Un año más, y esta vez tarde. Hoy hasta me costó encender las velas, temblaba la llama en mi mano, sangrando lágrimas que cada vez parecen más saladas.
Esta vez me cuesta recordarte con una sonrisa, mi flaco.
Esta vez te miro después de tantos años y escuecen nuevas heridas.
Esta vez coincide que ando perdida, buscando las huellas que debieran seguir mis pasos, decidiendo si debo crear algunas nuevas que me enseñen a andar, buscando tu mano.
Esta vez da la casualidad de que aún te echo más de menos, necesito aún más de tu abrazo y casi me sorprende lo que duele saber que no estás. Si cada año va a doler más, no sé si quiero que pasen.
Esta vez las lágrimas caen sobre vacío, y los recuerdos huidizos pasan como ráfagas arañando mis párpados, y casi no consigo recordar tu voz.
Esta vez pasó tu día entre tantos otros, y aquí estoy, soñando que te importa, imaginando que me oyes suplicando aprobaciones que no llegarán nunca, queriendo creer.
Esta vez tu sonrisa casi duele, porque es lejana, pero sobre todo porque parece que no descansarás nunca. Todo hubiese tan distinto.
Me enseñaste a querer y no sé si aprendí bien. Me dejaste una noria de juguete con corazón de walkman y un peluche, pero sólo necesitaba un padre. Mi flaco, ya no sé cómo llorar para sentirte más cerca. Ya no sé cómo gritar para que escuches que te quiero.
Ojalá fuese tan fácil como cerrar los ojos y verte, pero ni eso me dejaron. Malditos hijos de puta que me enseñaron lo que es odiar de verdad.
El recuerdo de un abrazo, tu chaqueta rellena de oveja, unas fotos que cada vez son más viejas, tantas preguntas y tan poco tiempo, tanto cariño que tardé demasiado en aceptar. Había tanto pasado que no se me ocurrió que quedase tan poco futuro.
Ojalá te hubiese abrazado más fuerte para que hubieses quedado marcado. Ojalá te hubiese dicho que te quería tantas y tantas veces como lo pensé. Ojalá recordase tu olor.
Este año me cuesta recordarte con una sonrisa, mi flaco, y no encuentro descanso en llorarte. Hasta las velas tiemblan, y sólo desearía abrazarte una vez más. Esta vez, esta noche, sólo me queda imaginar que te sueño y no te vas.
Es probable que no me convenga tu sonoro silencio, ni la lucha constante ni el silbido cortante de la indiferencia.
Es probable que no necesite quimeras que sustenten el estallido de luces y sombras en el que vivo, ni cimientos distintos de los que creen mis pasos al caminar, ni sonrisas que apuñalen casi sin querer mientras no miro...
Es probable que me duela encontrarme estudiando tus gestos, hallarme perdida entre vacíos que engañan con su atroz melancolía, que prometen paz engalanada de cariño.
Casi seguro no me hacen falta tus besos de nieve, tu inconstante ausencia, la pequeñez de mi esencia cuando me escondo bajo tu sombra, el devenir de mareas que me arrastran cada día en un sentido, la naturaleza del cambio, el vacío.
Seguramente no debería saborearte, pero aún así lo deseo. Calmar tus miedos con mis manos, envolverte en mi y morderte los labios. Sólo mírame y estoy perdida.
Así que creo que cerraré los ojos a ti y a todo, para abrirlos a mi y soñarme...
Quizá al despertar te encuentre y me convenga. O quizá ya no me importe que al mirarme no me veas.
Bueno, lo he logrado Rubentxo. He aquí el relato encadenado, cortito y condensado, pero era hoy o nunca, lleva empezado más de un mes... Aprovecho para felicitaros el nuevo año a todos los arenícolas y desearos muchas alegrías y letras. Besos!!
Por fin, después de tantos años de sequía, el manantial salino de los ojos de Serena volvió a brotar. No podía creerlo, parecía impensable volver a llorar por algo que no fuese doloroso, y sin embargo, reía y lloraba como nunca había imaginado. Tenía la sensación de que iba a estallar en cualquier momento, de emoción, de alivio, de felicidad, de esperanza... De libertad.
Delante de ella, impoluta y doblada con precisión en tres partes iguales, desplegada sobre la mesa con el cuidado de quien no cree lo que está viendo, estaba su carta de libertad. Casi se había convencido de que no la conseguiría nunca, pero allí estaba, irreal en su perfección. Arrancarle la sentencia de divorcio le había costado casi dos años, y ahora no estaba segura de si debía enmarcarla o quemarla. Era lo único que le quedaba de 6 años de vacío. Por fin.
Mientras lo miraba, en su cabeza sólo una frase se repetía una y otra vez, las lágrimas desbocadas y olvidadas al final de la barbilla decidiéndo si saltar, así sin más. “Vivieron felices y comieron perdices”. Nadie te lee el segundo capítulo cuando eres niña. Nadie te cuenta que luego la vida les arrasó, no te narran como de repente te encontraste mendigando cariño a la persona que juró dártelo.
