piel. Me sumerjo en esos recuerdos para sentirme vivo. Mi corazón enamorado no supo de ella nunca más. Hasta hoy.


Nuevamente, en la Torre del Homenaje, desde donde miro al horizonte y sueño que regresa, escucho el repiqueteo nervioso de unas pisadas. Deseo con todas mis fuerzas que sea Ana, la Ana a la que amo. Es un niño de unos siete años. Tras él, una mujer de mirada melosa, profunda y de piel canela, sube corriendo como intentando evitar mil peligros a su hijo. El niño me mira muy serio y yo guardo silencio, mi mirada clavada en los ojos de su madre. Le dice que tiene frente a él a un señor que viste vaqueros y camiseta y que dice que la ama. Ella lo coge de la mano y le pide que no diga tonterías, que allí sólo están ellos dos. Que no empiece otra vez con sus historias de fantasmas. Antes de perderse escaleras abajo, ella se vuelve hacia mí y me mira, o quizá sólo busque en horizonte algo que evoque un recuerdo pasado, esa sensación que dibuja en sus labios una sonrisa cómplice.


Ahora sé que ocurrió verdaderamente, que no fue un sueño. Los fantasmas nunca soñamos.



 


A viajera, por recordarme que tenía una historia de castillos para contar

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Comentarios de Blogs: Tribus y Grupúsculos

Me encontraba yo buscando una imagen de unos cuernos para mi último post, no de esos de los toros o de las bicicletas, sino de ese gesto que se hace con las manos elevando índice y meñique al unísono y a las alturas, atrapando a corazón y anular con pulgar, tal como lo hacen los heavys cuando, excitados, lanzan sus melenas al viento entre acordes de guitarra eléctrica y percusión de batería. En ello me encontraba, decía, cuando repentinamente, cruzó ante mis ojos una imagen que Google, ese buscador incansable de la red, me devolvió como resultado a mi solicitud de la palabra “cuernos”. La imagen, es esta:


  


Como no puede ser de otra forma, lo primero que hice fue reírme de la propia imagen y dar por bueno, una vez más, el dicho que con acierto afirma eso de “más vale una imagen que mil palabras”. Pero como aquí de lo que se trata es de escribir, y si ya no consiste en eso que alguien me lo diga, reflexiono desde el siguiente punto en, exactamente eso, mil palabras, ni una más, lo prometo (Huelga decir que lo que continúa no está escrito contra nadie y a la vez está escrito contra todos, empezando por mí mismo, pues no hay mejor manera de aprender que mirar hacia nosotros mismos y comenzar a dudar,  pues la duda se trata de un sano ejercicio mental pues, si existe un dios, para eso nos dio la inteligencia, para dudar de todo, inclusive, de él mismo).


 


Llevo poco más de dos años sobrevolando blogs, en su mayor parte literarios, muchos de ellos de estas arenas, unas veces a vista de pájaro, desde la distancia, y otras a ras de suelo, despeinando flequillos. Considero que es un tiempo suficiente para curtir mi opinión respecto a los comentarios, los blogueros, y cómo afectan los primeros en el estado de ánimo y en la salud mental de los segundos.


Desde el primer día que decidí emprender mi vuelo, resolví asimismo crear mi propio blog, este en el que os halláis, para coger peces mojándome el culo. Siempre he creído que únicamente desde la misma posición del otro puedes llegar a entenderlo.


En todo este tiempo, me he encontrado con distintas maneras de asumir una realidad, se podría decir que casi una por cada persona leída pero, por no resultar agobiante y por tratar de ajustarme a la promesa hecha, constituiremos varios grupos en los que poder incluir a las distintas personas que encajen más o menos en un determinado perfil. En algunos casos, varios de estos perfiles se complementan, formando entes verdaderamente curiosos.


Así, tendríamos el grupo de los Punk, esos blogueros que escriben sus post, los postean y se olvidan de los comentarios que alguien pueda dejarlos o, si no se olvidan, al menos ni contestan, desmarcándose de lo “normal”.


Luego, habría otro grupo, el de los Pop-Rock, los blogueros que atienden con buen ánimo las opiniones de los demás, se toman su tiempo y no dejan a nadie sin contestar. En ocasiones, emplean más tiempo en responder que en escribir sus propios post, pero  para ellos la satisfacción es casi idéntica.


A continuación, vendría el grupo de los 40 principales, aquellos que alcanzan un mínimo de 40 comentarios por post publicado y sus letras resuenan en toda la red. Cuentan con la fortuna de llegar a mucha gente y saben que ello, como un gran poder para Peter Parker, conlleva también una gran responsabilidad. No es fácil ser uno de ellos, o a mí al menos no me lo parece, pues algo me dice que en su fuero interno, la presión por no decepcionar tiene que ser grande y, si ellos se toman en serio lo que escriben, está claro que no les resultará fácil publicar.


