
España: ¿Capital? Suiza
La fosa de las marianas es al mar lo que la fosa de los marianos es a la contabilidad.
En la Zarzuela están muy cabreados con el duque em...Palma....do.
Si el Juez se mete en Honduras, además de salir por Tegucigalpa, los mete a todos en el trullo.
La distancia más corta entre dos puntos, Caja y Caja B, pasa por la Audiencia Nacional.
En el PP nos han prometido claridad total, dicen que van abrir su contabilidad en canal; excepto las cuentas que tengan en el país del canal... de Panamá.
Con la pasta que trincaban de la trama Güertel y aprovechando que el Pisuerga pasa por Valladolid, a la Ana Mato le pagaban las juergas
Los pagos al alcalde de Pozuelo de Alarcón, un pozo sin fondo son. (¡Hala! pa l’arcón! Exclamaba alborozado el alcalde de Pozuelo cuando trincaba).
Menudo pastón se gastaban en confeti en las fiestas de Pozuelo de Alarcón.
Entre Valencia y Pozuelo de Alarcón trajeron con trajín trajes y bolsos de Louis Vuitton.
El visitante se extasía admirando el acueducto de Segovia. La cúpula pepera se agobia contemplando la ciénaga de Bárcenas.
Arabia Saudita se llama así por que la controla la familia Al Saud.¿ Nuestro país se debería llamar España Barceanita?
En la batalla de Clavijo obró el milagro el apóstol Santiago montado en su caballo blanco. En la cúpula de los peperos pijos era Luis el cabrón el que obraba el milagro cuando les pasaba sobres en negro además del sueldo fijo.
Los faraones consignaban sus cuentas en papiros sagrados. En el PP se consignaban en papeles barcianos la pasta que se repartía a los cabrones de los ensobrados.
Alea jacta est dijo César al cruzar el Rubicón. ¡Otro, otro! gritaban la cúpula pepera cuando Luis les pasaba el sobrón.
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“¡Cuánta puta, y yo tan viejo!”. Fue aquella frase espontánea, pronunciada en voz alta al descubrir el foro –un exabrupto que le hizo reír de sí mismo y sus desgracias-, lo que le llevó a adoptar el avatar de “Putero Viejo” al solicitar su ingreso en aquel insólito club virtual. Aquel nuevo usurario jamás se imaginó que podían existir foros de clientes de servicios prostibularios como los había de aficionados a la mecánica de autos, la informática o la poesía; pero existían y él podía adentrarse en aquel mundo a través de su ordenador conectado a Internet, cómodamente sentado en su estudio. Un paraíso artificial que refulgía en la pantalla mostrando un serrallo inacabable de meretrices de todos los colores, edades y patrias, en interminables galerías de fotos en las que se exhibía sin pudor la carne en venta. A Putero Viejo le impresionó –seduciéndole de inmediato- el sentido del orden con el que estaba organizado el foro; las guarras estaban encuadradas en categorías y subcategorías, “tags” e “hilos”, en prolijas y asombrosas clasificaciones: escorts independientes, clubs de alterne, pisos, putas de carretera, clubs de intercambio, salas X; tarifas: menos de cien euros la hora, más de cien euros; nacionalidades: africanas, latinas, asiáticas, eslavas, españolas…; tipologías: altas, tetudas, pelirrojas, enanas…; edades: maduras, jovencitas, aniñadas…; servicios: practican sexo anal, dejan correrse en la boca…; parafilia y servicios especiales: travestis, lluvia dorada, sado-masoquismo, embarazadas, chupar pies, coprofilia… Con todo, lo mejor era que los propios puteros narraban sus experiencias con todo lujo de detalles –puntuaciones incluidas-, de manera que el lector y potencial cliente podía enterarse de los precios, servicios, implicación, calidad de la experiencia, salubridad del local y demás circunstancias del encuentro puteril, como por ejemplo si las fotografías que se mostraban en los anuncios eran falsas, si era fácil aparcar el coche en las inmediaciones del burdel o si la prostituta fumaba. Para un putero redomado aquel foro era una mina; una guía práctica y confiable de la que servirse para esquivar malas experiencias, engaños y demás trampas características del mundo del amor mercenario.
Putero Viejo arrastraba muchos años de vida putera, así que aquel foro le llegaba tarde, pasada con amplitud la cincuentena de edad, cuando los problemas de erección comenzaban a ser algo más que una enojosa anécdota. El declive viril de Putero Viejo añadía angustia a lo que parecía ser una lucha contra el paso del tiempo; “me quedan cuatro cartuchazos”, se solía decir a sí mismo. ¡Qué no habría hecho él veinte años atrás con la información suministrada por un foro como aquel! Cuando Putero Viejo se inició en el consumo prostibulario, el cliente tenía que recurrir a las putas de carretera y barra americana si no quería llevarse penosas sorpresas al picar los anzuelos de los reclamos publicados en los anuncios clasificados en prensa; y aún con todas las precauciones no se estaba totalmente al resguardo de malas experiencias, como aquella vez en que unos macarras yugoslavos le propinaron una paliza tras robarle.
