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Cuentos Encarnados

Blog dedicado a los cuentos de Encarnación Guerrero Amores.


LA ESPERA

 


 


 


 Densas hileras de coches


Que claman con sus quebrantos;


Tarde gris, poblada calle


Relación muda de asfalto.


 


La luna quiere asomarse


Rompiendo el aire viciado


Y una sombra simulada


Hace un gesto sosegado.


 


Ojos verdes, tersa cara,


Lindo pelo plateado,


Perfil de rasgos semitas


Con el mentón avanzado...


 


¿Por qué así frunces el ceño


con los ojos entornados?


¿Qué se adivina a lo lejos


y se acerca calle abajo?


 


Por el bulevar camina


Con un andar mesurado


Una mujer ya curtida


Rasgando el aire a su paso.  


 


Aminora sus pisadas


Pues llega al sitio asignado.


Alza firme su mirada.


Ambas se han encontrado.


 


Él, parco en vanas palabras,


Entrañable en lo velado,


oculto bajo coraza...


sin saberlo enamorado.


 


Ella sabe lo que quiere


senda dura y  sin atajo.


Es hábil  en esperar...


El camino ha empezado.                     


 

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HAIKUS

 


 Lomos de mar


que en la orilla se explayan.


Olas rompientes.


 


 


Enamorada,


el sol le hace arrumacos...


y se derrite.


 


 


Versos medidos


con finas hebras de oro.


Es el soneto.


 


 


Cual obra de arte...


y siempre irrepetible.


Encuentro erótico.


 


 


 


 


 


 


 


 

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MI MALA SUERTE (TANKAS ENCADENADOS)

 


 Mi mala suerte


me atrapó sin remedio,


sin esperar.


Me vio con la mozuela...


retozando gozoso.


 


Fue un sábado.


y a casa ella volvía.


Nos vio; se fue.


Mi estrella se apagó


y dejó de brillar..


 


Sigo en la noche.


Por ella lloran mis ojos...


en la niebla.


Vivo escondido, sólo,


vagando por el yermo.


 


Una luz se abre.


Ella vuelve a mi vida.


Siento el perdón.


Los nubarrones huyen,


se ilumina mi rostro..


 


Fue mala suerte...


Digo aún sollozando...


a veces ocurre.


Fija en mí su mirada,


hurga en mis ojos; se va...


 


 


 


 


 


 

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METAMORFOSIS: DE ANACLETITO A DON ANACLETO

 


 -Pues yo no pienso trabajar para el conde, madre. Quiero ir por libre.


Son las palabras de Anacletito a madre, viuda del difunto capataz del señor Conde. Padre murió, las hermanas se casaron y él (el más pequeño) se quedó con madre. En casa lo consideraron un chico tímido, que le gustaba soñar escondido entre los  arbustos. Madre se quedó boquiabierta al oír a su hijo.


-¿Tú por libre? Ven aquí, hijo mío, acerca el taburete y siéntate...¡Pero tú que sabes hacer!


Madre es una mujer luchadora, sensata y con principios; se gana la vida cosiendo desde que murió padre. Anacletito la admira y respeta pero tiene otras ideas. Acerca muy resuelto el taburete.


-Yo pienso mucho, madre. Cuando me voy por el campo es porque le estoy dando vueltas a la cabeza. Éste es el momento; lo veo clarísimo.


-¡Ay Anacletito¡ El momento de qué...


-Pues madre, el momento de hacer negocio. Ha terminado la guerra y hay salidas que nadie ve y yo sí las veo. Lo tengo todo aquí –y se señalaba la cabeza.


-¡Ay Dios mío¡ mi hijo se ha vuelto loco.


-No estoy loco. Escúcheme con atención. He observado que los pueblos no tienen de nada. Los campos y las fábricas no producen. No hay comida, ni telas, ni cacharros. Tampoco hay tiendas, no hay de nada.


-Pero hijo, nadie tiene dinero.