Seguidamente, llegaría el grupo de los Ópera, esos blogueros que sólo comentan a aquellos que son dignos de sus comentarios, arrinconando al resto en el corner del olvido más premeditado. Constituyen entre sí grupos cerrados e inaccesibles y sus egos crecen con cada comentario que dejan sin comentar de alguien que no es “uno de los nuestros”.


En paralelo a ellos, está el grupo de los Rockabilly, que navegan con ritmo frenético y su voz reverbera dogmas y sientan cátedra.


Poco después, el grupo de los Gothic Metal, esos personajes estrafalarios que aparecen como fantasmas para marcharse sin dejar rastro, visitando los blogs para insultar sin dejar su link marcado, de forma ruin, cobarde y rastrera.


De inmediato, hace su aparición en escena los del Rhythm and Blues, grupo en el que sus componentes destacan por lloriquear, hasta la mendicidad, por unos comentarios que no llegan.


Por último, no podríamos olvidarnos del grupo de los Groupies, esos individuos talibanizados que comentan al Líder, esa especie de Gran Hermano orwelliano todopoderoso y fecundo, y que a su ensalzamiento dedican el tiempo del que disponen y parte del que carecen. Atacan a quién perturbe a su Guía u ose sentarse junto a él, a la misma altura. Desgarran y despellejan, con psicópata maldad, a quien, fuera de su sano juicio, con su trabajo, eclipse al Amo. Para ellos, todo lo que amenace al poder absoluto del Líder, deberá ser destruido. De cualquier forma. A cualquier precio. Sin importar cómo. A costa de lo que sea. Y el Líder calla. Claro.


Existe otro grupo, que por su singularidad al menos yo no he podido darle un equivalente dentro del género musical -¿qué estilo se aproxima más a un Tribunal de la Inquisición?-, que es sumamente curioso. Se trata de aquellos que, negando la importancia que para ellos supone un número determinado de comentarios –habitualmente ellos no suelen tener demasiados –  y haciendo pública su opinión de que “más vale calidad que cantidad” – máxima que comparto –, van dejando determinadas perlas en blogs ajenos (en más de una ocasión en mi propio blog me han obsequiado con alguna de ellas sin aclarar a quién hacen referencia, forma de proceder que por otra parte los define) en los que critican de forma destructiva precisamente al grupo de los 40 principales, menospreciándolos por el sólo hecho de recibirlos, tratándolos como “de segunda”, como si ellos tuviesen la culpa de ser leídos por mucha gente. Es cuando yo me pregunto ¿si tan tranquilo estás sabiendo que lo que te importa es la calidad y no la cantidad, por qué esa animadversión hacia los que disfrutan de un mayor número de comentarios que tú? ¿Por qué criticar entonces? ¿No será que eso que eso que cacareas, que no te importa tener pocos comentarios porque prefieres la calidad de los mismos a la cantidad, lo estás diciendo con la boca pequeña y lo único que ocurre es que morirías por ser uno de los 40 principales, que serías capaz de seccionar en 1.000 pedazos a tu madre y regalar cada uno de ellos con el ABC – léase El Mundo o El País, que lo mismo da, pues la envidia no entiende de tendencias políticas – del domingo a los 1.000 primeros compradores por saber lo que se siente al pasar a la tercera página de comentarios en un mismo post? Está claro que, como en la música, entre los blogueros también abunda la hipocresía. Tiene que ser esto último, la hipocresía digo, o la envidia quizá, aunque a veces, da la sensación de que se trata de una inquina personal que va más allá de las letras que se escriben… Una lástima que alguien llegue a sentir algo así hacia otra persona por algo tan estúpido y banal como una estadística que no va a ningún lado, salvo, visto lo visto, al corazón propio del orgullo herido de quien, padeciéndola, critica con tal ansia desmedida. Mi consejo para ellos, desde la sinceridad y la humildad, es la ingesta de una cápsula de Prozac o equivalente y, sobre todo, aceptarse uno tal cual es, asumiendo sus propias limitaciones para alcanzar la felicidad tratando de limarlas. A continuación, leer, leer, y leer. Y leer, además. Y escribir, tanto como leer. Y sexo, mucho sexo con tu pareja, que no te hará mejor escritor ni te garantizará el éxito, pero la sensación que te deja tiene que ser lo más parecido a esa sensación de sentirte el rey del mundo que te aporta el triunfo.


Critiquemos, hagámoslo constructivamente, que cuando así se pretende todo el mundo lo entiende y los malos entendidos están de más. Y una cosa más: Tengamos los comentarios simplemente como lo que son, opiniones de alguien que, en la mayoría de las ocasiones, nos ha leído y sólo pretende dejarnos su impronta. Que un número bajo de comentarios no nos convierte en peores escritores ni uno alto nos hace ser mejores. Que desde ya digo que si nuestro fin es alcanzar una cifra porque creemos ser así superiores, anotar únicamente que Van Gogh murió en la miseria.


