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crimenenelbarrio


¡¡ENTREVISTAAAAAA!!

http://www.vegamediapress.es/noticias/index.php?option=com_content&task=view&id=8895&Itemid=1

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CRIMEN EN EL BARRIO. Quinta entrega.

A la mañana siguiente, el factor sorpresa actuó en mi contra: ¡Sorpresa, son las tres de la tarde! A esas horas ya no podía sorprender a nadie, el quiosco estaría cerrado, y el Habitual 1 ya habría hablado con Marquitos. Bravo. Pero un pequeño traspiés no podía detener mi investigación; así que me fui directo al meollo: vermú de los Habituales en la churrería. A pesar del asco que me producía el establecimiento en cuestión, lo visitaba con relativa frecuencia. Es como el amigo de un amigo que te cae de pena, pero al que tienes que ver cada vez que sales. Normalmente esa gente te cae mal sin motivo, simples prejuicios, pero también, normalmente, el tiempo te demuestra que tus prejuicios eran fundados, y el amigo del amigo termina descubriéndose como un payasazo de padre y muy señor mío.
El caso de la churrería era diferente. Mi repugnancia estaba objetivamente fundada. Ni el dueño, ni las instalaciones pasarían ningún tipo de control sanitario. No hacía falta que el tiempo demostrara nada. Todo estaba a la vista; salvo la cocina, gracias a dios. Franqueé la puerta de mi aborrecida churrería, y encontré una vez más a todos los sospechosos.
-Qué pasa hombre, dónde te habías ido ?Saludó Marquitos. Evidentemente, no había dormido. Era algo a lo que se había acostumbrado. Había descubierto que el tiempo que pasaba durmiendo era un desperdicio, pudiendo pasar toda la noche y parte del día siguiente bebiendo y consiguiendo que le odiara todavía más gente.
-Pues me fui a la cama, majete, que es lo que deberías haber hecho tú.
Mientras, el Habitual 2, el riguroso, estaba de pie en la barra, leyendo el Marca y comiendo torreznos. Me dirigí a él.
-Habitual 2, qué dices, ¿no les echas un poco de salsa agridulce a esos torreznos?- Ahí estaba yo haciéndome el gracioso de nuevo con la historia de la lefa de los chinos.
-No, no jodas hombre. No vuelvo a un chino en mi vida, de verdad, les he cogido manía ?Dijo forzadamente el Habitual 2, sin levantar la vista del periódico. Nunca había estado tan distante conmigo. Qué menos que mirar a la cara a alguien cuando se le habla.
Me resistía a pensar que el Habitual 2 también estuviera implicado, a pesar de que todos los indicios le involucrasen. El Habitual 2 era un tipo sensato. No solucionaba las cosas matando quiosqueros, eso era más propio de Marquitos. También era extraño que el Habitual 1 hubiera sido capaz de cometer un crimen.
Uno tras uno, volví a escrutar a mis sospechosos mientras me tomaba una sinalcol directamente de la botella, que misteriosamente me había servido Marquitos. El churrero parecía no estar en el local y tampoco su hermano Dani, que acudía los fines de semana a ayudarle. A pesar de lo extraño del asunto, algo me decía que no era buen momento para hacer preguntas.
El Habitual 1, el trastornado, miraba constantemente al reloj clavado en los azulejos de la churrería. Parecía nervioso. Se reía constantemente y comía compulsivamente. Esto último no era característico de nada, era su manera de comportarse. Pero también evitaba mi mirada.
-¿Qué tal esta mañana, has vendido mucho pan? ?Pregunté.
-Bueno, lo normal. La gente cada vez come menos pan ?contestó.
-Ah ?Asentí. Y ambos dimos la conversación por terminada. No es que fuéramos grandes amigos, ni que tuviéramos muchas cosas en común, pero jamás habíamos tenido una conversación tan forzada. Otro que tal baila, pensé.
Sólo Marquitos se comportaba con normalidad. Demasiada normalidad.
-¿Vamos esta noche a Madrid, que hay una fiesta Ramones?
-Yo paso ?contesté- esta noche no voy a salir.
El Habitual 2, el riguroso, por fin había abandonado su lectura y por fin me miraba; pero eso me desconcertaba todavía más que cuando no lo hacía. También me desconcertaba la botella de anís que llevaba en la mano; no parecía que fuera a tocar una jota, la verdad. Lo mejor era desaparecer inmediatamente.
-Bueno chavales, pues yo me voy yendo. Ale, hasta otra.
Me levanté del taburete, dispuesto a largarme de allí lo antes posible, pero no me dio tiempo a salir. Alguien decidió que era la hora de mi siesta. Un golpe seco, un desplome y todo negro. Cayó el telón.

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Aprovechen mayo, que en junio subimos los precios.

Sí amigos, somos unos cabrones.
Ante el éxito de Crimen en el barrio, hemos decidido no perder la oportunidad de forrarnos a costa de los sufridos lectores.

Tampoco va a ser para tanto.
A partir del día 1 de junio, en lugar de 6,5 ?, por la compra online de Crimen en el barrio, os sacaremos 8 pavos.