Quizá es normal que te lo oculten cuando eres una niña inocente, no es necesario romper la magia de la Bella Durmiente o el Ratoncito Pérez. Pero, ¿qué pasó cuando el príncipe se compró la Play 3 y dejo de hablar a la princesa salvo para pedir otra cerveza? ¿Por qué no te lo dicen cuando tienes edad para dejar de soñar?
Le habían bombardeado toda vida con amores increíbles, en canciones, cine y literatura, dignos de los cuentos de tu infancia pero con más sexo. Y ella se lo había creído sin más. Cuando apareció Marcos pensó que lo había encontrado por fin, tras años de besar ranas, pero sólo estaba mejor pintada y él azul destiñó enseguida después de la boda.
Encerrada en su palacio y aislada del mundo, atada con palabras en vez de cadenas, pasó 6 años sola con él. Se fue muriendo en una esquina mientras nadie la miraba, el principe mutó en dragón ante sus ojos y ella se convirtió en la Cenicienta, con las manos hundidas en el fregadero y los ojos secos . Un día despertó y se dio cuenta de que el cuento tenía que acabar. No fue algo gradual, no fue algo premeditado, simplemente fue. Una especie de estallido de lucidez y una decisión tomada la sacaron del castillo con un par de maletas y una sonrisa. Marcos no estaba de acuerdo en dejar escapar sin más a su pequeña prisionera, y luchó con sus palabras envenenadas hasta el último aliento. Hasta hoy. La princesa volvía a ser Serena.
Se limpió las lágrimas con la manga, dobló cuidadosamente su libertad y la guardó en un cajón de la cocina. Quizá hoy saliese a celebrarlo. Un par de amigas y muchas ranas. Sonrío. Serena ya no creía en los cuentos, pero quizá podría encontrar algo de amor por el camino.
Cuando se jubiló recibió un buen dinero de premio de consolación por los 29 años de minuto sobre minuto que amontonó en su puesto en aquella cadena de fabricación de coches. Sabía perfectamente lo que iba a comprar con ese dinero, y se puso a buscarlo con la paciencia complaciente de quien ha visto pasar una y otra vez las mismas piezas de distintos colores.
Había aprendido a utilizar internet a duras penas porque alguien le dijo que allí se podía encontrar de todo, y sorprendido aprendió a su pesar que era demasiado cierto a veces. Navegó desde un locutorio, apuntando en silencio teléfonos y direcciones con caligrafía perfecta usando el bolígrafo plateado que homenajeaba su libertad laboral definitiva. Tras algunas llamadas, visitó varios sitios para examinar cada detalle de cerca. Vendedores sin alma cantaban alabanzas sin sentido para él mientras lo hacía, bailaban a su alrededor sus ritos de encantamiento pero él sólo asentía por educación.
Ajustando sus gafillas en la punta de la nariz, en cuanto podía escapar de estos trámites paseaba con aire distraido y atención infinita, con las manos en los bolsillos del pantalón y una ligera cojera que llenaba su caminar sobre el parqué de una personalidad que a él se le antojaba anciana. Realmente su pie derecho arrastraba levemente a cada paso, pero llevaba años aprendiendo a fingir que eso no era así. Fruncía los labios haciéndolos casi desaparecer y tarareaba de forma casi inaudible cancioncillas infantiles que le hubiese gustado cantar a un nieto hipotético algún día. Siempre le había relajado tararear, le ayudaba a concentrarse.
Aquel día había empezado igual que todos, y si dejaba que ese concepto rutinario filtrase sus barreras, el vacío volvería a inundarle. Se calzó los zapatos que había abrillantado la noche anterior, guardó la libreta con las direcciones en el bolsillo trasero del pantalón, la cartera con el abono transportes de jubilado en el delantero, y el bolígrafo plateado en el interior de la chaqueta. Se miró en el espejo antes de salir y sonrió complacido. El viaje fue más corto de lo esperado y encontró muy pronto la última dirección de la página.
Cuando se abrió la puerta, una mujer sonriente de cabellos demasiado rubios le saludó efusivamente. Le dio la mano con la fuerza extraña que las mujeres imprimen al apretón cuando no quieren parecer flojas, ignorando que le parecía infinitamente menos femenino. Por un momento se le ocurrió que era otro de esos pequeños detalles que las mujeres tenían en cuenta sin querer para adaptarse a un mundo de hombres, imitando el hacer masculino en vez de aportar la luz de una nueva visión. La mujer tenía una voz extremadamente dulce, y tras dejarle pasar, inició el rito de venta en frases rápidas y de cadencia sudamericana. Podría haber sido delicioso mecerse en ese acento, pero tenía prisa y asintió con educación mientras metía las manos en los bolsillos e iniciaba sus paseos habituales. Extrañamente, ella pareció entenderlo, y con un par de frases más se retiró a algún lugar lejos de él y le regaló algo de espacio privado.