 

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¡¡Me Entiendes!!

Decían que aquello no se había visto nunca, y que, de tan poco visto, tan grande era el rumor que se extendía por las ciudades de esta España tuya y mía, esta España nuestra. Y sin embargo yo, atónito ante el televisor, permanecía quieto parado, a la espera de esa rareza, de esa exclusividad nunca antes vista, y frustrado me quedé minutos después, cuando ya cansado del indeleble castigar del crotoreo de aquellas zancudas aves que anidan y esquilman la vida privada de los demás, acabé retirándome a mis aposentos dispuesto a llevar a cabo una de mis reflexiones que no conducen a nada claro, cierto, pero que al menos derrotan mi espíritu y lo sumen en el sueño, como al resto del cuerpo.

Conocía innumerables casos como aquel, que se repiten como el ciclo del agua en el tiempo y los espacios, cuando se precipita desde las nubes apretadas y renegridas hasta que, recorriendo los arroyos que conducen a los grandes cauces, acaban derramándose en el mar, y al llegar a éste, o al desfilar por alcanzarlo, el calor ambiente la evapora para regresarse de nuevo a las alturas, allá donde corretean los cirros empapándose sin apenas darse cuenta.

Muchos son pues, los casos similares, y nombres y apellidos podríamos ponerles a todos ellos, más no viene a cuento hacerlo, pues las protagonistas no son mujeres u hombres, sino las acciones que del revuelto entre todos ellos se produzcan. Por tanto, dejemos a un lado nominaciones, que no servirían sino para escarnio público, y centrémonos en un caso cualquiera para ver y demostrar que aquello de la televisión no es ni mucho menos poco visto, y que a todos nos suena, cuanto menos, de haberlo visto de cercano. Y si hay algo más, guárdeselo cada uno para sí, que ya es triste y lamentable de por sí como para ir por ahí aventándolo con alegría e infantil denuedo.

Antes de nada, recuerden que nombres no habrá y sí patronímicos. Nuestros protagonistas irán cambiando, durante el relato, de apelativo cariñoso por cuestiones del guión. Sirva esta aclaración, anticipada oportunamente, para que el lector no se disperse. Así pues, comencemos por llamar a nuestros protagonistas El Pobrecico y La Turbadita, sobrenombres escogidos por el narrador sin más pretensión que definirlos en una palabra.

Regentaba El Pobrecico una quincallería heredada de su padre, que a su vez había heredado del suyo, en la calle Mayor de la ciudad. Según se decía, y si no se decía se encargaba él de decirlo, se encontraba felizmente casado con Omitida desde hacía más de una docena de años. A ciencia cierta no se sabía exactamente los años reales que llevaban casados, pues el contar de El Pobrecico apenas alcanzaba a distinguir entre docenas y medias docenas, por aquello de ser y pensar en quincallero, y las gentes deducían que casaron entre doce y diecisiete años, pues el dieciocho haría la docena y media y entonces El Pobrecico se vendría a expresar en otros términos más ajustados a la realidad.

Un día, La Turbadita encontró unas grietas en las paredes de su casa. Siendo ella mujer de pocos conocimientos en cuanto a estructuras constructivas, y no teniendo cerca a alguien que le aconsejara convenientemente, ideó que la mejor opción sería clavetear unos listones que sujetasen las grietas para que no fuesen a más. De estructuras no sabía pero su imaginación era portentosa. Así, se vistió de luto riguroso, pues era mujer conservadora y viuda además, y se lanzó a la calle a comprar el material necesario.

Desesperada al encontrar las ferreterías cerradas, le recomendaron acudir a una quincallería en la calle Mayor, que solía cerrar tarde porque, según decían las malas lenguas, el regente no acudía a casa a comer por no estar con Omitida, su mujer, a la que por alguna extraña razón no podía mirar a los ojos, y por ello comía en la tienda, o en ocasiones lo hacía en una pequeña tasca cercana y gutural, al abrigo de las sombras, donde nadie le veía por temor a que le contasen a su mujer sus andanzas. Y la persona que le recomendó ir a la quincallería, mujer u hombre, el narrador no lo recuerda exactamente y no devana sus sesos en exceso por no considerar su resolución irreversible para un entendimiento final, esa persona digo, guiñó su ojo derecho a La Turbadita al concluir la palabra andanzas, pero La Turbadita no acusó su expresión y agradeció la recomendación hecha y para allí que se fue, a la Mayor, dispuesta a poner remedio a las grietas de su casa.

El Pobrecico, cerrando la cancela de la puerta del negocio se encontraba, cuando vio acercarse unas formas adictivas de mujer bamboleándose sobre las aceras, de negro tizón vestida, morena la piel y rubio el cabello, delgadísima de extremidades y acusadas las muescas del rostro. El Pobrecico, que no había vendido un gramo de hierro, desciñó el cejo y salivó con fruición, apartando la vista de la mujer para hacerse el encontradizo, sabiendo que la mujer le iba al encuentro, pues esas horas nunca nadie pasaba por allí si no era para acudir a su tienda.

