Toneladas de letras se han llorado sobre ello. Algunas con sonrisas más sinceras que las lágrimas, la mayoría con miradas tristes a unos recuerdos que con el tiempo se hacen neblina de momentos. En este caso no hubo ni unas ni otras, sino una sensación de meta alcanzada, de yatelodije autoinfringido, de tranquila melancolía. Porque tenía que pasar y porque el amor no era tal cosa. Quizá cada uno de ellos se cruzó en la vida del otro temporalmente, para cumplir una función, un propósito, y seguir con su existencia hacia otros lugares, otros cuerpos, otras miradas. Quién sabe.
Aquel día, Sara había llegado a la cafetería soñando con esos ojos de mar en los que se ahogaba cada tarde puntualmente. Hacía ya una semana que en sus encuentros sólo habitaban las palabras justas. ¿Para qué romper esos silencios en los que se miraban con deseo, atándose con los ojos, anticipando la pasión que devoraría sus pieles en el sofá? Ambos se habían contado sus vidas, ambos se habían mentido en ocasiones, y ambos lo sabían. Lo que en un principio había parecido un amor repentino no era más que la conjunción de dos soledades, la necesidad de un cuerpo que acariciar mientras dejas pasar la vida por tu lado, la búsqueda de un corazón latiendo contra tu mejilla antes de dormir, la ilusión de sentir unos ojos que te adoran al desnudarte, y para qué negarlo, el placer de un sexo apasionado que los dos echaban de menos. Ambos lo sabían.
Al principio Sara temía que Pablo realmente se estuviera enamorando, especialmente por su edad y su inexperiencia en estas lides. Cierto es que ella no era la primera que había besado su cuerpo, pero a veces, al mirarle dormir, parecía un niño indefenso que está descubriendo la vida. Pronto se dio cuenta de que Pablo también había descubierto que este amor sólo era deseo disfrazado y soledad camuflada. Él también sabía que no tenían nada en común. Que sus vidas discurrían por caminos tan distintos que contarse las penurias del día a día no era más que un desahogo. Y aún así, siguieron viéndose en la cafetería, riendo y hablando un rato, para huir enseguida al refugio de sus cuerpos encendidos en casa de Sara. Después, se abrazaban entre las sábanas y dejaban que la soledad les embargase. Una soledad acompañada que en estos casos nunca era amarga. Ambos se sabían enganchados a sus encuentros, ambos se sabían solos tras ellos, pero eso ya no era una desgracia, sino más bien otra etapa de la vida. Por eso, cada vez sus conversaciones eran más livianas, menos transcendentales. Un mero trámite por la conveniencia de fingir que sus palabras aún importaban más que sus caricias, aunque ambos supieran que era mentira.
Y sucedió. Sara abrió la puerta, sacudiéndose la ciudad del pelo, y al mirar a su mesa la encontró deshabitada. Al principio una punzada de dolor y sorpresa atenazó su pecho. Permaneció inmóvil, como esperando que Pablo se materializara donde tenía que estar. Alguien abrió la puerta tras ella y la empujó levemente, rompiendo el hechizo, y Sara recordó de repente que no le quería.
Cada tarde había temido este momento, y ahora que había llegado lo acogió con tranquilidad. Caminó hasta la mesa y encontró sobre ella un libro solitario. Se sentó en su sitio, como cada tarde, con una sonrisa pequeña y débil en sus labios. Era el Vagabundo de las Estrellas, de Jack London. El libro que últimamente descansaba en la mesa mientras ellos se miraban, el que Pablo leía mientras esperaba su llegada. Entre sus letras, una rosa seca y aplastada, el marcapáginas del amor caducado.
Sara abrió el libro y en la primera página descubrió una nota escrita. Cómo odiaba que la gente escriba en los libros, aunque sea para regalarte unas letras que te hacen falta.
“¿Para qué estropear con palabras una despedida que nuestras miradas ya conocían? Siento no ser capaz de estar ahí para decirte que no volveré a besar tus pechos. Como dice alguna de tus canciones, el amor es eterno mientras dura. Gracias por haberme regalado estos dos meses, tu recuerdo será eterno mientras yo dure. Besos.”
Así, llena de poesía y vacía de razones. Aunque lo prefería. Cualquier razón habría sido una mentira encubriendo el hecho de que esto tenía que pasar. Quizá Pablo había encontrado otra a quien amar de verdad, quizá se había cansado de estos encuentros. No importaba. Lo que realmente importaba era que Pablo había encontrado una mujer apagada, y que con sus besos de adolescente había encendido de nuevo la luz que ella guardaba dentro. Eso nunca podría dejar de agradecérselo a ese chavalín de ojos marinos y sabias manos.
Hoy, días después, Sara se despide de Gatito como cada mañana. Cazándolo de entre los cojines, le planta un beso en el hocico y sale a encontrarse con el sol de un nuevo día.
No encuentra el libro por ninguna parte. Había revuelto la casa durante horas buscando ese pedazo de su vida para leerlo casi como un homenaje, sintiéndose un poco culpable por haberlo perdido, incluso un poco vacía, como cuando pierdes fotos de un ser querido. Al final, ha decidido que esta tarde lo comprará de camino a casa y bajará a la cafetería a leerlo. Réquiem improvisado por un amor que no existió.
Nunca más estará sola, y ahora que lo sabe, la vida parece un mejor lugar donde vivir. Es más fácil caminar aunque no sepas el destino.
X
Pablo vive obsesionado por los recuerdos de una mujer que ya no existe.
Cada mañana sigue haciendo guardia, esperando ver aparecer ese ser puro y melancólico que le encandiló con esa luz escondida que sólo él veía, aunque fuera desde su escondite entre los barrotes de la barandilla. Entre polvo y escaleras, como las cucarachas en verano. Se pregunta si realmente Sara es esta mujer segura y brillante que tiene delante. Si la Sara que le enamoró era sólo producto de una mala época que él se ha perdido. Si esta Sara extraña y confiada cuya luz cualquiera puede ver será realmente temporal, y en algún momento volverá la verdadera, el ser indefenso al que él pueda cuidar, como una planta que siempre está a punto de secarse. Se pregunta cuál ha sido el origen del cambio, porque hace tiempo que decidió que no podía ser un simple minino refugiado. Se pregunta por qué él no ha sido capaz de acercarse antes, por qué se ha pasado tres meses mirándola desde lejos, espiándola enamorado, amándola entre barrotes y sueños. Y sobre todo se pregunta por qué puede ser tan egoísta como para preferir una Sara infeliz si tanto la ama. La vida, resumida en esos largos minutos en el rellano, es una incógnita continua.
Pablo tiene mucho tiempo para pensar en sus esperas de paparazzi inmóvil sobre las sucias baldosas del rellano, y tras tantas vueltas hoy cree que ha encontrado respuestas. Así, gracias a su experiencia universitaria, ha concluido con mucho esfuerzo que es más fácil que Sara estuviese pasando por una mala racha, una depresión quizá, de la cual por alguna razón se ha recuperado de repente. La navaja de Occam. La versión contraria, en la que una mujer triste y depresiva de toda la vida de repente pasa por una fase de seguridad y alegría desmedidas y repentinas, para después volver a convertirse en el ser indefenso y miserable que realmente es, resulta cuanto menos extraña.
