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- B o ö t e S -


- El espontáneo -


No sé cómo he llegado aquí. Un halo de luz, un leve temblor y ya está… Surge la conciencia y el presente se hace de golpe la única propuesta. No vine de ningún lugar. No existí antes. Me deposito aquí como una hoja aún verde, sin marcas de pasado alguno, cuya virginidad lo invade todo. La encrucijada se presenta ante mí sin experiencia previa. No hay más razón que un golpe de intuición, un vano cosquilleo de la lógica, el miedo a permanecer parado sabiendo que todo llegará por primera vez. Diríase que mi anonimato es pleno, que ninguno de mis recuerdos tienen nombre, porque no han nacido. No hay rumbo, no hay razones, no soy más que ese primer brote de árbol, que aquel tallo que aún promete florecer; no hay sentencias, refranes, largas descripciones que me representen o que en mi boca procuren la concreción a otros. No sé de horas, de luchas, de giros planetarios aburridos, repetidos sin cesar. Aún no he visto amanecer, no he llorado bajo la clara luz de una luna llena que apura las aguas de un lago o de un mar repleto de gotas apiñadas y decididas a no inmovilizar su cadencia eterna. No he sido hombre o mujer, no he sido niño, adolescente, viejo que ya mira de reojo como le asalta la vida. Esos amigos estarán por venir y el trabajo, si lo hubiere, tendrá que ser consecuente con lo que ocurra desde ahora, porque no hay un previo que explique mi posición vertical en este lugar, ni que secunde las horas que hubo antes de ésta que me presenta ante el misterio azul de una simple y discreta vida.

 



 


No estoy aquí por mi propia decisión. Nadie me preguntó si quería aterrizar en esta sombra que mancha la tierra y hace de mí una proyección insignificante en un océano interminable de cuerpos. No me han advertido: -Ten cuidado. Cuando aparezcas, por favor, dirígete hacia aquel lugar, o al otro, pregunta por tal refugio, por tal persona, dile que vas de mi parte o de parte de otro que conozco. No, no hay carta de presentación, ni llevo nada ganado, no hay focos que me señalen en medio de un talentoso circulo de elegidos. Sin más, he brotado de la nada y sin nada he de caminar por cualquiera de los caminos que se abren ante mis pies, preparado para ser mujer, para ser hombre, para fingir o vivir con el corazón en la mano, ofreciéndolo como un presente, un presente vacio aún, que ahora recoge las primeras gotas del rocío de la madrugada, la primera madrugada consciente de un ser cuya astucia está todavía por probar, cuyo razonamiento le llevará a rebotar entre lo perfecto y lo imperfecto, dando tumbos sin remedio, cauterizando heridas y marcándose, minuto a minuto, con el roce de todos los encuentros.  

Tendré que comprobar cada uno de los resultados, ejerciendo de ignorante convencido, observando sin distancia la distancia que procura no tener partido alguno, ni condicionante que me suponga una rémora insalvable. Sea pues la vida, un corto-largo hilo del color de los anhelos que teje sin saber lo que teje, que se protege de cortes y aristas, envolviendo los objetos cortantes con su propia fibra sensible. Mi nombre será el nombre del halo de luz mortecina del primer albor de la mañana, la misma luz que resbala por las puertas de la cómoda y va a esconderse bajo la cama desnuda que aguarda impertérrita a que alguien se levante, a que alguien se acueste, a que alguien sea alguien y no lo ponga todo perdido de dudas o guisantes (que, como a la princesa, no dejen dormir). Esa cama inmaculada que no conoce, que no sabe, que se materializó para no cumplir ningún deseo y luego fue deseada y comprada, vivida y tomada a la fuerza para unas consecuencias que no concuerdan con el gesto instintivo de quien la hizo negocio, posesión, dinero. Mucho antes fue inventada, se le agradeció que se dejara inventar, sus cuatro patas antiguas, sus telas colgantes, su aplomo rectangular, tremendamente llamativa para el sueño, los sueños, el amor… Y aquí me materializo yo, al pie de esta cama, y tomo el nombre de ese halo de luz que es mi primera visión. Una bienvenida recatada, sin grandes vacilaciones, estoy porque estoy… Estoy. Soy. Es ahora, este momento, donde me bautizo a mí mismo, donde concluye el primer paso, nombrarse, diferenciarse, acatarse de acuerdo al concepto de permanencia que hace posible los pensamientos, las largas peroratas vacías o llenas, lo que urge, lo que se rodea, lo que es. Quizá la nada. 