La Turbadita saludó a El Pobrecico y preguntó por listones y clavos. El Pobrecico aseguró tener la mercancía en el interior de la tienda pero le indicó que se disponía a marcharse a comer a un restaurante cercano, que no le llevaría mucho tiempo y que, si no le importunaba, se ofrecía a invitarle si ella deseaba esperar media hora de reloj, y no más, que era lo que le costaba yantarse un refrigerio. La Turbadita, tímida como era, rehusó la invitación pero, ante la insistencia de El Pobrecico, modulada su voz y sus palabras, acabó cediendo, pues nunca había sido mujer de mucho carácter, y el poco que había acumulado desde niña, lo perdió con la pérdida del marido, y de ello hacía responsable a su carácter y a la mala suerte que Dios le había regalado en la vida, que no era poca. Sin embargo, a Dios lo tenía en los altares, en el propio y en los ajenos, y siempre sucede que, cuando alguien observa algo que está físicamente por encima de uno mismo, se tiende a mostrarle cierto respeto. Algunos hasta un temor infundado, pero temor que amedrenta y causa en dichas personas la calma chica del espíritu. Y en hablando de Dios alzado a un altar, sea propio o ajeno el sagrario, la cuestión tomaba importancia y dimensiones divinas.

Ya en el restaurante a los ojos de El Pobrecico, tasca pordiosera para el resto del mundo, se sentaron en unos pequeños taburetes apostados, uno a cada lado, junto a una mesa estrecha y repleta de cercos resecos de vino peleón. Las moscas revoloteaban por encima de sus cabezas y descendían a los cercos, libando sus entrañas para obtener su reseca esencia. Mientras comían, El Pobrecico, siempre atento, se interesó por los listones y los clavos. Al escuchar la explicación, El Pobrecico ahogó sus ganas de reír ante lo que La Turbadita le decía sin sentido ninguno. Viendo la clase de mujer que tenía ante él, su sonrisa y su mirada se iluminó como la de un lobo ante un cordero indefenso, relamiéndose la boca y salivando de nuevo, como la primera vez que la vio acercarse aceras abajo, bamboleándose. Pensó que era su día de suerte y a él le gustaba ganar, por eso, decidió jugar sus cartas cuando, como si de una lotería se tratase, La Turbadita le preguntó si tenía familia.

Desde el otro lado de la barra, Manuel, el dueño de la tasca, no daba crédito a lo que volvía a escuchar. Aquella historia que atendía La Turbadita, pronunciada con voz queda y repentinamente derrotada por El Pobrecico, hablaba de tres niñas pequeñas, ningún varón y una mujer que de tanto quererle mal ni varón le había dado, hasta una niña con ojos atravesados le había transmitido, que derechos los trajo al mundo, pero esa mala mujer, más que ninguna otra, a fuerza de mirarla mal, consiguió cruzárselos con el único propósito de perjudicarle a él. Manuel miraba los ojos cruzados de El Pobrecico y tenía que meterse a la cocina para no quebrar aquella estúpida explicación. ¿También Omitida tenía culpa de una herencia directa del propio padre? Manuel sabía cómo se las gastaba El Pobrecico, eran tantas las mujeres que habían pasado por la misma mesa junto al quincallero, tantas las veces repetidas el mismo cuento, que no se explicaba cómo, en una ciudad tan pequeña, en la que todos los cuentos corrían como nube mala, aún quedaban mujeres que no tuviesen acceso a las correrías de El Pobrecico. Manuel ardía por dentro por desenmascarar al quincallero pero bien sabía que no podía hacerlo. Por una parte, su propio ser le impedía acusar a alguien de nada y muchas habían sido las veces que había mirado para otro lado cuando, en alguna ocasión, cierto cliente del barrio Alto se marchaba sin pagar lo que consumía. Y cuando el resto de clientes veían cómo el ladrón se marchaba tan campante, miraban a los ojos de Manuel pidiendo explicaciones o un grito mal dado, pero éste se encerraba en sus hombros y se ocultaba en la cocina. La cocina era para Manuel lo que el túnel al preso, un conducto a la evasión, un escape ante el sufrimiento. Por otra parte, la situación del país era tan lastimera y la estabilidad de la tasca tan escasa de fortuna, que cualquier calderilla era vital para dar testimonio de un nuevo plato servido en la mesa de la familia, incluso el sucio dinero de un lobo con pelleta de cordero revestido. Es más, aquel lobo alimentaba, en su proceder sibilino, las bocas de los hijos de Manuel, pues acudía siempre a su tasca por lo abandonado de la misma. Sería por tanto falto de entendimiento un comportamiento distinto. Puede que moralmente fuese más ajustado a la justicia desenmascarar al quincallero, sobre todo a los ojos de aquellas señoritas, pero entre lo justo y lo de comer, Manuel no tenía duda alguna, y El Pobrecico, listo como ratón tinto y consciente de la situación de Manuel, le amenazaba con no volver más si la lengua se le perdía, aprovechándose así del infortunio ajeno para alegrar la carne propia.

