Como viene siendo habitual no me es posible hacer comentarios en mi blog. Hoy he podido hacer tres, lo que viene a ser todo en record comparado con estos meses de atrás. Aunque mi paciencia es infinita, resulta bastante frustrante participar en un lugar con tantísimas limitaciones. En fin, aquí os dejo el resto de las respuestas.
Disculpad las molestias.
Anda Joan…
Lo que se lleva el inodoro,
Nunca, nunca es de oro.
Yo creo que te sobra creatividad para poner escrito cualquier secreto, y para hacerlo estimulante y para provocar la necesidad de leerlo. Hazme caso.
Un abrazo, Joan.
Pd.: Habrá que darle una historia a Nicanor.
Amelia, da gusto encontrarse una respuesta tuya y luego vas diciendo que si amanuense, que si tal y que si cual, que si por aquí o por allá y este cura no es mi padre. Así que eso, en alta estima tengo tus letras, sabias y sensibles, con el punto justo de sinceridad y su objetividad a prueba de misterios. Es una pena no tener tiempo para responder como me gustaría a tus comentarios. Disculpa por ello, pero hágase patente el interés con que siempre te leo, aquí y en la diversidad de este lugar de arenas y borrados aleatorios (esto no puedo evitar decirlo). El texto, bueno, el texto… Es de hace tiempo, varios años, aunque no muchos, porque no tengo esta afición de escribir desde hace mucho, siempre me dediqué a los números. Es cierto, que la historia no deja de ser una historia lineal y sencilla, cuyo momento más vistoso es el desenlace y esa valentía serena que muestra Inés. No tiene mucho que contar y estoy de acuerdo contigo en que lo más llamativo sea quizá el lugar que ocupan las palabras y como lo ocupan. Entiendo perfectamente lo que me comentas del registro, de hecho una posible corrección posterior (que nunca realizo, porque una vez escrito, lo único que pongo es algún acento o redistribuyo los puntos y las comas según me da, porque puntúo según me cae del cielo la adivinación y la misticidad) hubiera separado un poco los personajes y variado esa concordancia en el registro de su expresión y, además, hubiera disminuido la poética del testamento de Andrés (el cenizo), porque evidentemente, lo que revela el testamento no es para contarlo con esa alegría casi recreadora y descriptiva de la infidelidad. También me parece que Nicanor habría dado más de sí, pero me cansé en ese instante y lo dejé languidecer para posterior ocasión. En el futuro habrá que darle otra oportunidad, además tiene un nombre muy literario. Quizá… “Aventuras y desventuras de Nicanor Mansalva en su valiente escalada a los Cerros de Úbeda” :) Me alegra que te haya gustado.
Gracias por tu dedicación y tus consejos, los tengo muy presentes.
Un besazo, Amelia.
Unah, encantado de verte por aquí, me alegra que te haya gustado. Espero que estés mejorando a pasos agigantados.
Un abrazo gordo y un beso.
Nkundi, de alguna manera los dramas de la vida hay que desvestirlos (en la medida de lo posible) de su firmeza, su rigor y de su carga absoluta de trascendencia real, en definitiva, como dice el dicho: “El muerto al hoyo y el vivo al bollo”. Me alegra que te haya hecho sonreír ese final inesperado. Con eso ya mereció la pena.
Gracias a ti por tus palabras.
Un abrazo, Nkundi.
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Dicen que cada instante muere uno de nosotros sobre la tierra, pero nadie sabe cuanto tardamos en morirnos del todo, en desaparecer para siempre de cualquier pensamiento. Han de morirse aquellos que nos recuerdan y, por extensión, aquellos que de alguna forma han conocido alguna parte de nuestra vida. Hasta entonces no morimos del todo. El ciclo de la vida es, en realidad, solo la punta del iceberg, y es esa punta, la única a la que alcanza la pobre sabiduría de la estadística. En mi caso, la muerte de mi padre fue la que hizo resucitar su vida y la que me enseñó que la estadística en su parcialidad no hace otra cosa que confundirnos. No mueren tantos como es posible contar, no mueren para siempre, ni siquiera de la forma más acertada.
Tendría que remontarme al año sesenta y nueve, un año de muerte y hallazgos. Mi padre había fallecido a principios de ese mismo verano después de ser atravesado por una luz blanca que no reparó en su presencia. No debió enterarse de que un rayo había recorrido su cuerpo durante unos breves instantes, quizá, en ese momento, la estadística se sintió aliviada, después de todo, aquel hecho insólito admitía su aplastante cálculo: Cada instante muere uno de nosotros sobre la tierra. Aquel instante le tocó a mi padre. Pasados un par de meses, con las penas tratadas por un breve tiempo y aún indisolubles en nuestro ser, fuimos citados por su abogado.
