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La Ínsula Etérea

"Caer, levantarse, insistir, aprender"


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El sótano

-¿Vas a decirme qué te pasa?


-No.


-¿Por qué?


Amanda torcía el gesto mientras, con su pequeña cuchara de mango rosa, hacía remolinos en la leche caliente, inundando las asoladas costas que suponían los bordes dorados de unos pedazos de galletas. Luchaban por permanecer a flote pero la corriente era cada vez más y más poderosa, descargando una y otra vez sobre ellas y bajo ellas, hasta que las ablandó tanto que comenzaron a dividirse en pequeños fragmentos empapados que chocaban unos contra otros, para acabar desapareciendo ante los ojos resueltos de la niña, quedando confinados en el fondo del cuenco.


-Porque no.


Amanda se llevó la mano derecha al vientre. La pasaba con delicadeza, primero de abajo arriba, poco después en círculos.


-¿Pero por qué no? Anda hija, que me tienes harta ya con tus tonterías eh… ¿Es ese monstruo que dices que hay debajo de la cama? Venga cariño, si sabes que papá lo capturó y lo tiene encerrado en un lugar secreto…Vamos, sube a tu cuarto y vístete, tenemos que ir al cole.


La madre salió de la cocina con el cesto de la ropa sucia y Amanda fue tras ella. Se separaron en el pasillo. Su madre abrió la puerta del sótano donde se encontraba la lavadora y descendió a través de las escaleras hasta que Amanda le perdió de vista. La niña quedó mirando al fondo del sótano desde el umbral de la puerta con la mirada fija en ninguna parte, la expresión extraña, como si el ser de la niña no acompañase a su cuerpo. Descubrió su vientre levantándose la camiseta del pijama y sonrió. Las heridas se habían curado. Les costó varias semanas de cicatrización pero ya no quedaba ni rastro de ellas.


-Te gané la partida.


Rió inocentemente y se perdió escaleras arriba, rumbo a su habitación.


 


Una tarde, año y medio después de aquella mañana, Amanda hacía los deberes en su habitación, tocaban ejercicios de matetmáticas. El aburrimiento era tal que la niña comenzó a dar varias cabezadas sin darse cuenta. Sin darse cuenta, su cabeza descansó sobre la mesa, con la sien apoyada en su antebrazo.


De pronto, un extraño ruido la despertó.


Fue una sucesión de varios golpes sobre el suelo, metálicos, hondos, intensos, como el caer de unas cadenas sobre un firme entarimado. Amanda permaneció quieta, sin ni siquiera levantar la cabeza de su lecho. Fijó su vista en el techo para no distraerse y agudizó el oído.


Volvió a escuchar de nuevo los mismos golpes.


Sin motivo aparente, recordó al monstruo del armario que la había acechado hace tiempo. Había transcurrido tanto desde entonces que ya casi lo había olvidado. Sin embargo, ahora, cerraba sus ojos y volvía a ver aquella mirada penetrante que la observaba desde ningún sitio. Creía que había crecido lo suficiente, que ya nada le haría temer por su integridad en su propio hogar.


Una vez más, los golpes se repitieron. Entonces, se dio cuenta del engaño en el que ella misma se había envuelto y de que, quizá, todavía era demasiado niña para haberles dicho aquella tarde a sus padres que no le importaba quedarse sola en casa, que no se preocupasen por ella.


Abandonó la silla de estudios y buscó en los cajones de la mesilla una vieja linterna con la que leía historias de fantasmas al acostarse. Pulsó el botón y al instante un haz de luz atravesó la habitación. Satisfecha por comprobar que funcionaba correctamente, Amanda se armó de valor y descendió a la planta baja de la casa.


Nada más pulsar con la punta de su zapato en la primera lámina de roble del parquet, escuchó varios pasos seguidos, cortos y ligeros, como si alguien corriese a esconderse en algún extraño escondite, procedente del sótano. La niña se miró en el espejo de la entrada sin hacer ni un solo movimiento, esperando una nueva señal.


Asió el pomo de la puerta de acceso al sótano y lo giró levemente a la vez que hacía lo propio con la llave sobre la cerradura. Al empujar, la puerta se abrió con extrema facilidad, dando paso a un extraño olor fétido y podrido, que a punto estuvo de hacer vomitar a Amanda.


¿Sería alguna trastada de Botines? pensó.


Apunto estaba de bajar el primer peldaño de las escaleras cuando escuchó un fuerte golpe, seco y amartillado, procedente de la cocina. Permaneció durante unos segundos agarrando la puerta y, finalmente, cerró la puerta con llave tras de sí para ver qué había ocurrido ésta vez.