Una vez decidido esto, está claro que un simple gatito no puede curar una depresión de la noche a la mañana. Tras muchas deliberaciones silenciosas en el oscuro rellano, ha concluido que la causa debe de ser externa, un dato que él no contempla porque no lo conoce. Otro hombre quizá. La consecuencia de este descubrimiento es que su vigilancia desde el rellano no da los suficientes frutos, es insuficiente.
Cuando las respuestas que hay que encontrar tratan sobre sí mismo, a Pablo le cuesta bastante más llegar a ellas. ¿Por qué no ha reaccionado antes? Puede decirse mil mentiras, y lo ha hecho, pero al final la cruda realidad es que tiene miedo. Tiene miedo a acercarse y que Sara le rechace, y entonces la fantasía y la realidad acaben a la vez. Tiene miedo a que no le rechace, y entonces descubra que estos meses de adoración no han merecido la pena, que no es perfecta. Tiene miedo a enamorarse aún más de ella, y que el dolor de perderla sea insoportable cuando ese momento llegue. Esos miedos lo clavan cada mañana a las baldosas, tapan su boca para después torturarle gritándole cobarde al oído.
Y no sólo es cobarde, si no que además es egoísta, porque no es capaz de amar a la nueva Sara. Permanece escondido con la esperanza de que una mañana la mujer que salga por esa puerta tenga la mirada triste perdida en el suelo, una bufanda abrazando su cuello, y que ande como si quisiera desaparecer del mundo sin hacer ruido. ¿Cómo puede amar a alguien y no alegrarse por su felicidad? La respuesta es sencilla, y como casi todas las respuestas sencillas a preguntas difíciles, la verdad duele. Porque realmente no la ama. En algún momento Pablo se enamoró de la indefensión que podía cuidar, de la tristeza que podía paliar, de la soledad que podía acompañar, de la facilidad de amar a alguien que te necesita tanto. Se enamoró de una mujer que pasaba desapercibida para el resto del mundo. Ahora que su belleza es patente se le acabó la exclusiva de adorarla.
Por eso, cuando Pablo sale esa tarde de su escondite para seguir a Sara, es un Pablo más maduro. Ha sido capaz de mirar dentro de él y enfrentarse a sí mismo, a sus miedos y sus egoísmos, algo que muchas personas adultas no harán en su vida. Es un Pablo mayor, que ha comprendido grandes verdades de la vida, de esas que nadie te puede enseñar, y que ha decidido que era el momento de acercarse a Sara y enamorarse de ella u olvidarla, sin más observaciones enfermizas tras una barandilla vieja y oxidada.
Cuando Pablo la ve entrar en la cafetería de la esquina, decide esperar fuera para preparar una estrategia, un encuentro casual en el que hablar del pequeño felino que les une, un buen principio. Ella se sienta en una mesa cerca de la ventana y saca un libro del bolso. El camarero sirve un café y se marcha, dejándola sola con las palabras que compró. Pablo se abrocha el abrigo y mira el reloj. Las 18:41. Si a las 7 Sara no empieza a recoger, Pablo entrará muerto de frío y forzará el encuentro dentro de la cafetería. No piensa cambiar un lugar de observación por otro.
Pasan los minutos y las palabras vuelan por su cabeza, frases de un guión imposible que se repite y varía cada segundo. El frío crea bocanadas de vapor blanco al respirar, las farolas recién encendidas tiñen la calle de amarillo. 18:56. Un hombre se acerca a la mesa de Sara y cruzan unas palabras. Sara sonríe encantadora, resplandece tras el ventanal medio empañado. Tras un minuto en el que Pablo contiene la respiración, el hombre se sienta, cerveza en mano, y Sara cierra el libro, olvidado sobre la mesa en un segundo. Ahí está la razón, la incógnita de la ecuación despejada, la causa del cambio de Sara.
Y Pablo, su primer desengaño de verdad clavado en el corazón, mete las manos en los bolsillos y se aleja caminando hacia casa. Los años le enseñarán que la vida no siempre te regala un final feliz, que a veces las historias acaban con el corazón del prota roto en pedacitos sin segundas partes, que casi siempre los finales felices hay que robárselos al destino con sudor y lágrimas, que Sara siempre estará en su corazón porque fue eterna mientras duró, y que aún no había amado de verdad. Pero todo eso es otra historia. Hoy Pablo sólo vuelve a sentirse solo, sin su musa perfecta y triste de mirada caída y paso inseguro, sin sus mañanas de vigilancia y sus clases de ensueño, sin su Sara particular.
EPILOGO
A pie de barra siempre es más fácil observar a todo el mundo, especialmente cuando la espera es aburrida. El Marca leído y cuidadosamente doblado, César se gira en la banqueta y se dedica a mirar a los habitantes del bar, especie digna de estudios continuos. Un par de alcohólicos socialmente permitidos. Una señora jugándose el dinero de la compra en la tragaperras con el carro aparcado junto a sus pies. Un padre (muy posiblemente separado por su expresión desesperada) con sus hijos en una mesa. Dos adolescentes demasiado desarrolladas y sensuales para la edad que tendrían que tener, cotilleando y riendo sobre una revista.
Y, junto a la ventana, una mujer pequeña y resplandeciente. El café olvidado en una esquina, un bolso grande y gris en una silla y un libro sobre la mesa. Una melena negra oculta parcialmente su rostro inclinado sobre el libro, abducida por sus palabras en un trance perfecto. Su piel blanca, o quizá su paz en medio del caos de la cafetería, irradian una especie de luz especial que la alumbra como un faro en la noche.
La espera olvidada, César no puede evitar acercase a la mesa de esa mujer misteriosa. Como casi todos los románticos, cree en el amor a primera vista, o al menos en esa magia de la química que hace que te enganches al momento de alguien. Sabe que si no se acerca, pase lo que pase, pasará mucho tiempo preguntándose por qué no lo hizo. Y se acerca, la cerveza en la mano como una mala tarjeta de visita.
Las primeras palabras, tonterías típicas y tópicas, consiguen el milagro. La mujer levanta la vista del libro y le mira con unos ojos intensos y grandes de color miel, llenos de vida, llenos de ilusión, que le atraviesan con una seguridad que la hace aún más atractiva. Sonríe tímida y contesta, bajando los ojos un instante. Las alarmas saltan dentro de él; está coqueteando. Sigue el juego. Todo hombre reconoce esas señales, y César decide atacar antes de que esos ojos le dejen indefenso y desarmado.
Pidiendo permiso, se sienta en su mesa. La mujer cierra el libro con cuidado, deslizando una flor seca entre sus páginas, y César sabe que todo va bien. Sonríe, y ella le responde, iluminando todo el bar con una sonrisa de esas que vienen muy de dentro, de esas que quieren decir lo que parece, ni más ni menos. César por un segundo siente verdadero miedo. Podría enamorarse de una mujer así. El libro y la cerveza olvidados en otra galaxia, César se dispone a iniciar la danza más antigua de la historia del ser humano, y Sara la espera con una mirada curiosa y pícara.
La soledad queda guardada en el arcón hasta futuros usos.