Vamos, que en vez de cinco cañas con cada libro, ahora nos queremos tomar seis.

Sé que lo comprenderéis.

¡Comprando!
www.crimenenelbarrio.blogspot.com

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CRIMEN EN EL BARRIO. Cuarta entrega.

-Hola ?saludé
-¡Coño Narrador! ¿Así que te vienes al chino?, estás hecho un gourmet ?Contestó el Habitual 2, el riguroso, sentado en el pretil que había frente al quiosco. Marquitos y el Habitual 1, el trastornado, aún no habían aparecido en escena.
Cuando todavía estaba riendo la gracia del gourmet al Riguroso, algo llamó poderosamente mi atención: el quiosco estaba abierto y lleno de gente. Sin decir nada, me acerqué y desde la puerta vi a Marquitos despachando litronas a diestro y siniestro, y en la trastienda al Habitual 1, el ogro loco, revolviendo el contenido de todas las cajas que encontraba. Me acerqué.
-Coño Marquitos, ¿echando una extra? ?Pregunté con todo el disimulo que pude.
-Qué pasa Narrador, pues ya ves, que el Quiosquero se ha debido de poner malo, y se ha tenido que ir a casa ?Contestó impertérrito mientras seguía con su frenética actividad ?
-¿Y ese? ?Pregunté refiriéndome al Habitual 1.
-Está buscando las bolsas de Risketos, que se nos han acabado. Esperadnos, que cerramos y nos vamos al chino ?Contestó Marquitos.
-Vale -Contesté extrañado, porque en la repisa de los aperitivos insalubres sí quedaban bolsas de aquel manjar anaranjado llamado Risketos. La frialdad con la que Marquitos actuaba desde la silla en la que presuntamente horas antes había ejecutado al Quiosquero me consternaba y al tiempo me inducía a pensar que tenía ante mis ojos al autor del crimen. Así que Marquitos se había ido el último del quiosco y había matado al Quiosquero. Después había escondido el cuerpo en la trastienda, y ahora estaba ganando unos eurillos antes de que se descubriera el pastel y tuviera que pasarse una temporadita en el Hotel Barrotes. Marquitos era un tío que aceptaba su sino con bastante naturalidad. Si las desgracias tenían que llegar, que llegasen. Y si antes podía incrementar sus siempre exiguos recursos, eso que se llevaba por delante. ¿Ya está todo el pescao vendido? No podía ser tan fácil.
Aquel sábado el principal chino de Segovia estaba hasta la bandera. Dos cumpleaños, unas cinco o seis parejas de cena romántica, una familia y nosotros. Nos colocaron en una mesa redonda, en un rincón del establecimiento. El camarero decidió situarnos alejados de las parejas y de la familia, utilizando el cumpleaños como rompeolas. No le dimos buena impresión, y nos escondió lo mejor que pudo. No se lo reprocho. La verdad es que estábamos empezando mal: mientras los Habituales se descojonaban intentando dilucidar si los propietarios eran de Taipei o de la República Popular, Marquitos hacía una de las peores imitaciones de Torrente que he visto en mi vida. La imitación fue mala, y también lo suficientemente escandalosa como para que la mitad de los comensales del restaurante nos miraran con vergüenza ajena. Yo solo me reía nerviosamente. Era el tonto del grupo. Todo sea por esclarecer el crimen, pensé.
No di opción a la sorpresa y pedí el rollito, arroz tres delicias y ternera con cebolla Tie-Ban. Los demás pidieron rollitos, tallarines, arroz, pollo con limón y bolas de pollo chino. Inexplicablemente estaban preocupados por la falta de higiene de los restaurantes chinos. Además Marquitos había escuchado una repugnante historia que creía a pies juntillas:
-Le ha pasado a un amigo de uno de mi pueblo.
-No será para tanto ?Intenté tranquilizarle.
-Que sí hostias, que tuvieron despedida de soltero, y primero cenaron aquí. Uno se empezó a encontrar mal después de cenar y le llevaron al hospital. No sabían lo que le pasaba, así que le hicieron un lavado de estómago y encontraron cinco tipos de semen. No se sabe si lo que le sentó mal fue la lefa u otra cosa, pero estar, ahí estaba. Dicen que si lo habían echado en la salsa agridulce. Yo por si acaso no me echo, no jodas.
-Vale Marquitos, vete a tomar por culo. Yo no me lo creo ?Dije convencido, pero sobre todo intentado convencer a los demás de que aquella era una antigua leyenda urbana. No quería que los escrúpulos de los Habituales cancelaran la velada y arruinaran mi investigación.
-Tú qué sabes, gilipollas ?Contestó furioso Marquitos, al que no le gustaba nada que pusieran en duda sus historias ?Que me lo ha contado uno de mi pueblo, que estudió conmigo, y además debió salir en la tele y todo. Además, ya me lo había dicho un vecino mío que trabajó repartiendo en un chino, que vio una vez a los camareros haciéndose una paja alrededor de un perolo de salsa agridulce.
La historia de Marquitos era cien por cien absurda, y yo personalmente la había escuchado en la variante del adolescente que se queda dormido en un parque después de un botellón. Horas después alguien le encuentra y le ingresan con un desgarro anal. En esta versión de la historia, el ano del joven borrachuzo hace las veces de perolo de salsa agridulce.
A pesar de todo, la imagen de los orientales tocando la zambomba, y la de un fluido blancuzco intentando mezclarse sobre el espeso líquido rojo, me desarmó. Intenté quitarle la razón, pero el Habitual 2, el riguroso, ya había puesto cara de asco.
