Portal de blogs literarios, comunidad literaria, y foro literario - Libro de Arena
Conoce a lainsulaeterea            184 libros en su biblioteca
     226 valoraciones      64 posts en su blog      Es lector de 0 grupos

La Ínsula Etérea

"Caer, levantarse, insistir, aprender"


Artículos publicados: 64
 - 5 -  6 -  7 -  8 -  9 - 

El último grande

Hoy los campos castellanos lloran un desconsuelo


Hoy los inocentes, todos santos, iluminan las estancias de su ser con la llama viva de un recuerdo


Hoy las perdices, los cangrejos, las liebres, las truchas, las torcaces y codornices, la naturaleza en pleno guarda luto.


Hoy los cipreses se doblan en reverencia y su sombra se desvanece.


Hoy los herejes son dueños del cielo y los príncipes destronados, reinan reinos.


Hoy el páramo y el río, el valle y la montaña, amanecen de gris gélido y melancólico.


Hoy una "e" minúscula gime en silencio, a oscuras, y un sillón queda vacío.


Hoy el Nobel se siente pequeño, más que nunca, insignificante y nimio.


Hoy una milana, bonita como ninguna, se eleva al cielo y se funde con el sol.


Hoy las letras ululan la pérdida del padre que emprende un viaje para no volver, y su llanto es arrastrado por un viento mitigante.


Hoy se apaga una vida y una nueva estrella prende en el firmamento.


Hoy ha muerto el hombre pero el escritor ya es inmortal.


Hoy tenía previsto publicar una nueva historia pero el profundo respeto y admiración que siento hacia Don Miguel me obliga al silencio. Cualquier cosa que escriba no será digna. Hoy no.


Hasta siempre.


 


Denunciar

Novelistas Buenos y Malos - 1.910

Me gusta hacer amigos. Aquí y en el infierno. De toda edad y condición, siempre puedes empaparte de lo positivo que cada uno puede ofrecerte. En ocasiones, esa ofrenda, por mínima que parezca a simple vista, puede tener un alto valor emocional, económico, social… Incluso pueden aunarse todos estos valores en un mismo presente.


El Señor Jesús es un anciano de ojos hundidos y vista abandonada al que conocí hace ya unos cuantos años. Al Señor Jesús, agachapado en su caminar, lo contemplan más de ochenta primaveras, otros tantos veranos y otoños, y un invierno menos por aquello de nacer en dicha estación. El Señor Jesús tiene la piel caló, como su sangre, como su humor. El Señor Jesús ha trabajado toda su vida en lo que ha podido y distrae su jubilación en un anticuario revuelto y desordenado, una pasión de la que le cuesta desprenderse pero prácticamente desprendido por obligación de las circunstancias. Su vista apenas alcanza a distinguir cuanto tiene delante y los rostros de las personas que le saludan le suelen ser ya ajenos, reconociéndolos eso sí por el color de su voz.

 

El otro día pasé a hacerle una visita. Hacía varios meses que no lo hacía. El ritmo de vida que me inflijo merma las posibilidades reales de poder visitarle y pasar unos minutos en su compañía. Y la verdad, se echan de menos como se echa de menos a las personas buenas. Él lo es. Demasiado.

 

Desde siempre ha tenido conmigo una atención especial, un trato distinto. Una vez más, el mérito no es mío, se lo debo a mi abuelo y a la forja de profundas amistades que se preocupó de laborar durante años. A pesar de que falleció hace varios años, el recuerdo que el Señor Jesús tiene de él es tan hondo que siempre lo menta en nuestras conversaciones, recuerda lo mucho que le agradecía su apoyo y su ayuda cuando lo necesitó, los ratos de fiesta entre amigos en una bodega excavada en la tierra… y yo me permito el lujo de escuchar siempre las mismas historias porque es entonces cuando sus ojos cobran vida y brillan radiantes reviviendo una felicidad de antaño. Él disfruta y yo lo hago con su disfrute.

 

La mayor parte de lo que se puede encontrar en su anticuario son piezas llegadas de casas antiguas, casonas, palacetes, iglesias… Edificios con las horas contadas para ser devoradas por el horripilante monstruo nacido al amparo de la especulación inmobiliaria y que encierran en sus entrañas una infinidad de tesoros. Según los ojos de quién los mire, claro está.

 

Mis ojos sólo ven tesoros en los libros y sobre ellos caen con avidez e ilusión, esperando encontrar rarezas y obras antiguas. He conseguido reunir varios que, por un motivo u otro, me han llamado la atención: primeras ediciones, volúmenes firmados por el autor, algunos con varios siglos de antigüedad…

 

Hoy os traigo uno que encontré el otro día, como decía antes. Su título Novelistas malos y buenos, me impresionó tanto que no pude sino leer el prólogo entero para evitar que mis ansias por descubrir algo interesante no cayesen en saco roto. Mi intuición no falló. Escrito por el jesuita Pedro Pablo Ladrón de Guevara, es una segunda edición impresa en 1.910 de una suerte de juicio acerca de más de 2.000 novelistas de ayer y de hoy (entonces). Se trata de una suerte de vuelta de tuerca, un nuevo Índice Censor dependiente de la mismísima Congregación para la Doctrina de la Fe (Antigua Inquisición).

 

Como curiosidad, el segundo punto del prólogo dice así:

 

2ª ¿Para qué se ha escrito esta obra?

El fin inmediato, que nos hemos propuesto en ella, ha sido el de ayudar a nuestros compañeros en el ministerio de dirigir a los fieles, ahorrándoles mucho trabajo y el tiempo, que les es tan necesario para cumplir con tantas y tan sagradas obligaciones. Hemos pretendido llamar la atención, poner en guardia lo menos, para que no sigamos proclamando buenas, a carga cerrada, tantas novelas, que estan muy lejos de serlo, y queno han sido juzgadas sino por los anuncios laudatorios de editores y libreros interesados o por críticos , en cuya balanza de precisión pesa más una cacofonía, un le por un lo, y nada una blasfemia, una idea perniciosa, una escena lúbrica. (&hellip

 

Más adelante, en el mismo prólogo, indica las pautas para clasificar a los libros en función de su CALIFICACIÓN. Así, entre otras, podemos encontrar el Herético, el Irreligioso, el Blasfemo, el Clerófobo, el Dañoso, el Peligroso, el Inmoral, el Obsceno, el Sensual, el Peligroso para jóvenes, el Bueno, el Tolerable o el Inofensivo, entre otros.

 

Dejo varios ejemplos en los que opinan acerca de distintos autores:

 

ALARCON, PEDRO ANTONIO DE. Unas veces es bueno, otras tolerable, ya dañoso, ya notable y gravemente peligroso. Calentura infernal es la que produce principalmente en los jóvenes, siendo ella demasiado eficaz para moverles a caer en pecados y mortales.

ALAS, LEOPOLDO. Anticlerical y librepensador, desbocado contra el matrimonio cristiano y contra el catolicismo. Su Regenta rebosa en el fondo porquerías, vulgaridades y cinismo.

BAUDELAIRE, CARLOS. Poeta muy nocivo autor del tan pernicioso y malvado libro Las flores del mal.

BLASCO IBAÑEZ, VICENTE. Lo que nosotros vemos en este atolondrado valenciano es lo irreligioso, lo anticatólico, lo clerófobo, lo deshonesto.

