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carlosmerchan


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El tejerazo


 



  Por aquellas calendas yo era un joven bachiller lampiño, enamoradizo, semiacojonado y a medio desasnar. “El tejerazo” me cogió por sorpresa entre latines, mesa camilla y brasero. Al día siguiente tenía un examen y las ideas tan pobres como confusas. Las lenguas muertas y aún las vivas nunca fueron lo mío, la verdad sea dicha. Al “rosa rosae” y al “De bello Gallico” le acompañaron los tiros, el “se sienten, coño” y el “que no se mueva nadie” del tío de los bigotes y el tricornio. Anda, jaleo, jaleo, ya se acabó el alboroto y ahora empieza el tiroteo. Las canciones para después de una guerra hicieron su aparición en el subconsciente colectivo así como la tremenda, fiera, negra, pastosa sombra de Caín.


  El examen lo suspendí según todas mis previsiones. Pero me quedó el regusto del aprobado general, del sobresaliente cum laude de un país que, bien fuera por una buena gestión o por un golpe de suerte, nata, chorra o chiripa (eso no se sabrá nunca, como nunca se sabrá la senda por donde acertó a meter el culo el elefante blanco) salió por primera vez, después de muchos años, airoso, indemne y fortalecido de una asonada.       Creo que ahí empezamos a meter en vereda a la Historia y a decir adiós a las armas. Ahí empezamos a olvidarnos de los fantasmas goyescos, de las “buscas” barojianas, del “muera la inteligencia” de un general sin un ojo, del “vencéis pero no convencéis” unamuniano, del garrote vil, de doña Paquita “la Culona”, de doña Carmen “la Collares”,  de los aceites carnavalescos de Gutiérrez Solana y de toda  la miseria y la mezquindad que, al socaire de su grandeza, ha parido este país.


  Lo que más me impresionó de la charlotada militar, entre el barullo de la pólvora, sus señorías al abrigo de sus escaños/madrigueras, los bravucones mozos de germanía con metralleta y los aterrorizados taquígrafos fue la tremenda dimensión de un hombrecito en jarras. La grandeza del hombrecito no fue la del que, en un rapto de más osadía e inconsciencia que coraje y valentía, le echa un par de cojones ante un fundamentalista armado. La grandeza del hombrecito, para mí, estaba en la histórica lección de resistencia pacífica que le dio a la histérica Historia de España, delante de cuatro cro-magnones con galones, gañanes, zafios, tuercebotas y estúpidos agoreros a los que, poco a poco, estábamos empezando a olvidar.


  Para mí quisiera a un Gutiérrez Mellado redivivo y en jarras que pusiera orden a este sindiós, treinta años después de la machada,  con un solo gesto y sin dejarse derribar. Solo ante tanto Gürtel, tanto Gal, tanto mangoneo, tanto señor X, tanto nepotismo, tanto traje, tanto Faisán, tanto asesor de imagen, tanto Mercasevilla, tanta mentira, tanta mierda, tanto y tanto y tanto tonto ilustrado. Para mí quisiera su vuelta, aunque fuera de cabo furriel.


 


(Para publicar en el diario "Ciudad de Alcoy")


 

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EL PATO DE LA GLORIETA


 



  Quiera Dios que sea una espantá, aunque dudo muy mucho que los patos orondos, gordezuelos, adocenados y cosmopolitas de La Glorieta hayan podido levantar el vuelo. O un suicidio colectivo, que a los animalitos también les ronda la náusea mañanera, la sartreana angustia existencial, aunque es poco probable por que no hay ni rastro de finado alguno, ni una sola pluma. Igual se han dedicado al canibalismo más salvaje y de ahí la falta de evidencias o han tomado la determinación, humana, demasiado humana de coger el portante y enfilar, San Nicolás abajo, en busca de nuevos horizontes.


 Quiera Dios que el aburrimiento de los patos haya propiciado una masiva emigración (sea por el medio que fuere) a otros paraísos, otros ámbitos,  que es cosa que los animalitos también sienten y padecen. Tanta pipa, tanto arroz, tanto mendrugo en remojo (me hago cargo sin ser pato), llega a hastiar a cualquiera. Pero es el caso que patos, lo que se dice patos, no queda más que uno en La Glorieta. Al bicho se le ve tristón. Esta mañana me acerqué a visitarlo. Me miró sin demasiado entusiasmo y escondió la cabeza debajo del ala con evidente desdén. Al lado tenía una paloma patas arriba, como clamando al cielo y más tiesa que la mojama.