-Yo no como aquí. Algo había oído yo. Vámonos al barrio.
-Venga coño, Habitual 2, no te eches salsa y punto ?Intervino el Habitual 1, el trastornado. Trastornado, pero práctico.
-Que no, que no, quedaos vosotros si queréis pero yo me largo de aquí, no jodas. Hasta luego.
La decisión estaba tomada. El Riguroso se levantó, se puso su chupa de cuero, y se dirigió a la salida. El Habitual 2 había estado nervioso desde el principio, como impaciente. Algo me decía que había aprovechado aquella historia para volver al quiosco cuanto antes. Sin embargo las reacciones del resto de mis compañeros de mesa me sorprendieron.
-Pues yo me quedo. Son las 11 de la noche. A ver dónde coño nos dan de cenar a estas horas ?Dijo El Trastornado.
-Yo también ?Dijo Marquitos - ¿Y tú?
-Sí, sí, yo también.
En realidad hubiera preferido que, de no quedarnos, nos hubiéramos ido todos juntos; pero el asunto se me había ido de las manos. La precipitada marcha del Habitual 2 me había hecho perder el control de la situación. Marquitos sonreía. A pesar de la pinta de garrulo que se empeñaba en lucir, podía ser muy perspicaz. El muy cabrón tramaba algo. O quizá estuviera pensando en algo que le hiciese gracia. Ambas cosas me desconcertaban. Mis investigaciones cada vez eran más inútiles, y los sospechosos o huían, o sospechaban de mí. Me estaba luciendo. A pesar de la tensión que siguió al abandono del restaurante del Habitual 2, el riguroso, la cena se iba desarrollando con absoluta normalidad.
Marquitos, como el halcón que busca al ratoncillo antes de lanzarse en picado hacia él, localizó al camarero y le llamó con su habitual delicadeza:
-¡¡Chinoooooooooooo!! ?Acto seguido, se dirigió a nosotros -Me voy a pedir otra cerveza, ¿pido más sangría?; No me quería mamar mucho, porque ayer fue demasiado, pero es que me sienta de puta madre, me lo pasé del copón. No me arrepiento de nada. ?dijo Marquitos con su habitual y espontánea apología del alcohol.
-Sí, pide otra jarra ?Contesté. Este era el momento. Marquitos era de lengua suelta, y cuando empezaba con sus confesiones no paraba ?O sea que ayer te mamaste como una perra ?Comenté, como si fuera lo más natural del mundo. De hecho lo era.
-Hombre tanto no. Bueno, la verdad es que sí. Estuve un rato en el local con estos, y luego me subí para arriba.
-¿Tú solo? ?pregunté. El Habitual 1, el trastornado, pasaba de nosotros. No levantaba la vista de su plato. La verdad es que era un auténtico espectáculo verle intentar capturar los granos de arroz con los palillos.
-No, me encontré con los de mi pueblo. Estuvimos en el Saturday, chaparon y nos fuimos a la churrería a comer un bocata.
-Menudo asco la churrería esa, prefiero comerme la lefa de cinco chinos antes que ver al puto asqueroso ese de la churrería ?Quería poner nervioso a Marquitos.
-Pues hace unos bocatas que están de puta madre. Te vas a casa tan contento ?No pareció molestarle mi comentario. Ya estaba bien de rodeos. Ahora o nunca.
-Oye Marquitos, ¿cómo es que estabas esta tarde tú en el kiosco?
-Ya te lo he dicho antes; esta mañana, justo después de irte tú, el Quiosquero se ha debido de poner malo y nos ha llamado para ver si no nos importaba estar un rato esta tarde, que le tenían que traer la cámara de los helados, que la estaban arreglando ?Contestó.
-Ah ?Asentí yo. Qué hijoputa, cómo se tenía preparada la excusa. ¿Que se puso malo, no? Ya te digo, pero que muy malo.
-¿Y qué le pasaba? ?Pregunté.
-Pues debe ser algo de la cabeza, que le dan mareos. Será vértigo.
-Ya, ya ?Me estaba cansando. Marquitos se había preparado a conciencia su papel. Contestaba a mis preguntas con una naturalidad impresionante.
-Sí, esperemos que descanse en paz ?Intervino el Habitual 1, el trastornado, con naturalidad, cansado de tanto esfuerzo para comer arroz con salsa en la que posiblemente habían eyaculado los camareros ?Que descanse en su casa y se recupere, me refiero ?Añadió el Habitual 1 apresuradamente.
Por primera vez vi una reacción en Marquitos. Fulminó con la mirada al Habitual 1, y éste, nervioso, se volvió en busca del camarero, que no se había dado por aludido por el grito de Tarzán que utilizó Marquitos para llamarle.
Algo pasaba. Todos nos callamos. La situación se había vuelto demasiado incómoda. Comenzamos a comer y a beber como si fuésemos concursantes de la Isla de los Famosos, ese fantástico reality show. Hay que tener mucho valor para ir a un programa de ese tipo, no sólo por los mosquitos y el hambre, que también, sino porque tienes un noventa por ciento de posibilidades de que en algún momento del programa te salga el gilipollas que llevas dentro y lo vea toda España. Cuántas vidas ha arruinado el gilipollas interno de muchos famosillos.
La mirada de Marquitos había sido esclarecedora: todos estaban en el ajo. Incluso El Habitual 2, el riguroso, que con la excusa de los escrúpulos había decidido poner fin a su participación en la pantomima. En realidad le había parecido absurdo que Marquitos me hubiera invitado a aquella cena, en la que, obviamente, iban a discutir la manera de salir del atolladero en el que se hallaban después de eliminar al malhadado quiosquero. O quizá el Habitual 2 había ido a continuar la búsqueda que antes llevaba a cabo el Habitual 1, con la excusa de buscar las bolsas de Risketos. Vaya panda de cabrones.