LAMARTINE, ALFONSO MARIA DE. Poeta de malas ideas y no pocas veces inmoral aunque su madre le enseñara otras cosas y a leer en la Biblia.

KIPLING, RUDYARD. Ha escrito obras divertidas, en las cuales trata de muchos animales, deslizándosele a veces cosas chocantes. Otras son, por su excesiva sensualidad, nocivas y peligrosas.

POE, EDGAR ALLAN. En sus cuentos es raro, chocante, mórbido, malsano, fríamente fantástico, pero no deshonesto.

DARIO, RUBEN. Muy malo en ideas y en moral.

TOLSTOI, LEON. Su Guerra y Paz es poco interesante. Contiene escenas de nobles rusos, conversaciones largas, sin sustancia, que se hacen cargantes.

ZOLA, EMILIO. Despreciable.

 

Finaliza el libro con NUEVE TESOROS QUE SE PIERDEN CON LA LECTURA DE NOVELAS:


  • Se pierde el tiempo y el dinero

  • Se pierde la laboriosidad

  • Se pierde la pureza

  • Se pierde la rectitud de conciencia

  • Se pierde el corazón

  • Pérdida del sentido común de esta vida

  • Se pierde la paz

  • La piedad naufraga por completo en la lectura de novelas


Denunciar

Quitarse la vida

Dejo aquí un pequeño relato que escribí hace algunos años, cuando aparecieron en mí un buen día las ganas de contar historias. Vinieron tarde, contaría con veinte años por aquel entonces, pero vinieron.A mí no me termina de gustar del todo pero no soy de los que reniegan de su pasado. Esto es lo que fui.


 


-Quería morirme. Sí, quería hacerlo.

-Morir para vivir algo distinto. ¿Suena extraño, verdad?

El señor Patterson miraba de reojo, con la cabeza ladeada y un filtro de cigarrillo humeando entre sus labios, a Eleanor. Se trataba de una muchacha joven. Apenas diecisite primaveras había conocido y sin embargo, Patterson, aficionado al juego y las apuestas ilegales, hubiera apostado todo el dinero que llevase encima a que tenía no menos de treinta y cinco.

-¿Extraño dice? Usted no sabe de lo que hablo – suspiró, aún emocionada.

-Lo siento, hija. Creo que nunca podré acostumbrarme a escuchar este tipo de historias… el corazón me late demasiado deprisa al escuchar determinadas situaciones, no quise molestarte. De todas formas – prosiguió, cambiando de tema y de postura, dejándose caer sobre el respaldo de su silla – sería mejor que cuentes detalladamente todo lo sucedido y contestes a todas las preguntas que yo voy a formularte. Si no te importa, grabaremos tu declaración y servirá como una prueba más.

Al desabrochar su cazadora de cuero negro, el señor Patterson miró a Eleanor con una tristeza contenida en sus ojos. Ella pudo notarlo claramente y sumió su mirada en el fondo del vaso de agua fría que tenía frente a ella.

La grabadora era tan menuda que no quedaba ni rastro de ella cuando el señor Patterson la ceñía entre sus dedos y la palma de su mano. Antes de pulsar el botón para iniciar la grabación, le dijo:

-Tranquila, todo irá bien. Verás como sientes un gran alivio cuando todo esto haya terminado.

Que así sea, pensó ella mientras notaba cómo se aceleraba su pulso al oír el clic que emitió el botón rec de la grabadora.

-¿Cómo te llamas?

-Eleanor, Eleanor Moore.

-¿Cuántos años tienes Eleanor?

-Diecisiete años, señor.

-¿Puede decirme a qué ha venido aquí?

-Quiero denunciar… -dudó un instante, tragó saliva y tomó aire antes de responder- una violación.

-¿Una violación, dice?

-Sí, señor.

-¿Ha sufrido usted una violación?

-Sí, sí señor, me… me han violado.

-¿Cuándo ha ocurrido?

-Hace unas dos horas.

-¿Pudo reconocer a su agresor?

En ese momento, Eleanor se derrumbó y se echó a llorar desconsoladamente. El señor Patterson detuvo la grabación. La joven sollozaba intensamente sobre la mesa. Su melena castaña descargada sobre sus rasgos impedía determinar su estado real, aunque era más que previsible.

-Vamos, hija, todo irá bien. Confía en mí.

El señor Patterson hablaba con un tono agradable y cálido. Se levantó de su silla y tomó una de las manos de Eleanor entre las suyas para tranquilizarla. Poco a poco, la joven retomó la compostura y asintió ligeramente, autorizando con un gesto a continuar con la grabación. La grabación se retomó.

-¿Pudiste reconocer al agresor, Eleanor?

-Sí, pude hacerlo. ¿Cómo no iba a hacerlo? ¡Lo conoce todo el mundo en este estado!

-¿Todo el mundo, dices?

-Por supuesto que sí.

-Bien, antes de dar su nombre, será mejor que me cuentes cómo sucedió todo - El señor Patterson creía que la joven no sería capaz de reconocer a su violador. En ocasiones, bien porque ocultaban su rostro con algún pañuelo, bien porque el pánico provocaba en las mujeres que habían sido violadas, no conseguían determinar con exactitud los rasgos físicos de sus agresores.

-De acuerdo. Serían las once de la noche. Yo y mis compañeras de trabajo charlábamos en una esquina mientras hacíamos tiempo esperando algún cliente. Apenas habían pasado diez minutos cuando un coche negro, de grandes llantas y morro interminable, paró junto a nosotras. Al bajarse la ventanilla, pudimos ver a un hombre vestido elegantemente, traje gris con raya diplomática y corbata negra. Enfundaba sus ojos en unas gafas, también negras y debió fijarse en mí desde lejos. Sólo así pude explicarme que se olvidase del resto de mis compañeras y se dirigiese continuamente a mí, invitándome a entrar a su coche y a dar una vuelta. Al principio ellas insistieron, quisieron entrar también, pero él se negó con determinación. Una de mis amigas me dio un codazo y al mirarla para reprenderla, pude leer en su mirada que no dejase escapar la oportunidad, que se trataba de un pez gordo. Finalmente accedí y el cliente codujo su coche a una velocidad endiablada por una carretera mal asfaltada y llena de curvas, que se constreñía en torno a un monte de baja altura situado al sur de la ciudad. Alcanzamos la cima y detuvo el coche en un mirador desde el que los turistas solían tomar panorámicas de la ciudad. Frente a un mar de pequeños luceros anaranjados, a bordo de un coche extremadamente lujoso y sentada junto a un cliente claramente adinerado, sentí que aquel servicio sería el primero alejado de callejones oscuros, mohosos y malolientes. Todavía no estaba totalmente adaptada a la profesión y aquello se parecía tanto a esas historias irreales que contaban las más antiguas de la calle, protagonizadas por de hombres de negocios que pagaban auténticas fortunas por un servicio que costaba una miseria, que creí estar soñando. Pagaré lo que quieras, me susurró mientras tocaba mis pechos. Se notaba que estaba ávido de conocerme. Por ello, yo también decidí bajar la bandera y comenzar a trabajar. Apenas me había despojado de mi blusa y la falda, él se abalanzó sobre mí pero no me tomó, sino que pasó al asiento de atrás y tomó mi mano para que yo hiciese lo propio. Todavía llevaba puestas las gafas de sol y pensé que resultarían molestas. Decidí quitárselas y él, ocupado en otros menesteres que discurrían por debajo de mi cintura, apenas se dio cuenta. Alzó su cara recorriendo poco a poco mi cuerpo y entonces pude verle la cara.