Frunció los labios, colocó las gafas en su lugar, y empezó a tararear. Levantó la mirada y la encontró frente a él, al fin. Se acercó lentamente, temeroso de que desapareciese, y allí estaba. Una ventana amplia y luminosa que se asomaba con descaro sobre una calle céntrica llena de gente. Era una calle ancha con dos carriles de tráfico y aceras inmensas en las que habitaba un árbol cada dos bancos. Abrió la ventana despacio, con cuidado, y de repente la habitación se llenó de ruidos y olores. Pensó que entre ellos se coló algo que se le antojó llamar vida y la habitación pareció menos vacía, con sus paredes blancas y su parquet desnudo.
Asomándose vio que debajo de la ventana tocaban bancos, con lo que ningún árbol le impidió la panorámica de la acera de enfrente; una cafetería con terraza en la que varias palomas tomaban el sol entre una pareja de turistas y un señor serio con bigote y periódico. El camarero cruzaba un río de viandantes azorados y con prisa haciendo malabares con una bandeja casi vacía. A los lados, un banco, colorido y hermético lleno de carteles publicitarios, y una peluquería de barrio en la que una señora leía una revista con el cabello lleno de papel plata. Al ser un primer piso, la amalgama de sonidos llegaba hasta él llena de riqueza. Cerró los ojos y escuchó entre ellos un niño llorando desesperado, el pitido de un coche, una canción llena de ritmos latinos cuya voz no llegaba a entender, una algarabía de voces charlando en un universo de olores buenos y malos. Vida. Movimiento. Heterogeneidad. Sonrió.
Lo había encontrado. Su ventana al mundo, con un poyete donde apoyar los codos y quizá poner alguna planta. Su ventana, cuyo requisito había sido desde un principio una calle grande y concurrida, aunque nadie le hubiese preguntado.
- Puede poner doble acristalamiento con una ayuda del ayuntamiento. - dijo una voz dulce de acento musical a su espalda.
- No, es perfecto.
Con cuidado cerró su ventana por el momento, la habitación quedó de nuevo vacía, y él se dispuso a seguir con los trámites. La vida estaba tras un cristal, como siempre, pero esta vez él tenía la llave.
Se abrazó a un cojín que ella misma había tejido hacia tiempo y, sin saber muy bien por qué, comenzó también a llorar. Jackie berreaba desde la habitación, y sus llantos se unieron en una sinfonía extraña. Las lágrimas mojaban la lana de colores vivos, y Marta no estaba segura de la razón concreta, sólo que no podía parar. Quizá era rabia, desesperación, tristeza, o quizá era simplemente alivio. Todo había pasado tan rápido que no sabía qué pensar.
Transcurrieron unos minutos, Jackie empezaba a espaciar su llanto, se tranquilizaba, pero Marta aún no podía entrar. Aún no. Había muchas cosas que hacer. Levantó la cabeza del cojín, había una zona oscura donde estaban sus ojos. Miró la mancha y ladeó la cabeza como siempre hacía cuando daba vueltas a algo en concreto, los ojos ausentes de repente. Cuando volvió a enfocar las pupilas, la mueca de sus labios hablaba de decisiones tomadas en unos segundos. Arrojó el cojín con fuerza contra la pared más lejana y se levantó. Había muchas cosas que hacer y quizá poco tiempo. El rimel, que se había desteñido derramándose de tristeza, se extendió por toda su cara cuando trató de secarse las lágrimas con un par de manotazos ausentes.
Cogió una bolsa de deportes y empezó a llenarla, recorriendo la habitación a zancadas, cogiendo las cosas casi a la carrera. La ropa, pijamas, comida, biberones, pañales, juguetes. Llenó la bolsa en pocos minutos y la cerró sin pensarlo. Posaba los ojos en un punto y en todos a la vez, la mente a mil revoluciones, no podía olvidar nada. Abrió un armario, había una maleta en el suelo. Estaba prácticamente sin deshacer. La abrió sobre la cama y sacó todo lo que no era suyo. Una vez recuperado el espacio, la llenó con el resto de las cosas, rápido, corriendo ya por la habitación. No pensaba, había muchas cosas que hacer y sus manos trabajaban solas.
Una vez finalizada la fase de maletas, las posó junto a la puerta, se enfundó unos guantes de látex y se dedicó a limpiar, puertas, pomos, el mando de la tele, el baño. Jackie había dejado de llorar. Arrancó las sábanas y la colcha, las metió en una bolsa de basura, junto con las toallas. Borraba su ya invisible rastro. Nadie la había visto entrar. Fue Luis quien cogió la habitación y la pagó al contado. Fue Luis quien llenó de gasolina el coche mientras ella esperaba viendo culebrones, encerrada en este apartahotel dejado de la mano de Dios. Luis con quien habían hablado por teléfono, Luis quien había preparado todo. Nadie las había visto desde que llegaron porque así lo habían planeado. Y así debían seguir, invisibles.