Don Ataulfo Roventa, ilustre abogado cuyo bufete resplandecía en la plaza del Marqués de Salamanca, y que había sido desde hacía muchos años el abogado de la familia, nos citó a las diez de la mañana del 26 de septiembre de 1969. El despacho de D. Ataulfo estaba en un edificio antiguo de reciente remodelación y ocupaba por completo una de las aristas de la plaza. En la puerta ya se intuía la fastuosidad y el relumbrón que adornaban al abogado y que por otra parte, hacían suponer la cuantía de sus emolumentos. En torno a una escalera de mármol pálido, con el pasamano volado del mismo color y coronado con unas oscuras bolas de cobre, se hallaba un antiguo ascensor, exquisitamente conservado sobre un cuadro de maderas nobles y con un portón totalmente acristalado. El ascensor a pesar de poseer un aspecto fastuoso y estar colmado de dorado, debía tener la mecánica original y su velocidad era mínima, por lo que aquel recorrido de cuatro plantas se hizo odiosamente largo y silencioso. Mi madre y mi hermana tenían la mirada perdida en algún lugar de su pasado. Iban entregando al tiempo la esperanza de regresar a un punto anterior a aquel donde todo se había terminado. Los hilos de la realidad aprisionaban nuestros cuerpos y aquella elevación absurda no hacía otra cosa que procurarnos la sensación de la separación no deseada. Mientras el tiempo pasa todo se aleja o acerca, nada queda preso de su posición, no existe el estado vegetativo para los sentimientos de los seres humanos. No hay anclajes seguros y confortables para siempre.
Encontramos la puerta del despacho abierta y, tras ella, se vislumbraba el cuerpo de una mujer de mediana edad, que no debía ser otra que Encarnación, la secretaria del abogado y a la vez (aunque nunca llegase a confirmarlo por medios oficiales) la esposa de Don Ataulfo. Ella me reconoció enseguida y se abalanzó sobre mí dejando caer copiosas lágrimas en mi hombro, sin duda, fruto del parecido que me honraba como hijo del propio difunto.
-¿No te acuerdas de mí? - Me dijo pellizcándome el moflete.
En realidad me acordaba vagamente y tan solo la efusividad con la que me abrazó me llevó al convencimiento total de que era Encarnación.
- Sí, claro que la recuerdo, pero hace tanto que no nos veíamos que no estaba seguro de que me reconociera- le respondí sin más ambages.
Después de los abrazos de rigor, los pésames distinguidos y los efusivos saludos, Don Ataulfo nos llevó a una gran sala de reuniones, digna en decoración de alguno de los mejores anticuarios de Madrid. Allí nos aguardaba mi primo Nicanor, quien por deseo expreso de mi padre, debía estar presente en la lectura del testamento.
Tomamos asiento y el señor Roventa tomó la palabra con gesto adusto y serio, como conviene a esos momentos dolorosos, donde toda una vida se condensa en un texto jurídico y frío, aunque por su valor emocional resulte insultantemente doloroso.
- Este es uno de los momentos mas difíciles de mi vida, - aseveró Don Ataulfo, mientras miraba con cierta ternura a mi madre - no sólo porque tu marido, Inés, era uno de mis más preciados tesoros en el campo de la amistad, sino porque en su última voluntad tuvo a bien incluir importantes revelaciones que, indefectiblemente, cambiarán el concepto que todos vosotros tenías de él.