Al fin y al cabo, reflexionó, nada podría escapar de allí, quedaría encerrado hasta que ella tuviese un respiro.


Al entrar en la cocina, varias cacerolas cayeron al suelo tras de una mancha oscura que Amanda no pudo reconocer. Tragó saliva intentando mantener la calma y buscó a ciegas, tanteando con los dedos, el pulsador del fluorescente de la cocina. Después de varios destellos, la luz fría y metálica del tubo de gas asoló todos los rincones visibles. Tras la mesa, escuchó un sonido muy familiar, similar al que emite una bolsa de plástico al ser abierta, y un chirriar acerado. Al sortear la primera silla mientras miraba a través del hueco abierto entre patas, pudo ver parte del cuerpo de un pequeño ser, cubierto de un fino pelo azabache. Adivinó también algo parecido a unos colmillos finísimos y retrocedió dos pasos, asustada. Abrió el cajón de los cuchillos y tomó uno de los más grandes, el de trinchar carne. Amanda pudo ver en el reflejo de la hoja su mirada aterrada y precipitó el cuchillo hacia el suelo, tratando de contener su propio miedo.


Soy mayor, soy mayor… se animaba.


Dio varios pasos de puntillas y saltó de golpe para ponerse frente a aquel extraño ser. Gritó con fuerza, zarandeó el cuchillo por encima de su cabeza y puso la cara más desagradable que pudo gesticular.


-¡Botines!- chirrió entre dientes. El gato, que calzaba unos calcetines blancos que destacaban sobre su pelaje negro, maulló sorprendido y corrió como perseguido por el diablo, zigzagueando entre las patas de las sillas y la mesa, y saliendo por la puerta. Cuando se supo a salvo, desde el recibidor, miró atrás para comprobar que la más pequeña de sus dueños reía a carcajadas sentada en el suelo, con la espalda apoyada sobre la puerta del lavavajillas.


Mientras secaba sus lágrimas, Amanda miró a Botines y le pidió perdón. El felino, herido en su orgullo, agachó la cabeza y desapareció a través de la puerta del sótano, escaleras abajo.


Jejeje, y pensar que venía de nuevo el amigo de debajo de la cama…, se dijo. Cuando vengan mis padres será mejor que no les cuente nada, si no pensarán que todavía no soy lo suficientemente responsable como para cuidar de mí misma.


Amanda se levantó del suelo, dejó el cuchillo en el cajón y abandonó la cocina. La puerta del sótano se encontraba abierta.


-Un momento – dijo con extrañeza - ¿qué hace esta puerta abierta si la había cerrado con llave?


En ese instante, la puerta del sótano se cerró súbitamente y Amanda dio un salto hacia atrás, cubriéndose la cara. No daba crédito a lo que veía. Se pellizcó los brazos pensando que estaba soñando, y cuando el dolor fue suficiente, dejó de hacerlo y se encogió de hombros sin saber qué hacer. Se acercó poco a poco a la puerta y, cuando estaba a punto de tomar el pomo, éste comenzó a girar a un lado y a otro, despacio pero ininterrumpidamente. Amanda se llevó los dedos a la boca y los mordió para acallar un grito pero la puerta no se abrió e, instantes después, el picaporte dejó de girar. Durante unos segundos, el silencio protagonizó la escena. Amanda se aproximó nuevamente a la puerta y apoyó su cabeza en ella, tratando de escuchar algún sonido otro lado. Nada. Permaneció así durante un inacabable minuto y, justo cuando iba a desistir, escuchó un susurro menguante, un lamento. Se escuchaba lejano, al fondo del sótano, y Amanda fue arrodillándose para oír mejor hasta quedar con sus rodillas desnudas apoyadas en la tarima, con los bordes del vestido envolviéndola como una campana.


Escuchó varios maullidos, seguidamente varios pasos que correteaban. Extraños golpes se oyeron a continuación y, de pronto, un nuevo maullido, esta vez extremadamente agudo y doloroso, que fue decreciendo en intensidad hasta ser engullido por el silencio.


-¡Botines! – clamó Amanda.


La puerta a punto estuvo de venirse abajo cuando fue golpeada con extrema violencia desde el otro lado. Amanda gateó hacia atrás con los ojos exorbitados y las manos tapándose los oídos. La llave saltó de la cerradura y quedó tendida a los pies de la chica.


Se hizo el silencio.


Amanda permaneció sentada sobre sus tibias, impotente. Decidió abandonar la casa y marcharse a casa de alguna amiga. Si sus padres regresasen, les diría que había ido a recoger algún trabajo de la escuela. Se había rendido.