Cuando decidió que no quedaba nada suyo en esa habitación, encaró el cuartito al final del pasillo. La puerta estaba entornada. Quizá Jackie dormía, quizá eso hiciera todo más fácil. Se secó el sudor de la frente con la manga, inspiró con fuerza y empezó a recorrer el pasillo a grandes zancadas. Mucho que hacer, poco tiempo. Al abrir la puerta se dio cuenta de que la sangre ya casi la había alcanzado, y peor aún, con el calor su olor a herrumbre inundaba el cuarto como un habitante más, algo vivo y malvado, denso, que te abofeteaba al entrar. No tardaría en llamar la atención. Esquivó a Luis y su charco de sangre de un saltito, casi sin mirar. No podía. Ahora no.
Jackie dormía entre almohadas en una cama plegable, inocente y preciosa. La cogió con cuidado infinito y volviendo por el pasillo la echó en la cama desnuda, envuelta en una sábana limpia. Tenía salpicaduras de sangre seca en las mejillas, algunas se habían difuminado con las lágrimas como dibujos en la lluvia. Sin pensarlo dos veces se estiró, hizo crujir el cuello y volvió al cuarto. Había que seguir borrando. Ellas no habían estado ahí. Metió las fundas de almohada en la bolsa de basura, limpió todo lo mejor que pudo esquivando el cadáver, mirándolo lo menos posible, y cuando pensó que había acabado, recogió el revólver del suelo y lo metió en la bolsa con el resto de las cosas. Había terminado.
Miró a Luis, muñeco roto, la camisa nueva llena de sangre alrededor de su pecho, los ojos abiertos en una eterna mueca de sorpresa. Seguro que nunca pensó que acabaría así. Ella tampoco. “La vida a veces te sorprende, Luis. A juzgar por tus ojos, con la muerte pasa algo parecido”, pensó. Había querido mucho a ese hijo de puta. Mucho. “Pero no tanto”, pensó. “No tanto como para no matarte”.
Se dio la vuelta, cerró la puerta con cuidado y no miró atrás. Quedaba poco para el amanecer, tenían que permanecer invisibles, y eso implicaba estar lejos cuando la ciudad comenzase un nuevo día. Cargó el coche con las maletas. Tendría que comprar una sillita de bebé para el coche, pero mientras podía acomodarla en el suelo, entre almohadas. El dinero ahora ya no sería problema, pero quizá deberían esperar a cruzar la frontera para gastarlo.
Cuando volvió a entrar por última vez para recoger a Jackie, en un último vistazo su mirada se encontro el cojín en la misma esquina donde lo había arrojado. Pensó en dejarlo ahí, antes lo adoraba pero ahora no, era algo odioso. Empezó a andar hacia la puerta pero no llegó muy lejos, no podía dejarlo allí. Eran huellas de su presencia. Acomodó a Jackie en el coche, cogió la bolsa de basura, ya casi llena y entró de nuevo.
El cojín la esperaba. Lo recogió y se quedó mirándolo. Unos segundos más y Luis hubiera matado a la niña. La hubiera asfixiado con su cojín. Sólo unos segundos más. Lo miraba como si pudiese albergar dentro de él algo de la maldad del acto. Era todo mentira, aunque no la hubieran cagado con el rescate, aunque no tuvieran que salir huyendo de nuevo (“aunque mucho más ricos”, había añadido él, todo sonrisas), la hubiera matado igual. Eso pensaba ella ahora. Quizá siempre lo supo.
Sacudió la cabeza como para salpicar el suelo de pensamientos, metió el cojín en la bolsa y la cerró con un nudo. Cerró la puerta suavemente, se quitó los guantes, los guardó en el bolsillo del pantalón y bajó las escaleras de nuevo. Necesitaba un cigarrillo. Metió la bolsa en el maletero, se puso al volante y echó un vistazo a Jackie antes de arrancar. Silvia, se dijo. Ya nunca más sería Jackie.
Quizá ya era hora de que Marta tampoco fuese ella misma, quizá una nueva vida merecía una Marta mejor. Todo había acabado, todo estaba empezando. Arrancó el motor y salió del parking. Cuando se miró en el retrovisor, descubrió que sonreía, así, sin más.
Estaba tan llena de silencios y reproches, que en su estómago no cabía nada más. Sabía sin embargo que no probar bocado del banquete de bienvenida podía ser interpretado como un insulto, e hizo un esfuerzo por parecer complacida mientras jugaba con la comida de su plato. Aislada entre el tumulto de comensales, escuchaba a los nobles de Siliat hablar de nimiedades mientras se acumulaba la rabia en su garganta. Desde su llegada no había oído más que tonterías, y quedar sola con la Matriarca Shi’ila parecía poco menos imposible.