Resultaba curioso cuando El Pobrecico, borracho de satisfacción, desencajaba la mirada al observar el turbado gesto de La Turbadita al escuchar las fechorías que Omitida cometía con él, a cual más inverosímil, como esa manía suya por preguntarle qué o quién le arrebataba tanto tiempo que ni a comer a casa venía, o que le preparaba comidas hipercalóricas para que, de tan obeso, nadie quisiese hablar con él. Incluso los ojos se le tornaban vivos como el cristal y le brillaban según se reflejaba la luz repartida con cuentagotas de la tasca, y parecía incluso que podría ponerse a llorar de un momento a otro. Ni siquiera los corderos, antes de atravesar la puerta del matadero, expresaban tal angustia y capitulación en las cuencas alineadas de sus cráneos. Pero entonces, era La Turbadita la que, llevada por la emoción de palabras tan tristes que sólo de un corazón desgarrado podían nacer, agarraba las manos de El Encantador con lágrimas resbalándole por las mejillas, y le pedía que no le siguiese contando aquellas historias de una mujer que ni vivir merecía, para a continuación santiguarse con profusión y retirar lo dicho, con miedo de sufrir castigo divino. Observe el lector que ya El Pobrecico ha pasado a la historia, dando paso a El Encantador, término más adaptado a la realidad del momento.

Ella le contó su realidad, el abandono conyugal en el que vivía desde hacía años, con un niño de apenas dos años y un marido recostado bajo una lápida de piedra, ad aeternum. El Encantador le dijo que era muy bonita y que alguien como ella jamás debiera estar sola, que la compañía de un buen hombre era justa recompensa a sus padecimientos. La Turbadita ni oír hablar de ello gustaba, que mucho había sufrido desde entonces y ganas apenas tenía de padecimientos renovados, y le pidió, tras terminar la comida, regresar a la tienda, como así consintió El Encantador, para que La Turbadita se sintiese cómoda llevando la batuta, como cliente que no había dejado de ser, aún no estando en la quincallería.

Ya entre hierros, El Encantador proveyó a La Turbadita de clavos y le convidó a regresar al día siguiente para recoger los listones, pues no tenía, en aquel momento, tantos como la viuda precisaba. Y al pensar El Encantador en listones y en clavos para contener grietas en las paredes de una casa, volvía a reír por dentro e incluso daría gracias a Dios por la ingenuidad del hombre si en Dios creyese, y los ojos y los dientes le fulgían como los de un lobo a la luz de la luna instantes antes de dar muerte a su víctima.

Fueron varias las veces que se vieron El Encantador y La Turbadita en la tienda, y luego en la tasca, lejos de miradas inoportunas, y allí el quincallero desplegó su artillería, y La Turbadita, que de asedios poco sabía, y lo único que quería de El Encantador eran clavos y listones para contener grietas de paredes, se encerraba en el mismo tema inconscientemente, sin darse cuenta que, en su interior iba brotando un cierto interés por El Encantador, pues siempre tenía buenas palabras para ella, como bueno era el trato que le dispensaba, y quizá por la falta de costumbre, o porque en él encontraba algo distinto al dolor que venía arrastrando durante años, comenzó a sentirse a gusto en la tasca, o entre la quincalla. Cuando del infierno y sus llamas se trata de escapar, ¿qué importa si de las escaleras brotan espinas? Además, el estado en el que se ofertaba El Encantador, tan sólo, tan desarrapado, tan cargado de buenos sentimientos, tan infeliz como se mostraba pese a tener un trabajo digno y una familia que lo aguardaba en su casa, provocaba en La Encantada cierto sentido maternal arrebujado de una lástima patética, y le hacía sentirse menos vilipendiada por haber encontrado a alguien todavía más castigado que ella en el mundo, y la solidaridad que el mundo le negó a ella quiso ofrecérsela ella a él como gesto de buena voluntad y comprensión, como diciéndole, Toma, te doy lo que a mí me han negado. Por ello, cuando El Encantador se ofreció a revisar de primera mano las grietas para estudiar el mejor método para clavetear los listones a ambos lados y determinar si serían necesarios dos, o si acaso, tres los clavos necesarios por listón, la Encantada no se opuso e incluso llegó a ruborizarse. Fue apenas un instante, pero rubor al fin y al cabo, que no pasó inadvertido para El Encantador, perro viejo como era.