¿Pero por qué le habían matado? Esa era la pregunta que ahora me repetía. Mientras yo me devanaba los sesos, El Habitual 1, el trastornado, llenaba las copas por enésima vez. Menudo escanciador estaba hecho. El mantel daba pena. Estaba lleno de manchas de sangría y de la salsa agridulce que El Habitual 1 había derramado al intentar una decantación, como se hace con el vino en busca de impurezas, pero buscando lefa de chino. Volcaba alternativamente el contenido de una salsera en otra, colocándolas sobre la llama de una vela, esperando que la luz delatara la presencia del citado fluido en la salsa. Lo único que sacó en claro, es que las salseras de plástico arden fácilmente.
Tras incontables jarras de sangría, un cambio de mantel y varias amonestaciones del personal del establecimiento, ninguno de los tres estábamos en condiciones de sacar conclusiones. Yo quería algo de ellos, y sin duda ellos también de mí, si no, no me hubieran invitado; pero qué. Aquella noche me iría nuevamente a la cama sin saberlo.
Después de que los orientales nos nominaran para a abandonar el local que a punto estuvimos de incendiar, propuse ir a tomar una cerveza. El Habitual 1, el trastornado, había quedado con su novia que había salido con las amigas. Tomarían la última, otra, otra y otra, puede que se comieran un bocadillo o dos, y a casa. Así que se fue. Uno menos. A aquellas alturas, ya me daba igual. Sin embargo, Marquitos aceptó mi invitación.
-Una cerveza no se la niego yo ni a mi peor enemigo ?Me dijo, con su habitual socarronería.
Su frase me dejó un poco frío, pero rápidamente iniciamos el camino hacia esa última copa, agarrados como unos novios adolescentes que se quieren tocar pero no saben como. Más bien íbamos agarrados como dos inmundicias humanas con la barriga llena de cerveza, sangría y semen de chino.
El bar del momento era ?La Sordina?, un coqueto bar en el centro de la ciudad que en su día fue o quiso ser un íntimo garito de jazz, pero que en la actualidad era el punto de reunión de la juventud perdida local. Juventud perdida en todos los sentidos. La mayoría de los asistentes ya tenía una edad como para ser tratado de usted, pero abundaba el cada vez más patético síndrome de Peter Pan. Había una verdadera epidemia de ex-jóvenes que no aceptaban su condición. Querido eterno adolescente, cuando te des cuenta de que estás haciendo el ridículo será demasiado tarde. Te jodes. A pesar de mis prejuicios contra los jóvenes perpetuos, acudí. Al fin y al cabo, yo también cojeo del mismo pie, pero sé que sólo soy un niño tonto y no un eterno adolescente, lo cual es mucho peor. Es decir, sé que no existe el síndrome de Peter Pan, y que quien presume de sufrirlo es un capullo redomado, que merece que los verdaderos jóvenes le desprecien por patético viejo enrollado. Aún así, a veces hago lo mismo que esos ridículos jóvenes de espíritu. Es para romperme la cara.
Nos acodamos en la barra.
-Qué quieres Marquitos ?Pregunté intentando alejar pensamientos vergonzantes de mi cabeza.
-Una cerveza de las grandes, pero me invitas eh, que me has dicho que me invitabas.
Marquitos podía tener una memoria de elefante.
La camarera del establecimiento fingió alegría al ver a Marquitos. Le trató con confianza; al fin y al cabo le veía durante muchas horas los fines de semana. Marquitos era un gran cliente, pero incómodo. Las decenas de euros que gastaba en una noche, podían no compensar el bochorno que provocaba el espectáculo que a veces montaba. El show de aquella época era ?El tambaleante oso sin camiseta que creía que sabía cantar?. Imaginaos en qué consistía. Sin embargo, indefectiblemente, todos los taberneros confiaban en su redención, y le daban otra oportunidad. O más bien se tapaban los ojos viendo que la caja por fin serviría para algo más que para dar cambio para tabaco.
Una vez tuvimos en la mano las cervezas que habíamos pedido, empecé de nuevo con mis pesquisas.
-¿Y mañana entonces también te toca ir al quiosco?, por que vas a ir guapo?
-No, por las mañanas le toca al Habitual 1, yo sólo voy a ir por las tardes.
-¿Pero cuánto tiempo va a estar el Quiosquero malo? ?Pregunté.
-Pues parece que vamos a estar con el quiosco una buena temporadita.
Cada vez estaba más cerca. Ya sabía que al menos Marquitos y el Habitual 1 estaban en el ajo, y que su objetivo era quedarse con el negocio. Pero faltaban piezas en mi rompecabezas. El plan no podía ser tan burdo. Si algo me enseñó el haberme leído El Padrino cuatro veces, dos de ellas consecutivas, era que no se podía subestimar a los enemigos. También me enseñó que cuando se lee un libro en lugar de estudiar, se suspende. Aquella noche no quise tensar más la cuerda. Marquitos, sin darse cuenta, me había facilitado un dato importante. A la mañana siguiente intentaría aprovechar el factor sorpresa; pero hasta entonces, la noche es joven. Bueno, mejor me voy a casa, que total, para lo que hay que ver, mejor estoy en la cama. Ala que os follen.