El estado civil de Putero Viejo era el de casado, matrimonio que, lejos de curarle su vicio, aún había excitado más sus ansias puteras. Su mujer se la chupaba tan sólo el día de su cumpleaños y sin dejarle llegar al final feliz, como tampoco le había permitido jamás visitarla por el segundo canal. “Los mejores polvos, los de soltero; las mejores pajas, las de casado”, era una frase con la que Putero Viejo solía resumir el tedio sexual matrimonial. No obstante, aunque su mujer hubiese sido la mismísima Mesalina, Putero Viejo tampoco habría dejado de ir de putas. Le gustaba la oscuridad, la sordidez, la sensación de transgresión que suponía aquel comercio. A otros hombres les hería en su orgullo tener que pagar para acostarse con una mujer; pero a Putero Viejo le excitaba el sexo tarifado, la certidumbre de que eran unas cerdas que minutos antes se las estaba follando un desconocido; le enardecía constatar cómo aquellas mujeres se degradaban y le entusiasmaba degradarlas él mismo. Chicas que no le habrían dado ni la hora de pedírsela en la calle, las tenía desnudas, de rodillas, rebañándole con la lengua el capullo de la polla a cambio de unos pocos billetes. El hombre era feliz con todo lo que había de humillación a la mujer en el hecho de ir de putas. Porque Putero Viejo, más allá de su propensión a espumar la baba de los halagos fáciles y el galanteo chabacano, despreciaba a las mujeres con una ácida intensidad que rimaba con el odio. Pensaba que toda mujer lleva una puta dentro que espera el momento oportuno para emerger. Consideraba que tras sus remilgos, sus negativas, sus poses románticas o el menosprecio con que castigaban a sus pretendientes, la mujer era básicamente un coño con patas a juego con un cerebro calculador y oportunista; un coño dispuesto a abrirse para recibir una polla a cambio de concesiones materiales, ya fuesen una casa, salario, estatus, matrimonio, carrera o lisa y llanamente el abono de la tarifa con que se le retribuía el servicio. Y, ¡por favor! que no le hablaran del amor. El amor era un cigarrillo que ardía deprisa dejando tras de sí tan sólo cenizas y el indeleble hedor de la melancolía.
Pagar por follar como quien paga un taxi, ¡estupendo! Quizás su debilidad por buscar putas jóvenes –contra más jovencitas, mejor; y mejor aún si todavía conservaban un aspecto aniñado- respondía a alguna retorcida tara psíquica, un acto nada fallido con el que se vengaba de todas aquellas niñatas desdeñosas que en el Instituto y la Universidad le dieron calabazas porque era pobre, bajito y feo. Pero lo cierto es que le gustaba la firmeza y la tersura de la piel joven y solía decirse a sí mismo que los lobos viejos prefieren la carne tierna, ¡qué más da que tuvieran la edad de su hija o fuesen aún más jóvenes! Putero Viejo había estado con niñatas de dieciocho años –y también con menores- que a cambio de dinero le comían el ciruelo a un tío que podía ser su abuelo, ¡Putas, putas, putas! Putero Viejo jamás se planteó, ni le quitó el sueño, que quizás algunas de las mujeres a las que fornicó pudieran ser víctimas de trata de blancas o estuviesen en aquel oficio coaccionadas por la violencia o forzadas por la pobreza. Él no era de los que después de correrse se pegaba su charlita con la puta en cuestión; él era de los que opinaban que las putas hacen putadas, así que no te puedes fiar de ellas; es un error pretender entablar amistad con las rameras y es un drama enamorarte de alguna de ellas. Las putas sólo sirven para follar y nada más. Son ceniceros de semen, agujeros en los que descargar por horas. Por otra parte, una mujer que se mete a puta no se respeta a sí misma y por lo tanto no merece ningún respeto ni consideración. Putero Viejo se carcajeaba de los usuarios del foro que relataban en sus experiencias que le habían comido el chichi a la fulana o que la encontraron “mojada” o la llevaron al orgasmo, ¡qué ridículos eran! ¿a quién le importa si una puta disfruta o no?