Subió a su habitación, recogió el abrigo fucsia, se cepilló ligeramente el pelo en el cuarto de baño y bajó las escaleras. Frente a ella, la puerta del sótano se abrió suavemente, invitándola a pasar. Amanda se quedó atónita. Por un momento, pensó en salir corriendo y no regresar nunca más hasta tener constancia, policial incluso, de que allí abajo no había nada ni nadie. Sin embargo, irreflexivamente, creyó que lo que allí hubiese se estaba pasando de la raya, su juego había llegado demasiado lejos y, contra todo pronóstico, decidió plantarle cara.


Encendió el interruptor de la bombilla de acceso al sótano y miró al final de las escaleras. Todo estaba como de costumbre: dos neumáticos gastados apoyados sobre la estantería de la conserva, la bicicleta de paseo de mamá y papá, productos de limpieza, botes de pintura y disolventes apilados en estantes junto a la escalera… Nada parecía haber cambiado conforme al último recuerdo que ella tenía del lugar, a pesar de que no solía bajar allí.


Amanda pisó el primer escalón de madera, que cedió ligeramente a su peso, crepitando. Al llegar al segundo, la bombilla parpadeó unos instantes y se apagó, al tiempo que una risa sibilina y diabólica se propagó en la estancia. La chica se dio media vuelta y de un salto alcanzó el rellano. Fue a la cocina, tomó la linterna con las manos temblorosas, la encendió y regresó al sótano.


Sometida al haz de luz, la visión que devolvía la sala era muchísimo más lóbrega y siniestra. Amanda comenzó a bajar escalones, y la silueta de sus coletas y su vestido componían una estampa grotesca, más aún cuando era tan sólo una niña la que se disponía a enfrentarse a sus miedos infantiles.


-No hay nada Amanda, ya eres mayor, no existen los monstruos..., repetía constantemente, en letanía.


Entre escalón y escalón de madera, quedaba un hueco abierto. Al paso de Amanda, un brazo de piel extremadamente lisa y tersa acabado en garra y uñas negras agarró un pie de la chica y tiró con fuerza, precipitándola escaleras abajo. Todavía dolorida por el golpe, Amanda no percibió la llegada de aquel ser que aguardaba en la sombra, que la agarró por el cuello y lo partió en dos. Una tráquea atravesó piel infantil. Se escucharon estertores apagados y pies golpeando, intermitentes, el caucho de los neumáticos.


Al llegar los padres a casa, la puerta del sótano se cerró sin que nadie reparase en ello. Mientras los adultos llamaban a su hija alegremente comunicando su llegada, un cuerpo inerte era arrastrado en el subsuelo, un reguero de sangre se extendía por el piso.


 



 

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Manifiesto de Arena (Actualizado a las 20.00h. Perdón si falta algun@)


Librodearena.com es un portal de blogs literarios, una comunidad literaria y un foro literario. Está compuesto por cientos de personas que tienen a la escritura y al placer de la escritura como una de las más bellas expresiones artísticas que el ser humano puede alcanzar. Para cultivarlas, todos ellos confluyen en este espacio virtual y único que existe en la red en lengua castellana.


 


En Librodearena.com, cada uno de sus integrantes deposita lo mejor de sí mismo con el único propósito de compartir, con todo aquel que lo desee, sus gustos, sus inquietudes y sus preferencias literarias. Para ello, edifican su espacio virtual, dotándolo de una personalidad propia al incluir imágenes, música, fondos de pantalla, colores textuales… en la medida que nos posibilita el editor del blog.


 


Una vez construido el hogar, cada persona va incorporando sus propias creaciones en forma de post. Trabajos que requieren mucho esfuerzo y sacrificio, a los que se le dedica muchas horas de tiempo para luego mostrarlos con la mayor ilusión y queden expuestos a todo lector que tenga a bien dedicarle un tiempo para su lectura. Para nosotros, cada post es como un hijo: lo mimamos durante su crecimiento, le dotamos de lo mejor que está a nuestro alcance y le soltamos la mano cuando creemos que está preparado para enfrentarse al mundo. Sin embargo, siempre velaremos por su seguridad, que nada les falte y nadie les agreda.


 


De un tiempo a esta parte, venimos observando fallos continuados en el funcionamiento habitual de Librodearena.com: comentarios que no aparecen, post imposibles de publicar, blogs que pierden imágenes, accesos imposibles a la web durante días… Entendemos que esos errores puedan ser debidos a posibles mejoras que los administradores de Librodearena.com estén llevando a cabo para mejorar el servicio pero también es verdad que nunca se ha avisado a nadie, por lo que el malestar generalizado entre los usuarios es consecuencia de la falta de deferencia por parte de los administradores. Nos sentimos ninguneados.