-No todo el mundo. A los que no tienen dinero y son personas decentes se les puede vender fiado, pero hay gente que tiene dinero y no tiene qué comprar. Se trata de buscar los productos y llevarlos a esas personas. He observado mucho por todos los pueblos de los alrededores.


-¡Estás loco hijo¡. ¿Como vas a llevar tú las cosas?


-Mire madre, ¿Se acuerda del Amancio? ¿Ese que es gendarme?...pues tiene un burro y él cree que no vale para nada. Lo que pasa es que no se acuerda de darle de comer y el burro está muerto de hambre. En la finca del conde podemos alimentarlo por las noches que no hay nadie vigilando.


-¿Y como vas a pagar el burro?


-Ya lo he arreglado. Le he dicho al Amancio que ahora no se lo puedo pagar pero que lo haré poco a poco según vaya ganando y como él lo da por perdido, está de acuerdo.


Madre quedó pensativa y Anacletito aprovechó la ocasión.


-Con un poco de suerte dejará de coser. Está muy cansada. Además usted seguirá su trabajo mientras yo me voy organizando. No perdemos nada.


Anacletito consiguió el burro y le puso de nombre “Rayo”. Lo llevaba cargadito y vendía de todo. Para amaestrarlo le pinchaba en el trasero con un lápiz, al mismo tiempo que pronunciaba su nombre


-Quia, quia, ¡”Rayo”¡- y salía disparado como una bala.


-¡Que viene¡ ¡Que viene¡ -decía la chiquillería rodeándole.  Anacletito se dirigía a la plaza y lo colocaba todo sobre una manta para que los vecinos fueran a comprar.


Al poco tiempo ganaba mucho más que madre cosiendo. Compró un terreno grande cerca de la ciudad que estaba casi abandonado; con la ayuda de hombres a cambio de tres comidas al día (no tenían trabajo después de la guerra), hizo una casa muy hermosa y se llevó también a madre a la finca.


-Hijo, “Rayo” se está muriendo. -le dijo un día su madre viniendo de la cuadra.


Con la muerte de “Rayo” Anacletito, comprendió que tenía que dar un nuevo giro a su vida.


Dejó de ir por los pueblos, montó una tienda en la ciudad que utilizó como tapadera para dedicarse al matuteo. Observaba, desde hacía tiempo la cantidad de matuteras y matuteros que pasaban al  Peñón de Gibraltar (tenían allí sus trabajos) y volvían por las tardes cargados de productos escondidos en muchos bolsillos que llevaban por debajo de sus faldiqueras y pantalones.


Sabía a quien tenía que recurrir...pero no como Anacletito. Le había pagado muy bien los plazos de “Rayo”...Y ahora era Don Anacleto.


-¡Hola Amancio! –saludó efusivamente al gendarme haciendo caso omiso a su posible enfado por el provecho que le había sacado al burro- Vengo a hablarte de negocios.


Amancio había seguido los pasos de Anacletito; sabía que era astuto en los negocios.


-¡Pero si es Anacleto!...¿Qué se te ofrece?


-Quisiera tener libertad de movimientos para entrar y salir del Peñón -dijo sin rodeos.


-Pero Anacleto...Eso es peligroso y me la juego.


-No te estoy hablando de pasar “cositas” sino de montar un negocio con un grupo organizado. Sólo necesito que utilices tu influencia como gendarme.  Tengo sitio para guardar los productos y clientela que los compre. Iremos al cincuenta por ciento.


Amancio hizo como que lo pensaba.


-De acuerdo. –dijo finalmente.


  “Me falta algo -pensaba Anacleto de vuelta a la finca- tengo que formar una familia. Se me ha pasado la juventud en los negocios pero sin familia no tengo respetabilidad”.


Se acordó de Maguita. Era una niña muy bella que corría gozosa al lado de “rayo” cuando llegaban a Jimenil (un pueblo de los que había ecorrido). Ahora sería una adolescente. “Es la más apropiada -pensó- ...joven, guapa, sumisa, siempre agradecida por haberla salvado de la miseria...la mujer ideal”...


