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carlosmerchan


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De Kafka y lo kafkiano


 



 Franz Kafka concentraba todos los terrores nocturnos en su semblante quebradizo, como de pájaro. Todo el hormigón y el acero, el frío fantasma de la guerra, los mataderos con su acre olor a víscera, todo el horror del siglo veinte los llevaba Kafka sobre su caparazón de escarabajo.


   De estos terrores salieron algunos libros, pero sobre todo dos que describen, en un ambiente denso, amarillo, de pesadilla el absurdo, la deshumanización, la irracionalidad.


  En “La Metamorfosis”, un anodino viajante se despierta convertido en un monstruoso insecto. En “El Proceso”, un hombre es detenido y ajusticiado sin que en ningún momento se le expliquen los motivos. Desde entonces, como ustedes sabrán, a las situaciones absurdas o irracionales se las llama  kafkianas. Y kafkiano, muy kafkiano veo yo a este des/Gobierno. El señor Pe Punto, flamante líder del partido en el poder, que intenta maquillar su mala imagen cortándose la calva y el primer apellido (¡pobres Pérez, hijos de Pero!) para salir en la foto, sigue por sus fueros y sus absurdos. Se gasta una pasta gansa en pegatinas para ahorrar combustible. Esto, en mi pueblo, es una victoria pírrica en versión economía o sea que, lo comido por lo servido, que reza el casticismo. Menos mal que dio marcha atrás porque yo ya tenía  medio enjaezado a “Manolín”, el asno muleto de mi tío Jacinto para irme a Salamanca sobre sus lomos este agosto porque, atravesar España de este a oeste pendiente de la agujita  de los cojones (perdón) en un choche de ciento y pico caballos, debe ser con diferencia, bastante más agotador que cabalgar un rucio.


  Otro buen montón de los mortadelos de todos se ha gastado Pe Punto en colocar a la señorita Aído. Sí, sí, la misma ministra que no hace tanto y haciendo un alarde de su indiscutible sapiencia científica y aún teológica y antropológica afirmaba que un feto no es humano y que abortar es talmente como ponerse tetas (creo que la señorita Aído no se perdió ni una película de la saga “Alien”, y que la famosa escena del bicho saliendo de la tripa de no sé quién, fue el punto de arranque de sus muy fundamentados análisis) Pero la colocó. Y con un sueldazo de no te menees  en la Agencia de la Onu para la Mujer, organismo que no suena mal del todo, pero que nadie sabe para qué sirve.


  Aunque la última, que será la penúltima como dicen los recalcitrantes bebedores de lunas y de farras del kafkiano Pe Punto es afirmar que tiene la solución para acabar con el paro. ¡Agárrame esa mosca por el rabo! Pero, ¿¡Cómo que tiene una solución para acabar con el paro!?  ¿¡Y a qué coño espera para pregonarla a los cuatro vientos, hacer tres días de fiesta nacional y, sobre todo, decir en qué consiste y ponerla en práctica!?


  Esto ya va más allá de los límites de lo kafkiano, esto es un insulto, una broma macabra, una felonía que no tiene perdón de Dios. ¡Socialismo real, ya!, del de verdad, del que era obrero y español, el de toda la vida, mucho antes del felipismo que, otro que tal baila. Entre el carisma y el talante “ens han fotut vius, tu”.


 

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Mi primera individual en Alcoy


 



Bien. Pues aquí me tienen otra vez dándoles a ustedes la murga con mis historias. Por si no fuera poco que les reboce mis alucinaciones por la cara todos los domingos, ahora, (voy a hacer uso y abuso de un descarado autobombo publicitario) les reúno mi mundo o mi inframundo, que hasta ahí no llego, en una exposición que se inaugura el lunes, o sea, mañana, día cuatro de julio a las ocho de la tarde en el Círculo Industrial (que Sant Jordi me coja confesado o cuando menos almorzado)