 


A pesar de ello, siendo todos los enumerados problemas que hacen mella en la ilusión por seguir trabajando y escribiendo en Librodearena.com, ninguno de ellos puede verse comparado con el mayor problema al que nos hemos enfrentado: la pérdida de post completos, desaparecidos en el limbo de las arenas.


 


Nuestra intención es seguir donde estamos pero hacerlo sintiéndonos parte importante, valorados y respetados. Perder un post es perder una parte de nosotros mismos y que nadie nos de explicaciones ni resuelva un problema semejante, nos hace plantearnos seriamente el abandono del portal. Sin embargo, es la última medida que consideramos que debemos llevar a cabo, por ello,


 


LOS ABAJO FIRMANTES SOLICITAMOS A LOS ADMINISTRADORES DE LIBRODEARENA.COM LO SIGUIENTE:


 


-         Que realicen cuantas mejoras consideren necesarias para un mantenimiento y un funcionamiento óptimo del portal pero SIEMPRE AVISANDO PREVIAMENTE A LOS USUARIOS que van a sufrir irregularidades, o que el acceso estará cerrado temporalmente, indicando inicio y fin del proceso de reparación o mejora. Así podremos poner a resguardo nuestros post, sobre todo aquellos que hemos publicado directamente en el editor de Librodearena.com y no hemos tenido tiempo de guardar en nuestro pc.


 


-         Que, debido a los últimos acontecimientos relacionados con la usurpación de identidades o mensajes anónimos amenazantes, LIBRODEARENA.COM TOME LAS MEDIDAS NECESARIAS PARA QUE SÓLO LAS PERSONAS REGISTRADAS EN EL PORTAL PUEDAN HACER COMENTARIOS Y ASÍ CADA UNO SEA DUEÑO Y RESPONSABLE DE SUS PALABRAS. Evitaremos así que, cuando la degradación de un comentario alcance la cota del atentado contra la dignidad de una persona, nadie quede impune.


 


-         QUE LA EXTENSIÓN DE LOS COMENTARIOS NO ESTÉ LIMITADA A UN MÁXIMO DE CARACTERES, que vuelva a ser como siempre, ilimitada, para no limitar la creatividad de la persona que cometa.


 


 


Deseamos que nuestras palabras sean atendidas y pedimos una respuesta pública para que todo usuario conozca directamente la opinión que este Manifiesto le merece a los administradores de Librodearena.com


 


 


 






LYNS


WILLOW


EL PESO DE LO LIVIANO


ENLABASILICA


AUREA


TELODIGOSINPALABRAS


BONJOUR TRISTESSE


SAYURILI


PRINCESALIDIA


PUCK


PATRICIA


MEIGA


REBECCA


MANOLY


ERIC


SOLO CON EL ALMA


LECTORADICTO


CGLIMA


MISS LUPANAR


LIBELULAS Y MARIPOSAS


HIKARU


CUENTOS ENCARNADOS


ERICK SARFF


RUBÉN SERRANO


MIGUEL SORIA


NACHOACKS


PRINCESALIDIA


LECTORADICTO


MARINERA


GUEMES


WHO


TEISAL


ESPIDO


HANNAH


EL CABALLERO DE LA ÍNSULA ETÉREA


CARLOS MERCHAN


WARRR


MARGARITA


OJOS VERDES


DREW






SIN FILOSOFIA






BORJA


MARISA


CONCHITA ABUELA NORMANDA


MARIA DEL MAR


ALFONSINA


JECKILL & HYDE


BÖOTES


YVES

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Torerías

Rafael reflexiona sentado en un catre, sueña el éxito, precipita su mente a un vuelo sin propulsor ni timón, dejándose llevar por las corrientes y su suerte. Y, en uno de esos lances, recupera la magia de sus antepasados. Se gusta, se siente, entorna su arte predicando siluetas en redondo con los vuelos de un trapo rancio, manchado de albero y sangre reseca.


La soledad de aquella habitación le invita a encontrarse a sí mismo. Y eso, para un hombre como él, para quien su adolescencia pasó de largo porque no encontró estación emocional de parada y su infancia apenas le acompañó en las tardes de recreo, es una labor dura, muy dura. En ocasiones, insoportable.