Pronto notaré el pulso que ha de fallarme después. Ha de ser así. Permaneceré erguido tras el caparazón, parapetado para asumir tanta información a golpes, para evitar la estridencia de miles de verdades confluyendo en una sola que advierte y a la vez invita. Las normas se irán hacinando en mi mente, caerán tal como llegan. Por los sentidos. Algunas recortarán, con su pesada carga, anteriores límites que parecían ser inamovibles, otras, abundarán en dar paso a nuevas parcelas de grandes pastos, campos enteros por cultivar, o laderas que ya muestran la vid madura, que apuran e instan al campesino o al vendimiador a ejecutar ese rito de estaciones que desgasta los frutos y deshace las hermosas y floridas copas de los arboles, que sacude las hileras matizadas de un color verde acuoso que deja filamentos de varios tonos a la vista o que azuza extensas llanuras en las que aparecen arbustos salpicados de tierra húmeda y que se afanan en laborar los hombres cansados. 

Tendré que decidir, agradecer, mentir, amar, disfrutar, padecer, languidecer, aceptar. Las emociones golpearán en mi rostro, como los años y vendrán a contarme otros lo que decidieron, agradecieron, mintieron, amaron, disfrutaron, padecieron, languidecieron, aceptaron. Todo por una porción de mundo que no le pertenece a nadie, que se da la vuelta a la mínima distracción y escapa, con su perímetro violentado a fuerza de golpes invisibles (los que se dan unos hombres con otros, en lucha por apostarse en la misma súplica indescifrable).  

Viajaré de un lugar a otro. Un largo camino cubierto de quejas a las que sucumbir. Ante mí, hombre por hombre, escalarán con maestría el universo y allí los veré trepar, agradecidos por tener entre sus manos un mandamiento al que asirse, una cuerda a la que aferrarse, un tiempo lleno de continuidad, de recurrencia. La recidiva de la ocupación, traste perfecto para las cuerdas con que se toca la melodía de la vida. Flujos y más flujos, mercados libres que fabricarán siervos, esclavos sin cadenas, otros condenados a anestesiarse o a ejecutar el poder para escarnio de los que no lo conocerán nunca. Visitaré los tres mundos, colocados así por orden de importancia, el primero, el segundo, el tercero… Mientras unos emergen y otros saltan al vacio. Y aún me gustaría el cuarto en el que deberían morar las almas sin recuerdos, los recién venidos, aun inmaculados, aun sentidamente espontáneos, sin ideas preconcebidas, sin prejuicios, con su mente, aun no mutilada por el pavor de los hombres a no ser - en certeza - envidiados e importantes. Almas nutridas de alma, despachadas en su propio jugo, ayudadas a sobrevivir con sus propios músculos verbales o con sus largas listas de deseos sinceros. Almas desintoxicadas de dinero y de poder, que no han sentido la merma de sus condiciones y no contribuyen al festín que sirven los pobres y rebosa en las fuentes de otros que se crecen bajo las pilas de platos sucios y sobras. Otros, otros que conservarán esos restos, como su conciencia, en formol, como reliquias sin finalidad alguna, como huesos de santos resecos, hasta su extinción absoluta y solemne en el paraíso del olvido, donde el hambre queda anotada en el puesto número tres. Es larga la espera que conduce a una escalera estéril, cuyos tres peldaños conmovidos acaban por desembocar en una vieja terraza, desde la que solo se observa la combustión absurda de los cimientos de la existencia. 

Madrugo en mi primer instante, para dudar de lo que parece ser tan seguro. Se presenta ante mí un convenio entre lo fundamental y lo artificial, que hace que estos dos términos no sean excluyentes, en contra de toda razón que contribuya a lo opuesto. El placer ha de descansar sobre sus fundamentos absolutos, la tristeza sobre el devenir del tiempo. Tendré que decidir si he de abusar indiscriminadamente del decreto de llorar o reír, o del de comunicarlo todo a los nudos de cables entre los que se me acabarán por empotrar los dedos. ¿No seré nadie, si no contengo al menos cinco razones fundamentales que puedan armarse mecánicamente?  

