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La Ínsula Etérea

"Caer, levantarse, insistir, aprender"


Artículos publicados: 64
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Las dos caras de una moneda, codo con codo con Willow: Eva y su Lilith

 Eva recién salida de la ducha envuelve su cuerpo y su melena azabache en dos toallas rosas. Eva y su piel bronceada, tapiz sobre el que resbalan minúsculas gotas de agua dulce y templada que se bifurcan descendiendo por su cuello y el principio de sus senos para empapar el paño, que recorren raudas el interior de sus muslos, circunvalan la cara opuesta de sus rodillas y se arrojan hasta sus tobillos, donde quedan prendidas y acumuladas, presa de seda natural que vierte aguas para crear ibones espaciados, espejuelos artificiales sobre el gris piedra de la cerámica.


Eva cruza sus piernas al sentarse. Eva descubre la toalla que envuelve su cabello. Eva deja caer su melena a ambos lados de su rostro, ahuecando primero con sus dedos el cabello que cubre su nuca, ascendiendo hasta las sienes. Eva observa detenidamente a la mujer que le muestra el reflejo del espejo que tiene enfrente. Eva encuentra a esa mujer desconocidamente familiar mirándola desafiante, con sus ojos encendidos de seguridad y fe en sí misma. Eva, desde el otro lado, es una mujer llena de incertidumbres, cargada de responsabilidades y temores.

Eva, a lo largo de los años, ha mantenido decenas de conversaciones con la mujer del espejo, tantas como encuentros se han sucedido. Eva y la mujer del espejo son aparentemente idénticas, dos gotas de agua que reposan en su piel, nacidas del mismo mar pero que chocan entre ellas como cirros enfrentados y, a menudo, Eva acaba lloviendo llanto sobre la almohada de su lecho. Eva acaba sucumbiendo a las razones de la mujer del espejo, de ahí su mirada triunfante y dominante, siempre presente para turbar la conciencia de Eva, que no encuentra salvación en mitad de la deriva en la que se halla impelida por sus propias dudas.

Eva maquilla a la mujer del espejo, extiende una base neutra en su rostro que se adhiere a su piel para recibir los afeites. Eva recuerda su primera vez, lejana en el tiempo, recordada a diario en cada habitación fría, en cada salón repleto de voces que no dicen nada, que no hacen otra cosa que loar el resonar de su aliento emergiendo en un mar de voces que pujan por destacar unas sobre otras, compitiendo por alcanzar el absurdo objetivo de sobreponerse al resto con palabras huecas, grandilocuentes, festín idílico de intelectos menores. Eva allí se siente ajena, vacía, desencajada, presa de un presente del que recela, y se abandona a la mujer del espejo, que toma las riendas, reconduce la situación, aletea entre corrillos, dibuja con sus labios afilados figuras etéreas de humo azulado, seduce genitales, algunos ortopédicos o socorridos de grajeas lapislázuli, muchos canos, con el vaivén de sus caderas enfundadas en seda carmesí, puro fuego para vestir llamas. Eva reaparece durante unos instantes, los que duran los silencios que se agolpan en el trayecto hasta un hotel, los que tarda el ascensor en subir a la séptima planta y abrir sus aceradas puertas, los que invierte en descalzarse y caminar sobre la moqueta en busca de un aire fresco que se cuele a través de una ventana y avente la estancia y su propia alma. Eva se disipa con las primeras volutas de viento que se adentran y la mujer del espejo retoma la partida para ganarla.

Eva perfila los ojos de la mujer del espejo con trazo bruno y fino, agrandando la profundidad de su mirada y, al hacerlo, tan próxima al reflejo, se reencuentran frente a frente. Eva sostiene su mirada, aguarda a que la mujer del espejo se retire antes que ella vencida por una determinación que encuentra por sorpresa, ajena a su propio ser. Eva, crecida ante lo que creía imposible, lo que le parece una cesión de la mujer del espejo, continúa mirándola fijamente, queriendo demostrar que el almíbar que endulza su boca ante lo que para ella es una gran victoria no ha sido fruto del azar o la casualidad.

Eva enmarca sus labios para rellenarlos de la viveza que les falta con su gastada barra de carmín. Eva apenas cubre de color su labio superior y recurre a un cajón que guarda varias unidades del mismo listas para ser usadas. Eva, mientras ultima con maestría sus retoques, observa en el final de su frente, naciendo en el principio de su cuero cabelludo, un matiz argentado sobre ejército de morenos. Eva, encerrando sus oídos con las palmas de sus manos, impide que el grito de rabia que exhala la mujer del espejo alcance sus tímpanos y los haga explotar. Eva trata de detener a la mujer del espejo, que se levanta de su asiento y arroja al suelo cuantos objetos tiene a su alcance. Eva trata de conversar con ella pero la mujer del espejo no atiende a razones, deambulando por la habitación con rumbo indeciso, mascullando imprecaciones y maldiciendo a Cronos.

Eva regresa a su asiento y espera a que la mujer del espejo haga lo propio. Eva la siente respirar profundo, la escucha resoplar, tomar aliento para calmar la ansiedad que la embarga. Eva medita en silencio, asume que a partir de entonces habrá un antes y un después en el comportamiento de la mujer del espejo, que ya nada será como antes. Eva lo sabe, es plenamente consciente de ello y decide intentar hablar nuevamente con ella, ahora que ha vuelto a sentarse frente a ella, a ocupar su lugar en el espejo del tocador. Eva comienza a hablar con voz queda, neutra, repasando su pasado, el de las dos, asumiendo las decisiones que tomaron entonces, que les han llevado al presente que surcan, a veces, sobre un mar de lágrimas solitarias, otras con la brisa fresca y siempre estimulante que transmite el cierre de un bolso repleto de hologramas y naranjas. Eva prosigue lanzando dudas al techo de la habitación, dudas de colores fluorescentes que se adhieren y preguntan sobre su futuro y el rumbo de su vida cuando su cuerpo deje colmar las aspiraciones de la testosterona, cuando deje de ser un importante activo para convertirse en un lastre, un pasivo contable totalmente amortizado. Eva detiene sus preguntas y el tiempo parece haberse pausado con su silencio. Eva mira al techo y frunce el ceño al ver el fluorescente de las preguntas mezclarse al girar unas sobre otras, como un torbellino centrífugo que acaba arrojando una luz blanca cegadora que envuelve la habitación y obliga a ambas a apartar su mirada para conservarla. Eva, al rehacerse la normalidad, encuentra a la mujer del espejo pequeña, recogida sobre sí misma, enredados sus brazos sobre sus piernas dobladas junto a su pecho, la barbilla apoyada sobre las rodillas, lágrimas de sal teñidas de negro rimmel las surcan arrastrándose con dificultad, los ojos enrojecidos y dolientes, neófitos en eso de verter lágrimas turbadas de tristeza y miedo.

Eva toma el cepillo y comienza a peinar la melena de la mujer del espejo con dulzura, prendiendo mechones con sus dedos, repasándolos varias veces mientras el silencio habla por ella. Eva termina al cabo de unos minutos, susurra a su oído que deben cambiar determinadas cosas antes de que sea demasiado tarde, que todavía están a tiempo para tomar el mando de la nave y cambiar el rumbo hacia un futuro distinto.