Mi madre rondaba otros aires diferentes. Aquellas palabras extrañas fluían sin mesura ni orden por la sala, sin que ella alcanzara a comprenderlas. Su corazón latía en otra fase temporal, revivía una y otra vez la imagen de mi padre, como si fuera aquel el momento de despedirse para siempre, como la última voluntad de la viva, que se despide del muerto. Su mundo era otro y sus ojos se perdían en el azul de un cielo de primavera, cuarenta años antes, sobre la hierba húmeda de la ciudad universitaria, donde las chicas de buena familia paseaban con los estudiantes de últimos cursos de la carrera de leyes. Yo sentía que una maligna y dolorosa fuerza la sacaría sin remedio de su sueño, que la devolvería sin más al mundo real. Quizá la despertase el concepto del secreto que revienta podrido y putrefacto de aguardar durante años entre unas simples cuartillas escritas a mano, con una tinta indeleble, con unos guarismos fríos y desprovistos de humanidad, retorciéndose hasta fragmentar el pasado en pequeñas burlas o en estafas tan inmóviles como la propia muerte... Los secretos de un muerto son siempre injustos, carecen del derecho de réplica, de la explicación oportuna, de la constatación de que son ciertos e inamovibles. Mueren los hombres, pero nunca sus secretos, ni sus más preciados tesoros de uso personal. Y así, mi madre, quizá ese día fuera dos veces víctima de la muerte y entre sus dolores anidara el de no saber, el de haber vivido con la falta, con el secreto que pendía de su cabeza o con el corazón entregado durante años a otro hombre diferente a aquel cuyas cenizas reposaban en el platero del salón.
Dado el estado ausente de mi madre, me permití intervenir para pedir al abogado que explicara sin más dilación el secreto que mi padre tuvo a bien legarnos después de muerto.
- Veréis, no sé como explicarlo. Martín, Lucia, vuestro padre fue un hombre honesto y trabajador y durante su vida conoció a infinidad de personas. Lo que va a desvelar la lectura del testamento puede ser muy doloroso para vosotros, sobre todo para ti, Inés. Pero quiero que sepáis que durante su vida intenté en innumerables ocasiones que os hiciera participes de esta parte de su existencia. Como comprenderéis, en mi profesión, la confianza en la que se ampara el secreto profesional, me otorga el deber de respetar las decisiones de mis clientes y aunque moralmente siento que es injusta la actitud de Andrés, no puedo por menos que acatarla y respetarla, aun sin comprenderla.
- Pero Ataulfo -le interrumpí amargamente - ¿Qué dice el testamento? Estas empezando a preocuparnos.
- En el testamento de tu padre hay seis beneficiaros, cuatro de ellos estáis aquí presentes. No puedo deciros más, sería conveniente que comenzara su lectura y así, todo podrá ser aclarado cuanto antes.
- Por supuesto, empiece ya señor Roventa - Convino Nicanor -
En aquella sala el curso del tiempo dibujaba imágenes encadenadas en el aire. Sobrevolaban aquellos eslabones las fases oscuras de la vida de cada uno, los secretos escondidos desde la niñez, esas partes de la vida que nunca se cuentan. Todos mirábamos en nuestro interior tratando de predecir, de adivinar, comparando nuestras peores fechorías, nuestros mayores desencuentros, las zonas oscuras que nunca se entregan, porque realmente no podemos explicar porque aquel día extraño actuamos privados de la razón o de la coherencia.
Mi madre parecía llorar en silencio, intentando amarrar un recuerdo. Hubiera querido volar, no saber más, no tener que oír unos secretos para ella inexistentes. En tantos años de convivencia, no existen lagunas, ni temores. ¿Por qué debía enfrentarse a un pasado diferente al que vivió? ¿Para qué? ¿Por qué se sentía un poco más vacía, aún sin conocer el desenlace? Ella más que nadie creyó que ninguna absurda revelación la tomaría por sorpresa. Mi padre era así, un guasón de tomo y lomo, siempre intentando sorprender, siempre contando la historias de forma que el final se esperase con ansia, sembrando la duda y creando magia en el simple contacto con los pétalos de una flor.
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El viento no es transparente solía decir mi padre. Esta lleno de recuerdos y secretos. Arrastra miles de letras, de oraciones que no encuentran su sentido y no se dejan manejar por la conciencia. El viento no es transparente, decía cuando le daban sus arrebatos de nostalgia y se sentaba en su mecedora de pies de cobre, mientras golpeaba la pipa apagada sobre la chimenea. Siempre tuvo esos arranques de poeta extravagante, aunque nunca le vimos empuñar la pluma y dejar correr su sentir sobre el papel blanco, más bien todo lo contrario, las hojas sobre su escritorio amarilleaban hasta caer en el más absoluto de los olvidos. Daba la sensación de que todo aquello que tenía que decir, lo decía en el momento, arrebatándoselo para siempre a la posteridad. Pero no era así, ahora mi madre esperaba aquellos apuntes imposibles, aquellas frases que a escondidas habían reposado en algún lugar lejano, tan lejos de nosotros, tan lejos de ella, que en definitiva era quien más le había amado.