A Putero Viejo cada vez le costaba más practicar su hobby, hacía ya tiempo que las pastillitas azules de la viagra eran sus viejas y estimadas compañeras. Una dificultad física que no le amedrentaba para seguir en circulación puteril, como tampoco le había echado para atrás el sifilazo que una vez le pegaron o la bronca que tuvo en su casa por contagiarle a su mujer el virus del papiloma, episodio que casi le cuesta el divorcio. Su matrimonio era una farsa, su trabajo consistía –en tanto que cuadro intermedio- en recibir presiones de sus superiores y repartir broncas y cínicas y estudiadas dosis de menosprecio a sus subordinados; su vida carecía de horizontes, estímulos y satisfacciones; únicamente el ir de putas le hacía sentir que estaba vivo. ¿Cómo podía renunciar a ello?
En la vida de Putero Viejo tan sólo había algo limpio y ausente de cinismo y sordidez: el amor que sentía por su hija Gloria. La niñita de sus ojos, bonita, inteligente y espabilada. Una buena hija que tan sólo le había dado un disgusto a su padre en toda su vida: el día que le anunció que quería ser actriz, oficio que para Putero Viejo consistía en poco menos que ser una prostituta, ya que consideraba que farandulera y putona verbenera era sinónimos puros. Pese a la negativa del padre a secundar el derrotero profesional elegido por su hija, ésta logró, con una mezcla de ruegos, zalamerías, estallidos de ira y mucha cabezonería, que su progenitor cediera. Obstinación que tuvo su recompensa al obtener, la hija, una generosa beca para estudiar en el Instituto del teatro, algo que sólo concedían a las mejores; un logro que suponía un gran mérito teniendo en cuenta la época de recortes y competitividad feroz en la que le había tocado bregar. Su hija estudiaba artes escénicas sin que a Putero Viejo le costara un céntimo, motivo de regocijo y alivio paterno. Putero Viejo ganaba un buen sueldo pero no era un hombre rico; lo malo que tienen las putas es que cobran y en esos dispendios se había evaporado la prosperidad familiar; si el padre hubiera ahorrado todo lo que se había gastado en furcias; sin duda habría tenido para pagar la carrera teatral de la hija y cuarenta carreras más que ésta se propusiese.
Putero Viejo aprovechó a conciencia la información suministrada por el foro y en los dos años que siguieron a su descubrimiento sicalíptico se ventiló a -por orden alfabético- Alondra, Agatha, Amanda, Ambar, Anais, Andrea Torbellino, Anastasia, Barby, Bianka, Brenda, Brigitte, Brisa, Camila, Candy, Carolina Relax, Casandra, Cata, Clarita69, Coralina, Cristal, Dafne, Debora-Hombres, Deseo Oculto, Desiré, Diana Nova, Divina, Erika Vip, Escarlet, Gina, Heidy Teen, Ivon, Jade, Karinah, Katwoman, Katy, Iris, Irma la Dulce, Isis, Letizia, Linda Mimosa, Magdalena Milf, Mari Pau Escort, Mayra, Melodi, Miranda, Milagritos, Nancy Masajista, Nina, Perla, Princesa, Priscila, Rebeca Love, Renata Kiss, Roberta Musculada, Rubí, Samanta Cum, Sandy Dreams, Selena, Sofia Ardiente, Soraya Lujo, Tamara, Teodora, Thalía, Valentina, Valesca, Vanessa, Vera Brown, Ximenita, Yadira, Yao Yao, Yasmín, Yesica, Yulisa y Zara. Una larga lista de profesionales con nombres “artísticos”. La gracia estaba en follarse una tía diferente cada vez.