La mujer del espejo pide perdón por tantos años de una vida diferente, por alterar la realidad para hacerla más atractiva y llevadera, por no llamar a las cosas por su nombre, por edulcorar su conciencia llamando lovers a sus clientes, gifs a su caché, entiende que la vida le ha ofrecido unos viajes en los que enrolarse y ahora toca cambiar de barco en busca de aguas más tranquilas.

Eva rehúsa perdonarla, pues el perdón lleva implícito la asunción de un error y ella, después de todo, no cree que se tanto de una equivocación sino, tal vez, de una toma de decisiones distintas a las aceptadas como normales. Eva no se siente como una heroína por mercadear con su cuerpo pero tampoco considera que deba sentirse como hasta ahora, una sombra más de la noche, una criatura nocturna que se alimenta de la oscuridad, un ser embutido en las tinieblas de una sociedad que se alimenta de mujeres como ella con los dedos de la hipocresía.

Eva, además, comienza a albergar la posibilidad, siempre soñada, de ser una mujer enamorada, que ese sentimiento tan extraño como turbador, tan inquietante como deseado, se acercase a su corazón y, esta vez sí, encontrase las puertas abiertas, lejos ya las cancelas, las barreras, los candados de la profesión.

Eva se levanta de la silla, apaga la luz del tocador y con ella desaparece la mujer del espejo. Eva se siente ligera, renovada, distinta. Eva acude a su dormitorio, comprueba en el espejo del armario lo hermosa que luce y se siente esta noche, se acerca a la mesilla y abre el primero de los cajones, toma dos condones de una caja de doce y los introduce en el bolso, su lover no alcanza para más. Eva sabe que esta noche será la última, que el resto de la caja los tirará a la basura o se los entregará a alguna compañera. Eva quiere que aquella marca, su marca, desaparezca de su vida junto a su anterior vida. Eva sale de la habitación y abandona la casa.

Resuenan los tacones en la escalera, la puerta se abre y Eva regresa a la habitación. Reabre la caja de condones y toma uno extra. Hoy es su última noche, su primera noche al mando. Quiere recordarla de forma especial y que su lover la recuerde para siempre.

 


 

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De tí, Enamorado

Ayer, como hace un año, el rumor de las olas besando la arena ponía banda sonora a nuestro encuentro. La playa se iluminaba de hogueras y mi ser se alumbraba con tu luz. El rubor del sol tiznaba el cielo de envidia por no ser él quien te tuviese entre sus brazos y yo le sonreía, victorioso, sin todavía creerme que era tu piel la que rozaba la mía, que era tu corazón el que galopaba sobre mi pecho, que era tu voz la que embriagaba mi alma.

Hoy, como ayer, recorro tu cuerpo imaginado, me desbordo entre tus caricias entregado a tus abrazos. Y las hogueras brillan, a lo lejos. Y nuestro fuego se alza, por encima de todas ellas, regio. ¿Qué es nuestro amor, el tuyo y el mío, sino llamas vivas encendidas por mi mirada y tu deseo, por tus ojos y mi empeño?

Ayer, como siempre, trazo sobre el lienzo de tu piel un TE QUIERO con mi lengua. En tu espalda, en tu pecho, en tu vientre, en tus muslos… Cubro las distancias que me separan de tus secretos y al encontrarlos, con ferviente devoción, me aferro a ellos. Me alimento de tus sales y tu néctar, soy abeja libando tus extractos, soy hoja de árbol vigorosa que se crece con el calor apretado de tus rayos. Soy Dionisos emborrachándome de una estrella, fugaz y libre, que me invita a montar sobre ella para descubrirme las maravillas más ocultas del Universo.

Imagino qué sería de mí si no te tengo, si no estuvieses en mi vida, si no fueses Mi Vida. Me faltarían las fuerzas, me abandonarían las ilusiones, mi mundo sería tenue, sombrío. ¿Quién quiere vivir en la oscuridad después de ser tocado por la luz que irradia la más bella y rutilante estrella del firmamento?

Viviría sin vivir, naufragando en mis recuerdos…

Me resisto a pensar que pueda existir algo distinto a recorrer un camino sin que nuestras sombras se reflejen, enlazadas, sobre la arena. Porque, a tu lado, escucho reír al silencio, encuentro siempre a la noche iluminada  y el tic tac de los relojes se acalla, suspendido. Porque soy feliz de tenerte, de saberte mía, de sentirte cerca, de acostarme cada noche arrullado por tu aliento cálido, por tu piel tibia. Porque el niño que llevo dentro necesita de tu calor para sentirse protegido, que no crea necesario contar con una luz artificial que alumbre sus sueños y lo libere de posibles pesadillas, pues teniéndote a tí se sabe seguro. Porque el hombre que llevo dentro necesita de tu apoyo y comprensión, de tus consejos y tus silencios, de tu risa y tu inteligencia para encontrar un referente en el camino que lo guíe. Porque el amante que llevo dentro necesita del caramelo de tu cuerpo para endulzar su pasión y calmar el deseo desatado que le provocas en todo momento.


 








De tu inteligencia, adicto

De tu nariz, contable

De tu voz, embaucado

De tu boca, ávido

De tu risa, partícipe

De tu cuello, asido

De tu llanto, apoyo

De tus pechos, enloquecido

De tus logros, mis logros

De tu vientre, atrapado

De tus secretos, cómplice

De tus caderas, sostenido

De tu día, Sol

De tus muslos, preso

De tu noche, Luna

De tu piel, goloso

De tu futuro, presente

De tu cuerpo, hambriento

De tu vida, compañero


De tus ojos, hechizado

De ti, Enamorado

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Carta a un joven escritor (II)

De nuevo, mis preguntas y sus respuestas, mis respuestas y los silencios atrapados en sus líneas, van y vienen en mitad del fuego cruzado. Siguiente parte del manuscrito de Pérez-Reverte a un joven escritor.




Hablábamos el otro día de maestros: autores y obras que ningún joven que pretenda escribir novelas tiene excusa para ignorar. Ten presente, si es tu caso, un par de cosas fundamentales. Una, que en la antigüedad clásica casi todo estaba escrito ya. Echa un vistazo y comprobarás que los asuntos que iban a nutrir la literatura universal durante veintiocho siglos aparecen ya en la Ilíada y la Odisea -relato, éste, de una modernidad asombrosa- y en la tragedia, la comedia y la poesía griegas. De ese modo, quizá te sorprenda averiguar que el primer relato policíaco, con un investigador -el astuto Ulises- buscando huellas en la arena, figura en el primer acto de la tragedia Ayax de Sófocles.