Ilustración: Ana Herrero Navarro


Sobre el colchón descansan varios cigarros recién liados. Toma uno en su mano, se lo lleva a la boca, se acerca un chisquero y prende el extremo del pitillo robándole una calada profunda. Espira con rotundidad, absorto en sus ideas y en sus recuerdos. La mirada perdida en la belleza de la chaquetilla, en los alamares de oro y los caireles de seda.


A su mente regresan aquellas tardes de niño, cuando su padre, Fernando Gómez, muñequeaba con la muleta y templaba la embestida pastueña de una erala cárdena en una pequeña plaza de tientas, situada en el centro de un collado, al amparo de pétreos muros naturales, rodeada de alcornoques y jaras en un atardecer anaranjado y caluroso, fruto del estío. Él, encaramado a un vetusto muro encalado, no perdía detalle y se disipaba en los trazos que dibujaba la muleta en el viento, la mirada asentada en la tela, con la misma fijeza que demostraba la erala. Le parecía algo mágico, una sucesión de movimientos medidos para someter la fiereza de un animal bravo, de instintos presurosos, alma noble y corazón guerrero.


El silencio se arrebujaba en la plaza, como lo hacía el viento africano, arremolinado, que llegaba en volandas desde Tetuán, desplazándose brioso por el estrecho, atravesando las columnas de Heracles, empapándose de la fuerza del héroe para desgranarla luego sobre la Bética.


Roto. El silencio se quiebra con el áspero discurrir del percal sobre la arena y por el bufido resoplado de la codicia animal por apresarlo. Los presentes recogen su aliento, entornan sus ojos vivos y contemplan la creación del torero, que improvisa su obra como el artista que traza líneas y lanza pinceladas exactas con su verdad, desde muy adentro, sacando de lo profundo lo que cela en su interior y volcándolo sobre el lienzo con exquisita plasticidad.


Esas tardes son un referente para él, de ellas se nutre, en ellas se baña para encontrar la inspiración que no llega, porque no todas las tardes siente que las musas descienden para mesarle los cabellos, besarle en la frente y aclararle las ideas que le muestren el camino del triunfo, ese que discurre por la senda de lo artístico y lo emocional.


El humo del cigarro anega el ambiente con tonos grises y azulados, creando nimbos de formas caprichosas por encima de la cabeza de Rafael que le confieren un aura especial, casi mística. La última tarde que se vistió en Madrid no tuvo suerte con los toros, no le permitieron lucirse. Eran unos astados que exigían mucha pelea pero él se siente creador, no bregador. El público lo despidió a almohadillazos y aquella misma noche fue muy larga, meditando incluso su retirada. Piensa en su madre y en sus hermanos, en su mujer, Pastora, que se encuentra en el Teatro Maravillas de Madrid ultimando su espectáculo flamenco. Muchas vidas importantes por las que luchar, por las que no puede venirse abajo.


Llaman a la puerta con un tintineo de nudillos. Rafael da permiso para entrar. Aparece el mozo de espadas seguido del resto de su cuadrilla:


-Maeztro, ya é la ora.


Rafael asiente pero no habla. Se levanta de la cama, se abrocha la camisa, toma el corbatín, lo anuda en torno a su cuello y lo ajusta ceñido. Con la ayuda de su gente estira las medias, se abotona la taleguilla y la sujeta con los tirantes, se faja el chaleco, se calza las zapatillas y, finalmente, se atavía la chaquetilla. Lanza un último vistazo a través de la ventana, mirando al cielo azulado, buscando en la lejanía los buenos augurios y las mejores suertes, como si fuesen tangibles o se pudiesen alcanzar con la mirada. Aprehende en su mano la montera, que guarda en su envés la imagen de una virgen trianera, la del Carmen, se santigua bisbiseando una letanía, la montera apoyada sobre su pecho, sale de la habitación, cruza el pasillo, se despide de la señora María, dueña de la posada, y marchan, a pie, hasta el coso de la Fuente del Berro.


Al cruzar El Retiro, se levanta el viento y embrolla el cabello de Rafael, que tiende su mano sobre su cabeza a modo de peine. Un anciano que vende tabaco apostado junto a su carrillo cerca del patio de cuadrillas, observa la escena y le dice:


-Maestro, hoy es su día de suerte.


El torero, que todavía arrastra, aunque las calla, multitud de dudas, le pregunta:


-¿Y usted por qué cree que yo voy a tener suerte después de lo de la última tarde?


El anciano, se acerca al coletudo, prende con sus manos la izquierda de Rafael y le contesta con una sonrisa:


-Eso no era viento, le acaba de caer encima el duende, hágame usted caso.


El Gallo no dice nada. Sonríe amablemente, preguntándose si aquel hombre es un sabio o quizá un loco, y acude presto al amparo de la capilla.