Ya he dejado dicho en más de una ocasión, muy sentidamente y huyendo de todo peloteo, pasteleo o enjabonamiento que esta década en esta ciudad me ha deparado sorpresas, agradables todas, que rozan el mundo de los sueños, por no decir que los sustituyen. Pues sueño antiquísimo, por ejemplo, es esto que estoy haciendo ahora mismo: escribir para un periódico. Alcoy es un hervidero de cultura y uno, que siempre ha sido más de espíritu que de materia y que se ha movido siempre entre los esqueléticos ángeles de lo efímero y las dulces nieblas de lo perecedero, aquí me he sentido como en casa desde el primer día. Alcoy es una entelequia, como todas las ciudades. Su gente, no. Y de su gente quiero hablar. Gente creativa, emprendedora, con unas fieras ganas de vivir y de agradar, gente que te llama por tu nombre y lo recuerda. Voy a caer en la tentación de hacer la nómina de un nutrido grupo de esa gente que sin que ellos lo sepan, me ayudan todos los días, con un simple gesto, un consejo o una sonrisa y sin cuyo conocimiento, lo más fácil es que esta exposición no se hubiera celebrado. El peligro de la nómina es que te dejes fuera imperdonablemente a alguien. Aún así, corro el riesgo:


 Manolo Arjona el insobornable, Manolo Antolí, el maestro, Ignacio Trelis, el dandy entrañable, el humilde Eugenio Mayor, el humildísimo Mario Agulló, el dicharachero Domingo Millán, el taciturno Eduard, Juan Antonio Recuerda, el pianista que percute teclas y almas, Xavi Mira, el pedazo de actor, José Antonio Blanes el del adjetivo oportuno, Pepe Ferrer, de sorna también insobornable y vecino de “Ciumenge” (a ver cuándo me presentas a la prima, ¡redeu!) , Begoña Mira, la dulce voz de Alcoy, Rafael Silvestre y Jesús del Valle, mecenas, José Martínez, novelista en ciernes, Josep Albert Mestre, la mismísima imagen del magisterio sin oropeles (q.e.p.d), Paco Barrachina, pura hierba, puro Levante, Miguel Peidro, la veladura blanca, Jorge Sellés, el mar, ( q.e.p.d) Jordi Sellés,  el dibujo certero, Isabel Valenciano y Paco Camacho, que me tienen tanta ley  como yo a ellos, José Borrell, el lírico merodeador de carnaciones, Ismael Belda, recio contrabandista de la palabra en piedra y leño (q.e.p.d), Gabriel Tomás (me debes unas clases de fundido, que lo sepas), Rosana Antolí que sin conocerla y conociendo poco de su obra, sé que dibuja como Dios y compone como los ángeles, Calabuig, el honesto, Toni Miranda, la fiesta congelada en fotos, Ximo Llorens, el sabio despistado, Manuel “Chispa”, que me enseñó a mirar la luna desde otro prisma, Antonio, Marcela y toda la legión de buena gente que hace posible la Archicofradia de la Patrona de Alcoy y que tanto regalo me han hecho, Gabriel, honestísimo arqueólogo, Vicent, el cura de San Mauro….se me acaba el folio y el aliento. Me dejo muchos, lo sé, locos entrañables que no sólo pintan, escriben, hacen música, interpretan sino que cada gesto suyo le está metiendo carácter a este pueblo, fuerza, orgullo, identidad, sensibilidad y sentido. Gracias a todos, los que están y los que no están. ¡Que Dios reparta suerte y va por ustedes!


 


(Para publicar en el diario "Ciudad de Alcoy",  el  domingo 3 de julio de 2011)

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Pepe Luis el exhumador


 



“Mil años tardó en morirse pero,


por fin, la palmó. Los muertos del cementerio


están de fiesta mayor”.


“Adivina, adivinanza”


Joaquín Sabina.