Un detalle importante: escribes en español. Quienes lo hacen en otras lenguas son muy respetables, por supuesto; pero cada cual tendrá en la suya, supongo, quien le escriba cartas como ésta. Yo me refiero a ti y a nuestro común idioma castellano. Que tiene, por cierto, la ventaja de contar hoy, entre España y América, con 450 millones de lectores potenciales; gente que puede acceder a tus libros sin necesidad de traducción previa. Pero atención. Esa lengua castellana o española, y los conceptos que expresa, forman parte de un complejo entramado que, en términos generales y con la puesta al día pertinente, podríamos seguir llamando cultura occidental: un mundo que el mestizaje global de hoy no anula, sino que transforma y enriquece. Tú procedes de él, y la mayor parte de tus lectores primarios o inmediatos, también. Es el territorio común, y eso te exige manejar con soltura la parte profesional del oficio: las herramientas específicas, forjadas por el tiempo y el uso, para moverte en ese territorio. Aunque algunos tontos y fatuos lo digan, nadie crea desde la orfandad cultural. Desde la nada. Algunas de esas herramientas son ideas, o cosas así. Para dominarlas debes poseer las bases de una cultura, la tuya, que nace de Grecia y Roma, la latinidad medieval y el contacto con el Islam, el Renacimiento, la Ilustración, los derechos del hombre y las grandes revoluciones. Todo eso hay que leerlo, o conocerlo, al menos. En los clásicos griegos y latinos, en la Biblia y el Corán, comprenderás los fundamentos y los límites del mundo que te hizo. Familiarízate con Homero, Virgilio, los autores teatrales, poetas e historiadores antiguos. También con La Divina Comedia de Dante, los Ensayos de Montaigne y el teatro completo de Shakespeare. Te sorprenderá la cantidad de asuntos literarios y recursos expresivos que inspiran sus textos. Lo útiles que pueden llegar a ser.


La principal herramienta es el lenguaje. Olvida la funesta palabra estilo, burladero de vacíos charlatanes, y céntrate en que tu lenguaje sea limpio y eficaz. No hay mejor estilo que ése. Y, como herramienta que es, sácale filo en piedras de amolar adecuadas. Si te propones escribir en español, tu osadía sería desmesurada si no te ejercitaras en los clásicos fundamentales de los siglos XVI y XVII: Quevedo, el teatro de Lope y Calderón, la poesía, la novela picaresca, llenarán tus bolsillos de palabras adecuadas y recursos expresivos, enriquecerán tu vocabulario y te darán confianza, atrevimiento. Y una recomendación: cuando leas El Quijote no busques una simple narración. Estúdialo despacio, fijándote bien, comparándolo con lo que en ese momento se escribía en el mundo. Busca al autor detrás de cada frase, siente los codazos risueños y cómplices que te da, y comprenderás por qué un texto escrito a principios del siglo XVII sigue siendo tan moderno y universalmente admirado todavía. Termina de filtrar ese lenguaje con la limpieza de Moratín, el arrebato de Espronceda, la melancólica sobriedad de Machado, el coraje de Miguel Hernández, la perfección de Pablo Neruda. Pero recuerda que una novela es, sobre todo, una historia que contar. Una trama y una estructura donde proyectar una mirada sobre uno mismo y sobre el mundo. Y eso no se improvisa. Para controlar este aspecto debes conocer a los grandes novelistas del siglo XIX y principios del XX, allí donde cuajó el arte. Lee a Stendhal, Balzac, Flaubert, Dostoievski, Tolstoi, Dickens, Dumas, Hugo, Conrad y Mann, por lo menos. Como escritor en español que eres, añade sin complejos La regenta de Clarín, las novelas de Galdós, Baroja y Valle Inclán. De ahí en adelante lee lo que quieras según gustos y afinidades, maneja diccionarios y patea librerías. Sitúate en tu tiempo y tu propia obra. Y no dejes que te engañen: Agatha Christie escribió una obra maestra, El asesinato de Rogelio Ackroyd, tan digna en su género como Crimen y castigo en el suyo. Un novelista sólo es bueno si cuenta bien una buena historia. Escribe eso en la dedicatoria cuando me firmes un libro tú a mí.

 

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Carta a un joven escritor (I)

Apenas tengo tiempo para las arenas. Apenas tengo tiempo para escribir. Apenas tengo tiempo ni para mí mismo... Este último medio mes está siendo muy ajetreado, mucho trabajo, muchas reuniones, mucho esfuerzo en la oficina y fuera de ella... Al final, todo merecerá la pena pero mucho siento teneros abandonados durante estos días... Apuraré el poco tiempo que tengo en terminar la historia de El mercado de Darjelling, la tendréis antes de que me vaya de vacaciones. Mientras tanto, os dejaré la primera de las entregas de esta Carta a un joven escritor, de Arturo Pérez-Reverte, leída este fin de semana en XLSemanal. Dice tantas cosas que yo en ocasiones me he planteado que no podía dejar pasar la oportunidad de compartirla con vosotros.


Un abrazo


 


 


Pues sí, joven colega. Chico o chica. Pensaba en ti mientras tecleaba el artículo de la semana pasada. Recordé tus cartas escritas con amistad y respeto, el manuscrito inédito -quizá demasiado torpe o ingenuo, prematuro en todo caso- que me enviaste alguna vez. Recordé tu solicitud de consejo sobre cómo abordar la escritura. Cómo plantearte una novela seria. Tu justificada ambición de conseguir, algún día, que ese mundo complejo que tienes en la cabeza, hecho de libros leídos, de mirada inteligente, de imaginación y ensueños, se convierta en letra impresa y se multiplique en las vidas de otros, los lectores. Tus lectores.



Vaya por delante que no hay palabras mágicas. No hay truco que abra los escaparates de las librerías. Nada garantiza ver el fruto de tu esfuerzo, esa pasión donde te dejas la piel y la sangre, publicado algún día. Este mundo es así, y tales son las reglas. No hay otra receta que leer, escribir, corregir, tirar folios a la papelera y dedicarle horas, días, meses y años de trabajo duro -Oriana Fallacci me dijo en una ocasión que escribir mata más que las bombas-, sin que tampoco eso garantice nada. Escribir, publicar y que tus novelas sean leídas no depende sólo de eso. Cuenta el talento de cada cual. Y no todos lo tienen: no es lo mismo talento que vocación. Y el adiestramiento. Y la suerte. Hay magníficos escritores con mala suerte, y otros mediocres a quienes sonríe la fortuna. Los que publican en el momento adecuado, y los que no. También ésas son las reglas. Si no las asumes, no te metas. Recuerda algo: las prisas destruyeron a muchos escritores brillantes. Una novela prematura, incluso un éxito prematuro, pueden aniquilarte para siempre. Lo que distingue a un novelista es una mirada propia hacia el mundo y algo que contar sobre ello, así que procura vivir antes. No sólo en los libros o en la barra de un bar, sino afuera, en la vida. Espera a que ésta te deje huellas y cicatrices. A conocer las pasiones que mueven a los seres humanos, los salvan o los pierden. Escribe cuando tengas algo que contar. Tu juventud, tus estudios, tus amores tempranos, los conflictos con tus padres, no importan a nadie. Todos pasamos por ello alguna vez. Sabemos de qué va. Practica con eso, pero déjalo ahí. Sólo harás algo notable si eres un genio precoz, mas no corras el riesgo. Seguramente no es tu caso.