Un mes ha pasado y Pablo es el centro de su vida. Suena el despertador. Sara se despereza una mañana más en su cama solitaria de almohada vacía, hermosa enredada en las sábanas que aún huelen a sexo, y a Pablo. No hay rosa junto a su cabeza, no hay besos con sabor a hierro, no hay sonidos de desayuno en la cocina, no hay pasos sobre la alfombra, pero Sara ya no está sola. Se ha encontrado a sí misma. Apaga el ruidoso recuerdo de rutina de un manotazo y aparta las sábanas. Gatito acude raudo y veloz a mordisquear los dedos de sus pies mientras se pone los calcetines, intercalando sus minúsculos maullidos. Sara sonríe y le aparta. Enciende la música y deja que en la ducha el agua corra por su cuerpo mientras Ismael Serrano le baña en letras. Ssin prisa cierra los ojos mientras el vapor de agua eclipsa el espejo.
Envuelta en toallas y cremas, elige la ropa para afrontar el frío enero de Madrid. Se maquilla ausente, soñando como siempre en el final del día, el resto de la jornada un mero trámite. Unas gotas de perfume en el cuello y una sonrisa pícara en su rostro finalizan el disfraz, la casa igual de vacía pero con gato.
Desayuna leyendo la prensa mientras Gatito caza tostada en sus descuidos. Café solo, un vaso de zumo, el mismo silencio estéril reinando en la cocina como un recordatorio de soledades olvidadas. Las noticias queman sus ojos con desgracias lejanas que ya no necesita plasmar en palabras perdidas. El plato de la cena de ayer ocupa el fregadero. Siempre impares, un plato, una taza, un vaso. Pero Sara ya no repara en esos detalles, ya no le duele el vacío en la mesa de la cocina, ya no queman en su boca besos no dados. Sara ha transformado la unidad en pareja.
A veces, cuando entra en la cafetería de la esquina después de la jornada laboral, le aterra la idea de que Pablo no esté allí. Que ya no le interese su affair con la vecina del segundo, que su mesa de siempre esté vacía bajo la luz que se cuela por la ventana, que pueda pasar la tarde añorando cuchicheos y besos furtivos. Pero allí está, puntual, cada tarde sentado en la misma mesa, mirándola entrar expectante con esa sonrisa pura que le ilumina. Y cada minuto es un mundo. Cada mirada, cada caricia, cada palabra, deseando arrastrarle de nuevo a su casa, a su cama, besar cada centímetro de su piel, sentir que le arranca la soledad a mordiscos con esa pasión juvenil que la abrasa, mirarle mientras la posee y ver en sus ojos adoración pura y atroz. Ojalá pudiese encadenarle a la cama. Ojalá pudiese dormir cada noche envuelta en su piel en vez de sábanas. Ojalá pudiera usar su pecho como almohada, plena de sexo y caricias.
A veces se da cuenta de que esta relación vive de besos y noches. No puede evitar sentir que el resto del día parece un sueño, que la única realidad empieza cuando atraviesa la puerta de la cafetería. Hablan durante horas, compartiendo rutinas de facultad y oficina, y Sara se muere por besar su boca sorprendiéndose apasionada. Pero a veces ella le mira y ve un chico en vez de un hombre. A veces es consciente de que miles de cosas les separan, y sólo una pasión irracional y un cariño infinito les unen. No puede evitar asombrarse de que ese chaval moreno y tímido, postadolescente podríamos decir, le haya salvado de una tristeza asfixiante que le mataría. Ojalá pudiera asegurarse de que ese mismo chaval no se enamorará de ella. Aunque en ocasiones se sorprenda soñando con ello, casi siempre la aterra, especialmente cuando clava en ella sus ojos de mar creyendo que ella no mira.
A veces Sara se pregunta cuánto tiempo durará. Cuándo se aburrirá el chico que la mira dormir después de haber gastado su cuerpo. Cuándo morirá el deseo de cansancio. Cuándo las tardes de cariño y lujuria no serán suficientes, o la rutina se comerá esa excitante sensación de estar cometiendo una deliciosa locura una y otra vez. Y sobre todo, qué pasará entonces.
Enamorada o adicta a su cuerpo, Pablo es lo único que llena sus días de sonrisas, es lo que la ha reencontrado con esa extraña que la miraba desde el espejo, consiguiendo que Sara vuelva a sentirse mujer, deseada, plena, bella a su manera.
Una sonrisa verdadera asoma a su cara mientras cierra la puerta tras de sí. Una de esas que van atadas al alma, de las que se contagian a los ojos sin querer. Tras ella, un desierto de casa con un gato por único habitante. Por delante, otro día más, 8 horas de espera para ese minuto en el que abrirá la puerta de la cafetería y lo encontrará de nuevo, enfrascado en un libro de Derecho, envuelto en luz velada. Enamorada o adicta, su mirada cuando ella entra por la puerta es el centro de sus días.
VIII
Un mes ha pasado. Pablo sigue anclado en una baldosa gris, martirizándose por su falta de iniciativa, condenando la terrible costumbre de su lengua a atorarse cuando la tiene delante, harto de que sus piernas se nieguen a andar, y tenga que conformarse con los retazos de ella que ve entre los barrotes, refugiado en el rellano. Unos cuantos días ha fingido encuentros casuales en el portal, esperando tristes saludos rutinarios por su parte, de esos que tenemos grabados a fuego en el paladar para que automáticamente se reproduzcan en estos casos de cotidiana diplomacia. Quiso preguntar por Gatito, quiso detener el tiempo y amarrarla a ese territorio neutral junto a los buzones para abrumarla con algún comentario brillante. Pero entonces ella le miraba radiante, le sonreía pícara como si entre los dos escondieran un jugoso secreto que custodiaban con miradas cómplices y saludos cordiales, y las palabras morían en su garganta, farfullando a su vez algún tipo de saludo ininteligible y huyendo.
No consigue entender que un simple minino haya creado entre ellos ese vínculo invisible, al que él no lograba responder de forma convincente. Un día logró sonreírla mientras que la sentía pasar muy cerca, como una brisa cálida, su hombro rozándole casual. Un día incluso articuló una palabra , casi una plegaria; "¿Gatito?". Ella rió juvenil y pura, dejándole clavado en el portal.
Aún comprende menos el cambio que ella ha sufrido desde esa tarde milagrosa, y aún no sabe si le gusta o no. No es que no se alegre por Sara; está radiante y perfecta, la sonrisa cada vez más cómoda en su rostro, cada vez más común. Parece varios años más joven y emana algún tipo de efluvio sexual irresistible. Esa risa juvenil, esas miradas de complicidad, esos andares seguros y rápidos, dinámicos.
Obviamente debería alegrarse, pero no lo consigue del todo. No es egoísmo, o al menos eso espera. Simplemente Sara ya no es el animal herido que él podría recoger con cuidado para lamer sus heridas. Ya no es esa mujer asustada a la que proteger. Ya no es esa niña de ojos tristes y mirada baja, que pasaba por el mundo silenciosa y desapercibida, aislada en su burbuja. Ya no sueña con abrazarla susurrando consuelos, verla dormir entre luz de luna, cuidarla. Ha sido sustituido por un deseo irrefrenable de arrancarla la ropa y poseerla sobre las escaleras.