Todavía no soy nadie, no tengo más afán que resolverme de este trance que me sitúa sobre la alfombra de la vida sin instrucción alguna, sin poder comparar entre lo que suma o resta, sin tener un solo pensamiento basado en experiencia alguna. Mi forma es animal, mis criterios son parte de un instinto ancestral que habita en los humanos desde sus vivencias paleolíticas. Y que parece más lejano aún que el propio olvido de vivir… 

Saldré al encuentro de la razón y para ello asumiré las taras de este curioso mundo. Organizarse, estratificarse, diferenciarse, especializarse, hasta que prevalezca una jerarquía funcional, que ayude a la clasificación de los hombres y los extinga a la vez, por asfixia crítica de los sentimientos. La simplificación magullará el amplio arco de las explicaciones y dejará las sensaciones fofas y encanecidas antes de su plenitud; y machacará sin piedad, cada solución distinta, tachándola de descabellada, hasta convertir en pequeños granos de polvo cada terminación nerviosa (fosilización de los conceptos); y entregará toda la recirculación nerviosa a una construcción artificial parcheada con bagatelas de cables y premios recambiables por criterio de mercado. Poco a poco aceptaré eslóganes, ideales que crecen de arboles de caucho desmontable, los haré míos, como si con ellos descubriera el fin de los conflictos, y partiré con un diploma aceptado de antemano por los que limitan y comprimen el horizonte hasta hacerlo plegable y repartible. Aceptaré, a cambio, el dividendo prometido con su consiguiente derecho de suscripción a ser feliz… 

Primero adoraré la lluvia, ignorante como lo soy de todo cuanto existe, después al fuego o a una porción de ambos o un todo que los contenga: -la naturaleza. Fuerzas inalcanzables que azotan a los hombres hasta someterlos al vacio como si fueran pulgas que caen desde el lomo de grandes elefantes. Más allá la sombra que refleja la verdad y se mueve a expensas de una distorsión universal. Me presentarán la alternativa de los dioses, después, de un solo un dios, con varias distinciones y, a veces, consejero de semejanza e imagen. Adoraré, más tarde, a la ciencia, que demostrará partes pequeñas de mi incomprensión, con números familiares y conocidos, hasta descubrir al hombre en sí, que enmaraña los resultados para que sean los resultados que necesita. Pequeños hombres, animarán a otros hombres a hacerse pequeños entre la multitud que defiende un solo ideal y que muchas veces se supondrá, a priori, completamente indefendible. Avanzaré con muchos otros, uniendo soledades no correspondidas y admitiré el progreso como una parte necesaria de la salvación, como la diferencia entre un truhan y un zorro, entre un malvado y un cachalote, entre un necio y un dromedario, entre un hombre bueno y un hombre que se cree bueno, no solo para él, para todos los hombres. En ese progreso encontraré respuesta a muchos enigmas, inventarán e inventarán, y, con cada progreso técnico, alguien ampliará su piso y después su caja de caudales e incluso parte de sus posesiones le rendirá cuentas por hectáreas. Porque alguien inventará que todo invento ha de comercializarse y difundirse, bien sea necesario, bien sea totalmente desechable y prescindible. El progreso y sus etiquetas llegarán a mis manos, precios que secundan lo que existe y lo que supondrán todos como válido. Almacenaje de instintos congelados, todos en cajas iguales, derechos de vida hacinados en escrituras, largas listas de distinciones por hechos banales, camas de latón, de plástico, de dos alturas, regulables, decisiones a tomar todas ellas de riesgo, para dormir en ellas el instinto humano y las proposiciones no regladas de la vida.  

Me dispongo para ese trance en el que soy individuo inoperante, dado todo de antemano, servido de un solo trago, amargo o dulce, pero única bebida propuesta. Y ahora que aún no soy nadie, que todavía no he cruzado la línea de la entrega, podría dejar pasar el día, observar el giro de la tierra como algo extraordinario, el fluir de la brisa, el largo camino de la semilla que lucha por arrancarse del suelo, sin llegar a independizarse. Podría juntar las manos, respirar el aire de la primera luz del día y dejar que pase el tiempo sin reconocerlo como mío, universal y limpio, espacio de creación que se me propone cada día… y pedir que se restablezca mi deseo, el mismo que el tiempo y el conocimiento ha desechado: el derecho a morir a la vieja usanza, siendo solo la parte orgánica del tiempo…

 

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- Delayed (Basado en el texto Original de Nkundi) -


 Como el nombre de este post, llego con retraso. Aunque no sé bien para que era necesario tener prisa, ni si era necesario volver. También el nombre de este post es un pequeño homenaje a una compañera de libro arena a la que admiro por sus letras, Nkundi. Ella es, en realidad, la que ha hecho posible este breve texto.