Aquella tarde y con el público totalmente en su contra, salta al ruedo en último lugar un toro de nombre Jerezano y trapío madrileño. Rafael El Gallo borda el toreo en todos los tercios, consigue hacer olvidar a los aficionados la última tarde, los emociona sobremanera y consigue uno de los éxitos más importantes de su carrera.


Mientras era ovacionado y llevado en volandas a los exteriores de la plaza, conducido por derecho a través de la Puerta Grande, El Gallo buscó con la mirada, entre el gentío que le aplaudía y le vitoreaba, el puestecillo del anciano que vendía tabaco más no lo encontró. Le hubiese gustado agradecerle sus palabras pero fue imposible. Guardará en el recuerdo, hasta el fin de sus días, ese rostro ajado por los años y esa voz gastada que le hizo entender que el viento podía transformarse en duende, aquella sonrisa que le devolvió la confianza y la fe en él mismo.


 

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Último, para variar...

Hace ya algún tiempo surgió una sentida cadena de sentidos a la que fui nominado por varias personas, entre ellas unas grandes areneras como son Lyns, Hintriga y L.K.H. Recupero para la ocasión, porque creo que se acopla perfectamente a lo propuesto, un antiguo post que, casualmente, se titulaba "Sentidos".


A estas alturas de la partida, supongo que ya no habrá arenero que no haya sido nominado, así que lo mejor será dejar las nominaciones desiertas porque el paisaje está anegado.


Se lo dedico a ellas, por tenerme en su recuerdo.


 


¿Cómo verte y maravillarme con tu belleza, si no te encuentro?


¿Cómo cabalgar a través de la cadencia de tus palabras y la dulzura de tu voz, si no te escucho?


¿Cómo saborear tus besos y tu piel, si no puedo degustarte?


¿Cómo oler la fragancia de tus cabellos y embriagarme sólo con deslizarme sobre tus poros, si no te huelo?


¿Y cómo sentir tu mano que me tranquiliza, que me apoya y me da cobijo con su abrazo, y recorrer tu frente, dibujar tus ojos, bosquejar tu nariz y trazar tu boca y tu ser entero, si no te siento?


¿De qué me sirven los sentidos cuando no estás a mi lado?


¿Qué sentido tienen cuando no pueden ejercer para lo que me han sido dados?


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Carta de despedida

Queridos papá y mamá:

Estas son las últimas líneas que escribo en esta vida. Dudo de que exista otra y, en caso de existir, desconozco si allí tendré acceso a lápiz y papel y si, en todo caso, os harán llegar lo que desde allí escriba para todos.


Aprovecho pues esta ocasión para despedirme de ustedes, de mis hermanos y hermanas a los que quiero y a las que adoro. Despedirme también de la abuela Candelas por taparme mis secretos, ella ya sabe a qué me refiero. Siempre soñé con cardarme el pelo a sus años de la misma manera que lo hace ella. Hoy he cumplido la promesa antes de tiempo. Obligaciones del guión impuesto. Sé que el cardado desluce sin canas pero qué le vamos a hacer, era o esto o nada.


Despedirme también de Antonio, el hijo de la Paquita y el Pablillo, “los motileros”. Aunque las cosas no se hacen así y las presentaciones deberían ser de otra manera, bien es verdad que las cosas no vienen como nos convendría sino como ellas gustan y debemos adaptarnos. Decidle que le amo, que mi corazón será suyo eternamente, pero que rehaga su vida, si es que se lo permiten, que se olvide de utopías si no quiere acabar como yo y, sobre todo, que sea feliz. No le guardaré rencor. Todo el tiempo que estuve a su lado me hizo feliz y eso es lo que realmente me importa y lo que me llevo. Besos.


Esta noche, o quizá mañana, quién sabe ya, no somos dueñas de nuestro destino, nuestra vida desaparecerá del planeta y en adelante sólo seremos recuerdo. El cuerpo será tierra pero les suplico que guarden nuestra memoria, la mía y la de mis compañeros, que morimos inocentes por tener un pensamiento disidente que, si bien no es el impuesto, sí al menos merece el derecho a ser tenido en cuenta. Porque nuestro pensamiento, equivocado o no, es acallado con el sonido de las balas, oculto a las miradas tras una colina, o una simple pared de ladrillos quizá… ¿Qué más da? Al fin y al cabo, el método no hace menos cruel la muerte de los inocentes.


Vuestra hija no muere por hurto, ni es condenada por delito alguno. No. Muere por el capricho de la locura desatada, por las envidias entre vecinos y la lucha de clases.