Había algo especial en esa mujer melancólica que pasaba cada mañana ante sus ojos entre barrotes. Había una luz y una indefensión que le había llenado de amor y ternura, de adoración, de un deseo calmado, de adicción a su mera imagen. Ahora la ve pasar y se da cuenta de que ya no le necesita, de que no puede ser el salvador que cure su dolor con besos y caricias. Como un yonqui, sigue enganchado cada mañana a su dosis de ella. Envuelto en polvo y penumbra, planeando encuentros fortuitos, preguntándose incómodo si el cambio radical lo ha podido lograr solamente un pequeño bicho indefenso, martirizando su mente al pensar que puede haber algo más, alguien más. Pero nadie ha entrado en la casa de Sara. No hay rumores de conversación, nunca sale ni entra acompañada. Irracionales como casi siempre, los celos le corroen.
Y como un yonqui, imagina sexo y pasión mientras los profesores dictan sus libros en la facultad. La imagina tal como era antes. Indefensa, recibiéndole tímida, bebiendo sedienta sus besos, sexo calmado y lleno de adoración. Otras veces la imagina tal y como es ahora. Arrastrándola salvaje a la cama, comiéndose a mordiscos su piel, sexo pasional e intranquilo, impaciente y brusco, se imagina poseyéndola y atándola a él.
Quizá si no estuviera soñando despierto con noches de sexo con las dos Saras habría prestado un poquito más de atención, y sabría algo más de paranoias y disociaciones por estrés. Probablemente con sus conocimientos y los pocos datos que tenía nunca podría atar los cabos. Miles de tecnicismos protegen celosos la sabiduría y la ignorancia de una especialidad, para que los ajenos se sientan pequeños e incultos, para que algunos llenen su boca de orgullo y pretensiones. Bien utilizadas, sin embargo, algunas etiquetas se acercan a describir con pocas letras toneladas de sentimientos, de experiencias vitales, de momentos.
Delirio erotomaníaco, ideación paranoide temporal disociativa, trastorno transitorio de la personalidad, nombres que en toda su sabiduría genérica no alcanzan a envolver en su red la complejidad del ser humano en la concrección de cada caso, pero que nos hacen sentir más seguros ante la inmensidad, menos ignorantes, más capaces de solucionar problemas que no siempre existen.
Pablo tardará años en utilizarlas como profesional, y aún más años en darse cuenta de esos vacíos. Quizá nunca alcance a retratar las carencias que le empujan a necesitar una Sara herida, la mirada hacia el interior es algo que no te enseñan en la facultad. Hoy, simplemente sigue soñando con su ángel indefenso, viendo pasar los días entre polvo y barrotes. Sigue preguntándose qué ha pasado con su pequeña Sara, la mujer más triste y bella de la ciudad.
Los primeros días con Gatito pasan, y Sara ya no imagina su casa sin ese peregrino atigrado que pasea su paz con gracia infinita por el sillón de cuando en cuando. Nadie le ha dicho nada, pero el minino ha tomado posesión de sus dominios. Una casa y una súbdita que le da de comer y le acaricia exactamente cuando él quiere, nunca en ningún otro momento. Quizá Gatito no parezca un nombre demasiado original, pero fue el que Pablo eligió.
Recuerda ese primer día. Las lágrimas le habían vencido, y sentada en el linóleo de la cocina, estudiaba los restos del reloj infernal que marcaba el ritmo de sus vigilias, avisando con su estruendo de la densidad del silencio en el aire, indicador insoportable de su soledad y de las horas perdidas. Quién sabe, en ese momento en el que el tiempo se había parado, cuántos minutos u horas pasaron así. Entonces, otro sonido olvidado rompió su plácido dolor. Sorprendida, se levantó respondiendo instintivamente a ese silbato de Paulov que es el timbre de la puerta. Compañía, decía esa música monocorde. Limpió sus lágrimas con el dorso de la mano, imitando sin saberlo el mismo gesto que Pablo veía desde su escondite el día que se enamoró. Se pasó la mano por el pelo, gesto de peinado absolutamente inocuo e inservible que toda mujer de bien hará antes de abrir la puerta. Y abrió.
Allí estaba Pablo, según él el vecino del 4º. Según ella, un completo desconocido, un chico moreno y pecoso que aparece en su puerta, de ojos brillantes llenos de mar. Llevaba una chaqueta de cuero, no de esas con cremalleras y tachuelas, sino de las que se venden en las tiendas de moda, y una caja de zapatos en la mano, como un niño perdido. Empezó a hablarla con un susurrom subiendo la voz al avanzar. Nervioso, bajó su mirada salada hacia la caja, y la ofrendó como si fuese incienso o mirra, abriendo la tapa con cuidado infinito.
Un gato minúsculo, un pequeño tigre gris, dormitaba en el fondo de la caja, indefenso y solo. “Y es tan pequeño…”, le dijo el chico, y ella sólo podía pensar en ese pobre animalillo en la perrera. Levantó la mirada con cuidado y se bañó en el océano de sus ojos. Quizá este chico fuese sólo un universitario, un chaval de un atractivo poco llamativo, pero esa mirada la llenó de calor, de una cálida sensación que no supo nombrar, pero que es todo lo contrario a soledad. Y esa sonrisa dulce. La sonrisa pura de quién tiene el corazón intacto, sin cicatrices, que aún cree en Peter Pan, en la bondad humana y el Amor Verdadero. Una sonrisa de verdad en un mundo de máscaras. Una sonrisa capaz de romper la burbuja de Sara con su luz. Sintió miedo y anhelo, bajó la mirada, y retrocedió a sí misma, al único refugio que aún era seguro. Tomó con cuidado la caja de sus manos. Ofrenda realizada. Un nombre tonto, de nuevo esa sonrisa esa vez tímida y avergonzada, esa vez se sorprende respondiendo con una a su vez, un gesto que pareció extraño a su rostro, inconsciente, sincera, no la mueca aprendida que esboza en la oficina.
Y Sara, asustada de sentir, corrió a cerrar la puerta de su alma, intercambio de palabras y un adiós apresurado. Suave portazo de huída repentina. Se sentó en el sillón con la caja en las manos, el corazón tocando canciones olvidadas en sus arterias, y miró a Gatito con adoración. Gatito la miro con curiosidad felina, para dedicarse enseguida al oficio de lamer sus patas grises. El silencio menos denso, la casa menos vacía, su alma menos sola.
Desde entonces, Gatito se ha apoderado de costumbres y rutinas, de espacios y tiempos, del sillón y las ventanas, de sus sonrisas entrenadas y de sus atenciones. Nunca fue un minino más mimado, cuidado cada segundo de su existencia, dueño y señor del mundo encerrado entre las cuatro paredes.
Desde entonces, Pablo se ha apoderado de sueños y despertares, de miradas y minutos, de encuentros en el portal y de la cafetería de la esquina, de sus manos traicioneras y de sus ensoñaciones. Esa sonrisa de huérfano ilusionado, esa mirada marina de ojos luminosos cargada de adoración, esa voz tímida y suave que acaricia unos oídos demasiado acostumbrados a gritos y silencio.
Unos cuantos días habían abierto las ventanas de su burbuja, la brisa ha entrado barriendo tristeza con susurros y promesas silenciosas, una luz nueva baña la casa en sonidos y futuro. Qué no haría si le diese la vida entera. Pasa el día deseando verle de nuevo, esas conversaciones largas en la cafetería vacía, conocer cada instante de su vida, abrirle su corazón. Quizá es pronto, sólo llevan unos días viéndose, él es más joven que ella... Quién sabe, pero hay algo en ella que no entiende de edades.
