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PENSAMIENTOS IMPROPIOS


LA FÁMULA DEL AUTOBÚS


Es la Antonia una empleada de hogar con la que coincido cuando, ciertas mañanas, las piernas flaquean más de lo que acostumbran –que a ver qué anduvieron persiguiendo por la noche- y recurro al autobús para que me lleve, con el mínimo desgaste óseo, desde extramuros hasta el lugar donde origino mis haberes.


Antonia es pequeña como una estrella sietemesina y lleva siempre la cara lavada, blanca y estirada como el alba de un cura –que pareciera que le cambiara la piel cada alborada. Debe rondar -sin pisarlos- los sesenta y, por el aspecto de sus manos de labriega urbana, uno diría que habilita friegasuelos y estropajos desde hace ya bastantes décadas.


Recorre Antonia el trayecto hasta la zona de Las Tendillas -donde se condensan los pisos solariegos de los más rancios señoritos que aún trastean por Córdoba- y, una vez llegado a alguno de ellos -de cancela y portería humana- enfunda toda su figura en su ropaje de criada –que atrás dejamos ya los eufemismos- y se pone a quitar la costra que la señora no quita porque ser hija de quien es y viuda de difunto con galones.


La Antonia nunca se ha dirigido a mí en el transporte que nos acarrea hasta el centro urbano de Córdoba, porque yo suelo llevar maletín y tengo aspecto, bien de vendedor de seguros de decesos, bien de despachante de alguna oficina con linaje. Por ello y, desde la distancia que ella marca, yo siempre observo a Antonia como un ejemplar de la Córdoba descolorida, de la ciudad que siendo cuna de tantas culturas, sólo dejó, como siempre deja la historia, ricos que defecan y pobres que se esfuerzan en limpiar lo defecado –sírvase esta imagen, y así aviso a quien esto lee, en el más amplio sentido de la metáfora y no sólo en el de el colectivo de la Antonia, pues que alce la mano quien no se encuentre a uno u otro lado del escatológico ejemplo.


Hoy la Antonia iba contenta porque le han puesto una pótesis en su rodilla, que andaba machucha la pobre y, como se ha sentado al lado de otra empleada de casa ajena, quien le ha señalado su origen ecuatoriano, ha tenido un trayecto muy entretenido. ¡Qué lejos está usted de su casa! –se ha convalecido de la emigrante- y ésta que, por sentirse emigrante y tener cara de pobre, tenía la necesidad de presumir de algo, le ha dicho que es que su casa está en el centro del mundo. Uf pues vaya calor que debe de hacer –ha sentenciado la Antonia mientras se abanicaba, en una mueca forzada, con la mano. Y la criada ecuatoriana ha inclinado la cabeza ya que, ni un sí ni un no, hubiesen aclarado nada. Luego Antonia se ha congratulado de lo bien que habla su compañera de destino el español -que digo yo que, que bien habla usted pa ser de fuera, ha dicho- para seguir despachándose a gusto con lo de su pótesis metálica y ha señalado pomposamente la bonhomía de la señora para la que sirve que, mire usted me ha dicho: Usted Antonia ahora se agacha lo justo, que lo que no pueda hacer esta semana lo hace la que viene echando un par de horillas más. Que la salud, como decía mi santo esposo, es un bien que nos da el Señor para cuidarla y no para jugar con ella. Que aún le quedan a usted muchos suelos que fregar…


Su feligresa de asiento, que la sigue escuchando sin perder ni coma –a pesar de la velocidad verbal de la Antonia- ha asentido nuevamente, con la convicción reforzada de que, tanto de el Ecuador para arriba como de el Ecuador para abajo, debe de haber el mismo número de malnacidos que, en eso, la población parece andar muy bien repartida.


Cuando he dejado la parada que me pertenece por designio, Antonia habrá seguido hasta la siguiente con sus andanzas de fámula resignada, mientras yo, he emprendido el poco trecho que me quedaba hasta el Ministerio, sacando de mi maletín media sonrisa de funcionario de tercera y, pensando qué expedientes me tocaría hoy abrillantar de tantos que habrán empercudido los señoritos de los despachos de arriba.