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CRIMEN EN EL BARRIO. Tercera entrega.

Tenía que actuar rápido. Mi huída me colocaba como primer sospechoso. Debía encontrar al culpable, antes de que fuera demasiado tarde. Los últimos que habían visto con vida al Quiosquero eran Los Habituales y Marquitos. Teniendo en cuenta el amor que todos ellos sentían por el quiosco; no lograba vislumbrar ningún móvil para el crimen. Pero tenía que haber sido uno de ellos.
El Habitual 1 (el que miraba furtivamente el interviú que sostenía el Habitual 2) no era una personal convencional. Una mole a mitad de camino entre Shrek y el saco de la risa. Si me hubieran dicho de él que acababa de escaparse de un hospital psiquiátrico no me hubiera extrañado en absoluto. De alguien como él cabía esperar cualquier cosa. Recordé la conversación que el Habitual 1 mantenía con el Quiosquero cuando entré a comprar el periódico. Con la boca llena de gusanitos, y con los ojos fijos en las recién estrenadas tetas de una aspirante a ganar dinero en televisión a costa de tener que esconderse por la calle, dijo al Quiosquero, retomando una conversación anterior:
-¿Y si no llega a pitar ese penalti? ¿Eh?
-¡Pero como no iba a pitar eso, hombre por Dios! No digas tonterías, anda, no digas tonterías que me pones enfermo ?Contestó el Quiosquero con una vehemencia impropia de él. Aquella suposición del Habitual 1 le había molestado demasiado. Al fin y al cabo solo era la típica elucubración futbolera. Ignoro si el Habitual 1 se sintió ofendido hasta el punto de hacer tragar al Quiosquero sus palabras acompañadas de un bollo de chocolate del día anterior, pero aquella pequeña trifulca realmente no me parecía motivo suficiente para el asesinato.
El Habitual 2 (el que sostenía el interviú), igual de grande que el Habitual 1, ya que llevaban la misma dieta rica en lípidos, hidratos de carbono y glutamato sódico, era un tipo más cuerdo, pero igual de extraño. Su aspecto de barbudo Yeti castellano, venía reforzado por su carácter serio y riguroso. Muy riguroso. Nada alteraba sus planes. Si tal día había que hacer tal cosa, ya podía producirse un huracán de fuerza cinco en la escala Saffir-Simpson, que esa tal cosa se haría ese tal día. Cuando entré en el kiosco, el Habitual 2 sostenía un interviú. Para disgusto del Habitual 1 (el saco de la risa), el Habitual 2 prestaba más atención a un reportaje sobre la mafia calabresa, que a los implantes de silicona de la absurda de turno. El Quiosquero toleraba a medias el hecho de que los Habituales utilizasen su establecimiento como biblioteca pública. No decía nada, pero las miradas que lanzaba congelaban el ánimo del lector. El Habitual 2 (el Yeti castellano) era consciente de ello. Sin embargo, a él no le intimidaban los ojos fueguinos del Quiosquero. Él leía gratis por derecho. Alguna contraprestación tenía que tener la labor comercial que desempeñaba. Gracias al Habitual 2 (el Yeti castellano riguroso) y sus amigos, el quiosco se había convertido en el centro de reunión de varios conocidos de los Habituales, que habían descubierto que pasar la tarde en un quiosco en compañía de tan extraño conjunto humano, era más entretenido que ver la televisión en casa.
El reproche del Quiosquero por la lectura gratuita y manoseo de prensa diaria, semanal y mensual, tampoco parecía suficiente motivo como para cargársele. Descartado el Habitual 2.
Tercer candidato: Con un peso una categoría por debajo del de los Habituales, moreno, piel-roja aborigen segoviano y de barba cerrada: Marquitos. Marquitos no era uno de los Habituales, pero también pasaba mucho tiempo en el quiosco. Éste lo tenía todo. Compraba litronas, bollos, pipas y patatas varias, porno y, obviamente, leía la prensa por el morro. Era un tipo bastante odioso. Aquel sábado también se encontraba en el establecimiento. No había motivos para sospechar que Marquitos quisiera matar al Quiosquero, pero sí los había para pensar que el Quiosquero daría lo que fuera por librarse de él. Le avergonzaba y espantaba la clientela.
En un ataque de ira provocado por el más absurdo contratiempo, Marquitos hubiera matado incluso a Bambi, y no le hubiera temblado el pulso al ahogar al Quiosquero si hubiera percibido sus miradas de desprecio; pero realmente, tenía las mismas posibilidades de ser el asesino que el Habitual 1 (el loco fugado del manicomio) o el Habitual 2 (el Yeti reloj suizo).
Mis investigaciones no iban viento en popa. Tenía tres candidatos, pero muy pocos datos para dar con el verdadero culpable.
La cosa se pone fea señores.
Decidí llamar a Marquitos para tantear el terreno.
-¿Sí?
-Qué pasa Marquitos, que soy yo, que qué vais a hacer esta noche.
-Pues no sé, me iba a ir a Madrid, que hay una fiesta y pincha el Ordovás, ¿Te vienes o qué?
-Puff, no me hace ir a Madrid, ¿Tú vas fijo?
-No, no sé, también han quedado el Habitual 1 y el Habitual 2 para ir al chino, lo mismo me voy con ellos, vente.
-Vale, de puta madre, sí que voy.
-Vale, pues a las nueve en el quiosco.
-Vale guay, venga Marquitos.
-Vale, venga, hasta luego tío.
Ya está el gato en el talego, pensé. Noté a Marquitos un poco raro y me parecía mucha casualidad que los tres únicos sospechosos hubieran quedado precisamente aquella noche para ir a cenar al chino. En cualquier caso, la suerte me sonreía: los tres sospechosos y yo, cenando en el chino. En los postres, habría descubierto al asesino.
Me puse mi camiseta de ?Coronilla? (había modificado el logotipo de la cerveza Coronita, en clara referencia al tipo que calva que luzco), y me dirigí al lugar del crimen. Como es lógico, me puse más prendas aparte de la citada camiseta, pero ahorraré descripciones de la ropa que vestí aquel día, ya que la gracia ya está hecha.
Mientras recorría la distancia que hay entre mi domicilio y el quiosco, comencé a dar vueltas al embrollo en el que me estaba metiendo y como si me fuera a servir de alguna ayuda, me hice las siguientes preguntas:
¿Por qué?
¿Quién?
¿Cuándo?
Y, con el absurdo objetivo de facilitarme la obtención de las correspondientes respuestas, me hice estas otras:
¿Qué motivo tiene Marquitos para haberse cargado al Quiosquero?
¿Y el Habitual 1?
¿Y el Habitual 2?
¿Están todos en el ajo?
¿Qué voy a pedirme hoy en el chino?
Y así llegamos al punto de partida de esta historia.
Comencé a responderme:
¿Por qué?: Crimen pasional, por ejemplo. Era una respuesta tan buena como cualquier otra cuando no se tiene ni la más mínima idea del motivo de un crimen. Es casi tan buena opción como la del ajuste de cuentas.
¿Quién?: Marquitos o los Habituales. La existencia de aquel anónimo descartaba el accidente y el suicidio.
¿Cuándo?: En el lapso de tiempo que trascurrió desde que salí del quiosco con el periódico bajo el sobaco, hasta el momento en el volví al quiosco tras ver el anónimo.
Y seguí:
¿Qué motivos tenía Marquitos para cargarse al Quiosquero?: Ni idea.
¿Y el Habitual 1?: Ni idea.
¿Y el Habitual 2?: Ni idea.
¿Están todos en el ajo?: Puede.
¿Qué voy a pedirme en el chino?: Rollito, arroz, ternera Tie-Ban y mogollón de sangría.
-De puta madre ?pensé. Y no fue un ?de puta madre? sarcástico expresando fastidio, no. Fue un ?de puta madre? sincero, optimista. Desconocía muchos detalles, pero sabía perfectamente lo que me iba a pedir, no necesitaba ni mirar la carta. Además tenía en mi poder la llave para que mis investigaciones llegaran a buen puerto: la sangría del chino. Con esa pócima infernal hablaría hasta el más pintado.