 


 


  A esta cuchipanda de la memoria histórica le faltaba el aldabonazo definitivo  ¡Joer Pepe Luís, qué remate de legislatura! A mí esto ya me viene sonando a esperpento, a espejos deformantes, a las barbas de Don Ramón, tras de cuyas sombras se descojonaba de la risa mientras orinaba sangre y buenas copitas de ojén (también me suena haber escrito esto mismo no hace tanto) Hay que joderse. Un país hecho ceniza, malos sueños, hipotecas que te atrapan o se te meten directamente por salva sea la parte, desahucios, la peña en la calle, encabronados, hambrientos mil que huyen de España como de la peste con cuatro nociones de alemán o de inglés en la mochila, mendicantes de trabajo ( lo que sea, oiga), empresas que cierran, heridas profundas que se abren, carnes en canal que somos los españoles hoy por hoy y al notas no se le ocurre mejor solución que acabar (y acabarse) meneando unos huesecillos. ¡Joer, Pepe Luis, qué huevos tienes!


  El megalómano Pepe Luís se empeñó en pasar a la historia. Y lo bordó. Lleva ya unos años cabalgando a lomos de la historia universal de la infamia. Intentó ganar una guerra fantasma (la civil, ni más ni menos), intentó la tercera república (¡ay, si Hazaña levantara la cabeza!), intentó acabar con el terrorismo justificando medios y faisanes. ¡Ay ese Nóbel de la Paz, que se te va de las manos, tron! El último intento de pillar cacho es patearle el cráneo a un cadáver con gorra de borla. Qué patético resulta, ¿verdausté?, luchar contra el sátrapa cuando de él no queda sino calcio refrito y osteoporosis calcinada, cuando el afrentado lleva la leche de años criando malvas. Este último gesto  de merodear sobre rastrojos de difuntos, de tirarse medallas a toro pasado o cojón visto, ofende gravemente la memoria de los que de verdad  (alguno queda) se batieron el cobre y apuraron el cáliz del miedo hasta la hez, plantándole cara  a don Paco o doña Paca la culona, como prefieran,  que por ambos nombres se le conocía en las calendas en las que de verdad hacía pupa y te daba matarile a la que te descuidabas. Tío, ¡que la guerra la perdimos nosotros y eso ya no hay quien lo mueva! Ninguna de las dos repúblicas funcionó o, por  mejor señalar, acabaron de mala manera, y esas sí que estaban urdidas por tíos con dos dedos de frente, con un bagaje intelectual del copón de la baraja al que ni tú, Pepe Luis, ni tus compañeros y compañeras llegáis ni con cien cous que estudieis (aún estáis a tiempo).


  Mira, voy a darte una idea. Si lo que pretendes es un golpe de efecto (una muestra del poder que ya no tienes, un suponer) para hacerte un huequecillo histórico, aquí va otro juego floral: Si de memoria histórica se trata, búscate los despojos de Pedro I el Cruel que, a juzgar por el sobrenombre, debió ser tan cabronazo o más que ese señor bajito con bigotito en forma.


  La historia hay que revisarla de vez en cuando para no volver a cometer los mismos errores. Revisarla, no removerla. Si la remueves, que es a lo que te has dedicado durante siete años, lo más fácil es que se repita. ¿Lo pillas?


  Deja las tumbas tranquilas y saca a la gente de ese nauseabundo sepulcro que son las oficinas del INEM.


 


Addenda: El tono irrespetuoso de este artículo no es fruto de enajenación pasajera, que está bien meditado. Y no pienso pedir perdón aún a riesgo de que me midan los lomos o me arrimen un lapo de pronóstico los fundamentalistas de oficio. De uno u otro sesgo. Vale.