 

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EL ARGENTINO


El argentino gastaba sombrero panameño y sahariana clara. Rodeando la pretérita Plaza de las Tendillas -a eso de que la mañana se va haciendo mocita- parecía el argentino un personaje desbandado de una novela guanche. Era alto y frágil y tenía un algo de marcialidad en sus andares. De edad incierta, el argentino se señalaba, con cierto desdén de amargura, el ala de su sombrero ante las muchachas del instituto cercano que, entre risas, devolvían tímidamente la singular cortesía. El argentino se sentaba en los veladores del Savoy y, con un discreto chasquido al aire, solicitaba un café solo y dos porras con azúcar. Tras ello, colocaba sobre la mesa lustrosa y circular su sombrero ceniciento y dejaba ver un pelo rubio cortado exquisitamente a navaja. Luego el argentino desplegaba el periódico como quien despliega el universo y, durante un tiempo que parecía interminable, desaparecía entre los pliegos amplios como si lo hiciera en la chistera de un mago. Se dice así que nadie vio nunca al argentino sorber su café ni despachar las dos porras que le acompañaban. Pasado el ensanchamiento del tiempo tras las hojas, el argentino plegaba el noticiero con maneras de tejedor de sábanas y, dejando las monedas justas sobre un platillo blanco, se levantaba y, una vez vuelto a colocar su sombrero con cierta coquetería, se dirigía hacia la estatua ecuestre que preside la plaza y volvía a señalarse el panamá, a modo de respetuoso tratamiento. Nadie sabía el porqué de ese ritual pero, la apostura de sus andares, daban a entender antepasados bizarros como ese Gran Capitán que monta marmóreo a lomos del corcel y que da eje al lugar referido. El argentino no decía palabras como boludo, changa o pibe, que era él hombre de castellano pulcro, pero sí aderezaba sus pocos vocablos con una cierta melodía de cajita de música victoriana. Andaba luego el argentino –ya desayunado- hacia los jardines que dan su costado al corazón de Córdoba, deteniéndose con intriga en los escaparates que estrechan el recorrido. Nunca entraba en ninguna tienda –que él, ya se dijo, no las llamaba boliches- pero sí se recreaba en sus escaparates curiosamente decorados. Llegado a los jardines bebía el verdor de sus plantas y el agua fresca de alguna de sus fuentes. Y, de mañana en mañana se sentaba en algún banco forjado remembrando quién sabe qué ensoñaciones, con la mirada fija en un cielo que, sin duda, se compartía al otro lugar del charco.


Caminaba así por Córdoba el argentino sin detenerse con nadie, sin saludos ni adioses, sin figuras que le equivocaran el camino -que parecía tenerlo marcado con tiza en los adoquines y aceras de la capital ribereña. Llegada la hora del almuerzo, regresaba el hombre a la pensión que le daba cobijo y que quedaba señalada con el número quince de la calle de Los Alfaros. Allí le esperaban tres comerciales itinerantes de maletas inútiles y una comadre con mandil de talla especial que servía a diario platos hondos repletos de potaje y dos bollos de pan caliente. Era éste el lugar donde el argentino reposaba sus huesos y donde, cada noche, daba vueltas a sus pensamientos sobre una cama estrecha de colchón y ancha de colcha.