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CRIMEN EN EL BARRIO. Segunda entrega.

- A ver qué pido hoy en el chino.
Esa fue toda mi actividad cerebral aquella tarde. No tenía yo la cabeza para grandes elucubraciones. Descubrir un asesinato no es tarea fácil, a pesar de lo que la Señorita Fletcher o Miss Marple, pudieran opinar al respecto.
Mi visita al chino de aquella noche era clave para el resultado de mis investigaciones. Si no era capaz de averiguar quién se había cargado al Quiosquero, mi nombre aparecería al día siguiente como el del presunto autor del terrible crimen, cuando se descubriera el cadáver de un hombre sentado en su butaca, al otro lado del mostrador sobre el que despachaba pan, prensa, porno y golosinas, con un triángulo de chocolate (también conocidos como cuñas) alojado en su garganta y con las fosas nasales taponadas por esponjas (también llamadas nubes).
Aquel sábado había decidido hacer una vida aún más sana que la que venía haciendo. Misteriosamente, me había levantado con dolor de cabeza, por lo que opté por posponer mi plan de bicicleta (no quería asfixiarme antes de llegar al carril bici). Sustituí la peligrosa bicicleta por un paseíto mañanero. Esos paseítos suelen terminar en vermú, así que me mentalicé: ?Sólo andar, sólo andar?? Diez minutos de paseo urbano después, unas tortillas me llamaban desde el escaparate de un bar. ?Soy fuerte, soy fuerte??. Seguía mentalizado. ?¿Y si entro y me tomo algo para leerme el periódico??. Ya estamos. Pero mi conciencia fue más fuerte: ?Cómprate el periódico y te le lees en casa, desgraciado?.
Mi recién estrenada fuerza de voluntad, muda hasta aquella fecha, ganó la batalla. Me dispuse a adquirir un artículo que siempre había disfrutado gratis, deseando con todas mis fuerzas que el hecho de pagar por algo que ahora podía tener gratuitamente, no se repitiese en el futuro. Ya me entendéis.
Entré al quiosco. No era uno de esos quioscos que tienen el tejado de pizarra a cuatro aguas rematado con un pináculo, ni tampoco una caseta de chapa y metacrilato repleta de pintadas y meadas de perro. Era un quiosco abierto en un local. Era el clásico quiosco despacho de pan de barrio, donde puedes comprar pilas, donde se hacen fotocopias, se recargan las tarjetas de los móviles, se venden sábanas del Real Madrid y se abastece de litronas al noventa por ciento de los macarras de toda la ciudad. Y no cambian neumáticos de milagro.
Era la hora de cerrar, para desgracia de la recua de conversadores allí se encontraba. Eran ?Los Habituales?. Siempre estaban allí. Unos utilizaban el quiosco como lugar de reunión al que acudir después del trabajo, y otros, como lugar al que acudir en lugar de acudir al trabajo. No sé si le compensaba al Quiosquero aguantar los tostones a los que le sometían Los Habituales; aunque pensándolo bien, eran magníficos clientes (a pesar de que leyeran la prensa por el morro), y además el dueño del quiosco era cuarenta veces más pesado que todos ellos.
Los Habituales mantenían una relación de compañerismo con el Quiosquero. Se sentían parte del negocio y estaban dispuestos a cualquier cosa para no verse privados de aquel lugar de reunión. Incluso habían llegado al extremo de jugar los mismos números en la primitiva que el Quiosquero, para que, en caso de que acertase, el premio fuera menor y no pudiera abandonar su puesto de trabajo. El Quiosquero maldecía a diario el día en el que inocentemente reveló a los Habituales su combinación perpetua; y aunque los Habituales consideraban su ?gracia? como una muestra de fidelidad absoluta, el Quiosquero lo interpretaba como una intromisión inaceptable. Aún así, asumió su destino y decidió comenzar a jugar directamente con ellos; así podrían pagar más apuestas en cada boleto, y se aseguraba una reunión-merienda extraordinaria de los Habituales los jueves por la tarde en el quiosco, para recaudar el dinero de la primitiva. A fuerza de aquellas reuniones-merienda, los aperitivos antes de la comida y las post-cenas que diariamente celebraban los Habituales en el quiosco, se les estaba quedando a todos un tipo de picador que daba gusto verles.