Todo comenzó tan inocentemente al ir a contarle cómo estaba Gatito un día normal tras encontrárselo casualmente en el portal, y su sonrisa la ató a una mesa de cafetería durante varias horas. El reloj muerto, los latidos marcan ahora el ritmo del tiempo, y se eternizan cuando él no está a su lado.
Esa mañana, al iniciar la rutina, revive el sueño de esa noche, o quizá la realidad de ayer tarde, cuando entre palabras inocentes Pablo alargó la mano y retiró un mechón de pelo de su rostro, huyendo rauda al sentir junto a su piel la mejilla de Sara. Mira su imagen en el espejo al peinarse. Una mujer desconocida pero hermosa a su manera le saluda desde el otro lado, y Sara le sonríe. Hoy desayuna leyendo la prensa en la pantalla, mientras Gatito roba pedazos de tostada de entre sus dedos con pequeños mordiscos llenos de lengua. Se viste de nuevo con la bufanda y el abrigo, y sale de una casa llena de luz y vida, el mundo espera tras el umbral.
Tras cerrar, ausente se lleva la mano a la mejilla, allí donde él le tocó casi sin querer, y sonríe. Otro día gris por delante, quién sabe si al final coincidirán de nuevo en el portal, quién sabe si hoy se atreverá a besarle.
VI
Es la hora y Pablo la espera puntual en su escondite. La música se apaga de repente tras la puerta, y la oye despedirse del minino. Gatito se llama. Segundos de espera interminable, la puerta se abre y sale ella, envuelta en luz y en su bufanda negra.
Cierra como siempre y se va, dando por finalizados los instantes reverenciados que dan sentido a sus días. Pero hoy ,antes de echar a andar, Sara se lleva la mano a la mejilla y sonríe, iluminando tanto el rellano que por un segundo Pablo teme ser descubierto. Después desaparece, dejándole de nuevo solo y anclado en una oscura baldosa.
No se ha atrevido a acercarse a ella desde que llamó a su puerta hace unos días con la caja en las manos. Aún no ha logrado encontrar el momento perfecto en el que cruzarse con ella y preguntar por el bichillo adorable que la regaló. Ha ensayado mil veces entre clases y cafés el discurso, la situación, la cara de sorpresa al verla, pero nunca es perfecto, nunca es adecuado, nunca es capaz. Y cada mañana sigue atrapado en una oscura esquina del rellano, viéndola pasar entre barrotes oxidados. Cada vez más bella, cada vez menos melancólica.
No sabe si la magia la obró el pequeño felino rayado, pero le parece cada día que Sara alza más la mirada,. Un par de días la ha visto sonreír. Escucha música y risas apagadas tras la puerta cuando sube, siempre con la esperanza de que se abra la puerta por casualidad. Desde su posición no alcanza a ver bien esos ojos profundos de pupilas insondables que rompieron su corazón al serle negados, pero los imagina más brillantes, más vivos, como si una pequeña luz volviera a brillar a través de ellos poco a poco.
Cada día vuelve a verla desaparecer, cada día vuelve a soñarla vidas, y cada noche vuelve a soñarla desnuda en la penumbra de sus sábanas. La luz de la luna se cuela por la persiana para marcar su piel pálida, celosa de la mirada de Pablo que acaricia las curvas insinuadas bajo el algodón. Un hombro delicado descubierto, el pelo caoba desperdigado por la almohada, los ojos cerrados, un arma menos contra la que luchar, y una mano abrazada al colchón como un naúfrago a la deriva.
Pablo la observa dormir hasta que el deseo de tocarla es una tortura en sus dedos, con reverencia interminable se acerca para deslizarse por su cuerpo, para besar sus párpados, para envolverla en piel y vestirla con sus labios.
Y cada mañana, Pablo despierta para recibir su dosis de la Sara real, como un yonqui. Para mirarla desaparecer entre barrotes y escaleras, atado a su miedo.
Sara siente como siempre que el día pasa sin pena ni gloria. Recorre ensimismada el Metro de Madrid hasta su trabajo, y farfulla excusas por haber llegado tarde al desayuno con los compañeros, personas a las que prácticamente no conoce y con las que no cree tener nada en común. Papeleos interminables, números que danzan frente a sus ojos apagados, cotilleos insufribles en las mesas de al lado y conversaciones superficiales en la hora del café.
Se sienta con su té entre las manos, abrazada a él como si fuese la boya que la salvará de las palabras sin sentido que bailan alrededor, la mirada anclada en la bolsita flotando a la deriva. Por favor, por qué se esfuerzan en rellenar el silencio con algo que vale tan poco, por qué no disfrutar de su canción hasta que realmente tengan algo importante que decir.
Alguien la habla, Sara sale un segundo de sí misma para sonreír de forma ausente y asentir con la cabeza, sabiendo que desde hace meses los otros habitantes de la oficina cotillean a sus espaldas, alimentándose de sus rarezas y pariendo teorías inverosímiles de desamor e infidelidad, de depresiones y suicidios. Sara está tan encerrada en su burbuja que ni esto la traspasa. Comparado con la almohada vacía todo es insignificante.
Tras 8 horas de rutina laboral y fantasías, Sara vuelve directa a casa. Madrid es frío hoy, bocanadas de vapor señalan allá donde hay vida, la gente se arrebuja en sus abrigos y aprieta el paso como hormigas en su camino, sin notar la presencia de otros seres a su alrededor, mero paisaje urbano. Dando un paseo desde el Metro, Sara aprieta la bufanda en su cuello y se atreve a alzar la vista para deleitarse en la ciudad invernal, el asfalto y el hormigón llenándolo todo ahora que los árboles perdieron los colores.
En esta urbe gris se siente cómoda, viendo pasar personas independientes encerradas en sus vidas, caminando siempre con prisa como si fuesen todos a algún lugar muy importante. Observando el ritmo cosmopolita congelado en diciembre, Sara camina despacio y se abraza en su abrigo protegiéndose del frío igual que se arrebuja en su burbuja para protegerse del mundo. Una especie de calma, una caricia de paz, la roza en estos minutos. Se siente de repente especial por ser capaz de no correr en ese ritmo frenético urbanita que a todos contagia, por saborear el paisaje del Madrid invernal, y juega a imaginar dónde van tan rápido estas hormiguitas tan serias, qué cruciales cometidos cumplirá cada uno en su destino.
Ya en casa, el silencio la acoge. Todo está igual que cuando se fue, como siempre. Siente que no está menos vacía porque ella haya entrado, e inicia el ritual de llegada con puntillosa diligencia. El abrigo y la bufanda en el armario, las llaves y el bolso en el recibidor, los zapatos junto a la puerta, agua en una taza para calentar en el microondas, elección de la variedad de té que mejor le va a este día, y de repente, la tele encendida y la taza abrazada entre sus manos, llenándola de calor, se acaban las cosas por hacer. Se acabó el ritual, ahora sólo queda improvisar actos fútiles hasta que llegue la hora del ritual de acostarse.
Puede leer, puede encender el portátil y navegar por Internet, quizá chatear, o puede dejarse llevar por la telebasura, simplemente echarse en el sillón y dejar que pasen las horas en un amago de vida sin ningún sabor. Apaga la tele, no hay nada que ver.