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Indignados


 





Siglos de indignación campan a sus anchas por la tierra desde que estalló el Big Bang. Poco a poco, la nada nos fue dando forma y nos convirtió en el mono que somos. La Historia nos hizo sucios, brutos y malos. Y la cosa sigue en este plan. Hace veinte siglos de civilización que lo indignante nos rodea, nos aprisiona, nos da el mortífero abrazo de la boa. Vivimos tranquilamente con la indignación en la mochila porque indignante es cada hora, cada segundo de este estúpido devenir en que hemos convertido a los días. Indignante es la furtiva mirada por encima del hombro del que se cree más que tú, indignante el disimulo ante los pantalones meados y la mirada perdida de mi amigo “Chispa”, indignante el poco caso que le hicimos a la gitanita  canastera de la calle San Francisco, indignante pasar hasta el culo de la abuela de pelo lacio y olor de ultratumba que daba de comer y susurraba a los gatos en la plaza de la Cruz Roja, indignantes todas las guerras, el latrocinio de guante blanco, la nueva usura de los bancos, indignantes los genocidios, indignantes las comilonas de los puercos que hacen de la política sus cochiqueras de oro, indignante el miedo a la guerra fría, a la santa, a la bacteriológica y a la mediopensionista. Indignante el dedo acusador de la mirada de un niño que se da cuenta de que ha nacido directamente en la boca del lobo o la niña que grita a la luna envuelta en sangre, mutilados su dignidad y su clítoris , la desigualdad, la mierda de las ideas convertidas en vísceras calientes, el sacrosanto y políticamente correcto derecho a partirle el alma a un feto, el tremendo sudor de una mujer bajo un burka, el hambre que clama al cielo en un continente que tuvo su momento de gloria cuando una legión de señores en calzoncillos le daban pataditas a un balón, triste, efímera gloria para los vientres como balones, hinchados  de raquitismo y asco. Porque esto es África, y tanto, doña Shakira. Indignante el miedo, la genuflexión de alguien que mira las tripas de su coche. Ahora los de las bombas, los destazadores de nucas e inocencias, colapsan ayuntamientos. Este es el único país que es capaz de darle alas a la aberración. Por egoísmo, por untuoso egoísmo, por la cochambrosa inercia  de seguir en el poder (qué tiene el poder que envilece hasta el punto de pagar a quien nos mata). Indignante que ZP siga urdiendo estupideces con el báculo del poder en la mano, calentando poltrona y pasándose por el forro de los cojones a la voz de pueblo. Indignante que una derecha dubitativa, sin ideas y corrupta no suelte prenda y no nos diga a los indignados qué coño va a hacer para sacarnos del estercolero en que nos metió la estupidez  humana. Indignante que, habiendo recursos, el no se cuánto por ciento de la población mundial esté pasando hambre. Pero no desesperemos. Ni la derecha, ni la izquierda, ni toda la mezquindad del mundo es capaz de parar el milagro. Esta mañana he visto una bellísima malva abrirse camino entre dos adoquines sellados con cemento. Un gato cimarrón me miraba con ojos que parecían siglos. En esa malva estaban África, Asia, América, Europa y Oceanía y, si me apuran, la Atlántida.


Aquí les dejo un dignísimo africano indignado.


Yo aún sigo creyendo que hay arena de playa bajo el asfalto. Perdonen la inocencia.


 


(Para publicar en el Diario Ciudad de Alcoy el domingo 19 de Junio)


 


 


 

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Sin título


 


 



  Bien. Pues aquí me tienen ustedes, papando moscas, tirándole redes a las sombras, anzuelos cebados a las luces y pegamento y medio a las medias tintas. Y, que no. Que el jueves se me echa encima (día de la entrega del artículo) y que me aspen si tengo maldita la cosa que decir.


  El articulismo es arte misterioso. Tan pronto te lo ponen a huevo- que hay que ver la de veces que te lo ponen como a Felipe no sé cuántos, que nunca falta un tonto para redondear una comedia, ni un roto para un descosido- como que la cosa pinta en estéril y estás más pendiente de que no te pille el toro que de dar a la prensa algo medianamente aseado, como es el caso. O sea, que como ustedes habrán observado, me dispongo a dar una faena de aliño, que la puerta grande no la veré ni por asomo, según lo más probable.