Don Ataulfo comenzó la lectura del testamento, que constaba de dos partes, una primera explicativa escrita a mano, de puño y letra de mi padre y otra mecanografiada a doble espacio, donde se detallaban los bienes familiares y quien debía disponer de ellos, después de su muerte.
Yo, Andrés Doliente Donoso, hijo de Margarita y Filemón, en plenas facultades mentales y en presencia de mi abogado Ataulfo Roventa Tirolés, quiero hacer manifestación testamental, para que se disponga tras mi muerte y de acuerdo a mi libre voluntad lo siguiente:
(Nota Manuscrita)
En primer lugar me gustaría disculparme con vosotros, mi familia, por haberos ocultado durante tanto tiempo, no sé exactamente cuanto, mi debilidad absoluta, mi miedo, mi pánico a la verdad, a ver mi propio camino azotado por la totalidad que resulta de los actos. Bien, Inés, sé que no podrás entender mi angustia, que aun después de muerto me acompañará allí donde vaya, tampoco yo podré saber lo que sientes en este instante, agredida por un muerto que otrora fue inmaculado. Pero aunque yo no sea capaz de sobrevivir a mis propias indecencias ¿Qué sentido tendría ahora cancelarlas con un olvido eterno? De nada me liberan estas frases, sino de saber que alguna vez conocerás una realidad dolorosa que te hará sufrir. Y ese momento, si estás escuchando esto, ha llegado.
Hubo un tiempo en que me rondaban otras presencias fantasmales, a veces, en forma de amor turbio, como un desorden de los sentidos. En una ocasión llegué algo más lejos. Se llamaba Dafne, me dejé seducir por sus labios de caramelo, en aquel viaje a Niza, cuando apenas aquella operación inmobiliaria, que seguro recordarás, iba tomando forma. Fue un encuentro casual, como casi todos los encuentros. Bailaba la noche una danza de perfume ciego y a lo lejos brillaba la serena luna sobre unos distinguidos hombros maniatados por un oscuro chal de fino hilo. No pude sucumbir de forma más desafortunada, olvidándome de todo aquello que los años deberían haberme recordado...
Hubo un tiempo de rechazo a lo formal, donde mis tejidos libres supuraban condenas inexistentes y a la luz de una lámpara de tedio miré aquel cuerpo como si quisiera hacerlo mío por un instante. Nada de cuanto pueda ahora explicarte podrá acertar a consolarte, a consolarme, durante todo este tiempo. La razón me condicionaba con sus vahídos feroces y yo mismo me hacía creer que todo había sido una efímera venganza del yo, de mi yo hastiado de ser presa por el resto de los tiempos. Dejé una lágrima forzada en todas aquellas noches e intenté olvidar aquello, que de haberse producido, hubiera terminado con nosotros, porque siempre te he querido Inés, y solo aquello que uno oculta por no deshonrar lo que uno quiere, debe ser tenido por amor absoluto. No dije nada para no enmudecerte en la sombra, para no abandonarme de ti y para siempre. Un egoísmo sagaz, bien administrado en porciones durante tantos años, a mis ojos negado, para negarlo también a todos vosotros, sobre todo a ti, mi vida...
Don Ataulfo hizo una pausa eterna para tomar aire y quizá también para que tomáramos conciencia de esa sublime revelación, de ese infierno desgranado por las propias palabras de mi difunto padre. Mi madre se mantenía erguida, en su frente unos profundos surcos avejentaban sus facciones. Ninguna época anterior había desenterrado tantos años en tan poco tiempo, y sobre ella, la sombra de una condena reposaba comedida, encerrada entre sus labios fruncidos, amoratados por el esfuerzo incontenible que contenían.
Acertó a decir de manera seca. – Prosigue Ataulfo, acabemos con esto cuanto antes.