Se casó, tuvo hijos, convirtió la casa de la finca en un gran palacete al que se accedía por un camino que atravesaba el jardín de flores. Por detrás estaban las cuadras, los corrales, las huertas, los árboles frutales que abastecían las tiendas de embutidos y verduras del mercado.


Madre se sentía lejana, extraña en aquel ambiente, con criadas y  jornaleros...nada le recordaba los tiempos de estrecheces pero en cierto modo felices que había vivido con su marido, sus hijos...Observó a Anacletito. Sus miradas se cruzaron; no lo reconocía...¿Era realmente él?... Tampoco él veía en aquella mujer que deambulaba por el palacete a madre...     


 


             


 

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MI PRIMO MANOLÍN

 


Nuestra casa era grande y bonita. En ella vivíamos mis padres, mi hermana, dos hermanos, y yo.


-Al final del verano vendrá a casa el primo Manolín. –dijo mi padre mientras cenábamos, y añadió- En el pueblo no hay Universidad y estudiará aquí.


Fue una buena noticia. De pequeños jugábamos con los primos cuando íbamos al pueblo a veranear, aunque Manolín era el más reservado quizás por ser el mayor.


 ...Y así fue como el primo Manolín llegó a casa...bueno casi primo. Mi padre y el suyo (el tío Manolo) intimaron tanto en el servicio militar que desde entonces se sintieron hermanos. Cuando se casaron, mamá y la mujer del tío Manolo ya eran amigas, nosotros nos sentíamos primos y yo, la más pequeña, no dudé nunca que el tío Manolo, padre de Manolín era mi tío. Claro que la genética era diferente...


Aquella mañana, cuando abrí la puerta, apareció en el umbral un joven alto y delgado como un ciprés. No lo reconocí. Me impresionó por el tamaño de sus zapatos y la largura de sus pantalones.


-¡Hola prima! ¿Cómo estás? -dijo una voz grave, intercalada de gallos.


-¡Manolín! –Y me abracé a sus piernas (mi tamaño no llegaba a más)


Mi primo, aunque no hablaba mucho, se fue adaptando a nosotros. Yo, quizás porque vivía más aislada por la diferencia de edad con respecto a mis hermanos, era muy observadora.


Desde el principio capté la mirada entre mi hermana y Manolín. Tenían la misma edad e iniciaban sus carreras en filosofía...No se debía sólo a esto la complicidad que sentí en sus miradas... al menos en la de mi hermana.


Estudiaban, competían con las notas, paseaban, reían...pero  el sentimiento de mi hermana era diferente.


Un día les oí gritar. Al principio me pareció una discusión más sobre el tema que estudiaban. Ella decía algo así...como que no estaba de acuerdo con su interpretación de Platón.


“Platón -me dije- ¿Quién será?”


-Lo único que quiero decir –él hablaba  más tranquilo- es que según Platón, en su obra Fedro, el alma es como un coche guiado por un auriga que es La Razón. Del coche tiran dos caballos. Uno representa el ánimo valeroso y noble que quiere secundar al auriga y el otro desea disfrutar desordenadamente del mundo sensible para despeñar el coche”...


-¡Y el amor! -Respondía mi hermana furiosa- ¿Dónde está el amor? ¿Es que cuando demuestras tu amor significa  que se va a despeñar el coche?


Siguieron un rato y no se ponían de acuerdo. Mi hermana le preguntó.


-¿Tú crees en el amor?


-Pues...yo creo en el afecto... y el amor surgirá poco a poco, con el tiempo -dijo él midiendo sus palabras- porque si te enamoras siempre te pueden decepcionar y si te decepcionan fracasas...


Mi hermana se levantó airada; al salir me vio y comprendió que estaba escuchando.


-No te quiere -susurré con tristeza.


Me miró, y sin decir nada, se marchó como una diosa ofendida.