 Basado en su texto de idéntico título (que podéis leer en el siguiente enlace a su blog personal http://www.latrayectoriadelcielo.blogspot.com/ ) es éste, un pequeño ejercicio de intertextualidad en el que se asume la idea, trama y desarrollo, así como el uso de algunas de las frases del excelente relato original, que os ánimo a leer a los que aún no lo conocéis. Humildemente quiero dedicar a Nkundi este post, espero que le guste a ella y a los que paséis por aquí en el futuro.

 Cordiales saludos,


 Boötes


DELAYED (…)


- Tienes que convencerles… Estarán un fin de semana aquí, tan solo un fin de semana y tienen que aceptar la campaña de nuestra agencia. Eres nuestra única posibilidad, tienes que convencerles… Tráeme ese contrato firmado y te daré esa cuenta. De ti depende ¡De ti dependemos!

 Esas fueron sus palabras mientras me extendía con su mano, blanca y fofa, una nota en la que detallaba el vuelo y la hora de llegada. En el garaje estaba su coche, con el chofer a mi disposición (¡Cuanta desmesura!) Tenía que acompañarles al hotel, llevarles a cenar, a tomar una copa, quien sabe si querrían echar una cana al aire y yo tendría que pagar por pedir un café a una chica de gran escote y cortísima falda; Pagado ese café a precio de oro, a desorbitado precio, con dinero de la empresa, porque todo vale para firmar uno de esos contratos. A los japoneses no les gusta esperar, así que me dirigí rápidamente al aeropuerto. Honorio, siempre tan profesional, se limitaba a conducir en silencio. Para él, ese trayecto no tenía ya ningún significado. Le daba igual que quienes vinieran, fueran unos u otros, para él solo era importante llegar a tiempo y tener contento al presidente. En definitiva, él, yo y otros cientos de millones como nosotros, ansiamos lo mismo: - No hacernos prescindibles.

 Llegamos con el tiempo justo, como si eso fuera así de sencillo. ¿Cuál es el tiempo justo? ¿Cuándo se ha de llegar? ¿Acaso cuando nos esperan? ¿Acaso cuando no? ¿Qué es lo que hace que la vida sea un trayecto de verdaderas estaciones? ¿La espera? ¿La sorpresa?

 Como siempre la previsión excede lo que ocurre y el avión venía con retraso. -DELAYED- se indicaba en los paneles informativos. Sordos paneles. Mudos paneles, que sencillamente confirmaban lo que sin querer ya me había confirmado el presidente: - Es normal el retraso en un mundo retrasado. Es normal que los negocios se retrasen cuando el retraso se llena de gozo. ¿Para qué decidir ahora, si me pueden agasajar durante más tiempo? Retraso, sí, auténtico retraso.

 Me senté en el largo corredor de esperas, rodeado de cientos de personas, cada cual con un motivo distinto a cuestas. Conformé así, mi espera. Una espera sin razones o con una razón tan vana como la mía… Ninguna tan interesada como esta espera, como este saberse preso de quien viene, de quien llega, sin apenas haber tenido una charla compartida sobre inquietudes o formas de ver la vida. Preso, al fin y al cabo, de una espera convertible en dinero. ¿Cuántos de aquellos que allí estaban sentados o deambulaban de un lado a otro, o simplemente dejaban perder la vista en los luminosos paneles móviles, esperaban por dinero? Se me antojaba difícil adivinarlo. Todos miraban al suelo, todos esperaban en silencio. Se oían algunos cuchicheos. También algún exabrupto, porque la espera era más de lo que merecía a quien se esperaba, porque el tiempo vale más que la sorpresa… Todos balanceando el cuello, mirando el panel, mirando el suelo, nadie con la mirada al frente. Nadie, excepto ella… No parecía esperar el mismo vuelo que los demás, sino el único vuelo, el definitivo. Sus ojos se estrellaban inquietos en la demora, y se abrían quizá a la esperanza. Una mujer distinta, resaltaba entre la multitud. Escrutaba la puerta que se abría, el paso de los nómadas que se extinguían, uno a uno, tras cruzar la barrera de los tres metros, donde uno ya está seguro de saber reconocer al otro. Brillaba, en la apagada sala de luz blanquecina, la mirada profunda de aquella mujer. Parecían sus ojos pendientes de atravesar los otros ojos, los de aquel a quien esperaba, con una comedida ansia que afloraba en su mirada y en sus cortos paseos, siempre con la mirada al frente intentando con ella trascender por un instante casi eterno, en otros ojos ajenos, callados ahora, pero anhelados desde hace tiempo.