Estando en la casa de La Encantada, cuyo sobrenombre el lector habrá observado surgido de la nada pero que con buen tino habrá acertado a sustituir al de La Turbadita unas cuantas líneas arriba, El Encantador aprovechó que La Encantada agachaba su torso para indicarle la posición de alguna de las grietas a contener, mostrando entonces las voluptuosas formas de sus posaderas, y cuando ella se levantó, se encontró con las manos de El Encantador recorriéndole los hombros con deseo. La Encantada, sorprendida, no supo qué hacer y quedó allí, quieta como mármol griego, mientras El Encantador le decía que la necesitaba, que la quería, que le devolviese la alegría de vivir. Fue esto último y no otra cosa lo que activó a la Encantadora y un cuarto de hora después, ambos escuchaban la voz del niño de La Encantada llamar a su mamá desde la habitación de matrimonio, cubiertos por una sábana, y ella se vistió una bata y corrió a interesarse por su niño a pesar de las súplicas de El Encantador, que le pedía olvidarlo para seguir entregándose, cuando se recuperase, a la satisfacción del desearse y consentirse.

Fueron pasando las semanas, las comidas en la tasca y los encuentros amatorios entre ambos. Un día La Encantada andaba pensativa sobre el colchón, el pecho expuesto y los dedos enrollando mechones de su propia melena de trigo maduro. El Encantador le preguntó por el motivo de su silencio y ella le respondió que si él se sentía bien con ella. El Encantador, todavía su cuerpo duro, no pudo sino sonreír y asentir. Cuando ella insistió, pidiéndole saber si la quería, él le juró por sus hijas que sí, incluso por la de los ojos cruzados, tan real era su juramento. Al escuchar su respuesta, La Encantada se armó de valor, todavía anda preguntándose de dónde lo obtuvo, y le preguntó que, si a su mujer no la quería y a ella sí, por qué entonces no creaban una familia, con cabida para sus hijas y el suyo, en la que amarse cada día, cada tarde, cada noche. Él le habló de las bondades de la situación actual, de que alterarla no les beneficiaría, que seguir ocultos les ofrecía una tranquilidad a la que no debían renunciar. Ella le respondió que le escuchaba hablar en plural, pero que su corazón le sentía hablar en singular, que aparentemente era su ventaja por la que velaba, dejándola a ella como una persona inexistente, que tenía que moverse en la noche, ocultarse de continuo, permanecer en la cara oculta de la luna, alejada de su brillo de plata y de su protección. Mientras, él seguía haciendo su vida, mostrando públicamente la dicha que le producía llevar tantos años casados con su esposa, viviendo en su propia mentira. Cuando alguien decide hacer algo similar, tiene la suerte de poder elegir cómo vivirla. Sin embargo, para quien no puede elegir, sufre la mentira en sí misma y la desazón que le produce no poder alterarla por miedo a perderlo todo. Este era el caso de La Encantada, que sin darse cuenta, o haciéndolo pero omitiéndoselo a sí misma por falta de valor para asumir el lodazal en el que se había metido cuando un buen día decidió arreglar unas grietas, se había enamorado de él. Fue al pensar en dar luz a esa mentira cuando fue consciente de que, si lo perdía a él, se desmoronaba el pilar que sustentaba su existencia, y para solventar aquello no habría listones ni clavos suficientes en la quincallería que contuviesen el desplome.

El Encantador rehusaba hablar de cualquier cuestión que alterase la mentira en la que tan a gusto se encontraba y la Encantada, por miedo a perderle, calló y consintió, y siguió recorriendo calles oscuras, continuó correteando distancias con la vista en el suelo para no ser reconocida, saliendo a la calle lo justo para atender sus necesidades básicas y las de su hijo, esperando paciente la visita del quincallero a su casa, permaneciendo allí, siempre disponible, para satisfacer sus deseos.

Las visitas a la quincallería se fueron al olvido, como también lo hicieron las comidas en la tasca cuando, cierto día, El Encantador fue interrogado en su casa por su mujer. Omitida, con gesto indiferente, le preguntó por una mujer rubia que salía cargada con listones y clavos de la tienda las primeras veces, y con la que, a menudo, se le veía entrar en una taberna cochambrosa. El Pillado, acostumbrado a ser dueño de las situaciones, se vio sorprendido ante una mujer que en su mentira tenía un lugar apartado y completamente secundario y que, sin embargo, había decidido transgredir las normas y acorralarlo en su propio terreno. El Pillado, que nunca la miró a los ojos por causas que nunca quiso contar, negó la mayor, se arrodilló frente a la madre de sus hijos y le suplicó que confiase en él, que jamás podría hacer algo así una persona como él, que la amaba, que ella era la única que le hacía vivir, que siempre andaba presumiendo de los años felices que ella le había dado junto al resto de su familia. Omitida, que más que amor sentía por él cierta lástima por lo inmaduro de su comportamiento, besó su frente y se fue a trabajar a las oficinas municipales, donde era la archivera. Era un pobre diablo, pero tenía una fortuna angelical.