Pasaron años sin que este cronista que relata la historia pudiese añadir nada más a la rutina que ya se ha contado –siendo como era el argentino hombre de costumbres con escasas variantes. Pero llegado un verano de ésos que se estrellan contra Córdoba con la dureza de un castigo divino, llegó al número quince de Los Alfaros una mujer tremendamente bella con vestido suelto de colores vivaces y una maleta de cuero envejecido. Preguntada la comadre de la casa acerca de Santiago Almagro, no pudo por menos ésta que encogerse de hombros. Aclarado que el tal Santiago era porteño y rubio y alto y escaso de carnes, exhaló la posadera un ay de sorpresa y señaló a la viajera el camino cierto que seguía a diario el argentino. Con preguntas insistentes en la lengua de Borges y respuestas en el andaluz de Lorca llegó el personaje hasta los Jardines de la Victoria donde Santiago Almagro –que ya conocemos su gracia- refrescaba su nuca con un pañuelo recio empapado en el chorro de la fuente. Al ruido de la maleta desplomada a sus espaldas se giró despacio el argentino como sabiendo qué le esperaba. Y dicen que nunca vieron los jardines de Córdoba desplegarse unos ojos como los del porteño. Y dicen que nunca vieron las fuentes una sonrisa tan amplia. Y dicen que nunca conocieron las rosas recién regadas un abrazo tan enternecedor. Ella había vuelto. Y aquí giró la historia de Penélope. Y aquí se cerraron las interrogantes de los coetáneos del argentino. Si ella había regresado todo tenía ya una respuesta…


Nunca más vio Córdoba al argentino desayunar solo en el Savoy. Ni pasear distraído por la calle de la Concepción. Ni dormir con desamparo en una cama estrecha. Veinte años después, el argentino volvió a decir boludo, y pibe y changa y boliche, y comenzó a saludar con su sombrero panameño a cuantos a su paso se le cruzaban. Y comenzó a reír y sonreír. Y dejó de mirar tanto al cielo extenso. Y dejó de perderse tras los pliegos de un rotativo. Veinte años después la ominosa soledad de sus noches en duermevela había huido de su lado espantada por unos ojos verdes.


Veinte años después éste que este cuentecillo relata ha ocupado la silla veladora del Savoy, y se pierde tras los pliegos macilentos del rotativo diario, y visita con frecuencia los jardines que dan de lado a la parte más urbana de Córdoba –para beber verdor y agua-, y apenas saluda, y sigue su camino guiado por sus pasos pequeños e inciertos, y duerme en una cama estrecha de colchón y ancha de manta… Y es que veinte años esperando, existan o no existan argentinos, son -dijese lo que dijese el tango bonaerense-, demasiados años para cualquier alma…

 

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LA CASITA BLANCA

 



Tengo cuatro agendas con tu nombre. Dos móviles con tu número. Y tres razones para amarte. Pero vives en una casita blanca. Tengo un tatuaje con tu corazón. Un champú que utilizaste. Y una fotografía de tu ausencia. Pero dicen mis amigos saber que vives en una casita blanca. Sé a qué saben tus labios. Conozco el calor de tu cintura. La suavidad de tu vientre y el tacto de tu aliento. Pero de nada me vale por vivir tú en una casita blanca. No. No me gusta tu casita blanca. No me gusta porque nunca la visita el sol y porque huele a fibras de humo y afonías. Y porque tiene dos camareros que no ríen y un alcohol aguado que no cicatriza el alma. Tampoco me gustan sus alcobas macilentas con aroma a resina y a agua turbia. Pero tú vives en la casita blanca y ahí vive tu pelo dorado por los dioses normandos y tus labios hechizados por la magia de un druida. Tienes los ojos tristes –me dijiste al conocerme. Tengo las manos tristes –te contesté mientras las miraba. Reíste y me besaste. Te aparté con delicadeza y negué hasta en tres ocasiones. Desde ese día fuimos sólo compañeros en tu casita blanca. Conscientes de un naufragio irremediable en un mar donde zozobran todas las barcazas que no navegan hacia el ritual acostumbrado.