  Quiera Dios que haya acontecido una de estas disparatadas suposiciones porque si lo que ha pasado es lo que me temo, quiérese decir  que el azote del hambre vuelve por sus fueros. Que Dios o mejor, San Pancracio, nos asista. Me parece a mí que esa vieja y saludable inercia de comer caliente dos veces al día a más de uno se le está olvidando. A la fuerza ahorcan. La caza furtiva del pato, con nocturnidad, alevosía y al auxilio de las ululantes tripas,  es deporte deprimente, tristísima aventura que nos habla a las claras de a qué límites de miseria está llegando este país. Los oficios de ratero, de gatero o de perrero (y no precisamente municipales, claro es), están a punto de recobrar el auge y el esplendor perdidos y tópicos y adagios como el de “dar gato por liebre” o “galgo flaco por cordero”, vigencia y literalidad. Espero no aguarles  a ustedes el domingo con estas reflexiones no demasiado optimistas.


Para terminar y, parafraseando a ese gran sabio, a ese cráneo privilegiado que merecidamente se lo está llevando en crudo por atildarse el pelo con bigudíes y ensayar el salto de la rana en los escenarios, sólo me queda decir que “nunca vi La Glorieta tan poco transitada por los patos. Ojalá que acabe pronto la crisis”.


Y a los que han hecho tan buen uso de esas prietas carnes, muy buen provecho pues ya dejó dicho Don Miguel, sobre poco más o menos que el buen gobierno de la mente empieza por la república de las tripas. O algo así.


 


(Para publicar en el Ciudad de Alcoy el domingo 20 de Febrero)


 

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MESTRE


 



MESTRE


 


 


 


  No creo poder decir mucho más de lo que ya se ha dicho a cerca de Josep Albert. Hacer un detallado recorrido por su trayectoria, su calidad humana, sus dotes para la enseñanza, su talla intelectual, su compromiso, más social que político resultaría más ocioso que esclarecedor, más redundante que novedoso. Antes que a Josep Albert, conocí a Pilar en mi paso por la escuela de Bellas Artes. Pilar,  desde la pecera de la conserjería leía libros y los transcribía a mano, con su caligrafía redonda y anárquica. Una tarde, me atreví y le pregunté:


-Pilar, ¿Qué lees?


-Un libro.


-Ya lo sé, pero, ¿qué libro?


La niña, que pasa de los veinte pero es una niña y de las más felices, me puso el libro en las manos.


No pude disimular cierta extrañeza


-¿Quién te dejó este libro?


- Mi papá.


  El libro en cuestión era una antología de Constantin Cavafis. El papá de Pilar era y es Josep Albert Mestre


  A Josep Albert, tiempo después y sin saber que era el padre de Pilar lo conocí en un certamen de pintura al aire libre en Bocairent. Ambos fuimos invitados a formar parte del jurado. Recuerdo las calles del pueblo, el sol, las cuevas, sombras propiciatorias para los violetas al óleo, y un menjar memorable con el amigo Helios, que disparaba chistes con verborrea de ametralladora. Una conversación humilde, humana, sin huera transcendencia, llena de matices.


  Durante la comida y azarosamente supe del parentesco. Llevaba yo entonces poco más de dos artículos escritos aquí, en el Ciudad y de esa comida salió el compromiso de dedicar un artículo y un retrato a la niña. Hablamos, cómo no, de Cavafis, de la anécdota que más arriba queda, de pintura,  de lo divino, de lo humano y de lo infrahumano. Y, de vuelta a Alcoy, me traje el regusto de haber conocido, sobre su aureola de personaje, a una persona en el buen sentido de la palabra, buena. Más adelante supe de su trayectoria, de su compromiso con el pueblo, de todas esas cosas buenas que Mestre hizo en Alcoy y  en el corazón de los que le conocieron, de los que disfrutaron de su conversación y de su magisterio.


Y poco más. Charlas esqueléticas pero cálidas en la calle y una visita a mi estudio a recoger el retrato de Pilar, por cuya carita paseé lapiceros, horas y un especial cariño. Lástima cómo el tiempo todo lo cercena, cómo, casi siempre, te queda la sensación de no haber llegado a tiempo a tantas cosas, a tantos sitios, a tantas almas. Pero esta alma perdurará mucho tiempo en la memoria y, si no, ahí están los ojos y la sonrisa de Pilar para recordármela.


