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carlosmerchan


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LLUVIA DE ABRIL


Me siento a ver la lluvia a la puerta de una casita de campo en Aielo de Malferit. La sierra es un gigante de niebla, un monstruo amenazador, un coloso goyesco lleno de ruido y de furia.


  Llueve mansamente sobre el libro abierto de los recuerdos que es la tierra. Llueven cielos del revés y pianos de Satie. Llueven metrónomos monótonos, desacompasados, tristes.


  La lluvia de abril es el impresionismo de las estaciones.


  La lluvia de abril es Debussy y su piano alicortado, es Satie y sus notas mojadas pendiendo de la hoja del olivo, del fresno, de la madreselva, es Jaqueline du Pré en silencio.


   La última línea de Virginia Woolf fue escrita en la lluvia o con la lluvia (aquí empiezan los recuerdos). Siempre leí a Virginia Woolf con la lluvia cincelando la tierra. Tenía los ojos lluviosos, el pelo lluvioso, lluviosas las manos y lluviosa la locura. Antes de meterse en el río Ouse con el babi de escritora lleno de piedras, llovían sus lágrimas sobre el agua como sobre el agua del mar llovían los poemas nuevos de Alfonsina Storni.


  Casi todos los textos que amo fueron leídos en tardes de lluvia, al lado de una ventana que hacía infinito mi reflejo, delante de libros que olían a cieno y a raíces y a tiempo anfibio, en los humedales del placer de un cuarto en penumbra. Por eso, ver llover me hace escribir resabios mojados del recuerdo, delirios de pared rota  y frondas verde cinabrio.


   Llueve en el mas de Aielo y escribo mentalmente al dictado del agua, del óxido de hierro que es la palabra de la piedra, escribo sin más pluma que la memoria.


  También la infancia.


  Cuando era pequeño esperábamos a que escampara para vivir a sorbos la nueva orografía, la arcilla removida, los ríos minúsculos, el olor del ozono desatado, las hormigas aladas, las oquedades donde buscaba alivio la lombriz. Y salíamos a la calle con la sensación de asistir al lavado de cara del barrio, de la ciudad, del mundo. Ha llovido tanto en este casi medio siglo de vida, que a veces me sorprendo viendo llover como si fuera la primera vez, la primera salida de la caverna.


  Llueven libros que leí, llueven pieles que amé, llueven alientos, estancias, años que dejé atrás, y esa incierta tristeza de uno sólo sentado frente al río que nunca, jamás le llevó a ninguna parte.


  Me siento a ver la lluvia, me siento a ver llover, a ver cómo llueve en la casa sola y amarilla de Aielo de Malferit. Virginia Woolf escribe sobre los charcos cada vez que llueve, como Alfonsina diseca caracolas cada vez que escampa.


  Jaquelin du Pré peina el agua con su arco de niebla.


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Pero ¿de qué se ríen?




“Partiendo de la nada hemos alcanzado


las más altas cimas de la miseria”.


Groucho Marx


 


 


Se ríen. Se ríen a carcajadas, con ironía, con aviesa intención, con nerviosismo. Se ríen


para salir en la foto, que es lo importante, se ríen celebrando payasadas y ocurrencias de patio de colegio (qué se hizo de los grandes oradores, de los políticos de raza, ¡ay!), se ríen porque su risa les hace libres, les pone alas… de faisán, mayormente. Pero se ríen. Si me lo permiten, se descojonan vivos, se desencuadernan, se parten, se tronchan de risa.


  He de confesarles que fui uno de tantos españoles que se dejó embaucar por los cantos de sirena. Ya saben, el talante, el diálogo, el buenismo, las caritas angelicales y, sobre todo, el no a la guerra. Fui uno de tantos españoles que, ingenuamente, creyó que ahora sí, ahora era de verdad, después de perdonar barbaridades como las del Gal, a la izquierda española la salvaba un cervatillo, y esa izquierda iba a hacer maravillas con España. Pero mira tú por dónde, el bambi no era más que un Maquiavelo, con bastantes menos luces, eso sí, un trepilla de medio pelo, un megalómano de mucho cuidado que se va, pero que no se va. Que no, majete, que no te vas, que te echan tus coleguitas de la risa floja y a destiempo. Y se cargó un partido histórico. Un partido que siempre ha ilusionado, desde 1879, cuando don Pablo Iglesias entre otros, lo fundó para tirarle un cable a la nueva clase trabajadora, hija de la revolución industrial. ¡Coño, si don Pablo levantara la cabeza!