Fue por eso que empezamos a dejar la casita blanca y buscamos otoños y bosques. Taxis y lluvias. Semáforos ámbar y tascas cenicientas. Fue aquel tiempo en que el cielo olía a cielo y tú olías a azúcar. Fue el tiempo de todos los amaneceres que mis brazos han rodeado. De todos los espejos y de todos los caminos. Fue un tiempo para amar, pero fue un amor para todos los tiempos. Éramos dos interrogantes rodeados de gente que nos buscaba. Lo sabíamos y, con el tiempo –por la inercia de lo que es inevitable- nos dejamos encontrar…


Tú volviste a tu casita blanca –sin más lágrimas que las mías- y yo quedé –sin más besos que los tuyos- en mi embaldosado terroso –mirando las paredes y transitando por la foto de tu ausencia –en la que ríes señalando un pájaro dorado.


Hoy te recuerdo como sólo se recuerda aquello que se ha de olvidar, y te amo como sólo se ama cuando se escribe con furia y locura. Lejos de tu casa. A la que ya no me acerco porque allí se trata mal a los poetas que roban cenicientas…


 

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LAS SÁBANAS CURIOSAS


Tengo mi balcón –sí, ése que es de segunda, como mi piso y mi corazón- mostrando al vecindario curioso las sábanas que han servido, durante algo más de una semana, de lienzo a mis sueños y a mi alma. Hoy tardarán más en secarse. Llueve en la calle donde aboca mi estancia. Y la humedad es mala aliada para que los últimos vestigios del agua hiervan hacia la ausencia definitiva. En mi balcón han muerto dos plantas desde el invierno. El descuido hizo con ellas lo mismo que tú hiciste conmigo. Eran dos plantas prosaicas, de ésas que tratan de avivar los espacios de los solitarios. Es curioso a cuántos solitarios conozco provistos de dos plantas y un gato. Yo ya no tengo las dos plantas –ahora me conformo con una caña de bambú que se resiste a la muerte retorcida en su propio eje- y nunca he tenido un gato, porque una vez me dijeron que los gatos comen pelos y, no me pareció higiénico compartir mi casa con una especie que se alimenta de cabellos y pescado –odio el pescado y su olor a mar difunto.


Mientras escribo, cercano al balcón, mi mirada se estrella frontalmente contra las sábanas que dieron origen a esta misiva sin destino. Parecen nubes sin alma. Sudarios sin difuntos que les den volumen. Propietarias de sueños fantasmales que alguna vez embozaron mis desvaríos y duermevelas. Mínimas poseedoras de las pieles que ampararon -pieles níveas como la de ella a la que nunca olvido a pesar de su daño…


Mañana, porque ya hoy definitivamente la humedad lo ha evitado, las destenderé de sus alambres y, con la impericia que da la soledad para ciertos menesteres, serán mal dobladas y guardadas en el armario que ocupa con holgura cierta pared de mi dormitorio. Serán colocadas sin esmero en el mismo cajón donde abandono, por costumbre, los envoltorios de los jabones que uso -en mi pobre ilusión de que tomarán algo de su perfume mudo. Quedarán entonces allí. Quietas y allanadas. Listas para nuevas batallas o para simples vasallajes. Siguiendo su insalvable destino de fieles armaduras de mi colchón de látex y miseria…

 

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EL PASEO DE MI CORAZÓN


Hoy he sacado el corazón a pasear. Le he puesto un trajecito de color discreto y unos zapatos con las medias suelas nuevas. También lo he peinado con cierta compostura y, por si acaso, le he aplacado sus rizos genéticos con algo de espuma de desmemoria. Cuando sale a pasear, mi corazón late antes de cruzar el umbral que lo fronteriza, como un perrillo inquieto antes del alivio rutinario.


A eso de las once, se codeaba todo él con los otros corazones paseantes por la misma gravilla. A pesar del tiempo que no se nos veía juntos, no hemos sido asaeteados por excesivas miradas indiscretas, cosa que ambos hemos agradecido, por eso de no estar el ánimo para muchas –ni pocas- explicaciones.