 Lejos sonaban los ecos repetidos, cancelaciones, retrasos, llegadas, salidas, nombres de aeropuertos, de pasajeros que ya deben embarcar, nombres anónimos de anónimos que pasan y pasan, como pasa el tiempo cuando se espera que algo ocurra, como se detiene el tiempo cuando no pasa lo que se espera que ocurra. La felicidad es rápida, muy rápida. Tan rápida como la luz. Es posible que el gesto de esa bella mujer se reconstruya con una sonrisa, tan efímera, como el paso de los hombres por la línea que separa fronteras o motivos. Quizá, sea feliz en el encuentro, su primer encuentro, su reencuentro… Su espera se verá recompensada por una gran sonrisa o por una mueca de disgusto o por la indiferencia, la misma que yo tendré que ocultar cuando lleguen mis “queridos” japoneses.

 Imaginaba sus razones, mientras la espera se comía un tiempo que se gastaba para nada, como se arrían las velas en puertos en los que no descenderemos del barco. Apenas una mirada al perfil de las costas, ya todas iguales, hermanadas por el discurrir de un tiempo pesado, sin mensajes adicionales, consentido, avejentado sin razón o motivo. Estar por estar. Esperar porque se ha de esperar, a quien no deseas, a quien no quisieras esperar jamás. Siempre esperando con la palabra fingida en los labios y en la mano una capa de aceite de afectos cambiantes, que permita estrechar mundos que, de otra forma, ni siquiera se hubieran rozado. Y ella, ella allí, esperando de verdad, esperando un anuncio, un giro en su vida, aterrizar de verdad sobre tierra firme, resolver cuestiones que significan algo, que vienen por una puerta y se convierten en inconfundibles decisoras, comprometidas. Sin saberlo, había empezado a envidiarla. Sí, hubiera querido esperar algo, esperar que la fe se encontrara con la certeza que la colma y le da razón de existencia, esperar que seamos lo que somos en otro lugar, representados y admitidos, conformarnos de otra visión que nos haga genuinos, que nos acepten o nos rechacen, pero con la firmeza de haber estado allí esperando que eso ocurra. Alejados de la soledad en la que nos acaba enquistando esta forma hipócrita de asentir a la vida y dejar que el tiempo pase, sin comprender que algún día será tarde, demasiado tarde. Me di cuenta de que no la envidiaba tanto a ella, como a quien esperaba. Deduje de su mirada, de su prestancia hasta en los titubeos de sus giros, que deseaba que aquella mujer me esperara a mí. Y entonces, el sentido de la espera se tornaba aún más excitante. Saberse esperado, admitido con la finalidad de hacerse parte de una o de miles de decisiones y que unos ojos interrogantes se abran para conculcar razones y palabras, para afirmar o desmentir que todo el tiempo no fue absolutamente en balde, que alguien, al otro lado, abrió la botella y que leyó el mensaje, que se tomó la molestia de esperar al náufrago, para decirle simplemente:

 - Leí tu mensaje, el mensaje que escribiste mientras vivías.

 Una neblina apagada rodeaba el vestíbulo de llegadas. Cientos de seres se trasladaban con sus maletas de un lado a otro, conexiones de vuelos, carreras al metro, a la parada de taxis o de autobuses. Comprobaban que estaban en otro lugar, abrían sus móviles, parloteaban sin descanso:

 - Ya estoy aquí, he llegado ya…

 Entonces ¿Les esperaban? Necesitaban decir “ya estoy aquí” ya lo estoy de verdad, he llegado, tal como prometí, tal como dije, soy yo ¿Para qué esa aproximación que cuando te esperan ya es segura? El tiempo de nuevo, el tiempo embustero de los que esperan que, a veces, lo hacen por puro convencionalismo. Esperamos porque nos han dicho que vienen, no porque dijimos que queríamos que viniesen. Puede que nadie nos espere nunca, pero no dejaremos de anunciarnos, como si con ello sintiéramos que nos esperan, pero no, yo no esperaba a nadie. Ellos quisieron venir, porque así lo habían decido el presidente y ellos mismos, mis simpáticos japoneses.