-Pero, espere un momento, Eleanor. ¿No se supone que quería denunciar una violación?

-Sí, pero creí que debía ponerle en antecedentes. Si no le sirve a usted, al menos me sirve a mí, no puedo entrar directamente, lo siento.

-Está bien, continúe.

-Al ver su cara, quedé horrorizada. Se trataba de la única persona en la que confiaba. La única persona pública quiero decir. ¡El juez McNeil! ¿Se lo puede creer? ¿Quién no había tenido oportunidad de verlo en televisión? Era el azote de los pedófilos, sus juicios captaban la expectación de los medios por las sentencias que recaían sobre los violadores y los maltratadores de menores. “Ni una menor violada en mi estado”, dijo en una entrevista la semana pasada. Y ahí estaba conmigo, dispuesto a pagar lo que fuese por mis servicios. Sentí náuseas y tuve que hacer verdaderos esfuerzos para no vomitar sobre él. Me alejé unos centímetros pero él seguía aferrado a mi cuerpo. Le pedí que se detuviese, que no me encontraba bien y que me llevase al barrio. Que sentía lo ocurrido, que no era necesario pagar nada. Era incapaz de mirarle a los ojos, si lo hacía, no podría controlar mis nervios. Sin embargo, acostumbrado a la reacción de miles de personas que habían pasado por su sala, McNeil pronto entendió lo que sucedía. Me dijo que era una sucia golfa, como todas las demás, que era la inmundicia de esta sociedad acomodada e hipócrita, y que él pertenecía a esta dicha sociedad, con sus virtudes y sus defectos. Dijo que se aprovecharía de sus defectos, vaya si lo hizo. Insistí para que me llevase al barrio pero él no accedió. Me golpeó en la cara. Mi cuerpo golpeó la puerta que estaba a mi espalda. Estaba aturdida pero él no se detuvo en aquel golpe. Se subió sobre mí, agarró con sus manos mis muñecas, la presión era tan grande que casi no sentía el movimiento de mis dedos. Yo no dejaba de chillar y revolverme pero no sirvió de nada. Arremetía de nuevo y me golpeaba para que cejase en mi actitud. Me violó dos veces. En la primera me resistí. Para la segunda había perdido todas mis fuerzas y no dejaba de llorar. En ambas me golpeó con saña, sin distinción.

-¿Puede repetir el nombre del agresor?

-El juez McNeil.

-¿Está segura que era él?

-Por supuesto que sí.

El señor Patterson detuvo la grabación. Se tomó unos segundos para prender un nuevo cigarrillo y darle fuego. La tibieza de su pulso confirmó el nerviosismo de sus pupilas.

-Lo siento, pero no puedo seguir con esto. Seguro que usted no pudo distinguir de quién se trataba…

-Claro que pude distinguirlo. Es la misma persona que sale en las televisiones, ya se lo he dicho.

-Señorita, será mejor que abandone este lugar. Hemos terminado.

Eleanor, incrédula ante sus palabras, decidió contrarrestar:

-¿Me está diciendo que no piensa hacer su trabajo? ¿Qué clase de policía es usted, dónde está su profesionalidad?

Patterson se revolvió como una serpiente espoleado por el comentario insolente de aquella puta.

-Escúchame señorita, McNeil es poderoso, muy poderoso, si declaras contra él te meterás en problemas, y a mí contigo. Y eso dios sabe que no va a ocurrir. Serás una chica buena, pasarás por alto lo sucedido y seguirás dedicándote a… trabajar. Vamos, mírate, eres una fulana ¿quién iba a creerte? Confrontándote con la imagen de un juez, el más fuerte del estado ¡Vamos, regresa a la realidad, si la dignidad fuese un vestido, tú vestírías harapos y él dispondría de armarios a reventar!


Patterson cerró la puerta de su despacho cuando ella salió y destruyó la grabación. Al salir a la calle, Eleanor sintió un frío punzante en su interior. Quería morirse.


Denunciar

Relato a Salinger - Cómo le odio...

Vale, ya lo tengo abierto ¿y ahora qué? Creo que esto es la tontería más grande que he podido hacer en mucho tiempo. Y eso que yo soy de los que hacen tonterías todos los días. Incluso he llegado a hacer varias en un mismo día. Mi padre dice que vigile mis marcas, que algún día podré batir mi propio record si me lo propongo. Mi padre es un tipo extraño y, a pesar de que dormimos bajo el mismo techo, tengo la sensación de que no me conoce de nada. Él no sabe que las tonterías que yo pueda llegar a hacer no las hago queriendo. Me salen solas. Brotan como por arte de magia. Además, cuando me percato de su nacimiento, el de las tonterías quiero decir, generalmente suele ser demasiado tarde y no puedo controlarlas, se me van de las manos. Entonces, siento algo punzante en mi interior, tristeza lo llama el señor Atkinson. El señor Atkinson es mi loquero. Bueno, mamá dice que le llame mi terapeuta pero yo le llamo mi loquero, pues es lo que es. ¿Por qué tendrán esa ridícula manía los mayores de llamar a las cosas y a la gente con nombres que no se ajustan a la realidad? ¿Por qué dulcificar los problemas? Si estoy loco, hay que asumirlo. Ellos y yo. Sobre todo ellos. Yo lo tengo meridianamente claro. Antes dudaba, pero todo el mundo a mi alrededor se encargaba de recordármelo. Ahora no me cabe la más mínima duda.

Jo, como quien no quiere la cosa, acabo de escribir un párrafo entero sin darme cuenta. En ocasiones creo que soy demasiado inteligente pero me doy cuenta tarde si es que me doy cuenta. Por eso, generalmente no suelo hacerme mucho caso y voy a la mía y no me presto atención. Es un caso parecido a lo que me sucede con mis tonterías.

A veces pienso si, además de prestarme atención a mí mismo cuando surge algo inteligente en mí, también lo hiciesen mis padres o el señor Atkinson. Mis padres no pierden mucho el tiempo en mí, para qué nos vamos a engañar. Andan liados con sus cosas, sus trabajos, el despacho y la oficina. Trabajan diez horas diarias, van y vienen cada uno en sus coches y tardan una hora en ir y otra en volver. Además, tienen cuarenta y cinco minutos para comer. Pasan fuera de casa unas trece horas. Llegan a casa cansados. Puedo notarles en la cara su cansancio, su hastío de todo y de todos. Les entiendo. Después de todo ese trajín no deben dar muchas ganas de atender a tus hijos. Creo que a mí también me resultaría complicado atender a mis hijos. Por eso, tengo decidido no tener hijos. Si no voy a poder hacerme cargo de ellos, mejor no tenerlos.