Cada vez que lo intentaba, un grupo de sirvientes y cortesanos les rodeaban con sus chácharas y risas, haciéndola callar de nuevo, tragarse las palabras. Estaba fuera de lugar en esa corte de brillantes colores y estridencias musicales, de moda y cotilleos. Era una extraña. Ese amanecer, tras bañarse en el río, se había puesto el mejor vestido que había podido comprar. Negro, con un corsé de piel auténtica, una cinta de seda y terciopelo a juego para el pelo, una daga escondida bajo la falda. Hubiese sido un lujo demasiado caro y absurdo allá de donde ella venía, pero aquí en la corte parecía un trapo remendado. Ni siquiera sabía cómo debía ponerse la cinta, y terminó trenzándola con su pelo rojo sangre, dejando que cayera hasta más abajo de la cintura, flotando sobre sus caderas. Increíblemente, este hecho había causado furor entre las doncellas, que la examinaban entre risitas curiosas desde un rincón.
“¿Es cierto que en T´hara las mujeres entrenan como guerreros?”, preguntó una de las nobles que se sentaban en su mesa, puntuando la cuestión con una risa insoportable disfrazada de guante de encaje. Mara la miró con indiferencia, apretando los puños entre los pliegues de la falda, buscando el acero que la calmase.
“Sí.” Su tono era neutro, helado.
“Oh, qué obscenidad...” Gritó ya sin esconder sus labios curvados, mientras un coro de risas cantaban a su alrededor.
“Y, ¿qué hacen los hombres mientras?¿ lavan y cosen sus vestidos?”. Bramó un hombrecillo visiblemente calvo bajo una peluca empolvada al otro lado de la mesa, arrancando un nuevo coro mientras escupía pan y carne sobre su plato. También estaba visiblemente borracho. Mara podría matarlo antes de que le diese tiempo a cerrar la bocaza.
Deliberadamente despacio, Mara se levantó de la mesa mientras mantenía sus enormes ojos negros clavados en los ojillos marrones del pequeño cortesano. Una ligera mueca de repugnancia en sus labios era lo único que traicionaba la frialdad de acero de su mirada. El hombrecillo dejó de reír poco a poco. Antes de que llegara a callarse del todo, un cuchillo apareció clavado en la mesa, casi rozando su barbilla. Se balanceaba levemente. Mara ya desaparecía entre las mesas, con un paso felino y ágil, como un baile solitario con el mundo. Reía.
La Matriarca charlaba con una sonrisa correcta decorando su cara de porcelana. Era una mujer de apariencia débil, con el pelo lacio y rubio recogido en un moño perfecto en la nuca. Las manos eran inquietas y expresivas, a juego con unos ojos juguetones enmarcados en negro. Nadie diría que tenía la misma edad de Mara, ni que tras ese exterior indefenso podía haber una mujer poderosa y manipuladora. Mara lo sabía porque se habían entrenado juntas en su tierra natal, como parte de una tradición milenaria entre sus pueblos.
Shi’ila levantó la mirada sin dejar de hablar. Mara reconoció en sus ojos un rápido análisis de la situación. La Matriarca sonrió, levantó una mano delgada y blanca y se disculpó con su interlocutor, quizá un diplomático o comerciante. Se levantó despacio, apoyándose en la mesa como una anciana, como si llevase en sus hombros el peso de la humanidad. Con firmeza, agarró a Mara por el codo y la arrastró fuera del salón. Un monje Thuliano las vigilaba desde el otro lado de la sala, parte del mobiliario cortesano al parecer. Mara registró este hecho mentalmente, sabiendo que Shi’ila también lo había hecho.
Se deslizaron tras una pesada cortina que separaba el salón de la zona de servicio. Camareras y sirvientes las miraron sorprendidos mientras se deslizaban a su alrededor llenos de platos. Pronto quedaron solas y se abrazaron.
“No consiguieron hacer de ti una señorita, Mara. Aunque mañana todas querrán trenzarse el pelo como tú.”
“Y tú parece que quieres ocultar que fuiste una guerrera”.
“A veces me resulta muy útil parecer débil y manipulable”.
“No podrías engañar a nadie.”
“Te sorprendería ver lo ciegos que pueden ser los cortesanos”. Sonrió, echándose en sus brazos. Parecía de nuevo una chiquilla. “Dejemos de hablar de mí, es demasiado aburrido. ¿Qué te ha traído aquí? ¿Qué tal están todos?”
“Muertos”. Shi’ila palideció y Mara casi se arrepintió de su rudeza. Los silencios y los reproches siempre acababan saliendo. Dejó un minuto para que Shi’ila se recompusiera. Su abrazo era de repente flojo y tenso a la vez, sus ojos inquietos bailaban, analizando los pormenores y consecuencias de lo que acababa de oír, levemente brillantes. Mara esperó.
“Rogan”, susurró finalmente. No era una pregunta, no era necesario responder, y Mara siguió callada. Finalmente, Shi’ila la soltó. Estaba enfadada, paseaba inquieta por el pasillo. Mara esperó.