   El paro alcanza cifras históricas, pero la crisis es un invento de los antipatriotas, los mismos que no tienen ojos para ver lo evidente, conjunciones planetarias incluidas, fachendas todos. Los contenedores de comida caducada de los supermercados rebosan de parroquianos que al anochecer hurgan en sus tripas. Cáritas a destajo, con padres y madres que miran al centro mismo del meollo de la tristeza, con los niños de la mano. La educación, a la cola de Europa con tanto ensayismo de salón, tanto experimento, tanto maestro coleguita y tanta gaita. Las niñas ya no quieren ser princesas, las niñas lo que quieren es fornifollar (gracias Pacumbral) a modo, hacer macrobotellones y que les quiten el bombo de gratis total sin necesidad de amonestaciones paternas. ¡Jo, qué rollo, papi! Nos meten en una guerra (en dos) después de ganar unas elecciones a golpe de chapita en la solapa, pacifismo de mercadillo y emoticono sonriente. ¡Que ridículo me siento, si echo la vista atrás y me veo haciéndoles el caldo gordo en manifestaciones con mi niño recién nacido en la mochila! (Pero no olvidemos, como diría el maestro Forges, Costa de Marfil). Hacen del gobierno de la nación (concepto de nación que es discutible a tenor del grado de compadreo que se traigan con el independentista de turno. Votos, o sea) un sistema de cuotas en nombre de la igualdad que, a lo que se ve, un gobierno se mide, no por el peso especifico de la inteligencia sino por el de los genitales. ¿A cuántos pitos y conas tocamos…? Congelan pensiones, bajan sueldos, tiran el dinero de todos parcheando aceras, negocian con asesinos, les piden perdón por no llegar a tiempo de dar el queo, mienten, embaucan, soliviantan, crispan, resucitan cainismos, guerracivilismos y las dos Españas machadianas una de las cuales había de helarnos el corazón. ¡Joder con la profecía! No nos han helado el corazón, nos lo han hecho polvo directamente.


  Y a todo esto y visto y padecido el desolador panorama, yo me pregunto compañedos y compañedas: ¿¡de qué coño se ríe esta gente!?


 

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Laicos de medio pelo


"Cristo".


Óleo sobre lienzo.


 






 


 


 


  Yo creo que la gente se aburre. La gente se aburre soberanamente y no sabe en qué dar ni en dónde depositar vacíos, pensamientos fútiles, rumorosas tardes donde maúllan los hastíos, si no,  no se explican algunas tonterías. Que una reata de muchachitas en flor, universitarias ellas, se despeloten en una capilla  y jueguen a profanar un recinto que, para un respetable número de personas es sagrado, no pasaría de la anécdota, o la gamberrada si no fuera por el miedo que da echar la vista atrás. Volver a las andadas a estas alturas ya resulta estomagante. Yo, desde esta humilde tribuna, entono un “basta ya” como una casa, aunque no sé si servirá de mucho. Que se empieza con el juego y se acaba con las veras, como si no estuviéramos suficientemente escarmentados. Antes, en un pasado no tan remoto, se puso muy de moda jugar al fútbol con cráneos de curas y monjas. El utillaje lo encontraban escarbando tumbas. Ahora se conoce que mola más presentarse con las tetas al aire en un altar. En algo hemos ganado. A algún parroquiano se  le alegrará la pajarita, que nunca está de más; que la contemplación de carnes, prietas, firmes o medianamente pendulares da mucho regocijo.


  Lo curioso es que a estos laicos de medio pelo sólo les da por meterle estopa a una religión, porque lo que es a una mezquita, sinagoga o centro budista no se arriman ni vestidos ni desnudos ni hartos de calimocho.


  Sinceramente, esta sarta de mentecateces que últimamente nos asolan no llegarían ni a conmoverme si no fuera porque no puedo con el fundamentalismo, con la intolerancia, con la falta de respeto.


  A parte de santos de madera, de casullas, de patenas y demás parafernalias eclesiales, las capillas, las ermitas diminutas, las parroquias, cuentan con un grupo de gente, más o menos nutrido que las frecuentan, un grupo de gente (como usted y como yo, oiga) más o menos creyentes que se arriman con más o menos devoción, a rezar por el hijo enfermo terminal, por el padre perdido en el pozo sin fondo del alzheimer, por la madre a la que el cáncer consume, por la vecina con hidropesía, o por el mundo en general al que, con no poco denuedo y aplicación, estamos destruyendo, sin prisa pero sin pausa. Todo esto se merece un respeto.