Bueno, esta es una de mis tonterías, no me las tengáis muy en cuenta. Lo veis, la he pensado sin darme cuenta y la he escrito sin prestar atención. Ahora acabo de darme cuenta pero no tengo goma de borrar ni nada, me la robaron en clase. Es igual, ahí se queda. Tampoco quiero tener hijos porque, con mis antecedentes de loco de atar, lo mejor es que mi descendencia no exista ¿Quién quiere un mundo de locos que piensan tonterías? Yo no. Al menos, en lo que a mí respecta, libraré a la humanidad de un problema. Será mi pequeña contribución al mundo. Creo que será algo de lo que más orgulloso me sentiré.

Además de que a mis padres no les interese prestar atención a alguna de mis cosas interesantes, tampoco creo que le interese demasiado al señor Atkinson. Si lo hiciese y viese que puedo llegar a ser normal mis padres dejarían de llevarme a su consulta una vez por semana y su salario de cuarenta y cinco dólares por sesión pasaría a mejor vida. Un tipo listo el señor Atkinson. Cómo le odio.

A propósito de odiar. A veces, como ahora, me odio a mí mismo. Sí, así, como suena. Se supone que estoy aquí escribiendo por un motivo y lo primero de todo lo que se supone que debía hacer era presentarme y explicar por qué estaba escribiendo toda esta mierda. Pero me disperso. Me disperso sin darme cuenta y así me va. Y claro, la gente acaba pensando que estoy loco. Y no les falta razón. Una vez, alguien me preguntó la hora. Serían algo así como las cuatro y cuarto de la tarde pero no me contenté con responderle sin más y seguir mi camino. Recuerdo que era un hombre muy anciano. Parecía una pasa. Su piel se redoblaba en sí misma. Incluso pensé en llevármelo a casa para que mamá le pasase la plancha y lo dejase desarrugado. Pero luego dije ¿para qué? Pensé que no era necesario porque era alguien anciano. Su imagen no importaba ya nada. Si hubiese sido un joven de veinte años, con todo su futuro por delante jugado a la baza de su cara y de su cuerpo y todo eso, entonces claro que lo hubiese hecho. Pero no era el caso. Se supone que era en anciano y los ancianos no importan a nadie. Sólo se les deja ir a su aire, procurando que no den a uno demasiado la murga y tratando de evitar su voz. Lo que pasa es que a mí me pilló de espaldas y no lo vi. Me cogió a traición. Se podría decir que me engañó. Los ancianos, a pesar del asco que debemos tenerles, son muy listos, se las saben todas. Por una parte me gustaría ser anciano como ellos, ser listo y que nadie me engañase. Lo habría vivido todo, o casi todo, depende de los años que tuviese. Pero claro, luego me imagino siendo anciano, arrugado como una pasa, con la piel redoblada sobre sí misma, sin importarle a nadie y tratando de hablar con todo el mundo porque me siento solo. Uf, no creo que llegue a ser anciano. Antes me vuelo la cabeza. El que quiera llegar a anciano tiene que estar mal de la cabeza. Yo no quiero ser anciano. ¿Querrá esto decir algo? ¿Ya no estoy loco? Es posible que ya sea normal, como los demás.

¿Lo ves? Vuelvo a dispersarme. Ahora que acabo de centrarme, iré al grano. Me llamo James y esto es un pequeño diario en el que se supone que debo escribir lo que se me ocurra. Todo estos es cosa del señor Atkinson, dice que así conseguiré entenderme. Já, entenderme yo, más quisiera. También me dijo que leyese libros para mantener mi mente ocupada y me preparó una lista con varios títulos que él mismo me proponía como interesantes. Me dijo que también podía comprar los que yo quisiese, pero que leyese los suyos primero. Por eso estoy aquí, para seguir sus absurdos planes y comentaros que el primer libro que he comprado lo tengo aquí mismo, junto a mí, pero todavía no lo he abierto.

He pensado que quién quiere libros. En qué pueden ayudarme, me refiero. Yo en mi clase no veo a nadie leer. Todo el mundo practica deportes. Nunca he visto a nadie ser popular por el número de libros que es capaz de leer en un semestre. Antes, hace algún tiempo, antes de las navidades, hubo un chico que compartió pupitre conmigo y leía bastante. Quizá por eso, quizá por otra cosa, la cuestión es que todo el mundo le hacía el vacío. Los chicos más populares se burlaban de él y él les respondía con respuestas muy raras, que ni yo ni los populares entendíamos lo más mínimo. Por eso digo que de qué sirve leer tantos libros si luego no sabes comunicarte con los demás. Es absurdo. Creo que intentaré aplicarme en football, si me apetece puedo ser bastante rápido y podría entrar en el equipo. La gente jalearía mis carreras, vitorearían mi nombre y llegaría a ser jugador profesional. Sería capaz de ganar trillones de monedas de un centavo y podría zambullirme en ellas siempre que quisiese. Sí, eso es lo que haría. Estaría rodeado de gente popular y quizá me verían más normal.

No sé qué hago aquí todavía. Creo que es lo más estúpido que he hecho en mucho tiempo y eso que yo hago muchas tonterías. Lo dejo. Mañana mismo le diré al señor Atkinson que me parece una giliflautez todo esto. Una pérdida de tiempo. "Que así conseguiré entenderme…" decía.  El señor Atkinson es tonto. Cómo le odio…



Denunciar

Imagen y Semejanza

¡Despierta! ¿Por qué no estás pendiente? Mira a tu alrededor. Entiendo que aquí, en tu residencia, las cosas sean perfectas y que, en su perfección, lleguen incluso a aburrirte. Ahora, en el ocaso de tus días, sigues creyendo que toda tu obra es ejemplificante y tu ley, ejemplificadora. Pero no es así.

Echa la vista atrás. Revive tus recuerdos. Hazlos realidad por unos instantes pero no los alteres, contén tus impulsos. ¿Lo tienes? ¿Sí? Bien. Recuerda tu obra, observa aquel orbe zarco que imaginaste un día y que creaste con tus propias manos. Lo llenaste de vida, creaste animales, plantas, mares y lagos, valles y lomas, ríos y praderas. Hiciste de él un lugar armónico y bello, y en él convivían multitud de especies en grata comunidad. Pero tú, ente egocéntrico y presumido, sentías que tu obra no estaba terminada y decidiste, al ver reflejada tu imagen en las aguas del gran océano, albergar en aquel paraíso un individuo como tú, fiel a tu imagen, semejante a tu ser. Y lo llamaste hombre. Lo dotaste de tu apariencia física y le diste un psique como la tuya. Pero, egoísta en grado sumo, limitaste su conocimiento para que nunca pudiese igualarte. Ese fue tu gran pecado. Creaste un esperpento de ti mismo, una deformidad de tu perfección. Querías un hombre sumiso, como el resto de las criaturas creadas, pero no lo era, olvidaste que le otorgaste tus propias cualidades. Y cuando deseó conocer y te contrarió, lo condenaste a vagar y a construirse a sí mismo. Más tarde, te echaste a dormir, o dejaste aquel balón de vida olvidado en el fondo de algún armario. Ya no te divertía. Al final, tu ilusión es pasajera y tan volátil como la de un niño.