Saludé a todos desde la entrada. Esquivé como pude al ?Habitual 1?, que comía gusanitos a la vez que ojeaba un interviú que, a su vez, estaba hojeando su colega el ?Habitual 2?, y me encaré al Quiosquero. Esperé a que se suspendiera momentáneamente la discusión futbolística, y dije:
-Hola, me das El Adelantado.
-¡Ahí, ahí!, ¡Apoyando la prensa local, sí señor! ? intervino Marquitos, otro de los presentes. No alcanzaba todavía la categoría de Habitual, pero era cuestión de tiempo. Parecía que estaba un poco castaña. No me sorprendió.
-Toma mi niño ?contestó el Quiosquero con su característico y ridículo tono de voz, mientras miraba de soslayo a Marquitos.
-Vale, venga hasta luego ?Me despedí.
-Hasta luego majo.
-¿Ya te vas? ?Graznó Marquitos.
Ignoré la efusiva despedida de Marquitos y salí del quiosco (previo pago del artículo adquirido) derechito hacia casa. En el camino decidí emular a esos hombres que leen el periódico mientras andan. ¿Cómo coño lo harán sin romperse los dientes? Decidí empezar por algo fácil. ?A ver qué ponen en la tele? pensé. Y abrí el diario por la última página. Frené en seco sin poder despegar la vista del periódico. En Antena 3 ponían ?Este chico es un demonio?, pero eso no fue lo que me hizo frenar. Es cierto que esa película bien merece un alto en el camino, pero esta vez el niño cabrón de la pajarita roja pasó a un segundo plano. En la última página de ?El Adelantado de Segovia? de aquel sábado 29 de enero, encontré la sentencia macabra que poco después sería cumplida: ?Quiosquero, Quiosquero, vas a ir al matadero?.
-Desde luego, el autor de esta broma ha ido demasiado lejos -volví a pensar. Y me di la vuelta decidido a comunicar al Quiosquero que alguno de sus amigos tenía un pésimo sentido del humor. Sin embargo, cuando entré en el quiosco, comprendí que aquello no había sido una broma. ¡Alguien había asesinado al Quiosquero!
En el local sólo se encontraba el cadáver. Me acerqué a él. Apenas hacía quince minutos me había vendido el periódico, ¿Y ahora estaba muerto? No entendía cómo era posible. Examiné el cuerpo. Estaba frío. Demasiado frío. Con mi habitual falta de atención para las cosas importantes, pasé por alto aquella sospechosa frialdad, y me centré en detalles más llamativos pero menos útiles. Parte de un enorme bollo de chocolate se hallaba alojado en su garganta y el resto estaba esparcido por su cara, de tal manera que era casi irreconocible. Además salían de su nariz dos esponjas que emulaban los colmillos de un elefante. Estaba claro que las esponjas habían sido colocadas una vez muerto el Quiosquero. El asesino era un cachondo.
Impactado por la terrible escena, me di cuenta de que todavía sostenía en mis manos la amenaza anónima dirigida al Quiosquero: ?Quiosquero, Quiosquero, vas a ir al matadero?. En realidad no se había cumplido al pie de la letra. Parecía cierto que se habían cargado al Quiosquero; que era el espíritu del aviso anónimo, pero la letra del mismo indicaba un desplazamiento de la víctima hacia un lugar de ejecución. En este caso, el matadero había sido el propio quiosco, la propia butaca en la que se sentaba a diario. El asesino, en su amenaza, debió haber sido más correcto, y haber dicho, por ejemplo: ?Quiosquero, Quiosquero, vas a ir al cementerio?, que era de más fácil cumplimiento, ya que, salvo incineración, el cementerio era donde acabaría el desdichado. Aunque esta opción perdía cierta gracia, al carecer de la sonoridad de la rima consonante.
Mi intención había sido volver al quiosco para enseñar el anónimo al fallecido (pretendía enseñárselo sin saber que el fallecido había fallecido, obviamente), pero me encontré con un muerto. Él y yo, frente a frente. Él, ejecutado, y yo, mirándole como un pasmarote con el anónimo en la mano. De pronto un ruido salió de la trastienda. Algo se había caído, o mejor dicho, alguien había tirado algo. Mi instinto de supervivencia me aconsejaba salir por pies, pero antes de que mi instinto pudiera haberme aconsejado nada, ya me encontraba en la calle. Parece que el acojone había sido mucho más eficiente que el instinto. Salí corriendo del local, dejando en el quiosco al muerto, al emisor del ruido de la trastienda y el anónimo repleto de mis huellas dactilares. Sin duda fue una de las actuaciones menos inteligentes de mi vida. Y eso que el listón estaba alto.