  Yo he de confesar que voy a la iglesia cuando no hay nadie. Me gusta su silencio. Creo que Dios, de estar, más que en el altar mayor menudea por los asientos. No me cabe duda que, de estar, Dios está en los bancos de madera que huelen a almendra amarga y a perfume desolado. Dios está en la esencia que dejaron los que le pusieron a la vida más arrobas que azumbres de esperanza. Y eso merece un respeto. Palabra de laico tolerante.


  Como no hace mucho, les dejo otro Cristo como ilustración. Antaño lo hice “mayormente por emprenyar”,  al hilo de la caza de brujas a la que se sometió a todo objeto, identificado o no, en forma de cruz; hogaño les dejo otro Cristo (¿puedo decir “bendito” sin ofender a nadie, porque, sí, porque me da la gana?) mayormente para que le den mucho por la retambufa a tanto aburrido idiota. Todos mis respetos por los laicos; con los tontos del haba, tolerancia cero.

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El éxtasis de Jacquelin du Pre


Imaginaos.


Dios en el aire, ángeles de cuatro cuerdas entre sus piernas y ella haciendo música con la lluvia.

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Las batallas perdidas de Ignacio


 



-¿De dónde sacas esos azules?


-Mezclando.


- ¡Nos ha jodido mayo con no llover a tiempo!


 


Me pueden los azules vibrantes de Trelis. Creo que Trelis saca azules de los sueños más profundos, con su paleta en fase rem. Azules imposibles, metálicos, de una cálida frialdad, si cabe el oxímoron.


  Trelis combina a la perfección su dandysmo de cana y fieltro con su bonhomía de mano extendida y abrazo hondo, muy hondo, pero “jondo,” como un “Camarón de la Isla” en trance y maneras de caño roto.


  El otro viernes se inauguró una exposición en “De Casa”. Después de diecisiete años Ignacio vuelve a sacar de paseo a sus hijos por Alcoy. Lleno absoluto. El poder de convocatoria de este hombre es para acojonar aunque él, según sus palabras, no se sienta profeta en su tierra. La inauguración, más que inauguración fue una colmena, un guirigay, un encuentro de viejos conocidos, besamanos, palmadas en la espalda, sonrisas y canapés inaccesibles. Pude ver, mejor dicho, intuir entre el gentío, algún “majo”, algún genio de la lámpara, algún turbante. Gracias sean dadas a la casualidad que esa misma mañana tuve la fortuna de asistir al montaje. Bueno, si de ser sincero se trata, esa casualidad no fue tal. Desde mi atalaya del L’Autentic le vi pasar y en acabando el cortadito me dejé caer por la galería como quien no quiere la cosa. Él, como tantas otras veces en otras tantas circunstancias, me abrió la puerta y ahí empezaron los timbales, los sueños de la razón con sus monstruos, los chamanes, los rojos destripados donde tirita un Hamlet que aparece y desaparece, las narices aguileñas, la sensual pastosidad de las cabezas de estudio, una menina en cuya falda menudean espatulazos y mundos de cerezas, los panes de oro y los azules sin cielo:


 


-¿De dónde sacas los azules?


 


  Trelis se mueve a caballo entre las esquirlas del diecinueve y los vastos corredores del veintiuno.


  Pero Rembrandt. Rembrandt poco empastado, eso sí. Un Rembrandt que hiciera malabares sobre el asfalto, que revoloteara sobre pinceles sintéticos y aglutinantes de laboratorio y golillas de blanco de cinc. Me encanta Trelis porque reverdece y hace suyos (nuestros) mundos pasados tan queridos, porque revitaliza lo que uno ha sentido antes, siglos, eternidades. Incluso Caravaggio montado en la bicicleta de la penumbra y el negro humo. Un Caravaggio de filamento incandescente y esquina meada donde jugábamos a ser luz de vela cuando sólo éramos bombilla de cuarenta vatios.


  Dijo Ignacio el lunes en una entrevista aquí, en El Ciudad, que acabar un cuadro es el reflejo de una batalla perdida. ¡Bellísimo!.


  Eso es cierto. Un cuadro es el campo de batalla donde siempre se pierde: la batalla, la guerra, la vanidad, el endiosamiento.


  Un lienzo acabado es la lección, la cura de humildad, el espejo donde el pintor se mira y donde acierta a ver el camino sin horizonte que aún le queda. Nunca se llega a nada pero ¡qué bonita la senda!


  Por ahí le tenemos, en San Lorenzo, en “De Casa” para quien quiera arrimarse por allí y recuperar las calendas donde el sentido, el gusto y la sensibilidad, aún no estaban mal vistos.