Junto a la naciente flor de la esquina de la muralla milenaria que deja a mi barrio en extramuros, le he sentido hurgar en el polen hasta en tres ocasiones –que, a mi contra, no debe, el reproductor elemento, ser ocasión de trastorno para él. Señalado el lugar sin el orín indiscreto –que atrás quedó ya el símil con el perrillo impaciente- hemos paseado luego hasta más allá de la iglesia que dedican a San Lorenzo y -como parecía tener hoy más necesidad de olisquear que de costumbre- ha tomado algo de incienso que sobresalía por la rendija que estrujan las puertas del templo, el mismo incienso que se llevaban, en sus alas batientes, dos mariposas de un amarillo chillón desagradable que bailaban con la inútil gracilidad con que lo hacen semejantes lepidópteros.


Iba mi corazón hoy advertido de que no es buen tiempo para romances ni romanzas, pero él –siempre cantor ciego- se ha estremecido en un par de ocasiones con la mirada sultana de algunas chiquillas de las que anuncian primaveras. Señalada entonces mi mano en el pecho, ha cesado su latir inquieto, hasta volver a quedar éste en la sístole prudente y en la diástole atinada.


A eso de la una –cuando el mediodía apretaba su mejilla contra el suelo- andaba ya el trajecito que le impuse algo sudado y, las medias suelas –que no debieron de ser bien calzadas- advertían de un despegue casi inmediato. Tal eran las cosas, que creí que era hora del final del paseo -que luego llega el resfrío de este tiempo y las toses y los incómodos estornudos.


Llegados a casa con la barra de pan tibio bajo el brazo y, tomado nuevamente su lugar oportuno, lo he visto algo menos deslucido que estos días pasados, pero aún se advierten las ojeras y cierta palidez en su laberinto de cavidades. Mañana, a lo mejor, si la brisa deja la veleta detenida, volvemos a dar otro paseo       –por eso de que se acostumbre a la soledad de la primavera. Y, a lo mejor, mañana, llegamos más allá de extramuros, donde dicen que también se encuentran otros corazones a los que tampoco asusta el polen de las flores principiantes.

 

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EL ANDÉN DE LA PRIMAVERA


 


A veces parte sin mí el tren donde persistentemente viajo y, en su partida, lo contemplo alejarse -humedecidos los ojos y quieta la maleta. Será inútil todo esfuerzo por alcanzarlo. El reloj de la estación se adelantó sin previo aviso y, ahora sólo queda la mirada lacerante al horizonte que perturba.


Quedo entonces –asumida ya la pérdida a la que llegué más por destino que por tardanza- arrellanado en este banco que me hicieron a propósito de madera, y me convierto en ebanista transeúnte, en servidor de la gubia que medra aún más sus listones arrugados. Aquí, entre sus carcomas devoradoras, me estrujo con la brisa inacabada y, a modo de sábana macilenta, me embozo con recuerdos de otros tiempos, con la ignorancia de si aún quedará alguien bosquejando versos en las paredes.


Huele este andén siniestro a gasóleo e hierro viejo machacado, a soledad en blanco y negro, a posos de café y bolsitas de té mohosas. Es este lugar –en el que quedo- la contrautopía de los paisajes, el laberinto de las llanuras vejatorias, el andrajo de un cielo estallado en las aristas de sus constelaciones.


Sobre la arena seca que alimenta mis suelas malgastadas –otrora aserrín de risas- escupo la saliva que derrocha mi garganta, formando las únicas estrellas que permite el tapiz malencarado. A mi siniestra, algo que pudo ser una botella, recuerda el presente de la resaca y acoge en su boca dos moscas machaconas y ciegas. El petróleo de las uvas me llena el estómago y la cabeza, y ocupa el lugar de la sangre y la sesera. No sé llorar y no lloro. Tan sólo mantengo la amargura en la marmita imaginaria de mi tráquea.


No hay más viajeros atrasados en esta estación de fantasmas y desmemorias. Solo quedo y solo destrozo las palabras que ayer compuse. A cantar me paro si la tarde queda rota y, las alas batientes de algún insecto, me recuerdan la mudez de lo entonado. No recuerdo la música que me enseñaste. Ni las palabras que tras de ayer me emocionaron. El banco de madera sigue figurando firme. Imperturbable. Como el acomodo infernal de cada ominoso pensamiento. Por eso me fue hecho a propósito. Para evitar un rendimiento protector. Para alargar la tortura del tiempo que, imperturbable, pasa y pasa volviendo a hacer llagas que saben, una vez más, a primavera.