No seas ingenuo, pretencioso o imbécil: jamás escribas para otros escritores, ni sobre la imposibilidad de escribir una novela. Tampoco para los críticos de los suplementos literarios, ni para los amigos. Ni siquiera para un hipotético público futuro. Hazlo sólo si crees poder escribir el libro que a ti te gustaría leer y que nadie escribió nunca. Confía en tu talento, si lo tienes. Si dudas, empieza por reescribir los libros que amas; pero no imitando ni plagiando, sino a la luz de tu propia vida. Enriqueciéndolos con tu mirada original y única, si la tienes. En cualquier caso, no te enfades con quienes no aprecien tu trabajo; tal vez tus textos sean mediocres o poco originales. Ésas también son las reglas. Decía Robert Louis Stevenson que hay una plaga de escritores prescindibles, empeñados en publicar cosas que no interesan a nadie, y encima pretenden que la gente los lea y pague por ello.



Otra cosa. No pidas consejos. Unos te dirán exactamente lo que creen que deseas escuchar; y a otros, los sinceros, los apartarás de tu lado. Esta carrera de fondo se hace en solitario. Si a ciertas alturas no eres capaz de juzgar tú mismo, mal camino llevas. A ese punto sólo llegarás de una forma: leyendo mucho, intensamente. No cualquier cosa, sino todo lo que necesitas. Con lápiz para tomar notas, estudiando trucos narrativos -los hay nobles e innobles-, personajes, ambientes, descripciones, estructura, lenguaje. Ve a ello, aunque seas el más arrogante, con rigurosa humildad profesional. Interroga las novelas de los grandes maestros, los clásicos que lo hicieron como nunca podrás hacerlo tú, y saquea en ellos cuanto necesites, sin complejos ni remordimientos. Desde Homero hasta hoy, todos lo hicieron unos con otros. Y los buenos libros están ahí para eso, a disposición del audaz: son legítimo botín de guerra.



Decía Harold Acton que el verdadero escritor se distingue del aficionado en que aquél está siempre dispuesto a aceptar cuanto mejore su obra, sacrificando el ego a su oficio, mientras que el aficionado se considera perfecto. Y la palabra oficio no es casual. Aunque pueda haber arte en ello, escribir es sobre todo una dura artesanía. Territorio hostil, agotador, donde la musa, la inspiración, el momento de gloria o como quieras llamarlo, no sirve de nada cuando llega, si es que lo hace, y no te encuentra trabajando.


XLSemanal - 27/7/2010

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De grises y multicolores

En alguna ocasión participo en concursos de la plataforma televisiva que veo en casa. A pesar de que me han tocado varias cosas, siempre he acabado regalándolo todo a amigos y familiares. Hace dos días recibí un correo electrónico en el que se me notificaba que había resultado ganador de dos entradas para asistir al desfile del Orgullo Gay en Madrid. Concretamente, podría ir subido en una de las carrozas patrocinadas por una serie de televisión “Spartacus” y disfrutar desde allí del evento. Tenía la posibilidad de llevarme la primera temporada completa en DVD pero no hubo suerte.

La cuestión es que, como yo no le iba a dar ningún uso decidí comentárselo a un amigo homosexual que tengo por si podía interesarle. Craso error por mi parte. No le interesaba y, además, no le gustaba ese desfile. Su decisión me ha llevado a meditar y a poner en orden mis ideas y compartirlas con vosotros.

En los años grises, dominados por una mentalidad gris y unos hombres con cara gris de mala hostia, vestidos con uniformes grises, aquel que gustaba de personas de su mismo sexo, que se enamoraba de ellas y osaba a intentar amar en público, era detenido, ley de vagos y maleantes mediante, y puestos al amparo de la sombra carcelaria para evitar olas de calor y frío, lluvias y nieves, vida y libertad.

Se trataba de sanar conciencias, de exorcizar a los pestilentes portadores de un demonio terrorífico y peligroso que amenazaba con volar por los aires el statu quo impuesto con puño de acero y cruz latina. Eran individuos despreciables, hombres y mujeres necesitados de un tratamiento de choque mental que derribase la lascivia y el pecado instaurado en su ser al amparo del vicio más contaminante y pútrido.

En los años de crecimiento económico la nueva sociedad amamantada con el caldo caliente del pecho del nuevo régimen siguió ejerciendo la negación de las libertades y aquellos hombres y mujeres tuvieron que acallar y encerrar en un rincón de sí mismos su condición sexual, su forma de amar.

Después de muchos años de sufrimiento, de dolor velado por una sonrisa muerta, de enfrentarse no sólo a la aceptación de la sociedad sino también de sus familias y amigos, de callar un grito a voces, hoy podemos celebrar que son lo que han sido siempre: personas merecedoras del mismo respeto que cualquiera por el hecho de ser.

No obstante, me gustaría hacer una reflexión acerca del respeto que algunos se tienen a sí mismos y que guardan hacia lo que últimamente suelen definir como “su colectivo”. Vaya por delante que me parece bien cualquier acto que se celebre como una fiesta en homenaje hacia cualquier espectro social: Lo es el día de la mujer trabajadora, el día del voluntariado, el día de la lucha contra el sida… por lo tanto el día del Orgullo Gay también debe ser tenido en cuenta y respetado. Faltaría más.

Ahora bien, considero que lo ideal, lo utópico, sería relegar estos días al olvido pues sería consecuencia de que su razón de ser, reivindicar diferentes cuestiones que preocupan a la sociedad, bien por falta de derechos o para recaudar fondos para combatir diferentes causas, estaría al fin superada.

Mientras tanto, se organizan infinidad de exposiciones culturales, conciertos musicales y diferentes actividades enfocadas a dinamizar y enriquecer este día. Y además, ocurre que en las calles de Madrid, por aquello de ser la capital del reino, se organiza uno de los desfiles más importantes de Europa. Es aquí donde, desde mi punto de vista, se comete el error.

Considero que se ofrece una “imagen de homosexual” muy alejada a la del común de la realidad. Excesos, histrionismos, clichés, parodias de un personaje que dista mucho de lo que yo personalmente considero que es una persona homosexual. La mayor parte de los homosexuales no son personas que están todo el día encaramados a unos tacones superlativos, ni visten tan extravagantes, ni viven a diario en una bacanal en bucle infinito. Son personas como tú y como yo, con los mismos problemas y alguno más, que toman el mismo autobús y el mismo metro que nosotros, que desayunan en la mesa de al lado, que dirigen empresas y que, como es el caso del actual alcalde de Paris, Bernard Delanoë, seguramente aspirará a la presidencia de la república francesa. Esta y no otra es la verdadera imagen de los homosexuales, exactamente la misma que la de cualquier persona heterosexual. Vender lo contrario significa degradar su realidad, deformarla, exhibirla como personajes que sólo buscan llamar la atención, que guerrean entre ellos por ver quién grita más agudo o quién lame más pezones en cinco segundos frente a las cámaras de Tele5. Que cada uno haga lo que quiera pero ¿es realmente eso lo que quieren exportar como reflejo de lo que son?

Salvando las distancias, y dejando a un lado la única explicación posible que le encuentro a su comportamiento, que no es otro que el irrefrenable deseo de exhibición gratuita y de llamar la atención ante la seguramente incapacidad de hacerlo por otros medios menos frívolos, en ocasiones me recuerdan a aquellos hombres que organizaban espectáculos clandestinos en aquellos años grises del principio, donde se vestían y travestían de folclóricas y famosas actrices e interpretaban sus shows. En aquel momento era un acto de rebeldía que servía para reivindicarse a sí mismos y luchar contra un régimen haciendo algo ilegal. Hoy, en las templadas aguas de la democracia donde cada uno puede nadar en la dirección que crea oportuna, no me gusta ver anunciados espectáculos de ese estilo por el mero hecho de que actúe un homosexual. Si la atracción es el homosexual en sí mismo y no el espectáculo que realiza, deja de ser algo digno para convertirse en un circo a costa del sufrimiento callado de tantos hombres y mujeres que silenciaron sus voces, o fueron silenciados, y que lucharon, y algunos murieron, por la igualdad y el respeto.