  -¿De dónde dices que sacas esos azules?


  -Mezclando.


  - Sí pero ¿mezclando qué?

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¿Apocalipsis?


Y yo que me peleo con mi sombra en la alta noche, con los columpios lluviosos en la marea baja de la mañana, con ese estúpido trance de poner un pie delante del otro todos los días, con mi bienestar de ducha y desayuno caliente. Yo que a penas sé decir buenos días a nadie porque me siento oruga en medio de este manicomio y si compro el periódico es por rutina, la rutina de la sarta de barbaridades que asolan al mundo y a los niños, a todos los niños, que todos -daros cuenta- son nuestros.


Y yo me pregunto, qué importancia tiene este calmado devenir mío al lado de todos los niños que destazó de cuajo el maremoto, los que habrá destazado el sátrapa libio y los que destazará el bienintencionado Occidente redentor. Cuántos Apocalipsis son precisos para que nos demos cuenta de lo pequeños que somos, tan pequeños como el penúltimo niño que aún no ha matado esta estupidez humana que ya debiera estar de sobra.


 

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CULTO AL CUERPO


 



 


  La verdad es que da gusto verlos. Los cuerpos atléticos, rasurados, bronceados, olorosos de afeites y ungüentos, ya empiezan a aparecer por calles, plazas, playas y chiringuitos ahora que el solecito empieza a templar carnes y a embeber axilas y demás corvas.


  En mi no muy lejana juventud, a penas si nos habíamos dejado caer la boina como aquel que dice, síntoma éste de rebeldía y modernidad. Aún así, nos parecía bastante normal tener pelos como flecos en las calandracas y en los sobacos, barba de cinco días- sin perfilar-, incipiente bandujo cervecero y, el más interesante adorno que lucíamos en la piel, era una cicatriz que algún accidente o mamporro bien dado nos dejó como huella indeleble. Mi primera novia lucía semejantes arborescencias en los sobacos que uno se preguntaba qué no habría en sus otras partes más púdicas, esas en do más pecado hay y a las que, hasta la fecha, uno no había tenido aún acceso.


  Los zagales y zagalas de hoy en día lucen limpios de toda excrecencia, se adoban el vientre con cremas reductoras, se rasuran hasta el último átomo de vellosidad, se tatúan fieramente como legionarios y se taladran todo lo taladrable con bonitas bolas de metal, léase ombligos, pezones, lóbulos, labios, napias, prepucios, clítoris. Son carne de gimnasio, sauna, masajista, fisioterapeuta, hidromasaje…


  A mí me encanta tener un paisanaje tan físicamente depurado. Envidiables cuerpos que alegran la vista. Lástima que a carcasas tan bien dispuestas no siempre le acompañen cerebros igualmente saneados. A los informes Pisa me remito. El mens sana in corpore sano últimamente cojea con preocupante obstinación. Sin querer meterme en mayores berenjenales, ni en camisa de once varas opino que los más altos poderes se lo han currado a modo. Un pueblo adocenado, atontado y medio al pairo es pueblo fácilmente manejable. Voilà. El pueblo atontado no es respondón, que es de lo que se trata.


  Ilustro el final de este artículo robándole descaradamente  un chascarrillo al ínclito Pérez Reverte, D. Arturo. La cita no es textual:


  Un hombre se queda arrobado ante la belleza de una mujer que, tranquilamente, consume en la terraza de una cafetería-


-Perdone usted el atrevimiento. Le juro a usted por lo más sagrado que esto es la primera vez que me pasa. Ha sido verla y sentir que el universo se me venía encima. Su belleza, su delicadeza, su forma de mover las manos, su saber estar, componerse el pelo, su enternecedora forma de llevarse la taza de café a los labios. Disculpe usted mi atrevimiento, pero me he enamorado perdidamente  de usted.


  La señorita le mira con ojos de estupor, desencajados y calla.


-         ¿No dice usted nada, señorita?- Pregunta el atrevido enamorado. A lo que contesta la asediada.


-         ¿Y pa qué voy a hablar, pa cagarla…?


Pues eso.


 


 


 

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Torso



  Hoy tenía la tarde medio renacentista relampagueando como estaban condotieros gatamelatas en forma de aguanieve. Llovían sanguinas en el patio del estudio. Al final, lo que quería que fuera medianamente florentino me salió portada de revista de cuerpazos y vísceras. Muy significativo, tanto abdominal, deltoides, trapecios, dorsales sin cabeza. A veces, sólo a veces, veo así los días, los meses, los años. Bellas anatomías descabezadas.

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