Y el hombre, semejante e igual a ti, en su propia construcción, se sirvió de su entorno para sentirse mejor y alejar de su interior los fantasmas que vagaban en él y que reían su falta de sapiencia. Se alimentaba de los frutos que encontraba en los campos e ideó un vericueto para producirlos intensamente, sin necesidad de vagar de aquí para allá en busca de climas propicios que facilitasen su hallazgo. Colmaba también su estómago de los animales que encontraba por el camino, al cruzar ríos o al acercarse a los mares, y diseñó estrategias de caza y de pesca para abastecerse. Y fue prosperando, pues el hombre tenía la capacidad de aprender lo aprendido y de legar los conocimientos. Y en su ansia por alcanzar la sabiduría prohibida, se extendió por toda la superficie terrestre, adaptándose al calor más sofocante y a los hielos perennes.

Tenían la manía de ponerle nombre a todo lo conocido, pues creían que así, siendo ellos quienes les otorgaban una nomenclatura, serían sus dueños, serían más parecidos a ti. Y pronto les entró las ganas de ponerle a todo un precio, de cuantificar el valor de los elementos, pues pensaban que, al igual que tú tenías preferidos en la creación, ellos también debían generar escalas y jerarquías. Y comenzaron a otorgarle un valor desmedido al oro y a las piedras preciosas, a la tierra. Creyendo que todo les pertenecía, individualizando una colectividad. Y por ello, tunelaron las entrañas del firme que pisaban y modificaron los paisajes. Y con la riqueza de unos, llegó la pobreza de la mayoría.

Pero llegó un tiempo en que los unos se distanciaron de los otros. Tanto, que surgieron enemistades entre ellos, pues eran posesivos y tenían la debilidad de la avaricia. Y guerrearon unos con otros, estableciendo fronteras, levantando barreras donde no las había, tiñendo con su sangre las tierras de las que surgieron. Y en su afán conquistador, que no era sino parecerse a su hacedor, dueño de todas las cosas, aniquilaron inocentes y olvidaron ser todos hijos de un mismo padre.

Durante siglos, arrasaron tierras para cultivar sus preferencias y talaron bosques enteros para edificar sus casas y construir sus invenciones; esclavizaron a los animales y les privaron de su libertad para saciar su apetito, llegando incluso a sentir júbilo al matarlos. Tanto, que su caza y su pesca dejó de ser una necesidad vital y se convirtió en ocio depravado; profundizaron en la tierra y esquilmaron sus fondos sin importarles la superficie.

El hombre seguía hallando nuevos conocimientos y los utilizaba en su propio beneficio, sin importarle las consecuencias. Creían ser como tú, que puedes servirte de cuanto te rodea sin pensar en el bien o el mal que tus hechos pueden representar en el inmediato o a largo tiempo. Pero ellos no tienen el conocimiento que tú tienes para rehacer y pintar lo borrado.

Y aquí nos encontramos, con el orbe zarco ahogado en un llanto callado, que rara vez muestra sus emociones pero que, cuando lo hace, parece que eres tú, evocando tu última gran hazaña, quien maneja los hilos. La Tierra se estremece y se quiebra en pedazos; sus lágrimas anegan cauces y desbordan ríos; los mares se recrecen y rematan embravecidos contra las costas del hombre… Y la muerte se ve, se escucha, se huele y se siente. Porque tú, en lugar de enmendar tus errores, incapaz de asumir que dejaste abandonada a tu creación más preciada, prefieres atribuir al hombre las culpas de su devenir y castigarlo consecuentemente.

Es posible que creas que liberando de miles, de millares de personas a un mundo excesivamente poblado, equilibrarás las fuerzas pero no es así. Dejaste escritas multitud de promesas en otros tantos libros. ¿Qué hay de todo aquello? ¿Papel mojado?

Escucha ¿No oyes esos llantos? Son gente que clama por un mundo más justo, un mundo más social, un mundo más libre, un mundo igual. Te imploran a ti, piden que no les abandonen. Piensa. Su sufrimiento es tu sufrimiento, cada uno de sus fracasos es un fracaso para ti. Los oyes pero no los escuchas. Te vanaglorias por tu grandeza, por ser capaz de captar la atención de tantas almas que solicitan tu buen hacer. Pero tú, vanidoso, disfrutas disfrazándote ante ellos, caracterizando tu silueta para mostrarte de manera distinta. ¿Qué consigues con eso? De momento, multitud de guerras, millones de asesinatos y muertes innecesarias en tu nombre. ¿Para qué? ¿Acaso te produce eso un placer mayor? Un placer perverso…

¿Por qué haces oídos sordos? ¿Por qué no los atiendes? Si todo lo sabes y todo lo puedes ¿Por qué no lo haces? ¿Por qué no lo quieres?



Denunciar

Terror en las Arenas - Abrahel

Valiente será aquel que alcance el final de este texto...


La tierra se abre. La violencia de las gotas al caer es tal que mi montura bufa de dolor. A media legua de distancia diviso una pequeña venta. Si mi memoria no me falla, se trata de la Venta del Pillo. Descuida Pirata,  susurro a la oreja de mi montura para tranquilizarlo, pronto encontraremos un lugar donde refugiarnos y pasar la noche. Tú tendrás un cobertizo donde resguardarte y yo, con un poco de suerte, podré dormir a tu lado. Pirata relincha gozoso, aprieta los riñones y se lanza con furia hacia la venta, cortando en dos la espesa niebla que se extiende en este inhóspito lugar. Las piedras saltan a su paso y sus cascos desatan chispas, iluminando tenuemente nuestra senda.

La Venta del Pillo, construida sobre una pequeña loma y orientada al abrigo de los gélidos vientos del norte, sostiene sobre sus muros un edificio principal de dos plantas, construido en adobe y piedra y rematado por una techumbre de vigas de madera que sobresalen ligeramente entre las gavillas de paja y brezo que aísla el interior de la vivienda de los caprichos celestiales. En la planta baja, a través de las rendijas de una cortina que cubre el haz de una ventana, se filtra una luz cálida que delata la presencia despierta de algún viajero o de los propios regentes del inmueble. Un ruido centra mi atención. Miro hacia el ala este de la casa y veo una contraventana golpear contra la cara externa de la pared. Se trata de un sonido seco y metálico que resuena con intermitencia, meciéndose en el vaivén al que lo somete un viento cortante y helador que atenaza mis miembros.

Pasan varios segundos desde que he llamado a la puerta. Nadie contesta. La luz de la ventana se apaga de inmediato pero no se escuchan pasos ni señal alguna de movimiento en el interior. Malhumorado, sondeo los alrededores buscando el abrigo de un árbol gentil que al menos nos cubra del aguacero. Al encontrar un grueso roble a una distancia relativamente cercana, tomo las riendas de Pirata  y le digo, Vamos mi fiel amigo, no hemos tenido suerte, aquel árbol nos dará el cobijo que necesitamos.