“¿Qué ha pasado, Mara? ¿Cómo pudo venceros?”
El cuerpo de la guerrera dio una leve sacudida, sorprendida y dolida. Clavó sus ojos en los de la Matriarca, y ésta mantuvo su mirada.
“Rogan ya no está solo, Shi’ila. Tiene ayuda de los Reinos del Norte. Arrasa las tierras que pisa, quema los campos y los pueblos, asesina y recluta. Le acompañan magos de disciplinas que nunca había visto. No pudimos hacer nada contra ellos.” Sonaba a justificación absurda incluso en sus oídos. Ni ella podía creerlo aún.
Shi’ila la abrazó con firmeza. “Cuenta conmigo, hermana. Puedes quedarte conmigo.”
“No lo entiendes.” Mara se soltó. “Rogan no parará en las montañas. Los orcos ni siquiera pudieron pararnos a nosotros.”
“¿Nosotros?”
“Johran.” Mara bajó la mirada, tragó un silencio. No hacía falta más.
“Rogan no desafiará al Imperio, Mara. Ni siquiera él está tan loco.”
“Tú no lo entiendes. Ahora eres la frontera, Matriarca. Nadie llegaría a tiempo a ayudaros. Os arrasarán.”
“¿Qué quieres que haga? No entiendo qué esperas que haga.” Shi’ila volvió a pasearse. Su voz era más estridente de lo normal, no conseguía controlarse. Paseaba, retorciéndose las manos. Mara de repente lo entendió. Ya no era su hermana. No iba a enfrentarse a Rogan. No iba a ayudarla en su venganza. ¿Qué esperaba? Tenía que dejar de pensar así, estaba sola.
“Nada, Matriarca. Sólo debías saberlo.” Mara inclinó la cabeza en una señal de protocolo y se giró para marcharse. Ya estaba harta de perder el tiempo.
“Mara, espera. ¿Qué vas a hacer? Puedes quedarte y...” Mara se detuvo y esperó. No había nada más que decir, pero esperó. “Llévate mi caballo, pueden armarlo y ensillarlo enseguida. Prepararán una bolsa con comida y dinero. Puedes aguantar una hora antes de correr donde quiera que vayas.”
Shi’ila suspiró y volvió a ponerse la máscara de corrección y debilidad. Sólo sus ojos y sus manos la traicionaban, pero nadie prestaba atención.
"Mañana informaré al Consejo y mandaré un emisario al Emperador." Dijo con firmeza. Desapareció en el salón, repartiendo órdenes con disimulo a tres sirvientes que esperaban. Volvió a ser tan solo la Matriarca.
Mara quedó de nuevo sola. Podía esperar. Al menos una hora. Pero no volvería al salón. Cruzó las cocinas, entre humo y aromas, y salió al patio. Nadie la detuvo. Fuera aguardaba el monje Thuliano, y Mara supo de repente que no sería una hora perdida.
Los guardias en las almenas encendían las antorchas de forma indolente. El atardecer había caído sobre el valle casi de golpe, como suele pasar en verano, y a su alrededor el mundo inició su sinfonía nocturna.
Sobre la mesa del comedor halló una nota manuscrita en tinta azul de bolígrafo y un predictor usado con una franja rosa-púrpura en la ventana de lectura.
“Enhorabuena. Eres padre, por fin. Lo has logrado. Esto es lo único que tendrás de tu hijo, porque no dejaré que le hagas lo que has hecho conmigo. Hasta nunca”
Soltó un alarido casi animal. Cogió la nota y la aplastó en el mismo puño que tantas veces había usado para dominar a Lucía. Pero esta vez no vino acompañado de la sensación de poder habitual, del escalofrío de adrenalina, de la erección. Sólo tenía un vacío insondable y una rabia que crecía en su interior con cada pulsación. Sintió la presión del papel en la mano, clavándose en la piel. Esa puta. Esa puta embarazada había huido con su hijo. Esa puta le había tomado por tonto, pensaba que podía dejarle así, con una nota de mierda y un palo mojado. Literalmente no podía dejarla escapar, no así.
La rabia le ardía en el estómago y en las sienes, golpeó la mesa y supo lo que tenía que hacer. La caza había comenzado, y esta vez Lucía era la presa. Sonrió, los pensamientos fluían claros y cristalinos. Tenía un objetivo, y sentía la anticipación de la caza en cada centímetro de su cuerpo. El premio era Lucía y su linaje. No iba a salirse con la suya, no había contado con quién se estaba enfrentando. Pensaba que lo había dejado claro, pero parecía que había lugar a dudas. No volvería a fallar. Tenía que pensarlo bien, tenía planificarlo correctamente, nada podía quedar en el aire.