Desde aquel día aparentaron normalidad pero intuí que se habían distanciado. Terminó el curso y se despidió de toda la familia muy cariñoso pero al año siguiente no volvió. Nos comunicó que se había trasladado a otra Universidad.


Mi hermana sufrió en silencio pero un año después conoció a otro chico y volvió a recuperar la alegría; terminó la carrera; se casó.


-Quiero estudiar sicología -le dije a mamá cuando terminé bachiller.


Me miró. Supo que estaba decidida.


-Creo que serás buena sicóloga –sentenció.


Terminé los estudios, me independicé. Trabajaba con un grupo de sicólogos, todo iba aparentemente bien. Un día recordé la discusión  de mi hermana y mi primo Manolín.


Desde la distancia comprendí a los dos.


“No hablaban de Platón, se estaban defendiendo; era algo personal”.


 


Estoy con un hombre. Hace mucho tiempo que lo conozco (al menos eso creía) aunque no como ahora; Hemos intimado, nos queremos...pero no me caso con él. Sé que me quiere porque siempre vuelve y se nos pasan las horas sin darnos cuenta. Hay momentos duros, dolorosos...Algo (mucho) nos retiene.


Un día llamó a mi puerta y apareció en el umbral alto y delgado como un ciprés.


-¡Hola prima! ¿Cómo estás?...Y sin apremios, sin exigencias...comenzamos a vivir juntos. Pasan los años y nuestro cariño aumenta...no nos cansamos...¿Necesito algo más?


Cada historia es irrepetible.


 


Nota.


¡Queridos amigos! Me voy el lunes, diecinueve, a mis tierras gaditanas. Cuando vuelva estaré más activa y pasaré por vuestros rincones. La enfermedad de mi hermano me ha producido desánimo (ahora hay más esperanzas). Deseo que disfrutéis este verano. Os dejo este relato. Espero que os guste.


 


 


  


 


 


 


 


 


 


 


 


 


 


 


 


 


 


 

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PREMONICIÓN

 


 


 Cuando yo tenía cinco años, mi mamá  (preocupada al verme tan indefenso) me llevó a una astróloga que le recomendó una amiga.


-Rosenda  -así se llamaba su amiga- yo no creo mucho en estas cosas, pero me fío de ti. Iré a verla.


Fuimos de noche. Mamá no quería que nos reconocieran. Mi familia era acomodada y creer en esas supercherías denotaban poca cultura; mamá catalogaba a una astróloga dentro del grupo de videntes.


La astróloga le preguntó a mamá el día que nací, la hora, cuando abrí los ojos, en qué momento lloré y muchas cosas que no recuerdo.


-Mi hijo nació el 6 de marzo de 1892, a las 2 de la madrugada. Abrió los ojos nada más nacer y ni siquiera lloró.


¿Y qué desea usted que haga? -mientras le preguntaba, me dirigió tal mirada que me sentí taspasado.


 -Quiero que me hable del futuro de mi hijo.


La astróloga se puso en acción.


“Afrodita asciende desnuda hacia el trono del amor y después de una noche de pasión, es sorprendida por su esposo, Hefesto, en los brazos de Ares”...-Dijo manoseando la bola de cristal. 


-¿Y qué tiene que ver eso con mi hijo? –preguntó mamá.


- Quiere decir que su hijo fue concebido en el mismo momento, nueve meses antes de que naciera. -dijo al observar el desconcierto de mamá- Tendrá una vida activa y gobernará durante muchos años haciendo desaparecer a todo el que se interponga en su camino.


Mamá arqueó una ceja y me miró.


 “Este hijo mío es enclenque, bajito para su edad, con una voz casi imperceptible”...


-Le pagaré cuando se cumplan esos vaticinios –sentenció mamá desconfiada.


La astróloga se enfadó. Le dijo que sabía quien era, que correría la voz diciendo que había acudido a ella para saber el futuro de su hijo, que no le había pagado... Mamá muy seria le preguntó.


