A don Gerardo se le apagó el recuerdo. Llevaba diez o doce años al pairo, desposeído de ese cuaderno de bitácora que es la memoria, donde todo se apunta. Lo deseable y lo indeseable. Casi mejor así. Don Gerardo murió virgen de horrores y duermevelas gracias al alzheimer, un hombre que al horror debió de tratarlo de tú y sacando pecho. Imagino su penúltima sonrisa dirigida a las montañas de Alcoy. Don Gerardo, mirando la buitrera del Barranc del Cint, tendría olvidadas ya sus correrías a la caza de ratas, gatos, perros con los que proveía de alimento a un nutrido grupo de compatriotas que aguantaba el chaparrón escondidos en sus madrigueras en Amsterdan, cuando el diablo calzaba gorra de plato. Quizá, en algún momento de lucidez, pensara en las vidas que podría haber salvado con esos orondos, sobrealimentados buitres que desde su atalaya de Novaire, vería volar libres y despreocupados. O quizá no. Mejor así.
Se llamaba Gerardus David Story y murió el día 18 de julio (también tiene mala sombra la fecha) en Alcoy, ciudad donde vivió la tranquilidad que le fue arrebatada en su tierra. Formó parte de la Filà Judíos (el único judío auténtico de la filà, según sus palabras) y escribió un libro cuyo título encabeza este texto y en cuyas páginas desglosa lo más granado de la irracionalidad del hombre. La eterna noche de cuchillos largos que fue el régimen nazi. Don Gerardo fue mucho más que un superviviente del tremendo holocausto. Tuvo la suerte, las agallas y la perspicacia de burlar al más atroz de los desvaríos humanos: LA IDIOTEZ. No otra cosa sino la profunda idiotez ha capitaneado cualquier horrible episodio de la historia de la humanidad, y los ha habido a manta de Dios. El problema estriba en que la indolencia a veces no nos deja revisar esa Historia, de modo que estamos condenados a repetirla una y otra vez en ciclos de idiotez que degeneran en situaciones como las que vivió Don Gerardo en Amsterdan. La misma idiotez que padeció Ana Frank, la niña que espantaba fundados terrores nocturnos a golpe de pluma y papel. Eran de la misma edad y fueron compañeros de colegio. Quede su diario y el libro de Don Gerardo como testimonio de algo que nunca, jamás, bajo ningún concepto debiera volver a suceder. Sería interesante que entre los dos, Ana y Gerardus, en esas otras dimensiones de Dios, le plantaran cara a la mala bestia y le hicieran una simple pregunta: ¿POR QUÉ?. O mejor no. Tengo la sospecha de que la curiosidad, como la idiotez, son sólo atributos humanos, demasiado humanos.
(Para publicar en el "Periódico Ciudad de Alcoy" del 1 de agosto a 2010)
Entre visillos miraban los ojos afilados de una jovencísima Carmen M. Gaite. Al otro lado, la Plaza Mayor de Salamanca tronaba grises y monotonías en el tambor rocoso de sus losas, en los cuartos de atrás de sus esquinas.
El viernes pasado hizo diez años que claudicó una de las más asombrosas voces literarias femeninas del siglo XX, de la mano de mitos como Carmen Laforet, Ana María Matute, Mercè Rodorera o Rosa Chacel. Un mundo y una voz. Un mundo interior para contar y una voz que contaba como los ángeles.
No. A pesar de ser paisanos, esta vez no tuve la fortuna de conocer a la escritora en persona. No obstante y, con algunos años de diferencia, de alguna forma compartimos el dolor verdoso de un anciano Tormes, el suave arrullo de sus aceñas, la tosca orfebrería de las choperas taladradas por el sol frío de una Salamanca histórica.
Mi relación con M. Gaite, la eterna, brillante artista adolescente, no pasó de un par de epístolas. Con la inocencia de mis veinte años le pedía consejo. Necesitaba saber cómo se escribía una novela, como quien pide una receta de cocina. Ella me contestó muy amablemente y supongo que llena de ternura, entre otras cosas:
“Es cosa de tiempo y de paciencia, de experiencia. Y en la juventud esa experiencia no está, creo, lo suficientemente acrisolada. Cabe hacer intentos, tomar notas, pero sospecho que será siempre una escritura algo mimética, no basada en una necesidad vital…”
Que la gran dama de las letras me aconsejara de modo tan sencillo, contundente y maternal hizo reafirmarse mi afición a todo lo suyo, a ese mundo peculiar, de collages, señoritas garabateadas, extrañas apariciones con sombrero, caminos polvorientos, retahílas, cuentos que no acaban, princesas deshojadas, balnearios de pesadilla… Así, entre nosotros, creo que la admiración pasaba por platónico enamoramiento. Admiro profundamente la inteligencia y el arte de cualquier persona. Cuando la poseedora de semejantes dones es mujer, me enamora directamente. (No se lo cuenten a nadie, por favor)
Quince años después de esa carta y pidiendo perdón por la tardanza, volví a escribirle. Aún conservo el borrador. Fue un noviembre de 1998. En diciembre del mismo año me contestó a mano sobre una tarjeta postal, con esa delicada caligrafía que ustedes verán debajo del dibujo, a la derecha. Me felicitaba las navidades. Ni una sola referencia a lo que hablamos hacía quince años. Lo más probable es que no recordara nada ni de esa carta, ni de mí, ni del retrato que le hice a lápiz. Dos años después moría sin mayores aspavientos.