Los cascos de Pirata se funden con el sonido del trueno y un rayo ilumina un cielo cerrado y obscuro. Eh ¿no me oyes?, escucho a mi espalda. Al girarme, encuentro una figura menuda que porta un candil bajo el dintel de la puerta, indicándome que me aproxime hasta él. Decía que qué se le ha perdido a usted por aquí a estas horas de la noche con semejante tormenta. Vengo de unas tierras lejanas, le respondo, a muchas leguas de aquí. Alguien en el camino me indicó que el único punto para pasar la noche era esta venta enclavada en mitad de un monte. El aguacero turbó mis planes y tuve que cabalgar con mayor precaución, pero al fin estoy aquí. ¿Hay cama para uno más? No me importaría dormir junto a Pirata si es preciso…

El hombre acerca el farol a su rostro y entonces descubro su rostro grotesco. Su ojo derecho es una estrambótica bola de cristal inerte, coloreada de añil, que asombra por su inacción al compararla con el ojo bueno que me escudriña con velocidad, entrecubierto por un párpado de espesas pestañas grisáceas. Una cicatriz atraviesa su rostro y lo divide en dos mitades irregulares. Aquella tajada seccionó nervios importantes y sólo una parte de su boca responde a su alocución, mientras la otra permanece inmóvil, ligeramente abierta, mostrando el hueco de unos dientes a la fuga. Las sombras que arroja el candil sobre su faz le otorgan un aspecto fantasmagórico y Pirata relincha repentino, suplicando el fin de nuestra conversación para encontrar un refugio, dentro o fuera, y poder guarecerse ya no del frío, que quiebra el firme empedrado, pero sí al menos de la tormenta.

Atiende al nombre de Domengo y dice tener cincuenta y siete años. Después de llevar a Pirata al cobertizo donde pasará la noche, pasamos al interior de la venta y me despojo de la ropa mojada. En ello estoy cuando aparece, tras de mí, una mujer de la misma edad que el ventero. Algo entrada en carnes, su rostro es armónico y bello y su aspecto, consecuentemente madurado, todavía despierta en quién la mira una atracción especial.

Al desprenderme de mis pantalones, me acerca ropa limpia y seca. Al volverme hacia ella para tomarla al tiempo que le agradezco su hospitalidad, la mujer aparte su mirada de mí y corre tras su marido. Sin embargo, no es mi desnudez la que le resulta incómoda. ¿No porta crucifijo? Pregunta Domengo. No, no lo hago ¿Por qué habría de hacerlo? Aquel que descansa sobre esos maderos cruzados jamás se acordó de mí. He luchado en varias guerras que, aún hoy, consiguen que me despierte envuelto en sudor, estremecido por aquellas visiones de muerte y devastación. Me arrebataron a mis padres cuando era un niño desvalido y necesitado. No busco dioses que me guarden ni amuletos que me guíen. Mío es mi destino y a lo más que aspiro es a ver un nuevo día. Y, si llegado el momento, mi sino es perecer, que sea rápido y sin padecimientos, que al menos mi muerte no sea prisionera del dolor de mi vida. La mujer del ventero ahoga un lamento y abandona el salón, dejándonos solos mientras me pongo un calzón de algodón blanco y una camisa de dormir. Existe una leyenda extendida en esta tierra desde tiempos antiguos que aconseja el uso del crucifijo para ahuyentar los malos espíritus… ¿Espíritus dice? Já, espíritus, fantasmas… no me dan miedo, son historias de mozalbetes… ¿Y los demonios, teme a los demonios? Miro fijamente a los ojos de Domengo pero no hallo en su mirada ningún signo de locura, como creí suponer. Los demonios atacan estos lugares tan alejados de las poblaciones. Aquí no encuentran amenazas, no existen iglesias ni curas que los ahuyenten. Sólo los crucifijos les mantienen a raya. Así ha sido siempre y jamás hemos tenido una desgracia. No al menos conocida. Está bien, está bien, tráigame uno de esos símbolos si así se quedan satisfechos… La mujer del ventero acude presta a uno de los cajones al solicitárselo su marido a voz en grito. Regresa al salón y me lo entrega con pudor.

Hasta mañana entonces. Nos despedimos a la puerta de mi dormitorio y cierro la puerta por dentro. El mobiliario es muy sobrio. Tan sólo un catre y una mesa, acompañados por una silla de mimbre a los pies de la cama acompañarán mi descanso. Es suficiente, pienso, y me introduzco entre las mantas. Afuera, la tormenta continua poderosa y descubro, con asombro, que la habitación que me ha tocado en lid es la de las contraventanas que golpean la pared. Mi sueño no será placentero, pero no me importa, al menos tengo un techo en el que pasar lo que queda de noche. Poco a poco, noto que mis párpados acrecientan su peso, el cansancio me vence y me dejo llevar…

En mitad de la noche, un sonido gutural invade mi mente e interrumpe mi ensueño. La Luna brilla con fuerza e ilumina parcialmente la estancia, dibujando en el suelo los trazos de la ventana. Al parecer, la tormenta ha cesado. Todo se haya en calma y un agradable olor a hierba mojada se filtra desde el exterior por alguna rendija inhóspita. Muy cerca de mí, escucho un jadeo. Miro hacia la ventana pero no hayo a nadie. Me incorporo sobre la cama y entonces la veo. Allí está. En el fondo de la habitación, cobijada por la oscuridad y a su abrigo, unos ojos como la llama me atraviesan el alma. Debe caminar, pues esa mirada, fija hasta al extremo, se desplaza con suma sutileza, como si no tocase el suelo, ni un solo ruido, ni el más leve signo de sus pisadas. Entonces, vuelve a suspirar y al hacerlo, descubro su boca, encarnada y apetecible. Le preguntó qué hace ahí, quién es, qué quiere, y a las tres preguntas me responde del mismo modo. Utiliza su silencio y desarma mi paciencia.



 


Camina hacia mí con paso firme y decidido. Cruza por delante de donde los dedos plateados de la luna contactan con el firme de mi realidad. Mis pupilas se dilatan y mi garganta se ahoga en deseo. Ante mí, una dama vestida con extrañas ropas de cuero negro, ajustadas a las formas de su cuerpo, decide tomar mi cama como aposento conmigo dentro.


 


Desliza sus dedos, largos y ágiles, entre los huecos de mi camisa. Arden pero no queman, es una situación extraña pero placentera. Aún así, intento abandonar la cama pero ella no me lo permite, se adelanta a mis movimientos y con una fuerza inconcebible, atenaza mis brazos tomándome por las muñecas y sonríe maliciosa. Acerca sus ojos a los míos, me hipnotiza con su mirada ígnea, extiende sus labios a los míos y, justo en el momento en el que deberían fundirse, y yo con ellos, los aparta y merodea mi cuello, inspirando profusamente, rozando con la punta de su nariz mi piel erizada que ansia su contacto y se estremece al sentirla.


 


Prosigue su ritual y me despoja de la camisa, arrancándola de un tirón y lanzándola contra la silla hecha jirones. Aunque ya no opongo resistencia, vuelve a tomarme por las muñecas y desata su lengua puntiaguda recorriendo mi pecho y mi vientre.


¿Quién eres? Dime al menos quién...


, suplico, pero sella mis labios con un beso largo y encendido, adhiere sus dientes a mi labio y tira de él con concupiscencia, derramando luego en mi boca un jugo dulce y almibarado.


 


Endereza su pose, juntos formamos un ángulo perfecto de noventa grados en el que, en el nexo de su vértice, la ley imperante obedece a los estímulos sensoriales primigenios. Se levanta repentinamente pero no abandona la cama. Mi mirada la sigue en su ascenso y compruebo cómo se quita la ropa, con cadencia, a ritmo templado, siguiendo el compás invisible de unas notas que sólo palpitan en mi cabeza. Da unos pasos atrás, se coloca a la altura de mis pies y se agacha, cayendo sobre sus rodillas. Su mirada se clava en el principio de mis calzones. Asciende por mis muslos con avidez, se fija en la trampilla abotonada, y se abalanza sobre ella con decisión, deshojando los botones con su boca libidinosa.