-¿Dónde está su título de astróloga?...La denunciaré a la policía.


La supuesta astróloga abrió la boca y la volvió a cerrar.


Con ese gesto, mamá supo que había ganado la partida.  ¡Que lista era!


-¡Vámonos  de aquí paquito! –dijo alterada.


 


No sé si sería la premonición o mi amor propio herido por la desconfianza de mamá (no en vano soy gallego) pero goberné durante años sin temblarme el pulso, aunque a muchos les pesó...


¡Me acuerdo de tantas cosas desde este mundo caluroso en que vivo ahora!...



Nota: rescatado del baúl con algunos (bastantes) retoques.


 


 


 


 

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ZONAS OSCURAS

 


 Ramón observa desde su terraza la bahía cada vez más pequeña, invadida por el cemento, llena de contenedores y barcos de gran tonelaje. Cierra los ojos y aspira profundamente rememorando el olor a salitre y algas que despedía aquel trocito de mar en otros tiempos. A su mente vino el recuerdo de Inés... 


 


A Inés la conoció en el Instituto. Al principio no captó su presencia pero pronto llamó su atención aquella chica silenciosa, de mirada  profunda y con cierta genialidad en los rasgos de su carácter.


 Su boca era cálida como la vida, su cintura esbelta como el cuello de una gacela. Tenía los hombros redondos  como una colina y sus senos rígidos como la fruta verde a punto de madurar. De un modo muy sutil fue concibiendo la idea de acercarse a ella.


Algo destacaba de manera singular en su cuerpo: las manos. Eran pequeñas, delicadas y sensuales. Así empezaron a comunicarse. Por la tarde iban juntos a la playa y, entrelazando sus manos,  permanecían largo rato observando la bahía, sintiendo que se fundían en una espontánea comunicación. El sol declinaba y la bahía se iba cubriendo de infinidad de puntitos brillantes que se reflejaban en el agua. Eran momentos de mucha ternura.


    Pero aquel sentimiento tan entrañable comenzó a peligrar. Ramón sentía miedo...miedo a que algún día la pudiera perder. Las zonas oscuras de su personalidad comenzaron a removerse y a actuar.


-Esta tarde vamos a estudiar juntos. –y sin esperar respuesta añadió- He conseguido unos apuntes muy buenos que nos aclararán muchas dudas.


Se adelantaba a sus deseos y responsabilidades siempre solícito, cortés, para evitarle preocupaciones. 


Quería asegurarse, saber con certeza que nunca le dejaría, que lo quería a él mas que a nadie, que era imprescindible para ella, que cualquier movimiento de su vida estaba controlado...que la poseía.


Inés estaba embelesada. Era como un amante rendido a sus pies.


-¿Venís esta tarde? –les decían los amigos- Tenemos fiesta.


Al principio iban pero después rehusaban la invitación porque Ramón, muy previsor, había organizado otro plan. Inés casi sin percibirlo, se fue apartando de los amigos, de sus actividades, de sus hábitos...


Un día observó que ella empezaba a cambiar. Alteraba algunos de sus planes para quedar con las amigas y mas tarde comenzó a unirse a los grupos de chicos y chicas que organizaban excursiones y hacían deporte...


 Aquel sentimiento tan entrañable comenzó a languidecer. Las visitas a la playa se fueron espaciando; sus manos se entrelazaban, veían las mismas estrellas... pero no había comunicación.


Sentía que la estaba perdiendo y que, en la medida que se alejaba, volvía a resurgir aquella chica de mirada profunda, fortaleza psíquica y cierta genialidad en los rasgos de su carácter que tanto le había atraído.


 Al año siguiente Inés se marchó a estudiar a la universidad y no se volvieron a ver... 


 


Ramón permanece sentado. Al rato se levanta y entra en la casa. Fuera queda la bahía disminuida por el avance del puerto, los contenedores, los barcos de gran tonelaje...


 


Nota. Este relato lo saqué del baúl y le he dado algunos (bastantes) retoques.


    


 

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