Madre, cuide de padre y de mis hermanos. Cuídese usted misma y siga enseñándoles a vivir, pues usted no sabe firmar, ni leer ni escribir, pero sabe tanto de la vida como jamás cincuenta vidas de ellos conseguirían asimilar.


Hermanos y hermanas, obedeced a vuestros padres, todo lo que hacen y dicen es por vuestro bien, cuidad de ellos, ayudadles en el campo y dadles fuerza en los momentos bajos.


Padre, la cabeza alta y la dignidad entera, nada tiene de qué avergonzarse. En todo caso, de haber avivado a una mente libre si acaso eso es delito. Al parecer lo es.


Os pido a todos que no me olvidéis, si mi recuerdo perdura no moriré jamás.


Vuestra hija, vuestra hermana, vuestra nieta y vuestra novia, que os quiere y os llevará con ella en su pensamiento hasta el último suspiro.


Y si existe vida más allá de la muerte del cuerpo allí os espero, cargada de regalos y dispuesta a recompensaros por los besos que no os dí en esta amarga despedida.


Vuestra, siempre.


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La Libertad y la Dignitas

El 10 de diciembre de 1948, la Asamblea General de las Naciones Unidas aprobó y proclamó la Declaración Universal de Derechos Humanos, cuyo artículo 1 dice así: "Todos los seres humanos nacen libres e iguales en dignidad y derechos y, dotados como están de razón y conciencia, deben comportarse fraternalmente los unos con los otros."


El pasado día 10 de julio, en una clínica suiza radicada en Zurich llamada Dignitas, un matrimonio inglés de 85 y 74 años, decidieron libre, cabal  y conscientemente que su vida debía terminar y que, además, querían morir juntos, pues juntos habían vivido desde hacía más de 54 años.


Escogieron el camino inverso a la vida pero lo escogieron haciendo uso de su libertad como seres humanos libres, dotados de razón y conciencia. Su voluntad fue respetada y, aunque es duro, un grupo de hombres y mujeres pasaron por alto la moralidad, la religión y todas aquellas cuestiones que tratan de limitar de cualquier modo la libertad de decidir sobre uno mismo, para hacer realidad el deseo de una pareja de ancianos enamorados: morir dignamente cuando ellos lo decidiesen.


Porque la vida de uno mismo sólo pertenece a ese uno y porque nuestra libertad comienza donde comienza  nuestra propia conciencia, vayan mis respetos para el matrimonio porque han visto cumplido su último deseo sincero y para el equipo de la Clínica Dignitas por creer en la libertad total, sin agujeros ni dobles fondos.


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24 de abril, mi Día del Libro

Quedaban unos minutos para que diesen las dos de la tarde pero yo todavía andaba discutiendo con el director de la oficina bancaria una serie de comisiones que amenazaban con estrangular la pacífica convivencia entre él y yo.


Hay que ver lo complicado que resulta, cada día más, negociar a la baja unas comisiones a todas luces abusivas. Más si cabe cuando, después de lanzarte un continuo bombardeo de despropósitos que hablan de moral, verborrea de sillón de cuero oscuro y BMW de renting que hace años, cuando todo marchaba viento en popa a toda vela parecían tener guardada en lo más profundo de sus sótanos financieros.


Ahora no, ahora la pelota estaba en mi tejado y estaba dispuesto a jugar un match ball definitivo que acabase con él sin contemplaciones. Así lo hice y salí victorioso. Por una vez, ganaba la partida el que no tenía las cartas marcadas.


Salí de la sucursal y, yendo en dirección a mi coche, crucé el mercado semanal como de costumbre, saludando al quesero, felicitando al frutero por su paternidad – de aquello hacía ya casi cuatro meses, pero ver cómo todo el cansancio acumulado del día se disipaba al esbozar una sonrisa me hacía repetírselo semana a semana –.


Junto a un puesto de camisas, había otro que vendía libros. Era veinticuatro de abril, y sabía que no tenía la misma gracia que el día veintitrés pero como el día anterior no había tenido tiempo ni para pensar en qué libro podría comprar, me acerqué allí para comprobar la calidad del producto, como aquel que controla el tamaño, el color o la madurez de un melocotón.


La mayor parte de aquellos libros eran de segunda mano pero estaban bien cuidados, expuestos cuidadosamente y catalogados sobre un gran tablero de madera por contenidos temáticos.


Al frente de esta librería ambulante no había nadie salvo un chiquillo de ojos risueños, carita curiosa y morena y corta estatura. Su cabello descuidado se desparramaba sin orden por su cabeza y el viento jugaba a alborotar su flequillo desordenado. Posiblemente tendría diez o doce años y me pregunté qué hacía allí.