Valgan estas palabras y este segundo retrato como pobre homenaje y que, a quien le corresponda, bendiga la mano que acertó a alzar la pluma para ahormar almas cerriles como la del que esto escribe.
(Para publicar en el periódico "Ciudad de Alcoy" del domingo 25 de julio)
Es alto el calor y alta la noche. Hace tiempo que no mendigo entre mis melancolías que son miles y mal digeridas. En noches como ésta, en mis eternas noches de verano y Tormes,y caleidoscópica silueta de una catedral que nunca fue mía, hilvanaba jazz primerizo y cronopios que se me escapaban por los dedos. Cortázar, entonces, era una ventana por donde entraban luces de la ciudad, un tal Lucas, y el cuello de un gatito negro que era el guante femenino que nunca llegó a ser, ni a tocarme, ni a sonreírme siquiera. Sonaba chirriante la trompeta como la chicharra en salmuera que era el ruido de la calle. Yo no sé si dibujaba o leía El libro de Manuel. Entonces no sabía que hacía intrahistoria y que veinte años después, sobre poco más o menos, un cronopio o un fama, o un dibujo infantil sobre la acera, estarían marcados a fuego en el corazón de este indigente recolector de recuerdos.
Así, con esta pose tan sureña, espero el partido. Perdonad el exibicionismo que narcisismo no cabe, como resulta evidente. No es que me sienta español, que no me siento, como no me siento catalán, ni neozelandés, ni ecuatoriano, ni húngaro...Hoy sólo me siento expectante ante un milagro y feliz ante el posible encontronazo con la utopía. La gente se quiere, se une, se desparrama muy juntita por doce chavales que hacen virguerías con un balón... alucinante.
Husmeando estos días en esa exhaustiva crónica del siglo XX que es la hemeroteca de ABC me doy de lleno con un nuevo hallazgo. Bueno, uno en su candidez lo tiene por tal, que lo más fácil es que sea de dominio público y no tan primicia como yo deseara. Aún así me arriesgo y empiezo hablando, como otras veces, de esta caja de sorpresas que es Alcoy, que para los que somos de culo inquieto y de natural curioso como un servidor de ustedes, no deja de sorprendernos. Aquí me encontré con un coleguita de Bécquer, con un maestro del 27, con un condiscípulo de Sorolla y ahora, en la hemeroteca, salta como una liebre el nombre de Gonzalo Cantó, al lado del de Carlos Arniches. Sí, sí, Arniches, el autor de “Del Madrid Castizo”, “La señorita de Trévelez” o “Es mi hombre”, el comediógrafo alicantino que le enseñó el madriñelismo a los madrileños, el escritor que dignificó el sainete, el “teatro por horas” y la zarzuela, ese género injustamente tildado de “chico”. Yo les confieso que de Gonzalo Cantó sólo sabía que fue un reputado escritor alcoyano y que aquí, en Alcoy, hay una plaza que lleva su nombre, un poquito por debajo de Santa Rosa, donde los chavales se ponen como motos los fines de semana y las chavalas ensayan una edad adulta que da ternura y piedad a partes iguales.
Bien. Pues resulta, si la memoria reciente no me falla, que nuestro Gonzalo Cantó inició a Arniches en las lides teatrales en una época en la que, el que llegaría a ser enorme literato, paseaba por las gélidas calles de Madrid con un trajecito de verano y una capa española prestada. Entre ambos compusieron piezas que hicieron descojonar de risa
a la corte de Alfonso XIII y a un Madrid “absurdo, brillante, hambriento”. Entre otras:
Las peluconas, Casa editorial, La verdad desnuda, Ortografía o La leyenda del monje.
Y como quiera que no hay dos sin tres (perdonado sea el lugar común) a este genial dúo se le unió otro alicantino no menos genial y fundador de la Sociedad General de Autores y Escritores (la SGAE, como lo oyen): ni más ni menos que el Maestro Chapí, Don Ruperto que puso música a casi todo lo que salió de tan insignes plumas. Al parecer, todo lo que se estrenaba de este trío en los principales teatros de la Capital, era un rotundo éxito.
Un alcantino, un alcoyano y un villenense comiéndose los teatros de Madrid, arrasando la villa y corte. ¡Toma ya!
Ustedes me dirán si lo que dejo escrito es realmente un hallazgo o una obviedad como la copa de un pino. Me quedo con “la manía”.
(Para publicar en "El Ciudad de Alcoy" el domingo 11 de Julio de 2010, dia del "glorioso segundo alzamiento nacional". Hay que joderse lo que hace el furbo )
Mitad pintor, mitad escritor. Así, entero, poca cosa. ¿Puede ser, sin que resulte pretencioso, "un pulso que golpea las tinieblas"?. Pobre Celaya. Pobres poetas muertos.