  Es miércoles. Dibujo con un bic punta fina del Vidal, saludo con cortesía a una araña ventruda que vive en mi estudio,  a la que bauticé con el previsible nombre de Penélope y a la que suelo meter en recebo con alguna que otra mosca desprevenida y me planteo muy seriamente dar con un tema. Pero miren ustedes. Pasan lentos los minutos y no hay tema, ni inspiración y sí un estreñimiento mental alarmante. Pero, ya ven,  burla, burlando, que dijo don Lope, voy con el cuarto de folio dando.


  Uno no acaba de entender la machada de un artículo diario. Martín Ferrand, Ignacio Camacho, Manuel Vicent y tantos prebostes de la colleja literaria, sacándole virutas a la realidad durante todos los días del año, que lo mismo les da un pepino, que un trinque solapado, papeles hechos trizas en bolsas de basura, que el precio de un café, un libelo, que un asentamiento medio tribal en el mismo filo del meollo de la capital. Y es que estos tíos tienen el fino oído del chancho (perdón) y el mirar avizor de la lechuza.


  Bien. Pues yo sigo a lo mío. Mientras escribo, retoco el dibujo que acompaña a esta nadería. Esto de ilustrarse uno a sí mismo tiene su gracia. A veces el artículo nace de un pensamiento o sentimiento huidizo que salta como un conejo mientras dibujo y que, enseguida anoto en la misma ilustración para que no se me escape, lo cual que el texto pasaría a ser la ilustración de la ilustración y no al revés. Bueno, yo me entiendo.


  Hablando de dibujo. Aprovecho el momento para invitarles a todos a la exposición de estos delirios dominicales que tendrá lugar en el Salón Largo de esa casa de mecenas renacentistas (gracias, Rafael Silvestre, gracias Jesús del Valle) que es el Círculo Industrial. Será a partir del cuatro de Julio. Les espero.


  Y a lo bobo, a lo bobo, como don Lopillo y sus aprietos, tengo el folio redondeado y me voy a pintar que me coge el toro y este sí que es un Miura o un Cebada Gago, como poco. 


 


(Para publicar en el diario "Ciudad de Acoy" el domingo 12 de Junio de 2011)

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In ictu oculi


 



 


  Será que mis quince años se han hecho viejos de repente. Uno es el último en darse cuenta de que  las horas pasan una factura apergaminada y  amarillenta. El último en darse cuenta de que, de hoy para mañana, empieza a pensar, a moverse,  a robarle endecasílabos al aire, como un viejo. Parece que nunca va a llegar, cuando te das cuenta de que las manos son el abrojo reseco que siempre tuviste por herramienta tersa, fuerte y capaz.


  Yo iba de la mano de mi abuelo. Esperábamos a que pasara el ferrocarril acodados en el puente. El tren, entonces, era un aparatoso amasijo de hierros y humo y densas tardes de chicharras. Solía ser verano cuando mi abuelo me sacaba de paseo y me acariciaba las manos con sus sarmientos que ahora reconozco como míos. Enseguida que cantaba el primer grillo, a la caída del sol, mi abuelo me llevaba a casa con mi abuela que era el orondo grillo del hogar, la dama oscura, envuelta en lino y sopas, la antesala del negro velamen de la noche y el sueño. Mi abuela me besaba la frente y me daba las buenas noches. Yo acataba la oscuridad y la dulce, diminuta muerte que es dormir, sin rechistar. Mis manos, entonces, olían a mandarina y chocolate. Todo era noche por pasar y tarde de verano desmadejada que vendría y golondrinas histéricas que escribirían corcheas sobre el pentagrama del calor. Los recuerdos de entonces son cuchillos en agosto y un mi abuelo que me miraba, todo pana, boina y bastón, y sonreía.