Y así, sentada en un rinconcito de su sillón con el té negro en las manos, soplando ausente sobre la taza sólo porque es lo que se supone que se hace en estos casos, Sara pierde la paz que fugazmente le había traído la ciudad. Un reloj martillea el silencio con su tictac infernal, recuerdo inmejorable de la soledad en la que vive, y pasan los segundos a cientos, interminables. Tic tac. Sergi lo abandonó allí antes de irse, una de las pocas cosas que dejó. Quizá un elemento de tortura para recordarla lo despacio que pasa el tiempo cuando no tienes nada con qué llenarlo. O simplemente para desquiciarla por las noches, cuando insomne se dedica sin querer a fabricar ritmos con los tictac del incansable reloj.
De repente, toda la soledad parece dibujada en ese sonido, toda su tristeza se refleja en ese ruido, y, odiándolo por lo que representa, Sara se levanta sin saber bien qué va a hacer. Con la furia contenida de meses de segundos cantados por ese aparato, Sara agarra el pequeño reloj de plástico y lo estrella contra el suelo con un grito de rabia, y lo pisa hasta que consigue que muera, que deje de marcar el ritmo de su soledad, que calle de una vez y la deje con su silencio. Y por primera vez en varias semanas, Sara rompe a llorar sin poder contener el dolor que la desborda.
No es mayor que ayer, no ha ocurrido nada para destruir el dique, simplemente no ha ocurrido nada desde hace meses. Tristeza salada que baña sus labios mientras su cuerpo se desliza inerte por la pared. Sara llora sentada en el suelo sobre los restos del maldito reloj, roto el silencio ahora por el eco de sus sollozos apagados.
IV
Ese día Pablo se ha fumado las clases de la tarde para cumplir con una idea que se le había ocurrido durante sus fantasías de la mañana. En la perrera municipal le dan una caja de zapatos llena de agujeros y varias recomendaciones para cuidar al bicho. Pablo se encamina feliz hacia casa, por fin tiene un plan, por fin ha ideado algo que puede hacer.
Sin pararse a pensarlo, Pablo sube las escaleras hasta la puerta de Sara y llama al timbre, sabiendo que ya hará al menos una hora que ella está en casa. La espera se hace interminable, un nudo en la garganta, la respiración contenida y las palabras bailando en la mente después de haberse pasado todo el camino preparando su discurso. Ruidos tras la puerta, quizá pasos, la mirilla.
- ¿Quién es?
- Hola, soy Pablo, tu vecino de arriba, del 4º. Necesitaba pedirte un favor.
Tan ridículo. Probablemente ella no sabe quién es, le lleva mínimo 6 años, y desde hace meses no se la ha cruzado ni en el portal, porque él siempre la espera escondido en el rellano. Segundos de silencio y Pablo busca en su cabeza cualquier cosa para llenarlos, tiene que morderse la lengua para no empezar a parlotear cualquier cosa sin sentido. La llave en la cerradura y el cerrojo se descorre.
Tímida, la puerta se abre despacio, y unos ojos marrones miel le estudian curiosos desde el otro lado. Claramente, no le conoce. Él sonríe confiado, aunque por dentro se está derritiendo bajo el calor de esa mirada. Y rompe a hablar antes de que desaparezca, antes de que la puerta se cierre y esos ojos se pierdan. Según va hablando la puerta se va abriendo un poquito más, y las manos le tiemblan al levantar la caja de zapatos.
- Hola. Siento molestarte pero necesitaba pedirte un favor. Me encontré este gatito abandonado en el portal ayer… - Pablo abre la tapa de la caja y un minino pequeñísimo y atigrado, gris y negro, levanta la cabecita hacia la luz que entra en su reducto, tan dulce, tan indefenso, tan perfecto - y en mi casa mis padres no me dejan tenerlo. Me preguntaba si quizá tú querrías adoptarlo… en la perrera lo matarán…
Sí, un triste discurso que hace unos minutos era más largo y mucho más inteligente. Esos ojos, brillantes y enormes, enmarcados en largas pestañas, de mirada triste y plena, esos ojos le han hecho morir y volver a nacer.
Sara no es quizá una belleza de revista, no tiene rasgos perfectos ni salvajes, si no una hermosura sencilla y simple, una especie de luz casi apagada pero presente aún. Pablo bebe cada uno de sus detalles como si nunca más la fuese a ver, el cuello pálido y descubierto, las manos pequeñas aferradas a la puerta, la mirada brillante como si hubiera estado llorando de nuevo, el pelo caoba deslizándose por los hombros, la inseguridad de cada movimiento, como si temiera romperse, y esa voz suave y dulce que te acariciaba los oídos tímidamente.
- No sé, no creo que pudiera…
- Por favor, no hay nadie más que pueda quedárselo, y es tan pequeño…
Sus miradas se encuentran por un instante, y la sonrisa se le congela en los labios mientras que el amor estalla en su pecho como un dolor punzante que le aprisionara los pulmones. La necesidad de estrecharla entre sus brazos y protegerla del mundo, de colmarla de caricias, de llenar su vida y de hacerla sonreír por un instante, la sensación de que sin ella ya no puede respirar. Y ella baja la mirada, le deja de nuevo en la oscuridad, alarga las manos y le quita suavemente la caja.
- Está bien… ¿le has puesto algún nombre?
- No… le llamaba gatito…
Y de repente, ella sonríe durante un segundo, y es como verla por primera vez. La sonrisa desaparece enseguida, pareciera que nunca estuvo ahí, un espejismo en el desierto para el que de verdad tiene sed. Sara empieza a cerrar ya la puerta.
- Bueno, algo se me ocurrirá.
- Toma, esto es lo que come, y su camita. Se lo compré ayer. Muchas gracias, de verdad.
- De nada. Ya te contaré si algún día te veo por aquí. Adiós.
Sin tener nada más que decir, asesinada su verborrea con una sonrisa angelical, Pablo se resigna a ver la puerta cerrarse de nuevo, separándole de ella otra vez, ninguna batalla ganada, la guerra perdida quizá.
- Adiós.
De nuevo solo en el rellano, mirando la misma puerta pero desde más cerca, anclado en las baldosas grises, sintiéndose huérfano sin esa mirada, y sabiendo que ya no podría dejar de esperarla cada mañana, se sabe enamorado. Con un click, el rellano se sume en la oscuridad. Acariciando la puerta tímidamente, Pablo se retira a soñar.
Bueno, algunos ya conoceis este relato, porque lo escribí en estas arenas hace un tiempo. Está remasterizado y corregido, ya que lo he presentado a un concurso, ligeramente variado respecto a este. Para los que no lo conocen, son 5 partes, largas eso sí. Aviso a navegantes: estoy bien, no es autobiográfico, me siento bastante alejada de Sara hoy día. Para los que lo conocen, sería genial que lo releyerais jejeje pero si no os apetece, lo voy a subir seguido y pronto estaré con otras cosas nuevas, quizá más egoterapia de esta que hago últimamente... A ambos, os recomiendo no leer la versión antigua de las continuaciones, no están cambiadas, Besos a unos y a otros, gracias por visitarme, y por favor, dejad huella al final :D...
I
Suena el despertador, asesino de sueños, como cada mañana manchando de realidad sus inocentes fantasías con un chillido cortante, invadiendo sin pudor el reino que custodian sus párpados. Tortazo somnoliento para detener su grito. Resquicios de pupilas asoman entre pestañas y legañas, la luz que se cuela por la ventana quemando los restos de los sueños que aún flotaban en sus ojos.