Después de aquello no quise saber nada de Dafne. Desde mi trinchera lejana iba echando paladas de arena sobre la conciencia. Admitía mi error, quizá también mi falta de honor y mi ceguera, mas todo fue inútil, pues ella consiguió encontrarme. Todo hubiera quedado en ese segundo encuentro, en esa segunda ocasión donde la derrota debían infringirla yo, con todas mis armas preparadas, con mi anillo embustero colocado en posición de lucha. Pero no fue así. Aquella noche en Niza, mi cuerpo y el suyo se fundieron no sin consecuencias, y en su vientre la fatalidad de la imprevisión se abría paso sin razonar. Supongo que aquello, que todo aquello, me sobrepasó. La medida de las cosas es eterna cuando no se puede abarcar ni con los mayores esfuerzos. Le propuse hacerme cargo del niño, de la niña que meses después nacería y de la cual tampoco quise separarme para siempre. Dafne aceptó, y así convenimos que se mudara a Madrid y que cambiara su nombre para pasar por española. Quiso la fortuna o la desgracia, quien puede saberlo, aún hoy mi desgracia y mi fortuna se entremezclan en una síntesis absurda, donde el que vive es el que muere y el que ama, es el que no ama, o no se atreve a decir que no ama, porque cree que ama de verdad, quiso pues la indecencia, que por aquella época, uno de los apartamentos de la azotea de nuestro edificio quedara libre. Lo alquilé sin pensármelo dos veces, ¡Qué mejor lugar! Si algo necesitaban yo estaría a su lado, y tampoco serían necesarios grandes desplazamientos para saber de ellas. Sí, cariño, así fue, la ruindad no tienes limites. Sí, mi amor, vivían allí al lado nuestro, tan cerca que incluso podías tocarlas, compartiste mesa con ellas en alguna ocasión, cuidaste alguna noche a mi hija, no a Lucía, sino a Delia, alguna noche salimos de paseo, alguna noche que seguro recordarás, tu fuiste nuestro canguro, nuestra particular cuidadora, mientras yo iba al fútbol y ella, Luisa, te pedía que le cuidaras a la niña porque le tocaba guardia. No podías sospecharlo, nuestro miedo era también tu miedo. Las coincidencias existen, el azar es perverso, pero yo lo he sido más...
- Maldito cerdo, hacernos esto... Maldito cabrón. – Chilló Lucía.
Yo solo acerté a abrazarla, a tomarla de la mano y acariciar sus dedos despacio. Para mi aquella era la única revelación innecesaria de toda una vida, la única razón por la que uno puede desear que los muertos revivan para matarlos de nuevo, lentamente. Terrible contradicción estadística...
Mientras, al otro lado de la sala, mi madre se había dado la vuelta y miraba por la ventana, resoplaba de forma rítmica, quizá condenando al malvado que había habitado tantos años bajo su techo, o quizá, a esa enfermera rubia que saludaba tímidamente al cruzarse por las escaleras y a la que tanta ayuda había prestado, sintiéndola sola, al cuidado de una niña un poco menor que Lucia. La traición era doble, su vida se convertía en un resumen cuyo epílogo desmentía todo su sentido, toda su fuerza. Ella que era tan fuerte, la roca sobre la que asentaba aquella familia, la cordura, la serenidad. Ahora todo se deshacía en partes sexuadas, eréctiles, y la vez, atrofiadas en su propio fango libertino.
Nicanor, no hablaba, estaba callado, pálido, totalmente ido. Más tarde sabríamos que su presencia allí, aun siendo tan solo un sobrino de mi padre que apenas nos visitaba, llevaba el mismo sello de inesperada traición, única razón de existencia, en aquel día de espantos.
Don Ataulfo se recondujo sobre la lectura, carraspeando de forma profusa, ahogando quizá con esos estertores la angustia que le invadía en forma de emoción. A él le hubiera gustado no tener que oficiar este momento, no era su sermón, ni su epístola, ni tan siquiera comprendía la poca hombría de su amigo, al que solo logró convencer de que dejara sus fechorías por escrito, seis años atrás. - Al menos por escrito, Andrés. No puedes vivir así y no puedes a tus amigos hacernos vivir en territorio enemigo...
He intentado que aquello no entorpeciera nuestra vida familiar. Ella nunca me reprochó nada, sabía que debía ser así, que yo en su mundo era la parcialidad, las sobras que restan tras contenerse la vida completa en otra dedicación. Luisa tuvo su verdad, pero Inés tu no la has tenido y es por eso, por lo quise dejar mi nombre manchado de mí y de mis debilidades. Fui así, y solo me quedaba admitirlo.
Durante años Nicanor se ha encargado de atenderlas, de darles esa parte de mí que no era posible en el día a día. Te fui infiel demasiadas veces en estos catorce años, los mismos que tiene Lucia ahora cuando escribo esto, en pleno verano de 1963, sentado sobre un banco del parque donde los niños juegan a ser mayores y mentirosos, como todos hemos jugado, algunos, como ves, con demasiado provecho.
