El poeta finge hierbas, alfanjes, madrugadas, muladares. Después de su paseo por el parnaso del fango finge que le afligen tapias tuertas, descabezadas putas, el hilo inalámbrico del amanecer. El poeta amansa humedales, juncos y mansedumbres de bueyes que tiznan de vapor animal el horizonte. El poeta casi siempre miente, casi siempre finge que siente porque es su profesión el sentimiento y la mentira. Uno no es poeta constantemente y en la parte de poeta que no coincide con el poema suele haber una mierda seca a la que no hay manera de sacarle las tripas de la belleza porque una mierda semioculta entre piedras siempre es una medio mierda que oculta la otra mitad entre zumbidos de abejorros y chicharras. Oro, color de trigo. Pueblo. Un castillo abandonado, ruinas deagosto.
El poeta es un fingidor, no lo digo yo sino Pessoa. Creo que también Pessoa merodeaba tapias de tiza, rincones orinados, esquinas con mierda que quitan el sueño.
Quizá no fueran más que marzos lluviosos o abriles desencantados o, acaso, recuerdos de madrugadas sin fondo o acequias donde, torpemente, navegaban al pairo mañanas de papel.
Quizá no fueran tormentas secas las que barruntaban mi boca, ni altivos huertos los que podaban la sed.
Sólo sé que nada sé aunque sí sé un poco de mi historia.
Inglaterra es cielo de plomo y mañanas con cuervos, viento desquiciador, agujas de piedra, ojivas de oro. Encontramos arte sobrecogedor en cada esquina. Londres es el primer paso a la Europa grande y mística que guardamos bajo la almohada. Un cantero cincelando cielos en cada rincón.
El Big-Ben a las cuatro y cuarto. Música y piedra y cientos de miles de almas vagando por la historia.
Fue mi primera procesión en Alcoy, el domingo pasado y de pura casualidad.
Paseaba por El Viaducto y por él entraban clarines, tambores y saetas presentidas. Hasta El Viaducto llegaban hachazos de cera, romero y primavera recién cortada. El cambio de hora le quitaba rincones oscuros a la noche y a las nueve, el Campanar arracimaba la sangre de un horizonte que tardaba en retirarse. A la altura del castillo de Fiestas, hablándole de tú al paredón del Ayuntamiento, la vi pasar. La Dolorosa acababa de encontrarse con el Nazareno que tiraba por la Calle Mayor “como alma que lleva el diablo” (si se me permite la irreverencia y el lugar común). A la Virgen de los siete puñales sólo le quedaba uno que ramplonamente se mecía al son de los cuatro costaleros contados y del feble airecicoque acunaba la tarde-noche. Uno, que ya se va acostumbrando a la muchedumbre alcoyana en según qué eventos, no daba crédito a la visión de esa suerte de fantasmal Santa Compaña. La imagen de la Dolorosa, que no era precisamente un primor de la imaginería, me llegaba al alma precisamente por eso. Era candorosamente poco agraciada y estaba sola. Cuatro borrones de luto, cinco alaridos de cera candente y una banda de música que transmitía un aburrimiento de siglos.
Las primaverales golondrinas de Bécquer ya estaban a buen recaudo en cualquier alero de cualquier edificio. La sangre desbravada del Barranc del Cint hacía tiempo que se había coagulado.La plaza de España era un vasto erial y el carrer San Llorenç, la parada y fonda de los papeles secos que el aire zarandea.
Para ser francos, y sin querer ofender a nadie, para comulgar con penas y tristezas, para fustigarse con el cilicio de todas las melancolías hay que venir a Alcoy en Semana Santa. Nadie se acercaba, ni Dios mismo se arrimaba a platicar con los suyos. Apenas un envoltorio de caramelo o un hueso de aceituna que se pudre en la calle, asistían a la procesión.
De vuelta a casa, giré la cabeza por última vez. La Virgen era, a lo lejos, el mascarón de proa de la nada. Nada más triste que enseñorear algo que nadie ve, que nadie tiene intención de ver, que a nadie le interesa.
Me gusta dibujar a martillazos, como Nietzsche filosofaba. Meterme hasta el alma el goteo de los grifos, la última araña del penúltimo rincón, la frase hecha de las humedades, los monosílabos de los relojes, la bendita ausenciade todo peldaño, cuando dibujo. Me gusta partirle el alma al carbón, quitarle protagonismo a un deltoides, o a un gemelo, a una nariz e intentar meterles el vacío dentro (Velázquez dixit con lengua de pelo de marta) para que corra el aire. No hay líneas en la naturaleza, sólo un extraño acomodo, solo aire entre lo que somos y lo que no somos.
Mitad pintor, mitad escritor. Así, entero, poca cosa. ¿Puede ser, sin que resulte pretencioso, "un pulso que golpea las tinieblas"?. Pobre Celaya. Pobres poetas muertos.