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CRIMEN EN EL BARRIO. Primera entrega.

Qué duro es darte cuenta de que puedes dejar sobre tu barriga el mando de la tele, cuando estás sentado en el sofá, sin que se caiga. Y no sólo que puedes, sino que lo haces y que en vez de buscar a tientas el mando a los lados de tu asiento, automáticamente te llevas la mano al inicio de tu panza, que ahora nace justo debajo del pecho, al que ya puedes llamar ?los pechos?.
Muy duro.
Pero no siempre he sido así.
He sido incluso peor. Hubo un verano en el que alcancé los noventa kilos. Y soy alto, pero no tanto. Mi novia siempre recuerda lo atractivo que la resultaba gordo como un tonel, en bermudas medio caídas y con unas de esas zapatillas de puntera de goma blanca. ¿Cuándo se pasarán de moda definitivamente?
Ahora no llego a los noventa kilos, pero estoy cerca. La parte superior de mi barriga puede albergar, además del mando de la tele y el del video, una lata de cerveza del Mercadona bien a gusto.
También he tenido temporadas en las que me ha dado por investigar crímenes irresolutos.

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CRIMEN EN EL BARRIO

Hola soy Santiago Carabias de Santos y he publicado la novela "Crimen en el barrio".
Se trata de una novela corta, en la que un asesinato y las circunstancias que lo rodean son la excusa para hacerme el gracioso todo lo que me da la gana.

Resumen:
"¿Quién ha matado al Quiosquero?, ¿Quizás fue el pérfido Marquitos?, ¿Tal vez fueron Los Habituales?, ¿O puede que fuese Alfonso, El Churrero Insalubre?
Descubre los enigmas de esta orgía de crímenes, perversiones sexuales, gatos encerrados y reptiles subterráneos.
Son sólo 120 páginas. Tiene el tamaño perfecto para que lo dejes apoyado sobre la cisterna, junto al rollo de papel".

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