Fue a la cocina y cogió un vaso de la alacena. Recordó lo complaciente que estaba desde la última vez que tuvo que reprenderla. Sumisa y perfecta. Recordó el miedo en sus ojos, el tacto de su pelo al agarrarlo cuando ella trataba de esquivar un tortazo hace una semana. Largo y rizado, como a él le gustaba, enredado alrededor de su brazo. Sintió un hormigueo en la entrepierna sólo con recordarlo y sonrió. Cogió la hielera del congelador. Los hielos olían raro, esa puta incompetente ni siquiera era capaz de hacer unos hielos en condiciones. Con un golpe, tiró cuatro hielos en el vaso, y se sintió mejor. La fuerza siempre le hacía pensar más claro.
Aquel día él estaba cansado, no iba a reprenderla duramente. Un simple tortazo serviría para recordarla su sitio, un castigo pequeño y un beso. No se acordaba de la razón, pero era necesario. Más le dolía a él tener que hacerlo, le decía a veces, sabiendo que era mentira. Pero ella le esquivó, ella se apartó en el último momento y le dejó como un tonto con la mano en el aire. La agarró por el pelo y se la acercó a la cara, la susurró cómo acababa de cambiar un simple tortazo por un castigo ejemplar. Vio su miedo a centímetros de distancia, casi lo olió, y sintió la rabia y la erección en el borde de su consciencia. La poseyó a golpes, arrancó todos los deseos de volver a pasarse de lista a mordisco, lamió sus lágrimas y se las escupió, y al final la recogió del suelo y la tendió en la cama con dulzura, la besó en la frente y susurró razones hasta que se durmió. De nuevo suya, de nuevo su dulce Lucía.
Ella lo entendió por fin, o eso había creído él. Volvió a sentirse tonto, cerró la nevera de un golpe y apretó la mandíbula. Si la tuviera delante se habría ganado algo más que un tortazo, pensó. Le daría lo que merecía. Sonrió sabiendo que era cierto, aunque fuese lo último que hiciera. Bañó los hielos en whisky, le dio un buen trago y dejó que el resto se derritiera mientras que pensaba. Cualquier buen bebedor de whisky sabe que ha de dejar que se mezcle con el agua. Y el era un buen bebedor, un bebedor fiel. Cada noche después de la cena, Lucía traía su copa de whisky y veían la tele en silencio. Cada noche durante años, puntualmente. Ayer mismo, preciosa como siempre. Una sombra de los moratones del cuello que empezaban a desaparecer afeaba la imagen, pero no la castigó por ello. Pensaba que ella había aprendido la lección. La muy zorra.
Pensar. Planear. Ella no podía tener mucho dinero. Buscaría un medio barato de alejarse de él. Autobus. ¿Pero dónde? En un pueblo tan pequeño no habrían salido muchos autobuses esa mañana, y él no podía haber dormido mucho. Esa puta le había drogado. Tenía que ser eso. Sentía un dolor sordo en las sienes, y se encontraba un poco mareado, pero eso no estropearía la caza. Iría a la estación de autobuses y haría unas preguntas. Al fin y al cabo, es su mujer, tiene derecho a saber de ella. Es suya.. Y ella tenía que recordarlo. Apretó el vaso, dio otro trago y se metió un hielo en la boca.
Mientras masticaba el hielo, sacó la cartera para valorar una parada en el cajero de camino a la estación. Probablemente necesitase dinero en efectivo. Lo que vio hizo que la rabia creciera exponencialmente. Faltaban las tarjetas. Todas. Apretó la mandíbula y tiró la cartera contra la encimera. No la mataría, pero la haría sufrir hasta el límite que el embarazo le permitiese. Esto no podía quedar así.
Apuró el whisky y se levantó para correr al coche. Comienza la caza, pensó con ansia. Pero de repente las rodillas se doblaron bajo su peso y se le nubló la vista. Tenía una opresión en el pecho que no le dejaba respirar. Cada bocanada de aire ardía y parecía insuficiente. La rabia fue sustituida por un miedo atroz al que no estaba acostumbrado. No sabía qué hacer, y tampoco estaba acostumbrado a eso. Trató de levantarse, pero el mundo daba vueltas y no tenía fuerza para mantenerse. Cayó al suelo con un incendio en el pecho, indefenso como un niño, como Lucía. El teléfono. Empezó a arrastrarse al salón. Arrancó otra bocanada de fuego al aire que le rodeaba, denso, doloroso, silbando por su garganta con un pitido. Unos centímetros más. Empezaba a marearse, el pecho ardía. El aire envenenado. Un poco más. Creía que podría llegar, pero ¿cómo pediría ayuda si no podía ni respirar? Gimió como un animal herido. Un poco más de aire, cada vez más difícil, cada vez más cerca, cada vez más débil. Alargó el brazo y rozó la mesita, pero no podía levantarse. Cerró el puño y golpeó la pata. Haría caer el teléfono. Echo el brazo para atrás, tomó otra dolorosa e insuficiente bocanada de aire, y golpeó de nuevo. Oyó el teléfono tambaleándose. Un golpe más. Sólo uno más. No podía ser así. No ahora. Con esfuerzo, levantó un puño demasiado pesado y empezó a echarlo atrás.