Le interrogué por el dueño del puesto para conocer el precio de los libros y me dijo que había salido a coger la furgoneta para comenzar a recoger el puesto. Decidido, me aseguró que él mismo podía atenderme sin problemas y que preguntase cuanto quisiese.


De acuerdo, le dije con gesto serio, tratando de esconder mi sorpresa por su desparpajo. ¿Cuánto vale éste libro?, le pregunté mientras le mostraba uno que llevaba por título “Las cloacas del Vaticano”


Rápidamente me contestó, Todos los libros valen lo que usted quiera, se venden por la voluntad pero normalmente la gente nos da uno o dos euros por cada uno.


-¿Y cómo es que un chico como tú está aquí en lugar de en la escuela?


-Porque tengo que ayudar a mi papá, se quedó sin trabajo y vendemos estos libros para una NG.


-¿Una NG?- volví a preguntar extrañado.


-Si, es un lugar en el que nos dan ropa y alimentos por ayudarles con la venta de libros para costear sus gastos.


-¿Entonces no vas nunca a la escuela?


-Sí, pero los viernes voy con papá a vender, necesita ayuda. Pero no se preocupe, en la escuela saco muy buenas notas, no se crea. – El muchacho sonreía orgulloso de sí mismo y se reafirmaba asintiendo con la cabeza – Solo que leer no se me da muy bien. De mayor quiero ir a la universidad, sabe…mi papá dice que quiere que sea especial.


Continué mi repaso a los libros y fui eligiendo varios que me llamaron la atención hasta completar un quinteto. El resto de puestos comenzaban ya a ser desalojados y decidí marcharme de allí. Saqué mi cartera y sólo encontré un billete de cincuenta euros. Miré al niño, que a su vez no me quitaba ojo de encima mientras se dirigía a la caja donde guardaba los cambios.


-Tome una bolsa para los libros – me dijo mientras extendía su pequeño brazo hasta mí.


Guardé los libros y fui a entregarle el billete pero me detuve.


-¿Tienes un lápiz? – le pregunté.


-Sí, tome, lo tengo aquí en la caja de los cambios para hacer las cuentas.


Escribí una frase en el billete y se lo entregué. Seguidamente le hice jurar que haría algo por solucionar su problema con la lectura, que no podía ser posible que a alguien tan listo como él, rodeado de libros durante todo el día, todos los viernes del año, se le atragantase la lectura. Él asintió y, justo cuando me despedía, el que parecía ser su padre hizo acto de presencia. Le saludé y le felicité por ser el progenitor de un muchacho tan despierto.


-Mira papá, ha comprado cinco libros y me ha pagado con esto.


-Pero Manu, ¿no le has dicho que nos suelen dar uno o dos euros? – le preguntó el padre algo avergonzado.


-No se preocupe – intervine – imagine que he pagado cinco o diez euros por los libros, el resto se lo regalo a Manu. Pero por favor, guárdele ese billete. Adiós.


El padre miró con el ceño fruncido el billete y, después de girarlo unas cuantas veces, se percató de lo que había escrito:


SI PUEDES LEER ESTO SIN EQUIVOCARTE Y DEL TIRON, YA ERES ESPECIAL


 


Ya se que no es la mejor historia que contar para el Día del Libro, sobre todo porque no ocurrió aquel día pero quería compartirla con vosotr@s, sobre todo porque fue real.


 

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Dios se durmió

Como tengo bastante trabajo en la oficina y apenas tengo tiempo para imaginar historias, se me ha ocurrido recuperar este pequeño microrrelato con el que conseguí en la primavera pasada un galardón en Madrid (en mayo, durante la Feria del Libro). Consistía en crear una historia que introdujese la cifra 1.808 en su contenido.


Espero que os guste.


 


Cuerpos inermes inundan el paisaje. La piedra llora sangre inocente. Conversan.


- Mi sargento, ¿está seguro que hacemos bien cercenando la vida de las gentes del pueblo?

- Nuestro deber es acatar órdenes, no cuestionarlas. ¡Preparen armas!

-Pero sargento, ¿que pensará Dios?

- La Providencia nos ha enviado a Madrid para obedecer las órdenes del Emperador, pues su palabra es la palabra de la misma Providencia. ¡Apunten!

- Y dígame sargento, ¿cómo sabemos que Dios accede a la voluntad del Emperador? Más bien parece simple venganza sanguinaria.

- ¡Soldado! Intente creer que tal día como hoy, 3 de mayo de 1.808, Dios se durmió. ¡Fuego!


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