Debo pediros perdón a todos. Agradecer a Nicanor que nunca preguntara el por qué de mi interés por aquella madre y su hija, decirles a Martín y a Lucia que estoy orgulloso de ellos, que olviden esta parte absurda de mi existencia, que no me condenen del todo por algo, que resultó ser irremediable y cruel. No espero que me comprendáis hijos, solo que cuidéis de vuestra madre si algún día me partiera en dos un rayo, por haber sido un cobarde y ruin. Sé, Inés, que no perdonarás, lo entiendo, el golpe es demasiado grave para cualquier curación. Simplemente te amé a mi manera, tanto que nunca pude dejarte para siempre. No tengo excusa. Te llevaré conmigo a la eternidad.
(A continuación Lista de enseres y beneficiarios...)
El silencio pesaba como una losa. El muerto había hablado con la crudeza de los vivos, se había desmentido a sí mismo, haciéndose pasar por vivo. La estadística languidecía en tiras de probabilidades arruinadas. El hecho en sí, es que el dolor tras la muerte también se transporta de mente en mente. El espacio es un mundo de nombres olvidados, o como acertadamente decía mi padre, el aire no es transparente, pero aquello no le da derecho a afilarse en la piel de los inocentes hasta cubrir de dolor la memoria.
Mi madre no esperó al final de la lectura, se acercó al abogado, le dio la mano, dando por zanjada cualquier disputa, le susurró al oído alguna frase que hizo palidecer a Don Ataulfo. Ella misma nos confesó en el taxi que tan solo le había dicho con sus palabras:
- Mira que le dije Andrés que no sabia escoger a sus amigos.
Le hizo gracia verse en el papel de dura, en un momento como aquel. Su entereza, tan profunda y cabal, nos hacía sentirnos como débiles adolescentes que no pueden consolar a los ancianos, porque no saben de que hablan, ni llegan a entenderlos. Nos pasaba el tiempo por encima en forma de avalancha, nos inundaban los ojos unas lágrimas que no comprendíamos como nuestras. Pude ver mi pasado de color rojo, iba cortándome con todos los recuerdos, como si todo pudiese ser falso y a la vez condenado a revivirlo otra vez. Los besos empezaban a sobrarme y las frases se terminaban en un ¿Será verdad?
- No nos hemos despedido de Nicanor, dijo mi madre, entre risas. Pobrecito que memo ha sido siempre. No preguntarle a su tío sobre la vecina y su hija... - Comenzó a reírse de tal modo, que nos contagiamos Lucia y yo y hasta el taxista nos miró con cierta extrañeza, como pensando que estábamos grillados. - No se preocupe buen hombre, es que he descubierto que después de tener dos hijos sigo siendo virgen - le dijo mi madre desternillándose de risa - Bueno que digo dos, tres y una enfermera - Volvimos a llorar, esta vez de risa... Hasta que llegamos a la casa, que para siempre iba a pertenecer a mi madre.
Mi madre abrió la puerta, tomo una holandesa amarillenta de encima del escritorio de mi padre, y un rotulador negro de aquellos primeros de punta ancha. Se puso a escribir y después salió a la terraza acunando dulcemente el papel en su regazo y lo dejó pegado en la barandilla con cinta adhesiva.
Lucia preparó un café, que tomamos en silencio y mi madre nos pidió que nos quedáramos un rato con ella, para un último rito necesario y secreto. Nos dijo que fuéramos al cuarto de baño y la esperásemos allí, los dos nos miramos un tanto extrañados, aunque aquel día la extrañeza dejó de ser un estado del espíritu para convertirse en un recuerdo borroso. Al momento, se presentó allí, portando la copa de las cenizas de mi padre, que había expresado siempre la voluntad de ser esparcido por el Océano Atlántico en una ceremonia familiar. Abrió la copa solemnemente y dijo con expresión fingida pero seria. - Al mar lo que es del mar, y a la taza lo que es de la taza- y vació la copa en el inodoro. Y así fue, como vimos por última vez las burbujas grises de mi padre escaparse por el sumidero en busca de su verdadera historia...
Epílogo
- Son cosas de la estadística le decía el agente inmobiliario a un supuesto comprador. El piso esta en una buena zona, pero la probabilidad de encontrar gangas como esta es casi nula. Pertenece a una viuda que quiere irse a vivir Santander y como tiene prisa lo deja a muy buen precio. El comprador se asomó a la terraza de donde colgaba una hoja amarillenta y llena de polvo. Aún se podía leer...
"Se vende por su escaso valor emocional"