 Sonó mi teléfono:

 - ¿Leandro? Soy Akikazu Tokoro, ya hemos aterrizado.

- De acuerdo Akikazu, les espero en el vestíbulo de llegadas. El coche está listo para llevarles al hotel.

 Mi espera estaba a punto de terminar, como una espera más que certificaba que también muchas esperas son parte de la rutina de la vida y que no es necesario desgastarse, ni sufrir, porque rara vez ocurre nada en lo que no debamos intervenir. Sentí profundamente que hubieran llegado aquellos menudos japoneses con ganas de pasarlo bien. Seguía prendido del gesto imperial y decido de aquella mujer, que resultaba un enigma para mí, pues, por primera vez, me sentía angustiado por no ser nadie para quien esperaba con esa firmeza, con esa impaciencia que irradiaba serenidad. Aquel era el momento de la distinción y aquella era mi última posibilidad. Era ese momento en que debemos dar un paso y dejar de ser anónimos. Quizá nunca más desearía ser esperado, quizá no hay más razones evidentes en la vida que encontrar quien esté dispuesto a concentrarse en la espera, a creer en ella, firmemente convencida de que algo aguarda tras el esfuerzo, tras la creencia, para acabar asegurando que la vida también dispone de una magia especial que siendo como nos es, esquiva, algunas veces proyecta un largo halo de luz que alumbra varios rostros al mismo tiempo. Lentamente me fui acercando a ella. A medida que avanzaba entre la multitud, notaba marcadas sus facciones y en su rostro una leve mueca de duda, además de una sutil sonrisa amable. Después de todo, hoy en día podemos estar fácilmente muy cerca de alguien. Podemos viajar al lado de un desconocido trece horas sin dirigirle la palabra, podemos recostarnos en él y dormirnos sin saber quién es, sin saber, siquiera, que nos estamos durmiendo. Podemos compartir dos metros cuadrados escasos con alguien a quien no volveremos a ver, como otros se acuestan cada día al lado de quien conocen como a sí mismos. Así es de curioso el espacio, el tiempo y el ser humano. ¿Sentiría ella ese acercamiento como el de un desconocido? Su pensamiento cancelaba mis pensamientos. Llegó a darme igual no ser nadie y, por un momento, deseé estar a su lado y decirle tan solo: “- Ya estoy aquí, he llegado ya… “

 Durante unos instantes nuestras miradas se cruzaron. Ella mantuvo largo rato sus ojos, explorando mi rostro, escrutándolo, quizá, comprobando en mis rasgos si el final de su espera y de sus dudas estaba próximo, quizá era más mi deseo que su motivo. Luego, sacó un bolígrafo y apuntó algo en un trozo de papel que arrancó de una pequeña libreta. Me vi ante ella, tan cerca como nunca pensé que estaría. De nuevo un suplemento ¿Un nuevo final para la espera? Su mirada volvió a posarse en mis ojos, apenas debió durar un segundo, pero la sentí eterna. Me ruboricé de inmediato, por mucho que quisiera poner de mí a su alcance, una solo mirada suya había abrasado la médula, aquella a la que la carne y el hueso rodeaban y que se creía inmune al tiempo y al espacio, a los hombres y mujeres, pero sobre todo, a las esperas. Me dispuse a hablarle, necesitaba rebajar la intensidad de aquella perturbación momentánea, saber, en definitiva a quien esperaba, por qué esperaba, y, sobre todo, hasta cuando estaba dispuesta a esperar, que es lo que mide la importancia de lo que se espera. De repente, observé que miraba de nuevo al frente y que respiraba profundamente, como si absorbiera todos los minutos previos y los expulsara de repente en aquel momento. Vi como la rodeaban unos brazos y, por fin, pude escuchar su voz: - “Que paz tu abrazo”

 Al momento, era Akikazu quien me tocaba en el hombro y con su aguda voz repetía:

 - Buenas tardes, Leandro, ya hemos llegado…

 Rápidamente, ella se perdió con él, entre la marea humana, pero en su huida, más allá de mis anhelos, de cualquier espera o de todo lo que pude haberle dicho, vi que de su mano caía una nota que aterrizaba sosegadamente en el suelo de la terminal. Me agaché a recogerla enseguida. En ella, con letra mayúscula y perfecta, estaba escrito:

 - Leí tu mensaje, el mensaje que escribiste mientras vivías.

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