 

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EL CAZADOR DE HADAS


 


Hace unos días conocí a un Cazador de hadas. No, no juzguéis aún mi relato, yo tampoco sabía de la existencia de semejante ocupación. También os advierto –para futuros encuentros- de que todo Cazador de hadas lleva un extraño instrumento al que llaman –él me lo dijo- cimbalom. No, yo tampoco sabía qué era un cimbalom. Él me lo explicó. Es un quimérico instrumento musical que sirve para cazar hadas –me dijo, llegada la ocasión, en un castellano desordenado por su acento.


El Cazador de hadas que os refiero era húngaro y se había sentado en un banco a afinar la puntería de su ingenio. Mi curiosidad –que es la misma que acabó con una de las vidas del gato- me hizo sentarme junto a él. Le miré con extrañeza y me devolvió la extrañeza y la mirada. Hola –le dije a modo de saludo simplificado. Y él asintió -devolviendo la simple ceremonia. Mientras lo hacía, trasteaba con su extraño cachivache como si anduviese preparando la trampa para el uso requerido. ¿Cómo se llama? –curioseé mientras señalaba el insólito artefacto. Y ahí me lo dijo como os lo he dicho: Cimbalom. Como no le entendí a la primera -por su tonada húngara y, por no ser ésta palabra propia de mi vocabulario- lo hubo de repetir hasta en tres ocasiones. Entonces saqué mi cuaderno-de-anotar- palabras-que-no-están-en-mi-vocabulario y lo anoté con letra bien clarita c-i-m-b-a-l-o-m –que si no luego mi propia escritura se vuelve rebelde y dice lo que ella quiere. Le sonreí tras anotarlo. Sirve para cazar hadas –me apuntó muy serio. Debió de ver mi cara demudada porque volvió a sonreír… ¿Para cazar hadas? –reincidí en preguntar esta vez con cierto tartamudeo. Sí, para cazar hadas –reiteró y siguió trasteando. ¿Pero hay hadas por aquí? –insistí mientras miraba a mi alrededor esperando ver alguna criatura fantástica. En todos los lugares hay hadas –afirmó mientras me miraba con cierto mohín de ofendido. Ya, ya, claro también aquí –asentí convencido mientras mis ojos no paraban de buscar a algún ser diminuto y etéreo siempre fiel a mi principio de que existen más cosas que aquéllas que creemos... Fue en aquel preciso instante –mientras mis pensamientos se estaban barajando- cuando comenzó a manipular el instrumento de abajo arriba y de arriba abajo, y una sucesión de cuerdas se rindieron al peso de dos mazos pequeños que las percutían con una habilidad prodigiosa, engendrando tal ejercicio una melodía increíblemente mágica. Un grupo de curiosos se arremolinaron junto al banco. He de confesar que les lancé una mirada opositora. ¡Eh que al Cazador de hadas lo conocí yo primero! -quise gritar. Pero callé por pudor y por prudencia. Y es que era mi deseo que, si empezaban a aparecer criaturas bellas, fuese yo el primero en contemplarlas. Pero cuando observé que el Cazador sólo me miraba a mí, mientras sonreía al ritmo de su música, quedé más tranquilo. De repente y, tras un arpegio de secreta belleza, amplió aún más su sonrisa y, mirándome a los ojos me susurró con orgullo: Acabo de cazar a una nereida… Miré a mi alrededor ¿Quién ha visto entrar a una nereida en este cachivache? –quise volver a gritar. Pero entonces, me di cuenta de que el Cazador sólo me había contado la verdad de su historia a mí y que, aquella turba de gente que continuaba aumentando a nuestro rededor, sólo iban a advertir la presencia de un músico con un extraño instrumento sonoro.