  Descansa en paz, Mestre, maestro.


 


(Para publicar en el diario "Ciudad de Alcoy")

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El fondo del vaso


Hacía mucho que no volvía a caer como una mosca en el fondo del vaso de la noche. Noche de leche condensada. Mi intención era darle razón de ser a mi cuarto de baño y a su cepillo de dientes y a su jabón de manos e irme a la cama. Pero volvíme al bosque do cruzo palabras y huelgo a sabor, sin mayores remordimientos, do invento mi vida y sus fisuras y do no hace falta escatimar un dónde. Donde quiero hago noche porque quiero, y mis cunetas y mis vacíos y mis garitas las escojo yo. Porque quiero, vivo la fiebre y las volutas de las catedrales, las sábanas revueltas, los lacios anocheceres, las casas vacías donde un frío de cuchillo alimenta tumbas o dilapida el tiempo. Porque quiero puede que llueva, por que quiero, escampa, por que quiero, mil hormigas solas acarician soles, pantalones cortos, arañas, las mismas arañas sobre cuyas madrigueras tirábamos orina por ver de ver la maravilla, por ver de que asomaran al sol o a la luna esa misma luna que ahora mismo se me escapa porque quiero.

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A cristazo limpio


 



Que digo yo que  a este hombre mira que le llevan dado. En vida, hasta en el cielo de la boca y dos mil años después de muerto lo sacan a patadas de todos los sitios porque ofende. Total,  por predicar la concordia y el buen rollo, ya saben, el talante y eso que ahora tanto venden con beatífica sonrisa en los labios.


Lo último, en Granada. Dos profesores novatos invitan de “buen rollo” a una veterana profesora de religión a quitar una cruz de su clase porque se sienten ofendidos. (¡Toma del frasco, Carrasco!, o bien, ¡agárreme usted esta mosca por el rabo!)


Miren ustedes, a mí que haya una cruz o no haya una cruz en una pared me trae sin cuidado. Lo que me inquieta hasta rebasar los límites del miedo, ese que ya creíamos superado, desterrado y enterrado, es que alguien, so capa de sentirse ofendido, tenga el legítimo derecho de patearle la libertad a cualquiera como el que patea un culo. En este país (perdón; en esta nación de discutido y discutible concepto) sea por fas o por nefas, siempre andamos a cristazo limpio. Antes se sacaba al Cristo a la calle en procesión por ver que lloviera, ahora se le saca de los sitios por ver que escampe. ¡Toma chaparrón de corrección política! ¡Mola mazo!


Se trata de evitar provocaciones o, simplemente, de que cuatro soplagaitas, tocahuevos, señoritos del pan pringao, chirles, hebenes y con más gana de marear de lo preciso hagan de su capa un sayo o dos, si son pocos. La ignorancia, dicen, es muy atrevida y desde la mía propia me atrevo a decir que una cruz no sólo es un símbolo religioso tan perfectamente inofensivo como un Buda o una Venus, o un Zeus o una Leda, sino un símbolo cultural. Estamos hablando de cultura, de nuestra cultura


Empezamos quemando cruces en la pira de la más sangrante estupidez (aquí no cabemos ni un tonto más, vox populi, dixit) y acabamos derribando los calvarios de los pueblos, esas berroqueñas piedras de raigambre literaria, quemando a Serrat y a su saeta, a Machado por lo mismo, al Cristo de los gitanos por otro tanto, a Unamuno y su poema al Cristo de Velázquez y a Velázquez en el mismo lote y a Gauguin y a su Cristo amarillo, y a Rembrandt y a su grabado de los cien florines, a Zurbarán, a Goya, a sor Juana Ines de la Cruz, a Teresa de Cepeda y Ahumada,  a Miguel Ángel y a su Piedad, al Greco, a las catedrales góticas y románicas  que se asientan sobre ignominiosas y oprobiosas y ofensivas plantas de cruz griega y latina y a la madre que parió al preste Juan de las Indias.


Cultura. Inofensiva, enriquecedora cultura.


Desde mi punto de vista, ofenderse por un símbolo, sea de la cuerda que sea, me resulta tan estúpido o cuando menos tan surrealista e incluso tan ocioso como ofenderse  por  el sistema métrico decimal, por la tabla periódica de los elementos o por la perspectiva axonométrica.