Desde entonces, la situación entre El Pillado y La Encantada se deterioró y llegó a su culmen cuando ella, nerviosa y fuera de sí cuando él llegó a su casa, le dijo que su niño había sufrido un accidente, que le habían atropellado y que tenía rotas las piernas y la cadera. Durante varias semanas, quizá meses, iba a necesitar de su madre en el hospital. El Pillado le ofreció contratar a una mujer para que acudiese por las noches a cuidarlo. Él lo pagaría todo si ella permanecía por las noches en su cama. Ella no dijo nada, recogió sus cosas y se marchó al hospital, dejándolo a él con la chaqueta todavía doblada sobre el brazo.

Tres meses pasaron para que el niño pudiese regresar a su casa y terminar allí su recuperación. Todavía tendría por delante varias semanas de rehabilitación para reaprender a andar. En ese tiempo, apenas tuvieron contacto El Miserable y La Falseada. Dos veces le llamó ella a él y en ambas fue ella la que le mostró la evolución del pequeño. Él seguía insistiendo en afirmar que la quería, que sólo ella le hacía revivir, que la necesitaba en la frialdad de sus sábanas. Ella sentía una necesidad profusa de acudir a su lado y saciarlo del calor que le solicitaba pero fue una voz femenina y joven, escuchada al otro lado del teléfono la segunda de las veces, la que le partió en cuatro pedazos el corazón y el alma justo en el momento en el que observaba a su hijo dormir y se estaba planteando escaparse durante dos horas para satisfacer a aquel hombre que le decía que la seguía amando.

Manuel, el de la tasca, le contaba toda esta historia al narrador pero éste, azorado por la historia y la dureza de la misma, decidió no conocer más y le suplicó silencio. Sólo le contó dos cosas más: Indicándole hacia la puerta, sostuvo que aquella que miraba al interior como buscando a alguien era La Falseada, que a buen seguro querría asegurarse de la presencia de El Miserable. Al ver que no estaba, agachó la cabeza y desapareció sumida en el desconcierto. Le contó también, aprovechando la aparición de La Falseada, que una vez se encontró en la calle con Omitida, mujer y amante de El Miserable frente a frente. Entonces, sin mediar palabra entre ambas, se miraron durante unos segundos. Omitida reparó en La Falseada porque ésta lo hacia con ella y se preguntaba por qué. La Falseada intentaba ver en los ojos de Omitida esa maldad casi diabólica de la que hablaba su marido, más no halló sino abandono. La Falseada, en los ojos de la mujer de El Miserable, se vio a sí misma y lloró por Omitida, corriendo aceras abajo sin consuelo y repudiándose a sí misma. Era el abandono y no otra cosa lo que le impedía a El Miserable mirarla a los ojos, porque él también se veía reflejado en ellos, o más bien se veía responsable de aquella mirada ausente.

Cómo acabaron la Falseada y El Miserable, sólo ellos lo saben. El narrador apuró el último trozo del pepito de ternera que había pedido, lo ayudó a pasar con un trago de vino, pagó a Manuel y abandonó la tasca. Al atravesar la calle, se cruzó con el quincallero, que llevaba a una mujer del brazo. ¿Quién sería ella? Los siguió con la vista hasta que se adentraron en la tasca de Manuel. Ahí tenía la respuesta.

 


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Parábola de los amantes

Hubo un tiempo en que sus pasos sólo arrojaban sobre la arena huellas huecas, vacías de relieve que le confiriesen a sus pisadas un carácter propio y definitorio de su ser. Caminaba arrastrado por la inercia del juego de Cronos pero sus piernas apenas hacían otro esfuerzo que no fuese el necesario para mantenerle en pie para no caer, de nuevo, al suelo. Al menos, se consolaba, le sostenían para no deshacerse las rodillas, ajadas y cubiertas de cicatrices por las caídas anteriores, aquellas recordadas de una infancia traviesa e inquieta que acababan en el baño de casa cubiertos por una película tornasolada de mercromina y el aroma del agua oxigenada.

La última vez que cayó le dolió tanto el alma que el dolor de la carne abierta quedó en el olvido. Fue una caída hacia adentro, un arrojarse hacia un vacío interior, precipitarse al hueco de sus miedos. Afortunadamente, no dejaba de caer y el dolor físico no era el problema. En su descenso eterno hasta el averno que moran sus demonios, alcanzó a comprobar que entregarse por entero a alguien conlleva un riesgo completo: convertirse en el hombre más rico o caer en el olvido de los desheredados.

Su caída fue propiciada por agentes externos pero aquello no impidió el sufrimiento extremo. Cerró las puertas del querer, del amar, del sentir más allá de una profunda amistad. Cercó, en definitiva, las puertas más vulnerables con bloques de hormigón. Nadie más mellaría sus entrañas, ninguna otra, por acción u omisión, haría trastabillar sus pasos nunca más.