Sara se despereza atrapada en el lado izquierdo de la cama, separada toda la noche de la mitad derecha del colchón por un muro invisible de costumbre. Hermosa enredada en sábanas y sueños perdidos, abre sus ojos hinchados de amanecer y saluda al nuevo día con un bostezo. Casi sin querer se le escapa una mirada furtiva al vacío que llena de ausencia la almohada del lado derecho, donde antes vivían cabellos despeinados y besos de buenos días, a veces una rosa roja ocasional cuando despertaba sola, abandonada al amanecer por las prisas de la vida.
Aparta la mirada, cansada de posarla en vacíos continuos. Con el silencio atragantado, se levanta y camina hasta la minicadena para matarlo con música que acompañe su rutina de soledad. Cuando las notas llenan el aire, parece un poco menos denso, un poco menos asfixiante, y se permite iniciar los rituales de la mañana. La ducha que limpie la cama fría de su piel, la crema que otorgue a su cara una juventud que hace tiempo que dejó su alma, una ropa que esconda tras un muro de homogeneidad cualquier resquicio de individualismo y la camufle en la corriente de almas de la ciudad un día de trabajo más.
Cepilla su pelo caoba con la mirada perdida en un rincón del espejo, sin detenerse a mirar su reflejo por miedo a no reconocerse en esa mujer de mirada triste que a veces encuentra en él, sin darse cuenta de la belleza natural de sus rasgos ya olvidados. Maquilla sin interés su rostro, envolviéndose en el disfraz de normalidad que necesita para salir a la calle. Un toque de perfume en el cuello, recuerdo de tiempos en los que Sergi lo besaba sumergido en su aroma.
Cada detalle del ritual cumplido con precisión, sólo queda el desayuno solitario, tortura para el corazón que cada mañana disfruta en silencio reverencial, prometiéndose que al día siguiente desayunará en el bar con los compañeros de trabajo, y soñando en secreto que en vez de eso desayuna acompañada en la cama, una rosa roja junto al plato. De nuevo, café solo, una sola tostada, un vaso de zumo, el portátil en la mesa cargado de palabras, sorbos ausentes y mordiscos inapetentes mientras devora las noticias del exterior en Internet, deseando encontrar algún sobre cerrado en su bandeja de entrada, y echando de menos tener una voz con la que comentar la prensa.
A veces, harta de silencio, ha hablado sola, indignada con alguna noticia, comentando injusticias y muertes y dejando que las palabras choquen con las paredes blancas de la cocina.
A veces, harta de palabras, ha cerrado los ojos rememorando desayunos en los que sólo su camisa y su saliva la vestían, recordando besos inesperados entre cafés y risas calladas.
A veces, harta de melancolía, se sorprende recordando el primer tortazo, la sorpresa de dolor en la cara y en el alma, el primer desprecio, latigazo de olvido en el corazón.
A veces, harta de olvidar, escucha el último portazo, hace unos meses, la figura de su espalda huyendo segundos antes por la puerta. La muerte anunciada de un amor extinguido a pequeños bocados, muerto de inanición y sarcasmo, dejando su armario vacío de ropa y las sábanas llenas de aroma, desnudas las estanterías de sus cosas, la casa de repente una prisión.
Y esas veces, de repente, recuerda que con Sergi se sentía sola meses antes de que dejara de dormir junto a su cuerpo, una presencia extraña en el colchón tras tres años de amor sin tregua pero con demasiada batalla. Cómo quemaba la indiferencia de sus miradas, cómo ardían los besos que faltaban en la piel, desayunos sin risas, noches sin abrazos, palabras vacías, las caricias atadas en las manos sin un cuerpo que las recibiera, silencios en los que ella se ahogaba con te quieros no pronunciados que cada vez significaban menos, lágrimas saladas bañando la almohada procurando no despertarle.
Aún así, no puede evitar soñar con volver a amar. Quizá es una romántica incurable, o quizá simplemente no sabe estar sola. No puede evitar sentir en esos desayunos solitarios un anhelo insufrible que atenaza el corazón, deseo de besos, de sentir, de darse, de escuchar los pies descalzos de otro ser sobre la alfombra, el sonido de la ducha mientras ella se aferra a los últimos minutos de sueño, el aroma del café desde la cocina mientras aún se esconde de la mañana entre las sábanas, un beso con sabor a hierro, cabellos en la almohada, una piel que la envuelva, susurros, sonidos, caricias, peleas, risas, compañía, palabras con otra voz, ropa con otro aroma, un te quiero de los que te eriza la nuca. Aún así, no puede evitar preguntarse una vez más si de verdad está mejor sola que mal acompañada.
Y así, la soledad pegada en la piel impidiendo que respire, los ojos secos de lágrimas gastadas, las palabras no pronunciadas atascadas en la garganta, cierra tras de sí la puerta de la casa vacía y muerta y comienza otro día. Sin querer Sara se ha olvidado de quererse, sin darse cuenta ha dejado de acompañarse, y deja que pasen los días anhelando presencias y amores sin recordarse. Dejando morir el corazón en autocompasión, se aisla hasta de sí misma para regodearse en su tragedia, aterrada de que alguien entre en su mundo y la haga daño, sin darse cuenta de que su alma es como una flor bellísima que necesita luz y agua, y que nadie quiere convivir con un alma muerta.
Nadie llamará de repente a su puerta para ofrecer amor y cariño. Nadie merece estar con quién no se quiere a sí mismo. Con la mirada caída, con la luz escondida bajo capas de invisibilidad, Sara sale al mundo sin importarle que sea otro día.
II
Como casi todos los días Pablo espera en el rellano, gris entre penumbras. Sus pies anclados en las frías baldosas, los ojos atados a una puerta, envuelto en silencio y espera, sabiendo que sería imposible echar a andar sin verla.
Los últimos instantes siempre vienen cargados de dudas. Y si hoy no sale. Y si ya se fue. Un nudo en la garganta y los ojos abiertos e inmóviles, casi sin respirar, hasta que la escucha coger las llaves, el cerrojo se descorre, y durante un instante, como siempre, se siente un poco voajeur ahí agazapado entre escaleras y polvo.
Entonces surge ella, silenciosa y puntual, pequeña y bella, envuelta en kilos de ropa innecesaria y gris, la piel pálida transparente, la mirada perdida en el suelo, una bufanda abrazando su cuello, largas pestañas y manos minúsculas. Un ser sencillo y hermoso en su pureza diáfana, con la cara de un ángel, y ese toque dulce de quien no sabe de su belleza y pasa por la vida de puntillas para no molestar.
Desde su escondite nunca ha podido ver sus ojos. Siempre la observa callado, camuflándose en la oscuridad del rellano, bebiendo cada detalle de esa musa simple en su hermosura, iluminando cada mañana con esos segundos de perfección. Mientras, ella cierra con llave y la guarda ausente en su bolso marrón, abrocha el abrigo con cuidado, los ojos siempre perdidos en las baldosas, y echa andar con pequeños pasos hacia un nuevo día. Los ecos de sus movimientos rompen el silencio de la mañana marcando los latidos de Pablo, alejándose de él como cada mañana.
Después, cuando se aburre en las interminables clases de la facultad de psicología, imagina sus ojos, imagina sus días, dónde va, en qué trabaja, imagina una sonrisa, un susurro, imagina su cuerpo libre de gris y lana, esa piel pálida extendiéndose hasta el infinito. Casi nunca es igual, rellena todos los huecos de la vida de su vecina fuera del rellano de la escalera, y adora cada una de las historias que inventa.