Yo, de momento, como voy tomando nota de la mezquindad ambiente, de lo enrarecido de este patio de monipodio donde no hay Dios que se aclare, les dejo una cabeza de Cristo a lapicero que hice hace unos cuantos años, mayormente por emprenyar.


Y no pienso pedir perdón por tan monstruosa ofensa.


 


(Para publicar en el Diario Ciudad de Alcoy)

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A vueltas con el fumeque


 



  Viernes.


  8.45.


  Camino con mi niño de la mano por la calle San José en una de cuyas fincas habitan, yacen, se alimentan y huelgan estas entecas carnes de buen cristiano viejo. Un servidor de ustedes.


  Un automovilista furibundo desfoga el coche a fuerza de darle gusto al acelerador. La nube de combustible mal quemado convierte la calle en una linda estampa londinense. Mi niño se tapa la boca. Tose con violencia, con fatiguitas de arcada. A la estrechez de la calle en donde nos jugamos el tipo mi hijo y yo todos los días, hay que añadirle el considerable atasco que el conductor peripatético provoca. Hasta diez o quince automóviles con sus diez o quince tubos de escape acaban por redondear la faena y convertir el aire en una especie de nauseabunda cámara de gas.


  Item más:


  Hasta diez o quince bocinas comienzan a taladrar tímpanos a medida que sus dueños van perdiendo la paciencia. No obstante salimos del infierno. A la  altura de la calle San Lorenzo, un dinosaurio a motor con forma de autobús brama sobre el paso de cebra, lógicamente sin respetarlo. El denso humazo que deja tras de sí,  se nos mete al padre y al hijo hasta el último rincón del tuétano del duodeno, de píloro y aún diría, del  yeyuno. Al monstruo metálico le sigue un energúmeno motorizado que, dándole gas a la moto hasta límites impensables, a punto está de medirnos los pies y los entresijos. Cuando se nos es dada la merced de pasar a la otra acera, la salida de humos de una repostería nos escupe sin mayores miramientos una dosis de manteca caliente y dulzona que contribuye a subir por las nubes mi ya de por sí descontrolada glucosa.


  Dos furgonetas de reparto prueban a hacer sendas maniobras  de aparcamiento a la altura de “El Soldado”. La marea neblinosa del gas-oil vuelve por sus fueros.


  Entrando en la Plaça de Dins, un abuelete de aspecto desastrado y poco higiénico deja tras de sí una espeluznante estela de miasmas, que nos ponen a ambos en trance de desvanecimiento, mientras limpio como buenamente puedo el zapatito de mi niño que ha patinado sobre un descomunal “cagalló” de perro. A juzgar por el tamaño del sirle, el animalito debía tener hechuras de becerro, como poco.


  9.15


  Dejo al niño en el colegio y me meto en la cafetería habitual a templar nervios, sinsabores y a lavarme las manos aplicadamente. 


  Si he de serles franco, de todo este periplo matutino que acabo de describirles, lo que menos me molestaba antes del decretazo antifumeque eran esos tres o cuatro parroquianos que, no sin cierta voluptuosidad, le daban quedos besos callados a un piporro.


 


(Para publicar en el diario Ciudad de Alcoy)                                                                                                                                                                                              


 


 

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carlosmerchansolopintura


 



  Bien, pues lo cual que empiezo el año con un Blog nuevo.


http://carlosmerchansolopintura.blogspot.com/


 


Y como dice mi amiga Encarna, de Cuentos Encarnados, soy más niño de lo que cupiera esperar de un tipejo cincuentón con espolones y estoy más contento que unas pascuas. A ver si puedo contenerme, porque me puede mi diarrea pseudoliteriaria y lo que pretendo es publicar sólo (perdón a la drae pero no puedo quitar un acento que lleva treinta años conmigo) dibujo y pintura, cualquier boceto, cualquier idea, cualquier desvarío, a ser posible, sin palabras que para eso ya tengo el libro de arena. Pues eso. Que quedáis todos invitados.


Saludos y feliz año, dentro de lo que cabe.

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memento


 


 


Reyes y pasillos y gritos y ojos como cavernas. Juego a vivir los minutos con intensidad de siglos o cavernas. Hay calma, mucha calma en esta casa donde, de vez en cuando, se paran los relojes. En sus agujas rotas está mi riqueza. Mi niño juega en el comedor con el sueños de todos los niños y yo pruebo los lápices que me encontré bajo el árbol.

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