 


Me introduce en su interior contrayéndose desde dentro, disparando mis sentidos hasta casi hacerme perder la noción de mi propia existencia. Zozobra mi consciencia ante el empuje de la marejada que supone el vaivén de sus caderas y busco un apoyo para no ahogarme en gozo. Con las manos me aferro a sus pechos, suaves y firmes, cuya dureza me permite amarrarme a ellos para no caer, pero pronto ella advierte mi intento por escapar de la perdición y aparta mis manos, llevándolas hasta la cabecera del lecho, sin dejar de mirarme fijamente, la sonrisa infernal. Los broches de sus senos hacen crepitar mi piel a su paso, arriba primero uno a mi boca, después el otro.


 


De pronto, a mi alrededor, varios brazos etéreos rodean mi cuerpo, abrazan mi pecho, recorren mis muslos y mis brazos. Ante mí, sólo son brazos que surgen de debajo del camastro pero pronto veo varias cabezas, y clavados a ellas, unos ojos fríos como el hielo que me miran indiferentes, sin vida. Son fantasmas, me digo y entonces recuerdo a Domengo, y el lamento ahogado de su mujer, y esa historia que me contaron sobre fantasmas y… demonios.


 


Siento mi piel perforada, mi sangre reverbera brillante en su desbocado fluir sobre mi cuerpo. Siento que mis fuerzas me abandonan, mis músculos dejan de obedecerme, mi piel ya no siente ni siquiera el dolor de las dentelladas… En un último esfuerzo, levanto mi cabeza para mirar a mi mortal amante y la encuentro mirándome, con la cara ladeada, mordiéndose el labio inferior, como si fuese entonces, contemplando mi agonía, cuando realmente está disfrutando. Su mirada victoriosa irradia una felicidad extraña, un fuego del averno se abre paso en sus pupilas y, por fin, pronuncia su nombre:


ABRAHEL


.


 


El tiempo ha pasado. Mi cuerpo ha sido encontrado por el ventero y su mujer. Lo han enterrado tras la venta, bajo un montón de excrementos que guardan para la pequeña huerta que mantienen viva a escasos metros. Todavía hoy me pregunto quién soy y cómo es posible que pudiese acabar este relato, cómo ha podido llegar a tus manos, lector. Si mi cuerpo ya no me pertenece y estas líneas se siguen escribiendo, hay algo de mi propia existencia que se me escapa.


 


Sentado en el alféizar de la ventana, intento olvidar ya que no puedo entender. Y cuando no consigo ni lo uno ni lo otro, golpeo con fuerza las contraventanas y  las gentes que pasan por delante de la venta se extrañan por su movimiento repentino y se preguntan cómo es posible que se muevan si nadie las mueve y no existe viento que las meza.

Denunciar

La mujer más bella del mundo

Las olas sacudían con violencia el lecho del acantilado en un intento por alcanzar su cúspide y escapar así del vaivén consentido por la danza y el influjo de la luna. En lo más alto, una mujer llevaba asida a su rostro moreno una lágrima de perenne caducidad. Su piel, azotada por el viento y la lluvia, blanca y fina como en su juventud, se encontraba mellada por los surcos del tiempo y el olvido. Sus ojos, esmeralda y taciturnos, encerraban aún una mínima chispa del fuego que los hizo titilar de vida años ha.

-Te amo. A mi regreso, ya nada será igual. Estaremos juntos, para siempre.

Ana Laura recordaba las palabras de Alfredo, el ser humano al que entregó su corazón y su cuerpo por vez primera en una cita furtiva, libre de miradas inquisidoras. Él deslizó el envés de sus dedos bosquejando el rostro de Ana Laura, se detuvo en el dulce fruto de sus labios y los probó, jugosos y tiernos, para entregarse a la pasión más desaforada. Aquella fue una noche de recuerdos entregados al placer, de caricias veladas bajo la luz de una luna creciente, del susurro de unas olas que acariciaban dos cuerpos enlazados para bañarlos en rica plata y espuma almibarada.

Cuando Alfredo partió, ella juró esperarlo, prometió ser paciente, guardarlo en sus recuerdos y disponerlo todo para celebrar el día de su llegada. El barco se fue haciendo más y más pequeño a medida que se adentraba en la inmensidad del océano hasta que fue engullido por completo, devorado por el leviatán que surca el horizonte.

Pasaron los días. Fueron tantos, que Ana Laura dejó de contarlos y enumeró semanas. Tal fue su volumen, que olvidó las semanas y contabilizó años. Durante ese tiempo, se acercaron al acantilado infinidad de mujeres y niños, curiosos al verla impasible ante los elementos. Preguntábanle qué hacía allí pero ella apenas respondía y sólo acertaba a pronunciar un nombre, Alfredo. Pronto, lo que los habitantes del pueblo concibieron como un mal de amor, fruto del deseo y el dolor a un tiempo, dio paso a la extrañeza en sus rostros y ésta, veló el ánimo de todos ellos hasta que alguien anónimo, lanzó su primera carcajada y la acusó de ida.

El sentir del pueblo, incapaz de ver más allá de sus ojos, clamó por la solución al problema de La Ida del Puerto. El alcalde no consintió ninguna de las propuestas que los vecinos le proponían. Unos planteaban ingresarla en un manicomio, otros creían que lo justo sería recluirla en un convento, donde encontrase la paz que su alma necesitaba.

Ante los gritos y las mofas de sus vecinos, Ana Laura respondía con el silencio, imperturbable a sus ojos, que engarzaba al horizonte con fijeza. Sin embargo, su cuerpo no pudo permanecer impasible, y su pelo pronto se marchitó, al igual que su mirada, y su piel.

Cierto día, bajo un cielo infinito y ennegrecido, que descargaba un aguacero torrencial, escuchó los pasos de alguien que se acercaba hasta donde ella se encontraba. Se trataba de un muchacho de poco más de quince años, que padecía una extraña enfermedad. Su cara, aniñada y regordeta, apenas podía contener la inmensidad de la sonrisa que brotó al mirar a los ojos de la mujer. Los de éste, rasgados y oscuros, auscultaban cada uno de sus rasgos, y su piel se estremecía ante aquella belleza especial, una belleza gris y en calma que nunca antes había visto. Era un chico solitario, que solía vagar por las calles hasta el atardecer, yendo de aquí para allá, frecuentando plazas y corrillos, en busca de un cariño que no llegaba de los suyos, que se sentían avergonzados de su vástago.

Hablaba a trompicones, como si su cabeza quisiese decir muchas cosas y su boca fuese incapaz de pronunciarlas todas al mismo ritmo. Le dijo que la conocía por las historias que había oído sobre ella, pero que siempre había sentido vergüenza para hablarle. Sabía que ella tenía una pena muy grande, que esperaba el regreso de su amado. Le contó que unos hombres del pueblo, muy malos muy malos, decían que habían convencido al alcalde para llevársela con las monjas.

Una vez cada cinco años, el pueblo elegía a sus representantes y aquel hombre, charlatán como ninguno pero sensato a la vez, decidió que había llegado el momento de mirar a otro lado. La noche en la que dio su consentimiento, el vómito ocupo su tiempo.