Así fue que pasamos toda la mañana atrapando hadas. Prendiendo sus almas –que era lo propio del interés del Cazador- entre el cordaje bien dispuesto. Según variaban los acordes de las melodías un extraño olor a bosques de nogales, a ríos y fresnos húmedos rodeaba nuestro banco. No sé cuántas hadas más cayeron en la trampa, él me lo señalaba cada vez que ocurría, ora con las cuerdas graves, ora con las más agudas, ora con su sonrisa de húngaro… Y yo sonreía, entendiendo todo y sin entender nada…


Llegado el mediodía -como llegada la hora esperada- paró de percutir de repente. Ya –concluyó de forma rotunda mientras echaba una estera negra y tupida sobre el instrumento. La luz del mediodía podría hacerles daño. Vamos a guardarlo todo –decretó con naturalidad mientras me proveyó de un cinturón de zíngaro. Quedé perplejo. ¿Era ése el final? ¿No me iba a mostrar a ningún ser de los cazados? Se puso en pie y me hizo ayudarle a enfundar su maquinaria en un maletín de ese color marrón que sólo tiene el cuero de los viajeros. Rodeamos éste con el cinturón que aún colgaba en mis manos y se echó al hombro el conjunto. Ya en pie –donde me percaté de su altura desmedida- me tendió su mano encallada por el roce del cordaje. Se deshizo en una ligera reverencia y, sin dar lugar a ninguna interrogante se alejó por el horizonte urbano con su mágica trampa bajo el brazo.


Quedé en el banco hasta que mi mirada ya no alcanzó a verlo. Y quedó todo el día su estampa y su artilugio preñando mi imaginación de viajero a la locura. Cuando febrero se echó la noche al hombro y regresé a la casa que me da calor en estos días, descubrí que, el olor a humedales de otro mundo, invadía cada poro de mis tejidos, un olor que, desde entonces atesoro y que, me sigue recordando que, una mañana, acompañados por un instrumento que llaman cimbalom, un húngaro y yo estuvimos juntos cazando hadas –sin saber con certeza su destino- en un escabel urbano con una música hechicera como cebo.


 

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A DON ANTONIO MACHADO


Quizá fuese ayer cuando paseabas tu infancia por un patio de Sevilla. Quizá ayer cuando paseaste tu juventud por las tierras llanas de esa Castilla de paisaje recio y deslustrado. Porque para ti, maestro, los días no pasaban como días ni los años como años. Porque manejabas el don de estar y de no estar al mismo tiempo. Te fuiste en silencio. Como lo anunciaste. Ligero de equipaje. Falto de Leonor y, con el aliento último de tu madre, sobre tu nuca de poeta. Te fuiste un día como hoy. Lejos de tu tierra andaluza y de tu Soria venerada.


De tu prosa -tranquila como la tarde- bebieron las palomas del exilio. De tus ensoñaciones mansas nacieron poesías, puños y banderas. Pero jamás enarbolaste más armas que tu verso.


Compartiste rucio con el Quijote al marchar enfermo de la revolución ajena. Compartiste estoicismo con Sancho al no confundir los molinos con gigantes -demasiado libre tu corazón para pertenecer a ninguna patria repartida. Fuiste siempre pintor de ocres sosegados. Sin lugar en tu paleta para el rojo de tu sangre jacobina. Fuiste sombra de ti mismo. Y tú mismo fuiste la sombra que paseaba eterna por el campo que bordabas con tus pasos –caminante no hay camino…


Exhalaste tu último hálito allá. Junto a un Olmo seco y francés -el mismo que un día anotaste en tu cartera y, allá lejos quedó el milagro de tu cuerpo para la vida. Infinita tu mirada hacia el horizonte imaginario y cubierto de terruños. Resucitado de entre tu estampa. Cerca del mar. Republicano y viejo para siempre. Como los hijos de los poemas…


(Don Antonio Machado murió en Colliure un veintidós de febrero de 1.939)

 

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