Todo empezó hace unos meses, volvía a casa de la facultad y el mp3 se había quedado sin batería, dulce casualidad. Si hubiera estado encerrado en su burbuja de canciones y pensamientos nada habría ocurrido, se habría perdido la música de sus sollozos callados. Subiendo las escaleras le llegaron susurros de lágrimas, y asomándose la vio frente a su puerta, pequeña y preciosa, llorando desconsolada, y aún así llorando bajito para no molestar.
Era un llanto tan triste por su desesperanza, por su aroma de cotidianeidad y costumbre, por su sonido silenciado, que anheló correr a su lado y abrazarla, acariciar su pelo y susurrar palabras desconocidas a su alma rota. Pero se quedó ahí inmóvil como si la vida se hubiese parado para esperarla, hasta que ella recordó dónde estaba. La vio secar las lágrimas con un gesto distraído, buscar las llaves en su enorme bolso, abrir la puerta y desaparecer, dejándole atrás, solo y enamorado.
Mientras subía los dos pisos que lo separaban de su casa se preguntaba por qué no se movió para ayudarla. Quizá parecía casi un sacrilegio invadir así su intimidad, su burbuja, su dolor. En estos tiempos, pensó mientras sacaba las llaves, probablemente algo así hubiera estado mal visto, un acto indecoroso el inmiscuirse en la vida de otra persona, en su espacio. Incluso podría haberla asustado, o avergonzado, el dolor es una marca que se debe maquillar con normalidad. O quizá eran sólo excusas para no sentir que había perdido la oportunidad de besar sus lágrimas.
Desde entonces nunca la había visto llorar, y nunca había dejado de buscarla cada mañana con la dedicación de un amante.
Quiero ser susurro atronador, quiero rasgar la noche con mi silencio afilado, sonreír a la luna con altivo respeto, calarme de la lluvia que tanto anhelo. Quiero comerme la soledad con cubiertos de plata, y reírme de todo, y reírme de nada. Quiero marcar diferencias al andar de puntillas, quiero ser diferente cada vez que me miras, quiero bailar cuando calle la música, y hacerme la dura leyendo entre líneas. Quiero derretirme sin besos ajenos, ser dama o ser puta nunca fueron extremos, quiero gritar en callada alegría, o llorar transparencias sin necesidad de agonía. Quiero vivir. Quiero querer, y me quiero, porque no me hace falta amor si no lo llevo dentro, no me hacen falta besos si no los deseo, y si no los mereces, o si no los merezco. Quiero guardar recuerdos en cada bolsillo, saltar en los charcos de cualquier niño, mirar la vida en clave de dibujo, suspirar, respirar, inspirar, soplarte. Quiero recordar voces y letras, quiero cantar las canciones secretas, como si no hubiera mundo, como si el tiempo esperara, como si no tuviera nada para mañana. Quiero llenar la nevera de tuppers, con sobras de sobras que nunca se acaban, quiero sortear mi alma, o quizá esquivarla, quiero mirarla, entenderla, coserla en pedazos, llenar con retazos un corazón repleto. Quiero tenerte, ser libre, volar. Quiero prenderme, ser aire, soñar. Quiero pies descalzos, quiero nuevas metas, quiero bailar tu danza, quiero sondear la brisa, partir candados, romper los dados, jugar sin reglas, y ganar. Quiero arrancarme el tiempo parado, quiero caminar los pasos andados, quiero girar en la calle más larga, quedarme sin aire jugando entre sábanas, surcar paraísos, gastarme los labios, llenar mis vacíos, rasgar los vestidos, subirme a tacones desnuda y a oscuras, que caiga la ropa olvidada en el suelo, quiero encender la luz, quiero quemar la cama, quiero saldar las deudas, quiero lamer la nata, quiero gritar. Quiero sorpresas, saber si me besas, quemar las llaves de vuelta al pasado, acordarme de todo cuando rozo tu mano. Quiero ser yo, cada estrofa de mi vida, sin cadenas, con sonrisas, con las alas susurrando horizontes, sin necesidad de aprender más razones, sin más choques. Quiero mantener el sonoro silencio de la soledad elegida, quiero anhelarla como la odio, quiero disfrutarla como la sufro, quiero tenerla porque es tenerme, quiero crecer siendo una por una vez, quiero aislar la dicha de estar completa, viajar descalza, quedarme quieta, surcar la noche, saltar a ciegas, quiero sentirme viva, soñar despierta. Quiero vivirme, tal como soy, tal como seré en un minuto, en un año, en diez. Quiero volar, y no hay ancla que me arrastre al suelo cuando la libertad me eleva, nadie puede robarme la música de mis venas, quiero sentirme en mi piel, ser sagrada en mi pecado, ser mujer en tu regazo, respirar cada segundo, quiero no necesitar sino querer. Quiero. Soy. Merezco. Vivo. Mira.
Llegas como lluvia a mi ventana, precedido de destellos, quizá seguido de truenos, tocando mi cristal como si fuese un instrumento, dispuesto a sacarle melodía a la tormenta.
Acaricias el alfeizar como tus zarpazos de agua, pero cuando alzo la vista, ya sólo quedan rastros de las gotas que huyeron. Nada más. Quizá ignoras, maybe not, que anhelo la lluvia desde que recuerdo. Quizá ya sabes que abro las ventanas cuando el primer relámpago rasga la noche, dejando heridas en la oscuridad de mi retina.
A veces salgo corriendo cuando siento ese aroma a tierra mojada, cuando los árboles empiezan a bailar con la brisa húmeda, la canción de sus hojas preludio del concierto que vendrá. El trueno rompiendo la paz con su grito. El aire cargado de un olor primigenio, hormona de la naturaleza.
Salgo corriendo a calarme de libertad, a que me besen las gotas con sus labios de nube, con la piel de gallina, encerrando un alma de punta que no quiere estar encadenada. Y espero, espero el rocío del agua en mi pelo, perlando mi risa con húmedo llanto, la lluvia cantando sobre la tierra desnuda, y me sobra la ropa, y me sobran las dudas, y me faltan caricias para compartirlas a oscuras.
Salgo porque soy libre de limpiarme la vida como quiera, de mojarme de sueños en medio de la tormenta. No es la melodía de tus dedos en el cristal lo que me hace salir corriendo, anhelante, deseosa. La lluvia en la ventana, fugaz, no es más que un juego. Es el baño de húmeda libertad, es la tempestad misma lamiendo mi piel, lo que quiero. El resto es sólo distintas gotas, misma canción.
Siempre es difícil escribir de una misma, aunque luego vuelque el alma en muchas frases. Nací hace 27 años, y desde entonces han pasado muchas cosas. Crecí 1´70, me compré una casa y adopté una perra preciosa. Me gusta disfrutar de cada cosa que me rodea, saltar en los charcos, sentir la lluvia, parar con el coche en algún camino sólo para disfrutar de unas vistas imprevistas, cantar a voz en grito, bailar lo que me pongan, viajar por donde pueda, bien sea poniendo un pie delante del otro o pasando una página tras otra... ¿quién puede describirse en unas líneas aparte de wnefron? y más cuando nuestro ser cambia tanto cada día...