El muchacho también le dijo que se la llevarían a la mañana siguiente, que los policías vendrían a buscarla. Por primera vez, Ana Laura desabrochó su mirada del punto donde mar y tierra se enlazan y contempló al muchacho, que la miraba con un hilillo de baba cayéndole por la barbilla, mezclándose con la lluvia que empapaba su piel, la sonrisa sincera. Ella tomó un extremo de su vestido y, con extrema dulzura, limpió la cara del muchacho, que la miraba ahora extrañado, contemplando un extraño colgante dorado que pendía de su cuello, mientras, con la otra mano, acariciaba su cabeza. Sin mediar palabras entre ellos, lo abrazó con calidez y, antes de darle un último beso, le susurró unas palabras al oído que resucitaron su sonrisa. Con ella abandonó el lugar como había venido, correteando en dirección opuesta hasta perderse en dirección a la ermita.

Esa misma noche, las aguas del puerto acogieron en su seno a un ángel de amor, un ser de otro mundo, alguien capaz de entregarlo todo, impulsada por un sentimiento nacido de sus entrañas y del que no existe cura posible. Tampoco la deseaba.

A la mañana siguiente, la policía, junto al alcalde y sus concejales, y numerosos curiosos y alcahuetes, se personaron en el lugar donde pasaba las noches y los días Ana Laura. No encontraron a nadie, ni el más mínimo rastro de sus huellas. Desencantados, se marcharon cabizbajos, su negro corazón frustrado por tamaña preocupación.

A contracorriente, el muchacho consiguió alcanzar el lugar en el que el día anterior sintió cariño. Sentado al borde del mar, sonriendo al viento que soplaba de poniente, pasó los minutos callado, inmóvil, como si el tiempo se hubiese detenido y el muchacho con él.

De pronto, algo llamó su atención. A escasos metros de distancia, entre unas rocas aún visibles desde la orilla, un brillo despertó su interés. Sin pensarlo, se lanzó al mar, alcanzó el lugar sobre la posición que había calculado y se sumergió bajo las aguas saladas. Al tocar fondo, el muchacho pronto descubrió la última sorpresa que Ana Laura le tenía guardada. Salió a la superficie, extendió su mano y su sonrisa se borró de inmediato. Era el colgante de oro, aquella pieza de la que quedó prendado al sentir el calor de aquella mujer a la que todos llamaban ida pero que él prefería llamar la mujer más bella del mundo.

Salió del agua con paso lento, sin dejar de mirar el objeto que tenía entre sus manos. Regresó a su posición original, volvió a sentarse en las piedras, el semblante serio, un rostro desconocido en él. Se mantuvo pensativo durante un rato, intentando averiguar cómo era posible que la mujer más bella del mundo hubiese perdido un colgante como aquel. Al principio, sintió una gran confusión, más tarde tristeza.

El sol se bañaba en el mar cuando encontró la solución. Su amado había regresado por ella, habían aprovechado el amparo de la noche para escapar. La sonrisa del muchacho regresó a su rostro. Al fin, pensó, ella sería feliz. La espera había merecido la pena. Los débiles rayos de un sol que jugaba a esconder pigmentó de granas el reflejo de la baba que caía, de nuevo, por la comisura de los labios de un muchacho, cuyos ojos, volvían a irradiar felicidad.

Denunciar

Banu Qasi. Los hijos de Casio

No soy muy dado a comentar libros. De hecho, hasta el día de hoy, no he comentado ninguno en las arenas. Posiblemente, tengo tantas cosas que aprender aún de la literatura, que algo dentro de mí me obliga a mantenerme al margen de tales empresas. Sencillamente, creo que para esas labores existen areneros muchísimo más capacitados que yo. Lo mío es, simplemente, dibujar las historias que se mezclan en mi cabeza con mayor o menor fortuna sobre una cuartilla de papel.


Sin embargo, son varios los motivos que me obligan a salirme del camino trazado, varias las razones que me empujan a recomendaros la lectura de un libro que, si tenéis la oportunidad de acoger en vuestras casas, ya no para toda la vida, pero sí al menos por el tiempo suficiente para poder completar su lectura, estoy seguro que no os dejará indiferentes, ni mucho menos.

 

La novela cuenta, a lo largo de casi ochocientas páginas, el devenir de un hombre destinado a gobernar una ciudad, una comarca, casi un reino. Desde su primer llanto, nos sumergimos junto a Musa, el protagonista principal, en la Hispania dominada por el poderío musulmán, situados en unas tierras bañadas por el río Ebro que constituyen frontera natural frente a los reinos cristianos del norte. Desde muy niño, conocerá en primera persona el rudo mundo en el que le ha tocado vivir, la fugacidad de la vida, la tragedia que supone una muerte cercana, el valor de la amistad y el amor, la fuerza de la sangre, la importancia del coraje y el arrojo, así como de la inteligencia y la templanza, la libertad.

 

Criado en el Islam y hermano del futuro rey de Pamplona, de credo católico, tratará de imponer sentido común en una sociedad extremadamente rígida, enfrentada por la fe. A través de las intrigas, de los reproches, de las escenas de gobierno y de diferentes batallas, tendremos la oportunidad de viajar en el tiempo para vivir el siglo IX y empaparnos de sus costumbres y sus tradiciones, de sorprendernos con sus avances científicos, de maravillarnos al recorrer las principales ciudades de un reino desconocido, desde un punto de vista opuesto al que todos tenemos como referente histórico, el que recogemos tras los pasos de un hombre de piel aceitunada y corazón leal, que fue estimado como el tercer rey de Hispania.

 

Intuyo que su autor ha destinado cantidades ingentes de su tiempo a documentarse para componer esta historia, a tenor de la multitud de datos, de documentos, de descripciones y de notificaciones reales, de canciones y versos de la época, así como de las decenas de personajes históricos que van y vienen, que cruzan sus caminos con los del protagonista, algunos para engrandecer su figura, otros para aniquilarlo.

 

Personalmente, considero que es una novela muy interesante por la complejidad y, a la vez, la armonía de cualidades con las que se ha dotado a los personajes principales, por la capacidad de introducirnos en la historia desde las primeras páginas y no dejar que la avidez por continuar al capítulo siguiente se diluya.

 

.Mi único pero haría referencia a los episodios bélicos, que si bien están brillantemente documentados, a mí, que me gusta sentir el fragor de la batalla y las gotas de sangre salpicadas cayéndome por la cara, me hubiese gustado verme involucrado mucho más en las diferentes contiendas que se suceden durante toda la historia.

 

Con una prosa cuidada y agradable, cargada de de topónimos y términos de la época, expresados como seguramente el propio Musa los pronunciase en vida, Carlos Aurensanz, se adentra en el inhóspito y siempre difícil mundo de la escritura. Editada por Ediciones B, “BANU QASI, LOS HIJOS DE CASIO” es su primera novela y, a buen seguro, no será la última.

 

Denunciar
Artículos publicados: 64
 - 5 -  6 -  7 -  8 -  9 - 



Portal de blogs literarios, comunidad literaria, y foro literario - Libro de Arena

General 178 libros

LITERATURA JAPONESA 6 libros



Ayuda | Contacto | Condiciones de Uso | Política de Privacidad



2014 © librodearena.com