Tampoco me gusta verlos como modas o espectáculos televisivos que sólo sirvan para aumentar el share de las cadenas de televisión. No hace tantos años se dio un boom televisivo y, de pronto, no había en las parrillas de las diferentes televisiones que no contasen con su gay particular, algo así como el tamagochi o mascota que todo cristo quería tener, tocar y hacerse fotos. Todos cortados por el mismo patrón, los mismos gestos, las mismas voces. Desde el enano del bigote y mala baba unagrandeylibre, jamás una voz aflautada había llenado tantos minutos de prime time como hasta hace poco. Y sucedió lo que tenía que suceder, que como pasa con toda moda, se acaba descubriendo algo que sorprende más, o que gusta más (¡me entiendes!) y lo que antes estaba arriba, cayó inmisericordemente abajo. Demasiado abajo. Y algunos no supieron reponerse del golpe. Al final, la implacable ley del más fuerte e inteligente mantiene al válido y desecha al que no lo es.

Me resisto a que sean tratados como bufones y a que ellos mismos se presten al juego de ropas multicolores y efectos de sonido con cascabeles de por medio del siglo XXI. Si echamos la vista al otro lado del atlántico, todavía los malos de la película son extranjeros, hispanos con las caras atravesadas a navajazos o árabes barbilargos. El negro siempre muere en las películas de terror, suele hacer reír o está condenado a vagar por las calles del Bronx, a trapichear con drogas o a escapar del corredor de la muerte.

No creo que aquellos que murieron con sus labios sellados y sus corazones mellados se sintiesen reconfortados con determinados actos llevados a cabo por los que les sucedieron. Estoy convencido de que ellos no lucharon para eso. No, su batalla era mucho más ambiciosa. Para emprender estos viajes no hacían falta esas alforjas.


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Adiós Hombre Tortuga

 


Lo ví en El Retiro. Una serpiente roja y blanca de casetas enfiladas atravesaba el paseo de Ferrán Núñez. Yo recorría sus escamas una a una, deteniéndome a mirar lo que cada una de ellas albergaba en su interior: Algo así como un organismo vivo cargado de sueños. Libros, ni más ni menos.




El guirigay era importante, la espectación, máxima. Firmaba Don José. Ahí es nada. Cola interminable. Calor. Bochorno. Parejas cogidas de la mano. Amor. Deseo. Gente esperando. Ilusión. Curiosidad. Gargantas resecas. Helados. Refrescos. Conversaciones diversas. Saramago. Saramago.


Enlutado en traje de fiesta, Don José apareció por allí andando, conversando con su mujer y unos amigos. Hombre de aspecto consumido, de mirada de devorador de mundos contenidos en amalgama de cuartillas y paso marcial.


Ya sentado en su silla, sus brazos reposados sobre la mesa isabelina que le habían colocado para ambientar no se sabe muy bien qué, fueron pasando los primeros lectores, orgullosos todos ellos por la validez de la espera, portando bajo sus brazos, como si llevasen el mismo pan que los chiquillos hornean al nacer, el libro que más le gustaba a cada uno de Don José. Algunos, indecisos, de esos que nunca saben que ponerse para el encuentro con los padres de ella, llevaban hasta seis diferentes.


Pasó por delante de mí una madre con su niño, ya estaban a punto de firmar. El niño, apenas unas primaveras, si acaso cinco,  se quedó mirando a Don José muy serio, la barbilla apoyada sobre el pecho, el pie izquierdo girando sobre sí mismo. Su madre estrujaba el libro contra sus senos, nerviosa, sus labios dibujando una sonrisa boba.


-Mamá ¿Quién es ese hombre?


-Es José Saramago, cariño.


-¿Y qué hace?


-Firma libros, corazón. En nada nos firma el nuestro y nos vamos a comprar chuches.


-¿Qué es firmar, mamá?


-Consiste en dejar tu nombre escrito en las páginas de esos libros, envuelto en líneas revueltas para que quede bonito. A veces, también dejan un mensaje.


-¿Un mensaje?


-Sí mi vida, un mensaje. ¿Quieres que le digamos que nos deje un mensaje?


-Vale.


-Si hace firmas ¿El señor es un firmador?


-No cariño, bueno sí. Pero su trabajo consiste en escribir, escribir libros como éste que llevo yo. Es escritor.


-Vale.


El niño, que parecía más calmado conociendo básicamente al hombre que tenía delante y por el que llevaban tanto rato esperando, volvió a la carga.


-Mamá.


-Dime cariño.


-Se parece a una tortuga.


-¿Quién se parece a una tortuga?


-El firmador, mamá.


-Hay mi ángel, qué cosas tienes ¿cómo se va a parecer a una tortuga?.


-Se parece a la tortuga que se fue con la abuela al cielo. ¿Te acuerdas de la tortuga?¿La que se fue al cielo con la abuela?


-Sí corazón, sí me acuerdo de la tortuga. Pero calla ya, que el señor se va a enfadar.


-¡Qué se va a enfadar!


-Claro que sí, como no te calles se levantará y te dará en el culete.


-Si las tortugas no se enfadan ¿cómo se va a enfadar el señor tortuga? Además, seguro que anda muy despacio, arrastrándose por el suelo y sin mancharse la tripa con la arena. ¿Sabes que las tortugas al andar no se manchan la tripa con la arena?


-Ay cariño, me estás poniendo nerviosa, calla ya. Verás que pronto nos toca. Mira, ves, ese chico ya ha terminado. Venga. Ve a saludar a Don José, pero pórtate bien eh.


El niño corre hasta el anciano, que se sorprende con su llegada.


-Vaya, ¿miren lo que tenemos aquí? ¿Y usted, quién es?


-Me llamo Pablo, señor Tortuga.


La madre, abochornada, trata de mediar ante el conflicto que presagia.


-Discúlpelo, venerable Don José, es un niño, usted ya sabe...


-¿Venerable?¿Qué es venerable, mamá?


Lo toma por el cuello de su camisa a rayas y lo arrastra tras de sí, a trompicones, lejos de la vista del escritor. El niño, revoltoso, se aferra a las piernas de su madre y mira a Saramago con la boca enmascarada por la nalga de su madre.


-Divina inocencia la de la niñez.


Un hombre que aguarda su turno sonríe al atraer la atención del maestro, que le queda mirando con el gesto torcido.


-De divina nada, amigo, de divina nada.


-Mi hijo Pablo quería que nos escribiese una dedicatoria, si es tan amable.


-¡Un mensaje!


-Sí eso, un mensaje. Calla un poquito anda cariño, déjanos hablar a los mayores.


-Pero, entonces ¿Qué quieren?¿ Un mensaje o una dedicatoria?


La madre se queda con la boca abierta, sin saber qué decir. Don José mira al niño con picardía y le guiña un ojo.