Fueron muchas las noches de miradas henchidas de deseo, conversaciones a solas, roces de manos y labios expuestos frente a frente. Sin embargo, su mente ganaba siempre la batalla a las pulsiones de su cuerpo, y declinaba cualquier oferta de placer instantáneo. Ninguna era lo suficientemente hermosa, lo merecidamente válida, lo sobradamente inteligente como para confiar en un nuevo amanecer…

Y en la oscuridad caminaba rodeado de arcángeles desterrados que vagaban mudos junto a su sombra, su rumbo era ninguna parte y su destino, la soledad. La había asumido con tanta normalidad que incluso llegó a aceptarla con cierto sabor afable.

Entonces, Ella apareció en el horizonte, borroso y ondulante como la imagen arrojada por los cuerpos que se miran por encima de una hoguera que se consume. Como un mar embravecido que golpea la costa incesante, poco a poco Ella fue derribando el hormigón de sus muros sin que Él se diese cuenta. Ella, hechicera ocasional, consiguió con tesón y encanto reducir a arena los gruesos bloques qué Él levantó con ayuda de su desconfianza y del terror que sentía hacia el dolor.

Cierto día, caminando juntos por la arena de una playa desierta, Ella quiso sentarse a descansar, junto a la orilla. Él, requiriendo también un descanso, aceptó de buen grado. Mientras su conversación se dilataba, el sol se ocultó y le cedió el testigo a la luna, que trepó hasta lo más alto del cielo propiciando marea alta. Era tanto el placer que sentían estando juntos que acostumbraban a perder la noción del tiempo y los minutos se convertían en horas y, para cuando se quisieron dar cuenta, las olas cubrieron sus piernas y mojaron sus pechos. Él, sorprendido, se levantó repentinamente y quedó observándose a sí mismo, a sus brazos y a sus piernas, a su ser entero. Ella, extrañada, quiso saber cuál era el motivo de su sorpresa y Él le contestó que, sin darse cuenta, una ola de mar, puro y limpio, salado y fresco, le había calado hasta los huesos y le había empapado el alma. Ella le alcanzó la chaqueta que vestía y le indicó que, si quería, podía usarla para secar su cuerpo pero que, lamentablemente, su alma, si de verdad se hallaba calada, no podría ser secada con una tela material.

De repente, frente a ellos, a lo lejos, una pareja apareció paseando mientras bordeaba la arena mojada donde moría la saliva espumosa del mar. Cogidos de la mano, se detuvieron, se besaron, cayeron al suelo y quedaron abrazados. Sus besos y caricias colmaban la inmensidad de la playa y el amor que se profesaban anegaba incluso el fondo del mar, que adquirió un tono rojizo, como abrumado por la pasión.

Ellá, le preguntó a Él que si alguna vez había pensado en la posibilidad, por remota que fuese, de creer posible una relación tan especial para él, y que en dicha relación participase ella misma. Él, observando a la extraña pareja fundida sobre la arena, sonrió y le dijo, devolviéndole la chaqueta sin haberse secado, que ella era esa ola de mar pura y limpia, salada y fresca, que le había calado hasta los huesos y le había empapado el alma, que no deseaba secarse de ella, que lo único que tenía en mente era permanecer a su lado, enraizar sus pies bajo la arena de su playa, para que cada día y cada noche, en todo momento, el abrazo de sus olas, el beso de su espuma, el rumor húmedo de su voz, empapasen su cuerpo y su alma, sanasen sus heridas y le devolviesen la ilusión de amar y ser amado.

Ambos permanecieron juntos, mirándose, tendieron sus manos y se encontraron prontas, y luego de besarse y saberse vivos y plenos, observaron cómo la pareja que antes había caído sobre la arena de la playa ahora les miraba con complicidad. Se aguantaron las miradas durante un tiempo hasta que decidieron reemprender su andadura. El reflejo de sus sombras era una sobre el mar calmo que susurraba a sus pies y pronto desapareció como desaparecieron ambos, tan repentinos como aparecieron.

Él, recogiendo el cuerpo de Ella entre sus brazos, le musitó al oído que creía que el futuro les había visitado para indicarles el camino. Ella, con una mirada felina, maulló un puede ser, y derribándolo con facilidad, cayó sobre su cuerpo y ensayaron juntos la fusión antes vista. Ni siquiera la inteligencia de Ella y la capacidad de análisis de Él les garantizó el éxito a la primera. Sólo así se entiende que tuviesen que repetir varias veces la unión y que fuese el sol quién tuvo que salir de su descanso a darles la tarea por concluida.

El mar entonces se mecía a lo lejos, las gaviotas desperezaban sus alas sobrevolando un cielo de nubes nuevas y en la arena podía respirarse aún el olor de la pasión.

 


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