Y entonces entró Lucía. De tres zancadas cruzó el salón desde la puerta, preciosa. Había vuelto. Le miraba con miedo mientras se acercaba, y eso le hizo sentirse mejor. Ella le ayudaría. Relajó el puño, lo dejó caer, la perdonaría, un castigo leve valdría. Se puso bocarriba para mirarla, boqueando como un pez en la orilla, sudando y aterrado. Un castigo leve que borrase esta imagen de él. La miró, ella lloraba. Cogió el teléfono de la mesita entre sus pálidas manos, pero en vez de llamar lo dejó sobre el sillón con un cuidado infinito, a cámara lenta, lejos de su alcance.
Lucía dio un paso atrás, las lágrimas brillaban en las mejillas sobre una sonrisa tímida, pequeña, indefensa. Cruzaba los brazos sobre el pecho, temblorosa, como si se abrazara. Y sonreía. Con sus últimas fuerzas, la odió como nunca antes. La odió por esa sonrisa, por mirarle morir así, indefenso. Se giró para darle la espalda, el pecho un infierno. La caza había terminado y él era la presa agonizante. Miró la nevera, y en el último momento lo entendió todo.
Hoy os tengo que pedir un favor, algo que no os costará dinero ni mucho tiempo. La Operación Tontxu a Moscú. No por el mero placer de tener una alternativa a Soraya o por ver al cantautor en Eurovision, sino como proyecto de sensibilización e integración de un colectivo a veces muy olvidado, como es la población sorda.
El ser sordo es poseer una discapacidad invisible que te excluye de una parte de la vida social, incluyendo la mayoría del ocio. Dado que las barreras no son arquitectónicas, dado que no llevan un lazarillo o una silla de ruedas, permanecen más olvidados y menos integrados que otras personas con discapacidad. Esta operación busca enseñar esta realidad y un proyecto genial al mundo. Como primer objetivo, queremos lograr que la canción pase la primera ronda clasificatoria y acceda a la gala de RTVE, para conseguir que una canción integramente signada en Lengua de Signos se retransmita en televisión en un programa de gran audiencia, de forma que mucha gente se dé cuenta de que los sordos también pueden disfrutar de la música y tienen derecho a alternativas de ocio.
Desde hace meses Tontxu y Evelin Vega, intérprete de Lengua de Signos, realizan conciertos en los que sordos y oyentes pueden disfrutar a la vez de un concierto, en los que el sentimiento musical llega donde antes sólo había silencio, terminando con el monopolio de los oyentes en el ocio musical. Son muy emocionantes y te hacen conocer este lenguaje universal de una forma muy especial. Tontxu se ha presentado a Eurovision con este proyecto, y lo único que le hace falta son votos por internet. Quizá está lejos de ganar, pero el mero hecho de que se difunda el concepto ya es importante. Y quién sabe, podría convertirse en la alternativa a Soraya o el Chiki-Chiki...
Es gratis, os costará poco tiempo, así que votad, por favor. Y lo hagais o no, difundid la idea, enviar este texto a todos vuestros contactos. Se puede votar 5 veces al día desde cada dirección de email... y si alguien conoce a Buenafuente o gente de asociaciones de sordos, también ayudaría jejeje. El link es el que sigue:
Y de paso, seguro que os encanta la canción. En el link, veis el video de presentación de Tontxu, pinta de náufrago y estampado floreado incluido, y luego podeis ver los links de videos de la canción y de un montaje de conciertos, que aparecen al acabar el video. Luego, por supuesto, votar 5 veces al día jejeje Os llegarán emails de confirmación a vuestras direcciones de correo. En estos emails teneis que darle al link que aparece y os llevará a una ventana de voto confirmado. Si no haceis esto dentro de las siguientes 24 horas, los votos no valdrán.
Besazos!! y muchas gracias por participar en este proyecto tan emocionante. Os informo que actualmente estamos a 998 votos del quinto clasificado de nuestra categoría, y que para ir a la gala sólo tenemos que estar entre los 5 primeros de esa categoría el día 19 de enero. Es posible si todos colaboramos y somos un poco constantes. Votar os llevará unos minutos solamente. Gracias y felices fiestas!!
Siempre es difícil escribir de una misma, aunque luego vuelque el alma en muchas frases. Nací hace 27 años, y desde entonces han pasado muchas cosas. Crecí 1´70, me compré una casa y adopté una perra preciosa. Me gusta disfrutar de cada cosa que me rodea, saltar en los charcos, sentir la lluvia, parar con el coche en algún camino sólo para disfrutar de unas vistas imprevistas, cantar a voz en grito, bailar lo que me pongan, viajar por donde pueda, bien sea poniendo un pie delante del otro o pasando una página tras otra... ¿quién puede describirse en unas líneas aparte de wnefron? y más cuando nuestro ser cambia tanto cada día...