-¡Un mensaje! Queremos un mensaje.


-Entonces no se hable más. Lo ve señora, los niños saben muy bien lo que se dicen. Crea en los niños, en su sensatez y su claridad al expresarse y el mundo será mucho mejor.


Se despiden. Don José sigue firmando libros. La madre y el niño se alejan. Yo camino tras ellos, a cierta distancia. La sensatez... La claridad... Un mundo mejor... Los niños...


 


Este es mi particular homenaje al maestro portugués. Decía en el principio de uno de los primeros cuentos que leí suyos que los niños saben muy pocas palabras y no las quieren muy complicadas. Por eso, si alguien quiere escribir una historia para ellos debe usar palabras sencillas. ¿Por qué decir dedicatoria pudiendo decir mensaje? ¿Por qué venerable si Señor Tortuga?




Suena un fado compuesto por su mano, una voz maravillosa. No entiendo lo que dice. Ni lo sé. Ni me importa. Es suyo. Con eso me basta.


Mi reconocimiento, mi gratitud y mi reverencia más sincera.


 


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Erotismo en las Arenas - Nunca

Vagabundeando en mis recuerdos, anhelando pretéritos conspicuos, recorro veredas que discurren paralelas en sentido inverso a mi olvido, deseoso de hallar recuerdos que me lleven a ti, que fundan mi cuerpo con el tuyo, tus palabras con las mías…tus caricias, con las mías.

Allí, en lo alto, sobre las rocas que arrojan a mis pies sombras antropomórficas, escucho el cálido discurrir del agua de un manantial, borboteo color añil sobre glauco manto de frío, anegando los espacios visibles e invisibles, el horizonte entero y mi alma baldía.

Escalo la montaña de mis miedos con mis botas de suelas gastadas, ultimadas en tu búsqueda, aventura yerma de resultados que satisfagan a mis sentidos, adormecidos por la espera, sedados por el discurrir de un tiempo que no regresa para ajustar cuentas pendientes.

La nieve cae melosa sobre mi cuerpo, ateriéndolo de frío, rehundiéndose con el gélido transitar de mi sangre por entre mis venas. Ya mi sangre no calienta, despojada tiempo ha del sol que la hervía con sólo intuirlo. Ya sólo recorre conductos escarlatas o azulados, irrigando vida a mi cuerpo exhausto.

Al alcanzar la cima, un cielo plomizo se extiende horizonte arriba. El agua se suicida en mortal caída desde un cortado, desgañita su voz anunciando su muerte en eterno instante y cae liberada en un extremo del lago que se expande, ovalado, entre jaras y breñas que maquillan su timidez de níveas túnicas. El agua es caprichosa y trapecista, simula su propio fin aún sabiendo que es inmortal. Al caer, dibuja esferas que se magnifican en la cubierta acuosa, espejo que refleja cielos enfrentados, plúmbeos nubarrones de amenaza constante.

Junto a unos arbustos, bajo su espeso ramaje, mis ojos descubren un ropaje nacarado y grana. Son varias prendas arracimadas unas sobre otras, cuidadosamente dobladas al abrigo del invierno.

En la transparencia del agua, encuentro tu cuerpo que se cimbrea acompasado, brazos y piernas oscilan levemente para mantener tu levitar. Tu rostro, impenetrable, permanece por encima del agua, sosteniendo la pureza de sus tonos de arroz. Adivino tus formas redondeadas bajo el líquido elemento. Froto mis ojos creyendo alucinar pero sigues ahí, deslizándote ahora a través del agua, que se abre dichosa al saberse bendecida por el roce de tu cuerpo. Alcanzas la orilla posando tus pies sobre las rocas y tu ser, inmaculado y desnudo, se presenta ante mí para despertar mis sentidos hibernados.

Sobre tu piel, tersa y brillante a un tiempo, esculpida en jade, se deslizan las últimas gotas perladas que se resisten a abandonar el santuario de tu cuerpo. Tus cabellos, bañados en ese mar de azahar que hay tras de ti, caen vencidos por encima de tu nuca.

Tus ojos permanecen encerrados, ocultos bajo unos delicados párpados en cuyo fin brotan, primaverales, unas pestañas largas, ligeramente rizadas, providencial prisión de dorados barrotes que alberga el tesoro más preciado: tu mirada. Y en ella, serigrafiada, tu alma misma.

Aproximas tu mano a mi boca, tus dedos a mis labios, que anhelan pronunciar tu nombre tanto como respirar. Los silencias al tocarlos y callo, mudo los impulsos de mi mente y le doy pábulo a los envites de mi cuerpo. Deseo tocar tu piel lechosa, recorrer tus muslos melosos, descubrir tu vientre cítrico, anidar en tus senos de fresa, trepar por tu cuello de vainilla, alcanzar tus labios ciruela. Más me agarras las manos, que pugnan por alcanzar tus hombros y fundirse en ellos. Reposas tu cabeza sobre mi pecho, que se bate nervioso, el corazón disparado. Poco a poco, tu sola presencia conquista el sosiego de mis nervios, el compás de mi respiración, la templanza de mis latidos. Soy un hombre de guerra pero a tu lado, alcanzo la paz.

Liberas mi cuerpo de mi coraza de cuero y fierro. Depositas mi casco junto al lecho del lago, en el mismo lugar que eliges como descanso para mi katana. Cuidas de ella como si fuese mi alma ¡es el alma del samurai que habita en mí!

Comienzas a desprender el kimono de seda carmesí que envuelve mi lasitud y descubres, gradualmente, las heridas de mi cuerpo, aún abiertas y sangrantes. Me introduces, junto a ti, en las frías aguas del lago que refleja, ahora mismo, los destellos de un sol que alcanza nuestra desnudez con sus dedos para atemperarnos.

Tomas agua en el regazo de tus manos y la dejas caer sobre mi cuerpo, purificando mi piel, aventando el cansancio, aliviando mis magulladuras. Yo te dejo hacer, mirando tus ojos encerrados. Te colocas frente a mí, alzas tu mano, palpas mi frente, izas tu cuello como si fueses a mirarme. Mi corazón palpita de nuevo con fuerza. Sin embargo, justo antes de liberar tu mirada, cubres mis ojos con tus dedos, siento su tibieza y respiro profundo. Descienden por mis pómulos y se posan sobre mis labios, que entreabro al sentir su pulso. La calma me invade de nuevo.

Con los ojos cerrados, la oscuridad no se presenta. Pues, de tu mano, tu luz ilumina el camino que nos conduce junto al lecho del río, una zona clara y despejada en la que intuyo, por la humedad que flota en el ambiente, un incipiente manto de hierba que se mece con el envite de un tímido céfiro que saluda nuestro reencuentro.

Te siento tras de mí, tus dedos repasando las cicatrices hendidas en mi espalda. Las acaricias con mimo, las recorres con tus labios delicadamente, como si una mariposa jugara a posarse y en su recreo, me recrea.

Tus manos en mi vientre. Su calidez me reconforta. Ascienden, piel arriba, hasta alcanzar mi pecho. Al otro lado, recuestas tu rostro y escuchas mi respiración, el diapasón de mi corazón. El tiempo parece haberse detenido. Tu aliento arrulla mi cuello, tu pecho asciende y desciende, sus movimientos guiando los míos. Un mismo latir, un mismo respirar, sincronizamos nuestros cuerpos hasta percibir uno sólo, mimetizado el uno en el otro. El otro, en el uno.

