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candelas


Tierra yerma.

Intentó abrirse paso
a través de la selva de los recuerdos
del dolor profundo y el desaliento.

Intentó mantener la mirada fija
y la mente lúcida
a pesar de los fantasmas y las trampas.

Intentó alcanzar su sueño
alargando la mano más allá del tiempo y del espacio.
Alcanzar esa estrella rutilante,
ese verdor fresco,
esa luz cálida,
esa forma de amar

Pero sólo encontró confusión y tierra yerma.

Quizás

no estaba hecho para él

el paraiso.

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¿Cómo ...?

¿Cómo perderé tu olor
y el rastro de tus manos
si son parte de mi piel
y de mi alma?

¿Cómo borraré tu sonrisa
de mi mente
si marca cada segundo,
cada respiración,
cada paso?

¿Cómo dejaré de verte
en cada espejo,
reflejo vivo
de tu ausencia?

¿Cómo no fundirme con la almohada
que te nombra
y con la taza
que guarda, celosamente,
tus labios?

¿Cómo no esperar que regreses
y me mires
y te abrace,
y que la nostalgia se diluya
en la realidad
que todo lo salva?

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Reencuentro

Dame todo lo que esperas:
una mirada,
una sonrisa,
un por qué.

No temas,
nadie lo sabrá.
Ni tan siquiera la gaviota
que me sobrevuela.

Cierra los ojos y siéntelo;
la brisa acuna tus cabellos,
te roza.

Ojalá pudiera volver a mirarte
sin saber quién eres;
observarte desde la altura
y quedarme inmóvil.

Ojalá pudieras verme
Y acariciar mi cara,
compartiendo este atardecer.
Que tu tiempo y el mío
fuesen uno,
que la distancia no existiera.

Ojalá
todo fuese como me dijiste.
Que se hubiese parado el mundo
en ese mismo instante.

Nuestro universo era otro,
nuestros ojos ya no existen;
ni tan siquiera tu boca.

Sólo me queda
un último deseo por concederte.
Algo que me aterra
y me consume.
Tu última súplica: vivir.


Ambos sabemos lo difícil que es.
Lo terrible que sería si no existieras.
Lo imposible que sería
si no te hubiese conocido.

Dame todo lo que necesito:
una mirada,
una sonrisa,?
tu presencia.


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Luciérnagas...

Ésta, como tantas otras noches de insomnio, me muestro ante vos en mi esencia.

No hubo suficiente vino, ni suficientes miradas como para olvidarte. Ni siquiera el resplandor lejano y nímio de la Luna, sirvió para despojarte de tu halo resplandeciente de duende.

Las luciérnagas anidaban en mi cabello y me hacían levitar como aquella mancha insomne del pasado que te visita cada noche, dulce y profunda; eterna y cuántica; palpable y etérea, en la encrucijada del devenir.

Estás.

Existes.

Eres.

Te siento.

Permaneces.

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Comienza a encenderse la luz...

Poco a poco va oscureciendo.

Los largos días de junio también llegan al ocaso y es, en ese preciso momento, cuando se prenden las candelas.

Su luz cálida y tenue nos invita a la reflexión. A despojarnos de máscaras y atuendos. Y así, desnudos ante ellas, nos mostramos.

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