  Dejó dicho García Márquez, el del premio, que uno es viejo cuando empieza a parecerse a su padre. Esta mañana, yo he visto a mi abuelo en el espejo. Mi abuelo sonreía mientras me quitaba los otoños de la barba, los cañones de pelo helado de mi barba blanca.


  Será que, de repente, mis veinte años se fueron de copas con los minutos, el barullo de minutos y de siglos que me acosan. Ahora vuelven llamando aparatosamente a mi puerta y uno se pregunta ¿Qué fue de mis ebrios, sobrios, sombríos, relucientes veinte, treinta, cuarenta años? ¿Qué fue de mi parra, de mi sombra azul, de mi tapia encalada, del columpio chirriante en un patio donde el sosiego era el alimento de las rosas, el soplo del aire, la cómplice mirada de mis rincones ciegos? ¿Qué fue de la higuera y sus arañas, del lagarto con espinas de crucificado, de la ventana de mi cuarto donde habitaba el rocío y una tímida madreselva?


  Hoy me he mirado las manos y he sonreído talmente como sonreía mi abuelo mientras apuraba su cigarrillo de picadura. Sic transit gloria mundi,


 


 

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Bienvenido Mister Mariano



  La noche del domingo pasado, el domingo de las santísimas elecciones, llegué a casa hecho unos zorros, con hambruna de siglos y agotamiento antediluviano. Hay que ver cómo la linda crisálida de la que hablaba la semana pasada – la urna –, se convierte en un potro de tortura cuando estás catorce horas a su cuidado, que tenía metido el “¡vota!” hasta en el último remoto repliegue del bandullo y unas avariciosas ganas de irme a planchar la oreja.. Ahora que estamos en la era en que se digitaliza todo lo digitalizable, ¿no habrá algún cerebrito que invente un sistema de votación menos rudimentario, un poco más coherente con los tiempos?


   A pesar de todo me quedé un rato con la malsana curiosidad de ver la reacción de los “pepés” en su  gesta triunfal. Don Mariano, por mal nombre “El Callao”, se hizo de rogar más de lo preciso mientras uno daba cuenta de un bocata descomunal y trasnochador. Pero apareció. Y apareció en comandita con Don Alberto, Doña Espe y un par de corifeos.


   Un Don Mariano pletórico y con aspecto satisfecho, todo subidón de autoestima y arropado en loor de multitudes, miraba sin atisbo de contrariedad, ni vergüenza ajena a un balbuciente, tambaleante, impreciso, extraño Ruiz Gallardón. Semejante compostura podría atribuirse a la lógica alegría por un éxito aplastante, sin embargo uno desde el principio tuvo la sospecha de que al ínclito Don Alberto, durante el recuento de votos, se le había ido un pelín la mano del mojito, del anís del mono, o de la cazalla, espirituosos estos que, a buen seguro, deben dejar la boca como estropajo o papel de lija del ocho.


   Después de las no muy elocuentes y atropelladas palabras de Don Alberto, le tocó el turno a Don Mariano. No sé si el señor Rajoy bizquea a propósito para intimidar o es su naturaleza. De lo que no tengo duda es de que tira, cuando habla, semejantes salivazos o fotones y a tal velocidad, que no les arriendo la ganancia a los acólitos de la primera fila.