Me ayudas a sentarme. Me tumbas. Mi mirada velada por tu deseo, intuyendo volutas de algodón observándonos desde el cielo. Dejo de sentirte. El trino de los pájaros entretiene mi desasosiego. ¿Te has marchado? Tu abandono punza mis heridas, las del alma, aquellas que no han cicatrizado a pesar de los años. Mi cuerpo se enfría, mi corazón se estremece, mis pulmones ansían un aire que no llega.

De pronto, besas mis labios, insuflándome vida. El calor revierte, inunda mi sangre para recorrer mi ser, rebosándose por mis poros. Las yemas de tus dedos cosquillean las plantas de mis pies, toman su haz y se deslizan sutilmente por mis piernas. A su paso, el vello de mi cuerpo erizado. Un escalofrío atraviesa mi espalda para morir en mi entrepierna. Sobre mis muslos transitan los extremos de tus falanges expertas trazando circunferencias, estimulando mi piel, internándose en mis ingles.

Asciendes hasta mi ombligo, bosquejas su contorno con tus besos, rellenas sus pliegues con tu lengua, que decide tomar el mando. A tres bandas, tus manos enumeran mis costillas, se aferran a mis hombros y descienden por mis brazos. Ella, húmeda, va dejando atrás mi pecho y avanza decidida hacia mi boca, encumbrando mi cuello.

Me das a probar una fruta dulce, jugosa, tierna, delicada. Una y otra vez, me ofreces tu boca, gollería divina. Mis labios la buscan y la encuentran. La desean. Te desean. Anhelándote durante años, mis sentidos creen franquear una dorada ilusión y pugnan por no despertar de este sueño tantas veces repetido, tanto el tiempo que te añoraron, tantas las noches que guardaron tu ausencia…

En la oscuridad de dos grutas fraccionadas, nuestras lenguas se saludan, se abrazan, se funden,… emprenden una ceñida y lúbrica danza que me encamina al frenesí. Mis brazos desean estrecharte; mis manos, recorrerte; mi cuerpo, disfrutarte plena.

Ábrelos.

El cielo se tiñe con rasos carmesí. Por encima de nuestras cabezas, un bosque de cerezos en flor pugna en vano por igualar tu belleza. Una brisa susurrante zarandea la lluvia de pétalos rosados que acarician nuestros cuerpos en su descenso.

Al fin puedo verte. Emerges de mi cuerpo para mostrarme tu piel sedosa, tu busto firme y apetecible, tus ojos, nuevamente enclaustrados. Tomas mis manos, las conduces hasta tus caderas, las internas en tu vientre, las abandonas sobre tus pechos. Los acaricio, me deleito, los pellizco, tu espalda se arquea, estremecida.

Fusión de cuerpos. Sudor salado. Vello erizado. Yemas aferradas. Apretando. Piel sobre piel. Piel contra piel. Vaivén almibarado. Oleaje de gozo. Repentino. In crescendo. Jadeos. Gemidos. Palabras entrecortadas. Ahogadas. Bocas resecas. Ausencia de oxígeno. Destello de luz. Clamor del silencio. Reposo. Calma. Paz.

Tu mirada y mi mirada. Tus labios enfrentados a los míos. Tu cuerpo, ante el mío. Frente a frente, tumbados sobre la hierba, despedimos al sol y saludamos a la luna, que nos sonríe, argentina.

Es la hora.

Quiero gritar No pero tus dedos silencian mis labios y ahogan mi desacuerdo. Deslizas tu mano sobre mi rostro. Me acaricias con ternura, maternal. Mesas mis cabellos para tranquilizarme. Lo consigues. Nos levantamos y recojo tu ropa. Tomo tu hiyoku, blanco como la nieve, lo paso por tus brazos, dejándolo caer sobre tu sedoso cuerpo, que lo recibe agradecido. Ajusto el kimono, marfil y grana, a tu cintura, abrazándola y abrazándote, respirando tu esencia, empapándome de tu ser.

Los pétalos siguen cayendo. El miedo a perderte atenaza mi mente. Tomas mi mano y la conduces a tus labios. Besas mis dedos, besas mi alma. La serenidad de tu rostro contagia mi ánimo.

No me olvides nunca.

Te desvaneces dejándome con la respuesta a las puertas de mis labios y el deseo rebosándose por cada uno de mis poros. Nunca podré olvidarte porque viajas junto a mí, en mi mente. Nunca podré olvidarte porque moras en mis sueños. Mi geisha.

 


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Día del Libro, Delibes en el recuerdo - La hora de Mario

Ay Menchu, no sabes lo bien que se está aquí, todo es paz y tranquilidad, nada aflige mi alma ni nadie molesta mi descanso ni mis lecturas... Porque eso sí, desde que llegué tengo todo el tiempo del mundo y una infinidad de libros a mi disposición en una laberíntica biblioteca a la que acudo frecuentemente, a la que en ocasiones no le hayo un principio o un final, como si estuviese caminando a lo largo de un pasillo continuo con libros en lugar de árboles, con libros en lugar de cumbres, con libros en lugar de hogares ¿Y acaso no son los libros árboles, cumbres y hogares, al mismo tiempo?. Lo que yo habría dado en vida por encontrar un paraíso perdido cerca de la ciudad…, no sé, en la montaña, por ejemplo.

Que dónde estoy, te preguntarás. Claro, perdona cariño, ha pasado tanto tiempo desde que nos separaron que ya no me acordaba de tu costumbre de saberlo y preguntarlo todo. Ay, no me lo tengas en cuenta querida Menchu, si tú ya sabes que yo no era de echarte nada en cara, si a mí esas cosas no me iban, no me gustaba discutir contigo, ni con nadie, salvo que realmente mis palabras fuesen más importante que mis silencios. Pero es que resulta que aquí, mujercita mía, cada uno es libre para pensar y decir cuanto quiere, no existen las mentiras encubiertas o las mentiras a secas, que al fin y al cabo embustes son, estén mejor o peor mimetizadas en un discurso. Así las cosas, le acabas cogiéndole gusto a eso de decir lo que uno ve transitar en forma de ideas en su cabeza y mira tú por dónde, después de conocer eso ya no quieres hacer otra cosa, olvidas esos años tristes y lánguidos en los que una palabra dicha a destiempo te podía acarrear problemas con los grises, sí, esos de uniformes tan tristes y tristes como aquellos años. Pues bien, decía que estaba aquí, pero no sabría decirte exactamente dónde, no sé si me explico. Es decir, que recuerdo aquella noche que pasaste velándome y te lo agradezco, todas esas horas en las que me acompañaste leyendo pasajes de esa Biblia tan tuya como nada mía, ese libro en el que te refugiabas ¿lo hacías? esa noche de tan amargo recuerdo para ti. Y ese recuerdo que guardo de ti, abrazada a un libro voluminoso como quien se aferra a un bien preciado, quedó grabado en mi subconsciente y al poco de llegar aquí, que repito que no sé dónde estoy, lo busqué en la biblioteca para leerlo. Y no me digas por qué, pero nos costó una eternidad encontrarlo, menos mal que aquí palabras como eternidad, perennidad, perpetuidad…  nada son salvo un ligero vaho arrojado en una noche fría. Al principio, embutido en su búsqueda, al no encontrarlo, la desesperación me embargaba porque imaginaba el día en que tú vendrías aquí y claro, quería que tuvieses a mano tu libro de cabecera para que fuese más fácil adaptarte a este mundo tan distinto al que conocías y en el que tan a gusto vivías. Bueno, esto más o menos, que nada en la tierra es fácil, que todos allí cargábamos con el pecado original a nuestras espaldas ¿no era así?, pero que dentro de lo malo, unos nos apañábamos mejor que otros ¿o no? Que aquellos que acudían a su semanal encuentro con los del ora pro nobis supieron enmendar mejor la plana que los del ora nemo, cargados de legalidad y descargados de acero, profesión y plomo.