Llegó el día en que Putero Viejo, inmerso en su particular maratón prostibulario, se tropezó con el anuncio de una tal Lilit. Era habitual que los reclamos en el que las zorras ofrecían sus servicios se expresaran en un registro crudo y explícito compitiendo con técnicas de propaganda gobelianas en presumir lo guarras que eran y lo dispuestas que estaban a satisfacer todo tipo de prestaciones sexuales. El anuncio de la tal Lilit ofertaba todos los servicios inimaginables incluyendo los más degradantes, circunstancia que en sí misma no era insólita, aunque sí lo era el estilo en el que se hallaba redactado; así, por ejemplo, para informar que se tragaba el semen, rezaba: “Y cuando eyacules en mi boquita, me relameré con fruición y deglutiré tu esperma con alborozo, considerándolo un premio con el que me recompensas por un trabajo bien hecho”. Acostumbrado a leer anuncios puteros que contenían faltas de ortografía grotescas y patadas al diccionario de antología, Putero Viejo se asombró ante el uso de semejante retórica. Por si no fuera poco, la pelandrusca se despachaba al final del aviso con una clase magistral de mitología hebrea. “Me llamo Lilit y hago honor a mi nombre. Como bien sabes, Lilit es una figura legendaria del folclore judío, de origen mesopotámico. Se la considera la primera esposa de Adán, anterior a Eva, la primera mujer de la humanidad. Según la leyenda, abandonó el Edén y se instaló junto al Mar Rojo, uniéndose allí con el diablo Asmodeo, que se convirtió en su amante, y con otros demonios con los que mora en una eterna orgía. Más tarde, se convirtió en una bruja que vampiriza a los hombres adoptando la forma de súcubo y engendra hijos –los lilim- con el semen que los varones derraman en sus poluciones nocturnas. Se la representa con el aspecto de una mujer muy hermosa, con el pelo largo y rizado, generalmente pelirroja, y a veces alada”. Putero Viejo casi se muere del pasmo, ¡menuda pedantería! ¿qué coño era aquello; la Wikipedia? Para Putero Viejo prostitución y cultura eran términos antagónicos que se repelían entre sí; el día en que leyó –en la prensa seria- que la actriz porno Shasha Grey se declaraba existencialista y afirmaba leer a Sartre, casi se le desencaja la mandíbula a fuerza de risotadas. Nada es menos morboso que el intelecto. De qué iba aquella golfa, se preguntó Putero Viejo; si lo que quería era provocar, lo había conseguido; el reclamo le había puesto verraco, de tal manera que afloraban sus instintos más sádicos. Putero Viejo sintió un ardoroso deseo de castigar la insolencia de aquella pilingui, darle su merecido a esa marisabidilla chupapollas, taparle la boca con su cipote para ahogar su vocabulario de diccionario María Moliner y metérsela por el culo a la par que le estiraba los cabellos hasta arrancarle lágrimas mientras le decía al oído: “¿Ves? Te estoy dejando el culo como la bandera del Japón, que yo también tengo mi cultura”. Las fotografías de la ramera que acompañaban al anuncio – y en las que no aparecía su rostro-, mostraban unas tetas generosas, un culito delicioso y respingón y un pubis depilado; si las fotos eran reales se trataba de carne fresca, joven y turgente. Declaraba tener veintidós añitos, los dos patitos, la edad perfecta para los gustos lupanescos (característica propia del lobo que merodea por lupanares) de Putero Viejo. Sin demora, el hombre se lanzó a leer las experiencias de otros tipos que ya habían “catado” a Lilit: Sí, las fotos eran reales, aparentaba tener veintidós años y poseía cultura –“es una puta, ¿a quién mierda le importa que sea culta?”, acertó a decirse Putero Viejo-. Pero lo mejor de todo es que era una viciosa, una atleta sexual, una máquina de follar, una guarra de campeonato, una morbosa de tomo y lomo y me las como. Anal, doble penetración, puños dentro, lluvia dorada, sexo oral, eyaculación bucal, sado, masoquismo, fetichismo, sexo en grupo, lesbianismo…, ninguna especialidad le era ajena y todas las practicaba con entrega e implicación máxima. Le iba la depravación, el irresistible morbazo de ser jodida por desconocidos. “Esta tía es puta y su coño lo disfruta”, categorizaba el putero número veintisiete que narraba su experiencia; a lo que el putero número treinta y seis añadía: “Esta guarra tiene más tablas follando que la cabaña del tío Tom”; el cuarenta y ocho remataba: “Se lo traga y hace burbujitas, igual que en una peli porno”. Con mano temblorosa y una salivilla escapando de sus labios, Putero Viejo marcó el número telefónico de Lilit, saltándole el contestador de voz; había que seguir intentándolo. Para apaciguar el calentón que le produjo el descubrimiento de la docta puta, el hombre dedicó la tarde a cepillarse a una meretriz de nombre Lisa que resultó disponer de unas tetorras de 120, así que de lisa nada de nada.
Tras cuatro semanas telefoneando mañana y tarde, Putero Viejo consiguió cuadrar una cita con una compañera de Lilit que le atendía las llamadas y le llevaba la agenda.
Putero Viejo llegó puntual a la hora convenida frente a la puerta del apartamento que le habían indicado y en el que laboraba la esquiva Lilit. Con anticipado estremecimiento, el hombre pulsó el timbre con un sonido largo e impaciente, casi un aullido de desesperación que ululó en el rellano. La puerta se abrió de sopetón y, cubierta por una toalla, apareció ¡su hija! ¡Lilit era Gloria! Putero Viejo enmudeció; por primera vez en su vida se sentía como un cerdo. Su hija sólo atinó a balbucear, a modo de torpe disculpa, que no le habían concedido la beca que solicitó para costear sus estudios teatrales. Cinco minutos más tarde Gloria llamaba al teléfono de urgencias, su padre estaba sufriendo un infarto.
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