  Ustedes seguramente recordarán al genio Pepe Isbert en Bienvenido Mister Marshall. “Como alcalde vuestro que soy, os debo una explicación…” Creo que el discurso del actor tenía, sobre hilarante y surrealista, bastante más enjundia y contenido que el del presidente que se nos avecina. El triunfador se dedicó  a repetir la palabra gracias ad nauseam. Gracias a los votantes, a los no votantes y a los que no le votaron, gracias a los medio pensionistas, gracias a los señores y las señoras de la limpieza, gracias a los soldados sin graduación, a los jueces de primera instancia, a los bedeles que suelen tener cierta propensión a la alopecia e, incluso, a la alitosis, gracias al derecho romano y al sistema métrico decimal, pero, sobre todo, gracias a los que han confiado en nuestro proyecto. Vale. Pero, ¿de qué proyecto habla usted, Don Mariano? Usted se ha pegado una vidorra del copón, siete años tirado a la bartola sin decir ni mu, eso sí luciendo una paciencia infinita y esperando a que el de la zeja se diera el hostión él solito. Don Mariano, no se felicite usted tanto que una cosa es ganar unas elecciones y otra que las pierda el otro, que es parecido pero no es lo mismo. Y espabile, hombre de Dios que, como verá, este país se ha plantado y ya no perdona. Yo de usted me pondría esa barba cana a remojo hoy mismo.

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Abel mata a Caín


 



ABEL MATA A CAIN


 


 


 


  


 


  Entraron a saco con la sangre de la noche en los fusiles. Querían, disfrazados de luna llena, acabar con la barbarie de un tajo seco y certero. El asesino de niños se protegió con una mujer, pero no funcionó el escudo porque los justicieros tenían órdenes (de un premio Nobel de la paz) de tirar a dar, fuese lo que fuese lo que se moviera. La escena me la imagino tan dantesca  como la de aquel once de septiembre. El escenario es distinto como distinta es la noche de cuchillos largos, pero las facas, las navajas con el frío filo de todos los amaneceres en su lomo, los fusiles, el humo y la violencia eran los mismos, ellos por ellos. Menos gente, misma sangre, mismo fuego. Asepsia. Cuerpos de élite cuyo elitismo estriba en matar con limpieza, matar profesionalmente. No veo héroes, veo tristeza, una intensa, galopante tristeza. Les confieso que estoy harto. Tengo hartazgo, acedía, impotencia. Una irreparable amargura. La amarga sombra de Abel deambulando por los páramos del paraíso después de matar a su hermano Caín.


   Caín mató a Abel con una quijada de burro. El caso que nos ocupa es el de un Abel justiciero matando a Caín con una mandíbula de dinosaurio. ¿Parará alguna vez esta locura? La edad media sigue brillando en los ojos de muchos. Plagas, muertes, sangre, muerte, oscuridad, fundamentalismo, guerra, muerte. El esplendor en la hierba no es más que una timba de sangre, que hay tantos campos de hierba verde como campos de batalla rojo escarlata. La historia se repite. Estamos condenados a vivir una y otra vez la historia escrita con sangre y un dolor animal, abdominal y absurdo en la boca del estómago.


  El tal Bin Laden no dio respiro a tres mil almas, no tuvo piedad, no madrugó con ninguno de ellos, no besó con ellos a sus hijos, no vio columpios vacíos de lluvia y lunes. El gran hermano americano nos redime comiéndose al caníbal. Eso es. Estoy con Borges. La justicia no puede matar al criminal en la misma medida en que no puede comerse al caníbal.


   Hay que detener al asesino. Detenerlo y juzgarlo. Si matamos al asesino usando su misma saña, su misma mala baba, su misma falta de escrúpulos, nada nos diferencia de él. Si había un asesino, ahora hay dos.


  El jolgorio, el desmadre, la avalancha de gente vitoreando por las calles el buen hacer del gran hermano, las risas, las salpicaduras de saliva, la hambruna de venganza, los ojos desorbitados, las banderas, la histeria colectiva, los hombres y mujeres con camisetas sudadas celebrando una muerte me dejó el alma canija y el corazón reseco.  


  Perdonen ustedes mi pacifismo utópico. Estoy tan harto que ya les contesto a ustedes por si acaso me hacen la pregunta del millón:


 No, no mataría al asesino de mi padre, como no me comería al caníbal que se lo merendara.


 


(Para pubicar en el "Periódico Ciudad de Alcoy" el domingo , 8 de mayo de 2011)


  ¡Basta ya!

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