Decía que leí tu libro de cabecera pero, qué quieres que te diga cariño, yo por aquí no encontré a nadie esperándome, ni tuve que cruzar la puerta de ningún sitio, ni siquiera un tal Pedro me salió al paso arrastrando por el solado de nubes un manojo de llaves… me crucé con muchas personas que iban y venían, sí, porque no todo el mundo llega hasta aquí para quedarse. Por lo visto, también marchan muchos hacia nuestra tierra. Deben ser gentes de bien, de gran corazón, leales al extremo. Creo que tú los llamarías ángeles. Sí, serían ángeles pero no andan por ahí ni librando batallas ni anunciando nuevas, buenas o malas. Se dedican a ser, a vivir y a dejar entre los suyos un ejemplo para ser mejores personas.

Que por cierto, que sepas que son de toda clase y condición, no es como allí donde todo está clasificado, donde los de arriba se sostienen en lo alto del edificio porque se apoyan pisando a los de abajo. Ay, dulce flor, qué manía tenías tú con esa pobre gente que no tuvo la misma suerte que nosotros de tener una casa donde dormir o un plato de comida que llevarse a la boca... Y qué mal llevaba yo tus manías ¿o eran fobias? No lo sé, pero da lo mismo, que sepas que padecí mucho por ellos y padecí sobre todo por ti, sobre todo por ti.

¡Si no hago más que recordar aquello que decías de las clases, eso de que siempre habían existido, unos arriba y otros abajo! Y mira que intentaba verlo como tú lo veías pero nada, no había forma, yo sólo entendía de clases de la universidad, separando a los jóvenes según sus conocimientos pero todos iguales, con más o menos parné en sus bolsillos o en los de sus padres. ¿Y para qué sirve la abundancia de parné si acarreas la pobreza extrema de corazón? ¿Me lo puedes explicar? Porque por mucho que diga el cura de la iglesia, o todos los curas, que al fin y al cabo todos visten el mismo patrón de sotana y alzacuellos, entregar una ayuda a quién nada tiene es un acto laudable, sí, pero se convierte en execrable cuando esa cantidad supone el desembolso de los restos de la calderilla que las domingueras misales encontráis por entre los bolsos ¿O es que ahora va a resultar lo mismo entregar uno cuando alguien gana mil, que entregar uno cuando otro gana cien mil? Dignidad moral, Menchu de mi corazón, que no seremos mejores personas dándoles a los pobres lo que ni siquiera nosotros queremos, que eso no es caridad, que es un desprecio muy grande. Recuerdo una de esas historias de tu libro, aquella de la viuda que depositó su dinero, todo lo que tenía, en el arca de las ofrendas frente a Jesús y sus discípulos, poco comparado con lo que arrojaron los ricos, mucho pues era cuanto tenía, a diferencia de ellos. Tu libro encierra grandes historias de las que aprender pero son los que lo interpretan, autodenominándose garantes de vuestras conciencias y vuestras almas, quienes encauzan, no sé muy bien por qué y para qué, si acertadamente o no, su mirada, y por lo tanto las vuestras, en otra dirección.

Ay Menchu, qué parecida eras a tu padre, siempre con la decencia y la indecencia, el perdón de los pecados, el qué dirán nuestros amigos, la vida eterna que nos espera… Que no podía con él, que ya lo sabes, que a ti te elegí yo libremente, con sumo gusto y devoción por tus huesos capitalinos, porque yo te amaba y te amaré siempre, a pesar del velatorio… pero es que nadie me dijo que en el mismo lote venía él adjunto, que si  adherido y calladito pase, pero gruñendo como los chanchos eso sí que no, por ahí no paso. Perdóname los disgustos que te dí por todo esto, que conste que yo trataba de convivir decentemente, pero que dos dictadores queriendo regir mi destino era ya demasiado ¡redios!

Por cierto, que ya he visto que el niño guarda mis libros como oro en paño, como debe ser. Déjale que se nutra de ellos, a falta de una figura paterna, ellos sabrán darle los consejos que yo no pueda. Y no se te ocurra entregárselos a la diócesis, respeta al menos mis bienes más estimados, pues de toda la casa, constituyen mi tesoro más preciado. Que ya sé que para ti lo es el mueble del salón del siglo XVIII, o esas cadenas adornacuellos que te regalaba por no oírte lloriquear al oído por las noches mientras leía a mi Séneca, pero hija, que a mí eso no me dice nada, de ahí que no quisiera comprar el coche ¡que anda que no te pusiste pesada con el coche! Pero si no hacía falta, mujer, si mi bicicleta me llevaba a todas partes, si tenemos tiendas de toda condición en el barrio, ¿para qué queríamos un Tiburón, dime, para devorar todo el polvo del garaje? Si lo sé yo, si te escuché una vez mientras se lo contabas a tus amigas, “con lo que presumiría yo con mi Mario montada en uno de esos automobile”, que hasta en francés lo decías para parecer más refinada ¡qué no mi terroncito, que no, que yo con esas cosas no podía!

Y ya la última lo de la niña, que teníamos que colocarla con alguien bien asentado ¡si para sentarse bien hacen falta ganas y unas buenas posaderas! Hazme caso mujer, que la niña se case con quien quiera, que a nosotros nos puede gustar que el elegido tenga posibles pero si a ella no le gusta, entonces no puede ser, que quién luego tiene que aguantarlo y dormir a su lado es ella y no nosotros… Y eso de que se olvidase de los universitarios porque eran unos muermos no sé de dónde te lo habrás sacado, que prefiero mil universitarios amuermados a uno como tu padre, que se creía con pedigrí y muchos posibles pero cualquiera descansaba a su lado…

En fin, amada mía, me marcho porque he quedado para salir a dar un paseo con un buen amigo que recientemente ha llegado aquí. Él tampoco tiene claro dónde estamos, sólo desea pasear y conocer la naturaleza que nos rodea en sus ratos libres. Es un caminante infatigable, un conversador excepcional y dicta de memoria los nombres de todas las aves, los mamíferos y los peces de este páramo en el que nos encontramos y del río que lo atraviesa. Eso sí, siempre que no está en casa, que es la mayor parte de las veces. Allí pasa el tiempo entregado a su mujer, a quien adora y por la que se desvive. Dice que anhelaba la muerte para reencontrarse, de nuevo, con su vida…

 


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